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domingo, 17 de noviembre de 2019

GÉMINIS

Durante mucho tiempo, el nombre de Ang Lee se vinculaba al de cine de calidad. Sin embargo, el director taiwanés también se ha caracterizado siempre por su deseo de innovar. Ya lo demostró con su película más mítica, Tigre y dragón, y continuó jugando con los conceptos clásicos del cine haciendo una de las películas Marvel más extrañas, ese Hulk plagado de viñetas, mezclando con eficacia el CGI con la realidad en La vida de Pi o experimentando con nuevos formatos visuales como en Billy Lynn.
Los buenos propósitos, sin embargo, no siempre son equivalentes a buenos resultados. Muy fácilmente se coloca la etiqueta de visionario a un director (quizá James Cameron sea de los pocos que lo merecen realmente) y de poco sirven las formas si no hay un buen fondo detrás.
En su última película, Géminis, Lee repite en su pretensión de hacernos ver el cine en HFR (120 fotogramas por segundo), primer gran error del film. No ya por los resultados visuales (allá cada uno con su valoración, aunque El Hobbit de Peter Jackson ya demostró que un exceso de realismo en las imágenes terminaba siendo contraproducente), sino por la imposibilidad de ver la película tal y como ha sido concebida en la mayoría de cines del planeta. Algo parecido a lo que sucedió en menor medida con el Cinemascope de Los odiosos ocho de Quentin Tarantino o los 70 mm del Dunkerque de Christopher Nolan.
El segundo reclamo de Géminis cabe encontrarlo en un nuevo uso del CGI para lograr el rejuvenecimiento de un actor, en este caso Will Smith, lo cual sirve como excusa para que un Smith joven y uno ya maduro se enfrenten cara a cara y se den de leches cada dos por tres. Algo meritorio si no fuese porque la propia Mavel demostró que es la más aventajada en el invento, no ya por los múltiples cameos de actores rejuvenecidos de sus películas sino por la osadía de hacerlo con un papel protagonista en Capitana Marvel. El propio Scorsese (el mismo que reniega del cine de superhéroes) recurrirá a esta técnica para la inminente El irlandés. El problema está cuando en lugar de un recurso para acompañar a la historia se convierte en el auténtico motor, terminando por ensombrecer un guion que, sin efectos especiales llamativos, no sería nada del otro mundo.
Es el propio Lee quien se ha empeñado en presumir de esta tecnología y quien ha provocado que toda la promoción del film gire en torno a ella, lo que ha propiciado el fracaso de la película. Y es que, si nos olvidamos de ellos, nos encontramos ante una propuesta de acción que puede que cuente con un guion endeble, de acuerdo, pero no mucho más que la mayoría de films de acción que pululan por ahí. Al final, todo deriva en un entretenimiento algo simplón pero efectivo donde lo que más cansa es la imperiosa densidad de Will Smith por otorgar un componente dramático a todos sus personajes (lo de la subrama familiar es de lo que más lastra la narración) en lugar de centrarse en el espectáculo más palomitero y efectivo.
Así pues, Géminis no es ni la maravilla visual que nos ofrecían (o por lo menos no podemos llegar  a saber si lo es) ni el desastre que otros aseguran, es solo una peli de acción entretenida, con algunos momentos espectaculares y otros más bochornosos donde lo que más se lamenta es la sensación de desaprovechar a un buen reparto (Mary Elizabeth Winstead, Clive Owen o Benedict Wong) como si los únicos que pudieran lucirse fuesen Will Smith o el propio Lee, quizá demasiado encantado de conocerse y que ya empieza a encadenar demasiado fracasos como para que el recuerdo de sus primeras películas (Sentido y sensibilidadLa tormenta de hielo…) le sigan sirviendo para pagarle los caprichos.


Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 30 de octubre de 2016

DOCTOR STRANGE: Magia en estado puro.

Es evidente que en los últimos años el cine de superhéroes ha cogido una importancia vital en el cine. Tanto, que los más agoreros llevan años hablando de una gran burbuja que tarde o temprano va a estallar. Pues bien, no será Doctor Strange quien la haga estallar.
En Marvel han encontrado la clave del éxito y no piensan abandonar el sendero. Por ello, Doctor Strange sigue a pies juntillas la marca de la casa: héroe con pies de barro, acción espectacular y chascarrillos varios. Sin embargo, también han conseguido desde La Casa de las Ideas que cada personaje tenga una identidad propia y sea único en su especie, y en ese sentido Doctor Stranger tampoco decepciona.
TrasGuardianes de la Galaxia y Ant-Man, Doctor Strange es el nuevo icono que va a arrasar en taquilla pese a ser un personaje de los menos conocidos de Marvel, por más que haya pasado más de treinta años desde su creación y que en la última década haya pertenecido (en el comic) a Los Vengadores y a un grupo que ha revolucionado el mundo Marvel: los Illuminati.
Como en las películas anteriormente nombradas, Doctor Strange supone un paso más hacia el intento de agrandar el universo (los Universos) Marvel. Si en Guardianes de la Galaxia se expandía hacia el cosmos y en Ant-man se descubría el micro-verso, en Doctor Strange se habla por primera vez del multiverso y de las dimensiones paralelas, abriendo un enorme abanico de posibilidades a las futuras adaptaciones Marvel.
Ya de lleno en la fase tres, Doctor Strange supone, en cierta manera, un retorno a la Marvel más primigenia con una película origen de un personaje, Stephen Strange, que bien podría recordar al Tony Stark del primer Iron Man: egocéntrico, triunfador y egoísta que no cree en nada ni nadie más que en sí mismo hasta que el destino le da una mala mano y debe aprender a jugar con las cartas recibidas. Es entonces cuando deberá abrir su mente para poder conocerse a sí mismo y, de paso, conocer muchos secretos que desconocía y para los que no estaba siquiera preparado.
Doctor Strange es una película de superhéroes, desde luego, y por ello contiene peleas a cascoporro y espectacularidad sin límites, pero el trabajo de Scott Derrickson, director de películas oscuras como El exorcismo de Emily Rose, Sinister o Líbranos del mal, da una nueva orientación al personaje, enfrascándolo en mundos imposibles de imaginar que, aun recordando en parte a lo visto en Origen de Christopher Nolan sabe ir mucho más allá y no repetir el truco más de lo necesario, confeccionando una galería de colores y psicodelia deslumbrante.
Benedict Cumberbatch, al igual que lo hiciera en su momento Robert Downey Jr., sabe hacerse suyo el personaje, tomando algunos matices de la chulería de su Sherlock (o incluso de Khan) pero llevándolo al terreno Marvel, en una película divertida sin llegar a ser cómica que logra ser diferente a todo lo visto hasta ahora.
Curiosamente, la construcción del personaje se hace a ritmo lento y funciona de maravilla (imagino que algo así es lo que pretendían hacer en la horrible Cuatro Fantásticos), con un guion inteligente y unos personajes muy bien definidos y brillantemente interpretados (no creo que nadie se vaya a quejar, después del trabajo de Tilda Swinton, de que el Anciano sea ahora mujer). Es solo hacia el tramo final en el que se desborda la acción y el enfrentamiento entre los buenos y los malos debe producirse de manera inevitable, pero incluso entonces Doctor Strange consigue salir airosa de esa evolución del género para ofrecer un giro inesperado diferente a la destrucción gratuita y caótica que tanto se ha repetido desde el irrepetible (perdonen la redundancia) clímax final de Los Vengadores (a ver si aprendes, Zack Snyder) y ofrecer una alternativa final sorprendente e incluso rompedora.
Doctor Strange es una nueva visión del universo Marvel, apenas conectado a él en una frase aislada aunque de vital importancia, pero que formará indudablemente parte de un gran futuro tal y como se anuncia ya en una de las escenas postcréditos.
Marvel sigue creciendo y lo sigue haciendo maravillosamente bien. De momento, la fórmula no se agota. Y el mérito de hacer triunfar a los personajes “menores” (¿quién no está deseando la llegada de Black Panther?) no tiene precio.
Que siga la fiesta…

Valoración: Ocho sobre diez.

viernes, 4 de julio de 2014

REDENCIÓN * (7d10)

Si algo bueno tiene el cine de Jason Statham es que no engaña. Cuando uno acude al cine a ver una película del actor británico sabe lo que se va a encontrar: una más que correcta cinta de acción con buenas interpretaciones y una interesante descarga de adrenalina. 
Claro que muchas veces son productos que rozan la serie B, como aquellos añorados títulos de videoclub de los 80, pero entretienen igual, ¿verdad? Y a veces, incluso se sube la apuesta y el protagonista de Transporter atina al arriesgar con algo un poco más sobrio, más brillante que la media de sus trabajos y, por supuesto, que la media del cine de acción actual. Y este es un buen ejemplo de ello.
De la mano del guionista y realizador Steven Knight, quien ya firmara el libreto de Promesas del este, Redención es, como su propio nombre español indica,  una historia de segundas oportunidades, de las consecuencias de los errores del pasado y de la esperanza de conseguir un futuro que se creía perdido para siempre. Sin embargo, Knight no es Kappra ni sus películas cuentos de hadas. Redencion lucha sobre todo por conseguir mantener un tono realista, y es por ello que todo el metraje tiene un regusto amargo y desangelado que Statham sabe plasmar a la perfección.
Joey es un sin techo cuyos retazos de una vida anterior parecen perdidos para siempre y con los únicos recuerdos de fragmentos de una guerra que le causó más cicatrices de las que se pueden apreciar a simple vista. Ahogado en el alcohol y la autocomplacencia, sólo la muerte de una joven tan abandonada como él le hará despertar y luchar por vengar su memoria y, de paso, soñar con la posibilidad de sentirse de nuevo amado y respetado junto a la más inesperada aliada, una monja con un pasado tan tormentoso como el suyo propio.
No es, sin embargo, Redención un simple drama, pues la acción se presenta en grandes dosis y Statham es único en el cuerpo a cuerpo, pero Knight ha logrado dotar a su obra de una reflexión poco común es el género que hacen que se situé un par de peldaños por encima de las demás.
Y es que aun con los tópicos casi inevitables del género,  Redención sabe ser valiente cuando conviene y buscar un camino diferente al esperado que no la convierte en obra maestra pero sí en un título muy recomendable.

Y es que Statham, de nuevo, da en el blanco.