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jueves, 30 de enero de 2020

RICHARD JEWELL

A sus casi noventa años, Clint Eastwood parece estar completamente obsesionado con ofrecer la vida y peripecias de esos héroes reales que saltan a la palestra de vez en cuando y cuyos apellidos apenas significan nada fuera del territorio estadounidense.
En los últimos tiempos han pasado por su punto de mira, con mayor o menor suerte, tipos como Chris KyleChesley 'Sully' Sullenberger o el trío formado por Alek Skarlatos, Anthony Sadler y Spencer Stone, siendo Richard Jewell su último objetivo.
Richard Jewell cuenta la historia de un vigilante de seguridad que, tras localizar una mochila con un artefacto explosivo durante los juegos olímpicos de Atlanta de 1996, con lo que ayudó a salvar muchas vidas, termino siendo investigado e incriminado por el FBI como teórico terrorista. El problema de la película, una vez más, es que pese a su interesante punto de partida la historia quizá no de para un largometraje. Tras un inicio prometedor y transmitir al espectador parte de la angustia que sufre el pobre desdichado (que tampoco es que inspire demasiada simpatía ante la apariencia caricaturesca que presenta), la situación de vuelve algo anodina, y pese a que sirva como pretexto para juzgar a los medios de comunicación y poner sobre la palestra la profesionalidad del ramo en la actualidad, no deja de caer en la simpleza e incluso el aburrimiento.
Afortunadamente, los grandes trabajos de Kathy Bates y Sam Rockwell compensan la interpretación plana de Jon Hamm y el uso casi esperpéntico que se hace del personaje de una sobreactuada Olivia Wilde.
Película aceptable pero poco más que podría haber resultado más interesante que el anterior trabajo del director, Mula, si la necesidad de ajustarse a la realidad no lastrara su guion. No es un mal Eastwood, pero su fracaso estrepitoso en taquilla y el desprecio en los Oscar (solo Bates ha sido nominada) confirman que quizá el veterano artista debería plantearse bajar un poco el ritmo y trabajar con más esmeros sus proyectos futuros.

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 12 de marzo de 2019

MULA

Pese a su avanzada edad (está a punto de cumplir ochenta y nueve años), Clint Eastwood sigue rodando a un ritmo imparable y con menos de un año de diferencia con respecto a su última película, 15:17, tren a París, lo cual es de por sí solo digno de admiración, independientemente del resultado final de sus trabajos.
Es indudable, sin embargo, que sus mejores tiempos como director han quedado atrás, y a excepción de la estimable Sully, sus últimas películas eran bastante olvidables, siendo posiblemente Gran Torino su última aportación destacable a la industria (aparte, quizá, de ese trabajo “de encargo” que era Invictus).
Con Mula, Eastwood regresa, además, como intérprete, después de haber dicho que se retiraba tras la mencionada Gran Torino, en 2008, aunque cuatro años más tarde volvería a aparecer (fue una colaboración “como amigo”) en la olvidable (y olvidada) Golpe de efecto.
Eastwood siempre se ha caracterizado por hacer un cine bastante intimista, con una clara línea a seguir en sus trabajos más personales, con temas como la soledad, el abandono o la redención, en películas crepusculares con la que Mula podría cerrar una trilogía iniciada con sin perdón y continuada en Gran Torino.
En Mula, Eastwood interpreta a un viejo amargado, encerrado en su mundo de horticultor, donde se mueve como pez en el agua, simpático, dicharachero y triunfador, pero que lo ha alejado de una familia que, en el mejor de los casos, lo ignora y en el peor, lo odia. Cuando los tiempos avanzan más rápidos que él mismo y termina en la ruina decide aceptar un trabajo de conductor sin hacer demasiadas preguntas, pero cuando el dinero es tan sencillo de ganar y las posibilidades de arreglar sus errores del pasado parecen factibles, es difícil detenerse.
Mula es, por tanto, una huida hacia delante, un relato inspirado en el caso real de Leo Sharp, que sirve para recuperar todos los tics del “anciano” Eastwood donde se confirma que, irremediablemente, lleva años haciendo la misma película. En esta ocasión, sin embargo, y pese a contar con el mismo guionista que Gran Torino, la historia tiene algo más de humor de lo habitual y se maneja hacia unos convencionalismos que hacen que, acompañando al drama intimista del protagonista, haya una historia paralela del gato y el ratón propia de películas como Atrápame si puedes o aquella interesante Un mundo perfecto que él mismo realizó hace ya veintiséis años y que, pese a contar con la parte interpretativa más talentosa (por ahí están Bradley Cooper -que repite con Eastwood después de El Francotirador-, Michael Peña, Andy García y Laurence Fishburne) que nunca termina de arrancar del todo. Es por ello que la película muestra un ritmo irregular, cabalgando entre una trama policíaca fallida y un drama familiar algo más correcto (junto a su hija -real y en la ficción- Alison Eastwood se encuentran también Taissa Farmiga y Diane West), y que, pese a que no llega a ser aburrida, si tiene un cierto aroma a rancio, como si la trama fuese tan caduca como el propio personaje, que se limita a justificar la mayoría de sus errores condenando a Internet y a los móviles (¡ay, abuelo…!).
Duele, además, ver a un Eastwood tan mayor. Es cierto que cada uno tiene la edad que tiene y que hay que aplaudirle por seguir al pie del cañón, pero viendo los esfuerzos que aparenta necesitar para cosas tan nimias como sentarse en una silla, cuesta creerse que pueda realizar viajes tan largos al volante de su furgoneta, soportar una paliza de dos mafiosos o retozar con las espectaculares chicas que le ofrecen sus nuevos amigos narcotraficantes (por cierto, ridícula la escena en la piscina en la que Eastwood, en modo “viejo verde” quiere emular las escenas de contoneos sexuales de la saga Fast&Furious y no llega ni a la altura de Torrente).
Una película aceptable, en fin, donde se deconstruye una vez más al héroe americano y cuyo mensaje se repite con tanta insistencia que termina resultando cursi y cansino. Es mejor película que la aburrida 15:17, tren a París, la manipuladora El francotirador o la mediocre Jersey Boys, pero no está, ni de lejos, entre las mejores películas de este director al que quizá le tocaría ya un más que merecido descanso.


Valoración: cinco sobre diez.

martes, 27 de febrero de 2018

15:17. TREN A PARÍS

Aunque nunca he sido un gran fan del cine de Clint Eastwood, que en esa busca del héroe cotidiano y el melodrama fácil parece que lleva años haciendo variaciones de su misma película, debo reconocerle algunos aciertos innegables, siendo en mi opinión Sully el último de ellos. La película de Tom Hanks, sin embargo, era una rara excepción en unos años muy alejados de sus títulos más afamados, como Sin Perdón, Cazador blanco, corazón negro o Gran Torino, anclado como estaba en un cine simplón y sin personalidad.
Por desgracia, 15:17. Tren a París se engloba en esta última categoría. De nuevo con unos “héroes por accidente” como pretexto y mostrando su cara más republicana, tal y como hizo en la igualmente mediocre El francotirador, Eastwood se inspira en una historia real, la del frustrado atentado a un tren lleno de pasajeros por parte de tres jóvenes militares que casualmente disfrutaban de unas vacaciones recorriendo Europa.
Confieso que las escenas del asalto están bien filmadas, y mantienen la emoción incluso sabiendo de antemano su desenlace, y puede que algunos de los flashbacks con los que adorna la historia mostrándonos el pasado de los protagonistas ayuden a conocerlos mejor. Sin embargo, esto no da para más que un cortometraje o, en el mejor de los casos, un documental sobre el asalto. Toda la paja de relleno que Eastwood nos ofrece con los chicos pasándoselo bien por distintas ciudades europeas no es más que un tributo a la época del selfie y un pretexto para que la productora le pague unas vacaciones recorriendo el viejo continente. Casi nada de lo que hay en la película, a excepción de ese efímero cuarto de hora final, aporta demasiado, resultando insípida e incluso tediosa, Se trata de una propuesta tan plana que ni siquiera se la puede calificar como mala. Simplemente es anodina.
Y no es que la curiosa decisión de prescindir de actores profesionales e invitar a los propios protagonistas de los hechos a interpretarse a sí mismos lastre mucho la cosa, porque no es que los chicos lo hagan mal del todo, pero desde luego que la falta de tablas (y, por lo tanto, de carisma) ayude demasiado a levantar una propuesta que no hace más que recordar que los mejores años del vaquero Clint quedaron ya muy atrás.

Valoración: Cuatro sobre diez.

sábado, 5 de noviembre de 2016

SULLY, desmontando al héroe americano.

Acostumbro a desconfiar bastante del trabajo de Clint Eastwood como director, posiblemente uno de los más apreciados por la crítica pero que a mi particularmente nunca me ha terminado de convencer. Demasiado dado al melodrama para mi gusto e ideológicamente manipulador (véase su último trabajo, El francotirador, como ejemplo claro). Claro que también es cierto que a excepción de ese título concreto sus obras más recientes tampoco es que hayan seducido demasiado al público, aunque eso parece haber dado un vuelco con este Sully, un verdadero pelotazo en taquilla.
Y es que ciertamente, Sully es una de las mejores películas de Eastwood, la mejor sin duda de la última década. Puede que esto se deba, sobretodo, a que en lugar de retratar a los perdedores de siempre, personajes oscuros en busca de redención, Eastwood presenta esta vez a un verdadero héroe, un hombre merecedor de convertirse en leyenda que no sólo logra hacer un milagro a los mandos de un Airbus 320 sino también luchar contra el sistema y los intereses creados.
Sully es una película muy heredera de los atroces acontecimientos del 11S, el cual, pese a no nombrarse más que en un efímero momento en la película, está muy presente en todo el metraje, sobre todo en la intencionalidad de expandir el heroísmo de Sully a toda la ciudadanía de Nueva York, ya sean tripulantes del avión, pasajeros, policías, médicos de urgencias, etc.
Estamos ante la historia de Chesley 'Sully' Sullenberger, un experimentado piloto de avión que en pleno vuelo pierde los dos motores de su nave y decide, como medida desesperada, amerizar en medio del río Hudson, logrado la proeza sin ninguna víctima mortal. El problema viene cuando, tras ser designado como un héroe por los medios, la compañía aseguradora y la Administración Federal de Aviación siembran la sombra de la duda al asegurar que Sully podía haber llegado hasta una lista de aterrizaje sin necesidad de poner en peligro la vida de todo el pasaje.
Hay una película de referencia muy cercana en el tiempo, El vuelo, de Robert Zemeckis, cuyo punto de partida era muy similar aunque la integridad moral del piloto que en esa ocasión interpretaba Denzel Washington era la que se ponía en duda (por sus coqueteos con el alcohol). Quizá con esa película en mente (o puede que también con Viven, de Frank Marshall), Eastwood se ha asegurado de no cometer el error de sus colegas de mostrar la escena más espectacular al inicio del film (el accidente del avión en sus respectivas variantes), por más que la película, en realidad trata más sobre la investigación (por no decir juicio) al que someten a Sully en la intimidad que de su heroica gesta. Es por ello que el director californiano recurre a contar la historia en dos líneas temporales, recurriendo con efectividad a los flashbacks que nos permiten ver hasta en tres ocasiones el complicado acuatizaje, no siendo hasta el momento final de la película en que lo apreciamos en todo su esplendor, rescate posterior de pasajeros incluido. Solo un par de flashbaks sobre la infancia de Sully desentonan, no aportando nada verdaderamente importante a la trama, ya que en el fondo el detalle más íntimo del comandante no queda nunca bien definido.
El problema de la decisión de Eastwood radica en que se ponen todas las cartas sobre la mesa desde el primer momento, imagino que dando por hecho que todo el mundo conoce de sobras la historia real y no dejando nada de intriga para su desarrollo. Quizá si hubiesen pensado que fuera de los Estados unidos nadie iba a recordar con detalle la aventura del A-320 y se hubiesen guardado algún dato para el final habría resultado más emocionante, como por ejemplo desconocer el destino de todos los pasajeros. Aun así, parece claro que por una vez no se busca la emotividad a través del drama, sino de la alegría, y Eastwood es capaz de provocar lágrimas viendo las manifestaciones de los supervivientes y su reacción ante la presencia de Sully (de nuevo el recuerdo del 11S sobrevuela la película), y ese es posiblemente su mayor acierto.

Puede que Sully sea, a su manera, igual de manipuladora que 100 metros, ya que eso de convertir a personajes anónimos en héroes es algo que a los americanos se les da muy bien, pero como sea hay que reconocerle a Eastwood que hace un trabajo impecable tanto en los momentos más intimistas como en las escenas del avión y que sabe sacar todo el jugo de la pareja protagonista, un Tom Hanks sensacional y un Aaron Eckhart muy notable. La única pega, como digo, dejar de lado la vida personal de ambos, a los que apenas llegamos a conocer, más cuando de Sully sí nos muestran retazos que, a la postre, resultan incompletos.
Magnífico, esta vez sí, Eastwood en una película emocionante y muy disfrutable, que oculta una feroz crítica a los intereses creados y a la manipulación de la realidad en pos de los beneficios económicos.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 22 de febrero de 2015

EL FRANCOTIRADOR (4d10)

Resulta curiosa la polvareda que ha levantado la nueva película de Clint Eastwood, una de esas crónicas bélicas que de no haberse visto reforzada por el impulso de los Oscars no habría pasado de ser una más en una cartelera rebosante de títulos aspirantes a la estatuilla dorada.
El nuevo título de un Eastwood que llevaba años reflejando un cierto cansancio artístico (sus últimas películas pasaron sin pena ni gloria) parece recuperar el pulso perdido con una obra impecablemente filmada y un Bradley Cooper en estado de gracia que se estaba convirtiendo en objeto de chiste en todas las nominaciones a los Oscars pero al que habrá que empezar a tomar en serio.
El Francotirador describe parte de la historia real de Chris Kyle, que ha adaptado con bondadosa calidez para la pantalla el guionista Jason Hall, un suboficial de los SEALs americanos que tiene el honor de haber cometido más de  160 asesinatos en pos de su patria en tierra iraquí, aunque la cifra extraoficial rondaría los 250.
Aquí se plantean varios problemas a la hora de analizar la película, y es que son varios los charcos en los que se mete el director californiano y no de todos sale impune.
Deberíamos ser objetivos y empezar analizando el film como lo que es, una simple película con un retrato superficial a una guerra absurda y las consecuencias que pesan sobre un veterano al volver a casa. Aquí es donde mejor podríamos alabar a Eastwood, que con un estilo muy clásico consigue hacernos empatizar con el protagonista sin que tampoco lleguemos a acercarnos demasiado al mismo, dotando de gran realismo los momentos tensos en las azoteas de Ramadi y rodeándose de un equipo técnico impecable que dotan a la película de una gran imagen y sonido. Cooper está muy creíble en su papel y hasta la ninja asesina de G.I.Joe destaca como sufridora esposa. 
Pero ya en este punto del análisis sentimos como algo del guion flojea. Centrándonos siempre en lo que es el personaje, no el conflicto, Eastwood parece pretender narrarnos la historia de Kyle con cierto distanciamiento, como si temiera tomar partido a favor o en contra del soldado que, a estas alturas, debemos defender todavía como a un hombre que lucha por su país y que mata (que no asesina) porque eso es lo que se hace en las guerras. Pero ese distanciamiento, ese querer verlo de lejos para no perdernos lo que sucede alrededor (como el propio Kyle hacía a la hora de disparar, siempre con ambos ojos abiertos), nos permite ver que hay demasiadas cosas que flojean, que más allá de un hombre de precisión milimétrica tumbado en una azotea la película está vacía. Pese a los intentos de dar relevancia a otro francotirador iraní, Mustafá, no hay en la historia un verdadero antagonista, como en Enemigo a las puertas, que nos ayude a posicionarnos con el americano más allá de porque “es lo correcto”. Eastwood no parece querer enrocarse criticando una guerra que nunca debió existir (menos aún  que cualquier otra, me refiero) y por eso nos presenta a Kyle casi como un simple operario de una cadena de montaje. Sube a su azotea, hace su trabajo y a casa después de fichar. Sé que estoy simplificando hasta el extremo, pero no encuentro que la historia sepa dramatizar lo suficiente para mostrarnos el pretendido sufrimiento de Kyle salvo en un par de ocasiones en las que se apoya en el teléfono para mostrarnos el dolor por la lejanía familiar. Un dolor, por cierto, más patente en la figura de Sienna Miller que en él mismo.
El credo de Kyle parece ser reducirlo todo a Dios, Patria y Familia, pero solo encuentro dos momentos de contacto con Dios, cuando roba una biblia al principio del film y cuando asegura que está deseando responder ante el Creador por sus acciones. Por lo demás, no se presenta al americano como a un hombre de Fe (y es fácil encontrar recursos para hacerlo sin ser tan reiterativos como el personaje de Shia LaBeouf en Corazones de acero), mientras que cada vez que su esposa le pide que vuelva a casa (amenazándolo incluso con abandonarlo si decide seguir en Irán) él ni se lo plantea, volviendo sólo tras la muerte de unos compañeros, por más que avanzada la trama lo vuelvan a describir como el padre y marido perfecto.
Así, sin entrar en valoraciones morales, El Francotirador es un buen espectáculo visual, dirigido con acierto y plagado de intensas interpretaciones de esas que parecen pensadas para acumular estatuillas (en mi opinión hay la misma fuerza interpretativa en el Resacón en la Vegas que aquí, pero así es Hollywood), pero cuya historia la verdad es que flojea demasiado para alguien no americano que no rece al cien por cien con el ardor patriótico yanqui. O dicho en otras palabras, que durante la proyección me importaba un pepino lo que le ocurriera o no al Kyle este, que tampoco me parece tan meritorio lo que hace, por cierto (hay una secuencia en la que él decide abandonar la azotea y acompañar a un grupo de marines para asaltar un restaurante y el tipo que lo sustituye se cepilla tranquilamente a siete u ocho enemigos en apenas diez minutos).
Aquí me podría quedar, definiéndola como un pastiche entretenido entre el realismo de Homeland y el pesimismo que acompaña a los perdedores que tanto le gusta retratar a Eastwood (se podría ver un reflejo en Kyle del Munny de Sin Perdón o incluso en el Kowalski de Gran Torino, una de sus últimas buenas películas) y que podría hasta aplaudir si fuese un personaje creado exprofeso por Hall, pero no puede ser, porque hay más detrás de todo esto, mucho más.
Y, ojo, que a partir de ahora podría entrar en el pantanoso terreno de los spoilers, advertidos quedáis.
Y es que el Chris Kyle este fue un personaje real, un héroe reconocido y aplaudido y que escribió (o dictó, vamos, que aquí no se hacen críticas literarias) su autobiografía. Una autobiografía llamada, por cierto, American Sniper (es decir, como la película) y en la que se presenta como un asesino de salvajes, jactándose de todas las vidas que ha quitado. Kyle no era un héroe, era un asesino despiadado, un ser inestable que a su regreso a América disfrutaba maltratando animales y hasta llegó a falsear una pelea con Jesse Ventura en un bar para auto promocionarse como estandarte de la América libre (y armada, por supuesto). Acepto, por supuesto, las licencias narrativas a la hora de plasmar una historia real en pantalla, pero el truco aquí no cuela. Porque esta no es una película sobre un episodio histórico, sino sobre un personaje. Y no se nos muestra al personaje como realmente fue, se manipula para conseguir un hervor nacionalista (y casi fascista) en pos de las barras y estrellas (otrom ejemplo, es que el tipo presume de haber matado a muchas mujeres y niños “salvajes”, lo que Eastwood convierte en su peli en una escena en la que casi reza para que un niño suelte un arma que coje de la calle para evitar tener que dispararle), y eso no se puede consentir.
Para que me entendáis, pongo por ejemplo Descifrando Enigma. Esa película, en el fondo, no trata de Alan Turing, sino en el momento concreto en que se embarcó en el estudio y desarrollo de un ingenio que tradujera el complicado código nazi. ¿Podría haber funcionado la película obviando el hecho de que Turing era homosexual? Por supuesto que sí, pues ese no era el tema ni se habría manipulado la realidad, aunque conocer todos los datos ayuda a mejorar la historia.
Lo contrario pasa con El Francotirador. Se supone que conocer a Kyle es más importante que saber si al final acaba o no con el francotirador rival, Mustafá. Y por eso la película miente y manipula.
Y finalmente ha creado mucha controversia también el sentido que Eastwood quiere dar a todo esto. Muchos desde aquí la apoyan como un título claramente antibelicista. Yo no lo veo así, encontrándome incluso que es una ocasión perdida no haber centrado su historia en la gran ironía que fue sobrevivir a cuatro campañas en Irán y convertirse en héroe de guerra para luego morir al lado de casa y en manos de un veterano. Lo que habría podido hacer el Oliver Stone de los viejos tiempos con esto. Pero no, Eastwood no tiene ningún interés en el drama final, que ni siquiera filma, recreándose mejor en las imágenes reales del entierro y actos de homenaje, donde no podría faltar la musiquita emotiva y patriotera de fondo. Así que el debate es: ¿se trata de una película fascista y pro militar o es una crítica antibelicista? Millones de americanos la han ensalzado interpretando que es lo primero lo que, ya de entrada, dice muy poco en favor del señor Eastwood. Un film puede tener un planteamiento ambiguo, pero pretender posicionarse y que la mitad de tu público se posicione al lado contrario es hacer las cosas muy mal.
Yo lo tengo muy claro. Los iraníes se cargaron las Torres Gemelas. Los iraníes son los malos. Y el único iraní bueno es el iraní muerto. Eso es, al menos, lo que piensa Kyle. Y, por extensión, Eastwood. Y si no es esa la intención del director entonces habrá que disculparse ante él por acusarlo de fascista y decirle que, simplemente, su película no funciona.
Quizá a ciertas edades será mejor limitarse a hacer peliculitas simpáticas y no pretender reconducir la historia y aleccionar a las masas con la sabiduría que (se supone) da la edad.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

JERSEY BOYS (4d10)

Os voy a contar una historia:
Había una vez un joven y guapete actor que empezó a darse a conocer a base de participar en peliculillas de vaqueros (spaghetti-westerns, se llamaban) cuya calidad eran muy dudosas pero no así su popularidad. 
Algo cayó en gracia del actorcillo que más a base de carisma que de talento se labró una fama de tío duro que le llevó a protagonizar desde comedias incomprensiblemente exitosas (como esas en las que su compañero es un mono) a clásicos de la acción como la saga de Harry el Sucio. Pero hete aquí que el tipo tenía su corazoncito, y decidió mostrarlo al mundo como director con un pseudomusical llamado Bird. El joven y guapete actor se hacía mayor y se auto homenajeó en la crepuscular Sin Perdón, que junto con la ñoña e insufrible Los Puentes de Madison lo encumbraron en lo más alto del Olimpo Hollywoodiense.  Consciente de su gran sensibilidad (y quizá muy pagado de sí mismo) el ya no tan joven ni tan guapete actor se dedicó a repetir una y otra vez la misma película (dramas crepusculares y trascendentales) aunque cambiándoles el disfraz hasta que se le empezó a ver el plumero. Ahora, convertido en un ancianito como por arte de magia, el trovador de los perdedores ha intentado cambiar de registro, y ni siquiera sus palmeros más fieles parecen querer tragar. Más allá de la vida pasó sin pena ni gloria y con J. Edgar logró el inmenso mérito de no saber aprovechar el gran talento de Leonardo Di Caprio.
Y así llegamos al momento actual, en el que, ya demasiado arrugado para actuar, la espantada de Belloncé para protagonizar su remake (Dios nos coja confesados) de Ha nacido una estrella le ha dado la oportunidad de contar, a su estilo, la historia del grupo de soul cargado de “falsettes” The four seasons.
Jersey boys no es una película original, ya que se basa en el musical de Broadway orquestado por el propio Frankie Valli, líder del cuarteto, con las limitaciones que ello conlleva. No voy a juzgar un musical que no he podido ver, pero está claro que no es un musical al uso, con grandes coreografías y donde la música es lo predominante. En Jersey boys (los chicos de Jersey del título es una clara referencia a que se quiere hablar más de los orígenes del grupo en esa población vecina a Nueva York que de sus grandes éxitos) se da un repaso a los orígenes del grupo, sus contactos con la mafia y sus difíciles relaciones entre ellos, pero Clint Eastwood (que es el actor joven y guapete convertido en ancianito, por si se le había escapado a alguien) no sabe en ningún momento imprimir la emoción y carisma necesario a sus personajes en una película que quiere parecerse a un Scorsese en horas bajas con cancioncillas de por medio.
Quizá la primera media hora sea la que mejor funciona, dejando más o menos claro la postura de cada uno de los protagonistas, pero a medida que el grupo se desvincula de Jersey y la fama los aclama la historia se diluye entre elipsis más conseguidas y datos amontonados sin mucho criterio, llegando a ser terriblemente aburrida  y reclamando solo la atención del respetable durante las interpretaciones musicales (de hecho, el momento álgido llega con el tema Can't take my eyes off you, que corresponde ya a su carrera en solitario), que al carecer del más mínimo rastro de espectacularidad no alcanzan a regalar la vista tanto como al oído.
Demasiado larga e insípida, es fácil perder el interés en estos chicos cantores cuyas personalidades quedan muy difusas y a quienes no ayuda para nada la elección de unos actores de muy limitados talentos. John Lloyd Young es ganador del premio Tony por su interpretación de Frankie Valli en Broadway y sin duda su voz y sus “falsettes” serán muy parecidos a la del cantante original, pero esto es cine, amigo mío, y aquí los primeros planos obligan a una expresividad y un trabajo interpretativo para los que el chico (debutante en la pantalla grande) no está preparado. La cosa no mejora demasiado a su alrededor y hasta el estupendo Christopher Walker parece aquí una caricatura de sí mismo, con alguna escena de vergüenza ajena en la que el talentoso actor tiene que rebajarse al ridículo más chusco.
Decepcionante a todas luces (y eso que a mi es difícil que el jinete pálido del cine me decepcione), Jersey boys es anodina y superficial, como si se tratara de un producto de encargo, y no aporta nada sobre el grupo que no se obtenga ya con comprarse simplemente un CD de sus grandes éxitos (entre los que se incluye Grease que Eastwood ignora en su película) y, si pica la curiosidad, pasarse por la Wikipedia.
Y es que Jersey boys tiene una gran música, pero arece de alma.