Guillermo
del toro siempre ha sido un director de gran personalidad, un visionario, como
definen algunos. Alguien capaz de crear mundos imaginarios, de regusto gótico y
aspecto fantasmagórico.

Por
eso, es una grata sorpresa que haya conseguido en La cumbre Escarlata aunar las directrices impuestas por los grandes
estudios con la libertad creativa que Del Toro precisa para dar rienda suelta a
su locura en una película que, como él mismo ha repetido hasta la saciedad, no
es de miedo aunque sí se trate de una historia de fantasmas.
Tras
la muerte de su madre, la pequeña Edith presencia aterrada como un espectro se
le aparece para prevenirla sobre la Cumbre Escarlata. Este aislado suceso
marcará para siempre a la muchacha que se empeñará en convertirse en escritora
siempre con el tema fantasmagórico como telón de fondo de sus historias, más
como metáforas del pasado que ya no volverá que como elemento sobrenatural.

Posiblemente
el guion de la película sea lo que más flojea, no sorprendiendo tanto como la trama
se merece y con un desenlace algo previsible, pero todo ello queda eclipsado
ante la contundencia, primero, de una fotografía mágica, una combinación de
colores donde prevalece siempre ese omnipresente rojo, y al amparo, segundo, de
unas brillantes interpretaciones. Mia Wasikowska ya demostró en Stoker lo convincente que puede ser como
alma torturada, atrapada entre dos mundos, víctima de la seducción de lo
prohibido, pero quienes de verdad lo bordan son Tom Hiddleston y Jessica
Chastain dando vida a la enfermiza pareja de hermanos que, ya desde su primera aparición,
auguran algo oscuro sin que ello impida sentirse incómodo cada vez que lucen en
pantalla.

La cumbre Escarlata es por encima de todo, como en las mejores historias
de Del Toro, un cuento, una leyenda gótica de corte romántico, inspirada tanto
en relatos de Poe, Lovecraft o Becker como en películas de mansiones encantadas
y espíritus torturados. Y aunque se haya dicho por activa y por pasiva que no
es una peli de terror, sustos y momentos de mal rollo también los hay,
consiguiendo que esta sea una estupenda recomendación para una noche de Halloween
muy por encima de las mediocridades de sustos fáciles y música chillona que
acostumbran a pulular por estas fechas.
No
es redonda (para ello se habría tenido que pulir algo más la trama) pero sí un
ejercicio visual impecable, una ambientación que seduce al espectador tanto
como a la propia protagonista y que invita a formar parte de nuestras propias
pesadillas. Unas pesadillas que no se alimentan de nuestro temor a lo
desconocido, sino de nuestras angustias del pasado.
Y
es que en ocasiones es en el pasado donde se encuentran esos terrores que no
dejan de acosarnos.
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