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domingo, 7 de octubre de 2018

VENOM

Como cambian las cosas en tan solo unos meses. Hace apenas algunas semanas esperaba con ganas este estreno, más viendo el tráiler que prometía una versión bastante oscura al personaje y con un look mucho más fiel al que se vio en Spider-man 3. Sin embargo, a medida que se acercaba el momento del estreno las sensaciones eran cada vez más agoreras, con cambios en la sala de montaje para suavizar la violencia, críticas vetadas y Tom Hardy, su protagonista, diciendo que lo que más le gustaba del film se había quedado en la sala de montaje. Así que llegado el momento del estreno mis expectativas estaban más bien por los suelos.
Al final, la cosa no ha llegado a ser un desastre, pero casi. No estamos hablando de una completa basura, como Los 4 Fantásticos de Josh Trank, ni siquiera es tan insuficiente como Catwoman o Elektra, pero tampoco se sitúa muy por encima. De hecho, quitando esos tres casos fragantes, creo que habría que considerarla como una de las peores adaptaciones al comic de los últimos años, más si nos centramos en las dos grandes, Marvel y DC. ¿Recuerdan Daredevil o Green lantern? Pues por ahí van los tiros.

Y es que lo que Sony ha hecho con la película es casi un suicidio cinematográfico. De entrada, porque no se concibe un personaje como Venom (y mira que me fastidia esa manía de no traducir los nombres, tal y como sí sucede en el cómic) sin Spiderman. El personaje no tiene sentido sin el arácnido y por ello en esta película nos encontramos con unas motivaciones que no están nunca demasiado claras. Si en Sony no podían contar con el lanzaredes para su película, mejor que no la hubiesen hecho. ¿Cómo se explica, por ejemplo, el look del personaje? Yo les doy la respuesta: no se explica, y punto.
Luego está el tema de la violencia. Veneno es un antihéroe, un ser que transita por la delgada línea entre el villano y el héroe, y por ello necesita un punto de oscuridad en sus acciones. Lo mismo que Deadpool, con quien Fox sí se atrevió a hacer lo que aquí no. O de Lobezno, cuya última película, Logan, la única que apuesta por ello, es la mejor de la saga. ¿Se imaginan un Punisher con censura? ¿O un Motorista Fantasma con tono familiar? Bueno, la verdad es que sí. Ya lo hicieron, y así les quedó. Sumen estos dos personajes a la lista de desastres, por favor...
Lo de Venom es casi más grave, pues muestran un quiero y no puedo. El tipo arranca cabezas de cuajo, pero todas fuera de plano y sin que se vea ni una gota de sangre. Casi se diría que rodaron las escenas y luego se eliminaron de la sala de montaje, y prueba de ello son los momentos incongruentes de guion o las tramas que avanzan a saltos, sin que veamos ciertas explicaciones en pantalla.
Así que desde este punto de vista, Venom es un desastre total, con un guion insuficiente y cobarde, unos personajes planos (solo Eddie Block tiene algo de trasfondo) y un solo actor, Hardy, que merezca ser mínimamente destacado. A su lado hay toda una ganadora del Oscar como Michelle Williams que apenas sirve para hacer bonito. 
A eso, hay que sumarle una dirección muy deficiente, donde la oscuridad no sirve para dar un tono más serio al personaje sino para hacer más confusas las escenas de lucha, con unos antagonistas que no dan la talla y siguiendo el esquema ya muy manido de poner un villano como la contrapartida oscura del héroe (algo que después de verlo en Iron Man contra Iron Monger, Hulk contra Abominación o Ant Man contra Chaqueta Amarilla ya cansa un poquito), algo especialmente absurdo cuando ya el héroe debería ser una contrapartida oscura de Spiderman y que hace que no me interese en absoluto la secuela que aspiran a hacer por prometer más de lo mismo. Y si encima todo se reduce a escenas de lucha por ordenados muy mal filmadas, pues mejor pasar página...
Último detalle: el humor. Venom no tiene humor. No es una película cómica. O no debería serlo. Pero la gente se reía en muchas ocasiones. Y cuando la gente se ríe en una película sin chistes, la cosa no puede ser peor. Todos los diálogos internos entre Eddie Block y Venom son de traca y, para no rasgarse las vestiduras, lo único que se puede hacer el resignarse y apuntarse al coro de risas que entristecen aún más el resultado final.
Para colmo, y esto no es solo culpa de la peli, sino también de su poco sentido de la oportunidad, una de las escenas supuestamente más espectaculares trata sobre una larguísima persecución que los malos, en coche, hacen sobre el prota, que va en moto. ¿Tienen fresca la persecución de Misión Imposible: Fallout? Pues no hay más que hablar.
¿No hay nada entonces que se pueda salvar de Venom? Pues tampoco es eso. Al fin y al cabo estamos hablando de una película con un tipo poderoso arrancando cabezas a los malos. Y aunque sea fuera de plano, eso siempre mola. Además, el pobre de Hardy, ese actor especializado en personajes a los que apenas se les ve el rostro (Bane, Mad Max, el piloto de Dunkerque) se esfuerza por sacar adelante un papel sin mucho a lo que rascar (ya he dicho que las motivaciones nunca están claras, y tanto él como su alter ego simbionte pasan de un lado a otro de la balanza moral de manera caprichosa). Y al fin y al cabo es una película entretenida. Estúpida y mal hecha, pero entretenida. Y resulta impagable que para el diseño del personaje se hayan basado en la caracterización que en su momento llevaron a Veneno a lo más alto del panorama comiquero de finales de los noventa de las manos de Todd McFarlane y Mark Bagley, cuando el personaje apenas acababa de debutar y parecía que podía molar mucho.
Una de las cosas que en Sony se tendrían que preguntar es: ¿se puede hacer una película interesante de Veneno? Si miramos sus apariciones en cómic, las dudas son razonables. Ha tenido muchas miniseries alejado de la sombra de Spiderman, pero la mayoría muy mediocres. Es un caso de esos en los que la leyenda es más grande que el propio personaje. Así que la respuesta, posiblemente, sea que no, lo mismo que no concibo una película en solitario de Kraven, el Cazador (como se rumoreó durante cierto tiempo) o de Morbius, geniales en la galería de villanos pero sin entidad suficiente para protagonizar sus propias películas.
En vista del desastre potencial que es este Venom (que ya tiene unas críticas nefastas y que, al igual que otro título mediocre por su falta de valentía y calidad narrativa como fue Escuadrón Suicida seguramente hará bastante taquilla), mi consejo para Sony está claro: que se dejen de experimentos y, tal y como hicieron ya con Spiderman (y el éxito fue claro), dejen los personajes de Marvel en manos de Marvel. En el MCU, Veneno puede molar mucho. En el Universo Spiderman sin Spiderman, no.
Eso sí, la escena postcréditos es lo mejor del film. Casi una pequeña obra maestra. Por cierto (y no explico más por no caer en el spoiler), ¿he dicho ya que la escena postcréditos de Venom no tiene nada que ver con Venom?
Pues eso. Una lástima. Otra más.

Valoración: Cuatro sobre diez.

viernes, 28 de julio de 2017

DUNKERQUE. Espantosa tomadora de pelo.

Siempre que me he enfrentado al hecho de escribir una opinión sobre una película he tratado de ser elegante y objetivo, más allá de que luego mis valoraciones puedan gustar más o menos al lector habitual. Sin embargo, en el caso de Dunkerque salí del cine tan ofendido e indignado por semejante tomadura de pelo que se me va a hacer muy cuesta arriba semejante propósito. Así que he decidido dividir este comentario en dos partes, la primera en la que me contendré lo mejor posible y una segunda, ya con spoilers, donde daré rienda suelta a todo lo que la película me provocó.
Aunque nunca he sido un gran admirador del señor Nolan, al que siempre he considerado mejor creador de imágenes que director (de guionista ya ni hablamos), pensaba sinceramente que esta iba a ser la película que me reconciliaría con él. No en vano narrar un episodio crucial de la historia (y más si corresponde, además, a la II guerra Mundial) siempre luce mucho, como demostró Spielberg en la irregular Salvar al soldado Ryan o Gibson en la magnífica Hasta el último hombre. Pero no. Me bastaron quince minutos de película para descubrir que esto no era para mí y ha sido esta una de las pocas veces que he estado a punto de abandonar una sala de cine a la media hora de película.
Nolan no filma, experimenta. No digo eso como algo negativo: el loable que en estos tiempos de convencionalismo alguien trate de innovar en algo, pero el experimentar no es sinónimo de triunfar. Su experimento es, para mí, a todas luces fallido, consiguiendo sin duda su peor película y, posiblemente, una de las peores del año. Y es que para inventos ya teníamos a David Lynch o a Terrence Malick. Zapatero a tus zapatos, como se suele decir…
La película pretende narrar la historia de Dunkerque, la mayor derrota militar de los aliados y que propició la participación de los Estados Unidos en la guerra, alentados por el famoso (y ventajista) discurso de Churchill. Y digo pretende porque no estamos, en realidad, ante la historia de Dunkerque. Esto es más bien una trivialización de la misma, una insultante edulcoración que ni explica lo que sucedió ni se corresponde con la realidad.
Nolan no está interesado en hacer una clase de historia, lo cual es decisión suya, y en dos pinceladas (la idea de los panfletos es buena) nos pone en situación, pero luego se corta a la hora de plasmar en imágenes el escenario real, no dando sensación, en ningún momento, del sufrimiento que debieron sufrir los soldados acorralados como ratones en esta playa rodeada de nazis y a apenas unos quilómetros de su Inglaterra natal (en el caso de la película, poco pintan aquí los franceses, polacos, belgas, etc.). Entiendo la decisión de no querer mostrar al ejército alemán para centrar toda la atención en el protagonismo de los británicos, pero ya jugó a lo mismo Spielberg en la miniserie Hermanos de Sangre y allí sí se sentía la amenaza alemana como algo tangible.
En un ejercicio de arrogancia donde la estrella es siempre el director, no la historia, Nolan juega a dividir la trama en tres líneas temporales diferentes, que muestra en paralelo hasta unirlas al final de la película. Este recurso podría resultar interesante bien ejecutado, pero en sus manos resulta confuso, un simple truco de ilusionismo para mostrarnos, las pocas escenas de interés, repetidas por tres, como si él mismo fuese consciente de que narrada en orden convencional la historia es extremadamente mínima. Y es que no todos los hechos históricos, por importantes que sean para el desarrollo de la humanidad, pueden ser bien llevados a la pantalla. Pero de eso hablaré más adelante.
Finalmente, me queda hablar de los actores, entre los que solo puedo destacar a un magnífico Kenneth Branagh, que con apenas unos minutos transmite en sus miradas más que la película entera, y algo (muy poco) de Cillian Murphy, cuya historia, bien desarrollada, podría haber sido interesante. Del resto nada se puede destacar, sobre todo en el caso de Mark Rylance, un gran actor (aunque su carrera comercial parece haber empezado y acabado con El puente de los espías, más después de esa ridiculez que fue Mi amigo el gigante) y que aquí está horrible, sobre todo en la primera parte de la película.
En fin, una película mala no por un cúmulo de situaciones sino por decisión del propio señor Nolan, que aquí actúa como autor completo y es el único responsable de todo lo bueno o malo que haya en el film. Y para mí es todo, o casi todo, malo.
Dicho esto, permitidme dejar algo de libertad a mi parte más emocional (es en esta parte donde puede haber algún spoiler). Dicen los más críticos con la película (y es que a muchos les ha encantado, considerándola una obra maestra, que no quiero yo ser profeta de nada y reconozco que puede que en este caso esté solo contra el mundo) que es fría y deja indiferente. La historia, desde luego, sí. Es imposible simpatizar con ninguno de los soldados a los que no llegas a conocer para nada. Pero a nivel general, la frialdad no fue conmigo. A mí sí me produjo sensaciones, todas negativas.
Hay una metáfora que ilustra la película. Al principio del todo está el chico protagonista (un cantante de esos de moda que de cine poco sabe) intentando hacer de vientre en varias ocasiones. Así creo que apareció el germen del film. Estaba Nolan tan a gusto en el lujoso retrete de su mansión de California, soltó todo lo que tenía que soltar y pensó: “he aquí mi próxima película”. Porque eso es lo único que se me vino a la cabeza viendo Dunkerque: ¡menuda mierda!
Visualmente es espantosa. Las escenas de combate aéreo no lucen nada, son precipitadas y hasta incomodas de ver. Y el chiste ese de que lo que hace es buscar un realismo total, sumergiendo al espectador en el contexto, se van al garete al ver ese Dunkerque con edificaciones de los años setenta, ventanas de cristales impolutos y antenas de televisión. Por su parte, el señor Tom Hardy debe ser el actor más caradura de todos los tiempos. Ya en ese despropósito que sirvió para cerrar la trilogía del murciélago de Nolan hizo un personaje al que nunca se le veía la cara, como en media película de Mad Max, pero al menos ahí tenía acción corporal. Recibió alabanzas por pasarse una hora y media hablando por el móvil desde su coche en Locke y dicen hace un cameo perfecto en Star Wars: Los últimos Jedi, oculto bajo la armadura de Stormtrooper. Aquí, sin embargo, riza el rizo. Oculto bajo el casco y las gafas de aviador (solo se le ve la cara en la bochornosa escena final, cuando planeando con un avión sin gasolina derriba a un enemigo alemán, cual Cid Campeador cabalgando después de muerto) se limita a sacudir la cabeza a un lado y otro de su cabina, como los muñecotes esos que uno pone en el salpicadero del coche para echarse unas risas.
Decía antes que no todas las historias pueden ser bien adaptadas. Esta, visto lo visto, no lo es. La cosa va de unos navegantes civiles que atravesaron el canal de la Mancha para efectuar la evacuación de los militares atrapados. Así que lo que vemos en la película es a los navegantes civiles cruzando el canal de la Mancha y evacuando a unos militares atrapados. Punto. Eso lo cuento yo en diez minutos, ya que no hay en ningún momento sensación de verdadero peligro. Tal y como está narrado, parece como si el único obstáculo fuesen cuatro aviones alemanes mal contados y un submarino fantasma que no está claro que existiese realmente.
Y decorando el pastel, como para rellenar trama, la historia del George este, al que pintan de héroe pero que en realidad es el tonto del pueblo que solo quiere salir de excursión con sus amigos (o los únicos que lo soportan, parece ser) y que demuestra que normalmente los héroes se sustentan en mentiras.
Para enmarcarlo todo, el ruido la música de Hanz Zimmer, absolutamente horrible, pero al menos efectiva, de lo poco que transmite algo de emoción en la película (porque si la escena más emocionante debe ser esa situación absurda dentro de un barco varado, apaga y vámonos).
Quizá el mayor chiste de todos sea escuchar a Christopher Nolan, después de criticar a Netflix, defender que el cine debe verse en espacios que permitan disfrutarlo tal y como fue concebido. Dunkerque ha sido rodada en una combinación de cinta 15/70mm IMAX y Super Panavision 65 mm, lo que significa que no se puede apreciar en la calidad adecuada en el 99% de los cines de todo el mundo. Así que quizá deberíamos hacerle caso y no ir a ver su película a ningún cine que no sea una sala IMAX o un Phenomena. Y de paso, gritarle: ¡Qué tonto eres, Christopher Nolan!
En resumen, que más allá de mis filias y fobias por este sobrevalorado y prepotente director, la película es una sarta de falsificaciones sobre lo que ocurrió, narrada sin fuerza (os dejo a continuación un clip con un magnífico plano secuencia de Expiación: Más allá de la pasión, de Joe Wright que nos recordaban los amigos de Espinof, donde se puede adivinar como fue realmente estar en Dunkerque, ya que Nolan ha obviado las muertes, el dolor y el sufrimiento. Mala historia, malas interpretaciones, horrible dirección y, sobre todo, muy, muy, muy aburrida.
Aunque, como casi siempre, seguramente seré yo quien esté equivocado…

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 7 de febrero de 2016

EL RENACIDO: gran Leo, decepcionante Iñárritu.

Alejandro González Iñárritu es un realizador irregular pero que con Birdman logró ascender a nuevas cuotas de popularidad tras arrasar en los Oscars y conseguir una de las películas más interesantes del pasado ejercicio, tanto a nivel visual como narrativo, aunque con la ayuda de la portentosa interpretación de Michael Keaton. Por ello, resultaba sumamente esperada su nueva película, apenas un año después de Birdman, y con las mismas aspiraciones de cara a los Oscars.
Sin embargo, la realidad es que El Renacido no es, de lejos, tan buena como Birdman. Este relato de supervivencia, superación personal y, sobre todo, venganza, podría definirse con sus dos grandes cualidades, la magnífica, poderosa y magistral interpretación de Leonardo DiCaprio (que este año sí, el Oscar es suyo) y la fuerza visual que muestra tras las cámaras Iñárritu, con una dirección que, excepto con los planos celestes para los cambios de encuadre, es casi la antítesis del falso plano secuencia de su anterior proyecto. Lástima que el resto de los elementos de la película queden en nada…
La historia es tan sencilla, tan plana, que podría recordar a la clásica historia de venganza propia de Liam Neeson de las que tanto se burlaba Schwarzenegger en El último gran héroe. La película resulta agotadora, angustiante y por momentos incluso repulsiva, con una violencia excesiva que, desprovista del humor de Tarantino, resulta mucho más incómoda que, por ejemplo, la de Los odiosos ocho. Pero lo peor es que, con ese metraje tan extenso, el resultado termina aburriendo ligeramente, siendo al final una sucesión de torturas y desgracias sobre el personaje de Leo que lo pasa peor que Jim Caviezel en La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Y esa es otra de las grandes trabas del film, que es tan cruel Iñárritu con su personaje protagonista que resulta casi imposible creer que, por mucha fuerza que le dé el ansia de venganza y muy obsesionado que esté, el cuerpo humano tiene ciertos límites. Y una cosa es que nos pongamos una venda en los ojos y nos dejemos convencer de que Bruce Willis es casi inmortal y aguanta golpes y carretas sin pestañear porque se trata de películas canallas y socarronas, pero la pretensiosa seriedad y el dramatismo que Iñárritu pretende otorgar a su Renacido me impiden aceptar ciertas cosas como si nada, así como muchas de las decisiones de los protagonistas, tan ilógicas como superfluas son las escasas subtramas que rodean el periplo del personaje de Leo.
Además, como si pretendiese emular al Cuaron de Gravity, pero sin su sutileza, Iñárritu introduce un cierto misticismo espiritual que no hace más que ralentizar el ya de por sí duro visionado del film. Lamento haber hecho unas comparaciones tan prosaicas, pero donde Iñárritu pretendía emular a Malick yo sólo podía añorar a McTiernan. Quizá si se hubiese inspirado algo en el Apocalypto de Gibson y menos en su propio ego…
O quizá se trate en verdad de una gran película y soy yo el que no se dejó atrapar por ella, pero me aburrí, ¿qué le voy a hacer? Y tengo la sensación de que se va a llevar un buen chasco en los próximos Oscars. Aunque, insisto, a Leo no se lo quita nadie. 

Valoración: 4 sobre 10.

domingo, 21 de junio de 2015

EL NIÑO 44 (5d10)

Ambientada en la Rusia comunista (la antigua URSS), El niño 44 cuenta la historia de un asesino en serie en una época en la que se proclamaba que “no existen asesinos en el paraíso”. En un época que podría definirse por una constante caza de brujas ante la paranoia de Stalin contra los “traidores a la patria” la aparición de este asesino se entremezcla con la extraña historia de amor entre el militar Leo Demidov y Raisa, y la caída en desgracia de la pareja por no querer acusar él a su esposa por traición.
Disfrazada por el sueco Daniel Espinosa de crónica social, la película es en realidad una simple y casi tópica historia de psicópatas al más puro estilo de El silencio de los corderos, aunque sin la tensión de aquella.
Confieso no haber leído la novela de Tom Rob Smith en que se basa, pero la película acontece de una falta de ritmo y una reiteración que hace que las más de dos horas de metraje resulten algo excesiva. Y no es que la película llegue a aburrir, que no lo hace, pero el caso es que si nos quedamos con la trama policiaca la cosa queda algo floja y previsible (hay que tener en cuenta que conocemos el rostro del asesino a media película) mientras que la parte política está lamentablemente desaprovechada.
Tanto es así que toda la fuerza dela película recae en su reparto, muy atractivo en cuanto a nombres se refiere pero sin demasiado interés por mi parte, con un Tom Hardy cuya cara de pena me está empezando a cansar, una Noomi Rapace tan insulsa como siempre y un Gary Oldman que, esté en la época que esté, siempre termina haciendo lo mismo (de hecho, una vez llegado al final, no pude dejar de preguntarme si se trataba de una especie de precuela de Batman en la que se nos explica como Gordon llega a comisario). También pululan por ahí Vicent Cassel, Joel Kinnaman y un casi anecdótico Jason Clarke. Muchos nombres pero pocas nueces.
Al final, la película logra mantener más o menos el interés, con algunos momentos de acción bastante bien conseguidos, pero sobrevuela sobre ella constantemente la sombra de la decepción, como si Espinosa fuese un jugador de cartas novato que no sabe qué hacer con una buena mano. Desde luego, la historia podría haber dado para mucho más. Pero habrá que conformarse con lo que hay.

sábado, 30 de mayo de 2015

MAD MAX, FURY ROAD (7d10)

En ocasiones, generalmente de forma sorpresiva e inexplicable, aparecen películas rodeadas de un hype tan fervoroso y pasional que es necesario ver la película cuanto antes para no verse afectados por esas corrientes que amenazan con condicionar (ya sea para bien o para mal) la opinión propia. Y la mayoría de las veces se trata de un hype exagerado y desproporcionado que va apagándose con el paso de los días.
Algo así sucede con este pastiche de ideas y excesos llamado Mad Max, aplaudida hasta la extenuación en sus primeros pases en lugares como Cannes y calificadas con rotundos dieces por parte de la crítica especializada pero que está decepcionando en su estreno americano siendo literalmente machacada por esa cosa llamada Dando la nota, aún más alto (y cuya opinión es poco probable que leáis por aquí).
No se puede calificar como obra maestra (y lo he leído por varios sitios, lo juro) a una película decididamente tan mala en su concepción como genial en su visualización. Todos los calificativos positivos que quieran dedicarse al film posiblemente sean adecuados, ya que hay en la película una cierta grandeza, mucha épica, una banda sonora brutal (aunque posiblemente insoportable si se pretende escuchar separada de las imágenes demenciales concebidas por Miller) y unos actores que van desde lo correcto a lo brillante, pero todo esto queda empañado abre el delirio visual que nos propone George Miller para esta... ¿secuela?¿reboot? (no está a demasiado claro) de su gran y casi único gran éxito.
Muchos consideran a Miller como un gran visionario, obviando el hecho de que tras la saga de Mad Max (cuya aparente conclusión databa de 1985) sólo tiene en su filmografía dos títulos con relativo interés: Las brujas de Eastwick y Babe, el cerdito valiente, aunque tampoco es plan de quitarle méritos ante la locura visual que ha sabido parir a sus setenta años de edad. Y es que lo que no se le puede negar a la película es su imaginario visual, su planificación casi perfecta y su impecable puesta en escena, con secuencias magníficas como la de la tormenta o algunos de los momentos más demenciales de la persecución que bien podrían haber sido ideados por el grupo teatral de La fura dels baus.
Mad Max, fury road es como un puñetazo en el estómago, que te deja sin aliento desde prácticamente el primer segundo de película y del que tardas casi dos horas en recuperarte. Es frenética, hipnótica, absorbente… Pura magia convertida en cine. Una constante y brutal sucesión de personajes escapados de un freak show que ya les gustaría para sí a los creadores de American Horror Story, una película enfermiza, colorista, caótica y violenta. Un espectáculo con mayúsculas que no da tregua al espectador y que apenas contiene pausas en las que reposar el empacho visual al que estamos siendo sometidos.
El problema viene tras su conclusión, cuando uno despierta del delirio para comprobar que ha pasado dos horas disfrutando (porque sí, la película se disfruta y mucho) con la nada más absoluta, con un guión inexistente (unos personajes escapan de un sitio, dan media vuelta y regresan al punto de origen), unos protagonistas sin apenas trasfondo y unos villanos de opereta que no tienen sentido ni justificación alguna. Con un Tom Hardy que en eso de carisma no le llega ni a la suela de los zapatos a Mel Gibson y un Max plano, lejos de la evolución que sufrió el personaje a lo largo de la saga original (y que en su conjunto constituía un verdadero viaje interior para el personaje).
Mad Max puede ser como el cruce imposible entre el cine de Michael Bay y el de Christopher Nolan, con las explosiones infinitas y el lucimiento femenino que tanto gustan al primero y la perfección visual (aunque sin su oscuridad) del segundo, con algún toque a lo Indiana Jones (la persecución por el interior de la fortaleza de los malos tiene algo de El templo maldito), y, por supuesto, el aroma a queroseno y rueda quemada de Fast & Furious. Y en medio de todo el fregado, Charlize Theron, la auténtica diosa de la carretera, magistral como de costumbre, sin que su mutilación, su pelo rapado o su suciedad le quiten un ápice de glamour y quien lleva las riendas de la historia (no es la protagonista, como se dice por ahí, pero sí quien centra la atención de la cámara).
Hay en la película demasiadas cosas que no entiendo, como las imágenes alucinógenas de Max (¿quién demonios es esa niña y cuándo la dejó morir?), el tiempo que ha pasado desde la destrucción de la humanidad (con lo fácil que sería haber obviado que el protagonista es el mismo Max de la saga de Gibson e imaginar que estamos muchas décadas en el futuro), el objetivo de muchos de los personajes (¿qué diablos pinta la chica en pelotas en lo alto de la atalaya?) y mil preguntas más que es mejor no formularse (¿cómo es que no queda ni un solo malo capaz de defender la fortaleza? ¿Por qué adoran a Inmortal como a un Dios pero no temen su ausencia? ¿Cómo engaña Furiosa a todos para ir a buscar gasolina a La Ciudad de la Gasolina con un tanque lleno de gasolina? ¿Por qué dice el personaje de Theron que ha hecho muchas veces ese viaje si no conoce el destino de su meta? ¿Tan grande es Australia que recorriendo un camino en línea recta durante ciento sesenta días no se llega a ningún sitio, ni siquiera al mar?), así como un desenlace decepcionante y poco climático en comparación con lo vivido hasta el momento.
La conclusión es que todo da igual. La película no tiene guion (el propio Miller lo ha reconocido, no es una crítica mía) y, pensándolo bien, ni falta que le hace. Es un film para disfrutar con los cinco sentidos (el sonido también es espectacular, somos capaces de oír hasta el más diminuto grano de arena del desierto), para dejarnos llevar en la sala y no pensar en nada más que en la sobredosis de imágenes de violencia y destrucción a las que nos están sometiendo. Y nada más.
No es una obra maestra. Ni siquiera una gran película. Pero sí una genialidad tan absurda como demencial. Y en ocasiones, eso también mola. Aunque tanto exceso roce el límite de nuestros sentidos.
Por esta vez, la aplaudo con entusiasmo. Si hay secuela (y parece que la habrá) no sé si lo haré. El truco es bueno, pero no infinito…

martes, 30 de septiembre de 2014

LA ENTREGA (5d10)

Si hace unos días recibíamos el testamento cinematográfico de Philip Seymour Hoffman, ahora es el turno de descubrir el film póstumo de James Gandorfini, una historia muy negra basada en un relato de Dennis Lehane, quien ya escribiera las bases para Adiós, pequeña, adiós, Shutter Island o Mystic River.
Aunque no soy muy dado a escuchar críticas de otros compañeros, no he podido evitar en esta sensación tener la percepción de que todo el mundo equipara esta película a una obra maestra, considerando que su estructura ralla la perfección y que los dos protagonistas (Tom Hardy y Noomi Rapace) están sensacionales.
Seguramente, se trate de una de esas películas en las que el espectador debe dejarse arrastrar por la trama, “entrar” en ella y convertirse en cómplice de sus protagonistas. Y digo eso porque yo, simplemente no entré.
No voy a definir La entrega como una película mala, no es para tanto, pero si la encontré de ritmo lento y aburrido, sin que su supuestamente impactante giro final me motivara para nada y considerando a sus actores apáticos y sin alma.
Tom Hardy (al que no puedo juzgar demasiado porque apenas lo recuerdo de Locke –donde actuaba solamente con el rostro- y El Caballero oscuro: la leyenda renace  -algún día os diré lo que pienso de esa absurdamente sobrevalorada peliculilla-) parece un lerdo toda la película, con un doblaje que, la verdad sea dicha, no es que le ayude demasiado. No aporta carisma alguno al personaje y no me permite, por tanto, simpatizar en ningún momento con él. Noomi Rapace, por su lado, compone a una figura frágil y melancólica, marcada por una cicatriz que le afea el cuello y que me invita a pensar que la muchacha empalmó este rodaje con el de La venganza del hombre muerto de manera que no llegó a librarse de su personaje anterior, prácticamente copiándolo aquí de nuevo.
La historia va de un bar regentado por Marv y Bob que es usado como intermediario de entrega de dinero de la mafia hasta que alguien decide atracarlo. Una historia que quizá funcione bien en el relato original pero a la que le falta sustancia para una película de casi dos horas, con lo que la pasmosidad y lentitud que recae en la melancolía de sus protagonistas me resulta contagiosa, haciendo de la película un producto anodino e interminable.
Poco hay en su argumento que me interese o sorprenda lo suficiente como para mantenerme en tensión durante la película, y el trabajo de Michaël R. Roskam tras las cámaras no aporta nada destacable.
En fin, que quizá es que yo no tuviese un buen día, pero ni me interesó el film ni el film se esforzó por interesarme. Una pena, pues Gandolfini está tan genial como siempre, pero eso no es suficiente como para justificar el visionado. Y Hardy, al que venden como nuevo chico de moda en Hollywood, le queda todavía mucho para poder ser encumbrado como estrella. Espero que en el nuevo Mad Max se luzca más. Si no, apañados vamos.

lunes, 15 de septiembre de 2014

LOCKE * (6d10)

Ivan Locke (un Tom Hardy en las antípodas del Bane de El Caballero Oscuro: La leyenda renace) es un eficiente capataz de obra cuya vida le sonríe. 
Es feliz con su mujer y sus dos hijos y está a punto de dirigir el volcado de hormigón más importante de Europa (sí, ya sé que así dicho parece una chorrada, pero por lo visto es una obra muy importante y delicada). Pero un desliz cometido hace siete meses va a provocar un vuelco en su organizada y agradable existencia, provocando que en una sola noche (en una hora y media, concretamente, exactamente lo que dura la película) todo lo que ha conocido se le pueda escurrir de entre los dedos.
Así a bote pronto este podría ser el argumente de un drama convencional, una película de interpretaciones sólidas y brillantes diálogos, con miradas de reproche y giros de acontecimientos. Pero la cosa cambia si explico que Tom Hardy es el único actor que aparece en el film (hay algún intérprete más, pero solo sus voces hacen acto de presencia) y que toda la acción acontece en el interior de un coche, durante el trayecto que hay desde la obra en la que trabaja Locke hasta Londres. Y es que Locke es en realidad una película casi experimental, un invento de Steven Knight (con Redención de Jason Statham como única película en su haber aunque un amplio currículo como guionista), que explora las limitaciones de un argumento basado exclusivamente en conversaciones telefónicas y con el rostro de Hardy como única arma.
Comparable a nivel conceptual con el Buried de Rodrigo Cortés, ambas comparten la sensación de claustrofobia que aprisiona y asfixia a los protagonistas, aunque en el caso de Locke la opresión es más a nivel psicológico y emocional y la angustia no traspasa barreras y atormenta al espectador ya que, si bien el protagonista no sale en ningún momento del vehículo, sí hay planos exteriores de la autopista, panorámicas con las luces del tráfico, coches adelantando… cosa que no se encontraba en la agónica obra de Cortés.
Knight consigue con mérito hacer interesante una historia narrada a fragmentos y sólo mediante conversaciones a tres bandas (con su familia, con la gente de su trabajo y con el hospital al que se dirige), aunque también es cierto que pasada la primera media hora el experimento empieza a perder gracia y, aparte de la curiosidad que pueda provocar saber si va a ser capaz de mantener el interés de la historia hasta el final, cansa ligeramente, dando la sensación de que la película es algo larga aunque su metraje real no alcance los noventa minutos.
Tiene el mérito, eso sí, que las constantes llamadas telefónicas presionan tanto al protagonista como al espectador invitándonos a participar en la trama sin tener apenas un segundo de respiro que nos permitan juzgar a Locke, dejando tales consideraciones para reflexionar sobre ello una vez concluido el film, aunque en su contra hay que señalar que los momentos de relleno (en los que se intenta justificar la actuación del protagonista mediante los traumas causados por su difunto padre) no terminan de convencer.
Interesante por su propuesta original, Hardy aguanta bien el tipo, pero ello no impide que esté lejos de la maestría que se le supone y el recurso narrativo, aún curioso, no alcanza a ser revolucionario.
Aceptable y entretenida, pero no para echar cohetes.