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viernes, 30 de marzo de 2018

READY PLAYER ONE

Existen dos Spielberg dentro de la mente del prestigioso director. El serio y comprometido con la causa (a veces aburrido, como en Lincoln, otras fallón, como con War Horse, pero en otras ocasiones brillante, como en El puente de los espías), y el espectacular, emocionante y palomitero (al que, pese a sus últimos tropiezos, todos queremos y adoramos). En apenas unos meses hemos tenido una muestra de su dualidad, con los estrenos casi simultáneos de Los archivos del Pentágono y esta Ready Player One que nos ocupa ahora.
En Ready Player One tenemos al Spielberg más desbocado, el que supera todos los límites de la imaginación y juega con mundos maravillosos y futuristas como hacía en sus buenos tiempos, aquellos añorados ochenta a los que ahora homenajea con esta película, que siguiendo con la dualidad es, en sí misma, una historia sobre el futuro anclada en el pasado.
Aunque una de las cosas que definía el cine de efectos especiales de Spielberg era su afición por los trucos artesanales, el antaño Rey Midas lleva ya unos años coqueteando con el CGI y los efectos digitales, haciendo películas como Tintín y el secreto del Unicornio o Mi amigo el gigante donde el apartado visual terminaba por devorar la película. En Ready Player One le pasa algo parecido pero, por exigencias del guion, esta vez la historia es capaz de aprovecharse de ello.
Podría decirse, sin embargo, que esta adaptación de la novela de Ernest Cline (que al parecer es bastante mediocre, todos los que conozco que han intentado leerla han terminado por abandonarla), es una oda al exceso, tan apabullante en su confección artificial en 3D que, junto a las infinitas referencias y guiños incorporados, obligan a dos o incluso tres visionados (más una posterior recuperación en formato domestico, botón de pause a mano) para poder digerir tanta información visual.
La historia, en el fondo, es la misma de siempre, propia de cualquier distopía juvenil del montón. En un futuro cercano una corporación quiere dominar el mundo y unos jóvenes forman una especie de resistencia para tratar de evitarlo. Las claves son las mismas que las sagas de Divergente, Los juegos del hambre y demás, con la salvedad del juego nostálgico que Cline/Spielberg proponen para la ocasión.
En el año 2045 el mundo está sumido en la clásica crisis en la que las clases alta y baja están más distanciadas que nunca y la única vía de escape (anímica, al menos), es pasarse media vida dentro de un juego virtual llamado OASIS. La gracia del asunto está en que el fallecido creador del juego, Halliday, introdujo una serie de pruebas que, una vez resueltas, darán al vencedor, aparte de una morterada de pasta, el control total del juego. Los villanos de la historia, por supuesto, es una empresa informática competidora.
La trama es muy simple y con tanta prueba y guiño apenas hay tiempo para el desarrollo de personajes, lo que por un lado lastra mucho a la calidad de la película. Sin embargo, ya he dicho que estamos ante el Spielberg divertido, no el serio, y todo esto parece importarle muy poco. Al final, estamos ante una excusa para poder ver una carrera entre el DeLorean de Regreso al Futuro y la moto de Tron Akira, esquivando Tiranosaurus Rex y con King Kong cortándoles el paso.
Ready Player One es un homenaje a la cultura pop de los ochenta, y como tal funciona a la perfección, recogiendo el espíritu de la Amblin e invitando a sonreír a todos los cuarentones que poblamos las salas de los cines y, quizá, descubriendo esas maravillas a las nuevas generaciones. En ese sentido, la película es puro espectáculo y no aburre en ningún momento, siendo un gozo visual y un deleite para los sentidos. Su talón de Aquiles, no obstante, está en lo limitado de su público objetivo. Con tanto guiño a la música, el cine y los videojuegos de aquella época dorada, cuesta creer que alguien ajeno a ella se deje llevar por la historia. Yo mismo sentía que muchas referencias se me escapaban por mi total desconocimiento por el mundo de los juegos de ordenador o consola, por lo que no quiero ni imaginarme a quien no haya vivido (o disfrutado) de esa época. Así, Ready Player One es demasiado generacional, tan excesiva, como brillante, tan agotadora como entretenida, una de estímulos constantes que puede llegar a amenazar con destrozar la cabeza de aquellos que logren entrar en el juego (y es que, entre referencia y referencia, esto es en realidad lo que es la película, un enorme juego) pero con la que será muy difícil que conecten los que no consigan hacerlo, quienes sin duda llegarán a sufrir con las casi dos horas y media de frikadas sin sentido alguno para ellos.
Eso sí, ya sea en el mundo digital como en el real, Spielberg sigue siendo un gran director, y solo por cómo maneja la cámara y el ritmo que sabe imponerle a la acción ya merece darle una oportunidad.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 28 de julio de 2017

DUNKERQUE. Espantosa tomadora de pelo.

Siempre que me he enfrentado al hecho de escribir una opinión sobre una película he tratado de ser elegante y objetivo, más allá de que luego mis valoraciones puedan gustar más o menos al lector habitual. Sin embargo, en el caso de Dunkerque salí del cine tan ofendido e indignado por semejante tomadura de pelo que se me va a hacer muy cuesta arriba semejante propósito. Así que he decidido dividir este comentario en dos partes, la primera en la que me contendré lo mejor posible y una segunda, ya con spoilers, donde daré rienda suelta a todo lo que la película me provocó.
Aunque nunca he sido un gran admirador del señor Nolan, al que siempre he considerado mejor creador de imágenes que director (de guionista ya ni hablamos), pensaba sinceramente que esta iba a ser la película que me reconciliaría con él. No en vano narrar un episodio crucial de la historia (y más si corresponde, además, a la II guerra Mundial) siempre luce mucho, como demostró Spielberg en la irregular Salvar al soldado Ryan o Gibson en la magnífica Hasta el último hombre. Pero no. Me bastaron quince minutos de película para descubrir que esto no era para mí y ha sido esta una de las pocas veces que he estado a punto de abandonar una sala de cine a la media hora de película.
Nolan no filma, experimenta. No digo eso como algo negativo: el loable que en estos tiempos de convencionalismo alguien trate de innovar en algo, pero el experimentar no es sinónimo de triunfar. Su experimento es, para mí, a todas luces fallido, consiguiendo sin duda su peor película y, posiblemente, una de las peores del año. Y es que para inventos ya teníamos a David Lynch o a Terrence Malick. Zapatero a tus zapatos, como se suele decir…
La película pretende narrar la historia de Dunkerque, la mayor derrota militar de los aliados y que propició la participación de los Estados Unidos en la guerra, alentados por el famoso (y ventajista) discurso de Churchill. Y digo pretende porque no estamos, en realidad, ante la historia de Dunkerque. Esto es más bien una trivialización de la misma, una insultante edulcoración que ni explica lo que sucedió ni se corresponde con la realidad.
Nolan no está interesado en hacer una clase de historia, lo cual es decisión suya, y en dos pinceladas (la idea de los panfletos es buena) nos pone en situación, pero luego se corta a la hora de plasmar en imágenes el escenario real, no dando sensación, en ningún momento, del sufrimiento que debieron sufrir los soldados acorralados como ratones en esta playa rodeada de nazis y a apenas unos quilómetros de su Inglaterra natal (en el caso de la película, poco pintan aquí los franceses, polacos, belgas, etc.). Entiendo la decisión de no querer mostrar al ejército alemán para centrar toda la atención en el protagonismo de los británicos, pero ya jugó a lo mismo Spielberg en la miniserie Hermanos de Sangre y allí sí se sentía la amenaza alemana como algo tangible.
En un ejercicio de arrogancia donde la estrella es siempre el director, no la historia, Nolan juega a dividir la trama en tres líneas temporales diferentes, que muestra en paralelo hasta unirlas al final de la película. Este recurso podría resultar interesante bien ejecutado, pero en sus manos resulta confuso, un simple truco de ilusionismo para mostrarnos, las pocas escenas de interés, repetidas por tres, como si él mismo fuese consciente de que narrada en orden convencional la historia es extremadamente mínima. Y es que no todos los hechos históricos, por importantes que sean para el desarrollo de la humanidad, pueden ser bien llevados a la pantalla. Pero de eso hablaré más adelante.
Finalmente, me queda hablar de los actores, entre los que solo puedo destacar a un magnífico Kenneth Branagh, que con apenas unos minutos transmite en sus miradas más que la película entera, y algo (muy poco) de Cillian Murphy, cuya historia, bien desarrollada, podría haber sido interesante. Del resto nada se puede destacar, sobre todo en el caso de Mark Rylance, un gran actor (aunque su carrera comercial parece haber empezado y acabado con El puente de los espías, más después de esa ridiculez que fue Mi amigo el gigante) y que aquí está horrible, sobre todo en la primera parte de la película.
En fin, una película mala no por un cúmulo de situaciones sino por decisión del propio señor Nolan, que aquí actúa como autor completo y es el único responsable de todo lo bueno o malo que haya en el film. Y para mí es todo, o casi todo, malo.
Dicho esto, permitidme dejar algo de libertad a mi parte más emocional (es en esta parte donde puede haber algún spoiler). Dicen los más críticos con la película (y es que a muchos les ha encantado, considerándola una obra maestra, que no quiero yo ser profeta de nada y reconozco que puede que en este caso esté solo contra el mundo) que es fría y deja indiferente. La historia, desde luego, sí. Es imposible simpatizar con ninguno de los soldados a los que no llegas a conocer para nada. Pero a nivel general, la frialdad no fue conmigo. A mí sí me produjo sensaciones, todas negativas.
Hay una metáfora que ilustra la película. Al principio del todo está el chico protagonista (un cantante de esos de moda que de cine poco sabe) intentando hacer de vientre en varias ocasiones. Así creo que apareció el germen del film. Estaba Nolan tan a gusto en el lujoso retrete de su mansión de California, soltó todo lo que tenía que soltar y pensó: “he aquí mi próxima película”. Porque eso es lo único que se me vino a la cabeza viendo Dunkerque: ¡menuda mierda!
Visualmente es espantosa. Las escenas de combate aéreo no lucen nada, son precipitadas y hasta incomodas de ver. Y el chiste ese de que lo que hace es buscar un realismo total, sumergiendo al espectador en el contexto, se van al garete al ver ese Dunkerque con edificaciones de los años setenta, ventanas de cristales impolutos y antenas de televisión. Por su parte, el señor Tom Hardy debe ser el actor más caradura de todos los tiempos. Ya en ese despropósito que sirvió para cerrar la trilogía del murciélago de Nolan hizo un personaje al que nunca se le veía la cara, como en media película de Mad Max, pero al menos ahí tenía acción corporal. Recibió alabanzas por pasarse una hora y media hablando por el móvil desde su coche en Locke y dicen hace un cameo perfecto en Star Wars: Los últimos Jedi, oculto bajo la armadura de Stormtrooper. Aquí, sin embargo, riza el rizo. Oculto bajo el casco y las gafas de aviador (solo se le ve la cara en la bochornosa escena final, cuando planeando con un avión sin gasolina derriba a un enemigo alemán, cual Cid Campeador cabalgando después de muerto) se limita a sacudir la cabeza a un lado y otro de su cabina, como los muñecotes esos que uno pone en el salpicadero del coche para echarse unas risas.
Decía antes que no todas las historias pueden ser bien adaptadas. Esta, visto lo visto, no lo es. La cosa va de unos navegantes civiles que atravesaron el canal de la Mancha para efectuar la evacuación de los militares atrapados. Así que lo que vemos en la película es a los navegantes civiles cruzando el canal de la Mancha y evacuando a unos militares atrapados. Punto. Eso lo cuento yo en diez minutos, ya que no hay en ningún momento sensación de verdadero peligro. Tal y como está narrado, parece como si el único obstáculo fuesen cuatro aviones alemanes mal contados y un submarino fantasma que no está claro que existiese realmente.
Y decorando el pastel, como para rellenar trama, la historia del George este, al que pintan de héroe pero que en realidad es el tonto del pueblo que solo quiere salir de excursión con sus amigos (o los únicos que lo soportan, parece ser) y que demuestra que normalmente los héroes se sustentan en mentiras.
Para enmarcarlo todo, el ruido la música de Hanz Zimmer, absolutamente horrible, pero al menos efectiva, de lo poco que transmite algo de emoción en la película (porque si la escena más emocionante debe ser esa situación absurda dentro de un barco varado, apaga y vámonos).
Quizá el mayor chiste de todos sea escuchar a Christopher Nolan, después de criticar a Netflix, defender que el cine debe verse en espacios que permitan disfrutarlo tal y como fue concebido. Dunkerque ha sido rodada en una combinación de cinta 15/70mm IMAX y Super Panavision 65 mm, lo que significa que no se puede apreciar en la calidad adecuada en el 99% de los cines de todo el mundo. Así que quizá deberíamos hacerle caso y no ir a ver su película a ningún cine que no sea una sala IMAX o un Phenomena. Y de paso, gritarle: ¡Qué tonto eres, Christopher Nolan!
En resumen, que más allá de mis filias y fobias por este sobrevalorado y prepotente director, la película es una sarta de falsificaciones sobre lo que ocurrió, narrada sin fuerza (os dejo a continuación un clip con un magnífico plano secuencia de Expiación: Más allá de la pasión, de Joe Wright que nos recordaban los amigos de Espinof, donde se puede adivinar como fue realmente estar en Dunkerque, ya que Nolan ha obviado las muertes, el dolor y el sufrimiento. Mala historia, malas interpretaciones, horrible dirección y, sobre todo, muy, muy, muy aburrida.
Aunque, como casi siempre, seguramente seré yo quien esté equivocado…

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 17 de julio de 2016

MI AMIGO EL GIGANTE: Un Spielberg sin alma.

Debo reconocer que en los últimos tiempos Steven Spielberg me tiene un poco desconcertado: Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio y War Horse me produjeron cierta indiferencia, Lincoln me pareció una de las películas más aburridas que recuerdo haber visto y El puente de los espías me entusiasmó hasta el punto de calificarla como uno de los mejores títulos estrenados el año pasado.  Claro que eso ya me viene de lejos, pues nunca he sido un devoto del otrora denominado Rey Midas de Hollywood y nunca entendí la fascinación de títulos como E.T.
El problema con Mi amigo el gigante, más allá de su calidad cinematográfica, está en que exige demasiado al espectador. Es una de esas películas que puede cautivarte (o no) desde el principio y que necesita que uno se deje llevar por la historia, que entre en ella a pies juntillas. Y supongo que yo, simplemente, no entré.
No puedo encontrar demasiados argumentos en contra de la película, el ritmo narrativo es correcto, los efectos digitales maravillosos y Spielberg sigue siendo un gran director, sabiendo poner la cámara siempre en el lugar adecuado. Sin embargo, tal y como me pasara con la adaptación del personaje de Hergé, una cierta desidia me invadía a lo largo del metraje de este cuento demasiado infantil sobre una niña secuestrada por un gigante con el que termina trabando una gran amistad.
Siendo Spielberg un gran conocedor del cine juvenil y de aventuras, quizá su defecto sea querer parecerse demasiado a las aventuras que narraba y producía en los ochenta cuando ese cine ya ha quedado atrás. Así, muchas cosas en la historia sin demasiado simplonas, demasiado superficiales e ingenuas incluso a los ojos de un niño (a no ser que el target al que va dirigida sea ridículamente pequeño), como demuestra la insulsa y breve batalla final.
Tampoco ayuda demasiado la ambientación, muy cuidada y detallada en su arranque, pero desconcertante a la hora de datarla. Puede que el problema sea mío, pero estaba convencido de que iba a ver una historia ambientada en un Londres clásico, casi propio de Dickens, con sus huérfanos y calles vacías al anochecer, y me quedé a cuadros cuando vi soldados de la reina con ametralladoras y helicópteros del ejército. Tampoco el humor, algo chusco en ocasiones (ejemplo: el momento pedos) termina de ir conmigo, habiendo preferido un tono más oscuro y gamberro. Creo que la historia requería más de un toque a lo Burton (pese a estar también en horas bajas) que lo que ofrece aquí Spielberg, que en su trama central, la correspondiente a los gigantes villanos, parece trabajar con el piloto automático, como si él mismo tampoco estuviese demasiado motivado por lo que está haciendo. De esta manera, no consigo simpatizar demasiado con la chiquilla protagonista, algo cansina en algunos momentos, tampoco me cae especialmente bien el amigo gigante (un personaje, por cierto, sin ningún tipo de desarrollo psicológico ni emocional), ni se espera siquiera que nos impliquemos con el resto de los personajes humanos (aparece por ahí, entre otros, Rebecca Hall, que no debía tener nada mejor que hacer ese día o que debió pensar que el nombre de Spielberg quedaría bien, incluso hoy en día, en su currículo).
Mi amigo el gigante no es un bodrio de esos que parecen interminables y que aburren hasta a las ovejas, pero tampoco me apetecería nada enfrentarme a un segundo visionado. Es una película muy justita que entretiene lo justo y que se puede disfrutar más por los momentos de inspiración visual (que tampoco son todos: la tierra de los gigantes tampoco es que esté muy currada) que por la historia en sí. No será el peor Spielberg, pero está lejos de ser el mejor. Y la decisión de apostar más por el público infantil, que ahora mismo está a otras cosas, que por el adulto le puede castigar en taquilla.
Podría llegar a recomendarla por el simple hecho de que es un Spielberg y eso siempre merece una oportunidad, pero sólo si no tienen nada mejor que hacer. Y viendo cómo está la cartelera en estos momentos, pues la verdad, menos es nada…

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 13 de diciembre de 2015

EL PUENTE DE LOS ESPÍAS (9d10)

Siempre he pensado que existen dos Spielberg totalmente diferentes: el palomitero y el trascendental. No vamos a descubrir aquí a ninguno de los dos, pero sí diré que a mí personalmente siempre me ha convencido más el primero que el segundo. E.T., Tiburón, las sagas de Indiana Jones o Parque Jurásico… formarán para siempre parte de la historia del cine mientras que en su vertiente más seria y dramática solo La lista de Schiedler me convenció totalmente.
En los últimos años se podría decir que el antaño rey Midas de Hollywood estaba patinando en ambos campos. Tras el alud de críticas negativas que tuvo con Indiana Jones y la calavera de cristal el realizador de Cincinnati estuvo tres años para decidir su próximo proyecto. Fue Las aventuras de Tintín: el secreto del unicornio, inicio de una trilogía que de momento está en dique seco, a las que siguió la irregular War Horse y la soporífera Lincoln. Spielberg sabía rodar magníficamente bien, pero había perdido su magia.
Pero cuando estábamos todos a punto de tirar la toalla, el realizador se ha aliado con los hermanos Coen y Matt Charman para adaptar en pantalla grande un episodio de la historia de James Donovan, un abogado de seguros de origen irlandés al que la CIA encomienda el difícil caso de defender ante un jurado a un espía ruso en plena guerra fría. No se trataba de una labor humanitaria, desde luego, sino de aparentar que en los Estados Unidos se protegen los derechos básicos de cualquier persona, aunque el veredicto estaba ya asegurado antes del juicio. Pero Donovan, fiel a sus principios, hizo lo imposible por evitar que el soviético Rudolf Abel fuese condenado a muerte y… Bueno, y si queréis saber más tendréis que ir la peli aunque, como se suele decir, el resto es historia.
La primera gran baza del guion es no limitar la función a una película de juicios, sino ampliar sus horizontes para configurar un debate sobre el bien y el mal y como varía la objetividad de cada uno según el punto de vista en el que se encuentra. Así, la película reflexiona sobre si “el malo” de la película es malo por lo que hace o por para quién lo hace, de la misma manera que si un espía americano hiciese lo mismo en el bando contrario sería definido como el héroe.
Una interesante propuesta que los guionistas manejan con brillantez, aportando ligeras gotas de humor e ironía que ayuda a simpatizar con todos los personajes y a comprender un poquito mejor una etapa histórica muy confusa  donde las guerras se libraban en los despachos y salas de negociación.
Con semejante premisa Spielberg, ahora sí, ha podido dar rienda suelta a todo su conocimiento para elaborar una película fantástica, no sé si la mejor de su carrera pero desde luego la mejor en muchos años, en la que consigue crear el tono y el ritmo que la historia necesita con una elegancia y estilismo en cada uno de los planos que invitan al aplauso constante. Baste como ejemplo pensar en la magnífica caracterización del Berlín de la época, un Berlín rodado completamente en estudios.
Dejando por una vez (y me temo que debido a su avanzada edad no será la última) al compositor John Williams de la ecuación, el tercer gran acierto del film está en la elección de sus intérpretes, con un Tom Hanks inmenso a la par que contenido y un Mark Rylance que te atrapa desde la primera (y absolutamente definitoria) escena, transformado en un espía de sangre fría y corazón caliente, capaz de ganarse la simpatía de todo el público.
En conclusión, un coctel perfecto para una historia increíblemente real y que, conociendo la biografía del protagonista, invitaría incluso a una posible secuela por tierras cubanas. No creo que esto llegue a producirse, pero nos contentaremos con disfrutar de esta (ahora sí) obra maestra, una de las mejores películas de este año y cuyas casi dos horas y media pasan como un suspiro.
Así sí, Steve. Así sí.

sábado, 30 de mayo de 2015

CAZA AL ASESINO (5d10)

Pierre Morel es un buen artesano que, bajo el ala protectora de Luc Besson, había dirigido hasta ahora las entretenidas y adrenalíticas  Venganza y Desde París con amor. Ahora, alejado ya del productor y realizador galo, Morel busca su propio camino en Hollywood con esta peripecia de intriga para mayor gracia de un fibrado Sean Penn, también productor del film.
Caza al asesino es una entretenida cinta de acción donde Morel pretende ser un poco menos extremado que en sus anteriores film presentándonos al héroe de la cinta, Terrier (Penn) como un hombre con pies de barro, no ya sólo por su pasado sino por su actual estado de salud.
Líder de un grupo militar en el Congo  con la misión, entre otras, de proteger el hospital en el que trabaja como voluntaria Annie (Jasmine Trinca), la mujer a la que ama, su realidad es bien distinta. Contratados a través de un hombre llamado Felix (Javier Bardén), Terrier debe asesinar a un ministro local por simple interés económico. Tras ello, Terrier abandona el Congo y a la mujer de su vida para comenzar un camino de redención en busca de un perdón que quizá no merezca.
Pero, como suele ser habitual en estos casos, el pasado volverá a perseguirlo años después y Terrier se verá envuelto en el centro de una conspiración que lo llevará a Barcelona donde el triángulo con Félix y Annie será clave para descubrir quién ha puesto precio a su cabeza.
Pese a las interesantes escenas de acción, Caza al asesino es algo menos dinámica que los anteriores títulos de Morel, pretendiendo centrarse más en el dramatismo que rodea al personaje de Penn y añadiendo incluso un toque de concienciación social que termina difuminándose en la mezcla de géneros que resulta el film. Y esto es lo que condena a una película con todos los ingredientes para ser un buen éxito y que naufraga entre aguas turbulentas por culpa de una mala planificación, empezando por un Barden demasiado acostumbrado últimamente a papeles caricaturescos, una Trinca que supone lo peor de la película en cuanto a reparto se refiere y un timón que en ningún momento sabe hacia donde se dirige. Casi se diría que Morel pretende aspirar a demasiado y se queda en las puertas de todo.
Desde un punto de vista patrio, sin embargo, la película ofrece un aliciente especial, ya que las secuencias filmadas en Barcelona hacen lucir a la ciudad condal como si de un personaje más se tratase, resaltando su belleza como pocas veces se ha visto en pantalla grande (toma nota, Woody) y permitiendo a los oriundos de la capital catalana sentirnos cómplices al acompañar a Penn por la Plaza Real, la Rambla Catalunya o la ya clausurada plaza de toros de La Monumental. ¡¡¡Incluso habrá quien podrá reconocer los bosques cercanos a Gavá en lo que se supone es el Congo!!!
Con todo, la película no aburre y se deja ver sin dificultad, lo cual es excusa suficiente para ver a Sean Penn emulando a Lian Neeson y (a la vejez, viruelas) convirtiéndose en un nuevo héroe de acción y disfrutar de la siempre interesante (aunque breve) aparición de Idris Elba, aunque la excusa de las ONG’s en el Congo desaprovechen la ocasión para incidir en el tema social en África.