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sábado, 28 de septiembre de 2019

DOWNTON ABBEY

Debería comenzar diciendo que Downton Abbey es una película deliciosa, con un sentido del humor agradable y que desprende una sensación de bunas intenciones y positividad que se agradece. Es una lujosa recreación de la Inglaterra eduardina centrada en la historia de una familia que recibe en su mansión al mismísimo monarca y los tejemanejes de su cuerpo de empleados por conseguir ser ellos los encargados de atender a os invitados en lugar del propio séquito que lo acompaña desde palacio.
Sin ser una obra perfecta, la película se deja ver con agrado, sin conflictos demasiado relevantes ni villanos que amenacen con agriar el ambiente. Es una dramedia pura para un sábado por la tarde agradable, con un argumento algo tibio que se puede adolecer, si acaso de una falta de ritmo que puede llegar a aburrir a aquel que no acepte dejarse enamorar por el glamour y la elegancia de los bailes reales y los banquetes.
Dicho esto, es momento de entrar en el gran problema de la película. Y es, ni más ni menos, que no es una película. Hecha con un buen presupuesto y grandes recursos, estamos, en realidad, ante el capítulo alargado de una serie de televisión. La conclusión, de hecho, de la ya mítica Downron Abbey que a su vez era heredera de la clásica Arriba y Abajo. Esto significa que todos los esfuerzos y todo el cariño depositados en esta producción van dirigidos, casi exclusivamente, a los seguidores de la serie, dejando que el resto de los espectadores entremos en la mansión por la puerta de atrás, como invitados de segunda fila, con permiso para mirar, pero no tocar. Así, al ajeno a la producción televisiva le costará mucho entrar en la historia, entender de buenas a primeras las relaciones familiares o simpatizar con los protagonistas, ya que no hay una presentación de personajes formal y se da por sentado que quien se vaya a aventurar a ver esta película viene directamente de la serie. Es algo similar a lo que sucediera, en su tiempo, con Serenity, que el iluso que escribe esto pretendió ver sin tener conocimiento alguno de lo que era Firefly.
Así, sin desmerecer el resultado final, me veo en la obligación de, si no desaconsejar, por lo menos advertir, a los que no sean fieles seguidores de la serie, para que estén sobre aviso de que se van a encontrar con una fiesta ajena. Y que van a poder distraerse con las peripecias de la familia Crawleys y sus sirvientes, pero nunca lograran sentirse como en casa y disfrutar como se debe.


Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 30 de octubre de 2016

DOCTOR STRANGE: Magia en estado puro.

Es evidente que en los últimos años el cine de superhéroes ha cogido una importancia vital en el cine. Tanto, que los más agoreros llevan años hablando de una gran burbuja que tarde o temprano va a estallar. Pues bien, no será Doctor Strange quien la haga estallar.
En Marvel han encontrado la clave del éxito y no piensan abandonar el sendero. Por ello, Doctor Strange sigue a pies juntillas la marca de la casa: héroe con pies de barro, acción espectacular y chascarrillos varios. Sin embargo, también han conseguido desde La Casa de las Ideas que cada personaje tenga una identidad propia y sea único en su especie, y en ese sentido Doctor Stranger tampoco decepciona.
TrasGuardianes de la Galaxia y Ant-Man, Doctor Strange es el nuevo icono que va a arrasar en taquilla pese a ser un personaje de los menos conocidos de Marvel, por más que haya pasado más de treinta años desde su creación y que en la última década haya pertenecido (en el comic) a Los Vengadores y a un grupo que ha revolucionado el mundo Marvel: los Illuminati.
Como en las películas anteriormente nombradas, Doctor Strange supone un paso más hacia el intento de agrandar el universo (los Universos) Marvel. Si en Guardianes de la Galaxia se expandía hacia el cosmos y en Ant-man se descubría el micro-verso, en Doctor Strange se habla por primera vez del multiverso y de las dimensiones paralelas, abriendo un enorme abanico de posibilidades a las futuras adaptaciones Marvel.
Ya de lleno en la fase tres, Doctor Strange supone, en cierta manera, un retorno a la Marvel más primigenia con una película origen de un personaje, Stephen Strange, que bien podría recordar al Tony Stark del primer Iron Man: egocéntrico, triunfador y egoísta que no cree en nada ni nadie más que en sí mismo hasta que el destino le da una mala mano y debe aprender a jugar con las cartas recibidas. Es entonces cuando deberá abrir su mente para poder conocerse a sí mismo y, de paso, conocer muchos secretos que desconocía y para los que no estaba siquiera preparado.
Doctor Strange es una película de superhéroes, desde luego, y por ello contiene peleas a cascoporro y espectacularidad sin límites, pero el trabajo de Scott Derrickson, director de películas oscuras como El exorcismo de Emily Rose, Sinister o Líbranos del mal, da una nueva orientación al personaje, enfrascándolo en mundos imposibles de imaginar que, aun recordando en parte a lo visto en Origen de Christopher Nolan sabe ir mucho más allá y no repetir el truco más de lo necesario, confeccionando una galería de colores y psicodelia deslumbrante.
Benedict Cumberbatch, al igual que lo hiciera en su momento Robert Downey Jr., sabe hacerse suyo el personaje, tomando algunos matices de la chulería de su Sherlock (o incluso de Khan) pero llevándolo al terreno Marvel, en una película divertida sin llegar a ser cómica que logra ser diferente a todo lo visto hasta ahora.
Curiosamente, la construcción del personaje se hace a ritmo lento y funciona de maravilla (imagino que algo así es lo que pretendían hacer en la horrible Cuatro Fantásticos), con un guion inteligente y unos personajes muy bien definidos y brillantemente interpretados (no creo que nadie se vaya a quejar, después del trabajo de Tilda Swinton, de que el Anciano sea ahora mujer). Es solo hacia el tramo final en el que se desborda la acción y el enfrentamiento entre los buenos y los malos debe producirse de manera inevitable, pero incluso entonces Doctor Strange consigue salir airosa de esa evolución del género para ofrecer un giro inesperado diferente a la destrucción gratuita y caótica que tanto se ha repetido desde el irrepetible (perdonen la redundancia) clímax final de Los Vengadores (a ver si aprendes, Zack Snyder) y ofrecer una alternativa final sorprendente e incluso rompedora.
Doctor Strange es una nueva visión del universo Marvel, apenas conectado a él en una frase aislada aunque de vital importancia, pero que formará indudablemente parte de un gran futuro tal y como se anuncia ya en una de las escenas postcréditos.
Marvel sigue creciendo y lo sigue haciendo maravillosamente bien. De momento, la fórmula no se agota. Y el mérito de hacer triunfar a los personajes “menores” (¿quién no está deseando la llegada de Black Panther?) no tiene precio.
Que siga la fiesta…

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 8 de mayo de 2016

CEGADOS POR EL SOL: pasión mediterránea.

Sin tener prácticamente nada que ver con la última película comentada, La noche que mi madre mató a mi padre, Cegados por el sol comparte varias características en común con el film de Inés París. Dirigida por el italiano Luca Guadagnino, realizador más habituado a cortos y documentales que a películas de cine, esta es también una película de pocos personajes, donde una casa constituye el escenario principal de la trama y en la que los protagonistas comparten tanto historias sentimentales presentes como pasadas.
Con cuatro actores como motor principal: Matthias Schoenaerts, Tilda Swinton, Ralph Fiennes y Dakota Johnson, la película cuenta como la pareja formada por Paul y Marianne, un fotógrafo documentalista y una cantante de fama internacional, están de retiro en una villa de Sicilia para que ella se recupere de una operación de garganta que apenas le permite hablar cuando se presentan sin previo aviso el exnovio de ella, Harry, junto a la hija adolescente a la que prácticamente acaba de conocer.
Harry no solo revolverá los sentimientos aparentemente olvidados de Marianne, sino que la transportará a una época de su vida en la que los excesos (por aquel entonces él era también su manager) marcaban su existencia.
Basada en la película de 1969 La Piscina, de Jacques Deray, con Alain Delon, Rommy Schenider, Maurice Ronet y Jane Birkin en los mismos roles, la película utiliza la excusa del calor mediterráneo y el encanto y la tranquilidad de la localidad, con pueblos animados pero sencillos y bucólicos paisajes de lagos y acantilados, para que los protagonistas den rienda suelta a sus inseguridades, permitiendo que el deseo reprimido tome el control de sus vidas.
El sol, el vino y el sexo marcan unos días de convivencia que uno ya puede intuir desde el comienzo que no terminarán del todo bien. Destaca, por encima de todos, un magnífico Ralphn Fiennes, que no presenta el aspecto encorsetado tan habitual en él y que consigue dar rienda suelta a sus extroversiones sin llegar a la exageración.
Sugerente y por momentos incluso perturbadora, tiene el trabajo de Guadagnino un toque de realismo que incluso llega a afear los preciosos paisajes que envuelven la trama, más pendiente de que estos sean un envoltorio para la historia que jo una simple postal sin nada más que ofrecer.

Valoración: Siete de diez.

miércoles, 24 de febrero de 2016

¡AVE, CÉSAR! Carta de amor sin contemplaciones.

Era muy esperada la última comedia de los Hermanos Coen, más después de que sus últimas incursiones cinematográficas fuesen en un ámbito más serio como Valor de Ley, A propósito de Llewyn Davis o su guion para El puente de los espías.
Con ¡Ave, Cesar! Retoman ese tono desenfadado y casi absurdo que tan bien supieron explotar en títulos ya clásicos como El gran salto o El gran Lebowsky y con la que rematan lo que ellos mismos han denominado “la trilogía de George Clooney estúpido” que se completa con O brother! y Crueldad intolerable.
La película se anunciaba (y así o confirmaba su tráiler) como un homenaje al Hollywood más clásico, aquel que vivió una época dorada en la que fue conocido como “la fábrica de sueños”. 
Pero parece que este homenaje no ha sido del gusto de todos, estando recibiendo la película injustos palos por todas partes. Puede que el problema no esté en la película en sí, sino en las expectativas que uso directores como los Coen pueden generar (aunque sus mejores trabajos han estado siempre alejados del humor puro, como en la magnífica Fargo, algo que pudo pasar también con la interesante aunque no excelsa Regresión de Amenábar. Yo prefiero valorar una película por lo que aporta, dejando las expectativas en la puerta y sin condenarla por lo que sus autores podrían haber hecho en otros tiempos.
Y vista así, ¡Ave, Cesar! es más que un simple homenaje. Es una verdadera carta de amor a la industria del cine. Es un análisis en tono de humor paródico (que no de burla) de un día dentro de las entrañas de un gran estudio, con el personaje de Josh Brolin (inmenso) como guía conductor de una especie de recorrido turístico que nos llevará por el mundo de los musicales, las comedias, los westerns o las superproducciones bíblicas.
Si pudiésemos valorar la película como una serie de escenas aisladas, como un retrato de los diversos géneros a través de breves momentos de rodajes en cada uno de los platós de un enorme estudio, quizá podríamos definir la película como magistral. Es en su argumento general (el secuestro de una gran estrella por parte de un grupo comunista) cuando la historia cojea un poco. Como si se tratase de una mera excusa, una simple historieta sin demasiada chica, para mostrarnos lo que sucede alrededor. Es, si me permiten ponerme metafórico, como la propia creación de una película, donde los focos se centran en el rodaje pero las verdaderas historias pueden estar sucediendo alrededor.
Con Josh Brolin como el auténtico rey del cotarro y Clooney, el galán secuestrado, haciendo de segundo de a bordo, la película se nutre de un sinfín de estrellas que  decoran y dan brillo a la función, por más que en algunos casos sean poco más que cameos de una sola escena. Así, podemos contemplar a Alden Ehrenreich, Ralph Fiennes, Scarlett Johansson, Tilda Swinton, Frances McDormand, Channing Tatum (fantástica su aparición), Christopher Lambert o Jonah Hill entre otros.
Los Coen aman al cine, y lo demuestran con cada retablo aquí representado, con los guiños a películas de sirenas de Esther Williams, de musicales como los de Fran Sinatra, con galanes del western seduciendo a fotocopias de Carmen Miranda, con directores que recuerdan mucho a Michael Curtis y , femmes fatales que podrían ser un retazo de Loretta Young, la caza de brujas mccarthyana, anécdotas con personajes reales coladas entre la ficción, péplums bíblicos, las hermanas periodistas inspiradas en Hedda Hopper, la presencia de la única mujer montadora que hubo, y así un infinito número de homenajes, muchos de ellos apenas perceptibles por la mayoría del público (¿alguien sabría decir cuándo aparece Dolph Lundgren en pantalla?).
Así, sin alcanzar ni mucho menos la perfección, los Coen logran plasmar en imágenes la pasión que sienten por un mundo y una época como pocos sabrían hacer, transmitiendo la misma emoción que lograba Scorsese con La invención de Hugo o Michel Hazanavicius en The Artist, pero con mucho más brillo y esplendor y, sobre todo, sentido del humor.
En resumen, un magnífico divertimento para todos los públicos pero que hará las delicias especialmente a aquellos otros enamorados del cine que sepan conectar con el lenguaje de los 
Coen.
Yo he sido uno de ellos.

Valoración: 8 sobre 10.

lunes, 5 de octubre de 2015

Y DE REPENTE, TÚ * (3d10)

Judd Apatow pertenece a esa generación de cineastas americanos que, como los hermanos Farrelly, irrumpió en el nuevo siglo con un estilo de humor de sal gruesa que, guste más o menos, logró revitalizar un género que parecía adormecido después de la época dorada que vivieron las comedias románticas de principio de los noventa.
Pero, como los Farrelly, la mala leche y el gamberrismo parece haberse diluido con los años, suavizando sus maneras hasta el punto que los toques más bestias de sus comedias parecen metidos con calzador de manera poco afortunada.
Esto sucede con Y de repente, tú, cuya premisa argumental nos presenta a una chica habituada a seguir los clichés masculinos más cafres (juerga toda la noche, desenfreno etílico y sexo de una sola noche) cuya aparente originalidad desaparece en cuanto se establece el inevitable conflicto romántico para derivar en una comedia simplona y algo cursi totalmente convencional y sin demasiada gracia.
Apatow, más centrado en producir comedias a sus amigos que en dirigir, se muestra aquí torpe tanto a la hora de mover la cámara, con elipsis fallidas y ritmo desacertado, como en la traslación de un guion escrito por la protagonista que no funciona como debe no sólo por seguir unos esquemas prefijados de una forma tan lineal que todo es suficiente previsible sino porque la mayoría de los gags no funcionan. Claro que tampoco es todo culpa suya. La elección de los actos no es que ayude demasiado. Amy Schumer, humorista televisiva pero totalmente falta de experiencia para el cine, poco aporta a un personaje que parece más pensado para clásicas como Jennifer Aniston o Katherine Heigl. Lo mismo sucede con su partenaire masculino, Bill Hacer. Ambos son poseedores de un Emmy, pero se muestran incapaces de sostener el peso de la película.
En comedia el lenguaje corporal y facial es muy importante y no soy capaz de apreciar en ningún momento que quieren decirme estos dos actores. Ni siquiera la caracterización de sus personajes es la adecuada. Sigo tratando de averiguar si Apatow habla sobre una tía buena con problemas de identidad o si la protagonista es un patito feo a la que hay que descubrir su belleza interior. Tampoco sé si él es un torpe y patético hombrecillo o un cirujano respetado y de fuerte personalidad. Todo depende de la escena en cuestión.
Sólo Brie Person, una actriz que está pidiendo una gran oportunidad a gritos (y quizá Kong: Skull Island lo sea), aporta algo de frescura al film.
En definitiva, comedia muy flojita a la que ni los desaprovechados cameos activan, aburrida y aconsejable tan sólo para los más incondicionales de Apatow. Si es que queda alguno...

jueves, 4 de diciembre de 2014

THE ZERO THEOREM * (5d10)

Con más de dos años de retraso se estrena (y mal) en España la última paranoia de Terry Gilliam, el genial director de títulos como El rey Pescador, El secreto de los hermanos Grimm o El imaginario del Doctor Parnassus, que vuelve con este títulos a esos mundos claustrofóbicos y ciberpunk que ya recorriera en la mítica Brazil y la excelente Doce monos, hasta el punto que hay quien asegura que este The Zero Theorem supone (sin que el director lo haya confirmado) en cierre de una misma trilogía temática.
Amparada en un interesante reparto, marca habitual del director británico, The Zero Theorem narra la vida solitaria y angustiante de Qohen Leth, una especie de analista de datos que vive en una iglesia en ruinas y que recibe el encargo de tratar de descifrar el Teorema Zero, mediante el cual descubrir el sentido de la vida o, mejor aún, la ausencia del mismo.
Gilliam pretende crear una metáfora sobre la existencia del alma y el futuro al que cada ser está predestinado, en una búsqueda interna de lo que representa cada ser de manera individual. Pese a estar salpicado de gatas de buen humor (e incluso toques de romanticismo) es demasiado pretencioso para poderlo abarcar correctamente, y Gilliam (que no vive precisamente su mejor década) termina fracasando en el intento, consiguiendo, eso sí, un buen puñado de imágenes y escenas memorables y poco más.
Hay demasiada pretenciosidad en el proyecto, demasiada supuesta profundidad que termina conduciendo a callejones oscuros y sin salida, que la impresión final es de vacío y decepción, aunque hay que reconocer que el camino intermedio ha sido fascinante. Gilliam continua igual de hipnótico como siempre y The Zero Theorem no defrauda como desafío visual, desde ese Londres colorista y artificial hasta la iglesia donde vive Qohen, ejemplo de una época ya pasada y de una Fe perdida en el tiempo.
Christoph Waltz resulta convincente en su papel de Qohen, algo exagerado en algunos momentos, mientras que Mélanie Thierry logra aunar el punto exacto de inocencia y erotismo en un personaje tan desconcertante como entrañable. Completa el trío protagonista Lucas Hedges, un joven actor al que le va la marcha, pues es también habitual en el cine de Wes Anderson, mientras que se dejan ver también por ahí Matt Damon, Tilda Swinton (otra que tal), Peter Stormare  y David Thewlis, demostrando que el director sigue siendo un imán para algunos grandes nombres de Hollywood, independientemente del éxito de taquilla (y crítica) de sus últimos films.
The Zero Theorem atrapa casi desde el primer minuto, sumergiendo al espectador en un  mundo extraño y claustrofóbico, pero que se pierde en su intento de ser trascendental y finaliza con la sensación de que no se ha entendido nada.
Porque… sinceramente, aún no sé de qué va la peli…

miércoles, 16 de julio de 2014

SÓLO LOS AMANTES SOBREVIVEN * (7d10)

El amor… Ese misterioso sentimiento que une dos almas durante… ¿días?, ¿meses?, ¿años? ¿Quizá toda la eternidad?
Ese es el punto de partida de la nueva obra de Jim Jarmusch, la posibilidad de que el amor pueda ser realmente eterno, superar el paso de los años (y de los siglos) y ser capaz de sobrevivir por encima de todo.
Adam y Eve son un matrimonio de vampiros que se aman por encima de todo. Sin embargo, esta no es una película de vampiros, y quien acuda a ella esperando ver sangre y violencia se llevará una gran decepción, aunque hay quien puede ver aquí el reverso retorcido y brillante de Crepúsculo. Pero Sólo los amantes sobreviven es, sobre todo, una película de Jim Jarmusch, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Aquí están todos sus tics, sus manías y sus fobias, y es evidente que no se trata de una producción adecuada para todos los gustos.
Semejante en cuanto a simbología a la Byzantium de Neil Jordan, aunque mucho más onírica y poética, Sólo los amantes sobreviven comienza con una primera mitad lenta, plagada de imágenes imposibles, de sonidos escrupulosamente calculados, con Tom Hiddleston y Tilda Swinton casi como únicos protagonistas, llevando todo el peso de la narración y mostrando unas interpretaciones tan brillantes como comedidas. Cierto es que la melancolía triste y lánguida que propone Jarmusch casi puede resultar insoportable y excesiva, pero la aparición de la hermana de Eve, Ava (Mia Wasikowska) introduce un elemento discordante que rompe la apacible vida de los no muertos y los precipita hacia una lucha por la supervivencia casi agónica.
Con Anton Yelchin y John Hurt como secundarios de lujo, Sólo los amantes sobreviven es hermosa, apasionada, visualmente hipnótica y necesariamente dolorosa.
Jarmusch en estado puro.

domingo, 18 de mayo de 2014

ROMPENIEVES (SNOWPIERCER) * (8D10)

Resulta cuanto menos curioso de que los dieciséis estrenos que hubo el pasado fin de semana fuese precisamente el de mayor calidad el que no tuve que ir a ver al cine. Y es que aparte de lo espantosamente mal que se ha estrenado en España (y ya empieza a aburrir el tema) resulta que el mismo viernes del estreno se realizó un pase televisivo por Canal +. Y luego se quejarán de que la gente va poco al cine…
El caso es que Snowpiercer (o Rompenieves, que es como se ha llamado por aquí, que para una vez que traducen un título literalmente me parece hasta raro y todo) es una brillante película de Joon-ho Bong, un director de cine norcoreano que, sin abandonar totalmente la identidad de la cinematografía clásica de su país, denota una clara admiración por el cine americano (como sería también el caso del francés Luc Besson), como demostró ya con su anterior y exitosa The Host.
Rodada prácticamente en inglés y con un reparto lleno de caras conocidas del cine más comercial estadounidense (lo que hace más inexplicable su mala distribución), Rompenieves es una fábula futurista en la que mundo se encuentra congelado y los únicos supervivientes son los afortunados pasajeros de un tren autosuficiente que circula constantemente por un recorrido alrededor del mundo.
Este planteamiento de ciencia ficción que adapta un comic de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette no es más que una mera excusa para realizar una metáfora sobre las diferencias sociales y la situación política y social del mundo globalizado en el que vivimos. Lejos de plantear una obra sesuda y meditabunda que invite a la reflexión calmada y dejando un final abierto libre de interpretaciones, Joon-ho Bong prefiere ser contundente y no andarse por las ramas. El mensaje es tan claro como evidente y no hay sutilezas que valgan para ver los bruscos cambios en el estilo de vida entre la clase alta y la baja.
Como ya no hay norte ni sur, arriba ni abajo, la pobreza se sitúa en esta ocasión en los vagones de cola, donde un atajo de harapientos y muertos de hambre malviven de la “caridad” de los de delante en unas condiciones paupérrimas que les invitan a tratar de rebelarse con la esperanza de alcanzar la máquina del tren –donde se encuentra el constructor del mismo, Wilfort, al que se reverencia como a una deidad- por más que en los diecisiete años que han transcurrido desde la congelación global ya han habido tres rebeliones que culminaron en fracaso.
La diferencia es que esta vez Gilliam, el anciano líder de los vagones de detrás, tiene puestas muchas esperanzas en el joven y determinado Curtis.
Chris Evans, todo un experto en esto de adaptar comics, se pone en la piel de Curtis, consiguiendo una de sus mejores interpretaciones, alejadas del elegante heroísmo Marvel y con unos destellos dramáticos muy convincentes, estando brillantemente secundado por John Hurt (al que siempre se recordará por Alien aunque su filmografía es tan extensa como brillante), Jamie Bell (inolvidable Billy Elliott que en breve repetirá en esto de las adaptaciones con la polémica Los 4 Fantásticos), Tilda Swinton (la bruja de Narnia recientemente vista en Gran Hotel Budapest) y, inteligentemente elegido, Ed Harris, en el papel de Wilfort, en un divertido paralelismo con el personaje de gran controlador que ya recreara en El show de Truman, aparte de dos fijos en la carrera del director como son Kang-ho Song y Ah-sung Ko.
Como si se tratase de un videojuego, cada puerta de vagón conduce a un mundo diferente, a un paso más hacia la gloria para este pueblo oprimido que sólo esperan escapar de la dictadura de un poder que los está asfixiando.
Visualmente impecable, Snowpiercer es dura, violenta y despiadada, con mucha amargura pero un humor irónico y doloroso cuando conviene (tomen como ejemplo la escena del colegio), con vagones imposibles de dimensiones variables según la opresión que pretendan demostrar y con un solo punto débil, como son las hermosas pero evidentemente digitalizadas imágenes exteriores, paisajes blancos e infinitos donde la mano del ordenador se nota demasiado. Y es que aunque estemos ante la película más cara de la historia de Corea del Norte, cuarenta millones de presupuesto es una nimiedad si se busca un resultado visual al estilo hollywoodiense.
Con todo, Snowpiercer es una gran película que merece la pena disfrutarse pese a la incomodidad de su mensaje y cuyo final dejará a más de uno desencajado.

Otra gran obra que el espectador de cine en España se va a perder por culpa de los de siempre…