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domingo, 26 de noviembre de 2017

CdS: 1922, Thomas Jane se confirma como el seguidor de King definitivo

Podría parecer que Thomas Jane es un gran aficionado a la literatura de Stephen King. Puede que en realidad no haya leído jamás una novela del escritor, pero lo cierto es que, aparte de su interpretación de Punisher cinematográfico de 2004, sus trabajos más relevantes han sido adaptaciones del mismo: El cazador de sueños, La niebla y, ahora, 1922
, la segunda adaptación de King en manos de Netflix y que, como en el caso de El juego de Gerald, se ve muy beneficiada de los recursos de la plataforma de streaming
1922 es la adaptación de un relato breve, y su paso a largometraje no se ha visto afectada gracias, en gran medida, al soberbio trabajo de Jane. Aunque la ambientación y la trama suele ser la base de las historias de King, el deterioro mental y emocional del personaje de Jane se convierten en esta ocasión en el verdadero centro de la película, y su gran interpretación permiten sacar a flote una historia sin que se resienta por el alargamiento de la misma.
Wilfred James es un pobre hombre centrado solo en su granja y sus cultivos, por más que las mejores tierras pertenezcan a su esposa, que se muere de ganas por venderlas y mudarse a la ciudad. Este principio de conflicto los lleva a un distanciamiento irreparable que culmina con la amenaza por parte de ella de divorcio y abandono, hijo incluido. Esto supone un mazazo para Wilfred que decide que su única salida es matar a su esposa, convirtiendo a su hijo en cómplice. Pero el asesinato suele pasar factura, y los fantasmas de sus acciones lo atormentarán hasta el fin de sus días.
De nuevo una obra de King basada en la culpa y los remordimientos, en un ejercicio sobre el descenso a los infiernos de una mente enfermiza que en el caso de Thomas Jane se refleja en un deterioro físico y psicológico encomiable.
Una vez más tenemos que recordar que estamos ante un producto televisivo, por lo que no cabe esperar aquí una puesta en escena de gran lujosidad como si estuviésemos ante un producto diseñado para la gran pantalla, pero aun así el trabajo de Zack Hilditch es suficientemente eficiente para que la atmósfera enfermiza luzca como debe, convirtiendo la película en una pesadilla rural muy interesante, con sus imprescindibles toques macabros incluidos
No todo puede ser perfecto, y las subtramas flojean un poco, sobre todo cuando se alejan del personaje de Jane, pero con todo es de nuevo una propuesta muy recomendable para disfrutar del King más costumbrista que efectivista.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 27 de abril de 2015

SUPERPOLI EN LAS VEGAS (4d10)

Kevin James es uno de esos actores que caen en gracia sin necesidad de un talento interpretativo demasiado amplio, en la línea de otros patanes del humor como Adam Sandler (por cierto, productor de este film) o Will Ferrer y cuyo éxito se debe más a la necesidad de cierto público de buscar una vía de escape en un cine cómico extremadamente facilón y de escasas pretensiones. James es, además, un tipo gordo, y lejos de acomplejarse por ello, ha convertido dicha característica en una especia de marca de la casa, haciendo que casi todos sus personajes giren en torno a esa cuestión.
Si nos paramos a revisar su filmografía descubriremos que lo más reconocible en ella son patochadas al estilo Niños Grandes y su secuela, Zooloco y, por descontado, Superpoli de Centro Comercial, una especie de burla zafia e insultante del John McCaine de Jungla de Cristal subido en un Segway, esos curiosos vehículos de dos ruedas muy empleado por guardias de seguridad. Si a ello le sumamos que el director del invento es un tal Andy Fickman cuya mayor gloria fue Papá por sorpresa y otras banalidades de la subdivisión más infantiloide de la Disney podemos imaginar a qué tipo de film nos enfrentamos.
Superpoli en Las Vegas es una película espantosamente mala, tal y como lo era su predecesora Superpoli de Centro Comercial, cuyas únicas premisas sean las de burlarse de la profesión de agentes de seguridad (que no tienen nada de policías reales, aunque es curioso que los que motivan dicha burla sean también agentes de seguridad, aunque más guapos y molones, eso sí) y de la propia torpeza del personaje al que da vida James. Por supuesto, para distinguir que estamos ante una comedia blanca para todos los públicos en lugar de una gamberrada soez al estilo Apatow, hay un presunto mensaje intrínseco con la relación paterno filial con su hija Maya y una no historia romántica de fondo que, bien llevada, podría haber dado bastante juego.
Con la excusa de un robo de piezas de arte en un gran hotel de Las Vegas, la película es una simplería que ahonda en la nada más absoluta, aunque hay que reconocerle un mérito: posiblemente consciente de sus propias carencias no pierde apenas tiempo en momentos supuestamente reflexivos ni se complica mucho en la acción, apostando siempre por el humor como base para hacer funcionar el film, machacando constantemente al espectador con un gag tras otro de manera que, al final, resulta imposible no encontrar algo que termine por hacer gracia.
Si ponemos nuestro nivel de exigencia en el listón más bajo, la película puede llegar a entretener, siempre que ver a un  gordo pegándose porrazos y metiendo la pata de la manera más estúpida sea lo que nos va. Kevin James no hace mal lo poco que se le exige, Neal McDonough cumple en su papel de villano y Eduardo Verástegui y Daniella Alonso encajan a la perfección en sus estereotipos prefabricados como los guapos de la función. Y alguna pelea está suficientemente bien filmada como para despertarnos del hastío (ese enfrentamiento entre los dos grupos en un pasillo recordando la, por otro lado bochornosa, pelea callejera al final de El Caballero Oscuro: la leyenda renace).
Poco más se le puede sacar a una película mínimamente entretenida que provoca alguna sonrisa aislada y que puede ser recomendable para una tarde lluviosa de domingo atrincherados en el sofá de casa, siempre que seamos conscientes de la tontería que vamos a ver.

lunes, 12 de agosto de 2013

RED 2 (6d10)

Apenas tres años después de la adaptación del comic de Warren Ellis a cargo de Robert Schwentle llega ahora la continuación de RED, en la que repite todo el equipo original excepto el director (en este caso ocupa la silla Dean Parisot, cuya mayor gracia fue Dick y Jane, ladrones de risa, una de las comedias más flojas de Jim Carrey), incorporando además a nuevos invitados a la fiesta. 
Y es que eso es RED 2 (como ya lo era su antecesora): una fiesta. La excusa para reunir de nuevo a este pintoresco grupo de espías de la tercera edad (Bruce Willis, John Malkovich y Helen Mirren) es la información aparecida en Internet de una bomba atómica introducida en los ochenta en la antigua Unión Soviética. El rumor corre como la pólvora y todo el mundo quiere descubrir la verdad de la llamada operación Belladona. Todo contado, naturalmente, con el mismo desquiciante sentido del humor de la primera parte, consiguiendo así una estimulante y divertida película a la que se le puede perdonar perfectamente lo absurdo que pueda resultar en ciertos momentos su trama. Anthony Hopkins y Catherine Zeta-Jones son las nuevas caras de esta función, aunque podemos reconocer otros rostros secundarios como el del ninja de GI-Joe (Jong Kun Lee) o el Dum Dum Dugan del Capitán América, Neal McDonough, reconocible también por su paso por Mujeres Desesperadas. Diálogos ingeniosos, acción trepidante y, sobretodo, la química entre Willis y Malkovich son la mejor carta de presentación de RED 2, en la que ni siquiera desentona la habitualmente desquiciante Mary-Louise Parker, que interpreta de nuevo a la sobreprotegida novia de Willis. No vamos a buscar aquí una profundidad intelectual, ni una reflexión sobre la madurez ni nada parecido. Debemos tener claro que esto es un simple vehículo al cachondeo veraniego, una manera genial de pasar la tarde y echarse unas risas en buena compañía. Cuesta en ocasiones que actores de prestigio den la talla en comedias (que le pregunten a Nicholson o De Niro), pero cuando se junta tanto talento por narices debe surgir algo brillante, por más que en sus primeras secuencias Hopkins parezca un poco perdido.
Eso sí, como suele suceder con estas fiestas de amigos, estos encuentros de grandes estrellas que se juntan para discutir quien la tiene más larga, al estilo de la saga Ocean’s, Los Mercenarios o las próximas Fast & Furious 7 o Machete Kills, es mejor quedarnos con el recuerdo de lo bien que lo hemos pasado que tratar de reflexionar a posteriori sobre lo que acabamos de contemplar, si no queremos que las carencias que oculta su historia salgan a la luz.

Es para pasar el rato, y pasarlo muy bien, desde luego, pero poco más. Y es que a mí, personalmente, ni siquiera la parte más romántica (el desarrollo de la relación entre Willis y Parker) me molesta, hasta el punto que si me prometen una RED 3 me apunto de inmediato.  Y es que, con lo mal que empezó el año, Bruce Willis sigue siendo el más grande.