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lunes, 8 de mayo de 2017

Z, LA CIUDAD PERDIDA. Historia de una obsesión.

James Gray es un director muy personal que, tras destacar en títulos como La noche es nuestra, Two Lovers o El sueño de Ellis se embarca ahora en su proyecto más ambicioso, un retrato de casi dos horas y media de Percy Fawcett, un militar reconvertido en explorador que, tras embarcarse en una misión para cartografiar la frontera entre Brasil y Bolivia en 1906, epopeya que recogió en un libro David Grann y a partir del cual el propio Gray ha hecho la adaptación.
Z, la ciudad perdida, es una historia épica y de superación, pero, por encima de todo, es la historia de la obsesión de un hombre. Obsesión, primero, por lograr un ascenso en su carrera militar que le proporcione un status capaz de borrar la vergüenza generada por un padre alcohólico, siendo esta sustituida más adelante por el empeño de encontrar una civilización perdida en lo más profundo del Amazonas que él imaginaba como una especie de El Dorado y que termino por contagiar a su propio hijo.
Charlie Hunnam recrea con solvencia a este personaje, consiguiendo posiblemente su mejor interpretación hasta la fecha, y Tom Holland (al que su popularidad como nuevo Spiderman le permite destacar en el poster pese a que su personaje tarda casi una hora y media en aparecer) no le va a la zaga. Sin embargo, quienes merecen ser destacados en el rango interpretativo son un sorprendente Robert Pattinson, que ayudado por un aspecto barbudo y enfermizo logra definitivamente dejar atrás el estigma de Crepúsculo, y una eficiente Sienna Miller, capaz de alternar su doble papel de mujer sufridora y resignada con el de feminista independiente y casi adelantada a su época.
Z, la ciudad perdida, no es, en realidad, la historia de una expedición, sino que su argumento se alarga desde que Fawcett tomara ese primer contacto con la selva amazónica hasta su regreso en 1925, teniendo que luchar entremedias en la Gran Guerra europea. Esto permite conocer mejor la historia de Fawcett y empatizar con su obsesión y con el vínculo de amistad que hace con sus compañeros de aventuras, Henry Costin y Arthur Manley, así como sus conflictos con el también explorador James Murray. Sin embargo, impide que el ritmo narrativo avance con fluidez, dificultando la división entre los tres actos y haciendo que esta se convierta en una película río que puede llegar a agotar (que no aburrir) en algún momento.
Con todo, Gray cuanta con un as en la manga en forma del director de fotografía Darius Khondji, que consigue que visualmente la película sea perfecta, logrando incluso diferentes matices dependiendo de si la acción transcurre en la selva, en el frente o en Londres. Así, donde pueda flaquear la historia se impone la técnica y la suma de ambos conjuntos hacen de Z, la ciudad perdida, una película interesante y muy entretenida, tanto desde el punto de vista aventurero como en el apartado familiar, haciendo que incluso se le perdonen los recursos narrativos que maquillan, en algunos momentos, la historia real.

Valoración: siete sobre diez.

sábado, 28 de enero de 2017

VIVIR DE NOCHE, magnífica en todos los sentidos.

Aunque estamos en una sociedad que, desde hace tiempo, y más con la irrupción de las redes sociales, acostumbra a seguir las modas y los caprichos de unos cuantos, últimamente este fenómeno se está acrecentando con casos tan ridículos como el de La la land, la película a la que todo el mundo alababa antes de haber visto y que tras su triunfo en taquilla y nominaciones ahora resulta que es tendencia decir que es una mierda y negarse rotundamente a verla.
Algo parecido sucede con Ben Affleck. Tras unos inicios arrolladores (Oscar como guionista incluido) se puso de moda el atizarle en todas sus interpretaciones (en algunas de las cuales lo cierto es que él mismo lo ponía bastante fácil) para luego encumbrarlo como director. Y ahora que ha recuperado las mieles del éxito interpretativo con su Batman (aún recuerdo los chistes y suicidios en masa cuando se anunció su fichaje) y la ilusión que despertó que se fuese a hacer cargo de dirigir la película en solitario del murciélago, ahora parece que es tendencia apalear el resto de sus trabajos como director. Es más, tras el Oscar que ganó su última película, la estupenda Argo, parece como si Vivir de noche ni siquiera hubiese interesado a nadie.
Pues permítanme decir, señoras y señores, que estamos ante una magnífica película. Puede que incluso una de las mejores (si no la mejor) de su director. Quizá es que el tema no apasione tanto como el entramado político de Argo o la corrupción de The Town, pero no me cabe la menor duda de que el manejo de la cámara y los brillantes diálogos que esconden Vivir de noche merecen encumbrar este título por encima del resto y situarlo como la mejor propuesta que hay en cartelera en estos momentos.
Vivir de noche es una historia sobre la América de la Gran Depresión, un relato de rivalidades mafiosas y de un hombre, un solitario, que se ve atrapado en ese juego sin pretenderlo y se traslada hasta Tampa, Florida, donde se hará cargo del negocio del ron en asociación con los cubanos. Sin embargo, pese a su gran violencia (con escenas de intensa crudeza) y sus muchas muertes, no es esta una historia de gansters, sino un relato de venganza, de pasión y traición y de segundas oportunidades. Joe Coughlin, el tipo al que da vida el propio Affleck, no es un mal tipo, simplemente alguien que no es capaz de huir de un pasado de violencia y al que la muerte rodea sin concesión, que debe hacer cosas sucias a su pesar para poder salir adelante y que ni siquiera se le permite refugiarse en el amor para tratar de evadirse de la realidad.
Puede que la historia avance un poco a trompicones, como si estuviese dividida en capítulos que Affleck no quiere entremezclar demasiados (no sé si por culpa de la novela de Dennis Lehane en la que se basa o por decisión propia), pero no es algo que moleste particularmente, ya que lo que se cuenta siempre resulta relevante y hace avanzar a la historia siempre en línea recta.
En el diseño de producción el nivel es impecable, con una recreación ambiental de sobresaliente que recrean esa América cruel y racial con elegancia y todo lujo de detalle, volviendo a lucirse Affleck con su manejo de la cámara y componiendo secuencias fabulosas, planos perfectos y encuadres magistrales, todo ello con un ritmo que sabe alternan momentos de diversión cruel con grandes dosis de drama y que tiene en los diálogos escritos por el propio director otro punto de admiración.
Finalmente, en el lujoso reparto, puede que sea Affleck el más encorsetado, lo cual tampoco logra estropear la película. A su alrededor, un elenco magnífico de actores como Chris Cooper, Brendan Gleeson,  Zoe Saldana, Elle Fanning o Sienna Miller que terminan de dar lustro al film.
En resumen, una pequeña obra maestra que me ha hecho disfrutar desde el primer minuto hasta el final y me invitan a incluir definitivamente a Affleck en mi lista de los mejores directores actuales, al lado de nombres ilustres como Gibson, Fisher, Scott, Spielberg y compañía.

Valoración: Nueve sobre diez.

domingo, 22 de febrero de 2015

EL FRANCOTIRADOR (4d10)

Resulta curiosa la polvareda que ha levantado la nueva película de Clint Eastwood, una de esas crónicas bélicas que de no haberse visto reforzada por el impulso de los Oscars no habría pasado de ser una más en una cartelera rebosante de títulos aspirantes a la estatuilla dorada.
El nuevo título de un Eastwood que llevaba años reflejando un cierto cansancio artístico (sus últimas películas pasaron sin pena ni gloria) parece recuperar el pulso perdido con una obra impecablemente filmada y un Bradley Cooper en estado de gracia que se estaba convirtiendo en objeto de chiste en todas las nominaciones a los Oscars pero al que habrá que empezar a tomar en serio.
El Francotirador describe parte de la historia real de Chris Kyle, que ha adaptado con bondadosa calidez para la pantalla el guionista Jason Hall, un suboficial de los SEALs americanos que tiene el honor de haber cometido más de  160 asesinatos en pos de su patria en tierra iraquí, aunque la cifra extraoficial rondaría los 250.
Aquí se plantean varios problemas a la hora de analizar la película, y es que son varios los charcos en los que se mete el director californiano y no de todos sale impune.
Deberíamos ser objetivos y empezar analizando el film como lo que es, una simple película con un retrato superficial a una guerra absurda y las consecuencias que pesan sobre un veterano al volver a casa. Aquí es donde mejor podríamos alabar a Eastwood, que con un estilo muy clásico consigue hacernos empatizar con el protagonista sin que tampoco lleguemos a acercarnos demasiado al mismo, dotando de gran realismo los momentos tensos en las azoteas de Ramadi y rodeándose de un equipo técnico impecable que dotan a la película de una gran imagen y sonido. Cooper está muy creíble en su papel y hasta la ninja asesina de G.I.Joe destaca como sufridora esposa. 
Pero ya en este punto del análisis sentimos como algo del guion flojea. Centrándonos siempre en lo que es el personaje, no el conflicto, Eastwood parece pretender narrarnos la historia de Kyle con cierto distanciamiento, como si temiera tomar partido a favor o en contra del soldado que, a estas alturas, debemos defender todavía como a un hombre que lucha por su país y que mata (que no asesina) porque eso es lo que se hace en las guerras. Pero ese distanciamiento, ese querer verlo de lejos para no perdernos lo que sucede alrededor (como el propio Kyle hacía a la hora de disparar, siempre con ambos ojos abiertos), nos permite ver que hay demasiadas cosas que flojean, que más allá de un hombre de precisión milimétrica tumbado en una azotea la película está vacía. Pese a los intentos de dar relevancia a otro francotirador iraní, Mustafá, no hay en la historia un verdadero antagonista, como en Enemigo a las puertas, que nos ayude a posicionarnos con el americano más allá de porque “es lo correcto”. Eastwood no parece querer enrocarse criticando una guerra que nunca debió existir (menos aún  que cualquier otra, me refiero) y por eso nos presenta a Kyle casi como un simple operario de una cadena de montaje. Sube a su azotea, hace su trabajo y a casa después de fichar. Sé que estoy simplificando hasta el extremo, pero no encuentro que la historia sepa dramatizar lo suficiente para mostrarnos el pretendido sufrimiento de Kyle salvo en un par de ocasiones en las que se apoya en el teléfono para mostrarnos el dolor por la lejanía familiar. Un dolor, por cierto, más patente en la figura de Sienna Miller que en él mismo.
El credo de Kyle parece ser reducirlo todo a Dios, Patria y Familia, pero solo encuentro dos momentos de contacto con Dios, cuando roba una biblia al principio del film y cuando asegura que está deseando responder ante el Creador por sus acciones. Por lo demás, no se presenta al americano como a un hombre de Fe (y es fácil encontrar recursos para hacerlo sin ser tan reiterativos como el personaje de Shia LaBeouf en Corazones de acero), mientras que cada vez que su esposa le pide que vuelva a casa (amenazándolo incluso con abandonarlo si decide seguir en Irán) él ni se lo plantea, volviendo sólo tras la muerte de unos compañeros, por más que avanzada la trama lo vuelvan a describir como el padre y marido perfecto.
Así, sin entrar en valoraciones morales, El Francotirador es un buen espectáculo visual, dirigido con acierto y plagado de intensas interpretaciones de esas que parecen pensadas para acumular estatuillas (en mi opinión hay la misma fuerza interpretativa en el Resacón en la Vegas que aquí, pero así es Hollywood), pero cuya historia la verdad es que flojea demasiado para alguien no americano que no rece al cien por cien con el ardor patriótico yanqui. O dicho en otras palabras, que durante la proyección me importaba un pepino lo que le ocurriera o no al Kyle este, que tampoco me parece tan meritorio lo que hace, por cierto (hay una secuencia en la que él decide abandonar la azotea y acompañar a un grupo de marines para asaltar un restaurante y el tipo que lo sustituye se cepilla tranquilamente a siete u ocho enemigos en apenas diez minutos).
Aquí me podría quedar, definiéndola como un pastiche entretenido entre el realismo de Homeland y el pesimismo que acompaña a los perdedores que tanto le gusta retratar a Eastwood (se podría ver un reflejo en Kyle del Munny de Sin Perdón o incluso en el Kowalski de Gran Torino, una de sus últimas buenas películas) y que podría hasta aplaudir si fuese un personaje creado exprofeso por Hall, pero no puede ser, porque hay más detrás de todo esto, mucho más.
Y, ojo, que a partir de ahora podría entrar en el pantanoso terreno de los spoilers, advertidos quedáis.
Y es que el Chris Kyle este fue un personaje real, un héroe reconocido y aplaudido y que escribió (o dictó, vamos, que aquí no se hacen críticas literarias) su autobiografía. Una autobiografía llamada, por cierto, American Sniper (es decir, como la película) y en la que se presenta como un asesino de salvajes, jactándose de todas las vidas que ha quitado. Kyle no era un héroe, era un asesino despiadado, un ser inestable que a su regreso a América disfrutaba maltratando animales y hasta llegó a falsear una pelea con Jesse Ventura en un bar para auto promocionarse como estandarte de la América libre (y armada, por supuesto). Acepto, por supuesto, las licencias narrativas a la hora de plasmar una historia real en pantalla, pero el truco aquí no cuela. Porque esta no es una película sobre un episodio histórico, sino sobre un personaje. Y no se nos muestra al personaje como realmente fue, se manipula para conseguir un hervor nacionalista (y casi fascista) en pos de las barras y estrellas (otrom ejemplo, es que el tipo presume de haber matado a muchas mujeres y niños “salvajes”, lo que Eastwood convierte en su peli en una escena en la que casi reza para que un niño suelte un arma que coje de la calle para evitar tener que dispararle), y eso no se puede consentir.
Para que me entendáis, pongo por ejemplo Descifrando Enigma. Esa película, en el fondo, no trata de Alan Turing, sino en el momento concreto en que se embarcó en el estudio y desarrollo de un ingenio que tradujera el complicado código nazi. ¿Podría haber funcionado la película obviando el hecho de que Turing era homosexual? Por supuesto que sí, pues ese no era el tema ni se habría manipulado la realidad, aunque conocer todos los datos ayuda a mejorar la historia.
Lo contrario pasa con El Francotirador. Se supone que conocer a Kyle es más importante que saber si al final acaba o no con el francotirador rival, Mustafá. Y por eso la película miente y manipula.
Y finalmente ha creado mucha controversia también el sentido que Eastwood quiere dar a todo esto. Muchos desde aquí la apoyan como un título claramente antibelicista. Yo no lo veo así, encontrándome incluso que es una ocasión perdida no haber centrado su historia en la gran ironía que fue sobrevivir a cuatro campañas en Irán y convertirse en héroe de guerra para luego morir al lado de casa y en manos de un veterano. Lo que habría podido hacer el Oliver Stone de los viejos tiempos con esto. Pero no, Eastwood no tiene ningún interés en el drama final, que ni siquiera filma, recreándose mejor en las imágenes reales del entierro y actos de homenaje, donde no podría faltar la musiquita emotiva y patriotera de fondo. Así que el debate es: ¿se trata de una película fascista y pro militar o es una crítica antibelicista? Millones de americanos la han ensalzado interpretando que es lo primero lo que, ya de entrada, dice muy poco en favor del señor Eastwood. Un film puede tener un planteamiento ambiguo, pero pretender posicionarse y que la mitad de tu público se posicione al lado contrario es hacer las cosas muy mal.
Yo lo tengo muy claro. Los iraníes se cargaron las Torres Gemelas. Los iraníes son los malos. Y el único iraní bueno es el iraní muerto. Eso es, al menos, lo que piensa Kyle. Y, por extensión, Eastwood. Y si no es esa la intención del director entonces habrá que disculparse ante él por acusarlo de fascista y decirle que, simplemente, su película no funciona.
Quizá a ciertas edades será mejor limitarse a hacer peliculitas simpáticas y no pretender reconducir la historia y aleccionar a las masas con la sabiduría que (se supone) da la edad.


jueves, 12 de febrero de 2015

FOXCATCHER (6d10)

Es Foxcatcher una de esas películas que invitan al debate.
Por un lado, ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre la influencia de los medios de comunicación en el cine. 
Si de algo se ha hablado estos días en referencia a la película de Bennett Miller ha sido de las notas de prensa y los resúmenes que algunos medios de comunicación han ofrecido de la misma, destripando completamente su final. Cierto es que estamos ante un caso real, y que una parte (relativamente pequeña, seamos sinceros) del público puede conocer ya el desenlace, pero eso no es excusa suficiente para violar el posible factor sorpresa que toda película puede reservarse para su tramo final (y ya avanzo que podéis estar tranquilos, aquí no voy a hacer ningún spoiler). Caso diferente es el de títulos como 127 horas o Capitán Philips, en las que el protagonista real ha formado parte de la campaña promocional, con lo que es indiscutible que iremos al cine sabiendo que, por lo menos, el prota sobrevive. En este caso es de rigor exigir a la prensa un poco más de formalidad y dejar que quien desconozca la historia real la descubra en pantalla y luego ya, si así lo decide, se dedique a indagar más por su propia cuenta.
Mi segunda reflexión es una vuelta al antiguo debate de si un actor debe “afear” su imagen para ser tomado en serio. Steve Carrell es un gran humorista y Mark Ruffalo un solvente actor con papeles tan destacados como el de Begin Again de este mismo año, pero han necesitado ocultar sus dotes interpretativas bajo capas de maquillaje para ser reconocidos y nominados al Oscar, como sucediera en su día con actrices como Charlize Theron o Nicole Kidman.
Hablando ya de la película en sí, estamos ante la historia de los hermanos Schultz, medallas de oro en lucha libre en los Juegos Olímpicos de Los Angeles’84, que son elegidos por el excéntrico multimillonario John Eleuthère du Pont para ser entrenados bajo su tutela con vistas a repetir éxitos en Seul’88. Con las lógicas licencias artísticas que tanto parecen haber ofendido al Mark Schultz real, la película es un drama deportivo muy en la línea del anterior largometraje de Miller, Moneyball, donde la profundidad de los personajes y el ambiente turbio que rodea al deporte son más importantes que las escenas deportivas en sí mismas.
Aunque el protagonista de la cinta es Mark Schultz, con un impresionante Channing Tatum que cambia su registro habitual (y cuyos méritos interpretativos se pueden apreciar mejor con el estreno este mismo fin de semana de El destino de Júpiter, donde da vida a un héroe totalmente en las antípodas de este deportista de élite), es el personaje de du Pont quien se lleva el gato al agua, con un inquietante (y por momentos terrorífico) Steve Carrell que bajo una prótesis algo artificial compone a una especie de vampiro mediático, un ser solitario y acomplejado que busca a toda costa el afecto y la admiración de los demás.
Y es que de eso va en realidad Foxcatcher, de unos personajes solitarios e introvertidos tan faltos de relaciones afectivas que viven encerrados en sí mismos, aislados de un mundo que, en circunstancias habituales, los admiraría por lo que son y lo que han conseguido en sus respectivas vidas.
Contenida y ambigua en algunos parajes, la película no es todo lo perfecta que pretende, con algunas lagunas argumentales que dificultan la total identificación con los protagonistas. Cierto es que se trata de un caso real, y como tal hay veces en que los vacíos y las reacciones ilógicas deben hacer acto de presencia, pero si el guionista se ha permitido alterar algunos momentos para mejorar la dramatización (cosa totalmente irreprochable, que para eso esto es cine), hay otros momentos en los que nos encontramos faltos de información, como el abrupto cambio de opinión de Dave Schultz (hermano de Mark) de entrar en el equipo de du Pont o las acciones que llevan a kos protagonistas al desenlace final.
Con todo, sin ser quizá la película del año que algunos quieren ver en ella, Foxcatcher es una interesante reflexión sobre la soledad y el aislamiento que el propio éxito (deportivo y económico) puede proporcionar y sobre el dolor y la incomprensión de aquellos que sólo buscan ser amados o admirados por encima de todo.
Y además, con intensas y sorprendentes interpretaciones.