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jueves, 30 de enero de 2020

BAD BOYS FOR LIFE

Hollywood sigue explotando la nueva moda de las secuelas tardías (hoy mismo me he enterado de que el proyecto de Arma letal 5 está en marcha), aunque parece que esta vez sí han contado con el apoyo del público.
Si Dos policías rebeldes, de Michael Bay, tuvo que esperar ocho años para ver su secuela, esta tercera entrega llega veinticinco años después del inicio de la franquicia y sin Bay como director (aunque el inefable Jerry Bruckheimer sigue en la producción).
No parece que a Bad boys for life le haya sentado mal el cambio en la dirección, y si bien el binomio formado por Adil El Arbi y Bilall Fallah (que ya están siendo tanteados por Marvel) no alcanza las cotas de explosiones desmedidas del señor Bay (sirva 6 en la sombra como ejemplo perfecto), consiguen dar un ritmo espectacular a la película, alternando sus momentos de efectivo humor con persecuciones adrenalínicas y acción de la buena.
Con Will Smith y Martin Laurence repitiendo roles, la película funciona como un mecanismo de relojería, y aunque el argumento sea casi lo de menos (pese a que el giro final al menos aspira a romper esquemas), la puesta en escena es tan impecable que apenas nada chirría en este espectáculo emocionante y divertido tan propio de los noventa.
Con la cuarta entrega ya anunciada, Will Smith parece haber conseguido al fin un camino para la redención, después de fracasos como Géminis y que su personaje de Escuadrón Suicida desaparezca de la secuela. Quizá al fin se haya rendido a las evidencias y haya decidido entregarse a la comedia sin imponer esos toques dramáticos que tanto le gustan a él y que tan mal funcionaban en pantalla.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 17 de noviembre de 2019

GÉMINIS

Durante mucho tiempo, el nombre de Ang Lee se vinculaba al de cine de calidad. Sin embargo, el director taiwanés también se ha caracterizado siempre por su deseo de innovar. Ya lo demostró con su película más mítica, Tigre y dragón, y continuó jugando con los conceptos clásicos del cine haciendo una de las películas Marvel más extrañas, ese Hulk plagado de viñetas, mezclando con eficacia el CGI con la realidad en La vida de Pi o experimentando con nuevos formatos visuales como en Billy Lynn.
Los buenos propósitos, sin embargo, no siempre son equivalentes a buenos resultados. Muy fácilmente se coloca la etiqueta de visionario a un director (quizá James Cameron sea de los pocos que lo merecen realmente) y de poco sirven las formas si no hay un buen fondo detrás.
En su última película, Géminis, Lee repite en su pretensión de hacernos ver el cine en HFR (120 fotogramas por segundo), primer gran error del film. No ya por los resultados visuales (allá cada uno con su valoración, aunque El Hobbit de Peter Jackson ya demostró que un exceso de realismo en las imágenes terminaba siendo contraproducente), sino por la imposibilidad de ver la película tal y como ha sido concebida en la mayoría de cines del planeta. Algo parecido a lo que sucedió en menor medida con el Cinemascope de Los odiosos ocho de Quentin Tarantino o los 70 mm del Dunkerque de Christopher Nolan.
El segundo reclamo de Géminis cabe encontrarlo en un nuevo uso del CGI para lograr el rejuvenecimiento de un actor, en este caso Will Smith, lo cual sirve como excusa para que un Smith joven y uno ya maduro se enfrenten cara a cara y se den de leches cada dos por tres. Algo meritorio si no fuese porque la propia Mavel demostró que es la más aventajada en el invento, no ya por los múltiples cameos de actores rejuvenecidos de sus películas sino por la osadía de hacerlo con un papel protagonista en Capitana Marvel. El propio Scorsese (el mismo que reniega del cine de superhéroes) recurrirá a esta técnica para la inminente El irlandés. El problema está cuando en lugar de un recurso para acompañar a la historia se convierte en el auténtico motor, terminando por ensombrecer un guion que, sin efectos especiales llamativos, no sería nada del otro mundo.
Es el propio Lee quien se ha empeñado en presumir de esta tecnología y quien ha provocado que toda la promoción del film gire en torno a ella, lo que ha propiciado el fracaso de la película. Y es que, si nos olvidamos de ellos, nos encontramos ante una propuesta de acción que puede que cuente con un guion endeble, de acuerdo, pero no mucho más que la mayoría de films de acción que pululan por ahí. Al final, todo deriva en un entretenimiento algo simplón pero efectivo donde lo que más cansa es la imperiosa densidad de Will Smith por otorgar un componente dramático a todos sus personajes (lo de la subrama familiar es de lo que más lastra la narración) en lugar de centrarse en el espectáculo más palomitero y efectivo.
Así pues, Géminis no es ni la maravilla visual que nos ofrecían (o por lo menos no podemos llegar  a saber si lo es) ni el desastre que otros aseguran, es solo una peli de acción entretenida, con algunos momentos espectaculares y otros más bochornosos donde lo que más se lamenta es la sensación de desaprovechar a un buen reparto (Mary Elizabeth Winstead, Clive Owen o Benedict Wong) como si los únicos que pudieran lucirse fuesen Will Smith o el propio Lee, quizá demasiado encantado de conocerse y que ya empieza a encadenar demasiado fracasos como para que el recuerdo de sus primeras películas (Sentido y sensibilidadLa tormenta de hielo…) le sigan sirviendo para pagarle los caprichos.


Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 29 de mayo de 2019

ALADDIN

Una vez más, desde la casa madre de Walt Disney company están demostrando que, al alejarse de dos franquicias más exitosas, como la división animada (y aquí sumo a Pixar), a Marvel o a Star Wars, que sin grandes alardes al menos apuestan por una línea propia con más o menos riesgo, en lo que se refiere a productos 100% Disney Studios el factor riesgo es cero.
Hace ya unos años, aprovechando con esa moda de adaptar cuentos infantiles que hubo con Blancanieves y la leyenda del CazadorMirrow, mirrowHansel y Gretel, cazadores de brujas o Jack el caza gigantes, ninguna de ellas bajo el amparo de la casa del ratón, ellos, que eran pioneros en el asunto, decidieron subirse al carro de la manera más fácil y efectiva: adaptando sus propias películas.
Más concretamente, lo que hicieron es fotocopiar plano por plano y chiste a chiste los clásicos animados y transformarlos a cine en acción real. Esta fórmula es efectiva en algunos casos, como La Bella y la Bestia, por aquello de dar vida a cosas tan inanimadas que parecía magia, o la que nos ocupa, ya que el colorido de la cultura árabe y sus paisajes siempre lucirán mejor en imagen real que en dibujos, pero aún así se refleja un cansancio hacia ese trabajo en piloto automático que convierte el remake en una fotocopia tan plana y falta de personalidad que la magia apenas logra aparecer, si no es mediante la nostalgia y el recuerdo.
Lo más lamentable es que para ello han recurrido a directores de gran renombre, verdaderos autores con sello propio que se han visto sepultados por las necesidades de hacer un producto con la marca Disney donde no cabe ni un solo atisbo de su propia locura. Solo en La Cenicienta se puede intuir algo del talento de Kenneth Brannagh, mientras que Tim Burton parecía tan perdido en Dumbo como e sus últimas producciones como sin duda le pasó en esta ocasión a Guy Ritchie, antaño “enfant terrible” del cine reaccionario y aquí un corderito tan manso como el tigre que parece en pantalla.
Hay que reconocer, por eso, el éxito alimenticio de estos trabajos, ya que Aladdin está siendo todo un éxito y, tras los fiascos de Richie con la infravalorada Operación U.N.G.L.E. y la extraña Arturo, la leyenda de Excalibur, consigue al menos un pelotazo que animar su marchito currículo, aunque poco de ese éxito tiene que ver con sus méritos.
¿Qué nos encontramos, pues, en Aladdin? Pues ni más ni menos que lo mismo que había en la versión de 1992 pero con actores de escaso bagaje y a un Will Smith en sus horas más bajas intentando competir con el monete digital a ver quién hace más monerías.
Al final, la satisfacción que deje la película dependerá no ya de sus méritos (que no son muchos) como del tipo de espectador que se enfrente a ella. Quien desconozca la película original podrá disfrutar bastante con una historia de aventuras muy blanca, sin apenas giros argumentales y de inevitable final feliz. Los que, como yo, no hubiesen vuelto a ver el film original desde la fecha de su estreno, podremos disfrutar sin más, añorando, eso sí, el trabajo del gran Robin Williams (Smith ni se le acerca), mientras que los sufridos padres que hayan visto día sí día también el clásico animado poco tendrán a lo que agarrarse, a no ser de la química entre Mena Massoud y Naomi Scott y la arrebatadora (y perdonen si suena demasiado machista) belleza de la segunda. A Guy Ritchie, insisto, no lo busquen. No lo van a encontrar.
Estamos, en fin, ante un entretenimiento más, una fantasía amable y divertida, de nuevo con canciones maltratadas por el doblaje, donde se notan los esfuerzos (antinaturales en algunos casos) por evitar alejarse del original que hace que casi todas las escenas del genio Smith (sobre todo cuando está de color azul) sean tan grotescas como se presagiaba en los tráileres, pero que tampoco llega a ser el desastre anunciado que más o menos terminó siendo Dumbo, mientras que la magia de Alan Merkel sigue funcionando tan bien como el primer día.
No será Aladdin la que acabe con la racha de adaptaciones absurdas (sigo sin entender porqué no pueden acercarse a la historia de Aladino y la lámpara maravillosa, que al fin y al cabo es más antigua que Disney, sin tener que seguir el guion exacto de la predecesora), pero tarde o temprano veremos la caída de Disney.
Entretenimiento vacuo y buenas intenciones para niños sin pasado o adultos sin memoria. Pero poco más.

Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

CdS: BRIGHT: tremenda tontería...

Había mucha expectación por ver la gran apuesta de Netflix en el mercado cinematográfico, un campo en el que todavía no han llegado a destacar tanto como en el de las series. Y Bright era la película que debería sentar las bases de esas producción propia de películas que aumentasen la controversia surgida en festivales como el de Cannes y gracias a bocazas como Nolan y compañía.
Pero va a ser que no. La propuesta era, desde luego, lujosa, y hay que reconocerle que tiene un acabado cinematográfico impecable y que no desmerece a otras producciones fantásticas estrenadas en pantalla grande, pero más allá de eso la película dirigida por David Ayer y protagonizada por Will Smith y Joel Edgerton es un despropósito total.
Aunque no podamos hablar de uno de los mejores trabajos del realizador de Escuadrón suicida (que confirma aquí que no pasa de ser un director más del montón) y tampoco es que los actores parezcan muy entregados a la causa (aunque sí al talonario, Smith ya parece haber firmado para la secuela), lo cierto es que el principal responsable del desaguisado lleva el apellido Landis. Porque Max, hijo del histórico John Landis, es quien firma un guion tan absurdo y vacío que resulta incomprensible que alguien en Netflix diera luz verde a este proyecto.
Bright plantea una nueva realidad donde los seres mágicos conviven con nosotros. Así, en un Los Angeles contemporáneo, hadas, elfos y orcos transitan a sus anchas por las calles, formando sus propios ghettos mientras dragones sobrevuelan los cielos y se habla de varitas mágicas con una naturalidad que roza el ridículo.
Al principio, todo parece una excusa para hablar de forma poco sutil de la integración y el racismo, pero en un momento dado todo decae en una explosión de fuegos de artificio sin mucho sentido, con una mitología mal explicada y que no consigue captar en ningún momento la atención del espectador.
Smith está tan poco inspirado como de costumbre, mientras que la capa de maquillaje que transforma a Edgerton en un orco impiden cualquier atisbo de interpretación por su parte. Con todo, hay momentos en los que parece que Ayer quiere practicar un ejercicio de cine policial formal, al estilo de sus trabajos Dueños de la calle o Al límite, pero también termina por lastrar una película que se pretende tomar demasiado en serio a sí misma y a la que le haría falta mucho más humor (tan solo algunos diálogos entre la pareja protagonista que parece querer jugar a ser Dos policías rebeldes provocan alguna sonrisa) para conseguir ser digerible. Una villana de opereta sin un gran trasfondo, guerras de clanes y profecías ancestrales resueltas con previsibilidad son insulsos alicientes para una propuesta que no llega ni a la condición de pasatiempo y que, de haber sido realmente una película de cine, habría sufrido un estrepitoso fracaso.
Pero esto es otra cosa. Y en televisión, por lo visto, lo malo también vende. A nadie le ha gustado, pero la han visto suficientes personas como para que Netflix trabaje en una continuación.
Como si fuese necesario...

Valoración: Tres sobre diez.

lunes, 26 de diciembre de 2016

BELLEZA OCULTA: manipulación estéril

Las Navidades son unas fechas propicias para los buenos sentimientos y los deseos de felicidad, y en Hollywood suelen aprovecharlo para realizar películas sentimentales que nos acaricien el alma y traten de hacer temblar nuestro férreo lagrimal. Cada año hay alguna película de estas características, pero algo debe fallas cuando tras más de un siglo de cine sigue habiendo una única película navideña por definición: Qué bello es vivir, aunque muchos aceptarían poner en segundo lugar a la más actual Love Actually.
En el 2014, sin ir más lejos, se estrenó una película que la crítica machacó pero que a mí, que soy más bueno que el pan, logró enternecerme: Canción de invierno, que al menos contaba con la ventaja de que renunciaba por completo a la realidad y se dejaba llevar por la locura emotiva con ángeles de por medio. En el caso de Belleza oculta, sin embargo, se pretende jugar al sentimentalismo barato, casi pornográfico, dándole unos toques de magia navideña que lo único que hacen es hacerla caer en el ridículo más espantoso y otorgando a la cinta un final que empobrece su ya de por sí triste desarrollo.
Allan Loeb y David Frankel son, respectivamente, el guionista y el director de esta tontería que a priori resultaba llamativa pro su impresionante reparto. Entre los dos perpetran una historia de supuesta amistad empresarial en la que un desconsolado padre lleva dos años perdido en su propio mundo tras la muerte de su niña de seis años. Para tratar de hacerle reaccionar (o, en el mejor de los casos, confirmar su demencia y poder vender la empresa sin necesitar su permiso), sus amigos y socios deciden contratar a tres actores de teatro para que se le presenten en forma de fantasmas, representando a la Muerte, al Amor y al Tiempo. Todo muy coherente, vamos.
No es extraña la participación de Will Smith en el proyecto, ya que continua en su caída libre desde que está empeñado en hacer solo papeles familiares de llorón empedernido (lo de Escuadrón Suicida debió ser solo por sacarse una pasta, y aun así mantiene este rol), y es por ello que quizá sea el único que se esfuerza en tomarse la cosa en serio. Del resto, lo mejor que se puede decir es que simplemente pasaron por allí el día de rodaje y soltaron sus frases, aunque eso solo es una forma suave de decir que están horribles y que dan hasta lastimica verlos, sobretodo en el caso de un Edward Norton al que es cada vez más difícil verlo en un buen papel. Naomi Harris, Kate Winslet, Michael Peña, Keira Knightley, Jacob Latimore y Helen Mirren completan el elenco, siendo esta última la única que, al menos, tiene algún momento de inspiración, con un leve toque de humor.
La teoría dice que la película ha cosechado críticas espantosas, siendo bodrio lo más suave que se ha dicho de ella. La realidad es que ha sido el peor estreno en la carrera de Will Smith (y el avispado que hiciera coincidir el estreno americano con Rogue One tampoco es que ayudara mucho). Personalmente, una vez visto el planteamiento inicial y aceptando que estaba ante un telefilm de lujo donde lo único que se busca es manipular al espectador a base de pedantería y desgracias varias, decidí dejarme llevar y traté de interesarme al menos por ver a donde me conducía semejante tontada, pero el previsible giro final y el intento de dotar de cierta magia espiritual al asunto terminaron por sacarme definitivamente del film.
Quizá algún día Will Smith acepte sus limitaciones y decida volver a hacernos reír. Mientras, lo único que conseguirá es seguir dando pena. En el mal sentido…

Valoración: Tres sobre diez.

viernes, 5 de agosto de 2016

ESCUADRÓN SUICIDA: Otra decepción más de Warner/DC

Como buen amante del mundillo de los superhéroes y a tenor de lo visto en los trailers (además de que el cine de David Ayer siempre me ha parecido muy interesante, incluyendo la injustamente defenestrada Sabotage) le tenía muchas ganas a esta película, por más que apenas conozco a sus protagonistas, más allá, evidentemente, del Jocker y (muy de pasada) de Harley Quinn. Al menos tenía pinta de ofrecer algo totalmente diferente, mucho más gamberra y poco convencional. No esperaba a Deadpool, pero casi.
Por otro lado, no hay ningún motivo para confiar en lo que están haciendo en Warner/Dc en cines últimamente. Desde El Caballero Oscuro no levantan cabeza y cada película parece más torpe que la anterior (precisamente estos días he aprovechado para recuperar Batman V. Superman en su versión Ultimate, y aunque mejora un pelín –al menos dignifica algo, aunque tampoco mucho, a Clark Kent/Superman- tampoco basta para salvar al film del desastre). Solo quedaba la duda de si se debía culpar de ello a sus creadores (Nolan siempre pareció más interesado en hacer un thriller policíaco que un film de Batman y en El regreso del Caballero Oscuro se le fue la mano en todos los sentidos) o de los directivos. A ellos se les achaca el desastre de Batman V. Superman, por más que los palos iniciales cayesen sobre Snyder.
En espera a una Liga de la Justicia que debería seguir los pasos de ese dúo oscuro y depresivo, Escuadrón Suicida prometía ser un oasis en el desierto, una película capaz de ir a su bola, lejos de las influencias de Zack Snyder y del también denostado David S. Goyer, dejando las riendas en manos de un artesano con suficiente personalidad propia como para hacer SU propia película. Pero esos rumores de montajes alternativos impuestos desde arriba (se dice que incluso se llegó a engañar a Ayer para que diese el visto bueno) así como el aumento a posteriori del protagonismo de Batman tras ser de lo poco que gustó del film anterior (que al final no es para tanto) no hacían presagiar nada bueno.
Y con total falta de hype pero a tope de ilusión y esperanza me he enfrentado a este nuevo capítulo de la saga que pretende contarnos, muy a trompicones, la creación del Universo DC.
¿Y qué es lo que me he encontrado? Pues, lamentándolo mucho, un despropósito total. No puedo decir que esta película sea peor que Batman V. Superman, pero no le anda a la zaga.
De entrada, ambos comparten el mismo problema: tienen las bases para ser una gran película y lo echan todo a perder con un guion ridículo. Ya desde la misma escena de presentación de personajes uno intuye que la cosa no va bien encaminada. No hay una coherencia narrativa (aún no sé si esto es un drama, una comedia, una peli de superhéroes, una epopeya bélica o una de terror), el montaje es confuso y precipitado y los personajes, por más que se les quiera dotar de un trasfondo dramático, son meras caricaturas. Ni siquiera los efectos especiales salvan la papeleta, con un Killer Croc grotesco, un Diablo que en su confrontación final con el villano de opereta me recordaba a los peores momentos de El Motorista Fantasma y una amenaza (otra vez el mundo en peligro por la abertura de portales interdimensionales, o místicos, o qué se yo…) final que parecía sacada de Cazafantasmas.
Esta es la primera película de supergrupo de DC y es evidente que ha fracasado por completo, aunque su escena postcréditos (sí, tiene escena postcréditos, para que luego digan…) deje clara la posible conexión con La Liga de la Justicia.
No obstante, no deja de ser una película de superhéroes, y eso significa mamporros, acción y espectacularidad, y eso siempre mola pero, ¿mola lo suficiente? No cuando todo es tan confuso y se abusa tanto del Deus ex machina. Había momentos en los que no me enteraba de nada, no porque no entendiese lo que pasaba, sino porque no entendía porqué pasaba, en un completo homenaje al absurdo y el sinsentido, personificado todo ello en el papel de Viola Davis. Tanto es así que hubo momentos en los que me sentí como cuando vi Los Cuatro Fantásticos de Josh Trank.
Y aun así, acepto darle un aprobado raspado. Y eso se debe, además de a una interesante banda sonora, a la presencia de un impresionante reparto (aunque con alguna estrella totalmente desapercibida, como Adewale Akinnuoye-Agbaje bajo capas y capas de maquillaje o Scott Eastwood, que ni recordaba que salía hasta leer los créditos finales). Pero la presencia de nombres como Jai Courtney, Joel Kinnaman o Clara Devigne dan cierta enjundia al producto, mientras que Will Smith y Margot Robbie es de otro nivel. Pese al deje atormentado que pretenden dar a Deadshot, Smith vuelve a recordar al magnifico actor de comedia de sus comienzos y la empatía entre su personaje y el de Harley Quinn logra salvar la película. Y es que si en mi comentario de La leyenda de Tarzán ya advertía que la Robbie era de lo mejor del film y prometía más o menos lo mismo para esta ocasión, lo cierto es que la rubia descubierta en El lobo de Wall Street está colosal. Su personaje por sí solo justifica el visionado de la película, con un humor delirante e histriónico que logra resumir a la perfección la esencia del personaje. ¡Y qué bien le sientan esos shorts tan cortos!
Lo de Jared Leto como Jocker es otro tema. No sé si es culpa del doblaje en español o del director, pero se me antoja otro despropósito casi tan grande como el Luthor de Eisenberg.
En fin, nueva oportunidad desperdiciada de Warner y su universo comiquero. Muchas eran las esperanzas puestas en este título y nueva desilusión que hace que ya poco me pueda esperar del próximo, turno de Wonder Woman. Copiar el estilo Marvel e momento no les está funcionando. Veremos lo que les depara el futuro. Ahora será tiempo de ver si la taquilla está en consonancia a las críticas y si este segundo varapalo trae nuevas consecuencias. Lo que parece claro es que Ayer solito no puede ser responsable del fiasco y algo tendrán que decir los directivos que anteponen sus opiniones económicas a las creativas. Esto es un negocio, sí, pero a este paso pronto van a dejar de ganar dinero.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 14 de febrero de 2016

LA VERDAD DUELE: la salud contra el dinero.

Cada vez que se estrena una película de estas características, no puedo evitar pensar: “Will Smith, tú antes molabas…” ¿Dónde se ha quedado el divertido y descarado protagonista de El príncipe de Bel Air, Dos policías rebeldes, Hombres de negro o Independence Day?
No sé si fue tras su paso a la cienciología (de ser así, su amigo Tom Cruise se lo sabe montar mucho mejor) o por creerse mejor actor de lo que realmente es, pero últimamente el actor de Philadelphia parece haberse empeñado en protagonizar dramas de corte lacrimógeno como aquella aburrida En busca de la felicidad (cuya moraleja final era que el secreto de la felicidad radica en conducir un Ferrari), Siete almas (esa ya ni la vi) o convertir en un tostón cargado de autocompasión la fabulosa novela de Richard Matheson Soy leyenda (y “cosas” como After Earth me las dejo en el tintero). Esperemos que con su participación en la coral Suicide Squad y su retorno a Dos policías rebeldes (ya que declinó aparecer en la secuela de Independence Day) la cosa se anime un poco.
El caso es que viendo el tráiler y el argumento de La verdad duele no me cabía la menos duda de que Smith seguía por el mismo camino de la lágrima fácil y el melodrama de corte televisivo. Sin embargo, sin llegar a ser una obra maestra ni de merecer los premios o siquiera nominaciones que está recibiendo, la película es un interesante retrato de unos hechos reales que sacudieron el mundo del futbol americano hace ya unos años.
Smith interpreta al doctor nigeriano Bennet Omalu que, tras realizar la autopsia de una leyenda del deporte que aparentemente enloqueció en sus últimos días, descubre una nueva enfermedad que denomina ETC consecuencia de los múltiples golpes que un jugador profesional recibe en la cabeza a lo largo de todos sus años como deportista. Con el apoyo de su mujer Prema (Gugu Mbatha-Raw), su jefe el doctor Cynil Wecht (Albert Brooks) y el medico vinculado al deporte Julian Bailes (Alec Baldwin), Omalu debe enfrentarse a todos los estamentos de la NFL, que preocupados por ver peligrada su popularidad convierten la campaña del forense en una guerra contra el futbol.
Esta es, como se suele decir, una historia que debe ser contada, algo parecido a lo que podíamos decir de películas como Spotlight, La chica danesa o Sufragistas, títulos muy diferentes entre sí en cuanto a argumento como calidad.
Filmada con buen tino por Peter Landesman, en su segunda película tras Parkland, se le puede echar en cara un cierto tufillo a patriotismo que igual no viene demasiado a cuento, con un discurso por parte del inmigrante nigeriano sobre las excelencias del país de la Libertad que deslucen el resultado final y rechinan en medio de un supuesto film de denuncia como si Landesman temiese ofender al pueblo americano tal y como le sucede a su protagonista.
Con un reparto muy solvente y una historia interesante, la película describe bien los hechos sucedidos, más centrados, eso sí, en la figura del propio Omalu que en la lucha entre el mundo científico y los intereses económicos de la NFL.
Lástima que, por graves que fuesen los hechos y por mucho que se anuncien consecuencias, al final la vida avanza menos que la ficción y las cosas no cambian tan fácilmente. Por mucho que en la película teman una crisis en el mundo del futbol, los que vieran la semana pasada la final de la Super Bowl y las cifras que se manejaron se darán cuenta de que mucho daño lo les hizo os descubrimientos de Omalu. Como la investigación de Spotlight no evitaron lo sucedido con los Maristas.

Valoración: 6 sobre 10.

sábado, 4 de abril de 2015

FOCUS (4d10)

Aunque hace unos años su nombre fuese sinónimo de grandeza y éxito, Will Smith lleva un tiempo vagando entre la mediocridad y el desconcierto, quizá demasiado pendiente en convertirse en un actor serio o distraído intentando inventarle una carrera artística a su niñito hasta el punto de olvidarse de la suya.
Tras haber entrado por la puerta grande en el mundo del cine (tras su fulgurante fama como icono televisivo en los noventa) combinando con acierto el humor y la acción de éxitos descomunales como Men in Black y su secuela, Independence day o Dos policías rebeldes (y algún patinazo perdonable, como el de Wild wild west) su buen hacer en trabajos más serios como La leyenda de Bagger Vance o Ali le tentaron a reinventar su carrera y dotar a sus personajes de un trasfondo atribulado y reflexivo que hacia cierta gracia al principio (Yo, robot o Soy leyenda) pero que rozaban la pretenciosidad con ese deje de amargura y tristeza que reflejaba en En busca de la felicidad (primer intento serio de “enchufar” a su insoportable hijo Jaden) o Siete Almas, en las antípodas de su añorado papel en El príncipe de Bel Air.
Su primer intento de reconducir su camino se produjo con Hancock y el regreso a la saga de Men in black, pero el daño ya estaba hecho y la sombra del héroe amargado y oscuro se había apoderado de él, alcanzando cotas de verdadera ridiculez en la insufrible After Earth.
Tras el último varapalo, Smith estaba obligado a dar un nuevo giro, regresando a la comedia festiva y lujosa que tan bien le funcionó en Hitch, especialista en ligues, que es una de las referencias que uno encuentra al ver Focus, aparte de la evidente amalgama entre títulos como El golpe u Ocean’s Eleven.
Dirigida por Glenn Ficarra y John Requa, firmantes también del guion (ambos estaba ya tras la aceptable Philip Morris ¡te quiero! y la excelente Crazy, Stupid, Love), Focus es una tontería bien filmada, visualmente elegante, simplemente divertida y completamente vacía. Las aventuras de un grupito de timadores sin el carisma de la alegre pandilla de George Clooney (y que ni por asomo se acerca al dueto Redford/Newman) se deshace como un azucarillo en el agua cuando un incomprensible cambio de rumbo transforma la película en una pantomima romántica carente de credibilidad, a la que no ayuda para nada los torpes giros argumentales con los que Ficarra y Requa pretenden animar el espectáculo engañando al espectador y que resultan tan previsibles que son de vergüenza ajena.
Sin hacer una mala interpretación, Smith demuestra que ha perdido todo signo de carisma y magnetismo que le hiciera brillar en su juventud, y que sin un buen guion como apoyo su presencia no es suficiente para mantener en pie una película que malvive prácticamente gracias a la belleza de Margot Robbie, la única que sale airosa del invento y que tras su arrebatadora presencia en El lobo de Wall Street, tiene un prometedor futuro por delante (aunque su mayor prueba de fuego será volver a coincidir en breve con Smith).
La película no llega a aburrir, por más que resulte exageradamente previsible, pero es como ese truco de prestidigitación en el que el mago hace una gran puesta en escena, con una atractiva ayudante y divertida palabrería, pero al que se le ve el truco a leguas.
Will Smith no comienza por el buen camino su segunda etapa de redención, y así se lo ha hecho saber la taquilla. El futuro le aguarda una peli de DC (así no hay quien le quite la amargura de encima) y, tras renunciar a aparecer en la secuela de Independence day (aunque tras los palos que se está llevando por Focus ya veremos si no cambia de idea), su retorno a la saga de Dos policías rebeldes y (Dios nos coja confesados) ese extraño experimento que pretende unir a los personajes de Men in black con los de Infiltrados en Clase.
Ay, Willyto mío, ¡quién te ha visto y quién te ve…!

lunes, 17 de febrero de 2014

CUENTO DE INVIERNO (7d10)

Cuento de Invierno es una película extraña, desconcertante, que comienza (prólogo confuso aparte) con la acción ya arrancada y el prota, Peter Lake, perseguido con saña por el malo de la función, Pearly Soames, y sus secuaces.
Y si no han leído ustedes nada sobre este film antes de entrar en la sala de cine quizá deberían dejar de leer y entregarse a la aventura de una historia de fantasía y emociones que, como poco, les intrigará y sorprenderá. Advertidos quedan.
Y es que enseguida nos encontramos con caballos voladores, seres demoníacos y la eterna lucha del bien contra el mal con milagros de por medio.
Si han continuado leyendo es que no quieren arriesgarse a la incertidumbre de una película que posiblemente atraerá sobre todo por su reparto (y perdonen si se dienten tratados como incultos por dar por sentado que desconocen, como yo, la novela que adapta) con dos grandes figuras y un buen puñado de sorprendentes secundarios (algunos casi cameos), así que permítanme entrar al trapo con la trama:
Abandonado a su suerte en la maqueta de un barco siendo apenas un bebé (¿alguien ve aquí una revisión de la historia de Moisés?), Peter Lake es acogido por el siniestro Pearly Soames, que descubre en él innatas dotes como ladrón y lo apadrina con la esperanza de que algún día herede su imperio criminal. Pero cuando comprueba que el tal Lake oculta un corazón decente decide eliminarlo. Hasta aquí, todo normal. Pero cabe señalar que Soames es un demonio a las órdenes de Lucifer que se codea con ángeles caídos mientras que Lake está destinado a realizar un milagro que cambiará la vida de una joven y moribunda pelirroja. Y aquí la cosa se empieza a poner ya más rara.
Injustamente maltratada por la crítica, Cuento de Invierno es el debut como director de Akiva Goldsman, prestigioso guionista que está detrás de piezas tan infumables como los Batman de Schumacher como de Una mente maravillosa (por la que ganó el Oscar), El código Da Vinci o una docena de episodios de Fringe, entre muchas otras. Y a mi parecer se lleva el gato al agua con secuencias visualmente muy hermosas y una narración acertada (toda confusión inicial se disipa por el paso de los minutos), por más que en ocasiones abuse de planos demasiado forzados, muy fotográficos o “de posturitas”.
En el apartado interpretativo el peso se lo reparten Colin Farrell (del que ya he dicho que encuentro algo cansino cuando ejerce de protagonista) y Russell Crowe (con un papel que recuerda demasiado a su Javert de Los Miserables), aunque Jessica Brown Findlay brilla con luz propia (solo se le puede acusar de deslumbrar demasiado para representar que la muerte le ronda, aunque eso no es culpa suya) y las aportaciones breves pero interesantes de Jennifer Connelly, William Hurt, Graham Greene, Kevin Durant, Will Smith y ¡atención! Eva Marie Saint (sí, la veterana estrella de Con la muerte en los talones).
Me resulta muy curioso (incluso arriesgado) el ofrecer hoy en día un título tan “espiritual” como este, que hable de milagros con total normalidad y que aunque evite referirse directamente a Dios (supongo que para hacerla más universal en estos tiempos de Fe inestable), con explicaciones como “el Universo nos protege a todos”, las alusiones no engañan a nadie. El amor vence al odio. El bien al mal. Y Dios al Diablo. Así son las cosas.
No voy a ensalzar la película hasta considerarla una obra maestra, pero sí la defenderé sin miedo por atreverse, pese a sus evidentes deficiencias, a emocionar, a provocar un nudo en el corazón y humedecer en más de una ocasión los ojos.
Tanto es así que me atrevería a asegurar que, si hubiesen sido un poco más arriesgados y hubiesen apostado más en la promoción de la película y su temática fuese navideña (parte de la acción trascurre alrededor de Fin de Año, pero no hay ninguna alusión directa a la Navidad), esta merecería ser el Qué bello es vivir del siglo XXI.

Ahí lo dejo.

domingo, 30 de junio de 2013

AFTER EARTH (4d10)

Nos encontramos ante una nueva película de M. Night Shyamalan, quien otrora fuese un prometedor director de cine con películas tan notables como El sexto sentido, El protegido o Señales, que bajó algo el listón con El bosque y La joven del agua y que se estrelló estrepito
samente con tonterías como El incidente, Airbander, el último guerrero o esto que nos ocupa ahora. After Earth, una bobada enorme con la única excusa de servir como vehículo de lucimiento a un insoportable Jaden Smith que ya demostró en Karate Kid que para ser un buen actor hace falta algo más que un buen apellido. Will Smith, productor, actor y cabeza pensante que concibió la historia en la que se basa la película, lleva mucho tiempo en Hollywood, igual que Shyamalan, como para no entender como funcionan las cosas, así que no entiendo como puede ser que no se hayan planteado las siguientes cuestiones antes de abordar esta película.
¿Por qué si Shyamalan fue considerado un genio del suspense, no deja que sean otros los que le escriban los guiones y se dedica solo a dirigir, que es lo que se le da bien?
¿Por qué no permite Will Smith que su hijo se labre su propia carrera en lugar de producirle películas a medida que a la larga le van a hacer un flaco favor, pues el chaval carece de las tablas necesarias para aguantar en sus espaldas el peso de una gran producción?
¿Por qué no le hace entender alguien a Will Smith que no es el gran actor que él se piensa, y que sus más brillantes éxitos (Independence Day, Dos policías rebeldes, Hombres de Negro) no se basaban solo en su participación sino que eran películas en la que lo importante (para bien o para mal) eran sus directores y sus efectos especiales?
¿Por qué no vuelve Will Smith a hacer comedias simples que era lo que se le daba bien, como en El Principe de Bel Air o Hitch, especialista en ligues, en lugar de empeñarse en ser un actor trascendental en películas con una profundidad fingida que parecen estar por encima del bien y del mal (o como convertir una magnifica novela postapocalíptica de vampiros como Soy Leyenda en dos horas de Will Smith contemplando maniquís)?
La trama de la película es simple. La humanidad ha tenido que abandonar la tierra y vive ahora en otro sistema solar. En una misión rutinaria un grupo de rangers sufre un accidente y va a parar a La Tierra, ahora un planeta salvaje, donde solo sobreviven Cypher Raige y su hijo Kitai, quedando el primero gravemente malherido. Ante tal situación, el pequeño Kitai deberá aventurarse solo por el hostil planeta hasta localizar una baliza con la que solicitar un rescate. Un buen argumento a priori si no fuera por el temor que nos produce que una estrella como Will Smith se quede toda la película en el banquillo, demostrando que su presencia es solo una excusa para conseguir que su careto en el poster atraiga a más público que va a tener que soportar los gimoteos del niño Smith durante 100 minutos de metraje (su duración es sin duda lo mejor de la película). Lo que no se le puede negar a la película es sinceridad, ya que termina resultando tan tediosa como prometía su tráiler, ya que lo único que ofrece son secuencias supuestamente frenéticas con decorados digitales sin ritmo narrativo y situaciones que van de lo absurdo a lo ridículo. Personalmente, solo aconsejaría esta película a aquellos que criticaron ferozmente Oblivion (esa película de Tom Cruise estrenada hace escasos meses que coincidía con esta en el hecho de presentar una tierra futurista y salvaje). En comparación, la obra de Joseph Kosinski rozaba la maestría. Nada o casi nada se salva en este despropósito en el que la trama es resumida en un minuto (el abandono de la tierra, la colonización de otro planeta, la invasión de una raza alienígena, la guerra contra estos…) y solo nos queda una yincana por el bosque que solo se puede calificar como aburrida. Y es una pena, pues lo cierto es que yo era un  gran admirador de Shyamadan que sin duda aceptó este proyecto en sus horas más bajas en busca desesperadamente de un éxito que lo mantenga en la lista de los directores importantes de Hollywood. Espero en serio que levante cabeza, ya que sigue siendo un gran director con un rumbo muy equivocado.
Finalizo con otra serie de preguntas relativas a la película que espero que algún día el señor Smith se digne a responder:
¿Por qué en una civilización tan avanzada como para conquistar otro planeta se utilizan naves tan arcaicas que no son capaces de esquivar una zona de meteoritos y con unos diseños tan cutres y antiguos?
¿Por qué la tierra es considerada zona hostil para vivir cuando la mayor amenaza oriunda que encuentra Kitai son unos monos que lanzan piedras?
¿Por qué con tanta tecnología se permite una escena final tan ridícula con Kitai con la baliza en alto como quien busca cobertura con el móvil en una peli cutre de terror?
¿Por qué si los Ursa (unos alienígenas ciegos) detectan a los humanos por el olor de sus feromonas (es decir, por el miedo) no se les ataca con robots, o con armas a distancia, ¡¡o con desodorante!!!?
¿Por qué no le explica alguien a Will Smith que interpretar a un personaje frio y distante no es lo mismo que interpretar de manera fría y distante, con mirada perdida, como si mientras rueda estuviese pensando ya en el próximo producto para su niño?
¿Por qué si todo se congela durante la noche en cuestión de minutos al amanecer vuelve todo a la normalidad? Mi padre tiene un  huertecillo y cuando hiela se le estropean los tomates…
¿Por qué el águila ayuda a Kitai cuando él no consigue salvar a un solo aguilucho?
¿Por qué en el futuro se usan armas blancas de en lugar de armas de fuego?
¿Por qué no tienen mascarillas para respirar en la Tierra como la que lleva en la nave en lugar de esas capsulas tan poco prácticas?
¿Por qué el traje que llevan tan molongo y que cambia de color no es resistente a las bajas temperaturas o protegen del olor de las feromonas?
¿Por qué?
¿Por qué?
¿Por qué?

Y sobre todo… ¿por qué se siguen gastando el dinero en Hollywood en tonterías como estas?