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domingo, 14 de abril de 2019

TRIPLE FRONTERA

Poco a poco Netflix sigue ampliando su catálogo de películas originales, y lo hace reuniendo a grandes nombres de la interpretación, garantizándose con ello un buen número de descargas (y, al menos en idea, de suscripciones nuevas) independientemente de la calidad final de las mismas.
Aunque muchos no terminen de quedar convencidos por la mayoría de proyectos de la cadena de streaming (Roma aparte), creo que poco a poco van apostando por proyectos más serios e interesantes, y Triple frontera, sin duda, esté entre ellos.
Triple frontera es como se denomina a la zona en la que lindan Paraguay, Brasil y Argentina, tristemente célebre por ser un nido de narcos, traficantes de armas y, en los últimos años, yihadistas. Es en ese escenario donde se mueve la película de J.C. Chandor, con un grupo de viejos amigos del ejército que se vuelven a reunir para acabar con un peligroso narcotraficante (y de paso, quedarse con su dinero) mediante un encargo del sector privado.
Tal es la excusa para reunir en pantalla a Oscar Isaac, Ben Affleck, Charlie Hunnam y Pedro Pascal, rematando el cast con Garrett Hedlund y Adria Arjona. Chandor reparte la película en tres arcos claramente diferenciados: la preparación del plan, la ejecución y la huida desesperada a través de los Andes. Ello propicia que la película pueda tener un ritmo algo irregular por los cambios de tono pero que, a cambio no aburre en ningún momento, estando reinventándose continuamente. Quizá se podría acusar a los actores de no parecer tan implicados como en una gran producción de Hollywood, pero todos cumplen con sus personajes y le dan el empaque suficiente para hacer de la película una epopeya de tintes bélicos con tonos de pura supervivencia.
Bien filmada y con una hermosa fotografía (capaz de convertir Hawái en Sudamérica), la película dista mucho de ser perfecta, pudiéndose acusar de algunos agujeros (o simplezas) de guion que se podrían haber trabajado algo mejor, pero que al final no empañan el buen resultado de una película entretenida y emocionante.


Valoración: Siete sobre diez.

martes, 20 de marzo de 2018

ANIQUILACIÓN

El debut de Alex Garland como realizador de cine no podía ser más prometedor, aunque ya había demostrado sus buenas cualidades como guionista en diversas películas de Danny Boyle. Con Ex_Machina logró una de las películas más interesantes del 2014 (aunque se asegura que en realidad ya ejerció de director en Dreed, acreditado solo como guionista, tras los problemas con Pete Travis), así que había mucha expectativa por ver su siguiente trabajo, Aniquilación, que llegaba definida como un thriller de ciencia ficción demasiado intelectual para el gran público.
De hecho, tenían tanto miedo en su productora, Paramount, de que el pueblo llano fuese incapaz de comprenderla, que solo se ha estrenado en cines de Estados Unidos y Canadá, quedando relegada su distribución para el resto del mundo a ese aparente contenedor de basura que se supone que es Netflix, gracias a la cual hemos podido llegar a ver films de diversa calidad como la reciente The Cloverfield paradox.
Esta vez, sin embargo, no hay lugar para dudas. Todo el mundo coincide con que Aniquilación es una gran película.
Inspirada en la novela de Jeff VanderMeer (que iniciaba con ella una trilogía que, visto como ha tratado la productora a la película, dudo que lleguemos a ver en imágenes), Aniquilación narra la aparición de una región de extrañas cualidades antinaturales que se va extendiendo lentamente con un faro como aparente punto de origen. Un grupo de mujeres encabezan la expedición número doce en busca de respuestas, a sabiendas de que solo ha habido un único superviviente entre las incursiones anteriores.
No es esta, sin embargo, una historia de acción y aventuras (probablemente lo que en Paramount se esperaban), sino que al abrigo de un puñado de estupendas actrices (Natalie Portman, Jennifer Jason Leight, Tessa Thompson, Gina Rodriguez y Tuva Novotny, amén de la presencia masculina de Oscar Isaac) nos hallamos ante una fábula pesimista sobre la crueldad de la naturaleza misma, donde descubrimos que la supervivencia de las especies pasa por la destrucción de las razas inferiores, y que incluso el amor, que en otros casos suele utilizarse como catalizador de esperanza, es aquí un catalizador enfermizo y dedicado a la condenación.
Todo esto lo explica Garland mediante un guion con más preguntas que respuestas, bebiendo de fuentes tan complejas como el Kubrick de 2001 pero también en el Carpenter de La Cosa o las fabulaciones de Lovecraft y Tarkovsky. Hay momentos de gran psicodelia visual, con gotitas de puro terror y unos efectos especiales de aspecto artesanal pero muy competentes e imaginativos. Sin embargo, por mucho que se pueda hablar sobre la película y su trasfondo, solo hay una pregunta que valga la pena resolver para deleite del público: ¿es una obra maestra o un tremendo coñazo?
Como película personal y de personalidad que es, no hay respuesta posible para eso, lo mismo que no hay respuesta sencilla a los enigmas que plantea. Si hay un caso en el que la satisfacción de una película dependerá de las exigencias de su público es este, y donde algunos verán una maravilla otros desconectarán a los veinte minutos de metraje.
No creo que sea adecuado hablar de maestría, pero sí simpatizo mucho con el ritmo lento y la correcta construcción de personajes (y, valga el tópico, el Área X que deben inspeccionar las protagonistas es un personaje más), de manera que, pese a esa sensación de tristeza e incluso vacío que deja la película tras su visionado, yo quedé gratamente complacido, aceptando ya a Alex Garland como uno de los grandes artífices de la ciencia ficción moderna, equiparable ya al más optimista Villeneuve con La llegada como otro gran ejemplo de ciencia ficción sesuda. Así, esta película complacerá a críticos, amantes del postureo y espectadores de mente abierta, pero no será para nada plato de buen gusto de aquellos que solo quieran ver efectos especiales digitales como los coloridos carentes de sentido de tonterías como Un pliegue en el tiempo, por poner un ejemplo de ciencia ficción pedante pero que no aspira a nada más (sin conseguirlo siquiera) que a ser un simple film palomitero.
Garland, como Villeneuve, está ya en la liga de los grandes maestros, esa en la que parecía iba a estar también Duncan Jones tras su grandiosa Moon y cuya grandeza solo logra acariciar levemente en la reciente Mudo, también condenada al ostracismo relativo de Netflix.

Valoración: Ocho sobre diez.

jueves, 21 de diciembre de 2017

LOS ÚLTIMOS JEDI: fallido intento de revitalización

Hace dos años, ya bajo la batuta de Disney, la franquicia de Star Wars inició una nueva andadura con su Episodio VII: El despertar de la fuerza que provocó discrepancias entre los fans, pero un impresionante éxito de taquilla. Aunque yo siempre he defendido que es el episodio de mayor calidad de la saga, sí es cierto que dejaba un cierto aroma a remake, planteando además preguntas que quedaban luego en el aire.
Tras ese disfrutable paréntesis que supuso Rogue One, ha sido Ryan Johnson quien ha sustituido a J.J. Abrams en la silla de director y ha construido el siguiente peldaño de una historia que debería concluir definitivamente en el 2019, de nuevo con Abrams al mando. Con el presumible éxito económico que va a lograr, se esperaba que las aguas de la polémica volviesen a su cauce y la película, pudiendo gustar más o menos, contentara a todos a nivel general, pero parece que los enfrentamientos entre sus defensores y detractores son más feroces si cabe que en aquella ocasión, recordándome casi a los estrenos del CDEU de Warner, llegando incluso a producirse una recogida de formas solicitando que quede fuera de la continuidad canónica.
¿Qué está pasando con esta película que no debería ser más que un eslabón más de una cadena firmemente afincada en el imaginarium popular y con poco hueco para la sorpresa? Pues, sencillamente, que Johnson -quien por cierto es el primer autor, aparte de George Lucas, al que le permiten escribir en solitario su propia película- ha disfrazado Los últimos Jedi con una preciosa capa de estilo y personalidad, con imágenes visuales muy hermosas y de gran poderío, con las que adorna una trama torpe que, aun aparentando tomar direcciones novedosas e incluso arriesgadas, no deja de ser una copia conceptual de El Imperio contraataca mezclada con detalles de El retorno del Jedi, menos descarado que El despertar de la Fuerza pero igualmente evidente. El Episodio VII podría ser casi un remake visual, pero el VIII lo es a nivel argumental.
Sin entrar en detalles para no caer en spoilers (de eso habrá tiempo en unos días), diré que Johnson repite los (pocos) errores de Abrams en su film y añade unos cuantos, de propia cosecha, concibiendo así una película que como espectáculo de entretenimiento funciona a la perfección pero que deja insatisfecho por el cauce que toman los acontecimientos. Y no se trata, como critican algunos, de que se distancie de la mitología clásica. Eso me parece bien, pues ya es hora de explorar nuevos caminos (como lleva haciendo con acierto desigual Star Trek), pero ignora que, de forma sutil pero muy interesante, eso es lo que había empezado a hacer ya Abrams y que él desprecia sin concesiones. No solo Los últimos Jedi deja de responder alguna de las dudas que dejaba El despertar de la Fuerza (se podría pensar que Johnson no quería hacerse cargo de los muertos de Abrams y se los deja para que él mismo se los coma en la siguiente película), sino que directamente las obvia, cerrando con ello la puerta a futuras interpretaciones. Y las pocas que sí responde lo hace, a mi entender, mal. Su argumento, obviando que forma parte de una saga, hace un cambio de rumbo que podría ser muy útil en esa trilogía nueva que pretende hacer (Disney ya la había confirmado, pero ahora mismo dudo mucho que confíen tan ciegamente en él), pero no en lo que se supone el segundo capítulo de algo que otro director había comenzado. 
Y lo peor de todo es que, con la conclusión de la película, el aroma a cierre de ciclo es tan grande que solo deja dos alternativas a Abrams, crear una historia prácticamente partiendo de la nada, inventando nuevas subtramas y centrándolo todo al previsible enfrentamiento definitivo entre Rey y Kylo Ren o copiar la traicionera jugada de Johnson y continuar su historia renegando de la mayoría de las cosas narradas en este episodio. En ambos casos, todo un papelón para J.J.
Los últimos Jedi es, por momentos, una comedia sin gracia con la que pretender ocultar las gotas de oscuridad que empapaba la brillante El Imperio contraataca, como si así se pudiese obviar la repetición de las tramas. Hay chistes de vergüenza ajena que, si bien no ponen a la película a la altura de Thor Ragnarok, poco le falta. Ya dije en su momento que Los Guardianes de la Galaxia era el Star Wars de esta generación, y el señor Johnson parece querer darme la razón. Al menos allí el humor sí funcionaba.
Pero no todo es negativo en la película, ni mucho menos. 
En realidad, Los últimos Jedi es una película muy entretenida, en la que las dos horas y media de duración pasan en un suspiro, pese a que alguna de sus subtramas puede resultar indigesta en un segundo visionado. El problema es que alterna momentos de gran intensidad y emoción (todo lo relacionado con Luke, Rey y Kylo Ren) con momentos innecesarios. Se puede disfrutar mucho mientras no se piense demasiado en lo que se está viendo y hasta se le pueden encontrar lecturas políticas (y hoy en Catalunya es un buen día para hablar de ello) o religiosas, pero todo ello se empaña con las historietas de dos grupos de personajes, La Primera orden y la Resistencia, que parecen empeñados en demostrar quién es más tonto de los dos, pasándose el film haciendo un montón de cosas que al final no sirve para nada. Sí, hay peleas de sables laser, descubrimientos sobre los Jedi, momentos para la nostalgia, persecuciones y bichejos nuevos (hay que vender peluches, no lo olvidéis), y no puedo negarle a Johnson que la mayoría e las veces usa muy bien la cámara, consiguiendo planos espectaculares y de gran hermosura (y la última escena de Luke es el mejor ejemplo). Por ello, pese a todos los fallos y todos los enfados que la película pueda llegar a provocar, sería injusto suspenderla, ya que estamos ante todo frente a un producto de entretenimiento y en ello cumple las expectativas.
Sin embargo, esto debería ser más, mucho más, y decepciona tanto que al final, pese a la diversión y la emoción, uno se queda con un regusto amargo.
Tanto El despertar de la Fuerza como Rogue One, las anteriores películas Star Wars de la era Disney, lograron emocionarme en algún momento. Los últimos Jedi no lo ha conseguido. Y eso que tenía las armas.
Decididamente, Johnson está más interesado en el confrontamiento entre los tres protagonistas que en todo lo demás, que es simple relleno. Al menos, hay que agradecer que los tres actores lo den todo y cumplan con brillantes interpretaciones.
Demasiada poca cosa a la que poderse agarrar los fans, que no dejan de ver más de lo mismo pero peor.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 10 de diciembre de 2017

SUBURBICON: inquietante y divertida, pero no lo suficiente.

Aun teniendo una trayectoria algo irregular, lo cierto es que el cine de los Hermanos Coen nunca llega a decepcionar del todo. Sus comedias son siempre ingeniosas, con un tono muy negro y retorcidamente ácidas.
En ocasiones, como la que nos ocupa, han dejado que sus ideas las filmen en pantalla otros directores. Ya sucedió en Un plan perfecto (Gambit), dirigida por Michael Hoffman, y vuelve a suceder en Suburbicon. Y en ambos casos, aunque se reconoce el estilo inconfundible de Joel y Ethan en el libreto, la puesta en escena no termina de estar a la altura.
El elegido en esta ocasión ha sido George Clooney, viejo amigo y actor habitual de los Coen. Clooney ha demostrado con anterioridad ser un actor solvente y tiene alguna gran película en su haber (Buenas noches y buena suerte y Los Idus de Marzo están en esa categoría), aunque su estilo visual es bastante conservador y clasicista. En Suburbicon, Clooney parece querer imitar a los Coen y, aunque no lo hace mal, las comparaciones le convierten en el perdedor.
Suburbicon es una zona residencial en auge en plena década de los setenta, una barriada pacífica y agradable hasta que unos nuevos vecinos de raza negra se mudan al lugar. Paralelamente a este hecho, unos desconocidos entran en casa de los Lodge, asesinando a la mujer de la casa.
Bajo esta premisa, los hermanos Coen (con Grant Heslov y el propio Clooney retocando el guion) construyen una trama criminal con toques que recuerdan a Fargo, y que tiene en su cuarteto interpretativo su mejor baza. Matt Damon y Juliane Moore están tan eficaces como siempre, Oscar Isaac slo necesita un par de escenas para desplegar todo su talento y el pequeño Noah Jupe, actualmente en Wonder, es el gran acierto, capaz de cargar a sus espaldas con el personaje más complejo y difícil.
Quizá lo que más rechine en la película, y que hacen que no funcione como debería, es la incorporación del elemento social y político, al parecer correspondientes a los añadidos de Clooney y Heslov. Al final, la subtrama racial no termina de ir a ningún sitio y se convierte casi en un mcguffin que, sin embargo, ocupa demasiado tiempo e pantalla para su insatisfactoria resolución.
La película es violenta y divertida a la vez, pero deja una ligera sensación de vacío, como si le faltara algo para poder encajar correctamente todas las piezas. Algo no funciona como debería y, sin embargo, tampoco se puede encontrar un fallo concreto de la misma. Es, simplemente, una amarga sensación de que hay un quiero y no puedo, de que Clooney aspira a algo para lo que se queda corto, algo que ya sucedía en su anterior film como director, Monuments men, y en su última colaboración a las órdenes de los Coen, Ave César!
Pese a ello, la película se deja ver, siendo disfrutable y entretenida, aunque fácil de olvidar apenas salir de la sala.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 11 de junio de 2017

LA PROMESA, pretenciosa pero fallida.

Dirigida por Terry George, que ya demostró en Hotel Rwanda que se movía bien en dramas históricos, La Promesa es la historia de un triángulo amoroso con el exterminio de armenios acontecido por el gobierno turco durante la Primera Guerra Mundial.
Para confeccionar la historia, George, que también firma el guion junto a Robin Swicord, centra todo su interés en esa historia de amor descafeinada y sin alma, quizá debido a que los personajes no están definidos de manera que susciten suficiente interés y poco puedan hacer el trío protagonista (Oscar Isaac, Christian Bale y Charlotte Le Bon) por defenderlos. La película, coproducción entre Estados Unidos y España (lo que justifica la efímera presencia de actores patrios como Alain Hernández, Luis Callejo, Alicia Borrachero, Abel Folk o Daniel Giménez Cacho), nace con aspiraciones de grandeza, como si de una nueva Lo que el viento se llevó se tratase (recuerden que aspiraciones similares tenía Australia de Baz Luhrmann y así le fue), pero fracasa en lo desmedida de su ambición, que no llega a banalizar el exterminio, pero poco le falta.
Tiene la película dos líneas diferentes a seguir. Sobre la romántica ya he dejado claro que no funciona para nada y que ninguno de sus integrantes sale bien parado de un análisis un poco pormenorizado. En el caso de la histórica, sirve la película al menos para recordar y adoctrinar sobre un exterminio que podría haber sido la fuente de inspiración del holocausto nazi y que a día de hoy continua sin ser admitido por el gobierno turco, aunque cierto es también que la película peca de partidista y (habiendo un rico empresario armenio como productor) criminaliza a los turcos convirtiéndolos en los malos absolutos pero sin explicar en ningún momento sus motivaciones o el motivo del odio hacia el pueblo armenio (eso sí, hay un turco bueno para compensar un poco). Tiene, pues, un valor didáctico interesante aunque algo descafeinado (George parece creer que planos de cadáveres son suficientes para sensibilizar al espectador) en un film demasiado largo que, sin embargo, necesitaría más tiempo para relatar el asedio final, provocando que el climax sea insatisfactorio. O quizá es que el verdadero climax no sea saber quién sobrevive a las matanzas, sino saber por quiénse decide al final la muchacha entre sus dos pretendientes.
Con Jean Reno y Angela Sarafyan (de moda gracias a su papel de prostituta en WestWorld) terminando de dar lustro al film, La promesa es una película que ha provocado odios y desprecios entre algunos y alabanzas desmesuradas por otro lado. Personalmente, no creo que sea para tanto, ni en un extremo ni en el otro, y la resumo como un folletín interesante durante su visionado cuya historia merece ser olvidada tras su consumo pero cuya realidad histórica invita, cuanto menos, a reflexionar sobre cómo la humanidad tiende a repetir una vez y otra los mismos errores en lugar de aprender del pasado (la escena de los armenios caminando por el desierto es una referencia nada casual a los refugiados de Siria actuales).
Y es que, por mucho que pueda sorprender, la fórmula “amar en tiempos de guerra” no siempre funciona y quizá la realidad merecía haber sido contada por sí sola, sin salsa rosa estorbando por en medio.

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 21 de mayo de 2016

X-MEN: APOCALIPSIS: síntomas de agotamiento mutante.

Seguimos en plena vorágine de blockbusters basados en superhéroes con el cuarto estreno comiquero en lo que llevamos de año (y aún quedan dos) y seguimos con la tónica de unos resultados muy irregulares, un regusto a película fallida y unas críticas muy enfrentadas.
Con todo, la mayoría de opiniones son más bien tirando a flojas, algunas que la califican incluso de desastre total. Y, la verdad, no creo que la última entrega de los X-Men sea para nada una mala película. Lo malo es que tampoco se puede calificar como buena.
X-Men: Apocalipsis adolece de los mismos errores que se están repitiendo con demasiada frecuencia en este género: planteamientos interesantes y bien desarrollados que derivan en finales vacíos y poco inspirados, meras muestras de destrucción donde se olvida la construcción de personajes o las motivaciones intrínsecas de cada uno. Y eso es algo que se comprueba en las propias interpretaciones de los actores. Michael Fassbender está magnífico en todas las escenas iniciales, en las que trata de huir de lo que es y del pasado que lo estigmatizará de por vida pero parece actuar con el piloto automático en cuanto se disfraza de Magneto y empieza a lanzar objetos metálicos por el aire.
Se ha acusado a la película de tener un guion absurdo e incomprensible, y ciertamente debo reconocer que yo mismo no entendí de qué iba la película. No, no me refiero a que no se entienda la trama argumental, sino que el problema está en el fondo. Como en los recientes films de Zack Snyder cuesta comprender las motivaciones de un villano más que la destrucción más simple y primigenia, y no digamos ya de sus cuatro acólitos, que si actúan corrompidos por el poder o por decisión propia nunca termina de quedar claro.
Puede que el principal problema de Bryan Singer (al cual, seamos justos, nunca se le podrá agradecer lo suficiente lo que hizo por el género con las dos primeras entregas de la saga), es que no tiene el talento suficiente para controlar un escenario tan amplio. 
Esta es, posiblemente, la entrega de la saga en la que más mutantes aparecen, y el reparto de protagonismo está muy descompensado. Lejos de lo que fueron capaces de hacer Joss Whedon con Los Vengadores o los hermanos Russo en Capitán América: Civil War, Singer no es capaz de hacer brillar a sus mutantes como merecen, de manera que algunos son simples comparsas que no llegan a lucir nunca como merecen. 
Es el caso de una desaprovechada Tormenta, una Mariposa Mental cuyo único cometido parece ser demostrar lo bien que luce Olivia Munn el uniforme, o una Bestia que hace poco más que pegar saltos y gruñir a cámara. Y no es exactamente que no hagan nada durante la película, sino más bien que dejan la sensación de que no lo hacen, ya sea porque no se sabe dar buen uso de sus habilidades o porque lo que hacen es tan funcional y poco espectacular que uno olvida rápidamente sus escenas de lucimiento. Algo parecido me pasa con Ángel, que ni siquiera entiendo porqué Apocalipsis lo incluye como uno de los mutantes más poderosos.
Mención aparte merece Mística, un personaje que ha quedado demasiado hipotecado a la fama de su actriz que obliga a que sea centro de atención y líder del equipo (¿pero no era mala?) aunque tampoco se le vea hacer nada relevante en toda la película.
Puede que X-men: Días del futuro pasado mostrase ya los mismos síntomas de agotamiento y falta de talento para orquestar una película tan coral, estando la mayor parte de las críticas negativas centradas en el nulo desarrollo de personajes en el futuro, pero al menos ahí estaba claro que los protagonistas de verdad estaban en el pasado, con el trío Xavier, Mística y Magneto en el centro, Lobezno de artista invitado y Mercurio como cameo estelar (Bestia está, otra vez, de simple comparsa). Pero está claro que eso no es lo que Singer pretendía en esta nueva entrega.
También chirría un poco el tema del reparto, en el que los veteranos demuestran cierta desidia (Jennifer Lawrence está aquí o bien obligada por un contrato o bien por ganar algo de dinero fácil, porque lo que se dice interpretar, interpreta bien poco) mientras que los nuevos no terminan  de tener el carisma necesario. También debo confesar que quizá tenga un problema personal con la nueva Jean Grey, ya que a Sophie Turner ya no la trago ni en Juego de Tronos, así que quizá no sea demasiado objetivo con ella.
Otra cosa que, por cierto, me saca del film es su cronología. Es simpático, original incluso, que cada una de las secuelas suceda en una década diferente de nuestra historia (aunque las referencias históricas en esta se pierden a mitad del metraje), pero ¿de verdad tenemos que creer que Evan Peters tiene casi diez años más que en X-Men: Días del futuro pasado y que para Jennifer Lawrence, James McAvoy, Michael Fassbender o Nicholas Hoult han pasado cerca de veinte desde X-Men: Primera generación?
Soy consciente de que sólo estoy diciendo cosas malas de la película cuando he empezado diciendo que no es mala. El caso es que hay también cosas buenas en X-Men: Apocalipsis, pero todas ellas son en el aspecto visual. Hay momentos espectaculares, la escena de Mercurio vuelve a ser la más recordada y no provoca aburrimiento en ningún momento. Incluso hasta se hace un poco corta. Lo que pasa es que cuando se está ante la sexta entrega de una saga (sin contar las dos de Lobezno y Deadpool) que empieza a ir cuesta abajo. X-Men: Apocalipsis es posiblemente la más floja de las seis (sí, a mí X-Men: La decisión final me gustó más, ¿qué le voy a hacer?) e invita a pensar que quizá sea el momento de que Singer deje el puesto a otro director que llegue con fuerzas renovadas y de un nuevo aire a la saga (tal y como hiciera Matthew Vaughn en X-Men: Primera generación).
En resumen, que la nueva entrega de X-Men es una de esas películas para no pensarlas demasiado, que se disfrutan en la sala de cine pero totalmente intrascendentes y olvidables en cuanto termina la proyección.
La pregunta es: ¿Hasta cuándo piensan estirar un chicle que ya ha perdido su sabor? Posiblemente, hasta que Hugh Jackman (innecesaria aparición que, no obstante es de lo mejor de la película) quiera. Sin él los X-Men no son nada. O eso parecen creer sus productores…

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 21 de diciembre de 2015

STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA (9d10)

Al fin llegó el día. Llevábamos unos cuantos años esperándolo, desde que Disney comunicó que había comprado los derechos de LucasFilm y anunció el proyecto de realizar una nueva trilogía (luego se hablaría de los spin-off, las series, los comics…). Aunque, en realidad, llevábamos mucho tiempo más reprimiendo ese deseo de volver al Universo que creo George Lucas en 1977 y que nos amagó en 1999 con La amenaza fantasma, un despropósito digital donde Lucas traicionaba sus propios ideales y demostraba que era mucho mejor creador que director.
No entendía, sin embargo, esa fiebre galáctica que invadía a toda la humanidad, hablando de la película más esperada de la historia y de records de taquilla, algo que imagino que ya se habló con la nueva trilogía y que quedó en una profunda depresión para el aficionado. 
Yo, por mi parte, sí esperaba la película con ganas, pero no por el factor Galáctico que no tenía claro si iba a ser capaz de remontar el vuelo por sí solo, sino por mi profunda admiración y fe ciega en J.J.Abrams, padre espiritual de la magistral Lost (Perdidos) y cuyas películas (todas sin excepción) hasta la fecha me han agradado notablemente. Su filmografía, por sí sola, ya habla de lo que el realizador neoyorquino iba a ser capaz de ser. No en vano había resucitado dos sagas en peligro de extinción (Misión Imposible estaba muy tocada tras la película de John Woo y Star Trek literalmente muerta) y había demostrado su respeto por el cine de fantasía que Lucas, Spielberg y compañía representaban a finales de los setenta y principios de los ochenta con Super8. Visto esto, ¿quién mejor que él para conseguir aunar en una película dos cosas tan antagónicas como era orientar una saga hacia nuevos horizontes pero recurriendo para ello a sus orígenes más clásicos?
Por ello, en lo único que se le puede criticar a su Star Wars (escrito  a medias con Michael Arndt –otro con currículo pequeño pero brillante- y retocado por el gran Lawrence Kasdan, quien ya se hiciera cargo de escribir los episodios seis y siete, los mejores de las seis conocidas hasta ahora) es la sencillez del guion. Abrams no ha venido para inventar nada, como hiciera Lucas en los episodios uno a tres, y por eso no hay nada de riesgo en una historia que recuerda mucho (quizá demasiado) a la trama original. Protagonista de padres desconocidos en un planeta desértico, robotito con planos ocultos en su interior, villano enmascarado de voz metálica y una nueva Estrella de la Muerte. Por eso, El despertar de la fuerza es una continuación tanto como un respetuoso lavado de cara a los conceptos preconcebidos, algo que (con mayor o menor acierto) es la tercera vez que vemos en las pantallas en lo que va de año, tras Terminator Genesis y Jurasic World.
A partir de ahí, todo es magia pura. Abrams, quien asegura que ha tenido total libertad por parte de Disney para ofrecer su propio punto de vista de la saga, se saca de la manga a un puñado de actores jóvenes que enamoran al público desde su primera aparición en pantalla, especialmente la pareja que lleva el mayor peso de la película, unos hasta ahora desconocidos Daisy Ridley y John Boyega que consiguen en segundos tener más carisma que el denostado Hayden Christensen en las dos películas que protagonizó (es un decir), consiguiendo sin duda que sus personajes entren por la puerta grande en el imaginario popular de la franquicia por delante, incluso, de interpretaciones de actores consagrados como fueron en su momento Ewan McGregor, Natalie Portman o Liam Neeson (¿alguien se acuerda de que forman parte de esta saga?). Junto a ellos, destacan también rostros algo más conocidos, como Oscar Isaac y Domhnall Gleeson, mientras que el caso de Adam Driver debe ser considerado aparte, ya que su personaje (que no voy a mencionar aquí) es el que queda más pendiente de evolucionar en futuras películas.
Hago aquí un inciso para disculparme si soy algo parco en explicaciones argumentales, pese a que en el momento en que se publique este comentario medio mundo habrá visto ya la película, pero visto el magnífico trabajo que ha hecho Disney por mantener al público hambriento de spoilers (y eso que han inundado el medio audiovisual con carteles, merchandising y trailers) y sin saber nada de la trama (algo que, por cierto, se le da muy bien a Abrams: recordad el interés que logró despertar con una película presupuestariamente pequeña como fue Monstruoso) no voy a ser yo quien desvele nada que no deba saberse antes de ver la película en pantalla grande.
Decía que la película logra reunir a un interesante elenco de jóvenes promesas que para nada chirrían. Todo el primer acto forma parte de un reinicio en toda regla y uno se identifica enseguida con los nuevos héroes, en especial la potente presencia de esa muchacha, frágil y guerrera a la vez, que es Rey, mientras que el nuevo juguete llamado BB-8 consigue derrochar simpatía y ternura como no se había visto desde los tiempos de WALL.E.
Pero el tráiler ya había adelantado que no se iba a tratar de una aventura en el espacio más. Hay cabida para la nostalgia y toda la sala se estremece al reconocer un maltratado Halcón Milenario, al ver aparecer por primera vez, pistola en mano, a Han Solo y Chewbacca, o al reencontrarnos con la versión madura de ese mito de peinados imposibles que era Leia Organa. Y así, mientras la aventura prosigue por nuevos derroteros, los guiños a lo clásico se reproducen sin cesar, demostrando que por más que la película vaya a entusiasmar a los chavales de nueva cuña que ya lo fliparon hace un año con Guardianes de la Galaxia esto es, en realidad, un homenaje a una generación que ya baila entre la cuarentena y el lustro y que sufrieron viendo como un CGI que ha envejecido francamente mal se apoderaba de los esperados episodios uno a tres y violaba, de paso, la esencia de la saga original.
Y tanto es el tributo que Abrams ofrece a la historia que incluso las pantallas verdes han sido reducidas al mínimo concepto en este rodaje, regresando a las maquetas, animatronics, maquillajes y localizaciones en escenarios naturales que tan bien lucen en pantalla. Hay digitalización, desde luego (que se lo digan a los irreconocibles Andy Serkis, Lupita Nyong’o o Simon Pegg) pero en ningún momento el ordenador predomina sobre la historia ni se cae en el delirio visual que alcanzó cuotas de videojuego en algunos momentos de El ataque de los Clones.
El despertar de la fuerza no es una película perfecta, y le falta la independencia argumental necesaria para alejarse de los clichés preconcebidos, pero es una primera piedra necesaria para expandir el universo y dar forma a una nueva trilogía que, sin duda, tomará su propio camino a partir del episodio ocho. En cierto modo, necesitábamos volver a sentirnos en casa para poder partir de cero y empezar a andar de nuevo hacia horizontes desconocidos. Y el equipo formado por Rey, Finn, Poe Dameron y BB-8 enfrentados a Kylo Ren, el nuevo villano de la saga, ha demostrado que es capaz de luchar por su propio destino con total independencia.
Quizá si algo me rechinó ligeramente (y perdonen los que consideren esto casi una blasfemia) es la banda sonora. Creo firmemente que un director debe trabajar siempre con el compositor con quien mejor se entienda, y si muchos echaban en falta la labor de John Williams en la magnífica El puente de los espías de Steven Spielberg yo habría preferido que Abrams hubiese podido contar con su músico de cabecera, el compositor Michael Giacchino. Ya en Súper8 demostró que se le daba bien recrear el estilo de Williams y con Misión Imposible y Jurassic World se especializó en crear nuevas composiciones partiendo de registros icónicos.
Como sea, Abrams ha demostrado que, además de ser un magnífico director, es un cachondo. Solo a nivel anecdótico os diré que Giacchino sí está en la película, pero como actor. Igual que Daniel Craig. Hasta aparecen Yoda y Obi Wan Kenobi. ¿No me creéis? Quizá en un tiempo, cuando se pueda hablar sin temor a los spoilers, os resuelva el misterio. Mientras, contentaos con la aparición de viejos colegas del director, como Greg Grunberg, o con la recuperación de Anthony Daniels y Peter Mayhew, el ilustre cameo de Max von Sydow y la presencia de la “jugadora de tronos” Gwendoline Christie.
Y sí, también sale Mark Hammil. Pero no diré nada más sobre el tema.
En fin, una película para disfrutar de principio a fin, en la que buscar deslices argumentales es renunciar a la magia del espectáculo, donde se recupera toda la épica que la lucha entre el imperio y la República merecen y donde la Fuerza es de nuevo un poder espiritual más que un concepto científico (¿alguien entendió alguna vez eso de los midiclorianos?).
No sé si será la mejor entrega de la saga (El Imperio Contraataca rozaba la perfección y puso el listón muy alto), pero se le acerca. Yo, probablemente, sea con la que más he disfrutado. Y, aunque confieso que era el primer escéptico tras el final de El ataque de los clones, la historia que comenzó en una galaxia muy, muy lejana debe continuar.
Que la Fuerza nos acompañe.

sábado, 4 de abril de 2015

EL AÑO MÁS VIOLENTO (9d10)

Dirigida por J.C. Chandor, realizador de la magnífica Margin Call y de la más que correcta Cuando todo está perdido, la película se sitúa en la América de 1981, año que, según los historiadores, se registró el mayor número de delitos en la historia de Nueva York.
Era una época en la que el país despertaba de ese idealismo que se extendió tras la Gran Depresión, cuando el sueño americano empezaba a naufragar y se imponía la ley del más fuerte.
Con referencias más que evidentes a El Padrino de Coppola y toques delj cine de gánsteres más sucio de Scorsese, Chandor aborda la historia de Abel Morales, un empresario dedicado a la distribución de combustible que crea un pequeño y emergente imperio de la nada (bueno, de la nada exactamente no, que la familia de su mujer ayuda a sentar las bases con dinero sucio) y se propone llegar a los más alto sin traspasar el camino de la ilegalidad.
Podría ser esta una historia sobre ambiciones empresariales, luchas por el poder e incluso análisis de un matrimonio (y de hecho lo es, todo esto está contenido en la película), pero Chandor apuesta más por abordar la hipótesis de si se puede conseguir el poder sin caer en la corrupción. Morales es un hombre honrado en una sociedad donde la honradez es una quimera, un empresario a quien todos le dicen que debe quebrantar la ley (incluso la propia ley) para seguir adelante pero que pretende mantenerse firme en su propósito, aun poniendo en juego su futuro, su familia y su propia vida. No es, sin embargo, una película moralista, ni mucho menos. Con un estilo elegante y estilístico, Chandor plantea un argumento, dibuja una situación que fácilmente podría ser real, y deja que cada cual saque sus propias conclusiones, que sea el propio espectador quien juzgue las acciones del protagonistas y, de paso, se juzgue a sí mismo, pudiendo ver reflejado en el mundo de hoy a esa Nueva York del siglo pasado que no resulta tan distante como cabría parecer.
Chandor aborda el tema como si una tragedia shakesperiana se tratase (hay mucho de Macbeth aquí), ejecutando con maestría su puesta en escena en un drama muy violento que consigue transmitir con eficacia esa sensación de presión angustiante que siente su protagonista sin necesidad de mostrar ante las cámaras esa violencia latente y despiadada a la que alude el título.
No se puede dejar de alabar el trabajo de Chandor, fiel heredero también del cine de Lumet, sin que por ello dejemos de lado a su elenco protagonista, un casting de gran nivel encabezado por un sorprendente Oscar Isaac metamorfoseado en un joven y aguerrido Al Pacino (copia todos sus tics interpretativos y estéticos sin que llegue a molestar en ningún momento) y una magnífica Jessica Chastain que probablemente se haya convertido ya en la mejor actriz de su generación  con una habilidad innata para elegir personajes totalmente opuestos entre sí y perfectamente alejados de la mujer florero que suele rodear este tipo de tramas, y a los que complementa David Oyelowo (el reciente Martin Luther King de Selma y que ya compartió papel –que no plano- con Chastain en Interstellar) en el papel de fiscal del distrito.
Resulta curioso que en un año cinematográfico tan flojo como se ha evidenciado en los recientes premios Oscars (con tonterías nominadas como la propia Selma, Siempre Alice, El Francotirador o La teoría del todo, grandes películas como esta hayan quedado en el cajón de los olvidados, haciendo compañía a los Puro Vicio o Nightcrawler de turno.
Algo huele a podrido en Dinamarca, dijo Hamlet. Y se podría añadir que no mejora mucho la cosa en Nueva York, donde las calles son peligrosas y las buenas intenciones no son suficientes para parar las balas. O quizá sí…

martes, 3 de marzo de 2015

EX_MACHINA (8d10)

Resulta interesante adentrarse en esta película sin saber nada de ella, ya que el visionado anterior de su tráiler podría no solo revelar demasiado (cosa inevitable en la mayoría de avances de ahora) sino hacernos creer que la película va por otros derroteros más fantasiosos o trepidantes.
Pese a su buen (aunque mínimo) reparto y su lujosa ambientación, Ex_machina es en realidad una película pequeñita, de esas en las que la originalidad de la idea y los recovecos de su guion debe primar ante la calidad de sus efectos visuales y que, por ello, me remiten a títulos recientes como The Signal o Orígenes, por más que argumentalmente no tenga nada en común con ellas.
De hecho, ha sido definida como la EVA americana (curioso que por una vez sean las cosas al revés de lo acostumbrado), y algo de cierto puede haber, aunque la historia que nos ocupa ahora es mucho más absorbente y compleja y no se pierde en derroteros melodramáticos como le sucedía al título de Quique Maíllo.
Ex_Machina cuenta la historia de Caleb, un programador informático anónimo y anodino (convincentemente interpretado por Domhnall Gleeson) que gana un concurso organizado en su empresa cuyo premio consiste en una semana de vacaciones en la lujosa casa que Nathan (el cada vez más de moda Oscar Isaac), el dueño de la empresa y uno de los más importantes magnates informáticos del mundo, tiene en un entorno espectacular, en el corazón de una zona montañosa rodeada por frondosa vegetación y cascadas interminables. Todo este paraíso verde contrasta con la fría sofisticación del interior (la gran parte de la edificación se encuentra bajo tierra) donde Caleb descubre que el verdadero objeto de su estancia allí consiste en descubrir los grandes avances que Nathan ha logrado en el terreno de la inteligencia artificial y, mediante una serie de entrevistas con el ser artificial de rasgos femeninos denominado Ava (la sueca Alicia Vikander, a la que se vio recientemente en El séptimo hijo) , llegar a concluir si el ingenio es capaz de pensar por sí mismo en una versión algo tramposa del test de Turing.
Con un arranque algo lento e incluso desconcertante, el espectador se ve atrapado, como el propio Caleb, en un universo claustrofóbico y desconcertante, con más preguntas que respuestas, y ante el desafío de enfrentarse a un ordenador en un confuso juego de seducción donde realidad y ficción se pueden confundir con facilidad y nada puede llegar a ser lo que parece a simple vista.
Es en su segunda mitad cuando las piezas van tomando sentido y la película termina de atraparnos por completo, resultando perturbadoramente cautivadora y ofreciendo un nuevo punto de vista al, por otra parte, manido tema de la inteligencia artificial.
Con rasgos casi teatrales (solo hay cuatro personajes principales, los tres mencionados y una sirvienta oriental que ni siquiera comparte el idioma de los demás), Ex_machina plantea los límites de la tecnología, imaginando el momento en que la inteligencia artificial sea también sinónimo de los sentimientos artificiales  preguntándose si, una vez aceptados esa inteligencia y esos sentimientos, si deben seguir siendo considerados artificiales o si tiene derecho la máquina a considerarlos como suyos propios.
Reflexiva e inteligente, no creo tampoco que Alex Garland, el inventor de todo esto, pretenda crear un profundo debate sobre los peligros de los avances informáticos, sino más bien basarse en ellos para crear un divertimento muy entretenido y sencillo, un puzle sobre personas solitarias en busca de un reconocimiento personal y sentimental del que siempre han carecido. Garland debuta aquí como director después de haber escrito la novela La playa y los guiones de, entre otras, 28 días después, Sunshine y Dreed) y lo hace francamente bien, invitando a que lo tengamos muy en cuenta de cara al futuro.
Alejándose conscientemente de las obligadas leyes de la robótica de Asimov, Ex_Machina se labra su propio camino consiguiendo una película casi redonda con una puesta en escena tan sencilla que sorprende que llegue abarcar tanto.


martes, 24 de junio de 2014

LAS DOS CARAS DE ENERO (5d10)

Decepcionante sería el primer adjetivo que a uno se le viene a la mente tras ver esta película. No es un producto malo, pero acontece de alma, de espíritu, y eso provoca que a mitas del visionado ya nos hayamos aburrido de la trama y nos importe un churro lo que le suceda a los personajes.
Viendo la carátula todo son buenas sensaciones. Un interesante reparto, compuesto por el siempre eficiente Viggo Mortensen, la generalmente desaprovechada Kirsten Dunst y una de las revelaciones del año pasado gracias a los hermanos Coen, Oscar Isaac; una premisa argumental de nivel, basada en una novela de Patricia Highsmith y dirigida por el que fuera guionista de aquella pequeña joya que era Drive, Hossein Amini. Estaban por medio, además, los productores de El Topo, pero como personalmente aquella ya me pareció un tostón mejor no lo destaco mucho.
El caso es que, y tratando de evitar las comparaciones con El talento de Mr. Ripley, posiblemente la mejor adaptación hasta la fecha de la obra de Highsmith hasta la fecha, lo cierto es que la película arranca bien, con un matrimonio de vacaciones en Atenas y la intromisión de un atractivo guía turístico que amenazará con quebrar el idílico mundo perfecto de la pareja. Pero un asesinato involuntario revelará que el mundo perfecto de la pareja no lo es tanto y que los secretos del pasado siempre regresan para acosar a sus víctimas, y el guía turístico pasará a convertirse de seductor a cómplice. Así, la historia avanza ahora con el periplo de este improbable trío de amigos unidos por las circunstancias en un intento de abandonar el país y mantener ocultos sus secretos.
El problema es que lo que pretende ser un thriller de intriga no lo es. La película es aburrida y mantiene al espectador con la constante sensación de que debe pasar algo inesperado sin que esto nunca llegue a suceder. Los personajes son planos y no avanzan en ninguna dirección, especialmente el de Mortensen, y el conjunto final es plano y se va desinflando a medida que nos acercamos al final.
Cierto es que en Drive, el trabajo que consagró a Amini, también pasaban muy pocas cosas, pero el director Nicolas Winding Refn conseguía crear una atmósfera de desasosiego apoyado en la interpretación pasiva de Ryan Gosling que funcionaba muy bien. En este caso, el salto de guionista a director de Amini no ha funcionado correctamente y ni los diálogos ni las situaciones consiguen transmitir la intriga y emoción que pretenden, consiguiendo que la película sea tan anodina como mucho de los habitantes de las propias islas griegas. Ni siquiera es capaz Amini de transmitir la belleza de los paisajes que lo rodean, demasiado pendiente, quizá, en resaltar que estamos en una historia ambientada en los años 60 y abusando por ello de una tonalidad ocre que transmite simpleza y tediosidad.
No es una película detestable, ni mucho menos (casi me atrevería a decir que es la mejor que he visto este fin de semana), y por simple que sea Amini con la cámara no es suficiente como para opacar por completo a tres grandes actores que se esfuerzan, en ocasiones de manera estéril, por demostrarlo.
Lo peor de todo es que, una vez más, estamos ante un ejemplo de historia que prometía mucho y, quizá sólo con un poco de esfuerzo más, habría podido ser muy estimulante. Y ese es el gran fracaso de Amini.

domingo, 5 de enero de 2014

A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS (7d10)

No vamos a descubrir a estas alturas que los hermanos Ethan y Joel Coen son unos genios. Con un toque especial tanto para las comedias más absurdas como para los dramas intimistas (pasando por sus historias descarnadas de violencia nunca gratuita) todo lo que hacen tienen una magnificencia que obliga a críticos y público a aplaudirlos al unísono (a mí, personalmente, la única película de ellos con la que no conecté fue Un hombre serio, quizá por estar demasiado enfocada hacia una comunidad judía cuyas costumbres no conozco en profundidad).
A propósito de Llewyn Davis es un claro ejemplo de ello. Partiendo de la historia de un perdedor (un argumento que guarda algunos puntos en común con el Corazón rebelde, de Scott Cooper, que le dio a Jeff Bridges el Oscar por su interpretación de un cantante country), un tipo con el que cuesta simpatizar, inmaduro, desastroso, incapaz de querer o dejarse querer por sus amigos o familia y cuya vida se rige tan solo alrededor del folk, los Coen consiguen que la película nos conmueva y emocione cuando, en buena ley, deberíamos estar deseando que todo le vaya mal (o peor, que muy bien no es que le vaya nunca) a este Llewyn Levis.
No puedo imaginar esta película en manos de otros directores  sin que caiga en la sensiblería barata o la mojigatería, recreándose en el sufrimiento del protagonista y camuflando sus malas decisiones de injusticia para que podamos compadecernos de él, pero –al igual que hiciera Woody Allen con la Blue Jasmine que tan brillantemente interpretó Cate Blanchet-  Ethan y Joel no muestran ninguna compasión por su protagonista, permitiéndole conmovernos únicamente a través de su música, un buen surtido de canciones folk  con las que Lewis tiene el contradictorio sentimiento de quererlas usar para vivir sin, por otro lado, sentir que se está vendiendo por dinero.
Oscar Isaac, secundario en Drive, Robin Hood o El legado de Bourne, cumple con buena nota en su primer desafío compro protagonista, llevando él y su voz prácticamente todo el peso de la historia, aunque siempre es de agradecer el buen plantel de secundarios que los Coen logran invocar en sus proyectos, destacando la pareja formada por Carey Mulligan y Justin Timberlake y sin olvidad la presencia siempre impresionante de John Goodman, casi un habitual de los Coen.

Tristeza, dirección firme y mucha, mucha música folk.