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sábado, 28 de enero de 2017

VIVIR DE NOCHE, magnífica en todos los sentidos.

Aunque estamos en una sociedad que, desde hace tiempo, y más con la irrupción de las redes sociales, acostumbra a seguir las modas y los caprichos de unos cuantos, últimamente este fenómeno se está acrecentando con casos tan ridículos como el de La la land, la película a la que todo el mundo alababa antes de haber visto y que tras su triunfo en taquilla y nominaciones ahora resulta que es tendencia decir que es una mierda y negarse rotundamente a verla.
Algo parecido sucede con Ben Affleck. Tras unos inicios arrolladores (Oscar como guionista incluido) se puso de moda el atizarle en todas sus interpretaciones (en algunas de las cuales lo cierto es que él mismo lo ponía bastante fácil) para luego encumbrarlo como director. Y ahora que ha recuperado las mieles del éxito interpretativo con su Batman (aún recuerdo los chistes y suicidios en masa cuando se anunció su fichaje) y la ilusión que despertó que se fuese a hacer cargo de dirigir la película en solitario del murciélago, ahora parece que es tendencia apalear el resto de sus trabajos como director. Es más, tras el Oscar que ganó su última película, la estupenda Argo, parece como si Vivir de noche ni siquiera hubiese interesado a nadie.
Pues permítanme decir, señoras y señores, que estamos ante una magnífica película. Puede que incluso una de las mejores (si no la mejor) de su director. Quizá es que el tema no apasione tanto como el entramado político de Argo o la corrupción de The Town, pero no me cabe la menor duda de que el manejo de la cámara y los brillantes diálogos que esconden Vivir de noche merecen encumbrar este título por encima del resto y situarlo como la mejor propuesta que hay en cartelera en estos momentos.
Vivir de noche es una historia sobre la América de la Gran Depresión, un relato de rivalidades mafiosas y de un hombre, un solitario, que se ve atrapado en ese juego sin pretenderlo y se traslada hasta Tampa, Florida, donde se hará cargo del negocio del ron en asociación con los cubanos. Sin embargo, pese a su gran violencia (con escenas de intensa crudeza) y sus muchas muertes, no es esta una historia de gansters, sino un relato de venganza, de pasión y traición y de segundas oportunidades. Joe Coughlin, el tipo al que da vida el propio Affleck, no es un mal tipo, simplemente alguien que no es capaz de huir de un pasado de violencia y al que la muerte rodea sin concesión, que debe hacer cosas sucias a su pesar para poder salir adelante y que ni siquiera se le permite refugiarse en el amor para tratar de evadirse de la realidad.
Puede que la historia avance un poco a trompicones, como si estuviese dividida en capítulos que Affleck no quiere entremezclar demasiados (no sé si por culpa de la novela de Dennis Lehane en la que se basa o por decisión propia), pero no es algo que moleste particularmente, ya que lo que se cuenta siempre resulta relevante y hace avanzar a la historia siempre en línea recta.
En el diseño de producción el nivel es impecable, con una recreación ambiental de sobresaliente que recrean esa América cruel y racial con elegancia y todo lujo de detalle, volviendo a lucirse Affleck con su manejo de la cámara y componiendo secuencias fabulosas, planos perfectos y encuadres magistrales, todo ello con un ritmo que sabe alternan momentos de diversión cruel con grandes dosis de drama y que tiene en los diálogos escritos por el propio director otro punto de admiración.
Finalmente, en el lujoso reparto, puede que sea Affleck el más encorsetado, lo cual tampoco logra estropear la película. A su alrededor, un elenco magnífico de actores como Chris Cooper, Brendan Gleeson,  Zoe Saldana, Elle Fanning o Sienna Miller que terminan de dar lustro al film.
En resumen, una pequeña obra maestra que me ha hecho disfrutar desde el primer minuto hasta el final y me invitan a incluir definitivamente a Affleck en mi lista de los mejores directores actuales, al lado de nombres ilustres como Gibson, Fisher, Scott, Spielberg y compañía.

Valoración: Nueve sobre diez.

martes, 12 de agosto de 2014

TRANSFORMERS: LA ERA DE LA EXTINCIÓN (4d10)

Puede que sea la resaca de la crisis de los cuarenta. Puede que con la edad y tras haber visto tanto cine mis gustos estén cambiando. O puede que me haya vuelto demasiado exigente y, como alguna vez me ha acusado un amigo, vea el cine con ojos de crítico antes que como un espectador sin más. Pero juro que, después de que la anterior trilogía de Transformers no me interesara para nada, entré en la sala de cine con las expectativas en pausa y la mente en blanco dispuesto a aceptar lo que el señor Bay tuviera que ofrecerme y a tratar de disfrutar con lo que se supone será el inicio de una nueva trilogía.
Y lo cierto es que no empieza mal la cosa. Michael Bay parece recuperar el estilo visual que lo caracterizó en los albores del cambio de milenio y que parecía haber retomado en la magnífica Sudor y Dinero. Me refiero a esos planos espectaculares, cargados de épica, volteando alrededor del protagonista y con hermosos paisajes en constante movimiento de fondo. También el ritmo narrativo parece intenso, con secuencias breves pero impactantes, a modo de introducción de las diversas subtramas, arrancando con la extinción de los dinosaurios para saltar al Ártico y de ahí a Texas, casi sin respiro. No está ocurriendo casi nada, pero se palpa tensión en el ambiente y eso mola. Incluso el nuevo prota, pese al tufillo de topicazo que rezuma eso de padre viudo lidiando con su rebelde (pero atractiva, claro, que esto es Michael Bay y lo que se podría denominar como “plano de lucimiento de chica cañón” no puede faltar) hija adolescente, es ya de entrada mucho más interesante que el niñato insoportable que suponía el Sam Witwicky de la primera saga (aparte que Mark Wahlberg tiene, por lo menos, un carisma infinitamente superior al de Shia LaBeouf; como talento interpretativo van los dos más o menos igual de justitos).
La acción arranca de manera espectacular, con la ejecución de un Autobot por parte de un grupo militar respaldado por una especie de caza recompensas transformer y la aportación de actores de reconocido nivel como Stanley Tucci o Keiser Grammer. Y eso por no hablar de la impactante primera aparición de Optimus Prime, con la muerte de un supuesto protagonista que parece indicar que la cosa va en serio y que la amenaza, esta vez, sí es definitiva.  Estaba yo pegado al asiento, emocionado y planteándome si realmente Michael Bay lo había conseguido y me había atrapado con una película intensa y trepidante. No una obra maestra, por supuesto, pero tampoco es eso lo que se le pide a Transformers. Pero la cosa prometía espectáculo en estado puro.
Y entonces todo se estropea.
Voy a tratar de hacer un símil para ver si me explico mejor. Imaginaos ir a un espectáculo de circo y os entusiasmaros con la actuación de los payasos. Quizá empiecen con algún monólogo lleno de chistes, los típicos malentendidos que terminan con uno de ellos abofeteando al otro, quizá con los pantalones por los suelos, algún número acrobático con un triciclo estúpidamente pequeño y, por supuesto, el inevitable chorro de agua que surge de una margarita prendida en la solapa de uno de ellos. Y entonces llega el clásico entre los clásicos: la tarta estampada contra la cara. El público está entusiasmado, entre carcajadas y aplausos. Pero imaginaos ahora que el resto de la actuación son dos horas más (¡¡¡dos horas más!!!) de tartazos contra la cara. Nada más que eso. Pues esto mismo sucede con Transformers: La era de la extinción, que todo el interés desaparece en beneficio de una sucesión infinita de tartazos contra la cara que termina saciando y hasta aburriendo. Es como si en un momento dado el señor XXX, guionista de todo esto, hubiese descubierto que el cheque con el que le han pagado por su trabajo no tiene fondos y hubiese dejado que el libreto lo terminase la señora de la limpieza (con todos mis respetos para este sector) que en ese momento pasaba por ahí.
Todo lo que sigue es un despropósito total sin sentido del ritmo alguno, una estupidez tras otra que se limita sólo a destruir cosas y explotar coches sin un principio de continuidad que posibilite un mínimo desarrollo dramático, con personajes patéticos que caen en el ridículo (como el novio piloto ese que aún no se si es el héroe de la peli o el recurso cómico cobarde) o sacan de quicio (como la niñata hubiese continuado gritando y lloriqueando un solo minuto más yo mismo le volaba la cabeza, ¡por Dios!) y con la vergüenza ajena que provoca ver a tipos tan admirados como Tucci o Grammer haciendo el tonto de forma tan sonrojante. Y eso hablando de los momentos de acción, pues cuando se pretende hacer una pausa cómica los chistes son más estúpidos todavía y me convencen de que los actores, cuando firmaron el contrato, miraron más la cantidad que iban a cobrar que las líneas de guion que les correspondía.
No voy a profundizar en la historia (que no la hay) porque debo confesar que en cierto momento desconecté hasta el punto de no llegar a entender nada. Los robots van y vienen a su antojo, el personaje de Grammer aparece siempre en el punto del conflicto como si se teletransportara, no me enteré de porqué se origina el conflicto (de hecho, ¿cuál es el conflicto? ¿quién lucha contra quién? ¿los Autobots ayudan a los humanos o los odian? ¿acaso no se odian también entre ellos?)  y no me quedó muy claro de donde se sacan de la manga el transformer dinoraurio ni si es amigo o enemigo o ambas cosas a la vez, en uno de los momentos más esperados y que visualmente podría molar sino fuera porque desaprovechan estrepitosamente sus posibilidades.
Al final, el despiporre de acción consiguió aburrirme soberanamente y las más de dos horas y medias que dura la tontería se me antojaron como cinco, por lo menos. Y total para concluir con el mismo error de base de otras películas fallidas como El hombre de acero o Godzilla cuya pretendida carga dramática inicial se va al garete cuando se termina destruyendo ciudades enteras sin que en ningún momento tengamos la sensación de que muere nadie y el final sea bonito y feliz.
Estúpida y caótica, Michael Bay ha vuelto a tomarme el pelo con una película en la que parecía que iban a quemar las naves (se dice que es la última que Bay va a dirigir) y que al final lo único que ha conseguido quemar ha sido mi paciencia.
Aconsejable, eso sí, para echar alguna cabezadilla a salvo del agobiante calor estival. Total, es imposible perderse en el argumento porque no lo tiene…


domingo, 21 de abril de 2013

TIERRA PROMETIDA (7d10)


Gus Van Sant es uno de esos directores que cuando filman una película dejan su sello marcado. Sin tener una virtuosidad especial con la cámara ni juegos de luz dignos de ser estudiados en las academias de cine,  si tiene un estilo personal, un punto de autor, que hacen de sus películas algo especial. Títulos como El indomable Will Hunting, Descubriendo a Forrester o Mi nombre es Harvey Milk así lo demuestran y Tierra prometida no es ninguna excepción.

Con Matt Damon volviendo a escribir un guion (recordemos su Oscar junto a Ben Affleck por la mencionada El indomable Will Hunting), esta vez junto a John Krasinski, la película cuenta la sencilla historia de dos comerciales de una compañía de gas que acuden a un pueblo llamado McKinley con la intención de conseguir permiso para perforar en sus tierras a cambio de una generosa compensación. Un trabajo que Steve Butlet (Matt Damon), un joven natural de un pueblecito muy parecido a McKinley, pensaba que iba a ser pan comido, pero que se complicará con la entrada en escena de un activista ecológico. Una historia sencilla y rural que invita a meditar sobre el poder de las multinacionales, aunque lo verdaderamente importante es el viaje interior que realiza Steve y que le hará replantearse todo en lo que creía.
Quizá de entrada la historia no desborde originalidad (hay un giro de guion hacia el final que se ve venir de lejos), pero está narrada con una sencillez tal que se convierte en entrañable,  invitándonos a sentirnos como un habitante más de McKinley y participar en el debate. Un debate,  por cierto, en el que el espectador puede tomar partido libremente pues (al menos a priori) ni la empresa es una estafadora a quien se deba odiar ni los habitantes del pueblo son unos avariciosos catetos a los que despreciar. Steve y su compañera Sue Thomason (Frances McDormand), exponen su oferta con sinceridad y tanto los argumentos a favor como los que son en contra son válidos y justificados.
En el tema interpretativo Damon cumple con creces, en el papel de un tipo corriente, simpático y agradable, con el que resulta fácil identificarse y mucho más creíble, a mi parecer,  que cuando hace de tipo duro a lo Jason Bourne. Secundándolo Frances McDormand está excelente como siempre y hacen acto de presencia rostros conocidos como Hal Holbrook, Titus Welliver o Rosemarie DeWitt, mientras que el coguionista John Krasinki se reserva el personaje del activista.
Película agradable y deliciosa que permite alejarse de la gran ciudad y enamorarse de la sencillez del campo y de sus gentes y quizá,  ¿por qué no?, ilusionados con comprar nuestra propia parcela en la tierra prometida.