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viernes, 29 de noviembre de 2019

PUÑALES POR LA ESPALDA

Para muchos Rian Johnson es el nuevo niño mimado de Hollywood. Adorado por la crítica desde sus inicios con Brick y Los hermanos Bloom, de las que no hablaré pues confieso no haberlas visto, logró su primer gran éxito comercial con Looper, una película que estaba bastante bien pero que también, reconozcámoslo, ha sido muy sobrevalorada. Porque vale, la trama de los viajes en el tiempo estaba muy bien, pero cuando se lía con los niños mutantes, la cosa pierde todo el sentido.
El caso es que su cima cinematográfica le llegó con la admirada a la par que denostada última película (hasta la fecha) de la saga Star Wars. Yo personalmente sigo sosteniendo que Los últimos Jedi está entre las peores películas de la saga y que echó por tierra todas las semillas plantadas por Abrams en El despertar de la fuerza, aunque debo reconocerle sus méritos visuales.
En estas estamos cuando, a la espera de ver si es realidad o no la supuesta trilogía que, por el motivo que sea, le han regalado los de Lucasfilm (aunque lejos de la familia Skywalker quizá sí pueda dar el do de pecho), llega su más reciente película, Puñales por la espalda, de la que también es guionista en solitario.
Lo más llamativo del cartel (totalmente intencionado) es su reparto estelar, plagado de grandes figuras que componen una especie de quien es quien hollywoodiense intergeneracional, alternando clásicos como Christopher Plummer o Jamie Lee Curtis, actorcillos míticos como Don Johnson, creadores de blockbusters como Daniel Craig o Chris Evans o jóvenes emergentes como Jaeden Martell o Katherine Langford, aunque quien termina por sobresalir por encima de todos ellos es Ana de Armas, que tras aparecer en Blade Runner 2049 y ser la chica Bond de Sin tiempo para morir puede convertirse, fácilmente, en la nueva chica de moda.
Puñales por la espalda no inventa nada nuevo, es lo que se llama un murder mistery en toda regla, y aunque está ambientada en la era de los smartphones y de Netflix, rezuma ese aire clásico que evoca constantemente las historias de Agatha Christie o Arthur Conan Doyle a los que, por cierto, homenajea abiertamente.
La historia clásica: una reunión familiar, un asesinato y un detective que sospecha de todos. El punto original cabe encontrarlo en el hecho de saber en un momento muy prematuro quién es el culpable, lo cual, en lugar de ser una lacra como sucedía en El silencio de la ciudad blanca, se convierte en una oportunidad para enredar más la trama y provocar nuevos giros y piruetas argumentales. No obstante, si algún pero le podemos poner a la historia, es que el espectador mínimamente avispado puede adelantarse a la resolución del misterio.
Con un ritmo endiablado en el que casi se celebran más los toques cómicos que los de intriga, Johnson aprovecha para, con un tono algo negro, burlarse de la sociedad americana de la era Trump, retratando sin demasiada piedad al votante medio y caricaturizándolo. En ese sentido, y a tenor el espléndido reparto, uno casi lamenta que la película no dure un par de horas más para que todos los personajes puedan tener más tiempo de lucimiento.
En definitiva, que esta vez sí parece que el señor Johnson haya dado en la tecla, combinando el humor y el drama con más sabiduría que en su participación galáctica y componiendo un film que posiblemente haga las delicias de todo tipo de público, resultando mordaz sin ser ofensivo y retorcido sin dejar de ser para todos los públicos.
Un estupendo entretenimiento, con semillas muy bien plantadas a lo largo de toda la historia (seguramente un segundo visionado la beneficiaría mucho), y consiguiendo, pese a los giros, no perder nunca la coherencia.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 28 de abril de 2019

VENGADORES: ENDGAME

En el primer tráiler de Vengadores: Endgame, Tony Stark dice algo que luego serviría como serviría como frase promocional para el poster: “una parte del viaje es el final”.
Me resulta difícil imaginar una definición mejor para esta película, una película que podría dar miedo de antemano, pues si bien el éxito lo tenía asegurado de antemano, el gran hype que producía podría haber jugado en su contra.
Efectivamente, esto no es solo una película. Esto es el final de un viaje. Un viaje que se inició hace once años con Iron Man y que ni siquiera tras la gloriosa Los Vengadores de Joss Whedon podríamos imaginar que alcanzaría un nivel narrativo y emocional como el que ha conseguido en su tramo final.
Ya está, se terminó. Hemos disfrutado, amado, llorado, gritado y luchado durante una larga lista de películas, alguna mejor que otra, alguna mítica y otra casi olvidable, y solo nos queda ese último momento de recoger el equipaje y volver del aeropuerto, que es lo que supone, tras Endgame, el saber que el fin definitivo de la Fase Tres del MCU es, en realidad, Spiderman: Lejos de casa.
¿Y qué es lo que nos han dado los hermanos Russo para cerrar esta parte de la historia del cine? Pues ni más ni menos que un hito, una obra que trasciende lo puramente cinematográfico. Más allá de sus cualidades técnicas (que las tiene, y enseguida hablaré sobre ello), Vengdores: Endgame supone, tal y como ya pasaba con Infinity War, un antes y un después para el séptimo arte. No solo va a arrasar en taquilla, sino que va a ser un film referencial para generaciones futuras que va a cambiar la concepción del propio cine (en una época en la que parecía que el futuro estaba en manos de plataformas tipo Netflix) y que demuestra que ls grandes películas deben disfrutarse en grandes pantallas, con cientos de desconocidos emocionándose a la vez, con risas y aplausos y esa sensación palpable en el ambiente de que todos nos estamos emocionando como si de un solo corazón se tratase.
Hay algunos nombres que deben considerarse pilares fundamentales del MCU (centrándonos en el plano artístico, si miramos hacia los despachos quienes merecen sendas estatuas en la entrada de Marvel Studios son Kevin Feige y Sarah Finn): John Favreau, el que lo empezó todo, Joss Whedon, el que le dio forma, y los hermanos Russo, quienes lo elevaron a las alturas. Tras dar forma definitiva a la imagen del Capitán América y demostrar que no todo son risas y colores en el MCU con las fantásticas El Soldado de Invierno y Civil War (y aquí hay que nombrar también a los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely, que ya firmaron el libreto de El primer vengador y han seguido escribiendo al Capi hasta este glorioso final), ellos se han encargado de culminar la mastodóntica saga del Infinito y, incluso, asentar las bases de lo que está por venir. Lo han hecho, además con valentía y coherencia, algo que se contrapone con la otra gran saga cinematográfica que culmina también este año (sumémosle eso al final de Juego de Tronos y resultará que el 2019 es un año amargo para el fandom). Y es que, si siempre es tentador comparar los éxitos de Marvel con el errático camino cinematográfico de su competidora comiquera de DC, en esta ocasión me parece más interesante mirarlos en el reflejo de Star Wars, que al fin y al cabo pertenecen a la misma madre, aunque no lo parezca. Y es que en cuestiones de hype el año pasado la cosa estaba muy igualada, con los fans haciendo cientos de teorías de lo que iba a suceder con sus héroes preferidos y tratando de averiguar (destripar) guiones que se guardaban con un secretismo absoluto. Pero mientras la locura argumental ha dominado el camino galáctico hasta el punto de que Los últimos Jedi parecían más pendientes de contradecir las teorías de Internet que de contar sus propias historias (hasta el punto de que Joe Johnson puede ser el principal culpable de todo lo malo que vaya a tener El ascenso de Skywalker), los Russo han optado por la coherencia, sin salirse de un plan determinado. Su Endgame se ha rodeado de mucho secretismo, es cierto, y ellos son los primeros que han jugado con el espectador para mantener sus cartas bien ocultas, pero eso no implica que se hayan obsesionado hasta tal punto como para traicionar su propia historia.
Así, en el lado argumental, se podría decir que Endgame es completamente previsible. Una de las teorías más difundidas sobre la manera de derrotar a Thanos era la de los viajes en el tiempo (algo que finalmente se terminó por insinuar claramente en Ant Man y la Avispa), y se especulaba con que gran parte de la película fuese sobre los Vengadores tratando de recuperar las dichosas gemas en diversos momentos del tiempo. Y así ha sido, sin sorpresas ni cambios absurdos de guion de última hora. En lugar de eso, los Russo han desarrollado una trama inteligente y llena de giros y golpes de efecto que permiten que, aun sabiendo que la cosa iba de lo que ya se sabía que iba, cada escena fuese una emoción diferente, cada plano ofreciera una sorpresa nueva y la magia volviera a impactarnos tal y como sucediera ya en Infinity War.
Cierto que las emociones aquí son diferentes. No tenemos ese impacto final que supuso ver a la mitad de la humanidad (héroes incluidos) desapareciendo, pero eso no significa que ver las consecuencias de aquello y como los supervivientes han sabido enfrentarse a sus propios temores sea menos intenso y doloroso. Incluso el final, donde no había duda alguna de que los héroes volverían (hay películas confirmadas de la mayoría de ellos) y que Thanos sería derrotado, es tan impactante y emotivo como para que, de nuevo, las lágrimas amenacen con aflorar.
Y todo ello con una película que, para ser un blockbuster de tres horas de duración (que pasan en un suspiro, todo sea dicho), tiene posiblemente menos acción de lo esperado. Hay más momentos intimistas y de conversaciones de lo que cabría esperar, pero funcionan perfectamente bien y no hay un solo minuto que parezca estar de más, que reste interés a la obra. Una obra, eso sí, que vuelve a ser tan heredera de esas veintiuna películas anteriores que no es muy recomendable ver Endgame si no se conocen bien las bases sobre las que se sostiene, siendo, para sorpresa de muchos, la historia de Ant man más importante que, por ejemplo, la de La Capitana Marvel.
Además, los Russo han hecho quizá su mejor trabajo como realizadores, no ya por la pericia visual que ya demostraron sobradamente en El soldado de Invierno, con unas escenas de lucha impactantes (cabe destacar cierto plano secuencia realmente espectacular), sino por saber marcar un  ritmo preciso, aportando más humor que en sus tres trabajos anteriores sin que este desentone en ningún momento, consiguiendo que personajes que podrían parecer ridículos tengan en realidad una profunda carga dramática (cada uno se enfrenta al dolor y al fracaso de una manera diferente)  y midiendo el tempo con precisión de relojero.
A ello ayuda también la simbiosis perfecta que se da entre los actores y sus personajes. Resulta ya casi imposible imaginar a ningún héroe Marvel con un rostro diferente al del actor que lo interpreta, y es tal el nivel de compromiso que la productora ha conseguido con ellos (y esto es algo que va más allá de los generosos cheques que puedan ofrecerles) que la película se convierte en un quien es quien del MCU, con la presencia de actores (aunque sea en escenas de apenas unos segundos) del pasado y que consiguen que este sea realmente un fin de fiesta.
Y, como debería suceder, algo de amargura queda al terminar una fiesta. Es por ello que, pese a que la película se dedique a contrarrestar los acontecimientos traumáticos de Infinity War, un deje de amargura quede tras los créditos finales (sin escena postcréditos esta vez, como para subrayar que la cosa va en serio). Y es que, por hermoso que sea un viaje, las despedidas siempre son tristes. Y esta película es, toda en sí, una gran despedida. Hermosa, emotiva, nostálgica y apasionante, pero despedida, al fin y al cabo.
Los héroes (algunos de ellos, al menos), volverán, pero parece evidente que las cosas ya nunca volverán a ser lo mismo. Es difícil que una película cierre una saga millonaria (de la que se sabe que habrá continuación) con la sensación de que algo va a cambiar para siempre. Endgame lo ha conseguido.
Este es otro mérito más de la que, posiblemente, y vista en conjunto con Infinity War (¿acaso no son ambas una sola película de más de cinco horas de duración?) sea la película más importante de la década, sino del siglo. Una película que cambia las reglas del juego y que sienta unos precedentes que, por otro lado, son casi imposibles de imitar.
Sin duda, no todo es perfecto, y habrá quien pueda reprocharle algo al film, como el uso de algunos personajes, la poca presencia de otros o algún as de la manga que huele a truco de guion más que a otra cosa, pero al final esto corresponde más a decisiones creativas que a fallos cinematográficos, lo cual es algo siempre subjetivo. Para el que esto escribe, resulta impensable hacerlo mejor. Allá donde esté, Stan Lee se sentiría orgulloso.
Nuff Said!

Valoración: Nueve y medio sobre diez.

sábado, 28 de abril de 2018

VENGADORES: INFINITY WAR

Una vez más (y no será la primera ni la última) nos encontramos ante una película difícil de reseñar. Siendo, como es, la película más esperada del año (de la década, para algunos), a partir de este fin de semana van a haber cientos de críticas y opiniones por la red, y seguro que de nuevo hay sentimientos contrastados y enfrentamientos diversos.
Y es que para empezar a valorar Vengadores: Infinity War lo primero que habría que hacer es definir su condición de película.
Porque, ¿es, realmente, Vengadores: Infinity War una película? Si la tratamos como tal hay que decir que resulta sumamente entretenida, muy emocionante y con suficientes toques de humor para contrastar con el tono de desesperación general que rezuma la trama. Sin embargo, podría parecer que todo ello es insuficiente. El valor humano, el trasfondo social o la profundidad de personajes que incluso a una película de superhéroes se le debería exigir es apenas apuntado en pequeños detalles, en esbozos que la propia imaginación del espectador debe terminar de rellenar para poder lograr una empatía total con los protagonistas. Así que podría llegar a entender a todo aquel espectador ocasional que se acerque a este film y lo defina como una disparatada sucesión de peleas sin sentido, un espectáculo pirotécnico a merced de un villano de opereta con un montón de héroes que no importan demasiado porque no hay tiempo ni espacio para explicar sus dilemas ni sentimientos.
Sin embargo, esto no es una película. Ni mucho menos. Eso es, en realidad, el clímax final de una. Ni siquiera eso. La primera parte del clímax final de una. Así, no es posible comprender ni disfrutar de Avengers: Infinity War sin conocer de antemano las dieciocho películas anteriores (no todas son imprescindibles, pero toda ayuda es poca para conocer mejor a los personajes y lo que les mueve). De hecho, son las películas de los hermano Russo, directores de esta Infinity War, las que más profundidad y carga social tienen, con unas tramas de trasfondo más político que superheróico (Capitán América: El Soldado de Invierno y Capitán América: Civil War). Sin embargo, han decidido enfrentarse a esta nueva pieza del puzle que compone el MCU dando por sentado que estamos ante un capítulo más, con todas las piezas ya conocidas puestas sobre el tablero (es curioso, de hecho, que el propio espectador conozca más a los personajes de lo que se conocen ellos mismos) y centrarse tan solo en el gran cataclismo que se venía anunciando desde hace años, en concreto desde Los Vengadores de Joss Whedon, con ese Thanos como la gran amenaza para la humanidad.
Es por ello que puede que la película no alcance el festival que para el fandom supuso esa primera reunión del supergrupo, donde Whedon supo crear unas interacciones perfectas y compuso la película de superhéroes definitiva. Pero para evitar comparaciones, los Russo juegan casi a lo contrario y rematando lo que comenzaron en Civil War presentan a los personajes iniciando caminos diferentes, con lo que tocará esperar para ver la definitiva dinámica de equipo que todos deseamos (algo habrá que guardar para la ya rodada conclusión, todavía sin título oficial). Recordando una popular saga de los cómics, esto casi podría haberse llamado Vengadores Desunidos. Un gran acierto, dicho sea de paso, porque esa división de los protagonistas en los pequeños grupos que ya nos venían anunciando los trailers permite repartir mejor los tiempos y no saturar con batallas interminables y confusas.
Aceptando, pues, que no hablamos de una película, sino de una serie cinematográfica que pisa el acelerador al acercarse a su final de temporada, Vengadores: Infinity War es una delicia en todos los sentidos. Quizá el mayor mérito de todos es como los Russo han logrado conjugar personajes derivados de películas tan diferentes y hacer que todo funcione con naturalidad. Es cierto que muchas veces se ha acusado a las películas del MCU de estar demasiado influenciadas por el “método Marvel”, pero personalmente nunca he aceptado que se traten de meras fotocopias, teniendo cada una de ellas su propia personalidad. Sin embargo, cuando uno ve Infinity War y aparecen por primera vez los Guardianes de la Galaxia casi podría creerse que está James Gunn tras las cámaras, mientras que es inevitable pensar en Jon Favreau al ver las escenas individuales de Iron Man o reconocer a Watts en los momentos de lucimiento de Spider-man (quizá quien se encuentra más como pez fuera del agua en toda la película).
La gran incógnita estaba en saber si Thanos iba a ser por fin ese gran villano que Marvel necesitaba, el gran talón de Aquiles de la saga (solo Loki había convencido completamente hasta la fecha, aunque Hela y Killmonger, de Thor Ragnarok y Black Panther respectivamente, apuntaban maneras). Y lo cierto es que sí, es ese villano de gran injuria, con un enorme poderío físico, capaz de poner en jaque a todos los héroes del Universo. Sus motivaciones bien pueden resultar simplistas, incluso se podría decir que son las mismas que han tenido miles de villanos de cine a lo largo de la historia (me viene a la mente Kingsman, pero hay muchos más ejemplos en la saga Bond, en Inferno...), magnicidas en potencia que justifican sus actos por el bien de la humanidad. Quizá aquí la diferencia es que en algún momento vemos sus resultados, lo que a sus propios ojos lo convierten más en un salvador que en un destructor, aparte de ese deseo de aleatoriedad que le otorga un cierto sentido de justicia.
Este es el único apunte social en una película que no va a dar que hablar por su debate anti Trump, por su defensa de las minorías o por su aportación al feminismo. Aquí todo es acción y drama, drama y acción, y aunque hayan unos cuantos chistes, en ningún momento logran (ni lo pretenden) empañar la gran sensación de peligro que representa este Thanos, tan peligroso por sus ideas como por su fuerza bruta.
Así, Vengadores: Infinity War no es otra cosa que lo que prometía. La mayor reunión de héroes hasta la fecha (aunque me anticipo a decir que se va a quedar corta con respecto a la por ahora conocida como Vengadores 4), con mucha acción espectacular, mucha épica y, definitivamente, muchas muertes, como venían avisando los propios directores. Sin entrar en spoilers, ya aviso que los Russo no engañan a nadie, y que algunas de las muertes que se ven en pantalla serán solventadas en la siguiente entrega. Pero mucho me temo que no todas. Infinity War es una película definitiva y una gran oda a esos diez años de MCU, pero también una película con sabor a despedida y cuyo final produce un cierto bajonazo anímico, que solo se arregla, parcialmente, gracias a la inevitable escena postcréditos, que va a hacer que ese años de espera que tenemos por delante para ver la resolución (endulzado por en medio con Ant-man y la Avispa y Capitana Marvel) se nos vaya a hacer muy largo.
Con unos actores entregados a la causa, entre los que sobresale un Josh Brolin que consigue hacerse notar pese a las capas de CGI que componen su rostro de Thanos, verdadero centro espiritual del film, y unos Russo portentosos a la hora de manejar la cámara y medir los tiempos, logrando una película sombría y trágica donde no desentonan las pinceladas de humor, Infinity War es, definitivamente, la película definitiva del género y un film que marcará un antes y un después en la industria del cine. Y es que se nota que, por más que esto sea un negocio y lo que prime sea ganar dinero, los Russo han conseguido hacer una película desde el corazón. Y eso siempre termina transmitiéndose a través de la pantalla.
No es que todo sea perfecto, y puestos a ser quisquilloso uno podría llegar a encontrar algún pequeño defecto en la película, como algunos desajustes con respecto a los dos films inmediatamente anteriores de la compañía (imagino que los Russo trabajaron esta Infinity War sobre los guiones de estas, no viéndolas terminadas hasta que ya era tarde para ciertos cambios) o la escasa presencia (o directamente ausencia) de algún personaje, pero es es precio a pagar por una experiencia fílmica única, a la que las dos horas y media de metraje se hace incluso insuficiente y que supone un hito en la historia del cine.
En resumen, un gran espectáculo palomitero que no decepcionará a nadie. A nadie que sepa a lo que se está enfrentando, dese luego. Yo, por mi parte, estoy deseando hacerle un segundo visionario. Y es que es tanto lo que ocurre en tan poco tiempo que apenas se puede llegar a asimilar a la primera.

Valoración: Nueve sobre diez.

lunes, 3 de julio de 2017

UN DON EXCEPCIONAL, sensibilidad sin cursilería

Se me antojaba peligroso aproximarme a una película como Un don excepcional
Pese a las curiosas coincidencias que pueda tener con el cine de superhéroes (no en vano se junta el director de Amazing Spiderman y su secuela y al protagonista de El Capitán América), lo cierto es que esta película tenía todos los componentes para mimetizarse en el clásico telefilm lacrimógeno de sobremesa.
Sin embargo, Marc Webb ha recuperado el estilo intimista y personal que lo llevó a triunfar con (500) días juntos y ha conseguido hacer un film que, pese a sus momentos de sensibilidad, esquiva con acierto el melodrama simplón para construir una interesante y conmovedora historia.
Chris Evans interpreta a Frank Adler, quien tras el suicidio de su hermana debe hacerse cargo de la hija pequeña de esta, Mary, toda una niña prodigio para las matemáticas. Sin embargo, cuando se empeña en que la niña disfrute de una vida normal en un colegio de pueblo en lugar de en academias especiales se encontrará con la oposición de su propia madre, que no dudará en recurrir a los tribunales para garantizar lo que, según su propio criterio, es mejor para su nieta.
Un don excepcional consigue reunir tres historias en una. Por un lado, es un drama sobre las relaciones familiares de tres personajes perseguidos por las decisiones del pasado y el miedo a enfrentarse a sus propias responsabilidades, con el riesgo a equivocarse que ello conlleva. Por otro, hay una interesante trama judicial por la custodia y tutelaje de la pequeña. Y finalmente, más allá de la personificación en los personajes ficticios de esta historia, nos encontramos también con un retrato de lo duro y problemático que puede suponer (tanto para el niño como para sus progenitores, normalmente superados por la situación) el tener una mente privilegiada.
Con un Evans muy convincente en su faceta más intimista (aunque es muy relevante la participación en un rol secundario de Octavia Spencer), la película funciona perfectamente a todos los niveles, alternando sin problemas momentos de ternura, humor y dolor y midiendo perfectamente a sus protagonistas, una familia que, por mucho que se esté agrietando por culpa de los diferentes puntos de vista en torno a la educación de la niña, nunca pierden de vista lo que realmente son, sin alcanzar, por tanto, niveles de odio y enfrentamientos más esperpénticos que realistas. Al final, todos son de la misma sangre, y eso nunca se olvida.
Es por ello que pueda resultar lógico que sea Webb, tras su periplo superheróico, quien se haga cargo de esta película. Al fin y al cabo, la incomparable inteligencia de Mary es similar a tener un gran poder, y el film trata, en el fondo, de la responsabilidad que ello conlleva.

Valoración: siete sobre diez.

sábado, 30 de abril de 2016

CAPITÁN AMÉRICA: CIVIL WAR. Rozando la perfección.

Apenas un mes más tarde del estreno de Batman v.Superman: El amanecer de la Justicia, y con el debate entre sus seguidores y detractores todavía vigente, nos llega la otra cara de la moneda, la apuesta de Marvel por reflejarnos el conflicto internos entre los héroes abanderados en sus días más oscuros.
Como si de vasos comunicantes se tratara, mientras en Warner intentan poner algo más de humor en sus producciones (al menos en comparación con la oscuridad de la trilogía de Nolan y El hombre de acero) en la acera de enfrente se están poniendo cada vez más serios. Parece inevitable hacer comparaciones entre ambas compañías, más cuando sus últimas apuestas parten de la misma base (un conflicto entre dos grandes héroes que termina en una lucha sin cuartel debido a las manipulaciones del villano de turno), pero aunque parece innegable que en Warner tratan de construir su propio universo mirando de reojo a la competencia en Marvel tienen los cimientos bien construidos y no se preocupan más que por seguir adelante por su propio camino.
Efectivamente, Capitán América: Civil War (una película tan impresionante que podría ser el colofón de cualquier saga pero que sin embargo no es más que la primera piedra de la fase tres que culminará con La guerra del Infinito) es la lógica consecuencia de los hechos descritos en Capitán América: El Soldado de Invierno y Los Vengadores: la era de Ultrón.
Tras el impecable trabajo realizado por Joss Whedon, los hermanos Anthony y Joe Russo se han coronado como los grandes constructores de Marvel tomando el relevo del neoyorquino. Después de los acontecimientos vistos en películas anteriores en las ciudades de Nueva York, Washington y, sobre todo, en la nación de Sokovia, las muertes de inocentes pesan sobre las conciencias de los Vengadores y el gobierno decide tomar cartas en el asunto. Los tratados de Sokovia son un acuerdo por el cual el equipo pasará a ser un grupo gubernamental, pero ello significaría regirse por los intereses particulares de una entidad concreta, algo que va contra los ideales que siempre ha defendido Steve Rogers.
Durante toda la saga las diferencias entre Iron Man y el Capitán América han sido recurrentes, pero será ahora cuando sus posiciones serán más enfrentadas, obligando al resto de héroes a tomar partido por uno de los dos.
Los Russo han creado una historia compleja e inteligente, con un villano de gran nivel sin necesidad de grandes artificios ni mascaradas de opereta, y que sin pretender buscar un debate profundo y pretensioso sí invita a posicionarse en favor de uno u otro bando. Necesariamente alejada de su contrapartida en los comics, Civil War es una película donde se refleja el peor momento de los superhéroes, en la que se crearán diferencias irreconciliables y para la que no puede haber vencedores, sólo derrotados.
Los Russo consiguen además dos grandes méritos: por un lado manejar un reparto impresionantemente extenso sin que se les escape de las manos, con momentos de brillo para cada uno de los personajes pero sin olvidar que en todo momento es el Capitán América y solo él quien está en el centro de la historia (junto a su relación con Iron Man por un lado y con el Soldado de Invierno por otro), mientras que por otro consiguen presentar nuevos personajes con coherencia y eficacia. 
Tenemos aquí a Pantera Negra y al nuevo Spiderman brillando con luz propia, provocando aplausos en la gradería, y  de los que, sin perder más tiempo del necesario,  se cuenta lo justo para entender los personajes y sus motivaciones.
Todo ello, con escenas espectacularmente bien filmadas, quizá no tan plásticas como las de Whedon pero con grandes coreografías, creíbles y sin la sobrecarga de CGI que amenazan con deformar películas similares.
Todo en Civil War rezuma grandeza. Hay mil guiños para los fans que no entorpecen al argumento para los profanos, tiene el toque justo de humor, la grandeza de Spider-man (y el cachondeo autoreferencial con tía May), una sorpresa enorme, apuntes para posibles romances futuros, el recuerdo justo y necesario a los ausentes y, sobre todo, dolor, mucho dolor.
Y aunque pueda parecer un tópico, en este caso no lo es: a partir de ahora las cosas ya no volverán a ser iguales.
Posiblemente, la mejor película de superhéroes hecha hasta la fecha. No es perfecta, como ninguna película lo es, pero difícilmente puede mejorarse.
Pura grandeza…

Valoración: Nueve y medio sobre diez.

lunes, 4 de mayo de 2015

LOS VENGADORES: LA ERA DE ULTRÓN (8d10)

Había mucha expectativa ante la llegada de esta nueva película de la saga de Marvel. No era para menos. Los Vengadores (2012) de Joss Whedon rompió todos los pronósticos y batió auténticos récords de taquilla, ascendiendo al tercer puesto de las películas más taquilleras de la historia. Resultaba verdaderamente emocionante ver lo que iba a ser capaz de conseguir su secuela.
Sin embargo, habría que empezar señalando que Los Vengadores: la era de Ultrón no es para nada una secuela de aquel exitoso título, sino un episodio más en la titánica saga que Marvel está creando desde que debutara como productora propia con Iron man, creando una compleja historia río (de acuerdo que algunas de las películas tienen poca conexión con la trama de las gemas, pero alguna semillita hay siempre) que derivará, Dios mediante, en La guerra del Infinito. Así pues, Marvel y Whedon han planteado esta película como un escalón más hacia su meta, una oportunidad de aportar nuevos detalles sobre esas dichosas gemas y, de paso, analizar más en profundidad a algunos personajes que no tienen la posibilidad de desarrollarse en películas individuales, amén de presentar a algún que otro personaje (o concepto, como la mención de cierta nación) de cara al futuro.
A simple vista, sí podría parecernos esta Era de Ultrón una secuela al uso. De hecho, algunos medios torpes (mis amigos del CSI, ya sabéis, los Críticos Sesudos Intelectualoides), aseguran que Whedon se ha limitado a copiar el mismo esquema, con la simple fórmula de multiplicarlo todo sin criterio alguno. A esos opinadores (los mismos puristas que pueden rellenar páginas y páginas calibrando las diferencias entre un western épico o uno crepuscular sin constatar que en el fondo todos son tipos a caballo pegando tiros con escasas similitudes a sus homólogos reales) les diría que no tienen ni idea, y que un análisis más en profundidad revela las múltiples diferencias entre ambas películas. O quizá es cosa mía, que soy un purista de los comics…
Como sea, el propio Whedon debía ser consciente de lo imposible que sería contemplar esta película sin realizar comparaciones (tanto es así que tres son las referencias a as que se han de enfrentar estos Vengadores, más tarde lo analizaré con más calma) por lo que el mérito de haber construido una película tan extraordinaria es, a mi entender, más grande si cabe.
Ante todo, Los Vengadores: la era de Ultrón es una película entretenida, fresca y adrenalítica. Cuenta con grandes y épicos enfrentamientos y la acción no decae en ningún momento, desde ese prólogo tan “Bondiano” hasta la resolución final (escena intercréditos, que no postcréditos, incluida), pero además se toma el tiempo necesario para analizar la personalidad de sus protagonistas, reflexionar sobre las relaciones entre ellos y recordaros que, pese a sus inmensos poderes, no dejan de tener también grandes debilidades (eso de los héroes con pies de barro es toda una tradición para Marvel), consiguiendo aunar sin que rechine secuencias de gran trascendencia interna con grandes momentos de diversión.
Los que leéis habitualmente este blog ya sabéis que la acción desmedida, la destrucción sin más, termina por aburrirme. Ese final infinito de El hombre de Acero o la segunda mitad de Transformers 4 (las otras tres ya las tengo completamente olvidadas) son para mí un sinsentido digital en las que solo se destrozan cosas sin el más mínimo ápice de alma. Ya en Los Vengadores se veía mucha destrucción, pero con los interludios precisos para permitirnos coger aire. Y esa sensación de pausas entre combates, incluyendo el inmenso y épico combate final (sirva como ejemplo al conversación entre Ojo de Halcón y Wanda o la escena de Pietro), está más potenciada aún en esta película.
La era de Ultrón no es una película perfecta, como no lo es ninguna, y puede fallar allí donde acertaba Los Vengadores. En las inevitables comparaciones que mencionaba al principio resulta evidente que cuenta con la ventaja de no tener que justificar la presencia de cada uno de los protagonistas, que pese a haber sido ya presentados en anteriores películas necesitaban de un tiempo para conocerse entre ellos (cosa que el film de 2012 hacía ejemplarmente bien, por cierto), pero eso, que como positivo tiene que la acción arranca de inmediato sin perder tiempo en explicaciones innecesarias, provoca a su vez que los personajes nuevos queden algo desdibujados, que quizá falte algo más de tiempo para conocer mejor a Wanda y Pietro o que incluso el destino de personajes aparentemente secundarios como Strucker o Ulisses Klauer sean algo abruptos.
La era de Ultrón cuenta como, tras la disolución de SHIELD vista en Capitán América: Soldado de Invierno y Marvel: Agentes de SHIELD los Vengadores se dedican a buscar células ocultas de HYDRA y, de paso, recuperar el cetro de Loki, portador de una de las gemas del Infinito (de momento en cine ya hemos podido ver cuatro de las seis existentes). En estas, Tony Stark logra dar con la clave para finalizar un antiguo proyecto suyo, llamado Ultrón, consistente en la creación de Inteligencia Artificial. Ni que decir tiene que el asunto se le va de las manos y se va a liar parda con el tal Ultrón.
Sin perder el tiempo en introspecciones demasiado cargantes, La era de Ultrón, una película decididamente palomitera y espectacular, contiene elementos propios de films más reflexivos, como el apunte al complejo de Edipo (mucho más difuso que en el comic, donde la relación entre Ultrón y su creador original, Henry Pym –esto ha tenido que cambiar en la película porque el personaje de Pym no hace su aparición en el MCU hasta dentro de unos meses, en Ant-Man- es un conflicto paternofilial llevado a su máximo exponente), la pérdida de la inocencia o incluso una vuelta de tuerca a la fábula de la bella y la bestia. Todo tiene cabida en las más de dos horas y media que dura la película y que, aun pudiendo resultar por momentos agotadora, no aburre en ningún momento, gracias en buena medida a la inteligencia con la que Whedon reparte el tiempo entre sus protagonistas.
Más allá de sus valores propios como película, que dentro del género blockbuster roza la perfección, ya he comentado que el film iba a tener que sufrir tres grandes comparativas. La primera es con su propia antecesora, de la que sale airosa, aunque sin llegar a superarla. La segunda corresponde a la lucha que enfrenta a Marvel con su “distinguida competencia” por ser los dioses del Olimpo cinematográfico. Si gracias al Superman de Donner y al Batman de Burton  parecía que DC era la única editorial de comics de superhéroes con derecho a triunfar en taquilla la “nueva” Marvel no solo ha plantado cara a la DC “nolaniana” sino que, en mi parecer, la ha terminado por superar. No solo el titánico proyecto de hacer una especie de serie cinematográfica le está funcionando bien (incluso con productos a priori menos comerciales como Los guardianes de la Galaxia) sino que ha demostrado una cohesión y claridad de ideas de la que parecen carecer en la acera de enfrente. Se temía, por las palabras de Whedon hablando de una película más oscura (y vista la innegable calidad de la sobria Capitán América: el soldado de Invierno) que estos nuevos Vengadores se iban a acercar bastante a la oscuridad que desde que se impusiera en la trilogía del murciélago está marcando la nueva corriente superheróica, a juzgar por ese sombrío y totalmente carente de humor Hombre de Acero, y que se reflejaba en otras películas supuestamente palomiteras como Godzilla.
Pero no, Los Vengadores están a otra cosa, muy por encima de modas y corrientes, y si bien es verdad que están más serios y reflexivos que en la primera entrega esto corresponde más a una madurez en los personajes, a una conciencia de las consecuencias de sus propios actos, que a un cambio de orientación.
Cambian, podríamos decir, las maneras, pero no las formas, y mientras los debates internos y las relaciones afectivas van marcando el camino del futuro los chascarrillos se siguen sucediendo, recordando que el drama puede ir de la mano del humor siempre que se haga con el corazón. Puede que alguien quiera criticar el exceso de chistes en momentos de máxima tensión, pero no nos engañemos, esto es Marvel, y así han sido las cosas aquí desde aquella antológica portada de comic en la que el Capitán américa arreaba un puñetazo en la cara al mismísimo Hitler.
Whedon es perro viejo (pese a que apenas es un novato en esto del cine) y sabe que no necesita ni de la amarga trascendencia de Nolan ni del artificio colorista y explosivo de Michael Bay para crear una obra compleja pero sin complejos, épica pero dinámica, emotiva pero sin melodramas. Y es que hasta esto lo hace bien el director: emocionando y retorciéndonos el corazón cuando menos se espera, preparando el camino en una dirección para dar un repentino volantazo que, en medio de una narrativa que podría parecer tópica, retorcer e incluso burlarse de los convencionalismos para demostrar que es posible sorprender en una historia que todo el mundo sabe cómo debe concluir.
Y eso nos lleva a la tercera comparativa, quizá la que más pueda perder. Y es que si la carga dramática (amén de la semilla que se planta del distanciamiento entre Iron Man y el Capi y de la relación –o no relación, según lo queramos ver- sentimental que se vislumbra) viene dada sobre todo por esos misteriosos hermanos gemelos que actúan por venganza tras la muerte de sus padres (se les llama “mejorados”, ya que en cine la palabra mutante es propiedad de la Fox), es inevitable comparar al Pietro Maximoff que interpreta Aaron Taylor-Johnson con el Peter Maximoff al que dio vida Evan Peters en X-men: Días del futuro pasado. Efectivamente, ambos personajes son el mismo en el mundo del comic, pero el complicado entramado de los derechos legales  los ha desdoblado en cine aunque manteniendo sus poderes originales.  No hay duda de que el Maximoff de la película de Bryan Singer tenía una escena mucho más espectacular que todas las apariciones de Pietro en La era de Ultrón, pero también se podría decir que llegó a morir de éxito, pues finalizada dicha escena el chico desaparecía de pantalla para dejar el terreno libre “a los mayores”. Aquí el héroe luce mucho menos, pero mantiene su propia subtrama hasta el final, y es una apuesta ganadora afirmar que lo que acontece a los hermanos Maximoff marcará sin duda el futuro de la saga.
Conseguí con el visionado de esta película algo que hoy en día se me antoja casi imposible, ir a las salas sin apenas idea de lo que me esperaba, gracias en buena parte a un par de trailers muy bien confeccionados que no llegaban a desvelar casi nada de la trama y que incluso invitaba al engaño. Es por eso por lo que quiero mantenerme muy cauto con no desvelar nada más de lo que ya se ha machacado estos días en los medios de comunicación y me limitaré a mencionar la aparición de La Visión, otra apuesta de futuro para la franquicia y que compone el primero de los muchos secundarios de lujo que decoran esta gran película, una especie de fin de fiesta a lo grande para la Fase Dos de Marvel (queda Ant Man, pero por magnitud creo que será más bien un epílogo antes de adentrarnos en la tercera y definitiva fase) que nadie ha querido perderse (y los que no han podido estar son mencionados en uno de los muchos chistes antológicos del film), un espectáculo de luces y sonido donde la Santísima Trinidad siguen siendo Iron Man, Thor y el Capitán américa pero cuyos minutos están magníficamente bien repartidos y nos presenta sorpresas que a estas alturas de la historia ya no nos esperábamos de ciertos personajes, aunque quizá se eche algo en falta el protagonismo cómico que tenía Hulk (aquí mucho más Banner que nunca) en la primera película y que ha sido sustituido, como elemento sobre el que giran los mejores chistes, por el propio Mjolnir.
Quizá la peor noticia de la película sea la confirmación de que Whedon, agotado por el titánico esfuerzo de llevar a buen puerto tan magna producción, no estará a los mandos de la tercera aventura de los héroes más poderosos de la Tierra, aunque se espera que siga vinculado de alguna manera al MCU. Al menos sabemos que sus sustitutos, los hermanos Russo, son una buena garantía tras su Soldado de Invierno. Por eso el final de la película tiene un ligero tono a despedida, aunque quizá lo más glorioso de todo sea que, por muy espectacular que sea todo, por muy definitivas que parezcan las batallas, por muy colosal que sea la amenaza de Ultrón, esto no son sino los preparativos de lo que está por llegar. La película es casi una hoja de ruta codificada exclusivamente para los Marvel Zombies más fieles que marca las pautas que conducirán hasta el enfrentamiento definitivo contra cierto ser de tono violáceo. Siempre que primero logren sobrevivir a su propia guerra civil, claro.
Magnífica en todo su esplendor, sólo puedo concluir tal y como lo hace el Capi en la última escena (y si esto es un spoiler, después de esta parrafada, casi hasta me da igual), al grito de: “Vengadores…”
Fundido final.

domingo, 18 de mayo de 2014

ROMPENIEVES (SNOWPIERCER) * (8D10)

Resulta cuanto menos curioso de que los dieciséis estrenos que hubo el pasado fin de semana fuese precisamente el de mayor calidad el que no tuve que ir a ver al cine. Y es que aparte de lo espantosamente mal que se ha estrenado en España (y ya empieza a aburrir el tema) resulta que el mismo viernes del estreno se realizó un pase televisivo por Canal +. Y luego se quejarán de que la gente va poco al cine…
El caso es que Snowpiercer (o Rompenieves, que es como se ha llamado por aquí, que para una vez que traducen un título literalmente me parece hasta raro y todo) es una brillante película de Joon-ho Bong, un director de cine norcoreano que, sin abandonar totalmente la identidad de la cinematografía clásica de su país, denota una clara admiración por el cine americano (como sería también el caso del francés Luc Besson), como demostró ya con su anterior y exitosa The Host.
Rodada prácticamente en inglés y con un reparto lleno de caras conocidas del cine más comercial estadounidense (lo que hace más inexplicable su mala distribución), Rompenieves es una fábula futurista en la que mundo se encuentra congelado y los únicos supervivientes son los afortunados pasajeros de un tren autosuficiente que circula constantemente por un recorrido alrededor del mundo.
Este planteamiento de ciencia ficción que adapta un comic de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette no es más que una mera excusa para realizar una metáfora sobre las diferencias sociales y la situación política y social del mundo globalizado en el que vivimos. Lejos de plantear una obra sesuda y meditabunda que invite a la reflexión calmada y dejando un final abierto libre de interpretaciones, Joon-ho Bong prefiere ser contundente y no andarse por las ramas. El mensaje es tan claro como evidente y no hay sutilezas que valgan para ver los bruscos cambios en el estilo de vida entre la clase alta y la baja.
Como ya no hay norte ni sur, arriba ni abajo, la pobreza se sitúa en esta ocasión en los vagones de cola, donde un atajo de harapientos y muertos de hambre malviven de la “caridad” de los de delante en unas condiciones paupérrimas que les invitan a tratar de rebelarse con la esperanza de alcanzar la máquina del tren –donde se encuentra el constructor del mismo, Wilfort, al que se reverencia como a una deidad- por más que en los diecisiete años que han transcurrido desde la congelación global ya han habido tres rebeliones que culminaron en fracaso.
La diferencia es que esta vez Gilliam, el anciano líder de los vagones de detrás, tiene puestas muchas esperanzas en el joven y determinado Curtis.
Chris Evans, todo un experto en esto de adaptar comics, se pone en la piel de Curtis, consiguiendo una de sus mejores interpretaciones, alejadas del elegante heroísmo Marvel y con unos destellos dramáticos muy convincentes, estando brillantemente secundado por John Hurt (al que siempre se recordará por Alien aunque su filmografía es tan extensa como brillante), Jamie Bell (inolvidable Billy Elliott que en breve repetirá en esto de las adaptaciones con la polémica Los 4 Fantásticos), Tilda Swinton (la bruja de Narnia recientemente vista en Gran Hotel Budapest) y, inteligentemente elegido, Ed Harris, en el papel de Wilfort, en un divertido paralelismo con el personaje de gran controlador que ya recreara en El show de Truman, aparte de dos fijos en la carrera del director como son Kang-ho Song y Ah-sung Ko.
Como si se tratase de un videojuego, cada puerta de vagón conduce a un mundo diferente, a un paso más hacia la gloria para este pueblo oprimido que sólo esperan escapar de la dictadura de un poder que los está asfixiando.
Visualmente impecable, Snowpiercer es dura, violenta y despiadada, con mucha amargura pero un humor irónico y doloroso cuando conviene (tomen como ejemplo la escena del colegio), con vagones imposibles de dimensiones variables según la opresión que pretendan demostrar y con un solo punto débil, como son las hermosas pero evidentemente digitalizadas imágenes exteriores, paisajes blancos e infinitos donde la mano del ordenador se nota demasiado. Y es que aunque estemos ante la película más cara de la historia de Corea del Norte, cuarenta millones de presupuesto es una nimiedad si se busca un resultado visual al estilo hollywoodiense.
Con todo, Snowpiercer es una gran película que merece la pena disfrutarse pese a la incomodidad de su mensaje y cuyo final dejará a más de uno desencajado.

Otra gran obra que el espectador de cine en España se va a perder por culpa de los de siempre…


miércoles, 2 de abril de 2014

EL CAPITÁN AMÉRICA: EL SOLDADO DE INVIERNO (8d10)

Posiblemente, Steve Rogers, AKA El Capitán América, no sea uno de los héroes más admirados fuera de su país. El nombre y los colores de su uniforme hacen que pese sobre él una equívoca sospecha de fascismo extremado que nada tiene que ver con la realidad, y no ha sido hasta su “aparente” muerte en el comic, noticia de portada en medios de comunicación en todo el mundo, que el público en general ha empezado a prestarle atención.
Hay que tener en cuenta que su origen se remonta a los años cuarenta, en plena II Guerra Mundial, cuando el fervor antinazi estaba en pleno apogeo y América era el sinónimo de un ideal. Tal y como se ve en la primera película del Capi, su misión no es la de ondear la bandera americana a los cuatro vientos, sino la de la libertad y la democracia. En esto, ningún país moderno puede presumir de estar libre de pecado, ni siquiera los Estados Unidos, y de eso trata esta película.
Si El Capitán América: el Primer Vengador versaba sobre el símbolo y en Los Vengadores veíamos al héroe, es turno ahora del hombre, el tipo bajo la máscara, el soldado que debe adaptarse a una nueva época, a la muerte (o vejez) de sus amigos, pero con esos ideales inamovibles. Rogers no trabaja para América, ni mucho menos para su gobierno, sino para el pueblo americano y a ellos y sólo a ellos debe su lealtad. Aunque eso le suponga enfrentarse a las altas esferas y convertirse en un fugitivo de SHIELD.
Con Ed Brubaker (guionista de la más aclamada etapa del personaje en los comics) firmando la historia a la que terminarían de darle forma Christopher Markus y Stephen McFeely, El Capitán América: El soldado de Invierno bebe mucho, lógicamente, de esos magníficos comics de Brubaker en los que se crea al personaje de Soldado de Invierno, aunque también hay en ellos algo de Secret War e incluso reminiscencias de cuando el protagonista reniega de su propio país y adopta una identidad nueva (tranquilos, no es ningún spoiler, no hay ni rastro de Nómada en la peli, sólo se aprovecha la idea). Con los hermanos Anthony y Joe Russo (de escaso currículo pero a los que elevo a los altares aunque sólo sea por su participación como productores y directores de la magnífica serie Community) sustituyendo a Joe Johnson a los mandos de la realización, esta segunda aventura en solitario del Vengador trata de llevarlo a los límites haciéndole dudar entre aquello en lo que cree o aquello para lo que lo entrenaron, es decir, seguir órdenes como un borreguito. Sin pensarlo demasiado, Rogers se enfrentará a la organización antiterrorista más poderosa del mundo, huérfana tras el asesinato de Nick Furia, mientras un desconocido a la vez que legendario terrorista entra en escena.
Por fortuna, el Capi no se enfrentará solo a SHIELD. La Viuda Negra y Falcon (otro personaje del comic que debuta aquí, imagino que con el nombre manteniéndolo en inglés para evitar confusiones con Ojo de Halcón) le apoyarán en su búsqueda de la verdad, sin obviar la participación de Maria Hill y una misteriosa (y poco desarrollada) Agente 13 de la que quizá pronto sabremos más cosas gracias a una futura serie de televisión. Y luego está Furia, claro está, que paranoico hasta las cejas y amante de las conspiraciones quizá no haya dicho aún su última palabra. Y ese es uno de los grandes aciertos del film. Mientras otras películas de superhéroes como los Batman de Schumacher, Blade Trinity o Spiderman 3 fallaban en el abuso de protagonistas o antagonistas, en esta ocasión el tiempo de cada uno está milimétricamente medido, repartiendo las escenas con brío y no permitiendo que ningún personaje pise a otro, tal y como ya consiguiera Joss Whedon en Los Vengadores.
El Capitán América: El Soldado de Invierno es una película de superhéroes, claro está, pero pese a lucir Steve su uniforme estrellado, Natasha su cuero ceñido y Sam unas alas que le permiten volar, quizá cabría definir esta película mejor como un thriller político, donde en sus más de dos horas de metraje abundan los diálogos reflexivos y las sospechas de conspiraciones con un veterano Robert Redford en su máximo esplendor dando una lección de carácter y presencia en cada minuto en que aparece en pantalla. 
Marvel, como viene siendo habitual, demuestra tener un ojo infalible en sus casting, consiguiendo reunir actores de demostrada calidad con estrellas sin demasiado caché a los que poder modelar a su antojo. Así, Chris Evans es ya para siempre la imagen de Steve Rogers y nadie puede discutir el acierto de la elección, por más que se pudiera dudar antes del estreno de El Capitán América: El primer Vengador, tal y como sucediera, por ejemplo, con el Thor de Chris Hemsworth, mientras que pocos sospecharían que una actriz que era poco más que una cara bonita como Scarlett Johanson iba a convertirse en una estrella de acción y que iba a convencer el las escenas dramáticas. Y eso que había sido una chica Allen… 
Hay quien podría decir que, tal y como se insinuaba (aunque menos) en Iron Man 3, esta es una peli “nolanizada”, pero no os preocupéis. Pese a los momentos serios y dramáticos y la ausencia de personajes cómicos como pasaba con Erik Selvig y Darcy en Thor: el mundo oscuro, los hermanos Russo no han buscado la oscuridad amarga y las ansias pseudointelectuales de baratillo que rezumaban las mediocres El Caballero oscuro: la leyenda renace o El hombre de acero. Simplemente, han tomado un personaje icónico, una situación real y han creado una historia de acción de intriga y la han desarrollado sin pretender insultar la inteligencia del espectador.
Y al final, por supuesto, hay explosiones. Y peleas. Y puñetazos. Y lanzamientos inverosímiles de escudo. Que al fin de cuentas sí que es una peli de superhéroes, ¡faltaría más!
No dejo de sorprenderme del maravilloso y complicado puzle audiovisual que ha creado Marvel con sus personajes (con la mitad de ellos, recordemos que de la otra mitad no posee los derechos cinematográficos), y de nuevo las referencias a otras películas y personajes de la macrosaga están presentes (expandiendo esa saga al mundo de la televisión con la –de momento- floja SHIELD y la ya mencionada Agente Carter), así como las pistas de por dónde van a ir los tiros en el futuro, con dos escenas postcréditos que invitan directamente a esperar la llegada inminente de Los Vengadores 2: la era de Ultrón y, en un par de años, Capitán América 3 (aún sin título definitivo, evidentemente), aunque casi me atrevería a aventurar que a lo que en realidad se refieren en dicha escena (dirigida por Joss Whedon, por cierto) es a Los Vengadores 3, prevista para 2018 y con entre cuatro y cinco películas puente entre ambas.
El único punto negativo que se me ocurre es su dañina campaña publicitaria, con entrevistas y reportajes de determinado actor que no voy a nombrar aquí que suponen un importante spoiler sobre una de las sorpresas del film (aunque los seguidores de los comics sabíamos de sobras de qué iba la cosa).
Pese a ello, una excelente película que ni aburre ni apabulla, mucho mejor que su predecesora (a Joe Johnson le falla mucho el control del ritmo narrativo) y que no aburre ni en sus momentos más relajados, con el retorno de personajes carismáticos (para mí Cobie Smulders siempre será Maria Hill antes que Robin Scherbatsky) y que te deja con ganas de más, deseando ya el estreno de Guardianes de la Galaxia, el siguiente peldaño de Marvel en su camino hacia la Gloria Celestial.