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domingo, 14 de abril de 2019

TRIPLE FRONTERA

Poco a poco Netflix sigue ampliando su catálogo de películas originales, y lo hace reuniendo a grandes nombres de la interpretación, garantizándose con ello un buen número de descargas (y, al menos en idea, de suscripciones nuevas) independientemente de la calidad final de las mismas.
Aunque muchos no terminen de quedar convencidos por la mayoría de proyectos de la cadena de streaming (Roma aparte), creo que poco a poco van apostando por proyectos más serios e interesantes, y Triple frontera, sin duda, esté entre ellos.
Triple frontera es como se denomina a la zona en la que lindan Paraguay, Brasil y Argentina, tristemente célebre por ser un nido de narcos, traficantes de armas y, en los últimos años, yihadistas. Es en ese escenario donde se mueve la película de J.C. Chandor, con un grupo de viejos amigos del ejército que se vuelven a reunir para acabar con un peligroso narcotraficante (y de paso, quedarse con su dinero) mediante un encargo del sector privado.
Tal es la excusa para reunir en pantalla a Oscar Isaac, Ben Affleck, Charlie Hunnam y Pedro Pascal, rematando el cast con Garrett Hedlund y Adria Arjona. Chandor reparte la película en tres arcos claramente diferenciados: la preparación del plan, la ejecución y la huida desesperada a través de los Andes. Ello propicia que la película pueda tener un ritmo algo irregular por los cambios de tono pero que, a cambio no aburre en ningún momento, estando reinventándose continuamente. Quizá se podría acusar a los actores de no parecer tan implicados como en una gran producción de Hollywood, pero todos cumplen con sus personajes y le dan el empaque suficiente para hacer de la película una epopeya de tintes bélicos con tonos de pura supervivencia.
Bien filmada y con una hermosa fotografía (capaz de convertir Hawái en Sudamérica), la película dista mucho de ser perfecta, pudiéndose acusar de algunos agujeros (o simplezas) de guion que se podrían haber trabajado algo mejor, pero que al final no empañan el buen resultado de una película entretenida y emocionante.


Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 18 de agosto de 2017

EL REY ARTURO, LA LEYENDA DE EXCÁLIBUR, macarra y demencial adaptación de Ritchie.

Es complicado valorar una película que se estrena con tanto retraso con respecto a Estados Unidos sabiendo que allí ha sido un fracaso estrepitoso. Y más cuando cuenta una historia de sobras conocida y que de tanto en tanto es revisionada por Hollywood, ya sea en clave animada (Merlín, el encantador), musical (Camelot), cómica (Los caballeros de la mesa cuadrada), romántica (El primer caballero) o realista (El Rey Arturo), aunque para mí ninguna podrá superar jamás a la maravillosa Excalibur de John Boorman.
Se podría decir que todo sobre Arturo y su mítica espada ha sido ya contado, por lo que Guy Ritchie, que a simple vista podría parecer el realizador menos apropiado para esta empresa, decide repetir la jugada que Marvel ha hecho con Spiderman Homecoming y contar con la complicidad del espectador para no perder el tiempo explicando la leyenda de la espada clavada en la roca, los propósitos de un personaje como Merlin o el significado de construir una mesa redonda. Esta no es la historia de Arturo, sino un nuevo enfoque de sus andanzas y, como tal, Rey Arturo es elíptica, precipitada y, por momentos, incluso confusa, pero también adrenalítica, frenética y espectacular.
Rey Arturo, la leyenda de Excalibur, es una película excesiva, que bebe de todas las fobias de Ritchie y termina siendo una obra de autor, un ejemplo de como el otrora enfant terrible del cine británico consigue aunar su estilo tan particular con las imposiciones de un blockbuster. 
Y que la taquilla no le haya sonreído no significa que la película sea realmente un desastre. 
No está, desde luego, a la altura de sus Sherlock Holmes (la primera fue un ejemplo de cómo filmar acción de manera novedosa) o de Operación UNCLE, pero al menos resulta entretenida y tiene un ritmo que no decae nunca, bien apoyado en la música de Daniel Pemberton.
Ritchie se adapta a las imposiciones del género, recordando su película por momentos a obras épicas del estilo de El Señor de los Anillos, con toques de Robin Hood, presentando el camino del protagonista destinado a ser héroe en contra de su pesar (StarWars) y robando estética e imaginería a Juego de Tronos, aceptando ese obligatorio peaje interracial para el elenco de secundarios (que si la cosa hubiese funcionado habría derivado en diversos spin-off que dieran lugar a un nuevo universo compartido) y con un final desmedido en el que se abusa de la cámara lenta y las chispas de fuego planeando por todo el plano (¿por qué será que todas las películas Warner se me antojan cortadas por el patrón Zack Snyder?), pero sabe salir airoso de ello gracias a no tomarse nunca demasiado en serio la historia. 
Prescindiendo de todo el realismo que pretendía infundir la obra de Antoine Fuqua y apostando claramente por la magia y la fantasía, Ritchie se regodea de un estilo kitch conde los reyes visten cazadoras impolutas y sus poses son siempre altivas y dignas. No es casual, en este sentido, que David Beckham haga un pequeño cameo. 
Así, aceptando los excesos del director, todo cuadra a la perfección, desde el montaje cronológicamente alternado hasta el aroma a videojuego del enfrentamiento final, con un villano que parece salido de un comic cuyo look habría podido mejorar mucho el aspecto visual de ese horrible Ares (al que recuerda ligeramente) de Wonder Woman.
Rey Arturo no es una mala película. Pero sí es demencial y excesiva, despreocupada del desarrollo de personajes, absurda y caótica. Es la película que cabría esperar de alguien tan alejado de la mitología medieval como Ritchie, que convierte a su Arturo (sobresaliente Charlie Hunnam) en una especie de maleante de los suburbios del Londres actual. 
Así es el juego que se nos plantea y, si uno decide aceptarlo, la película, con todos sus defectos, resulta cautivadora.
Porque esta no es una película del Rey Arturo. Esta es una película de Guy Ritchie. Con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Sabiendo esto, es el espectador el que debe decidir entrar o no en el juego. Yo decidí entrar y, al menos, no me sentí decepcionado.
Rey Arturo podría ser mejor, pero no se me ocurre cómo.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 8 de mayo de 2017

Z, LA CIUDAD PERDIDA. Historia de una obsesión.

James Gray es un director muy personal que, tras destacar en títulos como La noche es nuestra, Two Lovers o El sueño de Ellis se embarca ahora en su proyecto más ambicioso, un retrato de casi dos horas y media de Percy Fawcett, un militar reconvertido en explorador que, tras embarcarse en una misión para cartografiar la frontera entre Brasil y Bolivia en 1906, epopeya que recogió en un libro David Grann y a partir del cual el propio Gray ha hecho la adaptación.
Z, la ciudad perdida, es una historia épica y de superación, pero, por encima de todo, es la historia de la obsesión de un hombre. Obsesión, primero, por lograr un ascenso en su carrera militar que le proporcione un status capaz de borrar la vergüenza generada por un padre alcohólico, siendo esta sustituida más adelante por el empeño de encontrar una civilización perdida en lo más profundo del Amazonas que él imaginaba como una especie de El Dorado y que termino por contagiar a su propio hijo.
Charlie Hunnam recrea con solvencia a este personaje, consiguiendo posiblemente su mejor interpretación hasta la fecha, y Tom Holland (al que su popularidad como nuevo Spiderman le permite destacar en el poster pese a que su personaje tarda casi una hora y media en aparecer) no le va a la zaga. Sin embargo, quienes merecen ser destacados en el rango interpretativo son un sorprendente Robert Pattinson, que ayudado por un aspecto barbudo y enfermizo logra definitivamente dejar atrás el estigma de Crepúsculo, y una eficiente Sienna Miller, capaz de alternar su doble papel de mujer sufridora y resignada con el de feminista independiente y casi adelantada a su época.
Z, la ciudad perdida, no es, en realidad, la historia de una expedición, sino que su argumento se alarga desde que Fawcett tomara ese primer contacto con la selva amazónica hasta su regreso en 1925, teniendo que luchar entremedias en la Gran Guerra europea. Esto permite conocer mejor la historia de Fawcett y empatizar con su obsesión y con el vínculo de amistad que hace con sus compañeros de aventuras, Henry Costin y Arthur Manley, así como sus conflictos con el también explorador James Murray. Sin embargo, impide que el ritmo narrativo avance con fluidez, dificultando la división entre los tres actos y haciendo que esta se convierta en una película río que puede llegar a agotar (que no aburrir) en algún momento.
Con todo, Gray cuanta con un as en la manga en forma del director de fotografía Darius Khondji, que consigue que visualmente la película sea perfecta, logrando incluso diferentes matices dependiendo de si la acción transcurre en la selva, en el frente o en Londres. Así, donde pueda flaquear la historia se impone la técnica y la suma de ambos conjuntos hacen de Z, la ciudad perdida, una película interesante y muy entretenida, tanto desde el punto de vista aventurero como en el apartado familiar, haciendo que incluso se le perdonen los recursos narrativos que maquillan, en algunos momentos, la historia real.

Valoración: siete sobre diez.

jueves, 29 de octubre de 2015

LA CUMBRE ESCARLATA (8d10)

Guillermo del toro siempre ha sido un director de gran personalidad, un visionario, como definen algunos. Alguien capaz de crear mundos imaginarios, de regusto gótico y aspecto fantasmagórico.
Sin embargo, hasta ahora el director mejicano siembre había funcionado mejor fuera de Hollywood que incorporado a la meca del cine. Mientras las coproducciones españolas El espinazo del Diablo o El laberinto del Fauno eran grandes películas, su cine se volvía algo más convencional cuando se debía a una industria poco dada a arriesgar, donde dirigió títulos como Blade II, Hellboy (su secuela sí era mucho más personal y posiblemente por ello no pudo completar su deseada trilogía) o la cansina y sobrevalorada Pacific Rim, quizá lo peor de su carrera.
Por eso, es una grata sorpresa que haya conseguido en La cumbre Escarlata aunar las directrices impuestas por los grandes estudios con la libertad creativa que Del Toro precisa para dar rienda suelta a su locura en una película que, como él mismo ha repetido hasta la saciedad, no es de miedo aunque sí se trate de una historia de fantasmas.
Tras la muerte de su madre, la pequeña Edith presencia aterrada como un espectro se le aparece para prevenirla sobre la Cumbre Escarlata. Este aislado suceso marcará para siempre a la muchacha que se empeñará en convertirse en escritora siempre con el tema fantasmagórico como telón de fondo de sus historias, más como metáforas del pasado que ya no volverá que como elemento sobrenatural.
Ya entrando en la madurez la vida de Edith cambiará cuando descubra las mieles del amor en Thomas Sharpe, un hombre seductor de oscuro pasado con quien contraerá matrimonio y junto al que se irá a vivir (en compañía de su no menos intrigante y perturbadora hermana) a una mansión en claro estado de deterioro a la que, debido al terreno arcilloso de color rojo sangre, se conoce popularmente como la Cumbre Escarlata.
Posiblemente el guion de la película sea lo que más flojea, no sorprendiendo tanto como la trama se merece y con un desenlace algo previsible, pero todo ello queda eclipsado ante la contundencia, primero, de una fotografía mágica, una combinación de colores donde prevalece siempre ese omnipresente rojo, y al amparo, segundo, de unas brillantes interpretaciones. Mia Wasikowska ya demostró en Stoker lo convincente que puede ser como alma torturada, atrapada entre dos mundos, víctima de la seducción de lo prohibido, pero quienes de verdad lo bordan son Tom Hiddleston y Jessica Chastain dando vida a la enfermiza pareja de hermanos que, ya desde su primera aparición, auguran algo oscuro sin que ello impida sentirse incómodo cada vez que lucen en pantalla.
No es cuestión ahora de descubrir a nadie, aunque quizá sorprenda menos el carácter de Hiddleston, más cuando su Thomas Sharpe rescata algo de la perturbadora seducción que ya luciera en sus diversas interpretaciones del Loki marveliano. Chastain, sin embargo, esa actriz que se dio a conocer en la olvidable La noche más oscura (y a la que llegué a aborrecer por esa insípida interpretación), ha ido demostrándome papel a papel lo gran actriz que llega a ser, superando sus propios límites en un fin de semana en el que encabeza dos estrenos con registros tan dispares como es esta Lucille Sharpe y su Melissa Lewis en el Marte de Ridley Scott.
La cumbre Escarlata es por encima de todo, como en las mejores historias de Del Toro, un cuento, una leyenda gótica de corte romántico, inspirada tanto en relatos de Poe, Lovecraft o Becker como en películas de mansiones encantadas y espíritus torturados. Y aunque se haya dicho por activa y por pasiva que no es una peli de terror, sustos y momentos de mal rollo también los hay, consiguiendo que esta sea una estupenda recomendación para una noche de Halloween muy por encima de las mediocridades de sustos fáciles y música chillona que acostumbran a pulular por estas fechas.
No es redonda (para ello se habría tenido que pulir algo más la trama) pero sí un ejercicio visual impecable, una ambientación que seduce al espectador tanto como a la propia protagonista y que invita a formar parte de nuestras propias pesadillas. Unas pesadillas que no se alimentan de nuestro temor a lo desconocido, sino de nuestras angustias del pasado.
Y es que en ocasiones es en el pasado donde se encuentran esos terrores que no dejan de acosarnos.

viernes, 20 de febrero de 2015

La recomendación del mes: HOOLIGANS.

Estaba Elijah Wood tratando de escapar de la alargada sombra de Frodo de la trilogía de El Señor de los Anillos participando en papeles secundarios en películas como ¡Olvídate de mí! o Sin City cuando la directora Lexi Alex
ander le ofreció un papel de esos que es un caramelito para todo buen actor. Acompañando a un desconocido Charlie Hunnam (aún le faltarían muchos años para llegar a ser el héroe de Pacific Rin)
Hooligans es un inquietante viaje al interior de los grupos de aficionados al fútbol más radicales. Vistos desde fuera, es fácil ver a estos hinchas como unos borregos descerebrados más interesados en reventar la cabeza del hincha rival que de apoyar a su equipo en el campo. Y quizá lo sean. Pero la película –que en ningún momento pretende ser blanda con ellos- nos demuestra también la otra cara, la identidad de estos animales salvajes al día siguiente del partido, cuando vuelven a sus vidas normales y, como en el caso de Pete Dunham (el personaje interpretado por Hunnam), son entrenadores de niños, tienen familia e incluso son de los que ceden los asientos a los mayores en el metro.
Descubierta por mí gracias a la recomendación de mi amigo y compañero Arturo colón, la película pretende enseñar cómo hay que conocer antes que juzgar, sin que ello signifique que defienda ni justifique ciertas actitudes. Precisamente de ello se encargan Matt Buckner y Shannon Dunham (Wood y Claire Forlani, esa muchachita que se había puesto de moda con La Roca y ¿Conoces a Joe Black? y que ahora está prácticamente desaparecida), dos hermanos cuya percepción de las pandillas de hooligans es diametralmente opuestas. Mientras Matt, estudiante de periodismo recién llegado de Estados Unidos tras ser injustamente expulsado de la universidad, queda prendado de ese estilo de vida y de la camaradería que hay entre ellos, el sentido de la amistad elevado a su máximo exponente, Shannon está casada con el hermano de Pete y su único deseo es mantener a su matrimonio ajeno a ese mundo de peleas de bar y linchamientos callejeros que poco o nada tienen que ver con el deporte.
La amistad, la confianza y la fidelidad son tres valores puestos a prueba en un juicio de valor cuya sentencia queda a manos del espectador, en una historia cruda y realista cuyo único error lo encuentro es su escena final, casi un epílogo para cerrar la historia de Matt que, sin revelar lo que sucede, se me antoja que rompe con la construcción del personaje tal y como lo conocíamos hasta ese momento.
Pese a ello, Alexander consigue una película estremecedora a la par que instructiva y que descubre a todos aquellos que ven el futbol inglés desde lejos una realidad tan triste como estremecedora.
Como ven, yo ya he tomado partido.

viernes, 29 de noviembre de 2013

LA HUIDA * (3d10)

Floja, floja, floja esta peliculilla de Stefan Ruzowitzky, un austríaco sin demasiado currículo (¿Kika superbruja cuenta?) que pretende ser un thriller policíaco cargado de violencia y se queda en un pastiche soporífero sin emoción ni por su historia, ni por su ritmo ni por sus interpretaciones.
La función arranca con los hermanos Addison y Liza (y un tercero que no pinta nada) teniendo un accidente de coche tras un atraco a un casino en una zona bastante desolada cercana a la frontera canadiense. Tras matar a un policía los familiares (a los que parece que se le quiere buscar un tono incestuoso que no termina de arrancar) deciden separarse (aun no comprendo porqué; ¿estará detrás de ellos los químicos manipuladores de La Cabaña en el bosque?), dividiéndose a partir de entonces la película en dos tramas paralelas, en la que él recorrerá un camino de violencia creciente y ella descubrirá el amor hasta que sus pasos se crucen de nuevo en una elegante casa donde celebrarán el día de acción de gracias.
Muchos son los errores de esta producción que pretende inspirarse en la magnífica Fargo de los hermanos Coen con la violencia (que no los diálogos) de Tarantino y donde lo único destacable son los paisajes nevados y unas pinceladas interpretativas de los veteranos Sissy Spacek y Kris Kristofferson. Por lo demás la dirección es deficiente, con planos que buscan la plasticidad artística y terminan siendo simples malos encuadres con pretenciosidad artificial y en la que los tres protagonistas son sorprendentemente espantosos. No es cuestión de pedir peras al olmo en el caso de Olivia Wilde, poco más que una chica mona de ojos preciosos y escaso talento, pero a Charlie Hunnam se le suponía algo de calidad y que se pretende codear con los grandes tras su paso por Pacific Rin mientras que el caso más fragante es el de Eric Bana,  un actor de prestigio que acostumbra a cumplir con creces y que aquí no parece tomarse en ningún momento en serio a su personaje.
Finalmente, la historia podría cumplir si estuviese bien narrada, pero no solo falla el ritmo, sino que los tópicos se repiten con tanta insistencia que es imposible mantener el interés por ella. La trama de un ex convicto que se mete en problemas apenas salir de la cárcel, la eficiente policía que no puede demostrar su valía porque el sheriff es además su padre…
Ruzowitzky configura una película cuyas intenciones parecen recordar a La venganza del hombre muerto, por aquello del cruce de personajes de vidas destrozadas que pueden conseguir una segunda oportunidad en el amor, pero que mientras la relación entre Colin Farrell y Noomi Rapace resultaba creíble en aquella, los personajes de Charlie Hunnam y Olivia Wilde no nos demuestran en ningún momento ni la justificación de sus sentimientos ni el hecho de merecer no ya esa anhelada segunda oportunidad, sino nuestra simpatía siquiera.
No es una historia de corazones rotos, sino de cabezas de chorlito que actúan sin lógica ni sentido y que encima, en el supuesto clímax de la cena final, parece querer predicar sobre la conciliación familiar y el arrepentimiento.

Moralina de rebajas en una película totalmente decepcionante.

lunes, 12 de agosto de 2013

PACIFIC RIM (5d10)

Entrados ya de lleno en el calor de agosto, época de blockbusters estivales, se entrena por estos lares (en los USA lleva ya más de un mesesito en cartel) Pacific Rim, la última creación de Guillermo del Toro que para muchos es la película palomitera del año y para otros muchos una chufla en toda regla. ¿En qué extremo me encuentro yo? Pues como suele ser habitual en mí, esquivando los puntos más radicales y concediéndole un merecido aprobado pero poco más.
Del Toro es un gran creador (tanto como director, guionista o diseñador), y por eso su implicación en el proyecto hace que el resultado final baje su nota, ya que se espera mucho más del genial mejicano que deslumbró con El espinazo del Diablo, El laberinto del Fauno o incluso en las dos Hellboys (la segunda claramente más personal que la primera). Y es que la película, un proyecto suyo que lleva años tratando de llevar a la gran pantalla (dicen que los bocetos en los que se basan los monstruos parten de dibujos suyos que realizó con solo cinco años) es, de partida, una solemne tontería. Los que la definían como un Godzilla versus Transformers dieron en el clavo, con la salvedad de que Del Toro filma mucho mejor que Michael Bay pero no destroza con tanta maestría como Roland Emmerich. La película nos cuenta (muy vagamente) la invasión extraterrestre de una raza a la que llaman Kaiju, cuya principal novedad es que no vienen del espacio exterior, sino de un portal interdimensional que hay en las profundidades marinas. La única solución que se les ocurre a los humanos para hacerles frente es la construcción de los Jaeger, unos robots gigantescos que interactúan en unión mental con sus pilotos (deben ser dos quienes lo manejen, cada humano utilizando un lado del cerebro, sí, en serio). Pasan los años y el gobierno decide cancelar el proyecto Jaeger, pero el almirante Stacker Pentecost (Idris Elba, el Heimdall de Thor), un tipo que creció viendo demasiados episodios de Mazinger Z (que eso son claramente los Jaeger, incluyendo el popular “fuego de pecho”) ha mantenido el proyecto activo por su cuenta (¿y eso quién lo paga?) y se prepara para una ofensiva final contra los aliens, empleando para ello los últimos cuatro Jaeger útiles y reclutando al prota de la peli, Raleigh Becket (Charlie Hunnam, al que creo que no conocen ni en su casa), traumatizado por la muerte años atrás de su hermano y copiloto Yancy (Diego Klattenhoff, el “amigo” del prota de Homeland –y, sobretodo, de su mujer- y actor más reconocible del film, aunque la palma a los diez minutos de peli) y a Mako Mori (Rinko Kikuchi, a la que parece que en su casa sí conocen, pero de ahí no pasa), más traumatizada aún por los fantasmas de su pasado con los Kiaju. Hasta aquí la historia, con un par de toques dramáticos cuando se descubre el pasado de Mako y algún detallito muy mal dramatizado de Pentecost y los apuntes de humor del dúo dinámico formado por los científicos del equipo, Newton y Gottlieb (Charlie Day y un ridículo y sobreactuado Burn Gorman) y la aparición obligada de los amiguetes de Del Toro, a saber: Ron Perlman y Santiago Segura. El resto: más de hora y media de puñetazos, golpes, destrucción y más puñetazos.
Del Toro filma muy bien, ya lo he dejado claro, y esto es lo único que hace que se pueda disfrutar de la película, además, claro está, de unos efectos especiales increíbles. Solo por ello, y el hecho de que nos encontremos ante una película de entretenimiento sin más pretensiones, ya debería bastarme, pero no es así. Y es que demasiadas cosas chirrían aparte del guion como para dejarme seducir por la simple espectacularidad. Y por encima de todas ellas la permanente sensación del terrible “esto ya lo he visto”.
Intentaré enumerar unas cuantas pegas:
Después de todos los años que pasan de lucha, y con lo terribles que son los Kiaju, no entiendo que la Tierra no esté totalmente destrozada ya. A ver si al final va a resultar que es tremendamente fácil acabar con ellos, con Jaeger o sin ellos.
Con  todo el dinero invertido en unos efectos especiales de miedo (y una realización calmada, no alternando los movimientos frenéticos y borrosos con la cámara lenta de Transformers), ¿por qué todos los combates son de noche o bajo el agua? Al final el resultado es el de siempre, no se ve nada claro.
Como me pasó con AfterEarth, me resulta ridículo que se invierta en un proyecto tan mastodóntico como los Jaeger para que al final la solución sea liarse a puñetazos (apenas hay un par de descargas y los ya mencionados proyectiles de pecho).
Por otro lado la historia podría haberse contado perfectamente con, al menos, media hora menos. Tanta pelea y destrucción repetitiva, como en El hombre de Acero, termina por aburrir, y los elementos dramáticos que hay por medio no son suficientes para empatizar con los protagonistas.
Y por útimo, el final, simple y calcado al de otro blockbuster muy reciente. Y ya os aviso que no puedo reprimirme de contároslo, así que aquí va un spoiler de los gordos. Advertidos quedáis:
Para vencer, la solución tomada es detonar una bomba nuclear al otro lado del portal interdimensional (¿os suena?). Para ello un Jaeger lo atraviesa con la bomba a cuestas y la hace detonar al otro lado, ante la mirada perpleja de los bichos (¿seguro que no os suena?) y cerrando así el portal, pero en el último momento el piloto logra escapar y volver a cruzar al lado terrestre (que sí, que os tiene que sonar) –hago aquí un inciso: no lanzan antes la bomba porque no es posible atravesar el portal si no van acompañados de un Kiaju, ya que la grieta reconoce su ADN; ¿por qué entonces sí pueden los protagonistas atravesarlo sólos de regreso?-, aunque nos hacen creer que está muerto para sorprendernos con su recuperación milagrosa (pues no, no es Iron man en Los Vengadores, ¿de dónde sacáis esa idea?).
Poco de Del Toro se reconoce al final, aparte del original diseño de los Kiaju que, por otro lado, no terminan por resultar tan aterradores como deberían, ya que les encuentro un punto grotesco e irreal, ese punto Del Toro que tan bien funcionaba como los habitantes del fantástico mundo del Fauno o los extraños seres de Hellboy II pero que aquí me sobra totalmente, mientras que los Jaeger tienen demasiados referentes de cosas ya vistas, desde los mencionados Mazinger Z (incluso la acción transcurre en Kioto) o Transformers hasta Acero Puro o El gigante de Acero, sin ir más lejos.