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miércoles, 19 de junio de 2019

X-MEN: FÉNIX OSCURA

En el año 2000 el por aquel entonces prometedor director Bryan Singer demostró que las películas de superhéroes no eran una exclusividad de Batman y Superman, y con su buen hacer con X-men sentó las bases de lo que hoy en día (con el mega éxito que fue el Spider-man de Raimi meses después) es esta máquina de fabricar dinero que tan bien se le da a la Marvel, casi un chiste cinematográfico por aquel entonces. Tras dirigir cuatro películas de la saga, Singer se despidió de los mutantes en X-men: Apocalipsis, lo que yo en aquel entonces auguré como una nueva noticia, pues parecía evidente que la franquicia necesitaba sangre fresca después de que ya la revitalizara, en el 2011, Matthew Vaughn con la excelente Primera generación (sin duda la mejor de la saga junto a X-men 2). El trabajo ha recaído en Simon Kinberg, gran conocedor de la casa, pues es el firmante de cuatro películas de los X-men pero todo un novato ante las cámaras. La apuesta parecía más o menos segura, pero el resultado ha sido un tremendo fracaso.
Lo peor de X-men: Fénix Oscura no es lo mala que es, sino las posibilidades que esconde bajo esa capa de superficialidad que la entorpece. Junto a escenas de acción torpes hay momentos brillantes y junto al conflicto de intereses aburrido y monótono entre mutantes se esconden interesantes reflexiones sobre el uso y abuso del poder. El principal problema, aparte del evidente cansancio que los propios X-men provocan ya entre el público, es que todo suena como si ya nos lo hubiesen contado. De hecho, la base argumental de Fénix Oscura es la misma de X-men: La decisión final, la injustamente odiada película de Bred Ratner, a la que esta hace buena. El tema de cómo manejar un poder casi celestial tiene ciertas reminiscencias al Thanos de Infinity War y los poderes de Fénix Oscuro recuerdan tanto a la Capitana Marvel que incluso tuvieron que rodar un nuevo final para evitar comparaciones odiosas.
Cierto es que la película ha estado plagada de problemas durante su rodaje, lo que se puede comprobar con la desgana de los propios protagonistas, donde James McAvoy y Michael Fassbender son, como cabría esperar, de lo mejorcito de la función aún trabajando con el piloto automático mientras que estrellas de la talla de Jennifer Lawrence o Jessica Chastain no podrían estar más desaprovechadas. No voy a decir nada de la protagonista, Sophie Turner, porque sus limitaciones interpretativas ya estaban fuera de toda duda en la propia Juego de Tronos, y su salto al cine es tan fallido como lo fue el de Emilia Clarke (ella sola ha estado a punto de cargarse de un plumazo las franquicias de Terminator Star Wars), mientras que poco se espera de los buenos resultados que vaya a tener “su hermana” Maisie Williams si es que alguna vez se llegan a estrenar Los Nuevos Mutantes.
Puede que el hecho de que la sombra de la compra de Fox por parte de Disney hubiese estado sobrevolando los despachos todo el tiempo que duró la filmación, creara tiranteces e incomodidades, pero es una pena que no se aprovechara la coyuntura de tener casi la certeza de que esta iba a ser la última película de la saga (al menos en esta línea temporal) para tener una despedida por todo lo alto, como sí lo pudo hacer Logan. Ahora, tras siete películas de los X-men, tres de Lobezno y dos de Deadpool (dejo en la recámara la de Los Nuevos Mutantes), esta debería haber sido el Endgame de los mutantes, y aunque en algunos momentos parece querer jugar a eso (hay incluso un amago de Civil War x), se queda corta en todos los sentidos. Parece claro que la saga de Fénix oscura se habría tenido que ir preparando con más calma, y que los personajes, bien por estar mal escritos o por culpa de sus intérpretes, no han conseguido calar en el fandom (quitando del trío Xavier/Magneto/Mística) tanto como los de la primera trilogía.
Y no es que en el fondo no haya momentos de entretenimiento, que como simple pasatiempo palomitero incluso puede tener su pase, que tampoco es que estemos hablando de algo tan horrible como Los 4 Fantásticos de Trank, pero sería abusando del conformismo del aficionado y mancillando todo lo conseguido hasta ahora.
Esta es una despedida triste. Pero no triste por el drama que contiene (la épica brilla por su ausencia y las muertes apenas llegan a doler), sino porque van a cerrar la franquicia en lo más bajo de su historia, cosechando unas pérdidas importantes y cerrando toda puerta posible para su incorporación en el MCU (y lo fácil que habría sido ahora que se puede jugar con el multiverso).
Los X-men volverán, eso está claro, pero serán otros X-men y con otros actores. Y esta vez, a Dios gracias, bajo la batuta de Marvel. Esperemos que esta vez sean los definitivos…

Valoración: Cinco sobre diez.

viernes, 30 de marzo de 2018

READY PLAYER ONE

Existen dos Spielberg dentro de la mente del prestigioso director. El serio y comprometido con la causa (a veces aburrido, como en Lincoln, otras fallón, como con War Horse, pero en otras ocasiones brillante, como en El puente de los espías), y el espectacular, emocionante y palomitero (al que, pese a sus últimos tropiezos, todos queremos y adoramos). En apenas unos meses hemos tenido una muestra de su dualidad, con los estrenos casi simultáneos de Los archivos del Pentágono y esta Ready Player One que nos ocupa ahora.
En Ready Player One tenemos al Spielberg más desbocado, el que supera todos los límites de la imaginación y juega con mundos maravillosos y futuristas como hacía en sus buenos tiempos, aquellos añorados ochenta a los que ahora homenajea con esta película, que siguiendo con la dualidad es, en sí misma, una historia sobre el futuro anclada en el pasado.
Aunque una de las cosas que definía el cine de efectos especiales de Spielberg era su afición por los trucos artesanales, el antaño Rey Midas lleva ya unos años coqueteando con el CGI y los efectos digitales, haciendo películas como Tintín y el secreto del Unicornio o Mi amigo el gigante donde el apartado visual terminaba por devorar la película. En Ready Player One le pasa algo parecido pero, por exigencias del guion, esta vez la historia es capaz de aprovecharse de ello.
Podría decirse, sin embargo, que esta adaptación de la novela de Ernest Cline (que al parecer es bastante mediocre, todos los que conozco que han intentado leerla han terminado por abandonarla), es una oda al exceso, tan apabullante en su confección artificial en 3D que, junto a las infinitas referencias y guiños incorporados, obligan a dos o incluso tres visionados (más una posterior recuperación en formato domestico, botón de pause a mano) para poder digerir tanta información visual.
La historia, en el fondo, es la misma de siempre, propia de cualquier distopía juvenil del montón. En un futuro cercano una corporación quiere dominar el mundo y unos jóvenes forman una especie de resistencia para tratar de evitarlo. Las claves son las mismas que las sagas de Divergente, Los juegos del hambre y demás, con la salvedad del juego nostálgico que Cline/Spielberg proponen para la ocasión.
En el año 2045 el mundo está sumido en la clásica crisis en la que las clases alta y baja están más distanciadas que nunca y la única vía de escape (anímica, al menos), es pasarse media vida dentro de un juego virtual llamado OASIS. La gracia del asunto está en que el fallecido creador del juego, Halliday, introdujo una serie de pruebas que, una vez resueltas, darán al vencedor, aparte de una morterada de pasta, el control total del juego. Los villanos de la historia, por supuesto, es una empresa informática competidora.
La trama es muy simple y con tanta prueba y guiño apenas hay tiempo para el desarrollo de personajes, lo que por un lado lastra mucho a la calidad de la película. Sin embargo, ya he dicho que estamos ante el Spielberg divertido, no el serio, y todo esto parece importarle muy poco. Al final, estamos ante una excusa para poder ver una carrera entre el DeLorean de Regreso al Futuro y la moto de Tron Akira, esquivando Tiranosaurus Rex y con King Kong cortándoles el paso.
Ready Player One es un homenaje a la cultura pop de los ochenta, y como tal funciona a la perfección, recogiendo el espíritu de la Amblin e invitando a sonreír a todos los cuarentones que poblamos las salas de los cines y, quizá, descubriendo esas maravillas a las nuevas generaciones. En ese sentido, la película es puro espectáculo y no aburre en ningún momento, siendo un gozo visual y un deleite para los sentidos. Su talón de Aquiles, no obstante, está en lo limitado de su público objetivo. Con tanto guiño a la música, el cine y los videojuegos de aquella época dorada, cuesta creer que alguien ajeno a ella se deje llevar por la historia. Yo mismo sentía que muchas referencias se me escapaban por mi total desconocimiento por el mundo de los juegos de ordenador o consola, por lo que no quiero ni imaginarme a quien no haya vivido (o disfrutado) de esa época. Así, Ready Player One es demasiado generacional, tan excesiva, como brillante, tan agotadora como entretenida, una de estímulos constantes que puede llegar a amenazar con destrozar la cabeza de aquellos que logren entrar en el juego (y es que, entre referencia y referencia, esto es en realidad lo que es la película, un enorme juego) pero con la que será muy difícil que conecten los que no consigan hacerlo, quienes sin duda llegarán a sufrir con las casi dos horas y media de frikadas sin sentido alguno para ellos.
Eso sí, ya sea en el mundo digital como en el real, Spielberg sigue siendo un gran director, y solo por cómo maneja la cámara y el ritmo que sabe imponerle a la acción ya merece darle una oportunidad.

Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 25 de septiembre de 2014

JOE (7d10)

Sin duda, lo que todo el mundo va a destacar de esta película es el retorno de Nicolas Cage al cine de calidad.
Después de mucho (demasiado) tiempo deambulando por producciones ínfimas y proyectos que aceptaba sin leer sólo buscando pagar sus deudas (de ahí mamarrachadas como las dos partes de El Motorista Fantasma, Aprendiz de brujo, Teniente corrupto y otras cosas que prefiero olvidar, Cage recupera sus credenciales como actor y recurre a un personaje atormentado, un perdedor con problemas de alcohol y agresividad pero que, a la vez, es más bueno que el pan. Un paria maltratado por la sociedad y por él mismo que ha perdido las fuerzas de luchar por su propia salvación aunque no duda en dar la cara por la salvación de los demás.
Cage es el rostro perfecto de este antihéroe, con una interpretación comedida, evitando los excesos a los que es tan dado (baste recordar la reciente Tokarev) y en la que resulta convincente y hasta emotivo, rememorando la época de Living Las Vegas.
Pero más allá de esta obviedad que, como digo, es lo único que todo el mundo de la crítica especializada parece querer reseñar, es sorprendente también la labor del director, David Gordon Green que, si bien es cierto que ya había tocado antes el drama con George Washington, Undertown o Snow angels, lo cierto es que ha saltado a la fama con títulos como Superfumados, El Canguro o la espantosa Caballeros, princesas y otras bestias. Gordon se reconcilia aquí consigo mismo y con el mundo con un drama duro, desagradable incluso, que no se permite concesiones y que golpea con salvaje crueldad al corazón.
Joe es un solitario capataz que se dedica al envenenamiento de árboles viejos para provocar su muerte y así poder replantar la zona cuya vida fuera del trabajo se limita a disfrutar de un paquete de tabaco, su botella de whiskie y la compañía de su perra.  Con un pasado del que apenas sabemos nada (ni falta que nos hace) más que tiene una larga lista de detenciones y una familia a la que ha renunciado, su vida cambiará con la aparición de Gary un muchacho vagabundo alegre y lleno de vida (prácticamente el reverso de Joe) con el que este se sentirá conectado hasta el punto de crear con él un vínculo casi de padre e hijo, pese a que Gary tenga su propio padre, un borracho y psicótico maltratador.
Es en Gary y su padre donde la película apuesta más fuerte, con Tye Sheridan (visto en El árbol de la vida y Mud) demostrando que puede ser una importante apuesta de futuro.
Comparada por muchos, precisamente, con Mud, Joe es un retrato sucio y nada amigable de la América profunda, esa América de pueblos polvorientos y sucios, con colmados caóticos y andrajosos y personajes perdidos pululando por sus calles. Una visión desangelada y desprovista del glamour con la que Hollywood acostumbra a disfrazar a sus ciudades y con escenas que revuelven el estómago e incomodan por su crudeza, pero que  a la vez invitan a la reflexión, invitándonos a pensar que aún hay esperanza siempre que estemos dispuestos a luchar por ella como al final decide luchar Joe.
Y como si de una dramática metáfora se tratase, David Gordon Green apostó por incluir en el reparto a actores no profesionales, descubriendo así a Gary Poulter, el padre de Gary, con una interpretación magistral que resulta ser un mero reflejo de su propia vida. Rescatado de un centro de acogida por la productora del film Poulter, alcohólico y bipolar, fue encontrado muerto en un rio poco después de finalizar el rodaje. Se fue como llegó, tal y como podría suceder con cualquiera de los protagonistas de Joe.
Dura y amarga, pero también emotiva y brillante, Joe es magnífica en su concepción y difícil de olvidar tras los títulos de crédito.
Por cierto, ¿he mencionado ya que supone el retorno de Nicolas Cage a las buenas interpretaciones