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domingo, 5 de noviembre de 2017

ENGANCHADOS A LA MUERTE, ridículo remake que glorifica a la original

En 1990, Joel Schumacher dirigió Línea mortal, una interesante película que sin llegar a ser tampoco nada del otro mundo sí era muy efectiva en unificar una trama de intriga con un inteligente desarrollo de personajes, un quinteto de amigos encarnados por un selecto grupo de estrellas en auge encabezados por Kiefer Sutherland y Julia Roberts.
Ahora llega Enganchados a la muerte, una nueva versión de la historia, adaptada a los tiempos actuales, donde el director Niels Arden Oplev juega al despiste entre si estamos ante una secuela o un remake al utilizar al propio Sutherland como secundario de lujo en un personaje que bien podría ser el mismo de aquella película, con su correspondiente evolución. Este es, tomado como simpático guiño, el mejor acierto de una película que no llega a funcionar en ningún momento, torpe mezcla entre film de terror al uso (entiéndase esto como fantasmas que aparecen por sorpresa a la espalda de los protagonistas, sustos a golpe de subidas de música y todos los recursos tópicos esperados) con una moralina sobre el bien y el mal y el peso de los pecados de nuestro pasado que no satisface de ninguna de las maneras, menos si se comete el error de compararla con la cinta original.
Con la excusa de un experimento para descubrir si hay vida después de la muerte, una serie de estudiantes de medicina deciden provocar su propia muerte deteniendo sus corazones para realizar un escaner cerebral que registre la actividad eléctrica del mismo en esos escasos minutos en los que estén clínicamente muertos. Esto provoca una especie de competición entre ellos para ver quien logra permanecer más tiempo en ese estado de muerte temporal, comprobando que a su regreso su cerebro parece más estimulado y activo, pero sin saber que con ello están abriendo una puerta con el más allá que estaría mejor cerrada. Una premisa idéntica a la película original, con unos personajes que, pese a sus diferencias de raza o sexo, son también un calco de aquellos y con una resolución de la trama que, salvo por un giro aislado, sigue también los mismos pasos de Línea mortal. Esto hace que los paralelismos sean casi inevitables y funciona como perfecta metáfora de las diferencias entre el cine de finales de los ochenta y el actual, demostrando porqué seguimos añorando tanto aquella época dorada para muchos muy sobrevalorada.
Y es que la clave para distinguir ambas películas, más allá del carisma de los actores protagonistas (el aspecto eternamente aniñado de Ellen Page no ayuda a hacer creíble su personaje mientras que Diego Luna parece en todo momento consciente de estar dando un paso atrás en su carrera haciendo esto después de protagonizar Rogue One), está en lo mal que están desarrollados los personajes. El danés Niels Arden Oplev, pese a estar curtido en personajes oscuros y atormentados como demuestra su trabajo en Millenuim: los hombres que no amaban a las mujeres o La venganza del hombre muerto, parece más interesado aquí en conseguir una estética chula y un ambiente emocionante que en explicar las motivaciones y los conflictos internos de los protagonistas, algo muy necesario en esta película para alcanzar a comprender porqué hacen lo que hacen. Además, ni siquiera en el aspecto visual logra estar a la altura de un Schumacher por momentos muy impregnado de la estética de Blade Runner. Pretende, además, alejarse del tono casi religioso (aunque convenientemente sutil) de aquella, haciendo que esa moralina por momentos ridícula resulte más superflua todavía.
Es por ello que en ningún momento se consigue comprender a los protagonistas y mucho menos simpatizar con ellos, lo cual deriva en una desconexión con la trama que provoca aburrimiento y hastío. Sustos artificiales aparte, la película parece tan muerta como sus protagonistas en muchos momentos de la trama, y el mencionado cambio con respecto a su predecesora es suficiente para hacernos reconciliarnos con la historia.
Y luego se preguntan porqué hay aún tanta gente que critica a los remakes...

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 15 de mayo de 2016

FREEHELD: Amor e igualdad

Escasas semanas antes del estreno de Freeheld la joven actriz Ellen Page decidió realizar un comunicado de prensa comunicando su condición homosexual. Ahí puede estar la respuesta a porqué la protagonista de Juno ha decidido iniciarse como productora y hacerlo precisamente con una película con un claro alegato en favor del derechos de los homosexuales a ser tratados igual que los heteros. En favor de la igualdad, como diría el personaje que interpreta Julianne Moore.
Con la espléndida Carol tan reciente, uno podría esperar de Freeheld una nueva historia de amor entre dos mujeres que no aporte nada nuevo al panorama. Si añadimos a la ecuación la presencia de una enfermedad terminal la cosa ya apunta al melodrama más insoportable, con la endeble Siempre Alice, también protagonizada por Moore, en el recuerdo. Sin embargo, con el guion de Ron Nyswaner y la dirección de Peter Sollet la historia consigue ser más que un simple panfleto televisivo para convertirse en una película muy emotiva, que toca la fibra cuando es preciso sin renunciar a sutiles puntos de humor y cuyo principal acierto es en saber repartir el protagonismo entre varios personajes, de forma que el foco no está constantemente pendiente en la relación entre Stacie y Laurel, las mujeres a las que dan vida Page y Moore, permitiéndose incluso incluir un caso policial como telón de fondo.
Freeheld es la historia real de Laurel Hester, una brillante sargento de policía enfrascada a mediados del 2002 en un caso de asesinato junto a Dan Wells, al que pone rostro Michael Shannon, su compañero y amigo de toda la vida al cual, sin embargo, nunca se ha atrevido a confesar sus inclinaciones sexuales, no sólo por el temor a sus posibles prejuicios sino por preservar sus derechos en una sociedad (y una profesión) donde si ser mujer ya representa un obstáculo por sí mismo, el ser lesbiana es casi una carga imposible de llevar. Sin embargo, cuando Laurel conoce a la joven Stacie Andree surge entre ellas un amor que la obligará a bajar sus defensas y confesar su verdad, más cuando deciden comprarse una casa juntas y constituirse como pareja de hecho. 
Sin embargo, cuando detectan en Laurel in cáncer incurable, la sargento empleará todas sus fuerzas en conseguir que a su muerte Stacie tenga derecho a cobrar una pensión que le permita mantener su casa, algo lógico si fuesen un matrimonio pero que la junta de Freeholder le niega repetidamente.
Puede que la película sea, finalmente, una declaración de intenciones en defensa de los derechos de los gays, representada sobretodo en la figura de Steven Goldstein, un abogado judío gay que convierte el caso de Stacie y Laurel en una cruzada personal, pero es mucho más que eso. Con el deterioro de Laurel en segundo plano (y sin pretender recrearse en exceso en la enfermedad), la verdadera lucha de las protagonistas es mucho más simple: quieren igualdad, quieren ser tratados como un matrimonio más, quieren una pensión. Sólo eso. Por eso Freeheld es además un relato de amor incondicional, de un amor de esos que sólo la muerte es capaz de romper. Y es, además, un relato de amistad centrado en el apoyo del compañero policía. Y de dignidad, en forma de Todd, otro policía homosexual incapaz de enfrentarse a su verdad. Y de cobardía, radicalismo o integridad, según a qué miembro de la junta echemos el ojo.
Por eso, por todas las miguitas que la historia va repartiendo, por ese protagonismo compartido que no llega a hacer de esta una película coral pero permite que la mirada vaya más allá de solamente la lucha aislada de ellas dos, es por lo que esta película es mucho más que una simple Love Story homosexual, como a simple vista podría parecer.
No es un film redondo, por supuesto, pero logra emocionar sin caer en la ñoñería, y con eso me vale.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 15 de julio de 2013

THE EAST (7d10)

Hace dos años Brit Marling se hizo popular con la película Otra Tierra, de la que también era guionista, y gracias a la cual se ha convertido en una especie de musa del cine más independiente de Estados Unidos, aunque se deje ver de vez en cuando en alguna producción más comercial (hacía de hija de Richard Gere en El Fraude, por ejemplo). Ella y el director de cine Zal Batmanglij pasaron un tiempo conviviendo con una comunidad ecologista y juntos se les ocurrió la idea que sirvió como simiente para esta película. En ella, Marling interpreta a una joven ex agente del FBI que decide entrar a trabajar en el sector de la seguridad privada, siendo su primera misión encontrar a una organización terrorista llamada The East.
Como la comunidad en la que estuvieron Marling y Batmanglij, The East son un grupo anarquista antisistema, que desprecia los productos químicos y se alimentan de aquello que los restaurantes y supermercados arrojan a la basura. Nobles ideales si se quedasen en eso, pero The East, influenciados por las experiencias personales de cada uno de sus miembros, deciden ir más allá y atentar contra aquellas organizaciones que se enriquecen egoístamente sin pensar en las consecuencias: farmacéuticas que ocultan efectos secundarios, petroleras que arrojan flujo al mar o empresas energéticas que contaminan ríos  están bajo su punto de mira.
Sarah se infiltra en el grupo y conseguirá ganarse su confianza, pero cuanto más tiempo pase con ellos más dudará de su misión.
Estrenadas de manera minoritaria, como corresponde a una película relativamente independiente (su presupuesto lo es, pero para hacer honor a la verdad los hermanos Scott –posiblemente en una de sus últimas aportaciones al cine del desaparecido Tony- están detrás de la producción), The East es una interesante película que aprovecha una trama de intriga para realizar una denuncia social, intentando afectar a nuestras conciencias e invitándonos a reflexionar al salir del cine. Naturalmente, no todo será blanco y negro. No es cuestión de defender a los terroristas ni de condenar a todas las multinacionales. Hay escalas de grises y cada uno debe cargar con su propia cruz. Así lo entiende Sarah, que debe decidir a quién debe lealtad, si es que se la debe a alguien.

La película funciona perfectamente, las situaciones son creíbles y es fácil empatizar con los integrantes de The East, por más que podamos estar más o menos de acuerdo con ellos. Cuenta además con unas buenas interpretaciones (aparte de Marling, constantemente en el punto de mira de la cámara), destacando el sueco Alexander Skarsgärd (visto en True Blood), Ellen Page (Juno, X-men, Origen), Toby Kebbell (Ira de Titanes, Prince of Persia), Shiloh Fernandez (uno de los mutilados de la nueva Posesión Infernal) y con breves apariciones de veteranos como Patricia Clarkson (Shutter Island, La milla verde), Julia Ormond (Leyendas de Pasión, Sabrina y sus amores) o Jamey Sheridan (últimamente visto como el vicepresidente Walden en Homeland). Quizá la única pega es el esfuerzo de Marling y Batmanglij por dar un punto de esperanza a la historia, con un final –durante los títulos de crédito- demasiado poco creíble y muy optimista.