Las
Navidades son unas fechas propicias para los buenos sentimientos y los deseos
de felicidad, y en Hollywood suelen aprovecharlo para realizar películas
sentimentales que nos acaricien el alma y traten de hacer temblar nuestro
férreo lagrimal. Cada año hay alguna película de estas características, pero
algo debe fallas cuando tras más de un siglo de cine sigue habiendo una única
película navideña por definición: Qué
bello es vivir, aunque muchos aceptarían poner en segundo lugar a la más
actual Love Actually.
En
el 2014, sin ir más lejos, se estrenó una película que la crítica machacó pero
que a mí, que soy más bueno que el pan, logró enternecerme: Canción de invierno, que al menos
contaba con la ventaja de que renunciaba por completo a la realidad y se dejaba
llevar por la locura emotiva con ángeles de por medio. En el caso de Belleza oculta, sin embargo, se pretende
jugar al sentimentalismo barato, casi pornográfico, dándole unos toques de
magia navideña que lo único que hacen es hacerla caer en el ridículo más
espantoso y otorgando a la cinta un final que empobrece su ya de por sí triste
desarrollo.
Allan
Loeb y David Frankel son, respectivamente, el guionista y el director de esta
tontería que a priori resultaba llamativa pro su impresionante reparto. Entre
los dos perpetran una historia de supuesta amistad empresarial en la que un
desconsolado padre lleva dos años perdido en su propio mundo tras la muerte de
su niña de seis años. Para tratar de hacerle reaccionar (o, en el mejor de los
casos, confirmar su demencia y poder vender la empresa sin necesitar su
permiso), sus amigos y socios deciden contratar a tres actores de teatro para
que se le presenten en forma de fantasmas, representando a la Muerte, al Amor y
al Tiempo. Todo muy coherente, vamos.
No
es extraña la participación de Will Smith en el proyecto, ya que continua en su
caída libre desde que está empeñado en hacer solo papeles familiares de llorón
empedernido (lo de Escuadrón Suicida
debió ser solo por sacarse una pasta, y aun así mantiene este rol), y es por
ello que quizá sea el único que se esfuerza en tomarse la cosa en serio. Del
resto, lo mejor que se puede decir es que simplemente pasaron por allí el día
de rodaje y soltaron sus frases, aunque eso solo es una forma suave de decir
que están horribles y que dan hasta lastimica verlos, sobretodo en el caso de
un Edward Norton al que es cada vez más difícil verlo en un buen papel. Naomi
Harris, Kate Winslet, Michael Peña, Keira Knightley, Jacob Latimore y Helen
Mirren completan el elenco, siendo esta última la única que, al menos, tiene
algún momento de inspiración, con un leve toque de humor.
La
teoría dice que la película ha cosechado críticas espantosas, siendo bodrio lo
más suave que se ha dicho de ella. La realidad es que ha sido el peor estreno
en la carrera de Will Smith (y el avispado que hiciera coincidir el estreno
americano con Rogue One tampoco es
que ayudara mucho). Personalmente, una vez visto el planteamiento inicial y
aceptando que estaba ante un telefilm de lujo donde lo único que se busca es
manipular al espectador a base de pedantería y desgracias varias, decidí
dejarme llevar y traté de interesarme al menos por ver a donde me conducía
semejante tontada, pero el previsible giro final y el intento de dotar de
cierta magia espiritual al asunto terminaron por sacarme definitivamente del
film.
Quizá
algún día Will Smith acepte sus limitaciones y decida volver a hacernos reír.
Mientras, lo único que conseguirá es seguir dando pena. En el mal sentido…
Valoración:
Tres sobre diez.