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lunes, 12 de febrero de 2018

CINCUENTA SOMBRAS LIBERADAS

Por más que pase el tiempo y las películas, hay fenómenos que nunca llegaré a entender del todo. Ajeno como soy (lo he dicho en casa ocasión) al fenómeno literario, lo más destacable de la tercera entrega de la saga de Cincuenta sombras de Grey es la frase que acompaña al título: el capítulo final. Quizá habría sido buena idea resaltar en otro color y con una fuente de mayor tamaño la palabra final.
Y es que en estos tiempos del #MeeToo, las reivindicaciones feministas y las sospechas (y confirmaciones) de casos de abusos sexuales en Hollywood, se vuelve a estrenar una película donde la sumisión de la mujer por parte del macho poderoso y posesivo es la nota predominante. Poco importa que en Cincuenta sombras liberadas (la única liberación es la del público, que al fin se ve libre de esta carga, si me permiten el chiste) la cosa se dulcifique al final, que todo quede en un cuento de hadas y que la protagonista termine saliéndose con la suya. Escenas como la del topless en la playa o la constante toma de decisiones de él sin consultarle nada a ella es más que suficiente para definir esta historia de bazofia.
Pero intenciones ocultas aparte, la película vuelve a ser insoportablemente aburrida. Lo que nos prometieron como una saga sobre el placer prohibido y el sexo dominante ha terminado siendo una tontería machista que parece casi un remiendo de Pretty Woman (por lo de la chica que se enamora fácilmente del tío guapo que -y esto seguro que no influye- tiene jet privado y la puede invitar a cenar a París de un momento a otro) pero con unos cuantos desnudos. Todos femeninos, no faltaba más.
Y no es que sea de los que se quejan de la falta de sexo en estas películas, ni mucho menos. Poco me importan a mi los jueguecitos que estos dos se lleven entre manos. De lo que me quejo es de la falta de talento. O habría que decir mejor, de intención. Y es que lo peor del caso es que al director, James Foley, talento no le falta. O faltaba, al menos, en la época en que dirigía maravillas como Glengarry Glen Ross. Tampoco Dakota Johnson parece que vaya a ser una mala actriz, si se decide a hacer alguna película en la que sus gestos interpretativos predominen frente a sus pechos desnudos. Y hasta el sosito Jamie Dornan tiene en su haber cosas interesantes como Operación Anthropoid.
Insisto una vez más en que desconozco la fidelidad que el guionista ha seguido con respecto a las novelas de E.L. James, pero la película, olvidadas casi las dichosas sombras del título, deriva hacia una especie de thriller de psicópatas, tal y como anunciaba el final de la película anterior, cuya excusa narrativa es tan inverosímil como ridícula. Al menos, eso hay que reconocérselo, las escenas de acción son algo mejores que en Cincuenta sombras más oscuras, y el argumento, por insignificante que sea, sigue un esquema más recular y firme que en aquella.
Estúpida, aburrida e insultante, no es la peor de la saga, pero es triste cuando esa es la mejor cualidad de una película que culmina una trilogía en la que ninguna película ha llegado a merecer el simple aprobado. De hecho, solo sirve para confirmar ese chista tan machista que a la pregunta de que porqué ven porno las mujeres responde que para ver si al final se casan. Y de eso va la cosa. Esta especie de “porno para mujeres” ya demostró en su segunda entrega que al final de tanto follar la cosa terminaba en boda, por lo que la conclusión edulcorada y simplista está cantada. Puede que la chica de la película sea muy lista y emprendedora, pero al final demuestra que la labor de toda mujer en la vida es casarse, tener hijos y hacer felices a sus maridos. Sí, señor. Viva el #MeeToo, si me permiten insistir.
Sí, este fin de semana las mujeres tendrán la excusa anual para quedar entre ellas y abarrotar los cines, pero presiento que, desde el estreno de la primera película, la taquilla ha caído en picado.
Demos gracias por ello.

Valoración: tres sobre diez.

domingo, 28 de febrero de 2016

13 HORAS: confusa epopeya patriótica

Parece ser que, además de tener un sano gusto por el dinero, el realizador Michael Bay quiere sentirse director de vez en cuando, y es por eso que va intercalando sus participaciones en la agotada a la par que interminable saga de Transformers con otras películas más personales que sin duda no le van a reportar ni de lejos los mismos beneficios. Ya en su momento elogié su labor en la disfrutable Dolor y dinero, pero no puedo decir lo mismo de 13 horas, una epopeya bélica basada en hechos reales.
Con algunas similitudes argumentales con la magnífica Argo (los protagonistas se encuentran sitiados en un edificio americano en tierra oriental -(aquí es Libia, en aquella era Teherán- y deben proteger a los civiles que allí se encuentran), la diferencia principal es que en la obra de Ben Affleck era un ingenioso plan estratégico el que liberaba a los americanos mientras que aquí se trata de un grupo de asalto militar. Siendo Michael Bay el director, es fácil imaginar la cantidad de explosiones, tiroteos y juegos de artificio a cámara lenta que vamos a encontrar (se echa en falta el lucimiento femenino habitual en él, pero esta es una historia de machos y no habría tenido cabida), pero parece que con el paso de los años la visión narrativa del director no ha mejorado en absoluto, resultando la acción más confusa y caótica aún de lo habitual. Tampoco es que el libreto de Chuck Hogan ayude mucho. Es la primera vez que el escritor (autor de la novela que adapto, curiosamente, Affleck para The town, ciudad de ladrones, y co-escritor junto a Guillermo del Toro de la trilogía Nocturna) se mete en tareas de guionista, y el proyecto, desde luego, le viene grande.
En unas interminables dos horas y media, la acción prácticamente se limita a ver a los seis protagonistas corriendo de un lado para otro en un caos de confusión que al final provoca que nada importe ya al espectador. Cierto es que la situación real así lo requiere, y que ellos mismos no tienen demasiado claro nunca quienes son amigos y quienes enemigos, pero el señor Bay debería recordar que esto es una película, no un documento bélico real, y se necesita algo más de información para disfrutar una película que al final no deja de ser más que asaltos, explosiones y destrucción. Lo único bueno que tiene es que con semejante metraje se puede permitir uno echar una cabezadita durante la proyección y no perderse detalle alguno del… ¿argumento?
Y me sabe mal por el pobre John Krasinski, principal cara reconocible de la peli y un tipo que me cae realmente bien desde que lo descubrí en The Office, pero la película no se sostiene con suficiente solvencia y los momentos dramáticos, por más que la cámara lenta y la música indiquen que lo debes hacer, nunca llegan a emocionar.
Pues nada, habrá que esperar a ver si después de Transformers 5 Michael Bay está más inspirado.

Valoración: cuatro sobre diez.