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jueves, 30 de enero de 2020

RICHARD JEWELL

A sus casi noventa años, Clint Eastwood parece estar completamente obsesionado con ofrecer la vida y peripecias de esos héroes reales que saltan a la palestra de vez en cuando y cuyos apellidos apenas significan nada fuera del territorio estadounidense.
En los últimos tiempos han pasado por su punto de mira, con mayor o menor suerte, tipos como Chris Kyle, Chesley 'Sully' Sullenberger o el trío formado por Alek Skarlatos, Anthony Sadler y Spencer Stone, siendo Richard Jewell su último objetivo.
Richard Jewell cuenta la historia de un vigilante de seguridad que, tras localizar una mochila con un artefacto explosivo durante los juegos olímpicos de Atlanta de 1996, con lo que ayudó a salvar muchas vidas, termino siendo investigado e incriminado por el FBI como teórico terrorista. El problema de la película, una vez más, es que pese a su interesante punto de partida la historia quizá no de para un largometraje. Tras un inicio prometedor y transmitir al espectador parte de la angustia que sufre el pobre desdichado (que tampoco es que inspire demasiada simpatía ante la apariencia caricaturesca que presenta), la situación de vuelve algo anodina, y pese a que sirva como pretexto para juzgar a los medios de comunicación y poner sobre la palestra la profesionalidad del ramo en la actualidad, no deja de caer en la simpleza e incluso el aburrimiento.
Afortunadamente, los grandes trabajos de Kathy Bates y Sam Rockwell compensan la interpretación plana de Jon Hamm y el uso casi esperpéntico que se hace del personaje de una sobreactuada Olivia Wilde.
Película aceptable pero poco más que podría haber resultado más interesante que el anterior trabajo del director, Mula, si la necesidad de ajustarse a la realidad no lastrara su guion. No es un mal Eastwood, pero su fracaso estrepitoso en taquilla y el desprecio en los Oscar (solo Bates ha sido nominada) confirman que quizá el veterano artista debería plantearse bajar un poco el ritmo y trabajar con más esmeros sus proyectos futuros.

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 29 de diciembre de 2015

NAVIDADES, ¿BIEN O EN FAMILIA? (5d10)

Viendo el título de esta película, y contemplando el reparto o incluso el cartel promocional, lo fácil sería pensar que estamos ante otra comedia navideña más, la típica apuesta de estas fechas en los que se hace una burla a las etiquetas impuestas por la sociedad alrededor de la unión familiar que terminará derivando en un desastre muy divertido y que al final se solucionara en pos al espíritu navideño y los buenos deseos de todos.
Sin embargo, el directo Jessie Nelson (cuya última película, la conmovedora Yo soy Sam, data de 2001) y el guionista Steven Rogers (también afincado en el melodrama ligero) han querido dotar a esta película de un cierto aire trascendental, como una reflexión moral sobre el amor y la familia que termina dotando a la película de una incómoda pomposidad y, desde luego, nada de diversión.
Siguiendo el esquema clásico delas historias corales que terminan uniéndose al final de las mismas (al más puro estilo Love Actually), Navidades ¿bien o en familia? desgrana las miserias de un enorme núcleo familiar  y, basándose en los tópicos más recurridos del género (dos desconocidos que se conocen en un aeropuerto, el padre que ha perdido el trabajo y no se atreve a confesarlo a su familia, el anciano cargado de sabiduría, la familiar a la que rescatan de la residencia para pasar las navidades en familia o el inevitable susto que los lleva a todos a terminar en la sala de espera de un hospital) de una manera que, de haber apostado claramente por el melodrama, podría haber funcionado. 
Sin embargo, no es eso lo que nos quieren vender ( y la presencia de Ed Helms en el reparto así lo confirma) y la esperanza de entrar en la sala a ver esta película para reírse con las aterradoras reuniones familiares obligatorias en estas fechas y pasarlo bien por un rato se transforman en un jarro de agua fría al ver unos personajes desgraciados deambulando por la pantalla que me hacen dudar si la película (pese a su final) es decididamente pesimista o simplemente fallida.
Eso sí, en el lado positivo hay que destacar su impresionante reparto, en el que sobresalen sobremanera Alan Arkin, Marisa Tomei y John Goodman. Junto a ellos están Diane Keaton y Olivia Wilde haciendo unos personajes que suenan un poco a lo de siempre (Keaton lleva ya muchos años repitiendo el mismo papel, mientras que Wilde parece repetir el personaje autodestructivo de la también coral En tercera persona), pero no hay que olvidarse, entre otros, de la presencia de Amanda Seyfried o Anthony Mackie.
En resumen, una propuesta navideña que puede resultar interesante siempre que u8no sepa a qué atenerse. Su mayor pecado es aparentar algo que no es, aunque por lo menos, aunque todo suene a repetido, pretende tener una profundidad más allá de las típicas estupideces a los que nos tienen acostumbrados. Lo malo es que estas cosas les suelen salir mucho mejor a los británicos (y, tras ver Barcelona, nit d’hivern, a nosotros mismos), y esto no es más que una imitación americana muy descafeinada.

jueves, 12 de marzo de 2015

EN TERCERA PERSONA (5d10)

Nueve años han pasado desde que Paul Haggis ganase el Oscar gracias a Crash y en ese tiempo apenas ha dirigido un par de películas bastante intrascendentes hasta llegar a esta En tercera persona que, por cierto, llevaba acumulando polvo en el cajón de la distribuidora desde el 2013. 
Como queriendo recuperar el esplendor perdido, Haggis repite el mismo esquema que en Crash, creando una trama coral con historias aparentemente sin relación entre ellas que terminarán confluyendo para dar sentido al conjunto y amparándose en un interesante –aunque en ocasiones desaprovechado- reparto.
En tercera persona es una película correctamente dirigida. Haggis sabe dónde poner la cámara en cada momento, imprime el ritmo adecuado a la acción (aunque quizá se exceda en la duración final) y consigue dar forma a su puzle mediante un montaje dinámico y efectivo que por momentos me recuerda (pese a no tener nada que ver ni argumental ni visualmente) al Atlas de las nubes de los Wachowski.
Sin embargo, algo falla en esta ambiciosa metáfora sobre el proceso de la creación  que pretende abordar diversos puntos de vista de las relaciones humanas sin que en ningún momento llegue a tocar la tecla justa. Haggis, más reconocido como guionista que como director, patina en la escritura de un libreto que resulta demasiado previsible (hay un “truco” final que yo intuí casi desde el primer minuto de la película) y cuyas subtramas resultan por momentos poco creíbles e inconsistentes.
Michael (Liam Neeson) es un escritor de éxito en pleno bloqueo creativo que ha abandonado a su mujer (Kim Basinger) por una novelista mucho más joven, Anna (Olivia Wilde) con la que mantiene un juego de poder en su retiro en París mientras intenta buscar la inspiración para su nueva novela. Julia (Mila Kunis) es una joven desequilibrada que lo dejó todo por su relación con Rick (James Franco) con quien ahora tiene una guerra abierta por la custodia de su hijo en común con la ayuda de su abogada Theresa (María Bello) en la ciudad de Nueva York. Scott (Adrien Brody) es un ladrón de diseños de moda que en una estancia de “trabajo” en Roma conoce a Monika (Moran Atias), una gitana que lo conducirá al peligroso mundo de la mafia rusa en un intento desesperado por recuperar a su hija, introducida ilegalmente en el país.
Tres historias aparentemente diferentes entre sí que terminarán confluyendo de una forma, en ocasiones, demasiado artificial y cuyo atractivo radica más en su visión como una extraña mezcolanza de situaciones muy bien entrelazadas por el montaje y la música que por su análisis individual, y cuya suma final termina resultando demasiado floja, haciendo que nos preguntemos qué es exactamente lo que el señor Haggis nos pretendía contar.
Entretenida y disfrutable durante su visionado, su tramposo desenlace facilitará que decaiga en reflexiones posteriores, invitando a que, tal y como le ha pasado a la propia distribuidora, la olvidemos en el acto. Y es que, si no fuese por el atractivo de su reparto (y eso que hoy en día resulta hasta extraño ver a Neeson sin repartir estopa), estaría condenada por oscilar demasiado entre la pretenciosidad moral y el vacío más absoluto.

lunes, 24 de febrero de 2014

HER (8d10)

Cuando falta cada vez menos para la entrega de los premios Oscar (apenas una semana justa), y siendo evidente que como siempre nos quedaremos sin poder ver alguna de las películas importantes de la noche, se estrena este fin de semana la última obra de Spike Jonze, Her, otra que compite como mejor película y guion, aunque extrañamente su director y protagonista (casi omnipresente) han sido obviados (¿será que la película se ha hecho sola?).
Aunque no suele ser lo habitual en mí, en ocasiones me enfrento a una pantalla de cine sin tener ni idea de lo que voy a ver, sin una base argumental a la que agarrarme. Algunas veces (y The Master, con el mismo protagonista, es un buen ejemplo) ese es un error atroz, pero esta vez me ha resultado toda una sorpresa, sintiéndome desconcertado y sorprendido hasta casi el ecuador del film.
No obstante, si ustedes no son gente intrépida y prefieren saber de qué va el último invento de un director tan personal como Spike Jonze, que llamó mi atención con Cómo ser John Malkovich, no estuvo mal en Adaptation (el ladrón de orquídeas) y me aburrió en la visualmente interesante pero poco más Donde viven los monstruos, aquí les dejo cuatro pinceladas.
Joaquin Phoenix (uno de esos actores que normalmente no trago por mucho que suela alabarlo la prensa del CSI) es Theodore, un hombre solitario y amargado por el fracaso de su matrimonio pero con alma de poeta (se dedica a escribir cartas personales para otros –sí, ese es su oficio, en serio-) hasta que se hace con un nuevo sistema operativo con inteligencia artificial con quien entablara una peculiar relación. Hay que advertir, si no lo han notado ya, que estamos ante una película futurista, pero a apenas unos pocos años de nuestro presente. Nada de coches voladores ni pistolas de rayos, solo ligeros avances tecnológicos, un poco al estilo de Un amigo para Frank, o la patria Eva).
Con esta premisa, Jonze nos invita a conocer un mundo obsesionado por la tecnología donde un ordenador o un videojuego puede llegar a ser suficiente para satisfacer las necesidades sociales del individuo, más cuando ese ordenador tiene la capacidad de aprender y evolucionar, llegando a tener sentimientos más intensos incluso que una persona de carne y hueso (y alma).
Pero no es esta una fábula sobre los peligros dela tecnología, pues en todo momento (independientemente de hacia dónde termine dirigiéndose el film) esos avances se ven más como una bendición que como un problema y no es ese el objetivo real de Jonze, firmante también del guion. Una vez más, como ya sucediera en Nebraska, la última película de la que hablé, se trata de hablar sobre sentimientos. Sobre la soledad, el amor (y la perdida de este) y los problemas de comunicación.
Phoenix está extrañamente brillante, y pese a lucir su habitual cara de circunstancias en algunos momentos, en otros muestra una variedad de registros como no le conocía al hermano del malogrado River Phoenix, siendo capaz de aguantar la presión de la cámara en los muchos momentos de conversaciones virtuales en la que su rostro ocupa un permanente primer plano.
Está muy presente el tema del matrimonio y del fin del amor en una pareja, por lo que me deja la duda sobre si la empatía que siento hacia Theodore es sólo por su calidad interpretativa o hay un punto de implicación personal por mi parte, pero lo que no deja margen de duda es que tanto él como los pocos (y conocidos) actores que lo rodean desprenden una naturalidad sorprendente en curioso contraste con la temática tecnológica del asunto. Por aquí andan la nueva novia de América Amy Adams, una fugaz Olivia Wilde, Rooney Mara –la Lisbeth Salander yanqui- y Chris Pratt, el nuevo héroe Marvel.
Y sin dejar el apartado interpretativo quiero hacer hincapié de nuevo en el terreno del desconocimiento del que les hablaba al principio de mi comentario. Una parte esencial de la historia la compone  ese personaje virtual al que oímos contantemente la voz pero solo nuestra imaginación es capaz de poner rostro. Y eso me lleva a una reflexión: ¿es intención del director influir en nuestra imaginación con respecto al físico tras la voz o debería ser ese un elemento más con el que jugar? Los espectadores que acudan a verla en versión original quizá lo tengan claro, pero en la versión doblada yo acudí de nuevo con la ignorancia de quienes eran los intérpretes aparte del protagonista de la carátula. Y al escuchar la voz sin rostro me recordó a Ellen Page no podía evitar pensar en la protagonista de Juno a ver a Theodore hablar son su Sistema Operativo (SO). ¿Habría cambiado algo si desde el primer momento hubiese sabido que la voz original correspondía a Scarlett Johansson? Ahí les dejo la pregunta.

En resumen, una interesante propuesta sobre las parejas, el amor, la amistad y la artificialidad bien aderezada con planos reflexivos e interesantes y bellos paisajes.

viernes, 29 de noviembre de 2013

LA HUIDA * (3d10)

Floja, floja, floja esta peliculilla de Stefan Ruzowitzky, un austríaco sin demasiado currículo (¿Kika superbruja cuenta?) que pretende ser un thriller policíaco cargado de violencia y se queda en un pastiche soporífero sin emoción ni por su historia, ni por su ritmo ni por sus interpretaciones.
La función arranca con los hermanos Addison y Liza (y un tercero que no pinta nada) teniendo un accidente de coche tras un atraco a un casino en una zona bastante desolada cercana a la frontera canadiense. Tras matar a un policía los familiares (a los que parece que se le quiere buscar un tono incestuoso que no termina de arrancar) deciden separarse (aun no comprendo porqué; ¿estará detrás de ellos los químicos manipuladores de La Cabaña en el bosque?), dividiéndose a partir de entonces la película en dos tramas paralelas, en la que él recorrerá un camino de violencia creciente y ella descubrirá el amor hasta que sus pasos se crucen de nuevo en una elegante casa donde celebrarán el día de acción de gracias.
Muchos son los errores de esta producción que pretende inspirarse en la magnífica Fargo de los hermanos Coen con la violencia (que no los diálogos) de Tarantino y donde lo único destacable son los paisajes nevados y unas pinceladas interpretativas de los veteranos Sissy Spacek y Kris Kristofferson. Por lo demás la dirección es deficiente, con planos que buscan la plasticidad artística y terminan siendo simples malos encuadres con pretenciosidad artificial y en la que los tres protagonistas son sorprendentemente espantosos. No es cuestión de pedir peras al olmo en el caso de Olivia Wilde, poco más que una chica mona de ojos preciosos y escaso talento, pero a Charlie Hunnam se le suponía algo de calidad y que se pretende codear con los grandes tras su paso por Pacific Rin mientras que el caso más fragante es el de Eric Bana,  un actor de prestigio que acostumbra a cumplir con creces y que aquí no parece tomarse en ningún momento en serio a su personaje.
Finalmente, la historia podría cumplir si estuviese bien narrada, pero no solo falla el ritmo, sino que los tópicos se repiten con tanta insistencia que es imposible mantener el interés por ella. La trama de un ex convicto que se mete en problemas apenas salir de la cárcel, la eficiente policía que no puede demostrar su valía porque el sheriff es además su padre…
Ruzowitzky configura una película cuyas intenciones parecen recordar a La venganza del hombre muerto, por aquello del cruce de personajes de vidas destrozadas que pueden conseguir una segunda oportunidad en el amor, pero que mientras la relación entre Colin Farrell y Noomi Rapace resultaba creíble en aquella, los personajes de Charlie Hunnam y Olivia Wilde no nos demuestran en ningún momento ni la justificación de sus sentimientos ni el hecho de merecer no ya esa anhelada segunda oportunidad, sino nuestra simpatía siquiera.
No es una historia de corazones rotos, sino de cabezas de chorlito que actúan sin lógica ni sentido y que encima, en el supuesto clímax de la cena final, parece querer predicar sobre la conciliación familiar y el arrepentimiento.

Moralina de rebajas en una película totalmente decepcionante.

domingo, 22 de septiembre de 2013

RUSH (8d10)

Me gustaría comenzar esta crítica explicando que no tengo ni idea de Fórmula 1. No me importa lo más mínimo quién gane o pierda (excepto por el orgullo patrio de Fernando Alonso), no conozco los recovecos del reglamento y no entiendo a quienes se pasan el fin de semana pegados al televisor tragándose los entrenamientos, las clasificaciones y (por fin) las carreras, largas e interminables.
Comienzo así porque quiero dejar claro mi punto de vista ante un deporte que es el protagonista de esta película, y porque creo que llegar tan virgen al cine es casi más positivo que negativo, pues si bien las escenas de competición no resultan para nada aburridas para el profano (como suele suceder con las películas sobre futbol americano o beisbol), el no tener ni idea de cómo va a acabar el duelo entre Niki Lauda (al menos el nombre de este sí me sonaba) y James Hunt me parece una clara ventaja sobre los amantes de los coches.
Es curioso que el mismo fin de semana que se estrena Jobs llegue este otro biopic (en este caso doble) que va a provocar que las tentaciones de comparativas sean casi inevitables. Y es que si en la película de Stern me quejaba de que uno salía del cine sin acabar de entender quién era Steven Jobs y lo que hacía, a Ron Howard le bastan un par de escenas para dibujar perfectamente a Lauda y Hunt y que conozcamos lo que les impulsa a hacer lo que hacen y a ser como son, dos caras de la misma moneda, almas gemelas (aunque totalmente opuestos a la vez) que por mucho odio que crean tenerse estarán condenados a entenderse y admirarse mutuamente.
Ambientada a principio de los 70’, la película arranca alternando las historias de ambos corredores, usando sendas voces en off para conocer sus pensamientos, cuando comenzaban en Fórmula 3: Hunt, mujeriego y juerguista, interpretado por un excelente Chris Hemsworth totalmente desatado lejos de la relativa rigidez que le supone ser un dios nórdico, y Lauda, frío y sensato, medido y camaleónico Daniel Brühl. Rápidamente ascienden hasta la Fórmula 1, dónde el austriaco Lauda logrará su primer campeonato, centrando toda la película en el duelo que tendrá al año siguiente contra el aspirante británico.
Ignoro hasta qué punto se ha sido fiel a la historia real y a las arrebatadoras personalidades de ambos (si hay algún lector conocedor del tema y quiere dar su opinión en los comentarios le será agradecido), pero desde el punto de vista cinematográfico la presentación de ambos es impecable, consiguiendo además que entendamos fácilmente como ve cada uno el mundo de las carreras (la presentación, por separado, de cada uno en sus respectivos talleres es un claro ejemplo de la manera de trabajar).  Ambos viven para correr y es lo único que parece importarles, pero mientras uno trabaja con la cabeza, el otro lo hace con el corazón, y por más evidente que pueda parecer quién de los dos obra con corrección (y si no ahí queda la Historia para corroborarlo), el gran acierto de la película es que en ningún momento plantea a uno como el bueno y otro como el villano, no hay favoritismos en esta lucha de egos, en este combate pasional que fue más allá de los circuitos y que se refleja también en sus vidas personales, representadas en la forma de sus matrimonios (la modelo Suzy Miller fue la fugaz esposa de Hunt hasta que lo dejó por el actor Richard Burton mientras que Marlene le robó el corazón y fue inspiración para Lauda), correctamente interpretadas por Olivia Wilde y Alexandra Maria Lara.
Casi al final de la película, tras casi dos horas de enfrentamientos y odios, Lauda y Hunt coinciden en un aeródromo y tienen una breve conversación en la que cada uno insiste en defender sus posturas. Y es ahí donde, si el espectador no ha decidido todavía quién es su favorito, ya no lo hará nunca, pues ambos tienen razón y ambos se equivocan, ya que eso es la vida, acertar y equivocarse, pero siempre con el corazón y desde la pasión.
A años luz de Jobs, Ruch logra seducir al espectador con el lujoso y espectacular mundo de la alta competición (nada que ver, eso es cierto, con el circo que es hoy en día), mostrando además sus peligros con escenas de escalofriante crudeza, consiguiendo hacernos partícipes de él e invitándonos a sentirnos como un miembro más del equipo.
Si hay que buscar algún pero podríamos encontrarlo en las escenas de carreras, brillantes y hasta poéticas, pero a las que en ocasiones les iría bien algo más de efectismo. Los planos de Howard son emocionantes, con mucho zoom y cámaras a ras de suelo, pero quizá se echa en falta ver con más claridad los adelantamientos, siempre rápidos y confusos, imagino que para hacernos sentir como dentro del propio monoplaza. Un simple detalle que no enturbia una brillante película, apasionada y apasionante, sobre una rivalidad y un campeonato que, en su época, sin duda provocó que alguien dijera: parece una historia de película.
De gran película, debo añadir.