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viernes, 30 de marzo de 2018

PETER RABBIT

Una vez olvidadas las Navidades, la Semana Santa es la siguiente gran cita para el cine infantil, y este año ha sido una película como Peter Rabbit la encargada en encabezar el género. Con una mezcla de personajes animados por ordenador y actores reales, recordando a las recientes Paddington y Paddington 2, Peter Rabvbit adapta el popular personaje creado por Beatrix Potter con eficacia, logrando el director Will Gluck (hasta ahora especializado en comedias más convencionales como Mentiras y Gordas o Con derecho a roce, aunque también del fallido musical Annie) una película familiar que provocará las delicias de los niños sin aburrir en ningún momento a los adultos.
Efectivamente, aún sin ser el prodigio cinematográfico que supuso el salto a la pantalla del osezno peruano, esta adaptación del ingenioso pero endiablado conejo y su enfrentamiento con los humanos (primero con un viejo gruñón encarnado por Sam Neill y después con su sobrino y heredero, con el rostro de Domhnall Gleeson, resulta muy divertida y estimulante, con una multitud de chistes, algunos más logrados que otros, que puede que no lleguen a provocar la carcajada más tronchante a alguien con más de catorce años de edad pero sí le invitará, por lo menos, a soportar la película con una amplia sonrisa en el rostro.
Peter Rabbit cuenta además con un amplio elenco de secundarios animados que ayudan a aumentar el circo de locuras sin que ninguno llegue a resultar demasiado cansino, alguno con aportaciones tan brillantes como breves que magnifican aún más la aventura.
Es cierto que el tono del film es demasiado blanco como para encontrar en él lecturas demasiado profundas más allá de los consabidos elogios a la amistad y la familia, el mensaje ecologista y el puntito de romance (Rose Byrne es la parte femenina y nexo de unión en la historia), pero en ocasiones no es conveniente exigirle peras al olmo y podemos conformarnos con disfrutar de un entretenimiento que, insisto, va siempre enfocado a los más pequeños de la casa pero que dignifica el llamado cine familiar y permite una disfrutable tarde de cine sin duda coronada por las obligadas palomitas y el refresco de rigor.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 2 de octubre de 2017

MADRE!: Demencial e hipnótica pesadilla metafórica.

Resulta sumamente complicado enfrentarse a una película como Madre! Por un lado, debido a la complejidad de la obra en sí, pero por otro por lo importante que es que el espectador vaya lo más virgen posible a ella para disfrutar (o no) la experiencia de una manera más completa.
Madre! es, posiblemente, la película más personal y extrema de Darren Aronofsky, muy por encima de Cisne negro, y aunque guarda algunas similitudes con respecto a su retorcido desconcierto, aquella se quedaba corta en comparación a la propuesta inicial.
Todo arranca de una manera algo convencional, con un matrimonio que vive tranquilamente en una casa aislada del mundo, él tratando de escribir una nueva obra de poesía y ella dedicada a la reformar el hogar tras un atroz incendio. Pero la tranquilidad se trunca con la llegada de unos desconocidos que se convertirán en invitados no demasiado bien recibidos por parte de ella.
Con toques de terror algo descafeinados, todo parece indicar que estamos ante otro ejemplo de cine de “home invasión” más, con un toque surrealista aunque tampoco nada del otro mundo. Pero poco a poco las cosas se van saliendo de cauce y, hacia mitad del metraje, un brusco giro de los acontecimientos sumerge al espectador en una vorágine de secuencias que le golpean sin tiempo para que recupere el aliento y dando claras pistas hacia dónde se deriva la trama pero no concediéndole el tiempo necesario para asimilarlas.
Ayuda, para ello, el abuso de primeros planos centrados en el personaje de Jennifer Lawrence para reforzar la sensación de soledad e incomodar al espectador, restándole espacio a su alrededor para poder ver más allá de lo que Aronofsky está dispuesto a mostrar. Javier Bardem, correcto sin más, aporta la ambigüedad necesaria para terminar de descolocar al espectador y la aparición de Ed Harris y Michelle Pfeiffer consigue incomodar sin necesidad de que lleguen a hacer tampoco nada suficientemente evidente para ello.
Madre! es una película tan angustiante como hipnótica, que deriva en una montaña rusa de sensaciones y logra sumergirse en el absurdo sin que en ningún momento llegue a molestar. En su tramo final nada parece tener sentido, todo es una absoluta locura, una pesadilla demencial. El espectador no entiende nada, pero tampoco le importa. Y, al final, la luz. La chispa que revela lo que Aronofsky nos está contando. Aunque tampoco entonces está del todo claro, pues la interpretación del espectador juega también su propio papel.
Estamos, pues, ante una película que conviene ver con la mente bien abierta, dejándose llevar como si estuviésemos atrapado en un sueño de esos en el que recorremos lugares conocidos pero distorsionados, con un toque de irrealidad. Luego, tras el visionado, el director obliga al espectador a sumergirse en sus recuerdos, a analizar todo lo que ha visto y, mejor todavía, a compartirlo con otros espectadores e intercambiar puntos de vista para llegar a resolver la metáfora que acabamos de presenciar.
Y una vez hecho esto, si alguien se atreve con un segundo visionado, las respuestas estarán mucho más claras.
Madre! puede resultar una película difícil para muchos espectadores, que no estén dispuestos a realizar ese ejercicio de reflexión y análisis posterior y que se sientan incluso estafados por lo que acaban de ver, con imágenes crueles y desagradables, en una época demasiado acostumbrados al cine de consumo inmediato y olvido fácil o al estilo “nolaniano” donde te explican las cosas varias veces para asegurarse de que lo entiendas todo a la primera. Es por ello que ha tenido algunas críticas atroces, ya que esta sí es una película para amar u odiar. Yo, personalmente, me he quedado atrapado por su envoltura y que querido excavar para llegar a su interior, para indagar en lo que me están contando y dejarme embrujar por ella.
Es difícil aceptar Madre! a la primera, ya que quien espere ver en ella una simple película de terror (solo hay algún ligero toque de ello) quedará decepcionado, pero quien lo consiga, lo va a disfrutar de lleno. Como me sucedió a mí.

Valoración: Ocho sobre diez.


sábado, 2 de septiembre de 2017

BARRY SEAL, EL TRAFICANTE. Un gran guion que nos devuelve al mejor Cruise.

Cuando en el 2013 Martin Scorsese firmó El lobo de Wall Street, poco podía imaginar que estaba poniendo de moda un nuevo género cinematográfico. 
Aunque siempre se ha hecho películas basadas en dar el golpe al sueño americano, no fue hasta entonces que la industria pusiera sus ojos en personajes reales, aunque poco conocidos para el gran público que vivieran sus instantes de gloria (en ocasiones desproporcionada) y cuyas historias dieran lugar a películas de corte pseudo còmico. De ahí salieron cosas tan dispares como la magnífica Dolor y dinero, de Michael Bay, la fallida Juego de armas, de Todd Phillips, la irregular Gold, de Stephen Gaghan o la genial El fundador, de John Lee Hancock. Todas ellas tienen como denominador común que se basan (con mayor o menor fidelidad) en las historias reales de tipos que lograron cumplir (aunque fuese momentáneamente) su propio sueño americano.
Barry Seal era uno de esos tipos. Piloto de la TWA hastiado de su trabajo recibe la oportunidad de trabajar para la CIA fotografiando campamentos rebeldes en Centroamérica. A partir de ahí, una serie de casualidades y oportunidades bien aprovechadas lo convertirán en traficante de drogas, contrabandista de armas y confidente de la CIA, llegando a aliarse y enemistarse con los carteles colombianos de Escobar y con su propio gobierno pero ganando mucho dinero por el camino.
La historia real de lo que se narra en Barry Seal, el traficante, seguramente sea mucho más truculenta y sórdida de lo que vemos en pantalla, y sin duda el tipo este debía ser bastante rastrero y despreciable, pero con el rostro de Tom Cruise y su amigo Doug Liman (ya trabajaron juntos en Al filo del mañana y volverán a hacerlo en su secuela), se transforma en una persona socarrona y simpática, de sonrisa maravillosa aunque sin la flema heroica de otros trabajos de Cruise. Y no se entienda esto como una crítica, sino como una puntualización apra aclarar que todo lo relacionado con el caso Irangate y los trapicheos de la era Regan solo se tocan de puntillas, dejando que la historia se mueva al ritmo del encanto de Cruise y sus peripecias como piloto.
Aclarado esto, lo que nos queda es una película muy divertida y dinámica, donde nos encontramos con el mejor Cruise al servicio de un guion muy bien estructurado y con un Liman que solo falla en los momentos en que quiere imprimir algo de personalidad con unos acercamientos de cámara algo inciertos.
Barry Seal es gloriosa y amarga a la vez, satírica y triste, que juega en todo momento a los dobles raseros con todos los protagonistas sin dejar títere con cabeza (la propia esposa de Seal es un ejemplo de cómo la preocupación por la inestabilidad familiar desaparece cuando empiezan a entrar los millones) y retrata una época y una sociedad donde todo de mueve alrededor del color del dinero.
Cruise, de nuevo, es casi omnipresente en la película, y aunque no se produzcan los juegos narrativos de El lobo de Wall Street hay algunos trucos (como las grabaciones con una cámara domestica) que permiten a Barry Seal romper la cuarta pared, convirtiéndose en narrador y seduciendo aún más, si cabe, al público.
Una gran película que sirve de contrapunto a series como Narcos, ahora que todo lo relacionado con Pablo Escobar parece tan de moda.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 28 de febrero de 2016

BROOKLYN: en busca de la identidad.

Reza una canción de enrique Bunbury: Allá donde voy, me llaman el extranjero; dondequiera que estoy, extranjero me siento. Esta frase podría ser una buena manera de empezar a definir Brooklyn.
Con una inmensa Saorise Ronan merecedora de todos los calificativos positivos posibles, Brooklyn es un cuento triste y desangelado sobre la inmigración, pero no centrado en el drama de las personas que abandonan el hogar con una mano delante y otra detrás a malvivir lejos de casa, sino en la tristeza y la pérdida de identidad de aquel que deja su identidad junto a su tierra para no poderla recuperar nunca más.
La vida no es dura para su protagonista, Eilis, ya que esta chica irlandesa de pueblo viaja a Brooklyn con sus papeles en regla y allí le espera una casa y un trabajo, pero es en su cabeza donde se cuece el drama. La familia a la que deja atrás, el mundo desconocido que la abruma y amenaza con devorarla… Eilis no logra convertirse en una americana para descubrir, cuando regresa a casa, que también ha dejado de ser irlandesa.
Sobre esa falta de identidad versa una película cuyo principal pecado es ser siempre demasiado amable, demasiado suave con las aventuras de Eilis a uno y otro lado del charco en un mundo que parece de carecer de maldad y donde América se revela, una vez más, como la tierra de las oportunidades. Con producción británica, irlandesa y canadiense, Brooklyn es, en el fondo, una carta de amor a la ciudad de Nueva York, símbolo del sueño americano (no es casualidad que el nombre de la muchacha se parezca tanto al de la Isla de Ellis, lugar de paso obligado para los inmigrantes).
Hablaba hace un rato de la poderosa interpretación de Cate Blanchet y Rooney Mara en Carol, pero es evidente que si algo destaca en Brooklyn por encima de todo, es Saorise Ronan, una joven actriz capaz de mejorar con cada papel que hace que rechaza clichés para aceptar propuestas más arriesgadas interpretativamente como esta. Ella es la que mantiene viva la película y la que consigue, con su abanico emocional, provocar los altibajos que no consigue un guion demasiado plano.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 7 de febrero de 2016

EL RENACIDO: gran Leo, decepcionante Iñárritu.

Alejandro González Iñárritu es un realizador irregular pero que con Birdman logró ascender a nuevas cuotas de popularidad tras arrasar en los Oscars y conseguir una de las películas más interesantes del pasado ejercicio, tanto a nivel visual como narrativo, aunque con la ayuda de la portentosa interpretación de Michael Keaton. Por ello, resultaba sumamente esperada su nueva película, apenas un año después de Birdman, y con las mismas aspiraciones de cara a los Oscars.
Sin embargo, la realidad es que El Renacido no es, de lejos, tan buena como Birdman. Este relato de supervivencia, superación personal y, sobre todo, venganza, podría definirse con sus dos grandes cualidades, la magnífica, poderosa y magistral interpretación de Leonardo DiCaprio (que este año sí, el Oscar es suyo) y la fuerza visual que muestra tras las cámaras Iñárritu, con una dirección que, excepto con los planos celestes para los cambios de encuadre, es casi la antítesis del falso plano secuencia de su anterior proyecto. Lástima que el resto de los elementos de la película queden en nada…
La historia es tan sencilla, tan plana, que podría recordar a la clásica historia de venganza propia de Liam Neeson de las que tanto se burlaba Schwarzenegger en El último gran héroe. La película resulta agotadora, angustiante y por momentos incluso repulsiva, con una violencia excesiva que, desprovista del humor de Tarantino, resulta mucho más incómoda que, por ejemplo, la de Los odiosos ocho. Pero lo peor es que, con ese metraje tan extenso, el resultado termina aburriendo ligeramente, siendo al final una sucesión de torturas y desgracias sobre el personaje de Leo que lo pasa peor que Jim Caviezel en La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Y esa es otra de las grandes trabas del film, que es tan cruel Iñárritu con su personaje protagonista que resulta casi imposible creer que, por mucha fuerza que le dé el ansia de venganza y muy obsesionado que esté, el cuerpo humano tiene ciertos límites. Y una cosa es que nos pongamos una venda en los ojos y nos dejemos convencer de que Bruce Willis es casi inmortal y aguanta golpes y carretas sin pestañear porque se trata de películas canallas y socarronas, pero la pretensiosa seriedad y el dramatismo que Iñárritu pretende otorgar a su Renacido me impiden aceptar ciertas cosas como si nada, así como muchas de las decisiones de los protagonistas, tan ilógicas como superfluas son las escasas subtramas que rodean el periplo del personaje de Leo.
Además, como si pretendiese emular al Cuaron de Gravity, pero sin su sutileza, Iñárritu introduce un cierto misticismo espiritual que no hace más que ralentizar el ya de por sí duro visionado del film. Lamento haber hecho unas comparaciones tan prosaicas, pero donde Iñárritu pretendía emular a Malick yo sólo podía añorar a McTiernan. Quizá si se hubiese inspirado algo en el Apocalypto de Gibson y menos en su propio ego…
O quizá se trate en verdad de una gran película y soy yo el que no se dejó atrapar por ella, pero me aburrí, ¿qué le voy a hacer? Y tengo la sensación de que se va a llevar un buen chasco en los próximos Oscars. Aunque, insisto, a Leo no se lo quita nadie. 

Valoración: 4 sobre 10.

lunes, 21 de diciembre de 2015

STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA (9d10)

Al fin llegó el día. Llevábamos unos cuantos años esperándolo, desde que Disney comunicó que había comprado los derechos de LucasFilm y anunció el proyecto de realizar una nueva trilogía (luego se hablaría de los spin-off, las series, los comics…). Aunque, en realidad, llevábamos mucho tiempo más reprimiendo ese deseo de volver al Universo que creo George Lucas en 1977 y que nos amagó en 1999 con La amenaza fantasma, un despropósito digital donde Lucas traicionaba sus propios ideales y demostraba que era mucho mejor creador que director.
No entendía, sin embargo, esa fiebre galáctica que invadía a toda la humanidad, hablando de la película más esperada de la historia y de records de taquilla, algo que imagino que ya se habló con la nueva trilogía y que quedó en una profunda depresión para el aficionado. 
Yo, por mi parte, sí esperaba la película con ganas, pero no por el factor Galáctico que no tenía claro si iba a ser capaz de remontar el vuelo por sí solo, sino por mi profunda admiración y fe ciega en J.J.Abrams, padre espiritual de la magistral Lost (Perdidos) y cuyas películas (todas sin excepción) hasta la fecha me han agradado notablemente. Su filmografía, por sí sola, ya habla de lo que el realizador neoyorquino iba a ser capaz de ser. No en vano había resucitado dos sagas en peligro de extinción (Misión Imposible estaba muy tocada tras la película de John Woo y Star Trek literalmente muerta) y había demostrado su respeto por el cine de fantasía que Lucas, Spielberg y compañía representaban a finales de los setenta y principios de los ochenta con Super8. Visto esto, ¿quién mejor que él para conseguir aunar en una película dos cosas tan antagónicas como era orientar una saga hacia nuevos horizontes pero recurriendo para ello a sus orígenes más clásicos?
Por ello, en lo único que se le puede criticar a su Star Wars (escrito  a medias con Michael Arndt –otro con currículo pequeño pero brillante- y retocado por el gran Lawrence Kasdan, quien ya se hiciera cargo de escribir los episodios seis y siete, los mejores de las seis conocidas hasta ahora) es la sencillez del guion. Abrams no ha venido para inventar nada, como hiciera Lucas en los episodios uno a tres, y por eso no hay nada de riesgo en una historia que recuerda mucho (quizá demasiado) a la trama original. Protagonista de padres desconocidos en un planeta desértico, robotito con planos ocultos en su interior, villano enmascarado de voz metálica y una nueva Estrella de la Muerte. Por eso, El despertar de la fuerza es una continuación tanto como un respetuoso lavado de cara a los conceptos preconcebidos, algo que (con mayor o menor acierto) es la tercera vez que vemos en las pantallas en lo que va de año, tras Terminator Genesis y Jurasic World.
A partir de ahí, todo es magia pura. Abrams, quien asegura que ha tenido total libertad por parte de Disney para ofrecer su propio punto de vista de la saga, se saca de la manga a un puñado de actores jóvenes que enamoran al público desde su primera aparición en pantalla, especialmente la pareja que lleva el mayor peso de la película, unos hasta ahora desconocidos Daisy Ridley y John Boyega que consiguen en segundos tener más carisma que el denostado Hayden Christensen en las dos películas que protagonizó (es un decir), consiguiendo sin duda que sus personajes entren por la puerta grande en el imaginario popular de la franquicia por delante, incluso, de interpretaciones de actores consagrados como fueron en su momento Ewan McGregor, Natalie Portman o Liam Neeson (¿alguien se acuerda de que forman parte de esta saga?). Junto a ellos, destacan también rostros algo más conocidos, como Oscar Isaac y Domhnall Gleeson, mientras que el caso de Adam Driver debe ser considerado aparte, ya que su personaje (que no voy a mencionar aquí) es el que queda más pendiente de evolucionar en futuras películas.
Hago aquí un inciso para disculparme si soy algo parco en explicaciones argumentales, pese a que en el momento en que se publique este comentario medio mundo habrá visto ya la película, pero visto el magnífico trabajo que ha hecho Disney por mantener al público hambriento de spoilers (y eso que han inundado el medio audiovisual con carteles, merchandising y trailers) y sin saber nada de la trama (algo que, por cierto, se le da muy bien a Abrams: recordad el interés que logró despertar con una película presupuestariamente pequeña como fue Monstruoso) no voy a ser yo quien desvele nada que no deba saberse antes de ver la película en pantalla grande.
Decía que la película logra reunir a un interesante elenco de jóvenes promesas que para nada chirrían. Todo el primer acto forma parte de un reinicio en toda regla y uno se identifica enseguida con los nuevos héroes, en especial la potente presencia de esa muchacha, frágil y guerrera a la vez, que es Rey, mientras que el nuevo juguete llamado BB-8 consigue derrochar simpatía y ternura como no se había visto desde los tiempos de WALL.E.
Pero el tráiler ya había adelantado que no se iba a tratar de una aventura en el espacio más. Hay cabida para la nostalgia y toda la sala se estremece al reconocer un maltratado Halcón Milenario, al ver aparecer por primera vez, pistola en mano, a Han Solo y Chewbacca, o al reencontrarnos con la versión madura de ese mito de peinados imposibles que era Leia Organa. Y así, mientras la aventura prosigue por nuevos derroteros, los guiños a lo clásico se reproducen sin cesar, demostrando que por más que la película vaya a entusiasmar a los chavales de nueva cuña que ya lo fliparon hace un año con Guardianes de la Galaxia esto es, en realidad, un homenaje a una generación que ya baila entre la cuarentena y el lustro y que sufrieron viendo como un CGI que ha envejecido francamente mal se apoderaba de los esperados episodios uno a tres y violaba, de paso, la esencia de la saga original.
Y tanto es el tributo que Abrams ofrece a la historia que incluso las pantallas verdes han sido reducidas al mínimo concepto en este rodaje, regresando a las maquetas, animatronics, maquillajes y localizaciones en escenarios naturales que tan bien lucen en pantalla. Hay digitalización, desde luego (que se lo digan a los irreconocibles Andy Serkis, Lupita Nyong’o o Simon Pegg) pero en ningún momento el ordenador predomina sobre la historia ni se cae en el delirio visual que alcanzó cuotas de videojuego en algunos momentos de El ataque de los Clones.
El despertar de la fuerza no es una película perfecta, y le falta la independencia argumental necesaria para alejarse de los clichés preconcebidos, pero es una primera piedra necesaria para expandir el universo y dar forma a una nueva trilogía que, sin duda, tomará su propio camino a partir del episodio ocho. En cierto modo, necesitábamos volver a sentirnos en casa para poder partir de cero y empezar a andar de nuevo hacia horizontes desconocidos. Y el equipo formado por Rey, Finn, Poe Dameron y BB-8 enfrentados a Kylo Ren, el nuevo villano de la saga, ha demostrado que es capaz de luchar por su propio destino con total independencia.
Quizá si algo me rechinó ligeramente (y perdonen los que consideren esto casi una blasfemia) es la banda sonora. Creo firmemente que un director debe trabajar siempre con el compositor con quien mejor se entienda, y si muchos echaban en falta la labor de John Williams en la magnífica El puente de los espías de Steven Spielberg yo habría preferido que Abrams hubiese podido contar con su músico de cabecera, el compositor Michael Giacchino. Ya en Súper8 demostró que se le daba bien recrear el estilo de Williams y con Misión Imposible y Jurassic World se especializó en crear nuevas composiciones partiendo de registros icónicos.
Como sea, Abrams ha demostrado que, además de ser un magnífico director, es un cachondo. Solo a nivel anecdótico os diré que Giacchino sí está en la película, pero como actor. Igual que Daniel Craig. Hasta aparecen Yoda y Obi Wan Kenobi. ¿No me creéis? Quizá en un tiempo, cuando se pueda hablar sin temor a los spoilers, os resuelva el misterio. Mientras, contentaos con la aparición de viejos colegas del director, como Greg Grunberg, o con la recuperación de Anthony Daniels y Peter Mayhew, el ilustre cameo de Max von Sydow y la presencia de la “jugadora de tronos” Gwendoline Christie.
Y sí, también sale Mark Hammil. Pero no diré nada más sobre el tema.
En fin, una película para disfrutar de principio a fin, en la que buscar deslices argumentales es renunciar a la magia del espectáculo, donde se recupera toda la épica que la lucha entre el imperio y la República merecen y donde la Fuerza es de nuevo un poder espiritual más que un concepto científico (¿alguien entendió alguna vez eso de los midiclorianos?).
No sé si será la mejor entrega de la saga (El Imperio Contraataca rozaba la perfección y puso el listón muy alto), pero se le acerca. Yo, probablemente, sea con la que más he disfrutado. Y, aunque confieso que era el primer escéptico tras el final de El ataque de los clones, la historia que comenzó en una galaxia muy, muy lejana debe continuar.
Que la Fuerza nos acompañe.

martes, 3 de marzo de 2015

EX_MACHINA (8d10)

Resulta interesante adentrarse en esta película sin saber nada de ella, ya que el visionado anterior de su tráiler podría no solo revelar demasiado (cosa inevitable en la mayoría de avances de ahora) sino hacernos creer que la película va por otros derroteros más fantasiosos o trepidantes.
Pese a su buen (aunque mínimo) reparto y su lujosa ambientación, Ex_machina es en realidad una película pequeñita, de esas en las que la originalidad de la idea y los recovecos de su guion debe primar ante la calidad de sus efectos visuales y que, por ello, me remiten a títulos recientes como The Signal o Orígenes, por más que argumentalmente no tenga nada en común con ellas.
De hecho, ha sido definida como la EVA americana (curioso que por una vez sean las cosas al revés de lo acostumbrado), y algo de cierto puede haber, aunque la historia que nos ocupa ahora es mucho más absorbente y compleja y no se pierde en derroteros melodramáticos como le sucedía al título de Quique Maíllo.
Ex_Machina cuenta la historia de Caleb, un programador informático anónimo y anodino (convincentemente interpretado por Domhnall Gleeson) que gana un concurso organizado en su empresa cuyo premio consiste en una semana de vacaciones en la lujosa casa que Nathan (el cada vez más de moda Oscar Isaac), el dueño de la empresa y uno de los más importantes magnates informáticos del mundo, tiene en un entorno espectacular, en el corazón de una zona montañosa rodeada por frondosa vegetación y cascadas interminables. Todo este paraíso verde contrasta con la fría sofisticación del interior (la gran parte de la edificación se encuentra bajo tierra) donde Caleb descubre que el verdadero objeto de su estancia allí consiste en descubrir los grandes avances que Nathan ha logrado en el terreno de la inteligencia artificial y, mediante una serie de entrevistas con el ser artificial de rasgos femeninos denominado Ava (la sueca Alicia Vikander, a la que se vio recientemente en El séptimo hijo) , llegar a concluir si el ingenio es capaz de pensar por sí mismo en una versión algo tramposa del test de Turing.
Con un arranque algo lento e incluso desconcertante, el espectador se ve atrapado, como el propio Caleb, en un universo claustrofóbico y desconcertante, con más preguntas que respuestas, y ante el desafío de enfrentarse a un ordenador en un confuso juego de seducción donde realidad y ficción se pueden confundir con facilidad y nada puede llegar a ser lo que parece a simple vista.
Es en su segunda mitad cuando las piezas van tomando sentido y la película termina de atraparnos por completo, resultando perturbadoramente cautivadora y ofreciendo un nuevo punto de vista al, por otra parte, manido tema de la inteligencia artificial.
Con rasgos casi teatrales (solo hay cuatro personajes principales, los tres mencionados y una sirvienta oriental que ni siquiera comparte el idioma de los demás), Ex_machina plantea los límites de la tecnología, imaginando el momento en que la inteligencia artificial sea también sinónimo de los sentimientos artificiales  preguntándose si, una vez aceptados esa inteligencia y esos sentimientos, si deben seguir siendo considerados artificiales o si tiene derecho la máquina a considerarlos como suyos propios.
Reflexiva e inteligente, no creo tampoco que Alex Garland, el inventor de todo esto, pretenda crear un profundo debate sobre los peligros de los avances informáticos, sino más bien basarse en ellos para crear un divertimento muy entretenido y sencillo, un puzle sobre personas solitarias en busca de un reconocimiento personal y sentimental del que siempre han carecido. Garland debuta aquí como director después de haber escrito la novela La playa y los guiones de, entre otras, 28 días después, Sunshine y Dreed) y lo hace francamente bien, invitando a que lo tengamos muy en cuenta de cara al futuro.
Alejándose conscientemente de las obligadas leyes de la robótica de Asimov, Ex_Machina se labra su propio camino consiguiendo una película casi redonda con una puesta en escena tan sencilla que sorprende que llegue abarcar tanto.


lunes, 29 de diciembre de 2014

INVENCIBLE (8d10)

Aunque eclipsado por las gestas de Jesse Owen, en las Olimpiadas de Berlín de 1936 hubo otro corredor americano que, pese a su juventud, destacó por su velocidad en pruebas de largo recorrido. Su nombre era Louis Zamperini y su historia, en aquel momento, ya parecía suficientemente interesante como para ser llevada al cine. Pero después de eso, aun le quedaba participar en la II guerra Mundial, naufragar y quedar en un bote a la deriva durante cuarenta y siete días y ser prisionero de guerra en un campo japonés.
Estaban siendo tan negativas las críticas a la nueva aventura como directora de Angelina Jolie que pocas ganas me entraban de ver la vida de este americano de origen italiano al cine, pero para mi sorpresa me he encontrado ante una película fascinante, dura y despiadada pero de gran factura e interpretaciones magistrales.
Quizá la Jolie no tenga una pericia especial para manejar la cámara con maestría, pero se desenvuelve con suficiente eficacia para dejar que sea la historia la que se narre por sí misma, una historia terrible que pasada por el rasero de los hermanos Coen (y este es el detalle que me parece más curioso del film) se distancia poco de lo que en verdad le sucedió a Zamperini.
Con dos partes bien diferenciadas, la del naufragio y la de prisionero de guerra, y una tercera (la etapa de corredor) narrada mediante flashbacks, Angelina Jolie logra plasmar con corrección no ya los estragos de la guerra, sino la brutalidad humana que, en este caso se encuentra personificada en el rostro y las maneras del japonés Watanabe, pero quien podrían ser alemanes nazis, extremistas islámicos o los propios americanos en Guantánamo.
Quizá lo que no le puedan perdonar muchos a la directora es la ambición desmedida que se lee entre líneas a su película, que lejos de ser una apuesta pequeñita como su debut (la casi inédita En tierra de sangre y miel) desprende aroma de grandeza por doquier, con una producción descaradamente destinada a luchar por el Oscar en su próxima edición. Y es esta soberbia fílmica lo que no parece cuajar demasiado bien entre los profesionales del medio.
Pero si los señores del CSI me permiten, yo he disfrutado (y hay que coger con pinzar el concepto de disfrutar) con esta historia de superación que, quizá no descubra nada nuevo sobre las crueldades de la guerra, pero ayudan a recordarnos como puede ser a veces la condición humana.
Cuando tras media película de soledad (un accidente de avión termina con tres náufragos, de los que solo dos sobreviven) angustiante que puede recordar a títulos como La vida de Pi o Cuando todo está perdido, se pasa a la opresión de un campo de prisioneros, donde el mal parece personificado en la figura del general al mando y cuyas vejaciones soportadas por Zamperini solo pueden creerse por haber sido relatadas de su propia boca, sería fácil confundir veracidad con verosimilitud, pero Jolie, que camina sobre el alambre en más de una ocasión, logra mantener la sensatez sobre un personaje que podría alcanzar cotas mesiánicas (de hecho la fe y la virtud del perdón son temas muy presentes en el film) pero que la excelente interpretación de Jack O’Connell logra solventar.
Puede que no sea la mejor película del año. Puede que no merezca arrasar en los Oscars. Pero es una buena película. Muy buena, incluso. Y negarlo es entrar en el terreno de las fobias personales. Y que cada uno lo entienda por donde quiera.

viernes, 1 de noviembre de 2013

UNA CUESTIÓN DE TIEMPO (6d10)

Aunque el subgénero de las comedias románticas suele relacionarse con unas películas pastelosas, destinadas a un público primordialmente femenino (y prueba de ello es que ha estado siempre liderado por mujeres: Meg Ryan en los 80’, Julia Roberts y Sandra Bullock en los 90’ y Jennifer Alliston y Reese Witherspoon en la actual década), hace un tiempo apareció un tipo con la sana intención de cambiar los conceptos y romper los tópicos de las historias facilonas, con más lágrimas que risas y con tanto almíbar que no eran actas para diabéticos.
Estoy hablando de Richard Curtis, que aunque nació en Nueva Zelanda ha bebido mucha comedia británica en la que se mueve como pez en el agua. Tras escribir diversos episodios de La Víbora Negra y Mr. Bean triunfó en el cine con los libretos de Cuatro bodas y un funeral, Nothing Hill, El diario de Bridget Jones o War House (su trabajo más alejado del romance y también el más fallido), saltando también a la dirección con Love Actually y Radio Encubierta.
Empeñado en dotar a sus historias de un punto diferente a lo habitual, con personajes inteligentes, diálogos brillantes y grandes interpretaciones (rozando casi siempre los repartos corales), Curtis nos propone en Una cuestión de tiempo algo tan inusual como estimulante como es la combinación de la comedia romántica con la ciencia ficción más clásica: los viajes en el tiempo.
No es que vayamos a encontrar aquí grandes alardes técnicos con efectos visuales digitales, ni mucho menos, pero la capacidad de Tim, el chico protagonista, de viajar a su pasado bebe directamente de las influencias de la obra de H.G.Wells y no rehúye del concepto del Efecto Mariposa que tanto temen los viajeros temporales.
La premisa es sencilla: el padre de Tim le revela el día de su cumpleaños  esa curiosa cualidad que todos los varones de la familia poseen y el chico la aprovechará para conseguir lo que más desea, el amor de su vida. Desgraciadamente, como no podía ser de otra manera, descubrirá que las cosas nunca pueden ser tan sencillas y que cada acción viene seguida por una reacción.
Domhnall Gleeson (uno de los hermanos Westley de Harry Potter) y Rachel McAdams (que ya sabe lo que es protagonizar una comedia romántica con viajes temporales gracias a Woody Allen) protagonizan el bello romance bien secundados por el magnífico Bill Nighy como el padre de Tim; aunque no menos importantes son las aportaciones de Margot Robbie, Will Merrick, Tom Hollander, Lydia Wilson, Lindsay  Duncan, Vanessa Kirby y Richard Cordery, que conforman esta peculiar familia.
Portador de amor y alegría, como buen espíritu navideño (hay quien ha llegado a definir Love Actually como el Qué bello es vivir de las nuevas generaciones), las películas de Curtis tienen menos drama de lo habitual, hasta el grado de que no hay villanos en sus películas, aunque cuando la desgracia golpea lo hace sin contemplaciones.
El punto negativo lo encontraremos en alguna toma de decisiones de Tim y en las incongruencias  inevitables en los viajes temporales (Regreso al Futuro no solo no caía en esas incongruencias, sino que se reía de ellas; todas las demás películas de esa temática, desde la clásica Terminator hasta la reciente Looper tiene alguna que otra errata. Dejo de lado Midnigth in Paris porque los viajes de Wilson al pasado era más testimoniales que causales, y el único Efecto Mariposa en el film de Allen era en el propio viaje interno del protagonista). Tim hace lo que hace y le sucede lo que le sucede porque así lo decide Curtis, haciéndonos creer sin ser cierto que no existan soluciones mejores porque ello arruinaría la trama y posibilitando que, de pretender analizar en profundidad los viajes regresivos y sus consecuencias, todo parezca una absoluta tontería.

Pese a todo, esto es una fantasía y debemos dejarnos llevar por ella. No es una película sesuda ni metafísica, simplemente es cine simpático, cariñoso y optimista, de ese que conviene ver de vez en cuando para relajar nuestras almas y dejarnos enamorar, como Tim, por Mary y ser capaces de alterar el curso de nuestra historia por hacerla sonreír.