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martes, 4 de junio de 2019

ROCKETMAN

Ya desde su concepción, Rocketman se enfrenta a una dificultad esencial: su proximidad en el tiempo con Bohemian Rhapsody. Las comparaciones entre la película que adapta la vida de Elton John con la dedicada a Freddie Mercury y Queen son inevitables e, independientemente que el film que nos ocupa pueda resultar superior o inferior, la batalla en taquilla la tiene casi perdida, ya sea por la fecha del estreno (la Oscarizada película de Bryan Singer fue la más vista en las Navidades), por estrenarse la segunda (con lo que puede parecer, aún sin serlo, como un ejercicio de puro oportunismo) y porque, aun siendo Elton John un gran artista con muchos éxitos inolvidables, la leyenda de Freddie Mercury, su carisma y su incomparable voz son alicientes suficientes para que, independientemente de que uno sea más aficionado a uno u otro artista, sea más apetecible ver el éxito del año pasado que esta Rocketman.
Sea como sea, Rocketman bien podría entenderse como un complemento a Bohemian Rhapsody, compartiendo incluso a algún personaje, como es el caso de John Reid (curiosamente interpretado, en ambos casos, por actores que saltaron a la fama gracias a Juego de Tronos). Un personaje, por cierto, esencial en ambas historias (aunque la realidad se ha visto bastante deformada en Bohemian Rhapsody) y que casi invita a hacer un biopic sobre él mismo.
Desde el punto de vista cinematográfico, habría que declarar que Rocketman es ligeramente superior. Su principal acierto es jugar a romper esquemas y huir (al menos en parte) del biopic más convencional. De hecho, en muchos momentos, la película toma formato de musical, lo cual permite incorporar las canciones de Elton John en su propia historia, aprovechando el gran trabajo interpretativo de Taron Egerton para que él mismo cante con su propia voz los diversos temas, y darle un toque más fantasioso que casa muy bien con la parte más centrada en los devaneos con las drogas del cantante. Por otro lado, es más valiente que Bohemian Rhapsody al mostrar escenas algo más explicitas tanto al respecto de las relaciones sexuales del protagonista como consumiendo drogas, aunque tampoco es que sea nada tan escandaloso como para pensar que se está haciendo historia dentro del cine. Al fin y al cabo, se limita a mostrar algo más de lo que en Bohemian Rhapsody se insinuaba.
Ya he dicho que el trabajo de Egerton es excelente (y si no es reconocido con el Oscar del año que viene será porque en la última edición lo ganó Remi Malek), y el hecho de tener un solo director al que han dejado trabajar sin las dificultades provocadas por Singer hacen que el resultado final sea brillante y mucho más coherente. Seguimos con las comparaciones inevitables: Dexter Fletcher, el director, que ya había demostrado su buena mano para los musicales con la encantadora Amanece en Edimburgo, fue el primer director pensado para Bohemian Rhapsody y quien finalmente terminó la película tras la marcha/despido de Bryan Singer. La película cuenta con el propio Elton John como productor, lo cual se supone que garantiza un mayor realismo (lo cual no es necesariamente cierto, Bryan May era productor en Bohemian Rhapsody), pero seguramente el verdadero valedor de la película es el trabajo de producción de Matthew Vaughn. No en vano él es un especialista en desafiar a los grandes estudios para hacer las películas que él desea hacer, aunque sea con cierta incorrección política, fue el descubridor de Egerton (él es el gran protagonista de Kingsman su secuela) y ya unió al actor y al director en la estimable Eddie, el Águila.
Aceptando que todas las biografías realizadas sobre personajes vivos tienen un punto de parcialidad, la historia es mucho más fiel a la realidad de lo que sucedía con Bohemian Rhapsody (de hecho, allí se optó más por una fidelidad conceptual que literal, lo cual tampoco es necesariamente malo), aunque esa originalidad narrativa a la que aludía al principio implica también que la historia esté contada de manera algo desdibujada, sin que quede demasiado claro a qué momento concreto pertenece cada canción y centrándose más en el personaje que en el cantante. Un personaje que, por cierto, también guarda ciertas similitudes con Freddie Mercury. Ambos eran artistas británicos de influencias rockeras, dados a los excesos (tanto en cuestiones de vestuario como de adicciones), mezcla entre genialidad y pantomima, inseguros en el fondo y con una serie de complejos que solo esa fachada excéntrica al subirse a los escenarios podían disimular. Y uno terminó falleciendo a causa del SIDA y el otro creando una importante fundación en ayuda a las víctimas del SIDA. Dos vidas paralelas reflejadas en dos películas paralelas.
Todo esto son argumentos para entender que, posiblemente, Rocketman sea mejor película que Bohemian Rhapsody. Sin embargo, ya sea por la propia historia de los protagonistas, porque la personalidad de Mercury fuese más arrebatadora que la de Elton John, porque las canciones sean más icónicas o por el trasfondo trágico que terminó con la vida del cantante de We are the Champions. Puede que a alguien le gusten más las canciones de uno o del otro, pues ambos son grandes, forman parte de la historia y tiene éxitos imperecederos, pero dudo que en Rocketman se quede mucha gente hasta el final de los títulos de crédito solo para escuchar las canciones que no han tenido cabida en la banda sonora de la película, que se estrene un singe alone para que se puedan cantar las canciones de Elton John durante el visionado del film o que la gente, por mucho que puedan disfrutar con la película, la vaya a ver a los cines una segunda o tercera vez como me consta que mucha gente hizo con Bohemian Rhapsody.
Así que sí, Rocketman es mejor película que Bohemian Rhapsody. Pero a mí, y seguramente a la mayoría de la gente, me gustó más la otra.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 4 de junio de 2018

LAS ESTRELLAS DE CINE NO MUEREN EN LIVERPOOL

Las estrellas de cine no mueren en Liverpool es una curiosa rareza, una de esas películas de “cine dentro del cine” que funcionan como biopics de una estrella limitándose para ello a mostrar un simple retazo de su historia, un episodio (fatídico en este caso) que resuma su paso el paseo de la fama de la fábrica de sueños.
Lo que hace de esta película una curiosidad es, en primer lugar, que la protagonista no sea una brillante estrella, tal y como se entiende ese concepto en Hollywood. Sí, es cierto que Gloria Grahame había llegado a ganar un Oscar de la Academia, pero hay que ser un cinéfilo de esos sesudos para recordar su nombre. No estamos ante casos tan relevantes como podían ser otros biopics episódicos que me vienen a la mente, como Mi semana con Marilyn o Hitchcock.
Además, la decisión tomada por Paul McGuigan (otra elección curiosa, teniendo en cuenta que su más reconocible film es esa revisión fallida sobre la figura de Victor Frankenstein), ya puestos a centrar la historia en el ocaso de la actriz, no ha sido la de hacer una simple reflexión sobre la mella que el olvido al que una industria despiadada y adoradora de la carne joven puede ejercer sobre una estrella extinta, sino que se centra más en la peculiar historia de amor que la veterana actriz (interpretada con maravillosa maestría por Annette Bening) con un aspirante a actor mucho más joven que ella, Peter Turner (al que da vida un inspirado Jamie Bell. Es alrededor de esa relación, y con un Liverpool gris y lluvioso como telón de fondo, en las antípodas del Hollywood dorado, que McGuigan construye su película, y si bien hay decisiones argumentales de dudoso rigor (hay quien describe a Turner como un oportunista que solo quería aprovecharse de la agotada fama de la Grahame), la puesta en escena es tan bella (baste con recordar los recursos narrativos empleados por McGuigan para los saltos temporales, y la dulzura de la historia es tan tierna sin llegar a empalagar que poco importa que carezca de la acidez y mala leche que una historia así podría merecer.
Además, Benning compone uno de los mejores trabajos de su carrera, injustamente olvidada en los pasados Oscar, y la química que demuestra con Bell es impresionante. Entre ambos dan forma a una historia que refleja con sencillez las dos caras de la moneda del trabajo de ser actor y los sacrificios que merecen hacerse por amor, sin importar cosas tan banales como la diferencia de edad o el qué dirán de los burladeros de Hollywood.
No es la mejor película inspirada en esa era dorada del cine, pero con un presupuesto muy ajustado y un gran trabajo de todos sus participantes, la película logra ser una hermosa estampa que, sin llegar a honrar completamente la figura de Grahame, al menos la rescata del olvido y le rinde un tributo que, con el rostro de Annette Benning, es más que merecido.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 23 de agosto de 2015

CUATRO FANTÁSTICOS (3d10)

El pasado viernes el sol apretaba cuando salí de mi casa, recién comido, camino al cine. Todavía adaptándome a la rutina tras una escapada de nueve días a una de las islas más bonitas del país decidí acercarme a una frutería que hay junto a mi cine preferido para comprarme un vasito de fruta troceada con la que refrescarme durante la peli. Elegí uno que llevaba melón, piña, kiwi y algún higo.
Explico esto porque ese delicioso surtido de fruta fue, de largo, lo mejor de Cuatro Fantásticos. Con eso creo que está dicho todo.
Conocedor de los problemas de rodaje que había tenido el film y sin poder evitar escuchar las primeras y catastróficas críticas que provenían del otro lado del charco, traté de acercarme a la película con la máxima objetividad posible, concentrado durante sus primeros minutos en conseguir diferenciar entre la mirada crítica del cinéfilo y las ansias apasionadas del Marvel zombie. No me hizo falta demasiado esfuerzo. La película es desastrosa tanto desde un punto de vista como bajo el otro.
Dirigida (o no) por Josh Trank, ese tipo que se hizo famoso primero por una peliculilla de superhéroes cámara en mano llamada Chronicle que por lo visto gustó a todo el mundo menos a mí, más tarde por que lo han echado de todo proyecto en el que estaba vinculado, desde la secuela de Cuatro Fantásticos a uno de los Spin Off de Star Wars (uy, perdón, que no son ellos los que lo echan, que es él el que se va), y recientemente por haber puesto a parir su propia obra, culpando del desastre a la productora, 
Cuatro Fantásticos parece tan empeñada en querer diferenciarse del tono humorístico y casi infantil de las dos películas anteriores de la Fox (al final mucho más interesantes que esto) que se rodea en sus primeros minutos de una oscuridad y una seriedad que obligan a recordar al estilo de Nolan (no en vano el propio tráiler se ha comparado hasta la saciedad con Interstellar), como si quisieran convencernos de que estamos ante una película reflexiva y profunda antes que ante un aspirante a blockbuster palomitero de verano. Trank fracasa en esa primera mitad de película, con un tono lento y aburrido y unas relaciones entre los protagonistas tan mal definidas que no logran transmitir en ningún momento la sensación de familiaridad y camaradería que se le supone al grupo, pero por lo menos consigue emprender un camino suficientemente interesante como para que nos preguntemos por el desenlace de la película y sintamos algo de curiosidad hacia un grupito de jóvenes cerebritos y su futuro, totalmente desvinculado del que conociéramos de antemano gracias a los comics. 
Es a partir de la transformación de los héroes cuando todo pierde sentido y la película deriva en una sucesión de estupideces y situaciones totalmente absurdas en donde nada tiene sentido, los autores renuncian por completo a plantearse siguiera las motivaciones de sus protagonistas y se limitan a ofrecernos una serie de explosiones ruidosas y para nada vistosas  que no hacen más que invitar al espectador a consultar constantemente el reloj y preguntarse qué diablos hace perdiendo una bonita tarde de verano con semejante despropósito.
Como ven, no he hablado nada hasta ahora de las diferencias entre la película y el comic, diferencias que a muchos indignaron antes del estreno del film (y es que no es para menos) pero que no son lo que hacen que esta película sea tan mala. Sí, de acuerdo, los cambios que hay (y eso teniendo en cuenta que la fuente de inspiración, una vez más, es la versión Ultimate de los héroes de Marvel, no su vertiente más clásica y madura) son totalmente gratuitos (y no me limito al cambio de raza de Johnny) y eso es lo primero que descoloca de la película. Y no porque la base sobre la que se sustenta sea sagrada sino porque son cambios que a la postre no conducen a nada. ¿O tiene alguna importancia en el resultado final que Sue sea adoptada y de diferente nacionalidad, por poner un simple ejemplo? Dicho de otra manera: se puede hacer una película de amor trágico y juzgarla simplemente por su calidad, pero si se le pone el nombre de Romeo y Julieta habrá que exigirle que sea algo responsable con los escritos de Shakespeare, ¿no?
Los Cuatro Fantásticos son definidos como la Primera Familia de Marvel. En pantalla, la sensación de familia desaparece por completo. No hay más que un apunte mínimo del futuro romance entre Reed y Susan, la amistad entre el primero y Ben es forzada y casual y Victor es el malo de la función porque así lo exige el guion, sin motivación ni justificación alguna. Y Johnny… Bueno, Johnny simplemente no aporta nada a la historia.
Algunos cambios, como el que motiva el accidente que les da los poderes, puede ser incluso acertado, mejorando con respecto a los comics la justificación que se le da al mismo, pero eso no compensa la completa sarta de estupideces que rodean al film. Johnny Storm es una versión cutre del Torete de Fast & Furious que como castigo por ser tan malote debe trabajar en el proyecto más importante de la compañía Baxter (!!), Ben  es invitado a la expedición como quien va de cañas con un viejo colega, sin tener ni idea de lo que se está haciendo (!!!) y Susan adquiere sus poderes sin ni siquiera tomar partido de la dichosa expedición (!!!!!). Y de Muerte, mejor ni hablar, uno de los peores villanos que he visto en cine y que consigue superar en ridiculez el diseño que lució en el film de 2005.
Y todo esto sin llegar todavía al final desastroso, incoherente y precipitado, sin duda lo peor de la película. Nada tiene sentido. Nada está justificado. Nada tiene gracia ni épica.
Y, encima, con unos efectos digitales de verdadera pena. Ni siquiera en eso se salva este despropósito que tiene más aspecto de piloto televisivo malo que de superproducción de cine.
Los fans no podemos más que gritar con fuerza a la Fox que devuelva los derechos de los personajes a Marvel.
Los no fans… Bueno, ¿en serio alguien que no sea fan se ha atrevido a ver este truño?
Puede que no sea la peor película de superhéroes que he visto (y es que Elektra o Motorista Fantasma 2 son muy duros de digerir, y a cosas como CatWoman o Barb Wire ni me he acercado), pero poco le faltará.


jueves, 6 de noviembre de 2014

FILTH, EL SUCIO (8d10)

Me resulta enormemente complejo definir esta película. No encuentro palabras para ello. O quizá sea al revés, quizá encuentro demasiadas, algunas de ellas aparentemente opuestas entre sí.
Divertida, excesiva, extrema, desquiciante, horrible, genial, desagradable, demoledora, hilarante, sórdida, soez…
Todo ello es Filth, la historia de un policía dispuesto a hacer todo lo posible por conseguir un ascenso. Bruce Robertson, el protagonista, es un ser miserable, alcohólico, drogadicto, crápula, taimado y traicionero, casi como una versión británica (escocesa para más señas) de nuestro castizo Torrente, un verdadero cerdo, en pocas palabras. Pero a la vez tiene un aurea de seductor que atrapa, que te obliga a admirarlo e incluso envidiarlo, como si el espectador deseara mimetizarse en él y conseguir su magnetismo creyendo que podría mantener su lado oscuro, su faceta más viciosa a buen recaudo.
La película arranca presentándonos a su mujer, Carol, atractiva y seductora, que rompiendo la cuarta pared (el propio Bruce lo hace constantemente, sobre todo para mirarnos directamente a los ojos y hechizarnos) nos explica de forma ambigua, confusa y perturbadora los secretos de su felicidad conyugal.
Inmediatamente pasamos a conocer la vital importancia que para ese matrimonio es el ascenso de Bruce, la consecución del poder a cualquier precio, y se nos muestra a un joven atractivo, ambicioso y emprendedor al que, poco a poco, iremos descubriendo con asco y horror su lado más perturbador y desagradable. No en vano el título del film, Filth, es inmundicia en español.
Llega un momento, desde luego, que la caída a los infiernos de este personaje carece de frenos. Es entonces cuando el guion (que parte de una novela de Irvine Welsh que al parecer es aún más degradante que la película) se apiada de Bruce y nos ofrece alguna pincelada de su pasado que nos invita a pensar que hay una tragedia que motiva su forma de ser y actuar, no justificándolo pero sí al menos edulcorándolo levemente. Pero ello no sería suficiente para evitar que odiásemos a muerte  a un tipo que no duda en acostarse (y humillar) a la mujer de un compañero, acosar a la esposa de su mejor (o único) amigo y terminar incriminándolo a él, enfrentar a sus compañeros entre ellos o desafiar abiertamente a una superiora por el simple hecho de ser mujer de no ser por un elemento clave en la película: James McAvoy.
Este joven actor escoces ya había demostrado con anterioridad sus grandes dotes de interpretación en paleles tan dispares como el profesor Xabier de los X-men, el atormentado protagonista de Trance o el enamorado de Eleanor Rigby, pero aquí logra superarse a sí mismo y hacerse suyo un personaje difícil, consiguiendo encandilarnos con su mirada y pasar del dolor a la depravación en un parpadeo, con una sonrisa de lobo con piel de cordero que enternece y aterra a la vez.
James McAvoy es el alma de Filth, por más que esté rodeado de un plantel de grandes secundarios como Jamie Bell, Eddie Marsan, Imogen Poots o John Sessions, y cuando el desquiciado montaje a ritmo de magníficos temas musicales amenaza con desbordarse él, con su carisma y magnetismo, solventa la papeleta.
Filth es una de esas pequeñas joyas que de tanto en tanto nos ofrece el cine británico y que todo el mundo debería ver. Quizá alguno me haga caso y termine odiándome por ello, pues la desazón que provoca en algunos momentos es notable, pero terminará dejando poso y. si dejan los prejuicios en la puerta, disfrutarán con su sentido del humor punzante y su sorprendente y revelador giro argumental.
Filth es toda una experiencia cinematográfica, por su seductor arranque, su orgía de sexo y drogas, su bestial banda sonora, su hipnótica fotografía, su montaje desconcertador, sus créditos finales y, sobre todo, por McCavoy y, para bien o para mal, es de obligado visionado.

domingo, 18 de mayo de 2014

ROMPENIEVES (SNOWPIERCER) * (8D10)

Resulta cuanto menos curioso de que los dieciséis estrenos que hubo el pasado fin de semana fuese precisamente el de mayor calidad el que no tuve que ir a ver al cine. Y es que aparte de lo espantosamente mal que se ha estrenado en España (y ya empieza a aburrir el tema) resulta que el mismo viernes del estreno se realizó un pase televisivo por Canal +. Y luego se quejarán de que la gente va poco al cine…
El caso es que Snowpiercer (o Rompenieves, que es como se ha llamado por aquí, que para una vez que traducen un título literalmente me parece hasta raro y todo) es una brillante película de Joon-ho Bong, un director de cine norcoreano que, sin abandonar totalmente la identidad de la cinematografía clásica de su país, denota una clara admiración por el cine americano (como sería también el caso del francés Luc Besson), como demostró ya con su anterior y exitosa The Host.
Rodada prácticamente en inglés y con un reparto lleno de caras conocidas del cine más comercial estadounidense (lo que hace más inexplicable su mala distribución), Rompenieves es una fábula futurista en la que mundo se encuentra congelado y los únicos supervivientes son los afortunados pasajeros de un tren autosuficiente que circula constantemente por un recorrido alrededor del mundo.
Este planteamiento de ciencia ficción que adapta un comic de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette no es más que una mera excusa para realizar una metáfora sobre las diferencias sociales y la situación política y social del mundo globalizado en el que vivimos. Lejos de plantear una obra sesuda y meditabunda que invite a la reflexión calmada y dejando un final abierto libre de interpretaciones, Joon-ho Bong prefiere ser contundente y no andarse por las ramas. El mensaje es tan claro como evidente y no hay sutilezas que valgan para ver los bruscos cambios en el estilo de vida entre la clase alta y la baja.
Como ya no hay norte ni sur, arriba ni abajo, la pobreza se sitúa en esta ocasión en los vagones de cola, donde un atajo de harapientos y muertos de hambre malviven de la “caridad” de los de delante en unas condiciones paupérrimas que les invitan a tratar de rebelarse con la esperanza de alcanzar la máquina del tren –donde se encuentra el constructor del mismo, Wilfort, al que se reverencia como a una deidad- por más que en los diecisiete años que han transcurrido desde la congelación global ya han habido tres rebeliones que culminaron en fracaso.
La diferencia es que esta vez Gilliam, el anciano líder de los vagones de detrás, tiene puestas muchas esperanzas en el joven y determinado Curtis.
Chris Evans, todo un experto en esto de adaptar comics, se pone en la piel de Curtis, consiguiendo una de sus mejores interpretaciones, alejadas del elegante heroísmo Marvel y con unos destellos dramáticos muy convincentes, estando brillantemente secundado por John Hurt (al que siempre se recordará por Alien aunque su filmografía es tan extensa como brillante), Jamie Bell (inolvidable Billy Elliott que en breve repetirá en esto de las adaptaciones con la polémica Los 4 Fantásticos), Tilda Swinton (la bruja de Narnia recientemente vista en Gran Hotel Budapest) y, inteligentemente elegido, Ed Harris, en el papel de Wilfort, en un divertido paralelismo con el personaje de gran controlador que ya recreara en El show de Truman, aparte de dos fijos en la carrera del director como son Kang-ho Song y Ah-sung Ko.
Como si se tratase de un videojuego, cada puerta de vagón conduce a un mundo diferente, a un paso más hacia la gloria para este pueblo oprimido que sólo esperan escapar de la dictadura de un poder que los está asfixiando.
Visualmente impecable, Snowpiercer es dura, violenta y despiadada, con mucha amargura pero un humor irónico y doloroso cuando conviene (tomen como ejemplo la escena del colegio), con vagones imposibles de dimensiones variables según la opresión que pretendan demostrar y con un solo punto débil, como son las hermosas pero evidentemente digitalizadas imágenes exteriores, paisajes blancos e infinitos donde la mano del ordenador se nota demasiado. Y es que aunque estemos ante la película más cara de la historia de Corea del Norte, cuarenta millones de presupuesto es una nimiedad si se busca un resultado visual al estilo hollywoodiense.
Con todo, Snowpiercer es una gran película que merece la pena disfrutarse pese a la incomodidad de su mensaje y cuyo final dejará a más de uno desencajado.

Otra gran obra que el espectador de cine en España se va a perder por culpa de los de siempre…