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lunes, 19 de febrero de 2018

LA FORMA DEL AGUA

Nadie puede poner en duda que Guillermo del Toro es un genio. Un genio incomprendido, algunas veces, y un genio incomprensible otras. De su mente ha salido todo un imaginario espectral que por sí solo valdría ya para una saga de películas de terror dignas de los cásicos de la universal (a los que tanto venera) y era, hasta la fecha, más aplaudido en Europa que en los Estados Unidos. No en vano sus dos mejores trabajos hasta la fecha eran españoles: El espinazo del Diablo y El laberinto del Fauno.
Puede que la culpa de ello se deba a una cierta tendencia a los convencionalismos que el realizador mejicano sufría al trabajar en el mercado yanqui. Así ni Blade II llegaba a reflejar sus señas de identidad ni Hellboy huía lo suficiente de los tópicos del cine de superhéroes, siendo ya demasiado tarde cuando quiso desbordar toda su locura visual en su secuela. Y de Pacific Rim, para mi su peor película, mejor ni hablar.
Quizá lo más cerca a los cuentos de terror góticos que tanto le gustas fuese La cumbre escarlata, pese a que no legó a triunfar en taquilla como se merecía, por lo que me sorprende (y alegra a la vez) que La forma del agua, su siguiente trabajo, en lugar de suponer un regreso con el rabo entre las piernas a los gustos del Hollywood medio, haya sido una de sus películas más arriesgadas y extrañas.
Sobre el papel, estamos ante una nueva versión del clásico de La Bella y la Bestia, convertida la bestia de turno en un primo cercano de la criatura de la laguna negra (La mujer y el monstruo) y la Bella en una mujer algo entrada en años, solitaria y muda.
Con estos dos elementos, decorados por una época (la Guerra Fría) que confiere a la historia de amor con tintes de terror un cierto aire de thriller, Del Toro se las apaña para componer una película deliciosa, una historia arrebatadora cargada de pasión y de la que se pueden sacar múltiples lecturas.
Es una historia de amor, eso está claro. Pero al amor sin límites, al amor a lo diferente, ya sea esa diferencia una mujer con una deficiencia, un homosexual o un monstruo marino. Es, por descontado, una oda a la igualdad (algún apunte racial hay de regalo), a lo absurdo de la discriminación y del abuso del poder y a la soledad que puede provocar la dificultad para comunicarse. Y es, sobre todo, una lección de cine que, en el fondo, se rinde pleitesía a sí mismo, con esos bailes sentados en el sofá de Sally Hawkins y Richard Jenkins o el momento de ensoñación musical.
Otro de los grandes méritos de Del Toro es que, a diferencia de esa aura de magia romántica que tenía la historia de amor fantasmal de La cumbre escarlata, en La forma del agua impere un tono de realismo que hace que se evite el ridículo al que se podría condenar este improbable romance. 
Tanto la forma en la que se nos explica el personaje de Sally Hawkins y su progresiva fascinación hacia la criatura como la magistral interpretación de la actriz permiten que nos creamos a pies juntillas esta historia tan excesiva y grotesca en manos de cualquier otro realizador. Para ello, además, Del Toro ha contado con una libertad total, dejándose de concesiones absurdas, que le han permitido hacer una pieza extremadamente sangrienta y cruel y con momentos de explícita sexualidad que resultan poco recomendables para la mojigatería americana de cara al público infantil pero absolutamente imprescindibles para profundizar en la personalidad de ciertos personajes.
Del Toro ha sabido rodearse, además, de un excelente plantel de actores. Michael Shannon (que los que me seguís desde hace tiempo sabréis que no es precisamente santo de mi devoción) está sensacional, lo mismo que Richard Jenkins, Y sobre Michael Stuhlbarg baste indicar que está presente, aunque sea como secundario, en tres de los films nominados este año como Mejor Película (aparece también en Los archivos del Pentágono y Call Me by Your Name). Como curiosidad, Doug Jones, el actor que interpreta al ser marino, es un viejo conocido de Del Toro (ha sido Abe Sapien en Hellboy y su secuela, el Fauno de El laberinto del Fauno y aparecía también en La Cumbre Escarlata y la serie The Strain).
Sin embargo, es Shally Hawkins quien se come completamente la pantalla en cada plano que aparece y solo ella, la magnífica dirección de Del Toro (este año conseguirá al fin el merecido reconocimiento en Hollywood) y la brillante banda sonora de Alexandre Desplat (tres elementos claves que, estoy convencido, serán tres Oscars fijos, aunque a ella Frances McDormand y sus Tres anuncios en las afueras no se lo van a poner nada fácil) son ya motivo suficiente para disfrutar una y otra vez de un film en el que “el gordo” (como le llaman sus amigos) se ha dejado el alma y ha vaciado el tintero con todo su amor por el cine y el terror.

Valoración: Ocho sobre diez.

jueves, 29 de octubre de 2015

LA CUMBRE ESCARLATA (8d10)

Guillermo del toro siempre ha sido un director de gran personalidad, un visionario, como definen algunos. Alguien capaz de crear mundos imaginarios, de regusto gótico y aspecto fantasmagórico.
Sin embargo, hasta ahora el director mejicano siembre había funcionado mejor fuera de Hollywood que incorporado a la meca del cine. Mientras las coproducciones españolas El espinazo del Diablo o El laberinto del Fauno eran grandes películas, su cine se volvía algo más convencional cuando se debía a una industria poco dada a arriesgar, donde dirigió títulos como Blade II, Hellboy (su secuela sí era mucho más personal y posiblemente por ello no pudo completar su deseada trilogía) o la cansina y sobrevalorada Pacific Rim, quizá lo peor de su carrera.
Por eso, es una grata sorpresa que haya conseguido en La cumbre Escarlata aunar las directrices impuestas por los grandes estudios con la libertad creativa que Del Toro precisa para dar rienda suelta a su locura en una película que, como él mismo ha repetido hasta la saciedad, no es de miedo aunque sí se trate de una historia de fantasmas.
Tras la muerte de su madre, la pequeña Edith presencia aterrada como un espectro se le aparece para prevenirla sobre la Cumbre Escarlata. Este aislado suceso marcará para siempre a la muchacha que se empeñará en convertirse en escritora siempre con el tema fantasmagórico como telón de fondo de sus historias, más como metáforas del pasado que ya no volverá que como elemento sobrenatural.
Ya entrando en la madurez la vida de Edith cambiará cuando descubra las mieles del amor en Thomas Sharpe, un hombre seductor de oscuro pasado con quien contraerá matrimonio y junto al que se irá a vivir (en compañía de su no menos intrigante y perturbadora hermana) a una mansión en claro estado de deterioro a la que, debido al terreno arcilloso de color rojo sangre, se conoce popularmente como la Cumbre Escarlata.
Posiblemente el guion de la película sea lo que más flojea, no sorprendiendo tanto como la trama se merece y con un desenlace algo previsible, pero todo ello queda eclipsado ante la contundencia, primero, de una fotografía mágica, una combinación de colores donde prevalece siempre ese omnipresente rojo, y al amparo, segundo, de unas brillantes interpretaciones. Mia Wasikowska ya demostró en Stoker lo convincente que puede ser como alma torturada, atrapada entre dos mundos, víctima de la seducción de lo prohibido, pero quienes de verdad lo bordan son Tom Hiddleston y Jessica Chastain dando vida a la enfermiza pareja de hermanos que, ya desde su primera aparición, auguran algo oscuro sin que ello impida sentirse incómodo cada vez que lucen en pantalla.
No es cuestión ahora de descubrir a nadie, aunque quizá sorprenda menos el carácter de Hiddleston, más cuando su Thomas Sharpe rescata algo de la perturbadora seducción que ya luciera en sus diversas interpretaciones del Loki marveliano. Chastain, sin embargo, esa actriz que se dio a conocer en la olvidable La noche más oscura (y a la que llegué a aborrecer por esa insípida interpretación), ha ido demostrándome papel a papel lo gran actriz que llega a ser, superando sus propios límites en un fin de semana en el que encabeza dos estrenos con registros tan dispares como es esta Lucille Sharpe y su Melissa Lewis en el Marte de Ridley Scott.
La cumbre Escarlata es por encima de todo, como en las mejores historias de Del Toro, un cuento, una leyenda gótica de corte romántico, inspirada tanto en relatos de Poe, Lovecraft o Becker como en películas de mansiones encantadas y espíritus torturados. Y aunque se haya dicho por activa y por pasiva que no es una peli de terror, sustos y momentos de mal rollo también los hay, consiguiendo que esta sea una estupenda recomendación para una noche de Halloween muy por encima de las mediocridades de sustos fáciles y música chillona que acostumbran a pulular por estas fechas.
No es redonda (para ello se habría tenido que pulir algo más la trama) pero sí un ejercicio visual impecable, una ambientación que seduce al espectador tanto como a la propia protagonista y que invita a formar parte de nuestras propias pesadillas. Unas pesadillas que no se alimentan de nuestro temor a lo desconocido, sino de nuestras angustias del pasado.
Y es que en ocasiones es en el pasado donde se encuentran esos terrores que no dejan de acosarnos.

lunes, 12 de agosto de 2013

PACIFIC RIM (5d10)

Entrados ya de lleno en el calor de agosto, época de blockbusters estivales, se entrena por estos lares (en los USA lleva ya más de un mesesito en cartel) Pacific Rim, la última creación de Guillermo del Toro que para muchos es la película palomitera del año y para otros muchos una chufla en toda regla. ¿En qué extremo me encuentro yo? Pues como suele ser habitual en mí, esquivando los puntos más radicales y concediéndole un merecido aprobado pero poco más.
Del Toro es un gran creador (tanto como director, guionista o diseñador), y por eso su implicación en el proyecto hace que el resultado final baje su nota, ya que se espera mucho más del genial mejicano que deslumbró con El espinazo del Diablo, El laberinto del Fauno o incluso en las dos Hellboys (la segunda claramente más personal que la primera). Y es que la película, un proyecto suyo que lleva años tratando de llevar a la gran pantalla (dicen que los bocetos en los que se basan los monstruos parten de dibujos suyos que realizó con solo cinco años) es, de partida, una solemne tontería. Los que la definían como un Godzilla versus Transformers dieron en el clavo, con la salvedad de que Del Toro filma mucho mejor que Michael Bay pero no destroza con tanta maestría como Roland Emmerich. La película nos cuenta (muy vagamente) la invasión extraterrestre de una raza a la que llaman Kaiju, cuya principal novedad es que no vienen del espacio exterior, sino de un portal interdimensional que hay en las profundidades marinas. La única solución que se les ocurre a los humanos para hacerles frente es la construcción de los Jaeger, unos robots gigantescos que interactúan en unión mental con sus pilotos (deben ser dos quienes lo manejen, cada humano utilizando un lado del cerebro, sí, en serio). Pasan los años y el gobierno decide cancelar el proyecto Jaeger, pero el almirante Stacker Pentecost (Idris Elba, el Heimdall de Thor), un tipo que creció viendo demasiados episodios de Mazinger Z (que eso son claramente los Jaeger, incluyendo el popular “fuego de pecho”) ha mantenido el proyecto activo por su cuenta (¿y eso quién lo paga?) y se prepara para una ofensiva final contra los aliens, empleando para ello los últimos cuatro Jaeger útiles y reclutando al prota de la peli, Raleigh Becket (Charlie Hunnam, al que creo que no conocen ni en su casa), traumatizado por la muerte años atrás de su hermano y copiloto Yancy (Diego Klattenhoff, el “amigo” del prota de Homeland –y, sobretodo, de su mujer- y actor más reconocible del film, aunque la palma a los diez minutos de peli) y a Mako Mori (Rinko Kikuchi, a la que parece que en su casa sí conocen, pero de ahí no pasa), más traumatizada aún por los fantasmas de su pasado con los Kiaju. Hasta aquí la historia, con un par de toques dramáticos cuando se descubre el pasado de Mako y algún detallito muy mal dramatizado de Pentecost y los apuntes de humor del dúo dinámico formado por los científicos del equipo, Newton y Gottlieb (Charlie Day y un ridículo y sobreactuado Burn Gorman) y la aparición obligada de los amiguetes de Del Toro, a saber: Ron Perlman y Santiago Segura. El resto: más de hora y media de puñetazos, golpes, destrucción y más puñetazos.
Del Toro filma muy bien, ya lo he dejado claro, y esto es lo único que hace que se pueda disfrutar de la película, además, claro está, de unos efectos especiales increíbles. Solo por ello, y el hecho de que nos encontremos ante una película de entretenimiento sin más pretensiones, ya debería bastarme, pero no es así. Y es que demasiadas cosas chirrían aparte del guion como para dejarme seducir por la simple espectacularidad. Y por encima de todas ellas la permanente sensación del terrible “esto ya lo he visto”.
Intentaré enumerar unas cuantas pegas:
Después de todos los años que pasan de lucha, y con lo terribles que son los Kiaju, no entiendo que la Tierra no esté totalmente destrozada ya. A ver si al final va a resultar que es tremendamente fácil acabar con ellos, con Jaeger o sin ellos.
Con  todo el dinero invertido en unos efectos especiales de miedo (y una realización calmada, no alternando los movimientos frenéticos y borrosos con la cámara lenta de Transformers), ¿por qué todos los combates son de noche o bajo el agua? Al final el resultado es el de siempre, no se ve nada claro.
Como me pasó con AfterEarth, me resulta ridículo que se invierta en un proyecto tan mastodóntico como los Jaeger para que al final la solución sea liarse a puñetazos (apenas hay un par de descargas y los ya mencionados proyectiles de pecho).
Por otro lado la historia podría haberse contado perfectamente con, al menos, media hora menos. Tanta pelea y destrucción repetitiva, como en El hombre de Acero, termina por aburrir, y los elementos dramáticos que hay por medio no son suficientes para empatizar con los protagonistas.
Y por útimo, el final, simple y calcado al de otro blockbuster muy reciente. Y ya os aviso que no puedo reprimirme de contároslo, así que aquí va un spoiler de los gordos. Advertidos quedáis:
Para vencer, la solución tomada es detonar una bomba nuclear al otro lado del portal interdimensional (¿os suena?). Para ello un Jaeger lo atraviesa con la bomba a cuestas y la hace detonar al otro lado, ante la mirada perpleja de los bichos (¿seguro que no os suena?) y cerrando así el portal, pero en el último momento el piloto logra escapar y volver a cruzar al lado terrestre (que sí, que os tiene que sonar) –hago aquí un inciso: no lanzan antes la bomba porque no es posible atravesar el portal si no van acompañados de un Kiaju, ya que la grieta reconoce su ADN; ¿por qué entonces sí pueden los protagonistas atravesarlo sólos de regreso?-, aunque nos hacen creer que está muerto para sorprendernos con su recuperación milagrosa (pues no, no es Iron man en Los Vengadores, ¿de dónde sacáis esa idea?).
Poco de Del Toro se reconoce al final, aparte del original diseño de los Kiaju que, por otro lado, no terminan por resultar tan aterradores como deberían, ya que les encuentro un punto grotesco e irreal, ese punto Del Toro que tan bien funcionaba como los habitantes del fantástico mundo del Fauno o los extraños seres de Hellboy II pero que aquí me sobra totalmente, mientras que los Jaeger tienen demasiados referentes de cosas ya vistas, desde los mencionados Mazinger Z (incluso la acción transcurre en Kioto) o Transformers hasta Acero Puro o El gigante de Acero, sin ir más lejos.

martes, 12 de febrero de 2013

MAMÁ (6d10)

En 2008 Andrés Muschietti, con la colaboración de su hermana Bárbara compartiendo créditos en el guion, dirigió un cortometraje de terror titulado Mamá sobre dos niñas que recibían en su casa a un aterrador espíritu al que ellas identificaban como una figura materna. Cuando el realizador y productor Guillermo del Toro lo vio quedó prendado por la angustia y el horror que se transmitía en apenas tres minutos y decidió contactar con Muschietti para proponerle convertir su obra en un largometraje. Y así nació la película Mamá.
Desbordado por la crisis económica Jeffrey llega a tal grado de desesperación que decide que la muerte es la mejor salida a su situación, así que asesina a su esposa en su propio domicilio y se lleva a sus dos niñas a una cabaña abandonada en el bosque donde pondrá fin a sus vidas para luego acabar suicidándose. Pero algo lo espera en aquel siniestro lugar que le impedirá ejecutar a sus niñas, protegiéndolas como solo una madre podría hacer.
Tres años más tarde las niñas son encontradas en un estado lamentable, malnutridas y asalvajadas, pero vivas. Sin otro pariente vivo más que su tío Lucas (hermano gemelo de Jeffrey) y su novia Annabel, las pequeñas son puestas a sus cuidados sin sospechar que algo las acompañará en su regreso a la ciudad.
Este es, a grandes rasgos, el inicio de mamá, una película aterradora donde la calidad interpretativa de dos niñas soporta el peso de toda la película con (pocos) momentos tiernos y (muchas) situaciones de verdadero terror. Dando una vuelta de tuerca a la clásica historia de posesiones demoníacas, la empatía entre las niñas y el espíritu al que consideran una madre otorga un grado de originalidad a la historia de siempre, acompañada de un esfuerzo poco habitual en dotar de personalidad a los personajes, en especial al de Annabel, una mujer independiente y transgresora cuyo futuro inmediato no incluía el plan de convertirse en madre y que deberá aprender no solo a enfrentarse a seres del Más Allá sino –quizá más difícil aún- a la convivencia con dos niñas.
Nikolaj Coster-Waldau continúa su avance lento pero seguro por Hollywood después de despuntar en Juego de Tronos y tener pendiente de estreno Oblivion (donde secundará a Tom Cruise) mientras que el caramelo de la película recae en Jessica Chastain, en un papel completamente diferente (tanto en lo físico como en lo psicológico) al de La noche más oscura y que le permite demostrar lo buena actriz que llega a ser.
Angustiosa y aterradora, la principal pega que se puede poner a la película es la sensación (como suele suceder con todas las historias que se adaptan a partir de un cortometraje) de que se alarga demasiado el tema, que una idea que es brillante para un corto resulta aquí estirada como un chicle, llegando a resultar en algunos momentos cansina y debiendo recurrir a tópicos que estropean el conjunto para rellenar tiempo.
Pese a todo, la historia mete mucho miedo y la aparición final del espíritu (que inquietante es Javier Botet, que ya nos aterrorizó como la niña Medeiros en la trilogía de Rec) es espectacular, pudiendo haberse creado un nuevo icono del terror a la altura de Jason o Freedy.

En pocas palabras, para cagarse…