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lunes, 30 de diciembre de 2019

6 EN LA SOMBRA

Ya defendí en su momento que una de las grandes ventajas de la producción fílmica de Netflix es la libertad creativa que esta da a sus autores. Buena cuenta de ello es la existencia de obras tan personales como RomaLa balada de Buster Scruggs o la reciente El irlandés. Otra cosa es que continuo sin tener claro como logran amortizar ciertos presupuestos desorbitados.
6 en la sombra es la producción más cara de la plataforma hasta la fecha (unos ciento cincuenta millones de presupuesto), todo para satisfacer al dios de las explosiones y los excesos.
Mezclar en una misma película los nombres de Michael Bay, Ryan Reynolds y los guionistas Paul Wernick y Rhett Reese (ZombielandDeadpool sus respectivas secuelas) es, como poco, sinónimo de grandes dosis de acción y diversión. Y, sin las manos atadas como les sucedería en cualquier productora tradicional.
6 en la sombra cuenta como un multimillonario se cansa de los abusos de poder y crea un grupo de mercenarios que, tras convertirse en «fantasmas», tratan de hacer del mundo un lugar mejor, empezando por liberar un país de un sádico dictador. Pero poco importa el argumento de una película donde no se deben encontrar profundos análisis de personajes ni diálogos especialmente inteligentes, más allá de los típicos golpes de gracia con aire de macarras ochenteros. Aquí lo que prima es la acción desenfrenada, la espectacularidad y el más difícil todavía.
Completamente desatado, Bay consigue su obra más gamberra y cafre, con todos los excesos propios de su filmografía resumidos en algo más de dos horas de completa locura. Absurda y a veces ridícula, sí, pero locura, al fin y al cabo.
Solo el larguísimo prólogo de la película basta para dejar en ridículo a toda la saga de Fast & Furious. A partir de ahí solo cabe esperar como superar el nivel de cafrería, con las explosiones más grandes y ruidosas, los desmembramientos más bestias y las muestras de testosterona (da igual que sea en manos de un hombre o una mujer) más ridículas.
6 en la sombra es una película para no tomarse en serio en ningún momento. Una colección de excesos, violenta y sádica, pero muy cachonda, que incluso supera en esos términos a la propia Deadpool, aunque con mucho mejor ritmo que las últimas de Transformers. Si se acepta como tal, podrá considerarse todo un descubrimiento del que solo cabe lamentar no poderla disfrutar en pantalla grande. Si se espera algo con un mínimo de inteligencia, esta no es vuestra película, desde luego.
6 en la sombra es puro rock’n’roll. Ni más ni menos. El cerebro mejor lo guardamos para otro momento.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 7 de agosto de 2017

TRANSFORMERS, EL ÚLTIMO CABALLERO. Tan ridícula y cansina como cabría esperar.

Hace ya tiempo que se intuye que la saga de Transformers está agotada. A mi personalmente ya no me entusiasmó la primera, aunque al menos era un entretenimiento digno, pero desde entonces la cosa ha ido a peor, pareciendo que se tocaba fondo con esa locura que era Transformers: La era de la extinción.
Sin embargo, con Transformers: El último caballero, Michael Bay ha conseguido superarse a sí mismo y rellenar dos horas y media de explosiones, persecuciones, chistes malos, chicas escotadas y más explosiones. Todo ello, en medio del sinsentido más absoluto.
Parece, en su arranque, que esta vez se pretende contar una historia de verdad, con sus subtramas y todo. Hay traiciones, hay un héroe caído en busca de redención y hay mitología artúrica. ¿Qué podría salir mal? Pues, sinceramente, no lo sé. Es tan extasiantemente aburrida e incoherente que el verdadero mérito es conseguir no quedarse dormido viéndola, una vez el cerebro se acostumbra a los ruidos y la música alta.
No pienso quitarle méritos a Bay, pues como director sigue siendo uno de los grandes y eso se nota. La cuidada puesta en escena le permite hacer planos de verdadero lucimiento y la factura del film es impecable, así como el esfuerzo de alguno de sus protagonistas, en concreto Mark Wahlberg, que al menos aporta carisma, y Anthony Hopkins, que se lo toma más en serio de lo que cabría suponer.
Tras los acontecimientos de las anteriores películas (que no voy a resumir aquí porque las olvidé apenas finalizaron), el gobierno ha declarado la guerra a todos los Transformers, incapaz de saber distinguir entre los buenos y los malos. ¿Un apunte en contra de la discriminación selectiva y el gobierno totalitario de Trump? Si es así, se esfuma rápido.
Se nos cuenta, además, que los Transformers han estado en la Tierra desde siempre, siendo admirados por Shakespeare y habiendo, incluso, provocado la muerte de Hitler. Un desparrame que podría haber propiciado una buena comedia si Bay estuviese más dispuesto a reírse de sí mismo. Pero no. Aún con mucho humor (del malo), la película busca la épica y la grandeza, resultando por ello ridícula y con una sensación de que seguimos viendo lo mismo después de más de diez horas de aventurillas entre Decepticons y Autobots (o algo así). Dicen los que buscan algo de consuelo que la media hora final es muy emocionante y visualmente brutal, pero tras dos horas del vacío más absoluto llegué a esa parte tan sumamente agotado que ya me daba igual todo, no pudiendo disfrutar de lo que Bay me pudiera ofrecer.
Por en medio, las peores y más terribles gracietas que he visto nunca, el machismo retrogrado de siempre (sí, la protagonista tiene varios doctorados, pero en la propia peli señalan el hecho de que viste como una stripper), y el descaro de apuntarse a la moda de las heroínas juveniles con un personaje que arece fotocopiado de la Rey de Star Wars.
Claro que se podría decir que cuando algo funciona, ¿para qué cambiarlo? Y si la nefasta cuarta entrega arrasó en taquilla… Para bien o para mal los resultados de esta tontada artúrica (que dará mucho dinero, eso que nadie lo dude) han evidenciado un bajón importante. A ver si eso frena esa oleada infinita de secuelas, precuelas y spin off que se nos venía encima, aunque el final de esta ya augura más continuaciones. O, al menos, que Bay descanse un poco y deje el asunto en manos de otro capaz de innovar.
Pero, no sé porqué, me temo que todo va a seguir igual. Seguiremos bostezando…

Valoración: cuatro sobre diez.

domingo, 28 de febrero de 2016

13 HORAS: confusa epopeya patriótica

Parece ser que, además de tener un sano gusto por el dinero, el realizador Michael Bay quiere sentirse director de vez en cuando, y es por eso que va intercalando sus participaciones en la agotada a la par que interminable saga de Transformers con otras películas más personales que sin duda no le van a reportar ni de lejos los mismos beneficios. Ya en su momento elogié su labor en la disfrutable Dolor y dinero, pero no puedo decir lo mismo de 13 horas, una epopeya bélica basada en hechos reales.
Con algunas similitudes argumentales con la magnífica Argo (los protagonistas se encuentran sitiados en un edificio americano en tierra oriental -(aquí es Libia, en aquella era Teherán- y deben proteger a los civiles que allí se encuentran), la diferencia principal es que en la obra de Ben Affleck era un ingenioso plan estratégico el que liberaba a los americanos mientras que aquí se trata de un grupo de asalto militar. Siendo Michael Bay el director, es fácil imaginar la cantidad de explosiones, tiroteos y juegos de artificio a cámara lenta que vamos a encontrar (se echa en falta el lucimiento femenino habitual en él, pero esta es una historia de machos y no habría tenido cabida), pero parece que con el paso de los años la visión narrativa del director no ha mejorado en absoluto, resultando la acción más confusa y caótica aún de lo habitual. Tampoco es que el libreto de Chuck Hogan ayude mucho. Es la primera vez que el escritor (autor de la novela que adapto, curiosamente, Affleck para The town, ciudad de ladrones, y co-escritor junto a Guillermo del Toro de la trilogía Nocturna) se mete en tareas de guionista, y el proyecto, desde luego, le viene grande.
En unas interminables dos horas y media, la acción prácticamente se limita a ver a los seis protagonistas corriendo de un lado para otro en un caos de confusión que al final provoca que nada importe ya al espectador. Cierto es que la situación real así lo requiere, y que ellos mismos no tienen demasiado claro nunca quienes son amigos y quienes enemigos, pero el señor Bay debería recordar que esto es una película, no un documento bélico real, y se necesita algo más de información para disfrutar una película que al final no deja de ser más que asaltos, explosiones y destrucción. Lo único bueno que tiene es que con semejante metraje se puede permitir uno echar una cabezadita durante la proyección y no perderse detalle alguno del… ¿argumento?
Y me sabe mal por el pobre John Krasinski, principal cara reconocible de la peli y un tipo que me cae realmente bien desde que lo descubrí en The Office, pero la película no se sostiene con suficiente solvencia y los momentos dramáticos, por más que la cámara lenta y la música indiquen que lo debes hacer, nunca llegan a emocionar.
Pues nada, habrá que esperar a ver si después de Transformers 5 Michael Bay está más inspirado.

Valoración: cuatro sobre diez.

martes, 12 de agosto de 2014

TRANSFORMERS: LA ERA DE LA EXTINCIÓN (4d10)

Puede que sea la resaca de la crisis de los cuarenta. Puede que con la edad y tras haber visto tanto cine mis gustos estén cambiando. O puede que me haya vuelto demasiado exigente y, como alguna vez me ha acusado un amigo, vea el cine con ojos de crítico antes que como un espectador sin más. Pero juro que, después de que la anterior trilogía de Transformers no me interesara para nada, entré en la sala de cine con las expectativas en pausa y la mente en blanco dispuesto a aceptar lo que el señor Bay tuviera que ofrecerme y a tratar de disfrutar con lo que se supone será el inicio de una nueva trilogía.
Y lo cierto es que no empieza mal la cosa. Michael Bay parece recuperar el estilo visual que lo caracterizó en los albores del cambio de milenio y que parecía haber retomado en la magnífica Sudor y Dinero. Me refiero a esos planos espectaculares, cargados de épica, volteando alrededor del protagonista y con hermosos paisajes en constante movimiento de fondo. También el ritmo narrativo parece intenso, con secuencias breves pero impactantes, a modo de introducción de las diversas subtramas, arrancando con la extinción de los dinosaurios para saltar al Ártico y de ahí a Texas, casi sin respiro. No está ocurriendo casi nada, pero se palpa tensión en el ambiente y eso mola. Incluso el nuevo prota, pese al tufillo de topicazo que rezuma eso de padre viudo lidiando con su rebelde (pero atractiva, claro, que esto es Michael Bay y lo que se podría denominar como “plano de lucimiento de chica cañón” no puede faltar) hija adolescente, es ya de entrada mucho más interesante que el niñato insoportable que suponía el Sam Witwicky de la primera saga (aparte que Mark Wahlberg tiene, por lo menos, un carisma infinitamente superior al de Shia LaBeouf; como talento interpretativo van los dos más o menos igual de justitos).
La acción arranca de manera espectacular, con la ejecución de un Autobot por parte de un grupo militar respaldado por una especie de caza recompensas transformer y la aportación de actores de reconocido nivel como Stanley Tucci o Keiser Grammer. Y eso por no hablar de la impactante primera aparición de Optimus Prime, con la muerte de un supuesto protagonista que parece indicar que la cosa va en serio y que la amenaza, esta vez, sí es definitiva.  Estaba yo pegado al asiento, emocionado y planteándome si realmente Michael Bay lo había conseguido y me había atrapado con una película intensa y trepidante. No una obra maestra, por supuesto, pero tampoco es eso lo que se le pide a Transformers. Pero la cosa prometía espectáculo en estado puro.
Y entonces todo se estropea.
Voy a tratar de hacer un símil para ver si me explico mejor. Imaginaos ir a un espectáculo de circo y os entusiasmaros con la actuación de los payasos. Quizá empiecen con algún monólogo lleno de chistes, los típicos malentendidos que terminan con uno de ellos abofeteando al otro, quizá con los pantalones por los suelos, algún número acrobático con un triciclo estúpidamente pequeño y, por supuesto, el inevitable chorro de agua que surge de una margarita prendida en la solapa de uno de ellos. Y entonces llega el clásico entre los clásicos: la tarta estampada contra la cara. El público está entusiasmado, entre carcajadas y aplausos. Pero imaginaos ahora que el resto de la actuación son dos horas más (¡¡¡dos horas más!!!) de tartazos contra la cara. Nada más que eso. Pues esto mismo sucede con Transformers: La era de la extinción, que todo el interés desaparece en beneficio de una sucesión infinita de tartazos contra la cara que termina saciando y hasta aburriendo. Es como si en un momento dado el señor XXX, guionista de todo esto, hubiese descubierto que el cheque con el que le han pagado por su trabajo no tiene fondos y hubiese dejado que el libreto lo terminase la señora de la limpieza (con todos mis respetos para este sector) que en ese momento pasaba por ahí.
Todo lo que sigue es un despropósito total sin sentido del ritmo alguno, una estupidez tras otra que se limita sólo a destruir cosas y explotar coches sin un principio de continuidad que posibilite un mínimo desarrollo dramático, con personajes patéticos que caen en el ridículo (como el novio piloto ese que aún no se si es el héroe de la peli o el recurso cómico cobarde) o sacan de quicio (como la niñata hubiese continuado gritando y lloriqueando un solo minuto más yo mismo le volaba la cabeza, ¡por Dios!) y con la vergüenza ajena que provoca ver a tipos tan admirados como Tucci o Grammer haciendo el tonto de forma tan sonrojante. Y eso hablando de los momentos de acción, pues cuando se pretende hacer una pausa cómica los chistes son más estúpidos todavía y me convencen de que los actores, cuando firmaron el contrato, miraron más la cantidad que iban a cobrar que las líneas de guion que les correspondía.
No voy a profundizar en la historia (que no la hay) porque debo confesar que en cierto momento desconecté hasta el punto de no llegar a entender nada. Los robots van y vienen a su antojo, el personaje de Grammer aparece siempre en el punto del conflicto como si se teletransportara, no me enteré de porqué se origina el conflicto (de hecho, ¿cuál es el conflicto? ¿quién lucha contra quién? ¿los Autobots ayudan a los humanos o los odian? ¿acaso no se odian también entre ellos?)  y no me quedó muy claro de donde se sacan de la manga el transformer dinoraurio ni si es amigo o enemigo o ambas cosas a la vez, en uno de los momentos más esperados y que visualmente podría molar sino fuera porque desaprovechan estrepitosamente sus posibilidades.
Al final, el despiporre de acción consiguió aburrirme soberanamente y las más de dos horas y medias que dura la tontería se me antojaron como cinco, por lo menos. Y total para concluir con el mismo error de base de otras películas fallidas como El hombre de acero o Godzilla cuya pretendida carga dramática inicial se va al garete cuando se termina destruyendo ciudades enteras sin que en ningún momento tengamos la sensación de que muere nadie y el final sea bonito y feliz.
Estúpida y caótica, Michael Bay ha vuelto a tomarme el pelo con una película en la que parecía que iban a quemar las naves (se dice que es la última que Bay va a dirigir) y que al final lo único que ha conseguido quemar ha sido mi paciencia.
Aconsejable, eso sí, para echar alguna cabezadilla a salvo del agobiante calor estival. Total, es imposible perderse en el argumento porque no lo tiene…


miércoles, 4 de septiembre de 2013

DOLOR Y DINERO (7d10)

Daniel Lugo es un culturista convencido de que con su cuerpo perfecto debe alcanzar metas superiores en la vida que ser monitor en un gimnasio. 
Adrian Doorbal está contento con su vida, pero necesita dinero para pagarse un caro tratamiento que solucione su disfunción eréctil, provocada por el abuso de hormonas. 
Paul Doyle es un ex convicto, ex alcohólico y ex cocainómano que ha encontrada la paz en la religión hasta que en un ataque de ira está a punto de matar a un sacerdote que trata de seducirlo. Tan peculiar trio de personajes no pueden sino protagonizar un desastroso plan para conseguir dinero fácil secuestrando a un acaudalado cliente del gimnasio de origen colombiano y presionarlo para que ponga todas sus propiedades a nombre de estos. Un plan tan simple como estúpido que solo puede resultar en una película simple y estúpida si no fuese por tres detalles: Uno, el trío protagonista. Mark Wahlberg parece en estado de gracia y en su momento más álgido (desde  The Fighter no ha parado de trabajar, triunfó el año pasado con Ted y Contraband y en unos meses estrena 2 guns con Denzel Washington), Dwayne Johnson, que sólo este año ha estrenado la alabada El mensajero, G.I.Joe, la venganza, Empire State y Fast & Furious 6, y Anthony Mackie, secundario de lujo que en breve dará el salto a las superproducciones interpretando a Halcón en Capitán América: Soldado de Invierno y, posiblemente, en Los Vengadores: la Era de Ultrón, acompañados además por Ed Harris (Abyss, La Roca…), Tony Shalhoub (Men in Black 1 y 2, trilogía de Spy Kids) y Rob Corddry (al que vimos hace poco en Memorias de un zombie adolescente), aparte del breve cameo de Ken Jeong. Dos, el director, un Michael Bay en plena forma, que demuestra que hay vida más allá de Transformeres y sus superproducciones habituales, más cercano en esta ocasión a Dos policías rebeldes (con menos explosiones que en aquella). Tres, el detalle nimio poro imprescindible de que todo lo que se ve en la película es completamente real. Tanto es así que incluso llegando al clímax final aparece un rotulo en pantalla insistiendo sobre ello. Y es que la clave de la historia, lo que de verdad hace que todo funcione, es saber que este trío de idiotas (y es que no tienen otra palabra que mejor los defina) existieron realmente e hicieron lo que aquí se explica que hicieron.
A priori, nos encontramos ante una comedia policíaca, aparentemente semejante a las peripecias que por dos veces protagonizaron Will Smith y Martin Lawrence, pero es precisamente el conocimiento de que estos anormales existieron realmente que experimentamos una extraña mezcla entre lástima y desprecio ante los inicialmente timadores. No voy a desvelar ninguna de las torpezas que acometen, baste decir que el timo no sale como es previsto, provocando una secuencia de acontecimientos que culminarán evidentemente de forma desastrosa.
La acción y las risas están aseguradas, desde luego, ya que hablamos de Michael Bay, que cuando no hace basuras como Transformers demuestra ser un buen director, y el ritmo narrativo es impecable, así como su forma de mostrarnos una decadente a la par que ostentosa Miami. Se reconocen, además, sus tics más característicos, para bien o para mal, como el uso de la cámara lenta (siempre colocada en el momento adecuado), o su obsesión por las curvas exuberantes (dicen que para muestra, un botón, y qué mejor botón que Bar Paly, digna sucesora de sus últimas divas: Megan Fox y Rosie Huntington-Whiteley). Se podrían decir, pues, que Dolor y dinero es una demostración de que no siempre se necesitan grandes presupuestos para hacer grandes películas, y que Bay se maneja igual de bien, o incluso mejor, sin necesidad de juegos de pirotecnia ni grandes (y confusas) secuencias de acción trepidantes. Aquí hay puñetazos, desde luego, y tiros y violencia, pero lo verdaderamente importante son los personajes, consiguiendo entender gracias a ellos como cualquier imbécil puede sembrar el caos y acabar convertido en un asesino. Y esa es la gran virtud de la película, por encima de su intriga y su humor, la triste aceptación de la realidad, de cómo se pueden hundir varias vidas (la de los protagonistas y la de los que están a su alrededor) con asombrosa facilidad. Y es que tan reales son estos personajes que lo que les mueve (en la dirección equivocada, desde luego) no es un retorcido o ambicioso plan conspiratorio, ni fracasan por culpa de un error inesperado o con fallo de cálculo, ni tampoco están condenados por un pasado tortuoso de abusos. No, lo que mueve a estos tres tipos son simplemente una serie de malas decisiones, una inteligencia escasa y una tremenda ingenuidad. Como en la vida real. Y por eso no voy a cansarme de loar a los actores, en especial Wahlberg y Johnson, brillantes, creíbles e insufribles, capaces de reírse de sí mismos y ofrecernos posiblemente su mejor interpretación, más cuando estamos acostumbrados a verlos como tipos duros con solución para todo.
Dolor y dinero es por momentos desquiciante y divertida, pero si nos detenemos unos instantes a reflexionarla descubriremos que, lo que en verdad inspira, es lástima. Lástima ante unos tipos que, lejos de ser únicos, son un ejemplo más de los muchos desgraciados que pululan por la vida esperando torpemente su oportunidad y que protagonizan un capítulo más de la crónica negra de América que, salvo escasas excepciones, jamás serán recordados, retorciendo amargamente el concepto del sueño americano.
Y como despedida, un aplauso especial para el guionista, capaz de hacer creíble esta historia para la que las más de dos horas de metraje pasan volando gracias, entre otras cosas, a sus brillantes diálogos, que dejaran frases para la historia. “Sé lo que hago, he visto muchas películas”. “”Me llamo Daniel Lugo, y creo en el fitness”. “¿Sabes quién inventó la ensalada? Los pobres”. Y así muchas más.

Eso sí, cuando llegamos al final de la proyección y descubrimos el destino de los protas, quizá debamos meditar también sobre nosotros mismos y cómo hemos sido capaces de reírnos de sus desventuras. ¿Es, en verdad, una historia digna de risa?