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domingo, 7 de febrero de 2016

EL RENACIDO: gran Leo, decepcionante Iñárritu.

Alejandro González Iñárritu es un realizador irregular pero que con Birdman logró ascender a nuevas cuotas de popularidad tras arrasar en los Oscars y conseguir una de las películas más interesantes del pasado ejercicio, tanto a nivel visual como narrativo, aunque con la ayuda de la portentosa interpretación de Michael Keaton. Por ello, resultaba sumamente esperada su nueva película, apenas un año después de Birdman, y con las mismas aspiraciones de cara a los Oscars.
Sin embargo, la realidad es que El Renacido no es, de lejos, tan buena como Birdman. Este relato de supervivencia, superación personal y, sobre todo, venganza, podría definirse con sus dos grandes cualidades, la magnífica, poderosa y magistral interpretación de Leonardo DiCaprio (que este año sí, el Oscar es suyo) y la fuerza visual que muestra tras las cámaras Iñárritu, con una dirección que, excepto con los planos celestes para los cambios de encuadre, es casi la antítesis del falso plano secuencia de su anterior proyecto. Lástima que el resto de los elementos de la película queden en nada…
La historia es tan sencilla, tan plana, que podría recordar a la clásica historia de venganza propia de Liam Neeson de las que tanto se burlaba Schwarzenegger en El último gran héroe. La película resulta agotadora, angustiante y por momentos incluso repulsiva, con una violencia excesiva que, desprovista del humor de Tarantino, resulta mucho más incómoda que, por ejemplo, la de Los odiosos ocho. Pero lo peor es que, con ese metraje tan extenso, el resultado termina aburriendo ligeramente, siendo al final una sucesión de torturas y desgracias sobre el personaje de Leo que lo pasa peor que Jim Caviezel en La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Y esa es otra de las grandes trabas del film, que es tan cruel Iñárritu con su personaje protagonista que resulta casi imposible creer que, por mucha fuerza que le dé el ansia de venganza y muy obsesionado que esté, el cuerpo humano tiene ciertos límites. Y una cosa es que nos pongamos una venda en los ojos y nos dejemos convencer de que Bruce Willis es casi inmortal y aguanta golpes y carretas sin pestañear porque se trata de películas canallas y socarronas, pero la pretensiosa seriedad y el dramatismo que Iñárritu pretende otorgar a su Renacido me impiden aceptar ciertas cosas como si nada, así como muchas de las decisiones de los protagonistas, tan ilógicas como superfluas son las escasas subtramas que rodean el periplo del personaje de Leo.
Además, como si pretendiese emular al Cuaron de Gravity, pero sin su sutileza, Iñárritu introduce un cierto misticismo espiritual que no hace más que ralentizar el ya de por sí duro visionado del film. Lamento haber hecho unas comparaciones tan prosaicas, pero donde Iñárritu pretendía emular a Malick yo sólo podía añorar a McTiernan. Quizá si se hubiese inspirado algo en el Apocalypto de Gibson y menos en su propio ego…
O quizá se trate en verdad de una gran película y soy yo el que no se dejó atrapar por ella, pero me aburrí, ¿qué le voy a hacer? Y tengo la sensación de que se va a llevar un buen chasco en los próximos Oscars. Aunque, insisto, a Leo no se lo quita nadie. 

Valoración: 4 sobre 10.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

BIRDMAN (O LA INESPERADA VIRTUD DE LA IGNORANCIA) (8d10)

Anunciada como uno de los platos fuertes del 2015, Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), es una nueva genialidad del mexicano Alejandro González Iñárritu después de que su último film, Biutiful, no terminara de estar a la altura de las expectativas.
Esto no significa que Iñárritu haya vuelto a sus orígenes, pues Birdman poco o nada tiene que ver con sus Amores perros, 21 gramos o Babel, todos ellos dramas profundos donde apenas había espacio para el humor. Birdman puede ser considerada un drama, por supuesto, pero está tan repleta de situaciones hilarantes y contiene un humor negro (muy negro) tan brutal que resulta imposible no reírse a menudo con ella, pese al camino autodestructivo que vemos emprender a su protagonista.
Michael Keaton renace de sus cenizas para interpreta a Riggan Thomson, un tipo que bien podría ser un reflejo de sí mismo, un actor que en los noventa triunfó encarnando a un superhéroe (cambien el Birdman del título por el Batman de Burton y todo arreglado) y que ve que ahora que el cine superheróico está más de moda que nunca (impagables las alusiones a los últimos éxitos de Marvel) se da cuenta que su tren ya ha partido, decidiendo refugiarse en Broadway, donde se enfrenta a una obra adaptada, dirigida e interpretada por él mismo (basada en el relato de Raymond Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor) que le supone una última oportunidad para demostrar su valía como actor.
Birdman habla, pues, de las últimas oportunidades. Últimas oportunidades como actor, últimas oportunidades como padre y últimas oportunidades como ex marido. Y se enfrenta a ello consciente de que Birdman no sólo es el personaje que más fama y riqueza le ha dado, sino también el que más le ha quitado. Como en el Fausto de Dante, Birdman es quien ha mercadeado con el alma de Thompson, dirigiendo sus pasos artísticos y corrompiendo incluso su propia cordura, con momentos que pueden evocarnos al Cisne negro de Aronofsky.
Quizá viéndose reflejado en el espejo, Keaton construye un personaje poderoso y débil a la vez, de tortuosos sentimientos, encerrado en sí mismo y en constante búsqueda de su propia identidad. Una interpretación magistral que, como con su alter ego Thompson, nos invita a preguntarnos cómo es posible que un solo personaje pueda absorber toda una carrera reduciendo su currículo (a nivel popular, me refiero) a sus dos películas del hombre murciélago y poco más.
A su alrededor, como en la también inminente Mapa de la estrellas de David Cronenberg, se encuentra una colección de personajes perdida en sus propios desvaríos: el actor de teatro mucho más valorado por la crítica pero casi desconocido para el gran público, la hija con problemas con la droga, la aspirante a actriz, el amigo y manager… Una gran familia, esta del teatro, de la que Iñárritu se burla con sutileza, aunque no con más dureza que sus chanzas hacia la familia del cine. 
Es, sin embargo, la crítica especializada contra quien realmente dispara a matar, con un discurso del personaje de Keaton acorralando a la crítica más influyente de Nueva York, que invita a levantarse en mitad de la sala para aplaudir.
Pero no sería justo alabar esta película quedándonos tan solo con su guion, pues Alejandro González Iñárritu parece emular a su colega y compatriota Cuarón en Gravity (película con la que comparte director de fotografía) al emplear el recurso del plano secuencia, alcanzando el más difícil todavía al ser capaz de realizar prácticamente toda la película en un único plano (a nivel visual, claro; técnicamente es evidente que hay varios cortes, aunque muy bien disimulados), con una sóla pausa, ya llegados al final, para separar la historia de su epílogo devastador.
Como para rematar la broma, el prodigioso reparto (todos ellos están estupendos) está conformado por dos actrices pertenecientes a la renovada moda superheróica de la que tanto se burlan, Edward “Hulk” Norton y Emma “Gwen Stacy” Stone (esta chica se las está apañando para estar en todas partes), a los que les compenetran Naomi Watts y un sorprendentemente formal Zach Galifianakis.
Con una música atronadora (y por momentos conscientemente molesta) y una imaginación desbordante, Birdman entremezcla con inteligencia las tesituras del cine y el teatro, desnudando sus intimidades y consiguiendo divertir, emocionar, soñar, sufrir y llorar. Todo a la vez. Y recordarnos, una vez más, que el glamour de Hollywood (o Broadway) no siempre es tan esplendoroso como parece.