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sábado, 28 de octubre de 2017

THOR RAGNAROK, entre lo ridículo y lo divino.

Entre las eternas discusiones entre aficionados de cómic de DC y Marvel arece que siempre ha habido el mismo reproche hacia “la Casa de las Ideas”, y era su (a veces) descontrolado sentido del humor. 
Obviando siempre las películas de El Capitán América (apenas había chistes en El soldado de Invierno y Civil War, quitando la batalla del aeropuerto, tiene un importante cariz dramático), es cierto que en Marvel han apostado más por el desenfado y la diversión, alcanzando sus cotas más altas (hasta ahora) con Los Guardianes de la Galaxia.
En Thor Ragnarok han decidido no solo seguir en la misma línea sino dar incluso un paso más, alcanzando unas cotas de ridículo absurdo que no existían hasta ahora en Marvel y que pueden incluso ofender al fan más seguidor del Dios del Trueno. Es cierto que se mantienen todas las señas de identidad de la casa: hay peleas espectaculares, épica y diversos puntos de conexión con otras películas para recordarnos que estamos en un Universo Compartido, pero lo han hecho desmitificando a los héroes y con unos insospechados niveles de autoparodia que rozan la irreverencia.
El gran responsable de ello, sin duda, es Taika Waititi, el director, que pese a no estar acreditado como guionista sin duda ha impuesto su estilo y ha marcado las directrices en cuanto a la línea a seguir para el desarrollo de personajes. Y esto es otro cambio en Marvel. 
Hasta ahora habían apostado por directores jóvenes de estilos personales pero escasa trayectoria, a los que había terminado por manejar y modelar a su antojo, despojándolos de esas señas de identidad por las que lo habían contratado, y el fiasco de Edgar Wright en Ant Man es buena prueba de ello. Con Waititi, autor de las interesantes Lo que hacemos en las sombras y A la caza de los ñumanos, parece claro que le han dado rienda suelta para hacer lo que le ha dado la gana y, a juzgar por el resultado, desde luego que lo ha hecho.
Ya con los carteles y las primeras imágenes se auguraba una locura visual, e incluso esos dos avances llamados Team Thor indicaban por donde iban a ir los tiros, pero nadie podía imaginarse que todo iba a ser tan desquiciante y exagerado. Waititi no reniega, ni mucho menos, de los trabajos anteriores de Kenneth Branagh ni Alan Taylor, atando los cabos sueltos (de manera muy superficial, todo hay que decirlo) con el final de Los Vengadores: la era de Ultron. Así, Thor Ragnarok continúa la búsqueda de Thor por descubrir el significado de esos sueños premonitorios que en el film de Josh Wedon le provoca Wanda hasta llegar a la conclusión de que el Ragnarok, el fin del mundo de la mitología nórdica, está a punto de destruir su Asgard natal. La llegada de Hela, la Diosa de la Muerte, y su periplo en el planeta Saakar, donde se encuentra, también en consonancia con el final de La era de Ultron, con Hulk, le indicarán los pasos a seguir.
Waititi, como digo, construye su película sin renunciar a ser un peldaño más en la escalera del Universo Marvel que nos debe conducir a La Guerra del Infinito, pero no parece tampoco que esté tan atado a ello como para que su producto no tenga identidad propia, amparándose para ello en un montón de cómics a los que hace referencia directa, como Planeta Hulk, Contienda de Campeones o la propia saga de Ragnarok de la colección del Dios Nórdico. En lo que no es tan fiel Waititi es en el trato de los personajes, haciendo que tanto Thor como Hulk parezcan, por momentos, dos perfectos imbéciles. Peleas infantiles, caídas por escaleras, pelotazos en la cara... Situaciones absurdas impropias de unos héroes de este talante.
Dice el propio Waititi que casi el ochenta por ciento de la película se basó en improvisaciones, y el propio Mark Ruffalo no podía entender que les permitiesen llevar a los protagonistas a ese nivel, esperando durante todo el rodaje una llamada telefónica que los despidiera a todos. Pero, visto lo visto, Marvel decidió arriesgar y permitir todo lo que Waititi ha querido hacer y, sorprendentemente, la cosa funciona.
Podría haber sido un desastre, y estoy convencido de que muchos fans así lo pensarán y se tirarán de los pelos viendo la aberración que han hecho con sus héroes, pero una vez más hay que recordar que las películas no se hacen pensando en los cuatro frikis que leemos cómics, sino en el público general, y este va a quedar encantado con Thor Ragnarok.
Con un aroma que recuerda a Los Guardianes de la Galaxia, vol. 2, unos escenarios que parecen sobrantes de Star Wars (aunque algo de Blade Runner 2049 también hay) y mucha locura, Thor Ragnarok se pone al fin al servicio del Dios el Trueno para convertirlo en el absoluto protagonista, pese a los secundarios con los que forma equipo, y culminar su trilogía a lo grande. Este puede parecer el Thor más payaso de los tres que hemos visto hasta ahora, pero también el que al fin logra llegar a su evolución final y aspirar a ser el rey que Asgard necesita. Para ello Waititi ha contado con unos actores entregados y donde (una vez más) sobresale Tom Hiddleston, con una gran villana encarnada por Cate Blanchett cuya presencia sabe a poco y un histriónico Jeff Goldblum divertidísimo. Tengo alguna cosilla que echar en cara a Waititi, como la muerte demasiado ligera de ciertos personajes, la ausencia de otros o la aparición casi gratuita de Skurge, pero parece claro que todo vale en pos de la diversión, y si es esto lo que debemos valorar nadie le puede negar a Thor Ragnarok que es exageradamente divertida.
Al final, lo miremos como lo miremos, las virtudes superan con creces los defectos, y la película consigue ser todo lo que se propone, una locura desquiciantemente tronchante, capaz de elevar el interés hacia un héroe que todavía no lo había dado todo en el cine, mediante una fórmula que, aunque pueda no parecerlo a simple vista, innova mucho con respecto al llamado “método Marvel”, llegando a ser una apuesta realmente arriesgada y valiente.
No es, desde luego, la mejor película que ha hecho hasta la fecha Marvel, pero sí una de las más locas y divertidas, y aunque yo mismo estoy tratando todavía de salir del estupor que me ha provocado debo terminar por rendirme (no sin alguna objeción) a ella.. Y eso, tras dieciséis películas, no es fácil de conseguir. De momento, y contra todo pronóstico, la llama sigue viva. Y el camino hacia La Guerra del Infinito es cada vez más corto.
Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 7 de agosto de 2017

TRANSFORMERS, EL ÚLTIMO CABALLERO. Tan ridícula y cansina como cabría esperar.

Hace ya tiempo que se intuye que la saga de Transformers está agotada. A mi personalmente ya no me entusiasmó la primera, aunque al menos era un entretenimiento digno, pero desde entonces la cosa ha ido a peor, pareciendo que se tocaba fondo con esa locura que era Transformers: La era de la extinción.
Sin embargo, con Transformers: El último caballero, Michael Bay ha conseguido superarse a sí mismo y rellenar dos horas y media de explosiones, persecuciones, chistes malos, chicas escotadas y más explosiones. Todo ello, en medio del sinsentido más absoluto.
Parece, en su arranque, que esta vez se pretende contar una historia de verdad, con sus subtramas y todo. Hay traiciones, hay un héroe caído en busca de redención y hay mitología artúrica. ¿Qué podría salir mal? Pues, sinceramente, no lo sé. Es tan extasiantemente aburrida e incoherente que el verdadero mérito es conseguir no quedarse dormido viéndola, una vez el cerebro se acostumbra a los ruidos y la música alta.
No pienso quitarle méritos a Bay, pues como director sigue siendo uno de los grandes y eso se nota. La cuidada puesta en escena le permite hacer planos de verdadero lucimiento y la factura del film es impecable, así como el esfuerzo de alguno de sus protagonistas, en concreto Mark Wahlberg, que al menos aporta carisma, y Anthony Hopkins, que se lo toma más en serio de lo que cabría suponer.
Tras los acontecimientos de las anteriores películas (que no voy a resumir aquí porque las olvidé apenas finalizaron), el gobierno ha declarado la guerra a todos los Transformers, incapaz de saber distinguir entre los buenos y los malos. ¿Un apunte en contra de la discriminación selectiva y el gobierno totalitario de Trump? Si es así, se esfuma rápido.
Se nos cuenta, además, que los Transformers han estado en la Tierra desde siempre, siendo admirados por Shakespeare y habiendo, incluso, provocado la muerte de Hitler. Un desparrame que podría haber propiciado una buena comedia si Bay estuviese más dispuesto a reírse de sí mismo. Pero no. Aún con mucho humor (del malo), la película busca la épica y la grandeza, resultando por ello ridícula y con una sensación de que seguimos viendo lo mismo después de más de diez horas de aventurillas entre Decepticons y Autobots (o algo así). Dicen los que buscan algo de consuelo que la media hora final es muy emocionante y visualmente brutal, pero tras dos horas del vacío más absoluto llegué a esa parte tan sumamente agotado que ya me daba igual todo, no pudiendo disfrutar de lo que Bay me pudiera ofrecer.
Por en medio, las peores y más terribles gracietas que he visto nunca, el machismo retrogrado de siempre (sí, la protagonista tiene varios doctorados, pero en la propia peli señalan el hecho de que viste como una stripper), y el descaro de apuntarse a la moda de las heroínas juveniles con un personaje que arece fotocopiado de la Rey de Star Wars.
Claro que se podría decir que cuando algo funciona, ¿para qué cambiarlo? Y si la nefasta cuarta entrega arrasó en taquilla… Para bien o para mal los resultados de esta tontada artúrica (que dará mucho dinero, eso que nadie lo dude) han evidenciado un bajón importante. A ver si eso frena esa oleada infinita de secuelas, precuelas y spin off que se nos venía encima, aunque el final de esta ya augura más continuaciones. O, al menos, que Bay descanse un poco y deje el asunto en manos de otro capaz de innovar.
Pero, no sé porqué, me temo que todo va a seguir igual. Seguiremos bostezando…

Valoración: cuatro sobre diez.

lunes, 25 de julio de 2016

PREMONICIÓN: aceptable sucedáneo de Seven.

Cuentan que tras el gran éxito de crítica y taquilla de Seven en 1995 los productores se pusieron de inmediato manos a la obra para trabajar en una secuela. El resultado parece ser que es el guion de esta Premonición, en la que el personaje encarnado por Morgan Freeman resultaba tener poderes mentales que lo ayudaban a resolver el siguiente caso. Afortunadamente algo de control creativo quedó sobre David Fincher que se horrorizó con la idea y logró frenar el proyecto.
Ahora, más de dos décadas después, la película se ha hecho realidad, aunque totalmente desvinculada de los míticos personajes a los que dieron vida Freeman y Brad Pitt.
Anthony Hopkins interpreta a John Clancy, un vidente que vive aislado del mundo acosado por los fantasmas de su pasado (la muerte de su hija y el abandono de su mujer) al que la policía debe recurrir de nuevo para tratar de detener a un asesino en serie que los tiene totalmente desconcertados.
El esquema básico de pareja de investigadores que la propia Seven promovía se convierta ahora en trío cuando el agente Joe Merriwether, amigo desde hace años de Clancy, le obliga a colaborar con la joven y escéptica  Katherine Cowles (Abbie Cornish), creando un ambiente de animadversión mutua inicial que derivará, como era previsible, en una relación paterno filial.
Puede que en los arranques del film los esfuerzos del inexperto director Afonso Poyart por realizar un ejercicio visual efectivo inviten a injustas comparaciones con un David Fincher a todas luces inalcanzable, pero a medida que la narración te va atrapando y logras olvidarte completamente de Seven la película se revela como un interesante thriller, quizá con un esquema algo noventero (algo así sucedía con la reciente El secreto de una obsesión). Así, Poyart se esfuerza por dotar de dinamismo visual a una historia interesante de la cual quizá el tráiler nos había revelado demasiado pero que más allá del clásico conflicto entre buenos y malos propone una reflexión sobre quienes son en realidad los buenos y los malos. ¿Es el odio, como suele ser habitual en estos casos, lo que impulsa al villano de la función al que pone rostro Colin Farrell, o es más bien el amor? ¿Acaso no haríamos lo mismo que él nosotros mismos de encontrarnos en su situación y con sus poderes? Este es el trasfondo de Premonición, y lo que la diferencia de un capítulo más de las muchas series de televisión que abordan personajes similares.
No esperaba salir del cine con un tema de debate en la cabeza, y aunque tampoco es que estemos hablando de una profundidad reflexiva como para lanzar cohetes, en los tiempos que corren que un film te invite a reflexionar sobre algo (y de una u otra manera llevo ya tres seguidos) no es moco de pavo.
Como thriller policíaco, Premonición es una película interesante, bien filmada y con buenos actores, aunque sin demasiadas armas como para desmarcarse de la media del género. Es este punto de dualidad en su supuesta maldad lo que le da un pequeño aliciente. No es lo bastante como para que sea una gran película, pero al menos si consigue que las dos horas invertidas en su visionado valgan la pena.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 6 de abril de 2014

NOÉ (6d10)

Me decía el otro día un amigo: “Noé tiene pinta de ser un peliculón, ¿no?”. “Con ese director, creo que puede ser un poco rara”, le contesté.
No me equivoqué. Sin llegar a los extremos de los primeros títulos de Darren Aronofsky como Pi o Réquiem por un sueño, el guion que el realizador neoyorquino ha firmado a medias con Ari Handel contiene algunas rarezas sorprendentes que amenazan con sacar al espectador de la película, sobretodo en su primera mitad.
Se trata, naturalmente, de una adaptación de un texto bíblico, con las complicaciones que ello conlleva, pero aun teniendo en cuenta que la Biblia es un conjunto de cuentos y metáforas que no deben tomarse literalmente, Aronofsky ha añadido suficiente elementos de su propia cosecha como para confundir al más pintado, como la presencia de los Vigilantes (ángeles caídos) que ayudan a Noé en la construcción del arca, que parecen una combinación de los Comepiedras de La Historia Interminable y los Erts de El Señor de los Anillos y que muy sabiamente los productores han ignorado en los tráileres pues podrían haber asustado a muchos posibles espectadores, sobre todo del lado más conservador. Tampoco el diseño de vestuario es muy acertado, aparte de que pululan por doquier extraños elementos mitológicos como seres cuadrúpedos de pelaje alado o el uso de piedras brillantes que producen fuego.
Así pues, no son los Milagros lo más increíble de esta historia.
Por otro lado, aparte de los momentos más oníricos correspondientes a los sueños de Noé, hay cierto clasicismo épico en la narración que convierten a Noé, paranoias aparte, en la apuesta más comercial del director de Cisne Negro.
Con un Russell Crowe soberbio en su interpretación de Noé, la historia arranca con un breve prólogo donde vemos el asesinato de su padre Lamech en manos de Tubal-cain, el villano de la historia y representante del mal que simbolizan los hombres que han provocado el desprecio de Dios (aunque luego se colocan en su boca interesantes diálogos que invitan a la reflexión). Rápidamente se pasa a un Noé ya adulto y con familia que recibe en sueños un mensaje de Dios que no es capaz de interpretar del todo y acude en busca de consejo a su abuelo Matusalén (Anthony Hopkins), encontrándose por el camino a una niña malherida a la que recoge. Inmediatamente comienza a construir el arca junto a su familia y los Vigilantes y, tras un leve enfrentamiento con el pueblo cercano reinados por Tubal-cain y la aparición de miles de animales que se acomodan tranquilamente en el interior del arca, llega el diluvio y comienza el espectáculo.
Todo esto sucede sorprendentemente rápido e invita a preguntar qué diablos va a suceder en el resto de las dos horas y media que dura la película, pero un breve vistazo al reloj revela que ya se ha consumido la mitad del metraje, con lo que se puede decir que la principal virtud del film es que es sumamente entretenido y el espectáculo visual se impone sobre los defectos del film, que también los hay. Y al final ha pasado volando.
Veinticuatro horas he tardado en empezar a escribir este comentario. Una especie de jornada de reflexión que me he autoimpuesto antes de decidir cómo valorar la película, si lo que me había entretenido compensaba con las “fumadas” (si me permiten la expresión) del señor Aronofsky. Y he llegado a la conclusión de que sí, me ha gustado. No es una maravilla. No la conservaré en mi memoria como una obra maestra, pero  la película es francamente entretenida, con grandes actuaciones (Jennifer Connery y Emma Watsonestán también muy bien, los chicos ya son harina de otro costal).
Aronofsky ha querido conjugar el cine más comercial con escenas espectaculares con momentos de gran espiritualidad y reflexión interna. Tanto es así que el diluvio como tal termina resultando algo secundario ante lo que de verdad es el quid de la cuestión, el dilema interno de Noé entre seguir los dictados del Creador o actuar según su propio corazón. Es en este punto en el que la película deriva hacia el drama con una versión muy particular del abandono de Cam (Aronofsky ha aprovechado lo escueta que es la Biblia en ciertos puntos para inventar situaciones y subtramas a su antojo) y donde son los actores lo que realmente sostienen la película, que –si me permiten el chiste fácil- amenaza con andar a la deriva en ciertos momentos, rozando incluso el ridículo con la explicación metida con calzador de la creación del mundo en mitad del film (como si de un arrebato de genialidad a lo Terence Malik se tratara), compensado con otras situaciones brillantes como el uso de la canción que se canta en uno de los momentos cumbres de la historia.
Noé no es completamente fiel a la Biblia y eso enfadará a muchos cristianos. Tampoco es ajena al discurso de la existencia de Dios y a la fina línea que separa la Fe del fanatismo, lo cual puede provocar las burlas de los ateos. Y reinventa demasiado como para no ofender a los historiadores. Pero pese a todo, no merece la catalogación de polémica, sino más bien, como comencé diciendo, de rara.
No es la mejor película de Aronofsky, desde luego (adoro Cisne Negro). Tampoco la peor. Como experimento, puede que sea algo fallida, pero como mero entretenimiento funciona a la perfección y hay momentos de gran espectacularidad.
No sé si es lo que se esperaba de ella, pero se disfruta con agrado e invita en ciertos momentos a la reflexión. Y casi hasta se hace corta. No creo que se deba pedir mucho más teniendo en cuenta que ha habido varios montajes y cortes por exigencias de la productora y quizá nunca sepamos hasta donde habría llegado Aronofsky si le hubieran dejado a su antojo.

En breve llegará el Exodus de Ridley Scott sobre la huida de Moisés de Egipto. Las comparaciones serán inevitables.

viernes, 15 de noviembre de 2013

THOR, EL MUNDO OSCURO (7d10)

Aun después de siete películas continúo quitándome el sombrero ante la maravillosa y arriesgada fórmula elegida por Marvel Studios para trasladar a la pantalla grande sus más celebres personajes (o por lo menos aquellos de los que mantienen sus derechos).
Como si de los propios comics se tratara han construido un Universo propio gracias al cual no solo encontramos referencias de unas películas a otras sino incluso cameos de sus actores para regocijo de fans.
En este panorama, Thor, el mundo oscuro forma el segundo eslabón de la cadena que nos conducirá hasta Los Vengadores: la era de Ultrón, situándose cronológicamente justo tras los sucesos de Los Vengadores y, por lo tanto, a la par de Iron Man 3. Además, en ella se dan pistas que no voy a revelar aquí sobre Guardianes de la Galaxia, que llegará justo a continuación de Capitán América: el Soldado de Invierno. Para rizar más el rizo algo de lo que en esta película sucede tendrá consecuencias (como pasará también en la segunda aventura del Capi) en la serie de televisión de Shield.
Pero centrándonos solo en este film lo primero que destaca es que los mandos han cambiado de manos. La ausencia de Kenneth Branagh en la silla de dirección implica un distanciamiento al tono shakesperiano que tan al dedo iba para definir la relación amor/odio entre Thor y su padre Odín, restando brillo a la magnífica Asgard vista en la primera película, aunque la experiencia de su sustituto, Alan Taylor, como realizador de diversos capítulos de Juego de Tronos se traduce en un mejor dominio de la narrativa bélica. Obviamente, Taylor está más interesado en la acción pura y dura que en las intrigas de palacio, y es que el conflicto que Branagh nos mostró entre Thor, Odín y Loki ya ha quedado atrás. El Dios del trueno ha madurado y es ahora un digno heredero del padre de todos, mientras que los sucesos de Nueva York narrados en Los Vengadores han dejado a Loki en una  situación de no retorno, encarcelado y repudiado por su propio padre.
Tampoco es necesario perder tiempo con la relación entre Thor y Jane Foster, pues una vez reencontrados podrán reanudar su amor interrumpido tras la marcha de Thor al final de la primera película (ahora sabemos que tras la destrucción del Bifröst ha estado recorriendo los Nueve Reinos para restaurar la paz) mientras forman alianza para salvar Midgard y, posiblemente, el universo entero.
Y de eso precisamente trata Thor, de las alianzas. Mucho más coral que otras películas Marvel el hijo de Odin deberá recurrir a la ayuda de sus compañeros de armas, Fandral, Volstagg, Heimdall (Hogun se mantiene en esta ocasión en un segundo plano), y la enamorada Sif (Jaimie Alexander, verdadera fémina de la película, mucho más interesante que una desganada Natalie Portman) por un lado, contará de nuevo con la colaboración terrestre del profesor Erik Selvig, Darcy y la propia Jane (a quien se les une un nuevo personaje, el becario Ian), mientras que uno de los puntos álgidos del film será la necesidad de tener que confiar en su traicionero hermanastro Loki.
Olvidados los Hombres de Hielo, los villanos en esta ocasión volverán a ser originarios de la mitología asgardiana: los Elfos Oscuros, una raza tan antigua como la existencia misma que ya fueron derrotados en el pasado por el padre de Odín, Bor, y que tratarán de nuevo de extender su oscuridad por todo el universo, siempre comandados por el pérfido Malekith. Es en este punto donde encontremos quizá lo más flojo de Thor, el mundo oscuro, pues tanto el origen como las motivaciones de Malekith y su raza queda bastante desdibujada, obligándonos a afrontar el hecho de que son los malos de la historia sin darle más vueltas.
Con Christopher Eccleston en el papel de villano, el resto del elenco es prácticamente el mismo que en la primera parte, con Chris Hemsworth totalmente amoldado al papel y un Tom Hiddleston que de nuevo es lo mejor de la película, logrando que su Loki, pese a contar con menos metraje que en Thor o en Los Vengadores, vuelva a ser la estrella de la función. Solo Natalie Portman parece desentonar con una actuación más floja de lo que nos tiene acostumbrados, quizá debido a sus discrepancias iniciales con la productora por la elección del director o que, simplemente, tras su merecido Oscar por Cisne Negro ha aprendido a actuar con el piloto automático puesto en estas producciones que si bien le van a llenar los bolsillos no van a proporcionarle premios ni alabanzas por mucho que se esfuerce. O a lo mejor simplemente es que su papel no da para más porque esta vez, por encima de todo, lo importante es la aventura. Hay drama, desde luego, vuelven los conflictos familiares e incluso alguna muerte que no es cuestión de desvelar ahora, pero lo más destacado de esta secuela es que Thor, por fin, en Thor. No tiene que adaptarse a Midgard, como le sucediera en la primera parte, o a sus nuevos aliados, como fue el caso de Los Vengadores. Ahora, al fin, vemos al superhéroe dándolo todo en el campo de batalla, volando, peleando y lanzando el martillo como los lectores de los cómics llevan tiempo esperando. Además, el detalle de trasladar la acción del ya sobradamente machacado Nueva York hasta Londres (un Londres, por cierto, menos tópico de lo habitual en Hollywood) imprime un nuevo soplo de aire fresto.
Por eso, pese a alguna carencia argumental, Thor, en el mundo oscuro, es un disfrute total, con mucha acción pero muy bien gestionada y un humor que no puede faltar en las producciones Marvel perfectamente incorporado al ritmo narrativo.
Chris Hemsworth (el más desconocido de los actores que conforman la plantilla de héroes de Marvel) es, definitivamente, Thor, y –tal y como pasa con su compañero de fatigas Robert Downey Jr.- no es posible ya imaginar al futuro rey de Asgard con otro rostro.

Thor: larga vida al rey. Larga vida al Vengador.

lunes, 12 de agosto de 2013

RED 2 (6d10)

Apenas tres años después de la adaptación del comic de Warren Ellis a cargo de Robert Schwentle llega ahora la continuación de RED, en la que repite todo el equipo original excepto el director (en este caso ocupa la silla Dean Parisot, cuya mayor gracia fue Dick y Jane, ladrones de risa, una de las comedias más flojas de Jim Carrey), incorporando además a nuevos invitados a la fiesta. 
Y es que eso es RED 2 (como ya lo era su antecesora): una fiesta. La excusa para reunir de nuevo a este pintoresco grupo de espías de la tercera edad (Bruce Willis, John Malkovich y Helen Mirren) es la información aparecida en Internet de una bomba atómica introducida en los ochenta en la antigua Unión Soviética. El rumor corre como la pólvora y todo el mundo quiere descubrir la verdad de la llamada operación Belladona. Todo contado, naturalmente, con el mismo desquiciante sentido del humor de la primera parte, consiguiendo así una estimulante y divertida película a la que se le puede perdonar perfectamente lo absurdo que pueda resultar en ciertos momentos su trama. Anthony Hopkins y Catherine Zeta-Jones son las nuevas caras de esta función, aunque podemos reconocer otros rostros secundarios como el del ninja de GI-Joe (Jong Kun Lee) o el Dum Dum Dugan del Capitán América, Neal McDonough, reconocible también por su paso por Mujeres Desesperadas. Diálogos ingeniosos, acción trepidante y, sobretodo, la química entre Willis y Malkovich son la mejor carta de presentación de RED 2, en la que ni siquiera desentona la habitualmente desquiciante Mary-Louise Parker, que interpreta de nuevo a la sobreprotegida novia de Willis. No vamos a buscar aquí una profundidad intelectual, ni una reflexión sobre la madurez ni nada parecido. Debemos tener claro que esto es un simple vehículo al cachondeo veraniego, una manera genial de pasar la tarde y echarse unas risas en buena compañía. Cuesta en ocasiones que actores de prestigio den la talla en comedias (que le pregunten a Nicholson o De Niro), pero cuando se junta tanto talento por narices debe surgir algo brillante, por más que en sus primeras secuencias Hopkins parezca un poco perdido.
Eso sí, como suele suceder con estas fiestas de amigos, estos encuentros de grandes estrellas que se juntan para discutir quien la tiene más larga, al estilo de la saga Ocean’s, Los Mercenarios o las próximas Fast & Furious 7 o Machete Kills, es mejor quedarnos con el recuerdo de lo bien que lo hemos pasado que tratar de reflexionar a posteriori sobre lo que acabamos de contemplar, si no queremos que las carencias que oculta su historia salgan a la luz.

Es para pasar el rato, y pasarlo muy bien, desde luego, pero poco más. Y es que a mí, personalmente, ni siquiera la parte más romántica (el desarrollo de la relación entre Willis y Parker) me molesta, hasta el punto que si me prometen una RED 3 me apunto de inmediato.  Y es que, con lo mal que empezó el año, Bruce Willis sigue siendo el más grande. 

viernes, 22 de febrero de 2013

HITCHCOCK* (5d10)

Cuando se pretende realizar un biopic sobre uno de los más célebres e influyentes directores de la historia del cine lo menos que se puede hacer es pretender que su historia esté a la altura del personaje y que sea dirigida por alguien con unas capacidades demostrables para acercarse al menos al perfil del artista. Cuando en 1992 Sir Richard Attenbough acometió su biografía de Chaplin indagó en los recovecos de la mente de ese personaje que para el gran público no pasaba de ser un comediante con traje y bombín y bigotillo a lo Hitler, y gracias además, al impresionante trabajo de Robert Downey Jr. la película resultó un excelente ejercicio para acercarse a la personalidad del genial actor y director. Más fácil lo tuvo un par de años más tarde Tim Burton para descubrirnos a todos al que estaba considerado el peor director de la historia del cine, Ed Wood, en otra brillante recreación del Hollywood dorado y, Johnny Deep mediante, destripar una mente enfermiza y torturada del que apenas sabíamos nada aparte de su espantosa herencia fílmica. En el título que nos ocupa hoy, sin embargo, nada hay que pueda compararse a esas dos obras geniales que he citado. Ni el director Sacha Gervasi ni su actor protagonista, Anthony Hopkins, están a la altura de lo esperado, siendo los principales culpables de una película que se prometía interesante y termina flojeando más que un telefilm de sobremesa. Claro que eso es lo más fácil cuando el director debuta en ente oficio, después de que lo más destacado de su trayectoria en Hollywood sea el libreto de La Terminal, se Spielberg. Así, su dirección resulta plana y el ritmo de la acción es lento y soporífero, dando la sensación de no saber en ningún momento sacar partido del magnífico reparto que le han puesto entre manos. Sobre Hopkins, no voy a dudar aquí de su capacidad interpretativa – ¿qué duda cabe de que se trata de uno de los mejores actores que existen?-, pero o bien no se llega a creer nunca el personaje o la abusiva cantidad de maquillaje que le cubre el rosto le impide no ya interpretar con brillantes sino simplemente gesticular lo más mínimo (posiblemente ni andar siquiera, ya que apenas hay escenas de cuerpo entero del orondo director). Un maquillaje, por cierto, que ronda la caricatura y que recuerda más a productos patrios como Muchachada Nui o el clásico Força Barça de Alfonso Arús que a una superproducción de cine. Quizá el error haya sido buscar un gran actor y querer convertirlo a la fuerza en un clon del británico Alfred, cuando lo mejor habría sido o bien conformarse con que el parecido fuese mínimo a cambio de ganar calidad interpretativa o restar esa calidad pero buscar a un actor menos de mayor semejanza. Sea como sea, el resultado final es el mayor desaprovechamiento de un gran artista que se pueda recordar.
Pero quizá el mayor responsable de la decepción sea el guionista,  John J. McLaughlin, que a partir de un libro de Stephen Rebello pierde el rumbo al enfrentarse a la vida de Hitchcock sin tener bien claro lo que quiere contar. Una vez más estamos ante una película que podía haber tomado dos rumbos diferentes, y que querer abogar por ambos a la vez hace que el resultado sea pobre y simple. No estamos ante una biografía completa de Hitch, no nos explican sus orígenes, sus motivaciones, su etapa británica o sus primeras películas, pero tampoco es un estudio profundo y reflexivo de una etapa concreta, centrándose más en una faceta de su vida que en el conjunto, como trató de hacer con mayor fortuna Simon Curtis en Mi semana con Marilyn. La idea de centrarse más en el rodaje de Psicosis que en la vida de Alfred Hitchcock podría haber resultado adecuada si al salir de la proyección hubiésemos descubierto los secretos de dicho rodaje, pero tampoco es así, pues tras hora y media de película lo único que sacamos en claro es la obsesión del director por sus actrices (por amarlas y maltratarlas), sus desavenencias con una parte de la productora que no creían en el proyecto y la influencia de Alma Reville en él. Poca cosa para un personaje tan interesante y complicado, cuyas principales anécdotas reflejadas en el film son tan populares que es difícil que el cinéfilo medio descubra nada nuevo que le pueda sorprender.
Pese a todo, la película no es un despropósito total, claro está. El resto del reparto es tan impresionante que hacen subir el nivel de la media con su sola presencia, pero precisamente por ello se queda uno con la sensación de que con muy poquito esfuerzo se podría haber logrado algo mucho más interesante. No saber sacar apenas partido de la magnífica Hellen Mirren o el intenso Danny  Huston (¿qué tal si la película hubiese sido algo del tipo “Alfred y Alma” y se hubiese centrado más en la propia relación que en su faceta de director?), o permitir que Scarlett Johansson,  Jessica Biel o Tony Collette simplemente pasen por ahí, son errores casi imperdonables para el novato Gervasi que se ha estrenado en este mundillo con un proyecto que, desde el primer momento, le ha venido grande.

Habrá que esperar a que llegue a España la película para televisión The Girl, esta sí centrada en la relación entre Hitchcock (Tobey Jones) y Tippi Hedren (Sienna Miller) durante el rodaje de Los Pájaros, a ver si puede aportar algo nuevo a la figura tan conocida y desnudada hasta la saciedad del realizador de Con la muerte en los Talones.