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domingo, 24 de diciembre de 2017

WONDER WHEEL, el genio brilla más que nunca

Existen dos Woody Allen diferentes, por más que en ocasiones uno se entremezcle con el otro: el cómico y el dramático. En los últimos años el cómico parece haberse difuminado poco a poco, haciendo que esos inteligentes diálogos del neoyorquino sean cada vez menos divertidos, aunque fue Blue Jasmine la película más amarga del autor en los últimos tiempos.
Con un paralelismo innegable con aquella, Wonder Wheel es tan amarga o más, siendo también un relato de perdedores, de tipos abocados al fracaso y a la autodestrucción, que buscan una felicidad inexistente a base de engañarse a ellos mismos y a sus propias convicciones. Son, en fin, personajes mezquinos, egoístas, alcohólicos o vanidosos, pero también personajes de lo que uno es capaz de enamorarse sin poder evitarlo.
Mickey, un aspirante a dramaturgo, es un socorrista de playa en una playa donde nunca se ahoga nadie. Él hace de narrador de la historia, incapaz de asumir, desde la misma presentación, los propios fantasmas que lo atormentan. Ginny es una antigua aspirante a actriz que ha visto como la vida le ha pasado de largo, madre de un hijo pirómano y casada con un borracho que, a la postre, ha sido su salvador. Humpty no es nadie. No tiene aspiraciones. Maneja un Tío Vivo en Coney Island y sale a pescar con sus amigos. Solo el regreso de una hija a la que no veía desde hace cinco años le devuelve la alegría. Carolina es una chica marcada, apenas una niña que huyo de casa para casarse con un mafioso y a la que han puesto precio por su cabeza.
Estos cuatro personajes, como en una tragicomedia griega, cruzan sus caminos hacia una irremediable perdición a la sombra de la noria Wonder Wheel, una de las atracciones más características de Coney Island, que ilumina de rojo y azul el interior del hogar de Ginny y Humpty, y que sirve de magnífica metáfora sobre las vueltas que da la vida, generalmente para terminar en el mismo punto de partida. Ambientada en los años cincuenta, Coney Island sirve también como representación de la decadencia humana, tal y como se encontraba la popular zona turística tras la decadencia a la que entró una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
Wonder Wheel es una de las mejores películas de Woody Allen, desangelada y con un punto de sarcasmo que, al final, termina por dibujar una tímida sonrisa en el rostro, como la utilización del niño pirómano, metáfora del propio Allen arremetiendo contra sus propios miedos (sirva como ejemplo cuando prende fuego a la consulta de la psiquiatra).
Con cientos de guiños a otras películas, siendo el aroma de Tenessee Williams el que más empapa la obra, se confirma aquí el cambio de estilo fílmico de Allen que ya apuntaba en Café Society, quizá influenciado por su nuevo director de fotografía, el reconocido Vittorio Storaro, que consigue unos juegos de luces y unos movimientos de cámara que dotan de cierta modernidad al habitualmente estilo plano y clasicista de Allen. Los actores, como es habitual en trabajos del director, están sobresalientes (me ha alegrado reencontrarme con Jim Belushi, al que tenía muy perdida la pista, aunque siempre recordaré de aquellos años de Danko, calor rojo, o el Superagente K9), siendo la escena del diálogo final entre Ginny y Mickey sencillamente brillante. Un agotador enfrentamiento entre Kate Winslet y Justin Timberlake en un plano sin cortes que es un verdadero prodigio.
Es difícil si estamos ante uno de los mejores Allen, ya que en el nuevo siglo no ha llegado a alcanzar la calidad de sus obras maestras, pero si no es así, poco le faltará. La película emociona y desgarra. Y eso es lo que pretende el autor. Retorcernos al ritmo del carrusel multicolor.

Valoración: Ocho sobre diez.

viernes, 13 de octubre de 2017

LA MONTAÑA ENTRE NOSOTROS: una montaña de bostezos

Fueron las películas palestinas Idol y Omar las que abrieron las puertas de Hollywood al director nacido en Nazaret Hany Abu-Assad, dándole la oportunidad en trabajar en una película como La montaña entre nosotros.
Aprovechando la majestuosidad de los paisajes de Vancouver, en Canadá, la película narra la epopeya de dos desconocidos que deciden aventurarse en un viaje en avioneta cuando la amenaza de tormenta impide la salida de todos los vuelos comerciales. Un accidente los dejará malheridos y perdidos en medio de la nada, iniciándose así una lucha por su propia supervivencia a la vez que deben aprender a conocerse y confiar uno en el otro para aspirar a ser rescatados.
Cayendo todo el peso de La montaña entre nosotros en sus dos estrellas, unos esforzados Idris Elba y Kate Winslet que incluso estando soberbios no salvan de la quema al film (por ahí están también Dermot Mulroney y Beau bridges, pero sus aportaciones son casi anecdóticas), el problema de la película no está en lo terriblemente previsible que es (casi desde el arranque se puede adivinar como va a terminar, sin espacio alguno para la sorpresa), sino en que esa supuesta aventura de supervivencia (cabría pensar en algo al estilo ¡Viven!) queda enseguida empañada por el drama romántico en que deriva la narración.
Aun así, la química entre Elba y Winslet podría ser suficiente para ver la película con un mínimo de agrado, pero Abu-Assad comete el error de alargar la historia con un epílogo demasiado extenso, inconsciente de que una vez se deja atrás la parte referente a la montaña el interés decae definitivamente.
La montaña entre nosotros, resulta, al final, tediosa y aburrida, poco creíble y sin ningún aliciente especial (más allá de los mencionados actores) para acercarse a ella.

Valoración: Cuatro sobre diez.

lunes, 26 de diciembre de 2016

BELLEZA OCULTA: manipulación estéril

Las Navidades son unas fechas propicias para los buenos sentimientos y los deseos de felicidad, y en Hollywood suelen aprovecharlo para realizar películas sentimentales que nos acaricien el alma y traten de hacer temblar nuestro férreo lagrimal. Cada año hay alguna película de estas características, pero algo debe fallas cuando tras más de un siglo de cine sigue habiendo una única película navideña por definición: Qué bello es vivir, aunque muchos aceptarían poner en segundo lugar a la más actual Love Actually.
En el 2014, sin ir más lejos, se estrenó una película que la crítica machacó pero que a mí, que soy más bueno que el pan, logró enternecerme: Canción de invierno, que al menos contaba con la ventaja de que renunciaba por completo a la realidad y se dejaba llevar por la locura emotiva con ángeles de por medio. En el caso de Belleza oculta, sin embargo, se pretende jugar al sentimentalismo barato, casi pornográfico, dándole unos toques de magia navideña que lo único que hacen es hacerla caer en el ridículo más espantoso y otorgando a la cinta un final que empobrece su ya de por sí triste desarrollo.
Allan Loeb y David Frankel son, respectivamente, el guionista y el director de esta tontería que a priori resultaba llamativa pro su impresionante reparto. Entre los dos perpetran una historia de supuesta amistad empresarial en la que un desconsolado padre lleva dos años perdido en su propio mundo tras la muerte de su niña de seis años. Para tratar de hacerle reaccionar (o, en el mejor de los casos, confirmar su demencia y poder vender la empresa sin necesitar su permiso), sus amigos y socios deciden contratar a tres actores de teatro para que se le presenten en forma de fantasmas, representando a la Muerte, al Amor y al Tiempo. Todo muy coherente, vamos.
No es extraña la participación de Will Smith en el proyecto, ya que continua en su caída libre desde que está empeñado en hacer solo papeles familiares de llorón empedernido (lo de Escuadrón Suicida debió ser solo por sacarse una pasta, y aun así mantiene este rol), y es por ello que quizá sea el único que se esfuerza en tomarse la cosa en serio. Del resto, lo mejor que se puede decir es que simplemente pasaron por allí el día de rodaje y soltaron sus frases, aunque eso solo es una forma suave de decir que están horribles y que dan hasta lastimica verlos, sobretodo en el caso de un Edward Norton al que es cada vez más difícil verlo en un buen papel. Naomi Harris, Kate Winslet, Michael Peña, Keira Knightley, Jacob Latimore y Helen Mirren completan el elenco, siendo esta última la única que, al menos, tiene algún momento de inspiración, con un leve toque de humor.
La teoría dice que la película ha cosechado críticas espantosas, siendo bodrio lo más suave que se ha dicho de ella. La realidad es que ha sido el peor estreno en la carrera de Will Smith (y el avispado que hiciera coincidir el estreno americano con Rogue One tampoco es que ayudara mucho). Personalmente, una vez visto el planteamiento inicial y aceptando que estaba ante un telefilm de lujo donde lo único que se busca es manipular al espectador a base de pedantería y desgracias varias, decidí dejarme llevar y traté de interesarme al menos por ver a donde me conducía semejante tontada, pero el previsible giro final y el intento de dotar de cierta magia espiritual al asunto terminaron por sacarme definitivamente del film.
Quizá algún día Will Smith acepte sus limitaciones y decida volver a hacernos reír. Mientras, lo único que conseguirá es seguir dando pena. En el mal sentido…

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 8 de mayo de 2016

TRIPLE 9: Cine policíaco sin alma.

Un gran reparto y un director reconocible no siempre son sinónimo de éxito, y en Triple 9 tenemos la mejor demostración.
Hace poco comentaba que películas españolas como Cien años de perdón, aún lejos  de no ser perfecta, no tenía nada que envidiar a los thrillers americanos más convencionales, y aquí tenemos un buen ejemplo de ello: una película de muchas pretensiones pero que no consigue atrapar al espectador en ningún momento. Y no es porque sea aburrida, que tampoco es eso, sino que no se consigue hacer un trabajo de desarrollo de personajes suficientemente interesante como para poder empatizar con ninguno de ellos, ya sea a un bando o al otro de la ley, y la mayoría o te caen mal o te producen indiferencia. Y eso es una de las peores cosas que le puede suceder a una peli de estas características.
Dirigida por John Hillcoat, autor de La Carretera o Sin ley, por ejemplo, la película está protagonizada por Cassey Affleck, Anthony Mackie y Chiwetel Ejiofor como personajes más destacados, pero también pasan por ahí Woody Harrelson, Aaron Paul, Clifton Collins Jr., Norman Reedus o Kate Winslet como la mala malísima, cerrando el casting de forma totalemnte desaprovechadas Gal Gadot y Teresa Palmer con sendos papeles floreros.
La cosa va de un grupito de delincuentes empleados por la mafia judía rusa, compuesto en parte por agentes de policía corruptos, que para realizar un atraco casi imposible deciden recurrir al asesinato de un policía (código 999 que da título al film) y así concentrar toda la fuerza de la ley al otro lado de la ciudad. Como no podía ser de otra manera, el “elegido” será un chico nuevo en la comisaría, casualmente el nuevo compañero de uno de ellos, casualmente un tipo decente y buen padre de familia, y casualmente también que salvará la vida de su compañero corrupto poco antes del día del golpe. Como se puede apreciar, todo muy previsible.
No hay nada original en esta peli, nada que no se adivine antes de que suceda. Y es imperdonable que un guion resulte tan previsible precisamente cuando se nota que sus intenciones son precisamente las de sorprender al espectador.
Al final, hay que conformarse con dejarse llevar por la historia y pasar un rato distraído con algo que sin ser malo, tampoco pasa de ser un capítulo alargado de cualquier procedimental televisivo. Lástima.

Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 23 de marzo de 2016

LA MODISTA: un pasado de alta costura.

La modista es una curiosa película australiana dirigida por Jocelyn Moorhouse, que llevaba cerca de veinte años alejada de las cámaras, y escrita a medias con su marido P.J.Hogan a partir de una novela de Rosalie Ham.
Con una extraña estética con tintes surrealistas, La modista explica la historia de Myrtle, una chica que regresa a su pueblo natal para reencontrarse con su madre y resolver un secreto de su pasado. Acusada por todos por haber asesinado siendo niña a un compañero de colegio, la propia Myrtle no conserva un recuerdo claro de lo sucedido aquel fatídico día y está dispuesta a todo para desvelar el misterio, incluso enfrentarse a toda una comunidad que la desprecia y odia. Aunque cuando demuestre que no ha perdido el tiempo durante sus años en Europa y que es una sofisticada modista inspirada en Dior, Valentino y demás, las cosas empiezan a cambiar para ella, que va a tener la oportunidad de reconciliarse con su madre e incluso descubrir, al fin, el amor.
Muchos elementos rechinan en esta historia, empezando por una mezcla excesiva de estilos que va desde el western hasta el melodrama pasando por el misterio, la comedia y el romance. Además, el tono burlesco, casi rozando la caricatura, de algunos personajes es capaz de desconcertar a un público más atraído por el cine convencional que pueden encontrar demasiadas incoherencias en la historia (la más evidente, la diferencia de edad de los protagonistas –Kate Winslet y Liam Hemsworth se llevan quince años, aunque en el film se supone que han compartido infancia- o el convertir a la protagonista de Titanic en una femme fatal a la que no nos tenía acostumbrados), pero si se acepta entrar en el juego que nos propone Moorhouse el resultado es una efectiva obra, con ciertas concordancias con el cine de Jeunet, Hallström, Anderson o incluso el Lars Von Trier de Dogville, que sabe a su vez ser original, diferente en todo (tanto lo bueno como lo malo) a lo que estamos acostumbrados, recuperando a la mejor Winslet (es uno de esos trabajos que hace por amor al arte, en compensación por sus interpretaciones “lucrativas” como las de la saga Divergente), a un Hemsworth con un look que lo asemeja cada vez más a su hermano, un divertido y alocado Hugo Weaving y, sobre todo, una genial Judy Davis, sin duda lo mejor de la función.
¿Puede una película ser fea y hermosa a la vez? ¿Divertida y cruel? ¿Cálida y sangrienta? Pues La modista lo consigue. Y con un estilo rayando lo grotesco se corona como una apuesta arriesgada, fallida en algún momento, pero muy heredera del estilo inclasificable y extravagante de la cinematografía australiana.
Una película para unos gustos muy concretos, pero innegablemente interesante.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 3 de enero de 2016

STEVE JOBS: Entre la ambición y la obsesión.

Resulta difícil entrar a valorar una película basada en la historia de un personaje real cuando el personaje le importa a uno más bien poco. Y más si tenemos en cuenta que hace apenas un par de años ya se estrenó una película basada en el mismo personaje y con un estilo relativamente similar (al menos en cuanto a lo de incluir datos de ficción para adornar la película y usar el truco de arrancar en la presentación de un producto de la compañía).
Es Steve Jobs una película, en apariencia, mucho más lujosa que aquella Jobspor la que el protagonista Ashton Kutcher ganó el Razzie como peor actor del año. No en vano tiene en sus filas a un director oscarizado como Danny Boyle, a dos protagonistas acostumbrados también a recibir premios y criticas elogiosas como son Michael Fassbender y Kate Winslet y a un guionista, Aaron Sorkin, considerado el número uno en su campo. Sin embargo, siendo Steve Jobs muy superior a  Jobs termina cayendo en el mismo error: la austeridad narrativa.
Encuentro muy loable huir del clásico biopic que detalla paso a paso las andanzas de un personaje y limitar los escenarios de la película a tres presentaciones en tres momentos muy diferentes de la vida del empresario, pero sin con Steve Jobs uno no terminaba de entender qué era lo que había hecho grande a este hombre, en Jobs se entiende aún menos. Casi parece como si en lugar de ser un distanciamiento al biopic que dirigió Joshua Michael Stern fuese una secuela, siendo necesario haber visto la primera película para saber un poco de que va el trabajo de Steve Jobs en esta segunda.
O puede que el problema radique en que pese a coincidir ambas en el difícil (casi despreciable) carácter del gran ideólogo de Apple, se quieran acercar a su figura con una sumisión que hace que la película solo sea disfrutable para aquellos seguidores acérrimos de la empresa de la manzanita, como si se diese por hecho que todo el mundo conoce ya al Steve Jobs empresario y solo se quisiera ahondar en el Steve Jobs persona.
Aceptando ese trago (y yo soy el primero que me importa un pimiento los logros de Apple, la calidad del Mac o todo lo que los fanáticos de la marca quieran alabar), lo cierto es que Steve Jobs permite al menos disfrutar de unas interpretaciones intensas, con un gran Fassbender dotado (como no podía ser menos con Sorkin por ahí) de brillantes diálogos, al que se termina humanizando en el último tercio de película y por el que (sin que dejen de presentarlo como un déspota engreído) podamos llegar a sentir cierta simpatía.
Sin tener ni idea de lo cerca que esta película esté o no de la realidad de Jobs, y no pretendiendo en ningún momento elaborar una tesis sobre Apple, la película de Boyle consigue mantener el interés del público durante todo el metraje, terminando por convertirse sobre todo en un estudio sobre las relaciones personales. Al final, lo que importa aquí no son los avances informáticos ni los éxitos empresariales, sino ver como se resuelven (o no) los conflictos entre Jobs y sus antiguos colaboradores, entre Jobs y su mano derecha y, sobre todo, entre Jobs y su hija.
La austeridad mencionada al principio, que obliga a que la gran mayoría de la película transcurra en interiores (dotándola de un sentimiento de claustrofobia hasta llegar a la escena final, lo cual me hizo pensar también en el Birdman de González Iñárritu) no es excusa, sin embargo, para una cierta apatía que he notado en el trabajo del director, que no logra imprimir en ningún momento ninguna impronta personal, como si se tratase más de un trabajo de encargo.
Con todo, si alguien tan alejado de las virtudes de Apple ha sentido interés por la historia humana que esconde la película, algo han debido de hacer bien. O eso creo.

Puntuación: 7 sobre 10.

sábado, 4 de abril de 2015

INSURGENTE (4d10)

Cansado como estoy de la invasión de películas basadas en noveluchas de las llamadas YA (Young adults) que surgieron con el deseo de emular el (incomprensible) éxito de la saga Crepúsculo, poco podía haber en este título capaz de interesarme lo más mínimo, más teniendo en cuenta lo indiferente que me dejó su primera entrega (Divergente), una fotocopia aburrida de Los Juegos del Hambre y visualmente mucho menos imaginativa que El corredor del laberinto.
Quizá lo único destacable de este exceso digital sea su reparto, encabezado de nuevo por una Shailene Woodley que ya había logrado su mejor papel antes de Divergente gracias a Los descendientes pero que hace poco logró convencer con su sufrida interpretación en Bajo la misma estrella. Con Kate Winsley repitiendo como villana (parece que toda saga YA que se precie debe tener su estrellita para que se limite a cobrar su cheque por rodar cuatro muecas), la película repite el mismo elenco de secundarios que su antecesora, con la diferencia que los apenas conocidos por aquel entonces Ansel Elgort (resaltando su lado más pedante y/o formal en la ya mencionada Bajo la misma estrella o en la fallida Hombres, mujeres & niños), Miles Telles (ahora niñato de moda por su participación en la gran Whiplash, aunque quien sabe si odiado por los mismos que ahora lo adoran cuando se estrene la polémica Los 4 Fantásticos),  Jai Curtney (que tras hundir la saga de La Jungla intentará hacer lo mismo con la de Terminator y el año que vienen meterá su careto en el Suicide Squad de DC) empiezan a sonar fuerte en Hollywood. Junto a ellos, los fichajes estelares de Daniel Dae Kim (¿alguien más añora Perdidos?) o Naomi Watts (¿pero a ti qué se te ha perdido por aquí, hija de mi alma?), aparte de Ashley Judd que de nuevo pasaba por ahí.
Como se puede ver, muchos de los actores han subido su caché desde el estreno de Divergente (no he nombrado a Theo James porque sigue tan perdido fuera de la saga como cabría esperar), pero es tal la apatía con la que se enfrentan a sus personajes que ni por asomo logran transmitir lo más mínimo, resultando tan insustanciales como el propio argumento.
Donde sí hay un cambio es en la silla del director, pues el Neil Burger de Divergente (que quitando El Ilusionista no es que haya hecho nada destacado) ha sido sustituido por Robert Schwentke, cuyo último trabajo ha sido (perdonen si se me escapa la risa) R.I.P.D., Departamento de policía mortal, y que también se encargará de Leal (o como sea que se llame Allegiant en España) última película de la saga (o no, porque también amenazan con dividirla en dos partes). Claro que para el caso ya podría estar dirigida por un macaco borracho, porque el único esfuerzo que parece haberse desempeñado en la película (y tampoco demasiado, no crean), es en el apartado infográfico. Casi se diría que los actores han podido rodar desde sus casas y que cuatro nerds desde sus ordenadores se han hecho cargo de toda la filmación, copiando, eso sí, el estilo visual de Transcendence, aunque ya en aquella película se pudo comprobar que no era un estilo efectivo (y es que estos de Hollywood no aprenden), resultando totalmente artificial y con la sensación de que se han gastado cuatro duros mal contados.
Insurgente no es, a la postre, ni mejor ni peor que Divergente. Solo es más de lo mismo, igualmente plana y vacía, por mucho que esos mundos distópicos quieran invitarnos a la reflexión. No hay ningún intento de disimular las carencias narrativas de la obra literaria ni las similitudes con el resto de mundos distópicos del resto de productos YA, invitándome a plantear la hipótesis de (en plena moda de los Universos Compartidos que hasta la fecha sólo Marvel ha logrado fraguar con éxito) esperar una película que nos revele que las historias de Los Juegos del Hambre, El Corredor del laberinto y Divergente transcurren en un mismo Universo, y que podrían llegar a juntarse Tris, Katniss y Teresa para liarse a tortas mientras son observados desde el espacio por un tal Ender y un puñado de vampiros fosforescentes esperan ansiosos para enrollarse (en forma triangular, por supuesto), con la vencedora. ¿Les parece absurdo? Bueno, tiempo al tiempo…

viernes, 9 de mayo de 2014

DIVERGENTE (4d10)

Nos encontramos ante una nueva tontería de esta especie de subgénero que ha aparecido durante la última década que se ha dado en llamar cine YA (young adult), es decir, películas para adolescentes centradas en un futuro distópico con un héroe (o preferentemente heroína) dispuesto a salvar el mundo de una sociedad corrupta y capaz de tener una apasionada historia de amor, mejor con triángulo incluido, en sus tiempos libres, normalmente basándose en una saga de novelas que salvo excepciones está perpetrada por alguna ama de casa que no tiene ni pajolera idea de escribir y se limitan en plasmar en papel sus fantasías lujuriosas y épicas con las que huir de su decepcionante vida rutinaria.
Desde que terminaran las sagas de Harry Potter y Crepúsculo, dos polos opuestos pero megataquilleros de esta corriente, Hollywood se ha dedicado a adaptar indiscriminadamente toda novelucha juvenil que caía entre sus manos en busca de una nueva gallina de los huevos de oro, con estrepitosos fracasos (algunos previsibles, como Hermosas criaturas, otros más inesperados, como Los juegos de Ender), con la gran excepción de la digna Los juegos del hambre, la única que tiene garantizada la conclusión de la saga (a medio camino se encuentran cosas que ni triunfaron ni tampoco molestaron mucho como las colecciones de futuro incierto de Narnia y Percy Jackson).

En este panorama aparece Divergente, primer título de una trilogía ¿literaria? que no pienso leer y que por arte de magia se convertirá en tetralogía en el cine, con la heroína encarnada por Jennifer Lawrence como máximo referente.
Como no puede ser de otra manera en estos derroches de creatividad nos encontramos ante una sociedad de postguerra (una vez más nos quedamos con las ganas de ver esa guerra) en la que la sociedad ha quedado dividida en secciones (aquí son facciones como en otras sagas eran distritos o incluso casas). Aunque es el ADN de cada uno lo que revela a que sección pertenece cada uno, ya que estas se rigen por un rasgo de carácter distintivo, existe la posibilidad de que uno elija su propio destino, eso sí, sin opción a recular jamás. El problema vendrá cuando la protagonista descubra que su ADN la define como Divergente,  lo que significa que posee algo de cada una de las facciones y es por lo tanto superior a sus compañeros. Como eso está muy mal visto se decanta por hacerse de Osadía, para decepción de sus padres, que son de Abnegación. A partir de aquí la historia se transforma en una especie de academia militar absurda y violenta con unos tintes fascistas que ríete tú de Ender, hasta que la protagonista Tris, que empieza como un patito feo y termina como reina del cotarro, descubra que hay una trama conspiratoria en las altas esferas y que va a haber una especie de golpe de estado perpetrado por Jeanine (una embarazada Kate Winslet que confirma con su participación en esta peli que los Oscars no bastan para llenar los bolsillos), que por cierto es lo más parecido a la cabeza de gobierno de una sociedad que no termino de entender, por lo cual sus motivaciones son poco menos que absurdas.
Entre tanto tópico y giros de guion que no sorprenden a nadie no pueden faltar los grupitos de amigos que apenas conocerse se defenderán hasta la muerte, las traiciones ¿inesperadas?, el romance y, por supuesto, el drama familiar. Y es que esta Tris es tan gafe que a su lado Peter Parker es sinónimo de la buena suerte.

Poniendo jeta a la prota está la insípida Shailene Wodley(la que fuera hija de George Clooney en Los descendientes y estuviera a punto de ser la MJ de The amazing Spiderman 2 hasta que los fans se enteraron y amenazaron con quemar Marvel hasta los cimientos), y que no tiene ni la calidad, ni el físico ni el carisma de la Lawrence, a la que acompaña algún rostro conocido como Maggie Q, vista en la televisiva SHIELD y Jai Courtney, uno de los culpables de que La jungla: un buen día para morir sea tan mala, aparte de la mencionada Winslet, rostro de prestigio obligado en este tipo de producciones y que aporta algo de caché junto a la desaparecida Ashley Judd. Mención aparte se merece el insoportable Miles Teller, un niñato acostumbrado a las comedias estúpidas tipo Noche de marcha y al que pretenden convertir en el nuevo Mr. Fantástico (!!).
No voy a negar que el director, Neil Burger, ha sabido dotar a la película de algunas secuencias de acción realmente trepidantes, pero se enfrenta a un guion tan flojo y colmado de sinsentidos que no puede evitar que a la postre las dos horas y veinte minutos de duración resultan interminables y me inviten a definir la película como de aburrida.

O a lo mejor, claro está, es que no la entendí...

domingo, 30 de marzo de 2014

UNA VIDA EN TRES DÍAS (4d10)

Cuando en 2007 Jason Reitman estrenó Juno (aunque ya se había dado a conocer con Gracias por fumar) todo el mundo intuía que se trataba de un nuevo gurú del cine indie, cosa que pareció confirmarse con su siguiente título, la excelente Up in the air. Ahora, cuatro años después del título protagonizado por George Clooney, su globo parece haberse desinflado,  y el retoño de Ivan Reitman (el creador de tantas comedias geniales de los ochenta que ahora es injustamente ninguneado por aquellos cabestros que aseguran que el bueno de la familia es el niño Jason) se encuentra artísticamente estancado demostrando que todo lo que tenía de buen director lo tiene de mal guionista y que sus pretensiones de genio no hacen sino aumentar la tediosidad aburrida y casi insoportable de su último trabajo.
Pero vayamos por partes. Una vida en tres días, película tan mala como su título en español (textualmente habría sido más acertado algo parecido a El puente del día del trabajo, ya que la acción transcurre a lo largo de cinco días), cuenta la historia de Adele y su hijo Henry que viven solos en una casita a las afueras de un apacible pueblo de Massachussets hasta que se cruza en sus vidas Frank, un fugitivo recién escapado de prisión que les obliga a ayudarle primero para, en apenas unas horas, pasar a ser el hombre de la casa y ejercer de padre para Henry y marido para Adele, teniendo tiempo (mientras se esconde de los vecinos y la policía, recordemos) para arreglar el porche, bailar con la música a todo volumen o enseñar a jugar a béisbol al insípido del niño. Por no mencionar una de las escenas más ridículas de la historia del cine que convierte la realización de un pastel de melocotón en el gran leif motiv de la película, con bochornoso recuerdo a la escena con el barro de Ghost incluida.
Pero lo peor de la película no es que resulte espantosamente aburrida y que carezca del más mínimo sentido del ritmo (la historia del fugitivo no es más que un pretexto para desarrollar una historia de amor pastelosa y totalmente falta de pasión) y que nada tiene que ver con Sin escape, aquel thriller de Van Damme, Rosanna Arquette y uno de los Culkin que partía de la misma base argumental que esta). Tampoco lo es la absoluta falta de química de la pareja protagonista, un Josh Brolin tan acartonado como de costumbre y una Kate Winslet demasiado parecida a la de Revolucionary Road. Ni siquiera lo es que se desaproveche a algunos actores interesantes como Clark Gregg o el siempre genial J.K.Simmons (también se deja ver por ahí Tobey Maguire, pero corramos un tupido velo).
No, lo peor de todo es que el bueno de Jason Reitman se ha creído que es un genio de la narrativa y un poeta con imágenes, y como si se tratase de un Terrence Malick de oferta mezcla sin complejos la historia narrada con flashbacks al principio incomprensibles (y cuando se completa el puzzle y se pueden interpretar pierden el poco interés que pudiesen tener) con metáforas visuales sobre el amor y la pasión. Esto hace que esta historia previsible y aburrida que en buena lógica no debería pasar de ser más que un simple telefilm de media tarde sea además pretenciosa y pedante, aspirando a una profundidad metafísica que produce más vergüenza que reflexión.
Ya he comentado la metedura de pata del título en español, pero reincido en ello porque cuando aparece en pantalla unos créditos que indican que comienza el domingo (cuando la acción empieza en viernes) uno se hace esperanzas de que la cosa esté a punto de terminar, por lo que al comprobar que tan solo estamos a mitad del metraje la desesperación puede ser terrible.
Resulta curioso que estemos echando de menos a esa actriz porno con pretensiones de guionista llamada Diablo Cody, pero lo cierto es que de su mano las historias de Reitman funcionan mucho mejor, con un desarrollo de personajes mínimamente comprensibles a los que podemos llegar a comprender o con los que identificarnos. No es el caso de Una vida en tres días, donde la forma de actuar de los personajes (ni aun aceptando la depresión de ella o lo que se revela en los flashbacks totalmente superficiales y mal filmados) carece de toda lógica, por lo que la empatía que desprenden es nula.

Una colección de bostezos y poco más.