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viernes, 29 de noviembre de 2019

PUÑALES POR LA ESPALDA

Para muchos Rian Johnson es el nuevo niño mimado de Hollywood. Adorado por la crítica desde sus inicios con Brick y Los hermanos Bloom, de las que no hablaré pues confieso no haberlas visto, logró su primer gran éxito comercial con Looper, una película que estaba bastante bien pero que también, reconozcámoslo, ha sido muy sobrevalorada. Porque vale, la trama de los viajes en el tiempo estaba muy bien, pero cuando se lía con los niños mutantes, la cosa pierde todo el sentido.
El caso es que su cima cinematográfica le llegó con la admirada a la par que denostada última película (hasta la fecha) de la saga Star Wars. Yo personalmente sigo sosteniendo que Los últimos Jedi está entre las peores películas de la saga y que echó por tierra todas las semillas plantadas por Abrams en El despertar de la fuerza, aunque debo reconocerle sus méritos visuales.
En estas estamos cuando, a la espera de ver si es realidad o no la supuesta trilogía que, por el motivo que sea, le han regalado los de Lucasfilm (aunque lejos de la familia Skywalker quizá sí pueda dar el do de pecho), llega su más reciente película, Puñales por la espalda, de la que también es guionista en solitario.
Lo más llamativo del cartel (totalmente intencionado) es su reparto estelar, plagado de grandes figuras que componen una especie de quien es quien hollywoodiense intergeneracional, alternando clásicos como Christopher Plummer o Jamie Lee Curtis, actorcillos míticos como Don Johnson, creadores de blockbusters como Daniel Craig o Chris Evans o jóvenes emergentes como Jaeden Martell o Katherine Langford, aunque quien termina por sobresalir por encima de todos ellos es Ana de Armas, que tras aparecer en Blade Runner 2049 y ser la chica Bond de Sin tiempo para morir puede convertirse, fácilmente, en la nueva chica de moda.
Puñales por la espalda no inventa nada nuevo, es lo que se llama un murder mistery en toda regla, y aunque está ambientada en la era de los smartphones y de Netflix, rezuma ese aire clásico que evoca constantemente las historias de Agatha Christie o Arthur Conan Doyle a los que, por cierto, homenajea abiertamente.
La historia clásica: una reunión familiar, un asesinato y un detective que sospecha de todos. El punto original cabe encontrarlo en el hecho de saber en un momento muy prematuro quién es el culpable, lo cual, en lugar de ser una lacra como sucedía en El silencio de la ciudad blanca, se convierte en una oportunidad para enredar más la trama y provocar nuevos giros y piruetas argumentales. No obstante, si algún pero le podemos poner a la historia, es que el espectador mínimamente avispado puede adelantarse a la resolución del misterio.
Con un ritmo endiablado en el que casi se celebran más los toques cómicos que los de intriga, Johnson aprovecha para, con un tono algo negro, burlarse de la sociedad americana de la era Trump, retratando sin demasiada piedad al votante medio y caricaturizándolo. En ese sentido, y a tenor el espléndido reparto, uno casi lamenta que la película no dure un par de horas más para que todos los personajes puedan tener más tiempo de lucimiento.
En definitiva, que esta vez sí parece que el señor Johnson haya dado en la tecla, combinando el humor y el drama con más sabiduría que en su participación galáctica y componiendo un film que posiblemente haga las delicias de todo tipo de público, resultando mordaz sin ser ofensivo y retorcido sin dejar de ser para todos los públicos.
Un estupendo entretenimiento, con semillas muy bien plantadas a lo largo de toda la historia (seguramente un segundo visionado la beneficiaría mucho), y consiguiendo, pese a los giros, no perder nunca la coherencia.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 25 de mayo de 2018

12 VALIENTES

Dirigida por el desconocido Nicolai Fuglsig, 12 valientes es la historia real de los primeros combatientes que Estados Unidos envió a Afganistán para hacer frente a los talibanes tras los crueles atentados del 11S.
Protagonizada por un solvente Chris Hemsworth, la película resulta interesante como documento acerca de un momento histórica donde la manera de afrontar una batalla cambió radicalmente. Hemsworth da vida a un capitán que, junto a su comando conformado por doce hombres, debe entrar en territorio enemigo de la mano de una frágil alianza con un señor de la guerra local para establecer las coordenadas precisas de la ubicación de los talibanes y así poder enviar aviones a bombardearlos.
Filmada con corrección, pero sin grandes alardes, la principal crítica que puede hacerse al film es su intencionado tono patriótico, exagerando quizá el sentido del deber y el sacrificio de esos soldados y retratando a los talibanes, en especial a su líder, con unos rasos claramente definitorios de villanía que casi rozan el esperpento, jugando a definir a los bandos protagonistas como los buenos muy bueno y los malos muy malos.
Más allá de eso, la película resulta suficientemente entretenida como para dedicarle las poco más de dos horas que dura su metraje, consiguiendo hacer al espectador partícipe de ese grupo de personajes reales y conviviendo con ellos como un camarada más al igual que sucedía recientemente con la también homenajeadora Héroes en el infierno. No deja de ser, en el fondo, una película de guerra más, con algún apunte crítico hacia ciertas decisiones gubernamentales (no todo va a ser azúcar), la curiosidad de ver en esta época a los soldados luchando a caballo y el carisma que tiene Hemsworth, bien acompañado por nombres como Michael Shannon, Michael Peña, William Fichtner o, incluso, Elsa Pataky, interpretando, como en la vida real, a su esposa.
Entretenido film de acción, más cercano a la aventura que al drama bélico, donde las buenas intenciones superan, en momentos, a los propios valores fílmicos.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 19 de febrero de 2018

LA FORMA DEL AGUA

Nadie puede poner en duda que Guillermo del Toro es un genio. Un genio incomprendido, algunas veces, y un genio incomprensible otras. De su mente ha salido todo un imaginario espectral que por sí solo valdría ya para una saga de películas de terror dignas de los cásicos de la universal (a los que tanto venera) y era, hasta la fecha, más aplaudido en Europa que en los Estados Unidos. No en vano sus dos mejores trabajos hasta la fecha eran españoles: El espinazo del Diablo y El laberinto del Fauno.
Puede que la culpa de ello se deba a una cierta tendencia a los convencionalismos que el realizador mejicano sufría al trabajar en el mercado yanqui. Así ni Blade II llegaba a reflejar sus señas de identidad ni Hellboy huía lo suficiente de los tópicos del cine de superhéroes, siendo ya demasiado tarde cuando quiso desbordar toda su locura visual en su secuela. Y de Pacific Rim, para mi su peor película, mejor ni hablar.
Quizá lo más cerca a los cuentos de terror góticos que tanto le gustas fuese La cumbre escarlata, pese a que no legó a triunfar en taquilla como se merecía, por lo que me sorprende (y alegra a la vez) que La forma del agua, su siguiente trabajo, en lugar de suponer un regreso con el rabo entre las piernas a los gustos del Hollywood medio, haya sido una de sus películas más arriesgadas y extrañas.
Sobre el papel, estamos ante una nueva versión del clásico de La Bella y la Bestia, convertida la bestia de turno en un primo cercano de la criatura de la laguna negra (La mujer y el monstruo) y la Bella en una mujer algo entrada en años, solitaria y muda.
Con estos dos elementos, decorados por una época (la Guerra Fría) que confiere a la historia de amor con tintes de terror un cierto aire de thriller, Del Toro se las apaña para componer una película deliciosa, una historia arrebatadora cargada de pasión y de la que se pueden sacar múltiples lecturas.
Es una historia de amor, eso está claro. Pero al amor sin límites, al amor a lo diferente, ya sea esa diferencia una mujer con una deficiencia, un homosexual o un monstruo marino. Es, por descontado, una oda a la igualdad (algún apunte racial hay de regalo), a lo absurdo de la discriminación y del abuso del poder y a la soledad que puede provocar la dificultad para comunicarse. Y es, sobre todo, una lección de cine que, en el fondo, se rinde pleitesía a sí mismo, con esos bailes sentados en el sofá de Sally Hawkins y Richard Jenkins o el momento de ensoñación musical.
Otro de los grandes méritos de Del Toro es que, a diferencia de esa aura de magia romántica que tenía la historia de amor fantasmal de La cumbre escarlata, en La forma del agua impere un tono de realismo que hace que se evite el ridículo al que se podría condenar este improbable romance. 
Tanto la forma en la que se nos explica el personaje de Sally Hawkins y su progresiva fascinación hacia la criatura como la magistral interpretación de la actriz permiten que nos creamos a pies juntillas esta historia tan excesiva y grotesca en manos de cualquier otro realizador. Para ello, además, Del Toro ha contado con una libertad total, dejándose de concesiones absurdas, que le han permitido hacer una pieza extremadamente sangrienta y cruel y con momentos de explícita sexualidad que resultan poco recomendables para la mojigatería americana de cara al público infantil pero absolutamente imprescindibles para profundizar en la personalidad de ciertos personajes.
Del Toro ha sabido rodearse, además, de un excelente plantel de actores. Michael Shannon (que los que me seguís desde hace tiempo sabréis que no es precisamente santo de mi devoción) está sensacional, lo mismo que Richard Jenkins, Y sobre Michael Stuhlbarg baste indicar que está presente, aunque sea como secundario, en tres de los films nominados este año como Mejor Película (aparece también en Los archivos del Pentágono y Call Me by Your Name). Como curiosidad, Doug Jones, el actor que interpreta al ser marino, es un viejo conocido de Del Toro (ha sido Abe Sapien en Hellboy y su secuela, el Fauno de El laberinto del Fauno y aparecía también en La Cumbre Escarlata y la serie The Strain).
Sin embargo, es Shally Hawkins quien se come completamente la pantalla en cada plano que aparece y solo ella, la magnífica dirección de Del Toro (este año conseguirá al fin el merecido reconocimiento en Hollywood) y la brillante banda sonora de Alexandre Desplat (tres elementos claves que, estoy convencido, serán tres Oscars fijos, aunque a ella Frances McDormand y sus Tres anuncios en las afueras no se lo van a poner nada fácil) son ya motivo suficiente para disfrutar una y otra vez de un film en el que “el gordo” (como le llaman sus amigos) se ha dejado el alma y ha vaciado el tintero con todo su amor por el cine y el terror.

Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 28 de enero de 2017

LOVING: denuncia social demasiado complaciente.

Aunque al final haya quedado en casi nada y se haya tenido que conformar con una sola nominación (para Ruth Negga), Lovinges una de esas películas que se apunta a la estela de los Oscars y que apuntaba alto de cara a conseguir premios o, al menos nominaciones.
No me gusta caer constantemente en las comparativas, pero lo cierto es que el caso de Loving se me antoja bastante similar al de Lion (en este caso han sido seis nominaciones, aunque poco rascará). Y no porque sus argumentos se parezcan ni traten siquiera de la misma temática, pero ambas son historias dramáticas basadas en historias reales sobre hechos puntuales sorprendentes pero carecen de un guion suficientemente potente como para elevarlas a los altares, dejándolo casi todo en manos de sus intérpretes.
Quizá el problema sea el inspirarse en historias reales y querer ser fieles a ellas. No negaré que la historia de un niño que se pierde en la india y tras ser adoptado, muchos años después, regresa a su hogar gracias a sus escasos recuerdos del mismo, o la de una pareja interracial condenada por una sociedad arcaica y desfasada que logran que su amor supere todos los obstáculos hasta lograr promover un cambio en las leyes no sean poderosas y de gran interés, pero quizá no lo suficiente como para ser traspasadas a la gran pantalla sin más armas que su sorprendente verosimilitud.
Un ejemplo claro de lo que digo es la imposibilidad de hacer un spoiler de esta película. Loving cuenta como un hombre blanco y una mujer negra se enamoran y se casan residiendo en un estado donde el matrimonio interracial es ilegal, por lo que deben abandonar el condado para no ir a la cárcel. Y ya se sabe, porque así se ha promocionado la película, que su historia fue la que sirvió para cambiar la constitución y evitar esa injusticia tan atroz como absurda, de maneras que ya tenemos el principio y el final de la historia. Por en medio, el camino entre A y B, un camino más o menos lineal y simple en el que no abundan las sorpresas y se roza demasiado a menudo con la simple cotidianeidad de sus vidas sencillas y placenteras.
Menos mal que Jeff Nichols es un buen director y sabe dotar a la película de buenos y elegantes planos, además de confiar en las soberbias interpretaciones de Joel Edgerton y Ruth Negga, ya que eso es más que nada lo que sostiene a la película y la hacen interesante.
Estamos ante uno de esos casos en los que se suele utilizar la recurrente frase de: “es una historia que merecía ser contada”, y puede que sea cierto, pero en ocasiones una buena historia no es suficiente como para rellenar una película completa. O la historia realmente no da más de sí o el guionista no ha sabido acertar con los claroscuros necesarios para unos personajes demasiado planos y que no dan apenas juego para trabajar con ellos.
Así pues, interesante y efectiva, pero poco más. Y esto es poco decir para una película que aspiraba a colarse entre los grandes premios.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 3 de diciembre de 2016

ANIMALES NOCTURNOS, desesperadamente aburrida

Tom Ford, o bien es un tipo muy simpático, de esos que caen bien a todo el mundo, o tiene mucha suerte. O quizá un poco de ambas. Ya en su primera película como director y guionista, Un hombre soltero, logró unificar un interesante cuarteto protagonista (lo que le ayudó a triunfar entre la crítica y acumular un buen puñado de premios), pero en su segunda película ha conseguido superarse logrando un casting verdaderamente impresionante, por más que en la mayoría de los casos sean apariciones tan fugaces que al menor descuido uno se las podría perder.
Animales nocturnos es esta segunda película en la que la crítica parece haberse vuelto a volcar y que ya empieza a acumular también algún que otro reconocimiento. Es, además, una película que ha llegado casi por sorpresa, de la que no se ha hecho apenas publicidad ni se ha machacado con trailers previos, con lo que es fácil entregarse a ella sin tener ni idea de lo que uno se puede esperar. Este ha sido, al menos, mi caso.
Y la película, inspirada en una novela de Austin Wright, arranca, hay que reconocerlo, con imágenes impactantes, una de las escenas de desnudez femenina más desagradables que puedo recordar y que, como poco, logra atrapar al espectador como si del propio Nicolas Winding Refn se tratase. De hecho, en varios momentos parece Ford querer parecerse a Winding Refn, igual que su aparente sátira al mundo ecléctico y superficial del arte quiere parecerse al de la moda que se muestra en The Neon Demon. Pero esas intenciones se desvanecen bien pronto cuando Ford apunta a otra dirección, al thriller más convencional (y la arquetípica banda sonora así nos lo quiere demostrar), planteando el típico juego de los espejos donde dos historias se muestran en paralelo, una real y una ficticia, que se retroalimentan la una de la otra.
Susan Morrow es una influyente galerista de arte atrapada en una vida que no le satisface con un marido casi siempre ausente que recibe, por sorpresa, el manuscrito de su primer marido, un joven aspirante a escritor que por fin parece haber cumplido su sueño. Susan se sumerge en la novela, una historia rural y violenta sobre una familia que es atacada en una carretera solitaria de Texas, reconociendo en ella los vacíos de su propia existencia.
El lujo acomodado de Susan se opone a los paisajes áridos y abruptos de Texas en un paralelismo que invita a pensar que estamos ante una obra reflexiva, una metáfora sobre la pérdida y el deseo bienintencionada y de momentos visualmente interesantes pero que fracasa en su premisa más básica: es insoportablemente aburrida.
Desconozco el material original de la novela en la que se basa, pero la adaptación es aterradoramente fallida. La historia “ficticia” está plagada de tópicos y diálogos bochornosos y no funcionaría ni como telefilm de domingo por la tarde (que, por cierto, es a lo que recuerda), aparte de que no tiene ninguna credibilidad como supuesta obra literaria. La historia “real” comienza a deslucirse en favor a la novelada entorpeciendo aún más el ritmo con flashbacks que nos muestran una tercera historia, la del momento en que Susan y Tony, ese primer marido abandonado y futuro escritor, se conocieron, enamoraron y separaron.
Para dar lustre a estas dos insufribles horas de anodinas secuencias presuntuosas pero vacuas Ford ha conseguido reunir a Amy Adams (en cartel con la también reflexiva, pero en este caso inteligente y brillante La llegada) y Jake Gyllenhaal (acostumbrado a personajes incómodos en películas difíciles como sus dos colaboraciones con Villeneuve, Enemy y Prisioneros o la brillante Nightcrawler) como la pareja protagonista, aunque destaca también la presencia de Michael Shannon, Aaron Taylor-Johnson y Armie Hammer. Otros nombres destacados, aunque con una presencia efímera como comentaba al principio, son Isla Fisher, Laura Linney, Jena Malone y Michael Sheen. Imagino que sobre el papel el proyecto resultaba realmente estimulante. En la práctica, ni siquiera las interpretaciones logran salvar la película, antojándoseme de las peores de los respectivos protagonistas, alguno de los cuales roza el ridículo.
Cierto, he escrito más arriba que la crítica la está aplaudiendo y premiando. ¿Se trata, quizá, de que tenía un mal día o simplemente que la estoy tratando con demasiada dureza? Bueno, en mi defensa debo señalar que, a tenor de los bostezos y comentarios finales del resto de la sala, no. Nadie parecía más contento que yo con esta patraña que no conduce a nada, no me invita a reflexionar como entiendo que pretende y no me produce ningún sentimiento más que el tedio total. Ni siquiera el ecléctico final me invitó a congraciarme con Ford ni por un momento, por más que pretenda ser líricamente emotivo y cerrar el círculo de heridas abiertas.

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 15 de mayo de 2016

FREEHELD: Amor e igualdad

Escasas semanas antes del estreno de Freeheld la joven actriz Ellen Page decidió realizar un comunicado de prensa comunicando su condición homosexual. Ahí puede estar la respuesta a porqué la protagonista de Juno ha decidido iniciarse como productora y hacerlo precisamente con una película con un claro alegato en favor del derechos de los homosexuales a ser tratados igual que los heteros. En favor de la igualdad, como diría el personaje que interpreta Julianne Moore.
Con la espléndida Carol tan reciente, uno podría esperar de Freeheld una nueva historia de amor entre dos mujeres que no aporte nada nuevo al panorama. Si añadimos a la ecuación la presencia de una enfermedad terminal la cosa ya apunta al melodrama más insoportable, con la endeble Siempre Alice, también protagonizada por Moore, en el recuerdo. Sin embargo, con el guion de Ron Nyswaner y la dirección de Peter Sollet la historia consigue ser más que un simple panfleto televisivo para convertirse en una película muy emotiva, que toca la fibra cuando es preciso sin renunciar a sutiles puntos de humor y cuyo principal acierto es en saber repartir el protagonismo entre varios personajes, de forma que el foco no está constantemente pendiente en la relación entre Stacie y Laurel, las mujeres a las que dan vida Page y Moore, permitiéndose incluso incluir un caso policial como telón de fondo.
Freeheld es la historia real de Laurel Hester, una brillante sargento de policía enfrascada a mediados del 2002 en un caso de asesinato junto a Dan Wells, al que pone rostro Michael Shannon, su compañero y amigo de toda la vida al cual, sin embargo, nunca se ha atrevido a confesar sus inclinaciones sexuales, no sólo por el temor a sus posibles prejuicios sino por preservar sus derechos en una sociedad (y una profesión) donde si ser mujer ya representa un obstáculo por sí mismo, el ser lesbiana es casi una carga imposible de llevar. Sin embargo, cuando Laurel conoce a la joven Stacie Andree surge entre ellas un amor que la obligará a bajar sus defensas y confesar su verdad, más cuando deciden comprarse una casa juntas y constituirse como pareja de hecho. 
Sin embargo, cuando detectan en Laurel in cáncer incurable, la sargento empleará todas sus fuerzas en conseguir que a su muerte Stacie tenga derecho a cobrar una pensión que le permita mantener su casa, algo lógico si fuesen un matrimonio pero que la junta de Freeholder le niega repetidamente.
Puede que la película sea, finalmente, una declaración de intenciones en defensa de los derechos de los gays, representada sobretodo en la figura de Steven Goldstein, un abogado judío gay que convierte el caso de Stacie y Laurel en una cruzada personal, pero es mucho más que eso. Con el deterioro de Laurel en segundo plano (y sin pretender recrearse en exceso en la enfermedad), la verdadera lucha de las protagonistas es mucho más simple: quieren igualdad, quieren ser tratados como un matrimonio más, quieren una pensión. Sólo eso. Por eso Freeheld es además un relato de amor incondicional, de un amor de esos que sólo la muerte es capaz de romper. Y es, además, un relato de amistad centrado en el apoyo del compañero policía. Y de dignidad, en forma de Todd, otro policía homosexual incapaz de enfrentarse a su verdad. Y de cobardía, radicalismo o integridad, según a qué miembro de la junta echemos el ojo.
Por eso, por todas las miguitas que la historia va repartiendo, por ese protagonismo compartido que no llega a hacer de esta una película coral pero permite que la mirada vaya más allá de solamente la lucha aislada de ellas dos, es por lo que esta película es mucho más que una simple Love Story homosexual, como a simple vista podría parecer.
No es un film redondo, por supuesto, pero logra emocionar sin caer en la ñoñería, y con eso me vale.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 25 de junio de 2013

EL HOMBRE DE ACERO (5d10)

Extraña la nueva versión del héroe de DC así como extraña ha sido mi percepción de la misma. Mientras veía la película estaba disfrutando, considerando puntuarla con un mínimo de 8. Superado el ecuador de la obra la cosa decae sobremanera, de manera que he salido de la sala del cine con un 6 en la cabeza, y en el tiempo que he tardado en empezar a escribir estas líneas (apenas un par de horas) la he dejado reposar lo suficiente para quedarme con un aprobado rascado. Y gracias.
Ante sentimientos tan encontrados he decidido escribir una crítica un poco diferente a lo habitual, enumerando al principio lo que me ha gustado y a continuación lo que no, de manera que cada uno de vosotros valoréis lo que consideréis que tenga más peso.
La historia, por más que nos la sepamos de memoria, está narrada de forma bastante interesante, fusionando el argumento de las dos primeras películas clásicas (¡que larga es la sombra de Richard Donner!). Había cierta duda sobre si iba a pesar más la dirección de Zack Snyder o la producción de Christopher Nolan (ese tipo que debe odiar tanto a los superhéroes que le alimentan que se empeña en que sus nombres no aparezcan ni en el tíitulo), y por fortuna ha sido el director quien se ha llevado el gato al agua, con una dirección sobria y elegante (me sobra el uso de algún zoom), no tan excesiva como nos podíamos temer y con algunas secuencias realmente impactantes (esas peleas en vuelo, casi en primera persona). También encuentro interesante la manera de alternar dos líneas temporales, tal y como ya hiciera en la brillante Watchmen, y la recreación de Kripton es muy buena, desmarcándose de lo que habíamos visto hasta ahora e insinuando una mitología propia que sabe a poco. Otro aspecto destacado es el interpretativo. Henry Cavill (conocido por su participación en Los Tudor y por ser el hijo de Bruce Willis en esa flojita peli de intriga rodada en España llamada  En la fría luz del día) está a la altura de Christopher Reeve y a años luz del soso de Brandon Routh, haciendo un Superman creíble, con toques de humanidad y gran poder de seducción, mientras que Amy Adams consigue con esa mezcla de determinación y ternura confeccionar a la mejor Lois Lane posible (por encima de la histriónica Margot Kidder y... ¿alguien se acuerda quien hacía el papel en Superman returns?). Parecía imposible evitar comparaciones odiosas con Marlon Brandon y Glenn Ford, pero Russell Crowe y Kevin Coster aprueban con nota, mientras que Michael Shannon (al que hemos visto en Broadward Empire y poco más) cumple como villano, pese al horrible doblaje español. Así que: perfecto, el personaje se presenta con buen ritmo (el uso de los flashback nos permiten ver al héroe vestido con su característico traje apenas a la media hora de película) y la parte dedicada a su juventud es emotiva sin empalagar, así como interesante la manera de darse a conocer al mundo (me gusta especialmente que Lois descubra enseguida su identidad, nunca entendí que la ganadora de un Pulizzer pudiera ser tan torpe como periodista).
Si hasta ahora me gustaba todo... ¿Qué pasa para que me venga abajo? Para empezar, el villano. Por más que se esfuerce el actor y por mucho que a priori aplaudiésemos la ausencia de Lex Luthor en esta primera película,  lo cierto es que la amenaza que supone el general Zod es terriblemente plana. Una vez enfrentado a Superman desaparecen las subtramas y todo se reduce a más de una hora de una batalla interminable, explosiones a tutiplén y edificios derrumbándose. No creo que exagere nada si afirmo que a partir del ecuador de la película el guion brilla por su ausencia,  ignorando esa máxima del cine de calidad que afirma que, en ocasiones, más es menos. Todo ahora se reduce a un exceso de violencia y destrucción que termina por aburrir soberanamente, haciéndose eterno y recodando poderosamente además (aunque en malo) a la batalla final de Los Vengadores. Además,  tiene el film un tufillo a trascendencia épica (aquí si que se adivina la mano de Nolan) que lastra al personaje, que por momentos parece contagiarse del aurea de divinidad que ya insinuó Bryan Singer en la fallida Superman Returns, y desechando totalmente el sentido del humor que Josh Wedon tan sabiamente usó para aderezar a Los Vengadores. Sí,  este es un mundo más real, parecen decir Nolan y Snyder, pero la conclusión se me antoja muy Happy End cuando media ciudad es destruida y ni por asomo se ve o menciona a una sola víctima civil. En serio, quée terriblemente decepcionante y soporífera segunda hora de película (y dicen que el montaje inicial superaba las tres horas).
Quiero concluir esta crítica analizando dos escenas concretas que me parecen determinantes en la definición del personaje, pero que podrían tratarse de SPOILERS (bueno, una seguro que lo es) así que estáis avisados por si no queréis continuar leyendo.
No soy un especialista en la mitología de Superman, he leído mucho más Marvel (especialmente Spiderman, como veréis a continuación), pero me consta que Johnatan Kent muere por un infarto, y aunque siempre se esforzó por dar una buena educación a su hijo no lo recuerdo en el comic original como una guía espiritual tan marcada en la vida de Clark Kent como en esta película (algo así sucedía también en Smallville), donde aquí además el personaje interpretado por Kevin Costner muere a consecuencia de la no intervención de Clark en un momento dado.¿ Es cosa mía o sobrevuela por ahí el recuerdo del tío Ben? Solo falta que en algún momento el bueno de Johnatan le suelte a su hijo adoptivo eso de que "todo gran poder..." ¿Ya sabéis cómo sigue, no?
Lo segundo que quería comentar, e insisto con lo del spoiler, concierne a la escena final, al momento culminante en que Superman, para salvar la vida de tres civiles mata al general Zod. Vamos a ver, quizá esto os parezca de alguien muy cuadriculado, pero esto es así: Superman no mata. Punto. Es casi una definición del personaje. Batman es el oscuro y violento. Superman, no. Y verse en esa tesitura en la que se supone es su primera película y su primera acción como superhéroe debería marcarlo de por vida. Algo parecido pasa en Marvel. Lobezno no tiene reparos a la hora de desgarrar a alguien, pero en sus más de cincuenta años de historia Spiderman nunca ha provocado voluntariamente ninguna muerte, conocedor de que una vez que se cruce la línea ya no habrá marcha atrás. Superman la ha cruzado (da igual que hubiesen inocentes en peligro, Spiderman habría encontrado otra manera de solucionarlo o habría muerto en intento; y el verdadero Superman, tanto el del comic o como el de Donner, también), y eso hace que deje de ser nuestro héroe tal y como lo conocemos.
Otro héroe deformado, oscuro y amargado. Sigue así,  Nolan. En  Marvel te lo agradecerán.

Resumiendo, brillante arranque con una buena historia y unas grandes interpretaciones que deriva en una copia mala, burda y aburrida de la épica batalla de Nueva York de Los Vengadores. No es tan mala como el final de la estúpida y sobrevalorada trilogía del murciélago llorica,  pero sí muy decepcionante.