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jueves, 30 de enero de 2020

JOJO RABBIT

En los últimos tiempos el neozelandés Taika Waititi se ha convertido en un personaje imprescindible en Hollywood. Tras romper esquemas con la hilarante Lo que hacemos en las sombras, romper taquillas con Thor Raknarok y colarse entre los directores elegidos para la serie del momento: El mandaloriano (y nada menos que para el último episodio de la temporada), su última película lejos de las superproducciones marca Disney le ha brindado el las puertas mismas del cielo.
Cierto es que Jojo Rabbit tiene ese humor tan peculiar suyo que no será del agrado de todos, y te obliga a que te impliques en la película para poder acceder a su mundo, pero si se consigue entrar en ella, el resultado será u viaje maravilloso, tan divertido y sensible como descarnado por momentos.
No es fácil mezclar temas tan delicados como el nazismo con el humor, y aunque Roberto Benigni tuvo mucho éxito con La vida es bella (película que aborrezco), la apuesta de Waititi es más arriesgada si cabe.
En los estertores de la guerra, un niño más obsesionado por la ideología nazi que el propio Ben Solo (incluso tiene al mismísimo Adolf Hitler como amigo imaginario) descubre que su propia madre es una traidora a la patria y da cobijo en su casa a una joven judía.
A partir de la relación entre el niño y la joven los dos mundos se irán acercando entre ellos mientras el absurdo impera a su alrededor, un humor plagado de grandes diálogos y un brillante toque de slapstick muy bien medido.
Así, Jojo Rabbit es una gran comedia, de sonrisa constante y varias carcajadas, hasta que, en un momento dado, nos obliga a despertar de este bonito sueño de ver a Hitler gimoteando por no conseguir nuestra atención y nos recuerda lo que está sucediendo en realidad, golpeando nuestros corazones y provocando alguna lágrima inesperada para, como un suplo de esperanza, invitarnos a una última remontada.
Con un impresionante y enternecedor Roman Griffin Davis secundada por una no menos eficaz Thomasin McKenzie, la película se nutre además de interpretaciones maravillosas como las de Scarlett Johansson y Sam Rockwell y cameos varios (por ahí andan Rebel Wilson, Alfie Allen, Stephen Merchant y el propio Waititi), convirtiendo la película en una gran fiesta tan inteligente como irreverente.

Valoración: Ocho sobre diez.

RICHARD JEWELL

A sus casi noventa años, Clint Eastwood parece estar completamente obsesionado con ofrecer la vida y peripecias de esos héroes reales que saltan a la palestra de vez en cuando y cuyos apellidos apenas significan nada fuera del territorio estadounidense.
En los últimos tiempos han pasado por su punto de mira, con mayor o menor suerte, tipos como Chris KyleChesley 'Sully' Sullenberger o el trío formado por Alek Skarlatos, Anthony Sadler y Spencer Stone, siendo Richard Jewell su último objetivo.
Richard Jewell cuenta la historia de un vigilante de seguridad que, tras localizar una mochila con un artefacto explosivo durante los juegos olímpicos de Atlanta de 1996, con lo que ayudó a salvar muchas vidas, termino siendo investigado e incriminado por el FBI como teórico terrorista. El problema de la película, una vez más, es que pese a su interesante punto de partida la historia quizá no de para un largometraje. Tras un inicio prometedor y transmitir al espectador parte de la angustia que sufre el pobre desdichado (que tampoco es que inspire demasiada simpatía ante la apariencia caricaturesca que presenta), la situación de vuelve algo anodina, y pese a que sirva como pretexto para juzgar a los medios de comunicación y poner sobre la palestra la profesionalidad del ramo en la actualidad, no deja de caer en la simpleza e incluso el aburrimiento.
Afortunadamente, los grandes trabajos de Kathy Bates y Sam Rockwell compensan la interpretación plana de Jon Hamm y el uso casi esperpéntico que se hace del personaje de una sobreactuada Olivia Wilde.
Película aceptable pero poco más que podría haber resultado más interesante que el anterior trabajo del director, Mula, si la necesidad de ajustarse a la realidad no lastrara su guion. No es un mal Eastwood, pero su fracaso estrepitoso en taquilla y el desprecio en los Oscar (solo Bates ha sido nominada) confirman que quizá el veterano artista debería plantearse bajar un poco el ritmo y trabajar con más esmeros sus proyectos futuros.

Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 16 de enero de 2019

EL VICIO DEL PODER

Después de dejar atrás un currículo plagado de comedias tontas, con La gran apuesta Adam Mckay se ganó el derecho de ser considerado un autor serio y políticamente comprometido. Esa podría ser una buena definición de su siguiente película, El vicio del poder, una sátira sobre los tejemanejes de Dick Cheney desde que es un simple becario en la era Nixon hasta llegar a ser el amo del cotarro como vicepresidente de George Bush Jr. 
Para ello, McKay juega a mezclar el batiburrillo de estilos narrativos que hicieran grande a El lobo de Wall Street de Scorsese (hay mucho de Scorsese en la película) con la crítica política antirrepublicana de Michael Moore. Incluso repite trucos que él mismo había inventado para tratar de hacer comprensible la reciente crisis económica en La gran apuesta, con personajes hablando directamente a cámara y metáforas visuales acompañando a la historia (en esta ocasión, una pila formada por tazas de café en precario equilibrio). Sin embargo, la principal diferencia entre ambas películas es su sentido del humor. Pese a tratar temas tan dramáticos como el 11S o la Guerra de Irak, McKay se las apaña para construir unos personajes que rozan la caricatura sin llegar nunca a traspasar la línea de la verosimilitud y compone, a base de resaltar la parte más terriblemente surrealista de la propia realidad, una comedia que, sin ser tan disparatada como ojos ejemplos de historias reales como la que se narraba en Dolor y dinero, de Michael Bay, o la ya mencionada El lobo de Wall Street, suponen un alivio muy refrescante anta la gran cantidad de datos y referentes políticos que ofrece, que pueden llegar a agotar (e incluso despistar) al espectador no estadounidense.
Con una caracterización impresionante y una gran labor actoral, los cuatro principales cómplices de Mckay (Christian Bale, Amy Adams, Steve Carrell y Sam Rockwell), junto a Brad Pitt como productor, ayudan al director (que también firma en solitario el guion) a narrar la descabellada ascensión al poder de Cheney, logrando incluso que empaticemos con personajes totalmente negativos sobre el papel y que lleguemos a sentir incluso cierta admiración. No es descabellado, de hecho, considerar que sus metas, por detestables que puedan llegar a ser, son a la vez muy meritorias.
El tono de la película viene marcado desde el primer momento, tanto con el propio título del film (un chista, el doble juego con la palabra Vice que se pierde en su traducción al español) como con el rótulo inicial advirtiendo que esto es una aproximación a la realidad, pese a lo hermético que ha sido siempre Cheney, por lo cual han tenido que “currárselo como cabrones”.
Más allá de la supuesta fidelidad ante los hechos reales descritos, no hay duda de que la película no puede considerarse imparcial, aprovechando la ocasión para dar un rapapolvo a la américa más republicana, ridiculizando a Bush hijo y convirtiendo a Cheney en un genio de la manipulación y un conspirador en las sombras. Pero esa imparcialidad la aborda McKay con un ejercicio de sinceridad tan brutal que no se puede más que perdonarlo por ello. Incluso cede al protagonista, en una entrevista final que recuerda ligeramente a la que cierra el film El reino, de Rodrigo Sorogoyen, la oportunidad de justificar sus actos mirando directamente a la cámara y dirigiéndose al propio espectador, al cual convierte en juez y parte de la historia.
Es, quizá, ese toque de árbitro moral, que se permite incluso burlarse del propio público al acusarlo de ponerse una venda en los ojos y mirar hacia otro lado más trivial en lugar de preocuparse por las cosas verdaderamente importantes, lo que más me chirría de la película, en un ejercicio de ligera soberbia por parte de McKay, creedor de tener en su poder la verdad absoluta.
Esta es, en definitiva, la primera gran película del año y una firme candidata a los Oscar del mes que viene, un ejercicio imprescindible para comprender el porqué de algunos acontecimientos de la historia más reciente, mínimamente manipuladora, que resulta tan educativa como divertida.
Es una gran película, señor McKay, desde luego. Pero decir esto no me impide decir también que espero con muchas ganas la nueva de Fast&Furious. Y quien se quede hasta la brillante escena postcréditos entenderá mis palabras.

Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 13 de enero de 2018

TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS

Enero es, tradicionalmente, mes de grandes estrenos, cosechando en España los estrenos correspondientes al año pasado con esperanzas de entrar en la carrera de los Oscars. Y Tres anuncios en las afueras, una de las grandes vencedoras de los recientes Globos de Oro, es un buen ejemplo de ello.
Se pueden decir muchas alabanzas de la nueva película de Martin McDonagh, director y guionista de la magnifica Escondidos en Brujas y la muy interesante Siete psicópatas, como las portentosas interpretaciones de sus protagonistas, en especial una sublime Frances McDormand y un Woody Harrelson también muy solvente, el brillante retrato de la América profunda (con un cierto deje que recuerda el estilo de los Hermanos Coen, no es casual que McDormand sea la protagonista), o la intensa puesta en escena de McDonagh, que no permite que en ningún momento decaiga la historia ni se empape en sensiblería barata. El gran mérito del guion de McDormand es ser capaz de confeccionar una historia tan divertida, capaz de arrancar grandes carcajadas, con un trasfondo tan duro como es la muerte de una hija tras su violación o el cáncer terminal de un padre de familia.
McDormand viaja a la América rural para componer un relato de perdedores, de personajes muy estúpidos y de limitadas reflexiones, que sin embargo se instalan en el corazón del espectador y consiguen enternecerlo. Es por eso que no hay aquí buenos ni malos, y cada nuevo giro argumental invitan a cambiar de idea hacia lo que se siente hacia un personaje u otro, hasta acabar siendo esto una fábula sobre la familia y la amistad.
Resulta curioso que amparándose en personajes y situaciones tan tópicas, McDonagh consigue ser muy original, rompiendo los esquemas que uno pudiera hacerse en la imaginación a partir de la premisa argumental (una madre que paga por colocar unos anuncios insultando a la policía por sus nulos avances en el asesinato de su familia), y cuya sabia elección de los actores protagonistas es una jugada maestra más para llevar al espectador a su terreno.
Tres anuncios en las afueras tiene mucho humor, humor muy negro e insano, que se entremezcla con el drama en un difícil equilibrio que sin embargo no rechina en ningún momento, sumergiendo al espectador en una montaña rusa emocional que roza la perfección. Eso lo aprovecha su autor para divagar sobre el bien y el mal, cargando de matices grises a sus protagonistas, tan odiosos en unos momentos como capaces de merecer la redención al otro. Y lo hace, además, manejando con maestría un recurso tan poco cinematográfico, a priori, como es el uso de tres cartas que dibujan a la perfección tres momentos vitales del film.
Tres anuncios en las afueras es, sin duda, una de las mejores películas del año. Una delicia que merece ser considerado desde ya un clásico moderno y cuyos premios ganados y por ganar serán sin duda merecidos.
Valoración: Nueve sobre diez.

jueves, 28 de mayo de 2015

POLTERGEIST (6d10)

Podría decirse que no hay nada más sencillo que valorar una película de terror: si sorprende y asusta es un buen producto y si se confirma con amontonar tópicos y los sustos se limitan a las típicas subidas de volumen pues no cabe más que suspenderlas. Si a esto le sumamos que nos encontramos ante un remake, y no de una peli de terror del montón sino de todo un clásico de los 80', pues la cosa parece más clara todavía.
¿O no?
El caso es que Poltergeist se sitúa a medio camino, en una especie de ni fu ni fa, y cuyas referencias a la anterior película no se sabe si pretenden ser homenajes o una burda repetición de esquemas.
La película original data de 1982 y fue dirigida por Tobe Hoope, autor de La Matanza de Texas, y da la que -más allá de su leyenda negra- existe también la rumorología de que fue el propio Spielberg, oficialmente sólo productor, quién se encontraba tras las cámaras.
Gil Kenan,  director de medio pelo que se encarga de revisionar la historia, tiene de base varios aciertos, como reunir un reparto de renombre que da cierto lustro al film, o utilizar planos diurnos muy luminosos o incluso coloridos, como distanciandose consistentemente de la clásica película de casas encantadas de ambientación lúgubre y oscura. Además, Kenan va al grano con su narración, de apenas noventa minutos, sin esperar demasiado a poner sus cartas sobre la mesa y descubriendo los secretos que ocultaba la película del 82, como la revelación del cementerio bajo la casa, a las primeras de cambio, dando por hecho que todo el mundo tiene como referencia la primera versión y que no vale la pena tratar de engañar en vano al espectador, aunque se habría agradecido algún cambio con respecto a la base existente, más allá de que la televisión como punto de conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos se extiende ahora también a tablets, móviles, etc.
Poltergeist cuenta la historia de un matrimonio y sus tres hijos que se trasladan a una nueva casa edificada sobre un antiguo cementerio cuyas almas allí atrapadas utilizarán a la pequeña de la familia para tratar de escapar de esa especie de purgatorio en el que se encuentran. Sin arriesgar lo más mínimo ni profundizar demasiado en los protagonistas (y eso que el matrimonio formado por Sam Rockwell y Rosemarie DeWitt podría dar bastante juego), la película es un producto de consumo rápido, tan entretenida como olvidable, que es tan breve que no llega a aburrir pero incapaz de dejar huella en el espectador.
Puede parecer injusto caer en la tentación de comparar la película con la apuesta de Hoope/Spielberg, pero es casi imposible valorar una sin recurrir a la otra, pues Kenan se retroalimenta constantemente de ella recurriendo a los elementos más icónicos (ahí están el payaso, el árbol de la ventana, el concepto de "ir hacia la luz"...), mutando ligeramente algunos (la mítica médium que interpretó  Zelda Rubinstein es ahora un Cazafantasmas de reality televisivo al que da vida Jared Harris) que sin duda provocará una sonrisa nostálgica a los espectadores veteranos pero que posiblemente sabrá a poco a los jóvenes que han crecido con las Paranormal Activity de turno y no sepan nada de la Carol Anne original, costándoles incluso conectar con los momentos de humor del film, mucho más escasos, eso sí, que en la obra original.
Película, en fin, que no molesta y se puede ver con agrado, muy lejos del Poltergeist de Hoope pero que no llega a insultar su recuerdo. Para pasar el rato, vamos.

domingo, 14 de abril de 2013

SIETE PSICÓPATAS * (7d10)

Estamos ante lo que, a priori, debería ser una película pequeñita, una de esas joyas del cine independiente que posiblemente nunca hubiera visto la luz en España a no ser en los circuitos de V.O. Sin embargo, no sé si por avatares del destino,  por amiguismo o simplemente por el poder de seducción de su guion, ha conseguido reunir a un grupo extraordinario de intérpretes que nos invita a verla con otros ojos, por más que nos encontremos de nuevo ante uno de esos flagrantes maltratos por parte de la distribuidora que ha fechado su estreno en cines muchos meses después de su pase en Sitges y con una paupérrima publicidad, prácticamente limitada al poder de convocatoria que poseen los nombres que aparecen en el cartel, demostrando la poca confianza hacia un producto de demostrada calidad. Pero bueno, luego, cuando las cuentas no cuadren, siempre podrán culpar a la piratería. Es lo que se lleva.
Siete psicópatas narra las historias paralelas de un guionista del montón que piensa que va a cambiar el mundo con la trama sobre un grupo de psicópatas en el que está trabajando sin ser capaz de reconocer que copia más que crea, mientras por otro lado conoceremos a un pobre desgraciado con un "negocio" de secuestro de perros para cobrar una recompensa por su devolución cuya vida se complicará al robar una perrita que es la niña mimada de un peligroso (y psicópata, por supuesto) mafioso.

Esta es la historia concebida por Martin McDonagh (que ya destacó por Escondidos en Brujas), cargada con mucho humor negro, situaciones estrambóticas y diálogos brillantes que la hacen en conjunto delirante y divertida con el refuerzo de un magnífico reparto encabezado por Colin Farrell (que una vez más demuestra que luce mejor en películas pequeñas que en superproducciones como la mediocre Desafío Total), Sam Rockwell, Woody Harrelson (tan desquiciado como nos tiene acostumbrados), Tom Waits, Harry Dean Stanton o Olga Kurylenko (aunque su aportación es casi testimonial, como para dar un toque femenino al póster) entre otros, aunque quien realmente se lleva la palma es Christopher Walken, al que teníamos un poco perdido últimamente (pronto lo veremos en Tipos legales junto a Al Pacino y Alan Arkin) que está sencillamente inmenso, comiéndose a sus compañeros cada vez que aparece en pantalla y haciendo suya la película,  pese al rol de secundario que sobre el papel le corresponde.