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sábado, 7 de diciembre de 2019

LA GRAN MENTIRA

Bill Condon es un realizador interesante, pero de carrera desigual. Capaz de lidiar con grandes producciones de calidad más o menos dudosa pero indudable tirón, como fue la saga Crepúsculo (se hizo cargo de Amanecer, partes uno y dos) o su versión de La Bella y la Bestia, películas de cierto renombre, como Dreamgirls o El quinto poder o producciones más pequeñas e intimistas como Mr. Holmes.
Probablemente La gran mentira se acerque bastante al último caso, con la que comparte, además, actor protagonista. Tener a Ian McKellen y a Helen Mirren, junto al nombre del propio Condon, ya es una garantía de que estamos ante una película interesante y de gran valor artístico, pero, como sucede con demasiada frecuencia, es el guion lo que más descuidado está.
El título no engaña a nadie, y La gran mentira es una película tramposa que manipula al espectador para llevarlo por el camino que más le interesa. Todo empieza en un tono muy afable, con una encantadora pareja de ancianos conociéndose a través de una web de citas por Internet, pero la sorpresa no va a esperar demasiado y a los diez minutos se ponen las cartas sobre la mesa alrededor de las verdaderas intenciones del personaje de McKeller.
A partir de ahí, nos encontramos ante una película de engaños y falsas verdades bastante interesante, por más que se le vea el truco un poco antes de lo necesario, pero es en el giro final cuando la cosa decae un poco, cuando se revela la gran mentira a la que alude el título y el ejercicio de suspensión de la credulidad se hace imperiosamente necesario.
Ahí, el tono dramático se impone al jocoso que privaba en su primera mitad y se toma un rumbo demasiado forzado y que cae en los tópicos habituales en este tipo e films, volviéndose algo plana y demasiado poco creíble.
Con todo, el nivel del trío implicado es tan notable que la película se puede disfrutar con agrado, por más que al finalizar deje un cierto poso de decepción. Aunque es aplaudible el cine con profundidad y carga dramática, creo que en este caso la historia se hubiese beneficiado de un poco más de diversión y algo menos de trascendencia.

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 3 de septiembre de 2019

ANNA

Se podría decir que Luc Besson está en horas bajas, muy bajas. Con la excepción de Lucy, lleva tiempo sin lograr un buen éxito de taquilla y su película anterior, Valerian y la ciudad de los mil planetas, acarreó unas pérdidas que estuvieron a punto de hundir a su productora. Y no parece que con Annalas cosas le vayan a ir mejor, en vista de la escasa repercusión que está teniendo (ni siquiera ha tenido una campaña publicitaria decente).
Quizá el quid de la cuestión se deba a que el director francés es uno de los muchos que en Hollywood miran con lupa por las supuestas demandas por acoso sexual, que ya se sabe que es muy difícil saber diferenciar entre el autor y su obra y más si encima es un extranjero en tierra de dioses. Sin embargo, este declive en taquilla no está en armonía con sus resultados a nivel de calidad, ya que Valerian era un entretenimiento más que digno merecedora de ser el inicio de una saga que nunca veremos y esta Anna no se le queda atrás, resultando ser un espectáculo emocionante y muy divertido que, a nivel de puro entretenimiento, podría estar entre lo mejorcito del verano.
Besson sabe como tratar a las mujeres (al menos en pantalla) y con Anna se cierra una especie de trilogía sobre mujeres duras que comenzó con Nikita, dura de matar y continuó con Lucy, aunque como representante del empoderamiento femenino n(mucho antes de que el empoderamiento femenino estuviese de moda) hay que recordar que fue el descubridor de Natalie Portman en Leon, el profesional y de Milla Jovovich en El quinto elemento, proponiendo después a su propio Indiana Jones femenino en Adele y el misterio de la momia y otorgando a Clara Delevigne un rol tan destacado como al propio protagonista en la mencionada Valerian.
Puede que el problema de Anna sea que parte de un argumento demasiado trillado últimamente. Una espía femenina que enfrenta a soviéticos y americanos jugando a un doble juego recuerda demasiado a la excelente Atómica o a la más flojita Gorrión Rojo, ambas del año pasado, sirviendo demás como aperitivo de la inminente Viuda Negra. Por eso, el mayor acierto de Besson en Anna es la forma de jugar con los tiempos, jugando además con el espectador, saltado adelante y atrás en la cronología de la historia para componer un puzle muy divertido que, en lugar de confundir al espectador como en las mayoría de películas de espías dobles, que suelen abusar de ser demasiado complicadas, convirtiendo así la película en un pasatiempo disfrutable alrededor de la figura de una modelo rusa (fantástica la debutante como protagonista Sasha Luss, que ya tuvo un papelito irreconocible bajo el CGI en Valerian), a ratos manipulada por todos, en otros momentos manipuladora ella. Víctima, ejecutora, amante, asesina… Un juego de roles y lealtades alternadas para un film de pleno lucimiento de la muchacha, ya sea por su belleza como por sus cualidades físicas, con espectaculares coreografías de peleas que rememoran a la propia John Wick y donde las figuras florero son, por una vez, hombres, con los rostros de Cillian Murphy y Luke Evans, todos ellos marionetas bajo la pérfida vigilancia de la todopoderosa Helen Mirren.
A resumidas cuentas, una película muy divertida, totalmente autoconsciente de lo que es (cruel burla del mundo de la moda, más cuando la propia Luss proviene precisamente de allí) y a lo que aspira, con buenas dosis de acción y la siempre eficiente mano de Besson dirigiendo y con una protagonista que, ya sea por un motivo u otro, te termina por enamorar.


Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 8 de agosto de 2019

HOBBS & SHAW

Salvo honrosas excepciones, la taquilla mundial de los últimos años ha estado claramente dominada por la marca Disney, ya sea en su departamento de animación, de adaptación en live actions de sus clásicos, mediante Star Wars o, sobre todo, con las películas de Marvel Studios. La saga de Fast & furious, de la Universal es una de esas honrosas excepciones.
Desde que, a partir de la quinta entrega, la saga se reinventara, abandonando el espíritu poligonero de sus orígenes (recordemos que esto era una especie de remake de Le llaman Bodhi versión tunning) hasta volverse una locura desmadrada sin ningún sentido, pero alucinantemente divertidas, cada nueva película ha ido superando a la anterior en cuanto a recaudación, convirtiéndose en un hito moderno difícil de entender.
Entre sus armas, una de las que mejor ha funcionado ha sido la presencia de Dwayne Johnson en el elenco, cuya química con Jason Statham en las dos últimas entregas ha sido de lo más celebrado. Esto ha llevado a las mentes pensantes a idear una nueva línea (apoyada, posiblemente, por las desavenencias entre Johnson y Vin Diesel) que explorase esta relación lejos de Toreto y su pandilla, y de ahí el nacimiento de este spin off centrado en la figura de estos dos pesos pesados de los puñetazos y los chascarrillos.
Hobbs & Shaw, pues, viene a ser un nuevo reinicio para poder explorar otros caminos que no dejen de ser más de lo mismo, pero con otras caras, enriqueciendo y ampliando así el universo Furious. Y lo ha hecho sin arriesgar demasiado, casi jugando sobre seguro. Y, pese a todo, la cosa no ha terminado de funcionar del todo.
Sobre el papel, nada debía salir mal. Los dos protagonistas, Johnson y Statham, vuelven a sus roles dispuestos a darlo todo, se mantiene al guionista de casi toda la saga madre, Chris Morgan, y se ficha a un director acostumbrado a las grandes producciones y, sobre todo, a la acción más desmedida. David Leitch fue el codirector de John Wick, repitió esquemas con Atómica y demostró tener buena mano para el humor con Deadpool 2.
Y, sin embargo, es inevitable notar que algo falla en la película, algo que también ha parecido repercutir en su taquilla, muy por debajo delo que se esperaba.
Personalmente, se me ocurre una manera un poco simple de explicar el problema. Durante toda la película, con sus postureos, su musiquita molona y sus luces de neón, se aprecia una pretensión algo artificial por querer molar. Ese es el concepto que mejor define a Hobbs & Shaw: quiere molar. Fast & Furious, en cambio, molaba. Y esa sutil diferencia entre conseguirlo sin apenas esforzarse o esforzarse sin terminar de conseguirlo es lo que distingue a este spin off de la serie raíz. Las pullas entre los dos rivales no son tan punzantes y divertidas como en Furious 8, por ejemplo, y el nivel de exageración roza unos límites casi absurdos. No es que las otras películas tuvieran el más leve deje de realismo, pero sí había una especie de verosimilitud que permitía al espectador aceptar lo que estaba viendo, por imposible que fuese. Aquí, quizá por la composición de un villano demasiado fantástico y del abuso del CGI en los efectos (porgo como ejemplo las piruetas que realiza este en su moto), hay una capa de irrealidad que desconecta al espectador con el film, por más que luego busque esos valores tan anclados en la mitología de la saga como es el concepto de familia.
Con todo, no deja de ser un buen entretenimiento. Ellos dos se esfuerzan en dar lo mejor de si mismos y el bueno de Idris Elba es siempre un valor seguro, pero quien se come literalmente la pantalla es el personaje que interpreta Vanessa Kirby (a la que personalmente descubrí en Misión Imposible: Fallout), siendo la tercera pata de la cama y, quizá, el personaje que más luce en pantalla hasta que, en el tercio final, se la hace prácticamente desaparecer para dar más brillo a las dos moles de músculos.
En el lado positivo, se podría decir que hay vida más allá del Toreto de Diesel y su cara de palo. En el negativo, estamos ante un pasatiempo veraniego de fácil consumo pero que se olvida rápido, sin grandes escenas memorables que se queden grabadas en nuestras retinas como sí fuesen capaces de hacer en su momento James Wan o Justin Lin. Y cuando se tiene a los dos mejores personajes de la franquicia (con la excepción obligada del Brian de Paul Walker), eso sabe a poco.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 11 de noviembre de 2018

EL CASCANUECES Y LOS CUATRO REINOS

Disney sigue buscando desesperadamente un éxito en su departamento de imagen real que la devuelva a épocas doradas del pasado, pero parece que cada vez que se distancia de las adaptaciones de sus clásicos de animación la cosa se torna en patinazo (está en proyecto un reboot de Piratas del Caribe después de la tibia acogida de la última entrega, veremos qué pasa con ella). El Cascanueces y los Cuatro Reinos la cosa no va a ser, ni de lejos, ese éxito, pues no ha convencido ni a público ni a crítica, o cual es un reflejo de la propia falta de audacia en su puesta en escena.
Uno de los recursos que más está explotando Dinsey en estos proyectos es la de apostar por directores de renombre, algunos de ellos que a priori no parecían tener cabida en este mundo de fantasía y cuentos de hadas, y en el caso de esta película, la apuesta es por partida doble. El Cascanueces y los Cuatro Reinos está dirigida a cuatro manos por Lasse Hallström, autor de títulos entrañables como ChocolatLas normas de la casa de la SidraSiempre a tu lado (Hachiko) o Un viaje de diez metros, y Joe Johnston, que debutó precisamente para Disney con Cariño, he encogido a los niños y Rocketeer y que es también responsable de JumanjiParque Jurásico III o Capitán América: el primer Vengador. Una pareja que tampoco parece que peguen muy bien entre ellos y de cuyo sello personal apenas queda nada en el film. No obstante, no hay ningún pero que poner a la puesta en escena de la película, impecable, aunque funcional. De hecho, no hay ningún pero a nada de El Cascanueces y los Cuatro Reinos, aparte de resultar un compendio de mil películas ya vistas con anterioridad. Parece como si existiera una fórmula matemática para realizar estas películas y que nadie se atreviese a salirse ni un ápice de la misma, con lo que tenemos una recreación maravillosa del Londres victoriano, de los bailes palaciego y, por supuesto, de los cuatro reinos imaginarios. Cuenta, además, con una buena protagonista, Mackenzie Foy (Interstellar), y unos reconocibles secundarios (Keira Knightley, Eugenio Derbez, Morgan Freeman, Helen Mirren y Matthew Macfadyen), y tiene como base el cuento de Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann y que ya había dado pie a una versión menos oscura de la mano de Alejandro Dumas y al célebre ballet de Piotr Ilich Tchaikovsky.
Es en la conversión a cuento de hadas en lo que la película se desdibuja, adaptando lo que, en todo despectivo se suele definir como “el toque Disney” y que la convierten en una fotocopia de cualquier otra película moderna de cuento de hadas, con su heroína femenina enfrentándose a su destino, malos que no lo son tanto (y viceversa), el típico alivio cómico, y la moralina de unión familiar siempre precediendo a una tragedia (si es la muerte de una madre o un padre, o de ambos, mejor).
No es El Cascanueces y los Cuatro Reinos un desastre a la altura de Un pliegue en el tiempo, llegando a ser incluso entretenida y momentáneamente emotiva, pero al final queda todo en un espectáculo pirotécnico demasiado artificioso, un bonito conjunto de luces de colores y paisajes maravillosamente digitalizados que no tienen aroma ni sabor, tan agradables de contemplar como de olvidar. Ya he dicho que no hay nada realmente malo en esta película, pero de igual manera, no hay nada especialmente reseñable, nada que merezca la condición de clásico inmediato que antaño tenía las películas Disney y que servían para contradecir a todos aquellos que aseguraban que las películas solo servían para vender muñequitos y otros juguetes. En este caso, mucho me temo que habrá que darles la razón. Aunque tampoco parece que vayan a vender demasiados.
El Cascanueces y los Cuatro Reinos pueden ser agradable de ver estas navidades (si aguanta en cartel, cosa que dudo), pero no da para mucho más que una tarde familiar en el cine para compensar el estrés de las compras navideñas.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 12 de marzo de 2018

WINCHESTER


Aunque soy poco dado a estas peliculillas de terror de casas encantadas y supuestas adaptaciones de historias reales, sentía cierta curiosidad por esta Winchester, firmada por los hermanos Spierig, pareja germana autora de títulos interesantes como Daybreakers, Predestination o la más flojilla Saw VIII.
Los motivos por los que me sentía atraído por esta película eran básicamente dos. Por un lado, la pareja protagonista, en especial Helen Mirren, actriz capaz de protagonizar intensos dramas como La reina, La dama de oro o Espías desde el cielo hasta títulos tan comerciales como las dos entregas de RED o Fast & Furious 8, aunque también me llamaba la atención que se dejara caer por aquí Jason Clarke, que, aunque no sea santo de mi devoción, hay que reconocerle que es una figura dentro de la industria. El segundo motivo era la historia real, ciertamente apasionante: Sarah Winchester, viuda del heredero del imperio Winchester, el mayor fabricante de rifles de su época, que (dicen) atormentada por las muertes que habían causado las armas que la habían enriquecido estaba convencida de que los espíritus de esas almas la acosaban, por lo que dedicó el resto de sus días a mandar restaurar una laberíntica mansión siguiendo las supuestas instrucciones de esos espíritus. Un edificio de San José (California) con cientos de habitaciones, pasillos absurdos, escaleras sin sentido y todo tipo de excentricidades arquitectónicas sigue siendo, a día de hoy, testigo de esa leyenda.
La historia sobre la que se sustenta la película es, desde luego, muy apasionante, y habría sido un buen material de partida para un drama con tintes sobrenaturales, muy apropiado para un experto en casas encantadas como James Wan, por ejemplo. Sin embargo, en manos de los hermanos Spierig, la película termina derivando en un cliché de sustos fáciles y apariciones repentinas grotescamente maquilladas que invitan a saltar de la butaca en no pocas ocasiones pero poco más. Si es cierto que la historia inventada del doctor Eric Price, al que el resto de asociados de Winchester contratan para que declare mentalmente inestable a la viuda, tiene algo de empaque, pero hay una verdadera carencia a la hora de analizar el trasfondo de los protagonistas y el drama de la historia queda desdibujada por las muchas incoherencias de su guion, en algunos momentos completamente absurdo.
Es esta historia muy inferior a la real, obviando curiosidades como la galería de tiro que había en la casa (contradiciendo la teoría sobre los remordimientos de la viuda), las sesiones de espiritismo que se ofrecían en un torreón o la inquietante visita que recibió la casa años más tarde por parte del popular mago Houdini, en un estéril intento de desacreditar la leyenda, pero al menos se agradece que no todo sea una completa estupidez como en la mayoría de películas de este estilo.
Sí, es cierto que la participación de Miren está completamente desaprovechada, y que la explicación real de los destrozos que los espíritus provocan en la casa en la versión fílmica apenas son explicados (y casi a regañadientes), pero después de que el tráiler me advirtiese ya de que esta no es la película que yo habría querido ver, al menos me ha logrado interesar lo justo para aceptarla con agrado, y en las que algunos han querido ver una moralina sobre el uso (y abuso) de las armas de fuego en Estados Unidos..

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 26 de diciembre de 2016

BELLEZA OCULTA: manipulación estéril

Las Navidades son unas fechas propicias para los buenos sentimientos y los deseos de felicidad, y en Hollywood suelen aprovecharlo para realizar películas sentimentales que nos acaricien el alma y traten de hacer temblar nuestro férreo lagrimal. Cada año hay alguna película de estas características, pero algo debe fallas cuando tras más de un siglo de cine sigue habiendo una única película navideña por definición: Qué bello es vivir, aunque muchos aceptarían poner en segundo lugar a la más actual Love Actually.
En el 2014, sin ir más lejos, se estrenó una película que la crítica machacó pero que a mí, que soy más bueno que el pan, logró enternecerme: Canción de invierno, que al menos contaba con la ventaja de que renunciaba por completo a la realidad y se dejaba llevar por la locura emotiva con ángeles de por medio. En el caso de Belleza oculta, sin embargo, se pretende jugar al sentimentalismo barato, casi pornográfico, dándole unos toques de magia navideña que lo único que hacen es hacerla caer en el ridículo más espantoso y otorgando a la cinta un final que empobrece su ya de por sí triste desarrollo.
Allan Loeb y David Frankel son, respectivamente, el guionista y el director de esta tontería que a priori resultaba llamativa pro su impresionante reparto. Entre los dos perpetran una historia de supuesta amistad empresarial en la que un desconsolado padre lleva dos años perdido en su propio mundo tras la muerte de su niña de seis años. Para tratar de hacerle reaccionar (o, en el mejor de los casos, confirmar su demencia y poder vender la empresa sin necesitar su permiso), sus amigos y socios deciden contratar a tres actores de teatro para que se le presenten en forma de fantasmas, representando a la Muerte, al Amor y al Tiempo. Todo muy coherente, vamos.
No es extraña la participación de Will Smith en el proyecto, ya que continua en su caída libre desde que está empeñado en hacer solo papeles familiares de llorón empedernido (lo de Escuadrón Suicida debió ser solo por sacarse una pasta, y aun así mantiene este rol), y es por ello que quizá sea el único que se esfuerza en tomarse la cosa en serio. Del resto, lo mejor que se puede decir es que simplemente pasaron por allí el día de rodaje y soltaron sus frases, aunque eso solo es una forma suave de decir que están horribles y que dan hasta lastimica verlos, sobretodo en el caso de un Edward Norton al que es cada vez más difícil verlo en un buen papel. Naomi Harris, Kate Winslet, Michael Peña, Keira Knightley, Jacob Latimore y Helen Mirren completan el elenco, siendo esta última la única que, al menos, tiene algún momento de inspiración, con un leve toque de humor.
La teoría dice que la película ha cosechado críticas espantosas, siendo bodrio lo más suave que se ha dicho de ella. La realidad es que ha sido el peor estreno en la carrera de Will Smith (y el avispado que hiciera coincidir el estreno americano con Rogue One tampoco es que ayudara mucho). Personalmente, una vez visto el planteamiento inicial y aceptando que estaba ante un telefilm de lujo donde lo único que se busca es manipular al espectador a base de pedantería y desgracias varias, decidí dejarme llevar y traté de interesarme al menos por ver a donde me conducía semejante tontada, pero el previsible giro final y el intento de dotar de cierta magia espiritual al asunto terminaron por sacarme definitivamente del film.
Quizá algún día Will Smith acepte sus limitaciones y decida volver a hacernos reír. Mientras, lo único que conseguirá es seguir dando pena. En el mal sentido…

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 15 de mayo de 2016

ESPÍAS DESDE EL CIELO: Espionaje moderno

Ya en la época de la Guerra Fría y, sobretodo, a raíz de la Crisis de los Misiles se puso muy de moda la expresión de que las guerras ahora se desarrollaban en los despachos. Hoy en día esa afirmación es una aterradora verdad y Espías desde el cielo es la mejor prueba de ello.
Cuando una operación de vigilancia y extracción a un grupo terrorista en Nairobi cambia repentinamente cuando a través de un dron controlado a distancia el gobierno británico descubre que se está planeando un atentado con chalecos bomba. La situación exige una respuesta inmediata, pero las trabas jurídicas y burocráticas y la necesidad de reducir los daños colaterales ralentizan todo el proceso.
Este es el punto de partida de Espías desde el cielo, en la que el intento de asesinato de algunos de los terroristas más buscados se puede producir desde una habitación cerrada desde donde los dos pilotos controlan el dron. Cuando una niña que vende pan se coloca en la zona de impacto el piloto se negará  a efectuar el disparo si no se recalculan los daños colaterales, y así da comienzo el debate extensible al propio público: ¿es lícito eliminar una vida inocente con la supuesta posibilidad de salvar las de muchas más?
Con este planteamiento Espías desde el cielo, pese a contener ataques de un país a otro, misiones de espionaje, mandos militares dando órdenes, soldados ejecutándolas y misiles apuntando, es más que una simple película bélica transformándose casi en un film de suspense, una historia a contrarreloj cargada de tensión donde urge tomar una decisión.
El gobierno, el fiscal, los servicios jurídicos, los aliados… todos se pasan la pelota incapaces de tomar una decisión no sólo amparada por la simple duda humanitaria de matar a una niña por un bien mayor, sino por el egoísta instinto de autodefensa. Una frase referida a los medios de comunicación define el conflicto: “Si ochenta personas mueren en un atentado, los malos son los terroristas; si muere una niña por evitarlo, los malos somos nosotros”. O algo así.
Con una relativa sencillez en su puesta en escena (sencilla pero eficaz, una agradable sorpresa ya que estamos ante Gavin Hood, el director de la desastrosa X-Men  Origenes: Lobezno y la fallida El juego de Ender) y unas interpretaciones a la altura de lo esperado debido a lo glamuroso de su reparto (Helen Mirren, Aaron Paul, Berkhad Abdi, Ian Glen o el propio Hood), la película es también la despedida de un gran intérprete, Alan Rickman, que dejando de lado su voz en Alicia a través del espejo nos ofrece aquí su último trabajo fílmico.
En resumen, una película intensa, inteligente y emocionante que plantea un debate muy real y actual y lo comparte con el espectador para que siga buscando respuestas una vez finalizado el film, planteado de una manera que evita con fortuna el maniqueísmo o la moralina barata.

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 2 de mayo de 2016

TRUMBO, la etapa más oscura de Hollywood.

Trumbo es, más allá de un fragmento en la vida del gran guionista  Dalton Trumbo, una crónica sobre la etapa más oscura del Hollywood dorado, ese en el que la Guerra Fría provocó una paranoia generalizada a todo lo que sonara mínimamente comunista y que produjo una feroz caza de brujas encabezada por el senador Joseph McCarthy.
Aparte de resaltar el increíble hecho de que en España hayamos tenido que esperar hasta finales de abril para ver una de las películas con nominaciones importantes al Oscar (enorme Bryan Cranston), Trumbo es una brillante recreación de cómo los denominados “los diez de Hollywood” quedaban señalados en una lista negra que les impedía trabajar o, en el peor de los casos, terminar encerrados en prisión. Fue una época de confusión y miedo, de amigos delatándose entre ellos y de desconfianza en el propio vecino, y la película sabe sacar buen partido de ello.
Podría decirse que la dirección de Jay Roach es muy plana y totalmente falta de personalidad, sin atreverse a arriesgar lo más mínimo en ningún momento, pero ello da pie, a cambio, a que el peso de la película caiga en su guion, del que hay que destacar algunos diálogos realmente brillantes, y, sobre todo, en su reparto. La nominación para Cranston es totalmente justificada, pero no se queda atrás la gloriosa (y aquí, además, odiosa) Hellen Mirren, obsesiva y pérfida o el siempre cumplidor John Goodman, que hace suya una de las escenas más divertidas del film.
Sobre la historia real se encuentra un relato sobre la amistad y la intolerancia, sobre la defensa de los derechos y del propio honor e incluso sobre la familia y el hogar. Un poquito de todo cabe alrededor del que escribiese (por más que tardaran años en reconocérselo) Vacaciones en Roma y que será eternamente recordado por el libreto, entre otras, de Espartaco.
Debo reconocer que soy público fácil para este tipo de films, ya que me encanta todo lo que rodea al Hollywood clásico (hasta soy de los que aplaudió ¡Ave, César!), y tener la oportunidad de ver aquí representados a personajes como Edward G. Robinson, John Wayne, Otto Preminger o Kirk Douglas (involuntario héroe de la película) es toda una gozada.
Ha tardado en llegar, pero pese a sus carencias y defectos Trumbo es una delicia para los amantes del cine y un interesante documento para los amantes de la historia, aparte de un brillante entretenimiento.

Valoración: Siete de diez.

jueves, 16 de abril de 2015

LA DAMA DE ORO (5d10)

Basada en un reciente episodio de la historia europea, La dama de oro es una buena muestra de cómo lo mejor y lo peor puede confluir en una película dotando al resultado final de un agridulce regusto totalmente irregular, haciendo caer en la mediocridad algo que, con muy poquito esfuerzo, podría haber sido un film notable e, incluso, oscarizable.
Eso mismo debió pensar el bueno de Ryan Reynols, ese muchacho empeñado en ser un héroe de comic que no hace más que encadenar fracasos y que Masacre puede ser su última oportunidad para demostrar que es una estrella en firme, cuando le pasaron el guion. Parecía una oportunidad de oro para demostrar que también puede ser un “actor de verdad”, y que las alabanzas recibidas por Buried no fueron fruto de la casualidad. Sin embargo, su mera presencia ya parece intuir que no es oro todo lo que reluce, y que lo único que resplandece en la película es el papel de oro utilizado por  Gustav Klimt para su cuadro Retrato de Adele Bloch-Bauer I, su obra más famosa (fue definida como la Gioconda austriaca) cuyo nombre popular da título a la película.
Al lado de Reynols, que se esfuerza pero demuestra una falta de carisma total, aparecen un desaprovechado Charles Dance, el correcto sin más Daniel Brülh y una Katie Holmes que simplemente pasaba por ahí, actores de renombre que actúan como meros comparsas de la estrella de la función, la Oscarizada Helen Mirren que se come a todos sus compañeros de plano sin parecer esforzarse demasiado para ello.
Con un tono que recuerda a la amable Philomena de Stephen Frears, La dama de oro cuenta la historia de Maria Altmann, una austriaca que tuvo que abandonar su país y a su familia tras la invasión nazi y que, tras la muerte de su hermana que la convierte en la última superviviente de la dinastía familiar, decide emprender una lucha legal contra el gobierno austriaco para recuperar la colección de cuadros que los nazis saquearon durante la Segunda Guerra Mundial y que al término de la misma fueron expuestos en el museo Belvedere de Viena, considerándolos patrimonio familiar.
Podríamos decir que la película contienen todos los elementos para ser un gran film: una historia interesante (además de real), unos actores de calidad y una efectiva combinación de géneros, ya que pese al marcado tono dramático hay en el film elementos de comedia, intriga, conflictos bélicos, persecuciones y sobretodo, el siempre atractivo fondo judicial. Sin embargo, Simon Curtis (que en Mi semana con Marilyn ya se encargaba de retratar una historia real con bastante más acierto) fracasa estrepitosamente en el momento de dar forma a su historia, confiriendo a la función un claro tono de telefilm y abusando del recurso del flashback con más presencia del pasado de los que precisa la historia.
No consigue Curtis, en ningún momento, hacerse con el mando de la historia, haciéndola plana e insípida y transformando en aburrida una trama que deberías ser muy interesante, dotándola además de una dirección torpe y excesivamente simplista, con errores de encuadre y fallos de record clamorosos.
Y es que más allá de conocer la historia real (o por lo menos la versión de Altmann de lo que sucedió) de la pugna por la propiedad de unos cuadros (en especial el mencionado retrato de Adele, tía de la protagonista, que posee un valor sentimental más allá de su cotización económica). Lo que supuso la primer demanda judicial contra una nación entera, Curtis no sabe aprovechar la oportunidad de plantear un retrato sobre la codicia, el orgullo y la propiedad de los patrimonios culturales (¿pertenece una obra a su dueño legítimo o al pueblo que merece distrutar de la misma?), elementos todos ellos inherentes a la historia pero apenas pincelados.
Una lástima, porque los cimientos ya estaban plantados. Solo había que trabajarlos un poco.

martes, 30 de septiembre de 2014

UN VIAJE DE DIEZ METROS (6d10)

El sueco Lasse Hallström lleva ya unos cuantos años buscando encontrar la buena senda que perdió en algún momento de su carrera, cuando después de destacar con títulos como ¿A quien ama Gilbert Grape?, Las normas de la casa de la sidra o, sobre todo, Chocolat, su carrera fue deambulando entre títulos menores como Querido John, El hipnotista o Un lugar donde refugiarse.
Con Un viaje de diez metros Hallström busca reconciliarse con ese cine intimista que lo llevó a la fama, recurriendo, como en su mayor éxito, a la gastronomía como excusa argumental para confabular un cuento que hable delas diferencias culturales, la intransigencia y, en última instancia, de la elección de la fama a cambio de perder la sencillez y la deliciosidad delas cosas más simples y naturales de la vida.
Sólo en los últimos meses –no sé si por culpa de la proliferación de realities de cocina en las televisiones y de la aparición de papanatas como Chicote y compañía- el tema de la gastronomía como base de fondo ha sido un recurso recurrente, viniéndome ahora mismo a la memoria títulos como la excelente #Chef o la olvidable Amor en su punto.
Protagonizada por Manish Dayal, aunque con Helen Mirren en plan robaescenas, Un viaje de diez metros cuenta la historia de una familia india que decide aventurarse por Europa en busca de un lugar idóneo para montar un restaurante y a la que el destino conduce hasta una hermosa villa francesa donde encontrarán un lugar perfecto para su negocio si no fuese porque se encuentra justo enfrente (los diez metros del título) de una elegante restaurante tradicional con una estrella Michelín.
Comienza entonces una lucha de egos entre la estirada dueña del restaurant y el cabeza de familia mientras que el hijo mayor de la familia de inmigrantes (que, como no, empezará a tontear con una de las empleadas del restaurante rival) se revelará como un gran chef de cualidades innatas.
Excesiva en su duración (dos horas es demasiado para una comedia romántica) Un viaje de diez metros es una fábula bienintencionada y simpática, de esas que te invitan a mostrar una sonrisa durante todo su visionado, y con unas buenas interpretaciones, pero que, una vez finalizada, apenas aporta nada más que una cansina sensación de previsibilidad.
Todo en la película es demasiado agradable, demasiado bonito. El conflicto termina resultando mínimo y todo el mundo es tan bueno y comprensivo que termina por empalagar más que los insistentes planos culinarios, que por otro lado comienzan a resultar ya agotadores por su falta de originalidad.
Hallström parece demasiado acomodado y ha perdido esa sensibilidad de sus primeros tiempos, consiguiendo que una película donde se redunda en el tema de las especias y dónde todo está cardado de curry resulte, curiosamente, empalagosamente dulce.

lunes, 12 de agosto de 2013

RED 2 (6d10)

Apenas tres años después de la adaptación del comic de Warren Ellis a cargo de Robert Schwentle llega ahora la continuación de RED, en la que repite todo el equipo original excepto el director (en este caso ocupa la silla Dean Parisot, cuya mayor gracia fue Dick y Jane, ladrones de risa, una de las comedias más flojas de Jim Carrey), incorporando además a nuevos invitados a la fiesta. 
Y es que eso es RED 2 (como ya lo era su antecesora): una fiesta. La excusa para reunir de nuevo a este pintoresco grupo de espías de la tercera edad (Bruce Willis, John Malkovich y Helen Mirren) es la información aparecida en Internet de una bomba atómica introducida en los ochenta en la antigua Unión Soviética. El rumor corre como la pólvora y todo el mundo quiere descubrir la verdad de la llamada operación Belladona. Todo contado, naturalmente, con el mismo desquiciante sentido del humor de la primera parte, consiguiendo así una estimulante y divertida película a la que se le puede perdonar perfectamente lo absurdo que pueda resultar en ciertos momentos su trama. Anthony Hopkins y Catherine Zeta-Jones son las nuevas caras de esta función, aunque podemos reconocer otros rostros secundarios como el del ninja de GI-Joe (Jong Kun Lee) o el Dum Dum Dugan del Capitán América, Neal McDonough, reconocible también por su paso por Mujeres Desesperadas. Diálogos ingeniosos, acción trepidante y, sobretodo, la química entre Willis y Malkovich son la mejor carta de presentación de RED 2, en la que ni siquiera desentona la habitualmente desquiciante Mary-Louise Parker, que interpreta de nuevo a la sobreprotegida novia de Willis. No vamos a buscar aquí una profundidad intelectual, ni una reflexión sobre la madurez ni nada parecido. Debemos tener claro que esto es un simple vehículo al cachondeo veraniego, una manera genial de pasar la tarde y echarse unas risas en buena compañía. Cuesta en ocasiones que actores de prestigio den la talla en comedias (que le pregunten a Nicholson o De Niro), pero cuando se junta tanto talento por narices debe surgir algo brillante, por más que en sus primeras secuencias Hopkins parezca un poco perdido.
Eso sí, como suele suceder con estas fiestas de amigos, estos encuentros de grandes estrellas que se juntan para discutir quien la tiene más larga, al estilo de la saga Ocean’s, Los Mercenarios o las próximas Fast & Furious 7 o Machete Kills, es mejor quedarnos con el recuerdo de lo bien que lo hemos pasado que tratar de reflexionar a posteriori sobre lo que acabamos de contemplar, si no queremos que las carencias que oculta su historia salgan a la luz.

Es para pasar el rato, y pasarlo muy bien, desde luego, pero poco más. Y es que a mí, personalmente, ni siquiera la parte más romántica (el desarrollo de la relación entre Willis y Parker) me molesta, hasta el punto que si me prometen una RED 3 me apunto de inmediato.  Y es que, con lo mal que empezó el año, Bruce Willis sigue siendo el más grande.