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jueves, 8 de marzo de 2018

HÉROES EN EL INFIERNO


Mientras uno contempla Héroes en el Infierno no puede evitar sentir cierta sensación de agotamiento. Estamos ante la clásica película inspirada en hechos reales que sirve de vehículo para glorificar a un puñado de héroes (totalmente desconocidos para el público ajeno al lugar donde se desarrollaron los hechos) que bien podría definirse como una especie de Llamaradas (aquel clásico de Ron Howard de 1991) versión forestal, bajo la batuta del Clint Eastwood de turno, una especie de dramón televisivo con el presupuesto justo para unas panorámicas llameantes efectivas y un reparto de campanillas que aspire a atraer al público a las salas.
Sin embargo, entre el tedio que puede provocar ver escenas de intervenciones de la compañía Granite Mountain Hotshots en incendios varios con resultados satisfactorios, la “familia” que esta compañía conforma empieza a calar en el espectador, llegando a interesar más sus problemas familiares que las supuestas heroicidades, dirigidas con corrección pero carentes de la épica necesaria.
Es a mitad de la película cuando nos empezamos a dar cuenta de que estamos siendo manipulados, de que la cuestión de los bosques es una mera excusa para que compartamos las vidas de los protagonistas y los conozcamos lo suficiente para golpearnos en el momento final, cuando llegue el fuego que de verdad cuenta.
Es cierto que, llegados a ese punto, la película es un ejemplo de esos de pornografía sentimental sin más intención que la de reconducir nuestros sentimientos, pero posiblemente sea ya tarde para protestar por ello. Llega el momento en que la mayoría de la sala del cine (que ni mucho menos esperen que esté llena) está con pañuelos empapados. Y como ese es el objetivo final de la película, y cumple a la perfección con ello, ¿qué importa que nos sintamos manipulados?
Héroes en el Infierno no es ni más ni menos que eso, un relato sobre un puñado de gente que se juega la vida a diario y el homenaje a los mismos, aunque quizá falla en la necesidad de hacer extensible ese homenaje al resto de profesionales del país (o del planeta, ya puestos), personificando demasiado la emotividad en ellos, insinuando incluso la incompetencia de algunos cuerpos que les rodean para que con ello queden más glorificados. Perjudicada por un alargado metraje (demasiados incendios intrascendentes previos), la película se beneficia de su impactante final y del propio desconocimiento de los hechos reales, amén de ver a un grupito de actores de relumbrón entre los que destacan Miles Teller y Josh Brolin pero que cuenta también con participaciones de Jeff Bridges, Jennifer Connelly, Taylor Kitsch y la desaparecida Andie McDowell.
Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 19 de febrero de 2018

DEBER CUMPLIDO

El guionista Jason Hall parece algo obsesionado con los traumas de los excombatientes de guerra al regresar a casa, y tras plasmar en papel la edulcorada historia de ese racista psicótico que protagonizaba El Francotirador, de Clint Eastwood, reincide en el tema para su debut como director.
Basándose de nuevo en una historia real (de las miles que deben pulular por los Estados Unidos), Deber cumplido narra el regreso de tres amigos tras haber combatido juntos en Iraq y los fantasmas que los acompañan. Para ello, Hall se apoya en unas buenas interpretaciones, entre las que destaca la pareja protagonista, el habitualmente insulso Miles Teller y la siempre efectiva Haley Bennett (más la efímera presencia de la comediante Amy Schumer, extraña en un rol tan dramático), y que son lo único interesante para una historia demasiado sobada ya por el cien americano y que bien podría ser un telefilm de sobremesa del montón.
Hall parece querer hacer su versión actualizada de El regreso, de Hal Ashby, pero solo consigue componer unas historias deshilachadas y de escaso interés (quizá en otras manos escenas como la del banco podría haber tenido un trasfondo dramático más impactante) en las que apenas logra ahondar lo suficiente como para que nos interesen de verdad sus protagonistas. O bien no es capaz de mostrar de manera correcta la caída a los infiernos de los personajes o quizá le falta tiempo para desarrollar tres historias a la vez (cinco si contamos con la de los dos personajes que no llegan a regresar). Mejores cosas se han visto en televisión, como en la serie Homeland o incluso en una de las subtramas de The Punisher, o en la incomprendida película de Ang Lee Billy Lynn.
O quizá el problema es que sea una película demasiado americana dirigida especialmente a un publico americano, y que no logra traspasar las fronteras de la empatía y la comprensión.
No es, al menos, un panfleto manipulador como aquel El Francotirador (por lo menos aquí, en una escena en la que se requiere a un bebé, no se ha usado una muñeca), por lo que permite que su visionado sea correcto, sin que debamos exigirle nada más que las consabidas hora y media de personajes quejándose por lo mal que lo han pasado y las pesadillas que se han traído después de luchar en nombre de un país que no parece dispuesto a recompensarlos por ello.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 11 de septiembre de 2016

JUEGO DE ARMAS: fallida imitación de Scorsese

Hay que reconocerle a Todd Phillips el mérito de que, tras haber triunfado con la saga de Resacón en Las Vegas, no ha querido acomodarse en el terreno de las comedias alocadas y ha apostado por un cambio de registro algo radical. Lo suficiente, al menos, para centrarse en una historia basada en hechos reales, por absurda que pueda parecer. Sin embargo, lo que mejor puede definir a una película como Juego de armas es la expresión: película fallida.
La pretensión de realizar una sátira basada en la historia real de dos veinteañeros que logran firmar un acuerdo millonario con el gobierno de los Estados Unidos para la venta de armas naufraga al pretender Phillips abarcar demasiados géneros sin que la trama tenga el valor que se le supone. La historia, al final, no da para mucho más que como divertida anécdota de bar y ahí donde los hechos no llegan tampoco la dirección de Phillips es suficientemente notable como para compensar las carencias. En el fondo, esto debería ser un cuento muy negro sobre como en una época donde se podía hacer casi cualquier cosa mediante el dinero en la que unos jóvenes puedan crear un imperio de la nada y derrumbarse luego con ellos dentro, con la edificante conclusión moratoria final. Pero ni el imperio fue tal, ni hay un humor que funcione a cambio y ni siquiera la moraleja final llega a tener un verdadero valor.
Ya desde el tráiler se puede intuir algunos de los referentes de Phillips a la hora de abordar la historia, que van desde El lobo de Wall Street de Scorsese al Dolor y dinero de Michael Bay, dos estupendas películas sobre jóvenes emprendedores y hasta donde pueden llegar antes de caer al abismo. Pero ni Phillips tiene el talento de sus colegas Scorsese y Bay a la hora de dar dinamismo a la historia ni sus actores cumplen con la eficacia mínima para dar empaque a la historia. Miles Teller no se entera de que va la película, Ana de Armas es solo una cara mona sin un ápice de personalidad visible y solo Jonah Hill (quizá por haber estado ya en El lobo de Wall Street) parece saber de verdad cual es el trasfondo de la historia y se hace con las riendas de un personaje que el guion no sabe desarrollar.
Juego de armas tiene algunos aciertos, pero son muchos más los fallos que la convierten no en una mala película, sino más bien en una película anodina, en una historia simplona y sin personalidad a la que le falta acción, le falta humor y. sobre todo, le falta saber qué rumbo pretende tomar.
Las intenciones de Phillips son buenas, y espero que esta película no le obligue a regresar al terreno seguro pero limitado de las películas al estilo Resacón, pero lo cierto es que en ocasiones, como es este caso, el intentarlo no basta.

Valoración: Cuatro sobre diez.

sábado, 12 de marzo de 2016

LA SAGA DIVERGENTE: LEAL. La última soseria utópica, parte uno.

En una época en la que mes sí, mes también, nos encontramos con alguna adaptación del tres al cuarto de esas novelitas para adolescentes femeninas que se engañan creyendo que fantasear con los machos alfa de estas obras (evidentes sucedáneos de los Vales, Superpops y pegatinas forracarpetas de otras generaciones) es el equivalente a consumir literatura de verdad (guiño, guiño) no voy a hacerme el sorprendido por la apatía total y absoluta que desprende este título, penúltima entrega de una saga que no debió pasar de la primera.
Con no pocas similitudes con la referente LosJuegos del hambre (aunque también podría llegar a salvar ciertos momentos de El Corredor del Laberinto), La saga Divergente copia sin rubor los esquemas de las andanzas de la pizpireta Jennifer Lawrence, pero centrándose en sus defectos e ignorando sus virtudes. O, si acaso, corrompiéndolas.
Con una distopía en la que la metáfora politicosocial implícita (el poder corrompe) se repite hasta en dos ocasiones en la misma película (y eso que se supone que solo adapta la mitad de la novela), no hay espacio para la sorpresa en esta sucesión de clichés tan mal dirigida como interpretada. Si en Los Juegos del Hambre se jugaba a que el personaje encarnado por Julianne Moore terminaba siendo tan dañino como el villano que era Donald Sutherland, en esta ocasión es Naomi Watts quien tras derrocar a Kate Winsley termina alzándose con el papel de villana para que luego pase a manos de Jeff Daniels. Y ojo, no estoy soltando ningún spoiler. No solo salta a la legua desde el primer minuto que entra en escena (y por si no somos muy perspicaces el guaperas de la función, Cuatro, se asegura de recordarlo constantemente) sino que incluso se puede ver en el propio tráiler.
Sin ánimos ya de encontrar más contenido que el ofrecido en la capa más superficial de su historia, podría quedarnos el consuelo de al menos estar ante un buen entretenimiento, pero tampoco. Hay demasiados peros que impiden disfrutar de una película que se repite continuamente de manera cíclica y sin espacio para el más mínimo riesgo. La poca espectacularidad que ofrece se debe más al dinero que al talento, y tampoco es que el abuso de digitalización de para mucho. Además, el director maneja tan mal los ritmos que ni siquiera consigue que la muerte de un supuesto protagonista tenga el más mínimo valor dramático.
Resulta curioso además, como la supuesta necesidad de partir en dos la novela para poder adaptarla mejor no consiga que lo poco que se puede rascar de la historia quede bien explicado. Mientras la protagonista Tris y sus amiguitos campan a sus anchas al otro lado del muro (empeñados en realizar acciones sin sentido y poco acordes con sus propios personajes), la historia de la lucha que se produce en Chicago, aquella que han dejado atrás, entre las fracciones de Naomi Watts y la de Octavia Spencer , es narrada de forma confusa y apática, mientras que los esfuerzos por infantilizar tanto la cosa impiden que se vea la más mínima gota de sangre incluso tras un disparo en la nuca a bocajarro, lo que resta el pretendido dramatismo de las muertes.
Los actores, por su parte, no solo están horrendos, sino que pueden estar cavando su propia tumba, demostrando que están en esta película por obligaciones contractuales o por simple dinero. Ni Jeff Daniels ni Naomi Watts parecen creerse nunca sus papeles. Theo James, Zoë Kravitz y Ansel Elgort no merecen pasar de fugaces estrellas postadolescentes y los cabeza de cartel, la Shailene Woodley que asombró en Los descendientes y el Miles Teller que se metió a la crítica en el bolsillo por su papel de batería llorón en Whiplash (aunque ese mismo año se granjeó el odio de la crítica por su papel de superhéroe llorón en 4 Fantásticos), apuntan peligrosamente a unas carreras tan erráticas que amenaza con encasillarles en papeles vacíos y sin carácter.
Y es que si algo demuestra el anodino papel de Tris en este tercer capítulo de la saga es su total falta de carisma y personalidad, limitándose a ser una marioneta que se aleja sin pretenderlo del papel de líder al que debía someterse la Katniss de Los Juegos delHambre.
Quizá la única virtud de la película sea el esfuerzo por disimular que se trata de una mitad de película y darle una entidad más episódica que la saga inspirada en las novelas de Suzanne Collins o el desenlace de la franquicia de Harry Potter no supieron hacer. Pequeño mérito ante tan enorme despropósito plano y sin garra suficiente para llegar al menos a entretener.

Valoración: tres sobre diez.

domingo, 23 de agosto de 2015

CUATRO FANTÁSTICOS (3d10)

El pasado viernes el sol apretaba cuando salí de mi casa, recién comido, camino al cine. Todavía adaptándome a la rutina tras una escapada de nueve días a una de las islas más bonitas del país decidí acercarme a una frutería que hay junto a mi cine preferido para comprarme un vasito de fruta troceada con la que refrescarme durante la peli. Elegí uno que llevaba melón, piña, kiwi y algún higo.
Explico esto porque ese delicioso surtido de fruta fue, de largo, lo mejor de Cuatro Fantásticos. Con eso creo que está dicho todo.
Conocedor de los problemas de rodaje que había tenido el film y sin poder evitar escuchar las primeras y catastróficas críticas que provenían del otro lado del charco, traté de acercarme a la película con la máxima objetividad posible, concentrado durante sus primeros minutos en conseguir diferenciar entre la mirada crítica del cinéfilo y las ansias apasionadas del Marvel zombie. No me hizo falta demasiado esfuerzo. La película es desastrosa tanto desde un punto de vista como bajo el otro.
Dirigida (o no) por Josh Trank, ese tipo que se hizo famoso primero por una peliculilla de superhéroes cámara en mano llamada Chronicle que por lo visto gustó a todo el mundo menos a mí, más tarde por que lo han echado de todo proyecto en el que estaba vinculado, desde la secuela de Cuatro Fantásticos a uno de los Spin Off de Star Wars (uy, perdón, que no son ellos los que lo echan, que es él el que se va), y recientemente por haber puesto a parir su propia obra, culpando del desastre a la productora, 
Cuatro Fantásticos parece tan empeñada en querer diferenciarse del tono humorístico y casi infantil de las dos películas anteriores de la Fox (al final mucho más interesantes que esto) que se rodea en sus primeros minutos de una oscuridad y una seriedad que obligan a recordar al estilo de Nolan (no en vano el propio tráiler se ha comparado hasta la saciedad con Interstellar), como si quisieran convencernos de que estamos ante una película reflexiva y profunda antes que ante un aspirante a blockbuster palomitero de verano. Trank fracasa en esa primera mitad de película, con un tono lento y aburrido y unas relaciones entre los protagonistas tan mal definidas que no logran transmitir en ningún momento la sensación de familiaridad y camaradería que se le supone al grupo, pero por lo menos consigue emprender un camino suficientemente interesante como para que nos preguntemos por el desenlace de la película y sintamos algo de curiosidad hacia un grupito de jóvenes cerebritos y su futuro, totalmente desvinculado del que conociéramos de antemano gracias a los comics. 
Es a partir de la transformación de los héroes cuando todo pierde sentido y la película deriva en una sucesión de estupideces y situaciones totalmente absurdas en donde nada tiene sentido, los autores renuncian por completo a plantearse siguiera las motivaciones de sus protagonistas y se limitan a ofrecernos una serie de explosiones ruidosas y para nada vistosas  que no hacen más que invitar al espectador a consultar constantemente el reloj y preguntarse qué diablos hace perdiendo una bonita tarde de verano con semejante despropósito.
Como ven, no he hablado nada hasta ahora de las diferencias entre la película y el comic, diferencias que a muchos indignaron antes del estreno del film (y es que no es para menos) pero que no son lo que hacen que esta película sea tan mala. Sí, de acuerdo, los cambios que hay (y eso teniendo en cuenta que la fuente de inspiración, una vez más, es la versión Ultimate de los héroes de Marvel, no su vertiente más clásica y madura) son totalmente gratuitos (y no me limito al cambio de raza de Johnny) y eso es lo primero que descoloca de la película. Y no porque la base sobre la que se sustenta sea sagrada sino porque son cambios que a la postre no conducen a nada. ¿O tiene alguna importancia en el resultado final que Sue sea adoptada y de diferente nacionalidad, por poner un simple ejemplo? Dicho de otra manera: se puede hacer una película de amor trágico y juzgarla simplemente por su calidad, pero si se le pone el nombre de Romeo y Julieta habrá que exigirle que sea algo responsable con los escritos de Shakespeare, ¿no?
Los Cuatro Fantásticos son definidos como la Primera Familia de Marvel. En pantalla, la sensación de familia desaparece por completo. No hay más que un apunte mínimo del futuro romance entre Reed y Susan, la amistad entre el primero y Ben es forzada y casual y Victor es el malo de la función porque así lo exige el guion, sin motivación ni justificación alguna. Y Johnny… Bueno, Johnny simplemente no aporta nada a la historia.
Algunos cambios, como el que motiva el accidente que les da los poderes, puede ser incluso acertado, mejorando con respecto a los comics la justificación que se le da al mismo, pero eso no compensa la completa sarta de estupideces que rodean al film. Johnny Storm es una versión cutre del Torete de Fast & Furious que como castigo por ser tan malote debe trabajar en el proyecto más importante de la compañía Baxter (!!), Ben  es invitado a la expedición como quien va de cañas con un viejo colega, sin tener ni idea de lo que se está haciendo (!!!) y Susan adquiere sus poderes sin ni siquiera tomar partido de la dichosa expedición (!!!!!). Y de Muerte, mejor ni hablar, uno de los peores villanos que he visto en cine y que consigue superar en ridiculez el diseño que lució en el film de 2005.
Y todo esto sin llegar todavía al final desastroso, incoherente y precipitado, sin duda lo peor de la película. Nada tiene sentido. Nada está justificado. Nada tiene gracia ni épica.
Y, encima, con unos efectos digitales de verdadera pena. Ni siquiera en eso se salva este despropósito que tiene más aspecto de piloto televisivo malo que de superproducción de cine.
Los fans no podemos más que gritar con fuerza a la Fox que devuelva los derechos de los personajes a Marvel.
Los no fans… Bueno, ¿en serio alguien que no sea fan se ha atrevido a ver este truño?
Puede que no sea la peor película de superhéroes que he visto (y es que Elektra o Motorista Fantasma 2 son muy duros de digerir, y a cosas como CatWoman o Barb Wire ni me he acercado), pero poco le faltará.


sábado, 4 de abril de 2015

INSURGENTE (4d10)

Cansado como estoy de la invasión de películas basadas en noveluchas de las llamadas YA (Young adults) que surgieron con el deseo de emular el (incomprensible) éxito de la saga Crepúsculo, poco podía haber en este título capaz de interesarme lo más mínimo, más teniendo en cuenta lo indiferente que me dejó su primera entrega (Divergente), una fotocopia aburrida de Los Juegos del Hambre y visualmente mucho menos imaginativa que El corredor del laberinto.
Quizá lo único destacable de este exceso digital sea su reparto, encabezado de nuevo por una Shailene Woodley que ya había logrado su mejor papel antes de Divergente gracias a Los descendientes pero que hace poco logró convencer con su sufrida interpretación en Bajo la misma estrella. Con Kate Winsley repitiendo como villana (parece que toda saga YA que se precie debe tener su estrellita para que se limite a cobrar su cheque por rodar cuatro muecas), la película repite el mismo elenco de secundarios que su antecesora, con la diferencia que los apenas conocidos por aquel entonces Ansel Elgort (resaltando su lado más pedante y/o formal en la ya mencionada Bajo la misma estrella o en la fallida Hombres, mujeres & niños), Miles Telles (ahora niñato de moda por su participación en la gran Whiplash, aunque quien sabe si odiado por los mismos que ahora lo adoran cuando se estrene la polémica Los 4 Fantásticos),  Jai Curtney (que tras hundir la saga de La Jungla intentará hacer lo mismo con la de Terminator y el año que vienen meterá su careto en el Suicide Squad de DC) empiezan a sonar fuerte en Hollywood. Junto a ellos, los fichajes estelares de Daniel Dae Kim (¿alguien más añora Perdidos?) o Naomi Watts (¿pero a ti qué se te ha perdido por aquí, hija de mi alma?), aparte de Ashley Judd que de nuevo pasaba por ahí.
Como se puede ver, muchos de los actores han subido su caché desde el estreno de Divergente (no he nombrado a Theo James porque sigue tan perdido fuera de la saga como cabría esperar), pero es tal la apatía con la que se enfrentan a sus personajes que ni por asomo logran transmitir lo más mínimo, resultando tan insustanciales como el propio argumento.
Donde sí hay un cambio es en la silla del director, pues el Neil Burger de Divergente (que quitando El Ilusionista no es que haya hecho nada destacado) ha sido sustituido por Robert Schwentke, cuyo último trabajo ha sido (perdonen si se me escapa la risa) R.I.P.D., Departamento de policía mortal, y que también se encargará de Leal (o como sea que se llame Allegiant en España) última película de la saga (o no, porque también amenazan con dividirla en dos partes). Claro que para el caso ya podría estar dirigida por un macaco borracho, porque el único esfuerzo que parece haberse desempeñado en la película (y tampoco demasiado, no crean), es en el apartado infográfico. Casi se diría que los actores han podido rodar desde sus casas y que cuatro nerds desde sus ordenadores se han hecho cargo de toda la filmación, copiando, eso sí, el estilo visual de Transcendence, aunque ya en aquella película se pudo comprobar que no era un estilo efectivo (y es que estos de Hollywood no aprenden), resultando totalmente artificial y con la sensación de que se han gastado cuatro duros mal contados.
Insurgente no es, a la postre, ni mejor ni peor que Divergente. Solo es más de lo mismo, igualmente plana y vacía, por mucho que esos mundos distópicos quieran invitarnos a la reflexión. No hay ningún intento de disimular las carencias narrativas de la obra literaria ni las similitudes con el resto de mundos distópicos del resto de productos YA, invitándome a plantear la hipótesis de (en plena moda de los Universos Compartidos que hasta la fecha sólo Marvel ha logrado fraguar con éxito) esperar una película que nos revele que las historias de Los Juegos del Hambre, El Corredor del laberinto y Divergente transcurren en un mismo Universo, y que podrían llegar a juntarse Tris, Katniss y Teresa para liarse a tortas mientras son observados desde el espacio por un tal Ender y un puñado de vampiros fosforescentes esperan ansiosos para enrollarse (en forma triangular, por supuesto), con la vencedora. ¿Les parece absurdo? Bueno, tiempo al tiempo…

domingo, 1 de febrero de 2015

WHIPLASH (6d10)

Estrenada bajo una aureola de obra maestra y llamada a ser una de las máximas favoritas en la inminente edición de los Oscars, Whiplash es una nueva vuelta de tuerca a la difícil relación entre un educador y un alumno, ahondando en la enfermiza obsesión de cada uno y siguiendo literalmente la máxima aquella que decía que la letra con sangre entra.
Con una dureza que podría en ridículo a aquellos recordados profesores de Fama y que lo acercan más al sargento Hartman de La chaqueta metálica, el profesor Fletcher es un veterano músico de jazz que, con la esperanza de encontrar un diamante en bruto al que poder pulir, dirige una banda en una de las más prestigiosas academias de música de California. Cuando se encuentra con Andrew, un joven con talento para la batería, se crea un vínculo de amor/odio entre ellos que los llevará a un enfrentamiento tanto físico como psicológico que a la vez que forzara a que uno aprenda del otro podría llegar a destruirles.
Invitando a la reflexión sobre cuáles son los limites en un mentor cuando tanto es lo que hay en juego (hablamos de la grandeza musical, la perfección y hasta la inmortalidad), la película se me hace en algún momento ligeramente cansina, más cuando pudiendo llegar a apreciar el jazz (aun sin ser ni de lejos un gran conocedor) no digiero con facilidad tanto exceso “bateristico” ni logro ningún tipo de empatía con el joven protagonista, mientras que el actor que lo interpreta, Miles Teller, pese a sus evidentes esfuerzos, no es para nada santo de mi devoción. No estamos, por lo tanto, ante una de mis favoritas para el Oscar, no llegando a compartir siquiera la idea de que merezca estar entre las nominadas, siendo un producto de entretenimiento más con un trasfondo visto mil veces en el cine y al que solo hay que sustituir la batería dichosa por cualquier otro instrumento de grandeza para un chaval que, visto lo visto, podrá tener las aptitudes, pero nunca las actitudes para merecer el triunfo.
Afortunadamente, J.K Simmons sí logra brillar hasta límites insospechados en su interpretación de esta especie de doctor Jekyll y Mr. Hyde que es el profesor Fletcher, en una actuación memorable y que logra poner los pelos de punta en numerosas ocasiones, haciendo que todos los aplausos que se dirijan a la película sean casi exclusivos para él. Simmons logra mantener la fuerza y el ritmo de la narración (logrando estar presente incluso en las escenas en las que no aparece) y crear una atmósfera tan acongojante que traspasa la pantalla y consigue incomodar al propio espectador.
Whiplash es J.K.Simmons. Sin él, solo tendríamos los lloriqueos de un niñato y mucha, demasiada, batería en una obsesión tan enfermiza que no todo el mundo logrará comprenderla.
Yo, desde luego, no lo logré.









viernes, 9 de mayo de 2014

DIVERGENTE (4d10)

Nos encontramos ante una nueva tontería de esta especie de subgénero que ha aparecido durante la última década que se ha dado en llamar cine YA (young adult), es decir, películas para adolescentes centradas en un futuro distópico con un héroe (o preferentemente heroína) dispuesto a salvar el mundo de una sociedad corrupta y capaz de tener una apasionada historia de amor, mejor con triángulo incluido, en sus tiempos libres, normalmente basándose en una saga de novelas que salvo excepciones está perpetrada por alguna ama de casa que no tiene ni pajolera idea de escribir y se limitan en plasmar en papel sus fantasías lujuriosas y épicas con las que huir de su decepcionante vida rutinaria.
Desde que terminaran las sagas de Harry Potter y Crepúsculo, dos polos opuestos pero megataquilleros de esta corriente, Hollywood se ha dedicado a adaptar indiscriminadamente toda novelucha juvenil que caía entre sus manos en busca de una nueva gallina de los huevos de oro, con estrepitosos fracasos (algunos previsibles, como Hermosas criaturas, otros más inesperados, como Los juegos de Ender), con la gran excepción de la digna Los juegos del hambre, la única que tiene garantizada la conclusión de la saga (a medio camino se encuentran cosas que ni triunfaron ni tampoco molestaron mucho como las colecciones de futuro incierto de Narnia y Percy Jackson).

En este panorama aparece Divergente, primer título de una trilogía ¿literaria? que no pienso leer y que por arte de magia se convertirá en tetralogía en el cine, con la heroína encarnada por Jennifer Lawrence como máximo referente.
Como no puede ser de otra manera en estos derroches de creatividad nos encontramos ante una sociedad de postguerra (una vez más nos quedamos con las ganas de ver esa guerra) en la que la sociedad ha quedado dividida en secciones (aquí son facciones como en otras sagas eran distritos o incluso casas). Aunque es el ADN de cada uno lo que revela a que sección pertenece cada uno, ya que estas se rigen por un rasgo de carácter distintivo, existe la posibilidad de que uno elija su propio destino, eso sí, sin opción a recular jamás. El problema vendrá cuando la protagonista descubra que su ADN la define como Divergente,  lo que significa que posee algo de cada una de las facciones y es por lo tanto superior a sus compañeros. Como eso está muy mal visto se decanta por hacerse de Osadía, para decepción de sus padres, que son de Abnegación. A partir de aquí la historia se transforma en una especie de academia militar absurda y violenta con unos tintes fascistas que ríete tú de Ender, hasta que la protagonista Tris, que empieza como un patito feo y termina como reina del cotarro, descubra que hay una trama conspiratoria en las altas esferas y que va a haber una especie de golpe de estado perpetrado por Jeanine (una embarazada Kate Winslet que confirma con su participación en esta peli que los Oscars no bastan para llenar los bolsillos), que por cierto es lo más parecido a la cabeza de gobierno de una sociedad que no termino de entender, por lo cual sus motivaciones son poco menos que absurdas.
Entre tanto tópico y giros de guion que no sorprenden a nadie no pueden faltar los grupitos de amigos que apenas conocerse se defenderán hasta la muerte, las traiciones ¿inesperadas?, el romance y, por supuesto, el drama familiar. Y es que esta Tris es tan gafe que a su lado Peter Parker es sinónimo de la buena suerte.

Poniendo jeta a la prota está la insípida Shailene Wodley(la que fuera hija de George Clooney en Los descendientes y estuviera a punto de ser la MJ de The amazing Spiderman 2 hasta que los fans se enteraron y amenazaron con quemar Marvel hasta los cimientos), y que no tiene ni la calidad, ni el físico ni el carisma de la Lawrence, a la que acompaña algún rostro conocido como Maggie Q, vista en la televisiva SHIELD y Jai Courtney, uno de los culpables de que La jungla: un buen día para morir sea tan mala, aparte de la mencionada Winslet, rostro de prestigio obligado en este tipo de producciones y que aporta algo de caché junto a la desaparecida Ashley Judd. Mención aparte se merece el insoportable Miles Teller, un niñato acostumbrado a las comedias estúpidas tipo Noche de marcha y al que pretenden convertir en el nuevo Mr. Fantástico (!!).
No voy a negar que el director, Neil Burger, ha sabido dotar a la película de algunas secuencias de acción realmente trepidantes, pero se enfrenta a un guion tan flojo y colmado de sinsentidos que no puede evitar que a la postre las dos horas y veinte minutos de duración resultan interminables y me inviten a definir la película como de aburrida.

O a lo mejor, claro está, es que no la entendí...

domingo, 21 de julio de 2013

NOCHE DE MARCHA (4d10)

Aunque no sea culpa dela película original, sino de su traducción al español, el título del film que voy a analizar hoy es una muestra del nivel de originalidad que vamos a poder vislumbrar en pantalla. Nos encontramos ante una nueva comedia disparatada de adolescentes, donde una noche de juerga termina con resultados imprevistos, adornada con vomitadas a cámara lenta, culos, chistes escatológicos, alguna teta y más culos (¿es una nueva moda que en este tipo de pelis los chicos acaben siempre en pelotas? ¿de verdad eso es tan divertido?). Sin embargo, esta vez, en lugar de copiar los esquemas clásicos de American Pie y similares, con el arte de la fornicación post-acné como telón de fondo nos encontramos con un calco, abusivamente descarado, de Resacón en Las Vegas, con la única licencia de rebajar ligeramente la media de edad de los protagonistas. Y es que no en vano los directores (que debutan con esta obra en tan nobles tareas) y guionistas son los mismos que escribieron a cuatro manos los tres capítulos de la mencionada saga: Jon Lucas y Scott Moore.
Como en aquella, la película comienza con las consecuencias para Casey (Skylar Astin, un actor que lleva pululando por ahí desde el 2008 y que de lo mejor que puede presumir en su currículo es de tener un cierto aire a Mario Casas) y Miller (Miles Teller, que ya deambulaba en aquella otra obra maestra del cine para adolescentes con problemas mentales llamada Proyecto X) de una noche loca. Lo único que sabemos de ellos es que caminan desnudos por el campus de una universidad, con unas letras gravadas a fuego en una de sus nalgas enrojecidas y con sendos calcetines ocultando la parte más ¿noble? de su anatomía. Damos un salto en el tiempo hasta la víspera anterior y empieza entonces el relato de lo sucedido esa noche hasta terminar en tan grotesca situación. Como veréis, el mismo esquema de Resacón, pero con la mitad de gracia.
La noche en cuestión Casey (un chico formalito y con responsabilidad, la versión imberbe de Bradley Cooper) y Miller (irresponsable, inmaduro, inconsciente, vamos, como Zach Galifianakis pero sin barba ni barriga) van  a casa de Jeff Chang (Justin Chon, salido de la saga Crepúsculo), la tercera pata de la silla, el amigo al que no veían en mucho tiempo, para celebrar con él –incluso a su pesar- su veintiún cumpleaños, prometiéndole que lo devolverían a casa sano y salvo y a una hora adecuada, ya que al día siguiente el joven cumpleañero tiene una importante entrevista de trabajo. Naturalmente, no son capaces de cumplir su promesa ya que Jeff termina completamente borracho y ninguno de sus dos amigos tiene ni la más mínima idea de dónde está su casa. Comenzará entonces una carrera contrarreloj para descubrir la dirección maldita que los llevará a enfrentarse a toda una hermandad de latinas, ser perseguidos por un búfalo, enemistarse con un chulito universitario, Randy (Jonathan Keltz, en cuya filmografía figuran títulos como Fin de Curso o American Pie: Fraternidad Beta, ya veis por dónde van los tiros, ¿no?), participar en un tiroteo, robar un coche, superar una serie de pruebas en otra hermandad universitaria… Toda una serie de dificultades que insistentemente siguen recordando a Resacón mientras al inconsciente Jeff le hacen mil y una perrerías (como al Stu que interpreta Ed Helms, aunque cuando recupera la consciencia se desmelena recordando también al personaje de Ken Jeong).
Todo este batiburrillo de plagios podría perdonarse si por lo menos la película fuese más divertida, pero los momentos de humor (humor de verdad, del casposo hay a montones) son tan escasos que no merece llegar ni siquiera al aprobado rascado, por más que en algunos momentos pretenda ponerse seria con la historia de amor entre Casey y Nicole (Sarah Wright, no me voy a molestar en comentar su filmografía, aunque en televisión al menos se ha dejado ver por CSI: Miami, Malcolm, Mad men o Cómo conocí a vuestra madre). Ni siquiera tenemos aquí algún “regalo” en forma de cameo estrella, al no ser que nos conformemos con la presencia de François Chau, actor camboyano con bastante recorrido pero al que recordaremos eternamente por ser quien daba la cara en los vídeos explicativos de la Iniciativa Dharma en Perdidos). Eso sí, quien encuentre divertido un plano de más de sesenta segundos de Jeff vomitando al aire a cámara lenta o masticando un tampón que no lo dude, esta es su película.

Por lo demás escenas del trío divirtiéndose a cámara lenta con música de fondo, avanzando por la calle en plan épico (que de moda se ha puesto este término últimamente) con más música de fondo y profundas reflexiones sobre la amistad y la necesidad de madurar (¿os suena de algo?) que pretende camuflar un ligero mensaje moralista en medio de una gamberrada políticamente incorrecta y que busca tan desesperadamente el exceso que termina por resultar indiferente. Al final, ni divierte lo que tiene que divertir ni asquea lo que tiene que asquear. Todo es demasiado flojo, como los diálogos, que aspiran a algo a lo que no llegan y demuestran que por bueno (o malo) que pueda ser un guion la mano del director y los actores siempre será relevante. Y estos tipejos apellidados Lucas y Moore no son Todd Phillips ni de lejos.