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domingo, 15 de septiembre de 2019

IT: CAPÍTULO 2

Después del tremendo éxito que fue, en 2017, It, de Andy Muschietti (es hasta la fecha la película de terror más taquillera de la historia), era previsible que más pronto que tarde llegaría una secuela, algo que ya parecía anunciar Warner desde el mismo día del estreno cuando se reveló, al final de la película, que el verdadero título de la película era It: Chapter one.
Además, por una vez, y sin que sirva de precedente, la secuela estaba justificada. Al fin y al cabo, el film era una adaptación de la gigantesca novela homónima de Stephen King pero solo se centraba en la mitad de su trama, la que ocurría a finales de los años ochenta (finales de los cincuenta en la obra literaria).
De nuevo con Muschietti a los mandos, y con un reparto de lujo donde destacan Jessica Chastain, James McAvoy y, sobre todo, Bill Haden, tanto los niños protagonistas de la primera entrega como el aterrador Bill Skarsgård repiten roles en la que, ahora sí, debería ser la conclusión definitiva de la sala.
Estamos ante un nuevo ejemplo de película que, a fuerza de haber levantado tanto hype puede acabar por decepcionar un poco. Y es que no es poca cosa ser la película más esperada del verano, capaz de aunar el concepto del blockbuster con el del terror. Además, parecía difícil superar las virtudes de la primera entrega, por lo que el director a optado por repetir la jugada, repitiendo con ello esos aciertos, pero cayendo también en los mismos errores.
It, Capítulo 2 no es, por tanto, una película perfecta, y durante gran parte de su metraje se la podría considerar incluso algo inferior a la de 2017. Esto se debe, sobre todo, porque hace dos años se jugaba muy bien con el factor nostálgico a la vez que se creaba a unos personajes entrañables encarnados por unos actores, en su mayoría desconocidos, que brillaban con luz propia. Sin embargo, y pese a la inusual duración del film (se queda a diez minutos escasos de las tres horas), sus contrapartidas adultas no están igual de bien definidos, funcionando bastante peor. Hay cierta precipitación en su presentación (lo cual, permite, por otra parte, una mayor presencia del terrorífico Pennywise), lo cual no es sino una herencia de la propia novela, donde los niños eran siempre mucho más interesantes que los adultos. Allí eso no era un problema, pues las dos líneas temporales se iban entremezclando, de manera que la historia infantil servía para conocer a los protagonistas mientras que en la adulta debían centrarse más en la resolución del conflicto. Sin embargo, al tener Muschietti que lidiar con una película centrada en cada época, la desigualdad se hace más evidente. Por ello, la necesidad de recurrir de nuevo a los niños, a modo flashback, se me antoja casi indispensable, aunque el peaje a pagar sea el de alargar, quizá innecesariamente, la película.
No quiero decir con esto que It: Capítulo 2 sea una película insuficiente, pues disfruté realmente con ella, pero si es cierto que sus carencias destacan más que en la anterior, y los sustos a base de golpes de efecto algo mañidos rechinan más. Por fortuna, todo ello se compensa con un final por todo lo alto, mucho más acertado que ese momento casi bochornoso que proponía la miniserie de 1990 y que supone un gran cierre a la saga. Eso y el esfuerzo de sus actores (cuando se tiene a figuras de la altura de Chastain y McAvoy todo resulta más sencillo) hace que sus defectos sean más fáciles de olvidar y que el resultado de sumar ambas películas continúe mereciendo una nota más que notable para la que ya es, posiblemente, la adaptación más importante de una novela de King.
Sí, el Capítulo 2 está un pasito por debajo del Capítulo 1, pero no lo suficiente como para empañarlo, logrando el colofón que un mal bicho como Pennywise se merecía.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 19 de junio de 2019

X-MEN: FÉNIX OSCURA

En el año 2000 el por aquel entonces prometedor director Bryan Singer demostró que las películas de superhéroes no eran una exclusividad de Batman y Superman, y con su buen hacer con X-men sentó las bases de lo que hoy en día (con el mega éxito que fue el Spider-man de Raimi meses después) es esta máquina de fabricar dinero que tan bien se le da a la Marvel, casi un chiste cinematográfico por aquel entonces. Tras dirigir cuatro películas de la saga, Singer se despidió de los mutantes en X-men: Apocalipsis, lo que yo en aquel entonces auguré como una nueva noticia, pues parecía evidente que la franquicia necesitaba sangre fresca después de que ya la revitalizara, en el 2011, Matthew Vaughn con la excelente Primera generación (sin duda la mejor de la saga junto a X-men 2). El trabajo ha recaído en Simon Kinberg, gran conocedor de la casa, pues es el firmante de cuatro películas de los X-men pero todo un novato ante las cámaras. La apuesta parecía más o menos segura, pero el resultado ha sido un tremendo fracaso.
Lo peor de X-men: Fénix Oscura no es lo mala que es, sino las posibilidades que esconde bajo esa capa de superficialidad que la entorpece. Junto a escenas de acción torpes hay momentos brillantes y junto al conflicto de intereses aburrido y monótono entre mutantes se esconden interesantes reflexiones sobre el uso y abuso del poder. El principal problema, aparte del evidente cansancio que los propios X-men provocan ya entre el público, es que todo suena como si ya nos lo hubiesen contado. De hecho, la base argumental de Fénix Oscura es la misma de X-men: La decisión final, la injustamente odiada película de Bred Ratner, a la que esta hace buena. El tema de cómo manejar un poder casi celestial tiene ciertas reminiscencias al Thanos de Infinity War y los poderes de Fénix Oscuro recuerdan tanto a la Capitana Marvel que incluso tuvieron que rodar un nuevo final para evitar comparaciones odiosas.
Cierto es que la película ha estado plagada de problemas durante su rodaje, lo que se puede comprobar con la desgana de los propios protagonistas, donde James McAvoy y Michael Fassbender son, como cabría esperar, de lo mejorcito de la función aún trabajando con el piloto automático mientras que estrellas de la talla de Jennifer Lawrence o Jessica Chastain no podrían estar más desaprovechadas. No voy a decir nada de la protagonista, Sophie Turner, porque sus limitaciones interpretativas ya estaban fuera de toda duda en la propia Juego de Tronos, y su salto al cine es tan fallido como lo fue el de Emilia Clarke (ella sola ha estado a punto de cargarse de un plumazo las franquicias de Terminator Star Wars), mientras que poco se espera de los buenos resultados que vaya a tener “su hermana” Maisie Williams si es que alguna vez se llegan a estrenar Los Nuevos Mutantes.
Puede que el hecho de que la sombra de la compra de Fox por parte de Disney hubiese estado sobrevolando los despachos todo el tiempo que duró la filmación, creara tiranteces e incomodidades, pero es una pena que no se aprovechara la coyuntura de tener casi la certeza de que esta iba a ser la última película de la saga (al menos en esta línea temporal) para tener una despedida por todo lo alto, como sí lo pudo hacer Logan. Ahora, tras siete películas de los X-men, tres de Lobezno y dos de Deadpool (dejo en la recámara la de Los Nuevos Mutantes), esta debería haber sido el Endgame de los mutantes, y aunque en algunos momentos parece querer jugar a eso (hay incluso un amago de Civil War x), se queda corta en todos los sentidos. Parece claro que la saga de Fénix oscura se habría tenido que ir preparando con más calma, y que los personajes, bien por estar mal escritos o por culpa de sus intérpretes, no han conseguido calar en el fandom (quitando del trío Xavier/Magneto/Mística) tanto como los de la primera trilogía.
Y no es que en el fondo no haya momentos de entretenimiento, que como simple pasatiempo palomitero incluso puede tener su pase, que tampoco es que estemos hablando de algo tan horrible como Los 4 Fantásticos de Trank, pero sería abusando del conformismo del aficionado y mancillando todo lo conseguido hasta ahora.
Esta es una despedida triste. Pero no triste por el drama que contiene (la épica brilla por su ausencia y las muertes apenas llegan a doler), sino porque van a cerrar la franquicia en lo más bajo de su historia, cosechando unas pérdidas importantes y cerrando toda puerta posible para su incorporación en el MCU (y lo fácil que habría sido ahora que se puede jugar con el multiverso).
Los X-men volverán, eso está claro, pero serán otros X-men y con otros actores. Y esta vez, a Dios gracias, bajo la batuta de Marvel. Esperemos que esta vez sean los definitivos…

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 19 de enero de 2019

GLASS

Después de tocar techo con su película más redonda, El Protegido, y volver a saborear las mieles del éxito tras una etapa sombría con Múltiple, el director M. Night Shyamalan se decidió para su próximo proyecto por la apuesta segura que era unir ambas historias (como ya apuntaba en el epílogo de Múltiple), conformando así una trilogía que, aunque en la desasosegante intriga psicológica de James McAvoy no se llegaba a adivinar todavía, supone en realidad una carta de amor hacia el noveno arte.
Efectivamente, hablar de Glass es hablar de comic, y Shyamalan demuestra ser un gran aficionado con esta radiografía exhaustiva sobre el mundo de las viñetas en papel que, en muchos momentos, se sitúa por encima de las adaptaciones más o menos simplistas de los dos referentes esenciales, Marvel y DC.
Puede que no esté dispuesto a rendir pleitesía a Glass de manera infinita como algunas críticas que estoy leyendo por ahí, pero reconozco los méritos de su autor para saber transmitir esa pasión y completar una historia con coherencia, sin traicionar a sus dos precedentes y logrando que la conjugación entre tipos tan dispares como David Dunn y Kevin Wendell Crumb (o cualquiera de las diversas personalidades que lo poseen) sea efectiva y muy razonable. En este sentido, la puesta en escena es impecable, dividiendo la historia en tres actos: uno para situar a los personajes en la trama, todo un capítulo centrado en el internamiento en un psiquiátrico y la confrontación final. Es toda la parte central la verdadera declaración de intenciones de la película y donde Shyamalan hace su apuesta más arriesgada: desmitificar a los héroes, especular con que todo sea una farsa, un producto de sus propias psiques y que en realidad ni David, ni Kevin ni, por supuesto, Elijah (más conocido como el Señor Cristal al que hace referencia el título) tienen poder especial alguno.
Aunque quizá flaquea en las escenas de más acción, recordando que a Shyamalan lo que de verdad se le da bien es la intriga, Glass cuenta con tres protagonistas de lujo que se toman muy en serio sus personajes, lo cual ya de por sí es una estupenda noticia, sobre todo en el caso de un Bruce Willis que (quizá a excepción de El justiciero) lleva años trabajando con el piloto automático puesto. Además, recupera a secundarios imprescindibles, como el hijo de David o Casey, la única a la que La bestia ha dejado vivir en el pasado, para terminar de elaborar una telaraña en el centro de la cual se encuentra el personaje de Sarah Paulson, la única cara nueva de la película. Con sus giros de guion y las maniobras para despistar al público, pero sin alejarse de los arquetipos del lenguaje del comic, Glass es casi más un ensayo sobre el noveno arte que una película de acción, y ahí es donde radica su mayor mérito que es, a la vez, su principal debilidad. Glass es, sin duda, una delicia para los amantes del mundo del comic en general y de los superhéroes en particular (muchos aplaudirán al reconocer la mano de Alex Ross en la portada que ojea en cierto momento Joseph Dunn), pero que puede terminar por decepcionar a los que busquen una película de acción más, esos que sin duda no comprenderán dónde demonios está ese gran clímax final que se viene anunciando desde mitad del metraje y que nunca termina de llegar.
Puede que no esté a la altura de El protegido, y que la historia ni siquiera sorprenda tanto como El sexto sentido, pero sin duda confirma definitivamente la recuperación de un Shyamalan que se encuentra cómodo entre los presupuestos más bajos de la industria y cuyo talento parece tener cuerda para rato, aunque su saga sobre superhéroes parece definitivamente culminada.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 15 de abril de 2018

INMERSIÓN


Decir que el cine de Win Wenders hace años que ha perdido su fuelle no es ninguna novedad. Lejos quedan ya París, Texas, La noche sobre Berlín o Hasta el fin del mundo, y parecía condenado a limitarse a documentales interesantes pero que desperdiciaban su talento de antaño.
Inmersión no va a ser la película que lo devuelva a primera plana, pero tampoco me parece el descalabro que algunos han querido ver en ella. No es una mala película y tienen momentos visuales muy hermosos, amén de una gran química entre sus dos protagonistas, unos buenos Alicia Vikander y James McAvoy. El problema está en que Wenders no parece saber exactamente lo que quiere contar. O, al menos, no cómo.
La película es un drama romántico en el que dos personas aparentemente opuestas se conocen y enamoran para ver como sus caminos los separa den breve. Irónicamente, lo mismo que los une, es lo que los distancia: el agua. Ella es una biomatemátia (sea eso lo que sea) que debe hacer una peligrosa inmersión en un submarino mientras él es un espía que se infiltra en Somalia haciéndose pasar por ingeniero hidráulico. Ce hecho, la película comienza con ellos separados y es mediante flashbacks que conoceremos como nació el amor entre ellos con una hermosa villa en Normandía como idílico escenario.
La prueba de que algo falla en la película está en que a cualquiera que se le explique que por un lado tenemos las complicadas conversaciones técnicas entre arrumacos y carantoñas de la pareja, y por otro a un espía del MI5 luchando por su vida y a una investigadora en un submarino que puede suponerle una aventura mortal, lo normal sería que sintiera cierta pereza hacia la primera de las tramas. Sin embargo, el resultado final es todo lo contrario. La película solo funciona cuando están los dos juntos y el diálogo verbaliza en lugar de ser todo una metáfora con el agua como elemento de vida y muerte.
Así que no, no es un completo desastre, pero quizá los que abuchearon la película en el pasado festival de San Sebastián no anden errados del todo. Porque Wenders logra juntar las piezas para un drama interesante, pero no sabe armar luego el puzle de forma correcta. Y termina siendo todo muy pedante y aburrido.

Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 8 de agosto de 2017

ATÓMICA, ellas tienen el poder...

Mientras en las tertulias de bares (que es en lo que se han convertido algunos programas de cultura) se sigue debatiendo sobre la necesaria reivindicación del papel de la mujer en el cine, algo que parece haber inventado Wonder Woman como si antes de ella solo existiese el personaje de la mujer florero y nada más, Charlize Theron, que ya es sabia en estas lindes, presenta su nueva película como protagonista absoluta, done actúa además de productora.
Atómica, traducción a medias de Atomic Blonde, es una muy libre adaptación de la novela gráfica La ciudad más fría, escrita por Antony Johnson y dibujada por Sam Hart.
Las diferencias entre ambos productos son notables. La obra original primaba mucho más la intriga y el misterio por encima de la acción, no contenía nada de sexo y estaba dibujada en un glorioso blanco y negro. La película que dirige David Leich, en cambio, es una oda a la violencia y hace un juego de luces con los neones que iluminaban el Berlín de la época de esos que marcan tendencia. No obstante, en ambos productos se hace una apuesta firme por el thriller político ambientado en la guerra fría, con agentes dobles y triples, engaños y traiciones, y en eso sí sabe ser fiel la película.
Lorraine Broughton, el personaje al que da vida la Theron, empieza la película machacada y magullada. Acude a la central del MI6 y es sometida a un interrogatorio sobre su última misión, la incursión en el Berlín previo a la caída del muro en busca de una lista que rebela todos los agentes dobles que hay en la actualidad. Allí cuenta con la ayuda del agente David Percival (James McAvoy), pero ya se sabe que en estos casos lo de ir en busca de un objeto suele ser un macguffin en espera de algo mayor. Y teniendo por aquí a uno de los directores (no acreditado) de John Wick y de la futura secuela de Deadpool, ese algo mayor son, sin dudas, sus impecables escenas de luchas, coreografías imposibles (me viene a la mente un larguísimo enfrentamiento en un piso, la persecución por las escaleras y la culminación en un coche, todo ello en un falso pero impactante plano secuencia) y mucha espectacularidad.
Casi se podría decir que esta Lorraine es la versión femenina del propio John Wick, aunque aquí la historia prima más que en las dos películas (hasta la fecha) protagonizadas por Keanu Reeves hasta el punto que alguien puede llegar a encontrarla ligeramente confusa.
Tampoco es que quepa esperarse de esto una reflexión política ni algo tan retorcido como en las obras de John LeCarre (eso quizá sí en el comic), pues lo que prima siempre es el entretenimiento puro y duro, pero hay una historia suficientemente interesante y un drama comedido pero siempre presente como para que la película satisfaga a todos los espectadores.
También hay, como decía al principio, una reivindicación de la figura femenina. Theron es la heroína personificada, y aquí lo demuestra entregándose en cuerpo y alma a su director y prescindiendo, siempre que le ha sido posible, a los dobles de acción, lo cual le ha dado más de un disgusto durante el rodaje. Incluso en las escenas de sexo huye de los convencionalismos y da un paso más allá de donde otras no se atrevieron, rechazando la generalmente inevitable historia de amor entre camaradas espías que colaboran juntos.
David Leich es un director contundente, que ama la violencia, pero la filma con elegancia y realismo, desagradable en su dureza visual pero perfecto en su uso de la cámara. Así, Atómica logra ser una combinación extraña pero muy efectiva entre el clásico cine de espionajes y la acción más desmedida, y aunque sus intentos de contar una historia de muchas máscaras le impidan ser puro rock’n’roll como su contrapartida masculina, yo la sitúo sin problemas a la altura de ese John Wick con el que, si no fuese por la diferencia generacional, me encantaría que se terminaran encontrando.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 28 de enero de 2017

MÚLTIPLE, terrible identidad oculta.

El titular fácil para esta película es reconocer que M. Night Shyamalan ha vuelto. Esto no es del todo cierto, pues el director de origen indio, tras los estrepitosos y merecidos fracasos de Airbander, el último guerrero y After Earth ya había dado síntomas de su recuperación con la muy interesante La Visita y ahora, habiendo aprendido de sus errores, no ha tenido más que repetir la fórmula. Es decir: menor presupuesto, mayor libertad.
Haciendo equipo de nuevo con Jason Blum y su compañía Blumhouse, Shyamalan ha contado con el apoyo y la confianza para poder plasmar sus ideas en la pantalla sin imposiciones llegadas desde arriba o de la estrellita de turno y con ello recupera el aroma de sus películas originales, esa trilogía magnífica e impecable que supone El sexto sentido, El protegido y Señales, y aunque Múltiple quizá no llegue a estar aún a la altura de esas al menos se puede confirmar que el rumbo es el correcto.
Y es que es muy difícil superar el guion de aquellas tres pequeñas obras maestras, por lo que es el libreto de Múltiple quizá lo más endeble, por lo retorcido y tramposo que pueda llegar a ser por momentos, aunque en ningún momento sirva como lastre para la historia. Incluso aquello que más pueda molestar (los flashbacks) terminan siendo definitivos para comprender el desenlace y la personalidad de los protagonistas.
Múltiple cuenta como un enfermo de personalidad múltiple (hasta veintitrés identidades conviven dentro de la mente del protagonista) secuestra a tres jóvenes a causa de la aparición de una nueva personalidad, la número veinticuatro, posiblemente la más dominante y poderosa de todas. James McAvoy, reconocible por ser el profesor Xavier de los X-men pero que ya ha dado sobradas muestras de su talento en títulos tan dispares como Trance o Filth, el sucio, es quien más se juega en esta empresa, consciente de que todo el peso de la narración va a recaer sobre su interpretación. De cómo diese vida a esas múltiples personalidades (de las que en realidad vemos apenas a ocho o nueve) iba a depender que la película fuese aterradora o cayese en el ridículo, y el actor escoses supera el desafío con nota alta. Sus miradas, sus gestos, su expresión corporal… todo vale para lograr diferenciar a cada uno de los personajes que se esconden en su interior y lograr provocar desconcierto, ternura o angustia según el momento. Y eso que no he tenido oportunidad de verla en versión original, con lo que me he perdido una de sus mejores herramientas para ello.
Sin embargo, sería injusto olvidarse de Anya Taylor-Joy. Esta joven de veinte años fue el gran descubrimiento de La Bruja, una de las mejores películas de terror del año pasado, y aunque en Morgan no lograse desarrollar todo su potencial por las limitaciones que su personaje le requerían, aquí vuelve a estar de sobresaliente, siendo el contrapunto ideal para McAvoy y logrando que la química entre ambos se prolongue durante todo el film.
Shyamalan regresa a los juegos mentales que tanto le gustan y tomando alguna idea de Identidad, aquella entretenida película del 2003 con John Cusack y Ray Liotta entre otros, y muchas (como siempre) del cine de Hitchcock, la película navega entre la precipitación de los acontecimientos provocada por el enfermo y los propios secretos que guarda el personaje de Taylor-Joy, complementando a dos animales heridos que se necesitan uno del otro para sacar a relucir sus verdaderos rostros. No estamos, sin embargo, ante una película excesivamente tramposa, donde Shyamalan se saque de la chistera un truco final que lo gire todo, sino que la coherencia argumental es más lineal que en sus trabajos anteriores y ello le permite centrarse en otros aspectos de lucimiento como las composiciones fílmicas y la creación de una angustia latente y malsana.
Shyamalan es un gran director y aquí, libre de las ataduras del found fotage de La Visita, puede demostrarlo en su máximo esplendor, recordándonos que es mucho más que un buen guionista y sacando todo el partido posible a esos primeros planos tan expresivos e inquietantes de los dos protagonistas.
Da la sensación, tras los mencionados tropiezos, que el realizador indio vuelve a divertirse tras las cámaras, haciendo el cine que le gusta e interesa y contagiando su entusiasmo al espectador, y eso es capaz de llevarlo hasta las últimas consecuencias, permitiéndose un chiste final, casi a modo de escena postcréditos, que podría parecer un homenaje a las películas Marvel, pero que en realidad es un homenaje onanista a sí mismo, una especie de reivindicación de su regreso y, quien sabe, un guiño al futuro.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 21 de mayo de 2016

X-MEN: APOCALIPSIS: síntomas de agotamiento mutante.

Seguimos en plena vorágine de blockbusters basados en superhéroes con el cuarto estreno comiquero en lo que llevamos de año (y aún quedan dos) y seguimos con la tónica de unos resultados muy irregulares, un regusto a película fallida y unas críticas muy enfrentadas.
Con todo, la mayoría de opiniones son más bien tirando a flojas, algunas que la califican incluso de desastre total. Y, la verdad, no creo que la última entrega de los X-Men sea para nada una mala película. Lo malo es que tampoco se puede calificar como buena.
X-Men: Apocalipsis adolece de los mismos errores que se están repitiendo con demasiada frecuencia en este género: planteamientos interesantes y bien desarrollados que derivan en finales vacíos y poco inspirados, meras muestras de destrucción donde se olvida la construcción de personajes o las motivaciones intrínsecas de cada uno. Y eso es algo que se comprueba en las propias interpretaciones de los actores. Michael Fassbender está magnífico en todas las escenas iniciales, en las que trata de huir de lo que es y del pasado que lo estigmatizará de por vida pero parece actuar con el piloto automático en cuanto se disfraza de Magneto y empieza a lanzar objetos metálicos por el aire.
Se ha acusado a la película de tener un guion absurdo e incomprensible, y ciertamente debo reconocer que yo mismo no entendí de qué iba la película. No, no me refiero a que no se entienda la trama argumental, sino que el problema está en el fondo. Como en los recientes films de Zack Snyder cuesta comprender las motivaciones de un villano más que la destrucción más simple y primigenia, y no digamos ya de sus cuatro acólitos, que si actúan corrompidos por el poder o por decisión propia nunca termina de quedar claro.
Puede que el principal problema de Bryan Singer (al cual, seamos justos, nunca se le podrá agradecer lo suficiente lo que hizo por el género con las dos primeras entregas de la saga), es que no tiene el talento suficiente para controlar un escenario tan amplio. 
Esta es, posiblemente, la entrega de la saga en la que más mutantes aparecen, y el reparto de protagonismo está muy descompensado. Lejos de lo que fueron capaces de hacer Joss Whedon con Los Vengadores o los hermanos Russo en Capitán América: Civil War, Singer no es capaz de hacer brillar a sus mutantes como merecen, de manera que algunos son simples comparsas que no llegan a lucir nunca como merecen. 
Es el caso de una desaprovechada Tormenta, una Mariposa Mental cuyo único cometido parece ser demostrar lo bien que luce Olivia Munn el uniforme, o una Bestia que hace poco más que pegar saltos y gruñir a cámara. Y no es exactamente que no hagan nada durante la película, sino más bien que dejan la sensación de que no lo hacen, ya sea porque no se sabe dar buen uso de sus habilidades o porque lo que hacen es tan funcional y poco espectacular que uno olvida rápidamente sus escenas de lucimiento. Algo parecido me pasa con Ángel, que ni siquiera entiendo porqué Apocalipsis lo incluye como uno de los mutantes más poderosos.
Mención aparte merece Mística, un personaje que ha quedado demasiado hipotecado a la fama de su actriz que obliga a que sea centro de atención y líder del equipo (¿pero no era mala?) aunque tampoco se le vea hacer nada relevante en toda la película.
Puede que X-men: Días del futuro pasado mostrase ya los mismos síntomas de agotamiento y falta de talento para orquestar una película tan coral, estando la mayor parte de las críticas negativas centradas en el nulo desarrollo de personajes en el futuro, pero al menos ahí estaba claro que los protagonistas de verdad estaban en el pasado, con el trío Xavier, Mística y Magneto en el centro, Lobezno de artista invitado y Mercurio como cameo estelar (Bestia está, otra vez, de simple comparsa). Pero está claro que eso no es lo que Singer pretendía en esta nueva entrega.
También chirría un poco el tema del reparto, en el que los veteranos demuestran cierta desidia (Jennifer Lawrence está aquí o bien obligada por un contrato o bien por ganar algo de dinero fácil, porque lo que se dice interpretar, interpreta bien poco) mientras que los nuevos no terminan  de tener el carisma necesario. También debo confesar que quizá tenga un problema personal con la nueva Jean Grey, ya que a Sophie Turner ya no la trago ni en Juego de Tronos, así que quizá no sea demasiado objetivo con ella.
Otra cosa que, por cierto, me saca del film es su cronología. Es simpático, original incluso, que cada una de las secuelas suceda en una década diferente de nuestra historia (aunque las referencias históricas en esta se pierden a mitad del metraje), pero ¿de verdad tenemos que creer que Evan Peters tiene casi diez años más que en X-Men: Días del futuro pasado y que para Jennifer Lawrence, James McAvoy, Michael Fassbender o Nicholas Hoult han pasado cerca de veinte desde X-Men: Primera generación?
Soy consciente de que sólo estoy diciendo cosas malas de la película cuando he empezado diciendo que no es mala. El caso es que hay también cosas buenas en X-Men: Apocalipsis, pero todas ellas son en el aspecto visual. Hay momentos espectaculares, la escena de Mercurio vuelve a ser la más recordada y no provoca aburrimiento en ningún momento. Incluso hasta se hace un poco corta. Lo que pasa es que cuando se está ante la sexta entrega de una saga (sin contar las dos de Lobezno y Deadpool) que empieza a ir cuesta abajo. X-Men: Apocalipsis es posiblemente la más floja de las seis (sí, a mí X-Men: La decisión final me gustó más, ¿qué le voy a hacer?) e invita a pensar que quizá sea el momento de que Singer deje el puesto a otro director que llegue con fuerzas renovadas y de un nuevo aire a la saga (tal y como hiciera Matthew Vaughn en X-Men: Primera generación).
En resumen, que la nueva entrega de X-Men es una de esas películas para no pensarlas demasiado, que se disfrutan en la sala de cine pero totalmente intrascendentes y olvidables en cuanto termina la proyección.
La pregunta es: ¿Hasta cuándo piensan estirar un chicle que ya ha perdido su sabor? Posiblemente, hasta que Hugh Jackman (innecesaria aparición que, no obstante es de lo mejor de la película) quiera. Sin él los X-Men no son nada. O eso parecen creer sus productores…

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 25 de abril de 2016

VICTOR FRANKENSTEIN: Entretenida reinvención

Engañoso título el de Victor Frankenstein que ningunea al verdadero protagonista de un film puramente palomitero y sin más pretensiones que entretener al precio de caer en el olvido rápidamente y quizá (y ya les digo yo que no) aspirar a abrir una saga de poca monta. 
Y es que estamos ante una nueva adaptación de la novela de Mary Shelley pero desde el punto de vista, no del doctor ni del monstruo, sino del ayudante, el jorobado Igor. Un Igor que, por cierto, no aparecía en la novela original, sino que fue creado para el cine, primero en títulos como la saga de Frankentein de la Universal de los años 30 bajo el nombre de Fritz pero que se convirtió en el icono que es hoy en día gracias a la parodia de Mel Brooks de El jovencito Frankenstein.
Pretende su director Paul McGuigan, de la mano con el guionista Max Landis, ofrecer un nuevo enfoque a la historia ya conocida, pero su variación de los arquetipos de sobras conocidos del doctor obsesionado con sus ideas y su fiel ayudante no consiguen aportar demasiado como para merecer la etiqueta de innovadora. Cierto es que recurre a una narrativa bastante más moderna de lo habitual, salpicada de escenas de acción y sabiendo alternan correctamente el humor negro que la define con el dramatismo que ocultan el pasado de sus personajes protagonistas, a los que dan vida unos Daniel Radcliffe y James McAvoy empeñados en dejar atrás el lastre de sus famosos Harry Potter y Charles Xavier.
No estamos, desde luego, ante el horror aquel de hace un par de años que trataba de colarnos al monstruo salvando al mundo de unas gárgolas vivientes en Yo, Frankenstein, pero creo que desde la infravalorada adaptación de Kenenth Branagh de 1994 no ha habido ninguna aproximación interesante al mito del moderno Prometeo. Quizá, y debido sobre todo a la ambientación en un Londres más cercano a la revolución industrial que a su estilo victoriano, y a sus frenéticas escenas de acción, la película se me antoja una hermana bastarda de la reinvención que en 2009 se hizo de Sherlock Holmes, aunque desde luego McGuigan no es ni de lejos digno de compararse con Guy Richie. A modo anecdótico, diré que incluso se incluye en su reparto a un Moriarty, Andrew Scott, aunque en este caso de la magnífica Sherlock de la BBC.
Pasatiempo distraído al que no hay que pedirle demasiado, puesto que no nos lo va a dar…

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 6 de noviembre de 2014

FILTH, EL SUCIO (8d10)

Me resulta enormemente complejo definir esta película. No encuentro palabras para ello. O quizá sea al revés, quizá encuentro demasiadas, algunas de ellas aparentemente opuestas entre sí.
Divertida, excesiva, extrema, desquiciante, horrible, genial, desagradable, demoledora, hilarante, sórdida, soez…
Todo ello es Filth, la historia de un policía dispuesto a hacer todo lo posible por conseguir un ascenso. Bruce Robertson, el protagonista, es un ser miserable, alcohólico, drogadicto, crápula, taimado y traicionero, casi como una versión británica (escocesa para más señas) de nuestro castizo Torrente, un verdadero cerdo, en pocas palabras. Pero a la vez tiene un aurea de seductor que atrapa, que te obliga a admirarlo e incluso envidiarlo, como si el espectador deseara mimetizarse en él y conseguir su magnetismo creyendo que podría mantener su lado oscuro, su faceta más viciosa a buen recaudo.
La película arranca presentándonos a su mujer, Carol, atractiva y seductora, que rompiendo la cuarta pared (el propio Bruce lo hace constantemente, sobre todo para mirarnos directamente a los ojos y hechizarnos) nos explica de forma ambigua, confusa y perturbadora los secretos de su felicidad conyugal.
Inmediatamente pasamos a conocer la vital importancia que para ese matrimonio es el ascenso de Bruce, la consecución del poder a cualquier precio, y se nos muestra a un joven atractivo, ambicioso y emprendedor al que, poco a poco, iremos descubriendo con asco y horror su lado más perturbador y desagradable. No en vano el título del film, Filth, es inmundicia en español.
Llega un momento, desde luego, que la caída a los infiernos de este personaje carece de frenos. Es entonces cuando el guion (que parte de una novela de Irvine Welsh que al parecer es aún más degradante que la película) se apiada de Bruce y nos ofrece alguna pincelada de su pasado que nos invita a pensar que hay una tragedia que motiva su forma de ser y actuar, no justificándolo pero sí al menos edulcorándolo levemente. Pero ello no sería suficiente para evitar que odiásemos a muerte  a un tipo que no duda en acostarse (y humillar) a la mujer de un compañero, acosar a la esposa de su mejor (o único) amigo y terminar incriminándolo a él, enfrentar a sus compañeros entre ellos o desafiar abiertamente a una superiora por el simple hecho de ser mujer de no ser por un elemento clave en la película: James McAvoy.
Este joven actor escoces ya había demostrado con anterioridad sus grandes dotes de interpretación en paleles tan dispares como el profesor Xabier de los X-men, el atormentado protagonista de Trance o el enamorado de Eleanor Rigby, pero aquí logra superarse a sí mismo y hacerse suyo un personaje difícil, consiguiendo encandilarnos con su mirada y pasar del dolor a la depravación en un parpadeo, con una sonrisa de lobo con piel de cordero que enternece y aterra a la vez.
James McAvoy es el alma de Filth, por más que esté rodeado de un plantel de grandes secundarios como Jamie Bell, Eddie Marsan, Imogen Poots o John Sessions, y cuando el desquiciado montaje a ritmo de magníficos temas musicales amenaza con desbordarse él, con su carisma y magnetismo, solventa la papeleta.
Filth es una de esas pequeñas joyas que de tanto en tanto nos ofrece el cine británico y que todo el mundo debería ver. Quizá alguno me haga caso y termine odiándome por ello, pues la desazón que provoca en algunos momentos es notable, pero terminará dejando poso y. si dejan los prejuicios en la puerta, disfrutarán con su sentido del humor punzante y su sorprendente y revelador giro argumental.
Filth es toda una experiencia cinematográfica, por su seductor arranque, su orgía de sexo y drogas, su bestial banda sonora, su hipnótica fotografía, su montaje desconcertador, sus créditos finales y, sobre todo, por McCavoy y, para bien o para mal, es de obligado visionado.

martes, 4 de noviembre de 2014

LA DESAPARICIÓN DE ELEANOR RIGBY (6d10)

Eleanor Rigby es una bonita canción de The Beatles que, con la peculiar voz de Paul McCartney habla sobre la soledad personificada en dos trágicos personajes.
Hace un año, el neoyorquino Ned Benson se inspiró en ese personaje para componer dos románticas películas que analizaban las dos caras de una ruptura con los clarificadores títulos de: La desaparición de Eleanor Rigby: Él y La desaparición de Eleanor Rigby: Ella. Aclamada en su presentación en diversos festivales internacionales, su productora apostó por estrenarlas comercialmente en cines con la condición de fusionar los dos puntos de vista en una sola película, lo cual reducía notablemente el metraje de la suma resultante pero también lastraba considerablemente la historia, redundando  en su ritmo, por momentos entrecortado y desigual.
La Eleanor Rigby a la que hace referencia el título es la mitad femenina de una pareja locamente enamorada que, tras un suceso no revelado hasta bien avanzada la historia, desaparece sin más, dejándolo todo atrás, marido incluido.
Ella es una chica de buena familia perdida en una vida sin dirección que decide reemprender los estudios. Él es el hijo de un exitoso restaurador  que trata de malvivir alejado de la sombra paterna con su decadente restaurante. Juntos formaban una bonita y entusiasmada pareja con toda la vida por delante para hacer locuras y construir un hogar que, de la noche a la mañana, se derrumba, precipitándose por un precipicio sin final.
Tras su reencuentro, él tratará de quemar sus últimas naves en pos de una reconciliación, pero ella no tiene más deseo que poner distancia de por medio, aunque en ocasiones su cabeza de enfrenta directamente a su corazón.
Con un excelente James McAvoy y una Jessica Chastain algo excesiva (y demacrada), la película describe con humor y acritud la descomposición del amor, la pérdida de un sueño que no ha de volver y la desesperanza con respecto a las segundas oportunidades. Sin embargo, Benson no es capaz de culminar su historia con acierto, y mientras el papel de los padres roza la brillantez (tan magníficas son sus opiniones como las aportaciones del impresionante trío actoral: William Hurt, Isabelle Huppert y Ciarán Hinds) el desenlace de la pareja en cuestión se me antoja poco creíble hasta el punto de desvirtualizar el conjunto y  restarle demasiados puntos.
Y lamento tener que poner aquí el indicador de spoiler para que quien no quiera saber más de lo necesario pueda dejar de leer, pero no me es posible completar mi opinión sin explicar por qué el film fracasa en su definición final, ya que, bien sea por un exceso de blandura por parte del director y guionista o bien por venderse a las exigencias de la industria, no encuentro acertado el final feliz, con reconciliación final, tras ver a los protagonistas caminar tan alejados uno del otro en una senda de autodestrucción emocional.
El tiempo todo lo cura, dicen, pero hay heridas que tardan mucho en cicatrizar. Y no siempre es posible desandar el camino recorrido. Y aunque Benson pretenda hacernos creer que sí es posible a mí no me ha conseguido convencer.
Pese a todo, el conjunto del film es emotivo y amargo. Y eso, junto a unas grandes interpretaciones, hace que la película alcance a nuestros corazones, más allá del acierto o no de su desenlace.
La lastima es que, para redondear la cosa, la susodicha canción no pueda aparecer en la película. Cosas de derechos…

domingo, 15 de junio de 2014

X-MEN: DÍAS DEL FUTURO PASADO (7d10)


Resulta complicado tratar de valorar con imparcialidad una película como esta, ya que hay tres elementos fundamentales en ella que según la influencia que le reconozcamos hará que aumente o disminuya su percepción. 

Por un lado (y esto debería ser lo más lógico y fundamental) podemos tratarla simplemente como lo que es: una peli de acción y entretenimiento de las que se podría considerar como simplemente palomitera. Por otro lado se puede tener en cuenta que es una adaptación de un comic y como tal puntuar la fidelidad que tiene con el mismo y con su espíritu (y en ello no me entretendré demasiado, pues personalmente nunca he sido un gran seguidor de los mutantes). Y finalmente se le puede considerar como el cierre de una saga en la que su director, Bryan Singer, se ha empeñado en tapar grietas y agujeros con más o menos fortuna.
Se mire como se mire, X-men: Días del futuro pasado es una entretenidísima película con momentos impactantes y suficiente carga emocional para contentar a los más exigentes, aunque se le echa en falta un poco de chispa, un punto de pasión que termine por emocionar a todos aquellos que no vamos a jadear cada vez que hay un guiño o referencia que no va dirigido a nosotros, los “no muties”. Así, aunque no sea amigo de las comparaciones, teniendo en cuenta las grandes apuestas de género super heroico en lo que va de año, podríamos decir que está por encima de The Amazing Spider-man 2: el poder de Electro pero  que no alcanza a El Capitán América: El Soldado de Invierno.
Pero hagamos un poco de historia: Bryan Singer fue el artífice, allá por los lejanos 2000 y 2003, de resucitar las pelis de superhéroes con X-men y X-men 2, poniendo de moda el mundo de los comics tras los últimos fiascos en adaptaciones que hacían pensar que el Superman de Donner y el Batman de Burton eran excepciones que confirmaban que cine y comics no casaban bien (luego ya vendrían los pelotazos del Spiderman de Raimi, El Caballero Oscuro de Nolan y el exitoso experimento de Universo Cinemático de Marvel) aunque tras producir X-men Origenes: Lobezno tuvo que abandonar el barco mutante cuando la Fox no quiso esperar a que terminara Superman Returns para realizar la tercera parte de la saga, siendo sustituido por Brett Ratner . Viendo que la acogida de estas dos películas no fue especialmente buena (y lo mismo se podría decir de la carrera de Singer por su cuenta), la Fox y el director parecían condenados a reencontrarse. 
A punto estuvieron con X-men: Primera generación, que de nuevo los problemas de agenda (esta vez por culpa de Jack Cazagigantes) dejaron fuera del barco al director neoyorquino en favor de  Matthew Vaughn, y que supuso un soplo de aire fresco a la saga que en taquilla, sin embargo, no terminaba de remontar el vuelo, como terminó de confirmar la secuela de X-men orígenes: Lobezno (Lobezno Inmortal). Así, parecía el momento propicio para que Singer y Fox volviesen a unir fuerzas en busca de la película definitiva o el fracaso más absoluto. Hacía ya catorce años de aquel primer equipo de superhéroes mutantes que asombró al mundo y quedaba por en medio todo un camino de decisiones precipitadas, guiones irregulares y muertos mal enterrados.
Por eso, con Singer de nuevo a los mandos de los mutantes de Marvel, lo primero que se hizo es construir un gigantesco puzle donde no sólo se reuniese a lo mejor de los dos films de Singer con lo del de Vaughn sino que en lugar de correr un tupido velo sobre las decepciones que supusieron X-men: La decisión final y los dos Lobeznos (tal y como el propio director había hecho con su también fallido Superman returns, para la que había ignorado totalmente la existencia de Superman 3 y 4) se tratara de explicar y/o arreglar todos los desaguisados de tales films.
Un poco siguiendo la estela del Star Trek de Abrams, Singer logra reinventar la saga con una película que es a la vez reboot, secuela y precuela, usando el truco de los viajes en el tiempo y con la historia creada por Chris Claremont como base principal (curiosamente una historia en la que el propio Cameron confesó haberse inspirado para su Terminator, película a la que hay un guiño en la propia X-men: Dias del futuro pasado).
Estamos en el futuro, un futuro oscuro ya anunciado por el profesor Xavier y Magneto en el prólogo final de Lobezno Inmortal. Tras una cruel guerra que ha diezmado a la raza mutante la humanidad entera está en peligro y la única esperanza es que los X-men supervivientes (los que quedan de la trilogía original más alguna nueva incorporación) envíen la conciencia de Lobezno al Lobezno de hace cincuenta años para, con la ayuda de la versión joven de los mutantes vistos en X-men: Primera generación tratar de cambiar los acontecimientos que terminarán desembocando en la guerra contra los mutantes.
Con un planteamiento que de entrada puede resultar confuso, la película transita entre pasado y futuro con dos generaciones de X-men luchando por su propia supervivencia pero entre los que sobresale el trío protagonista que ya brillara en la versión de Vaughn, es decir, los personajes interpretados por Michael Fassbender, James McAvoy y Jennifer Lawrence, con un Hugh Jackman que termina siendo menos omnipresente de lo que inicialmente nos pudiésemos temer (lo cual es de agradecer, Fox tiene que convencerse de que hay vida más allá de Lobezno) y una absolutamente genial presentación de Mercurio (mutante al que también veremos, aunque interpretado por otro actor, en Los Vengadores: La era de Ultrón), que roba protagonismo a todos los que le rodean durante unos minutos brillantes pero que después desaparece para que el peso de la acción y el drama recupere a sus protagonistas.
Uno de los grandes méritos de esta nueva incursión de los X-men en el cine es el conseguir mantener a todos los actores del elenco principal cuyos rostros estarán por siempre ligados a los personajes y aumentar aún más el nivel interpretativo con la apuesta de Peter Dinklage (el maquiavélico Tyrion Lannister de Juego de Tronos) como el villano de la función, que junto a Evan Peters como el mencionado Mercurio y Omar Sy (quizá uno de los actores más desaprovechados del gran reparto coral) como Bishop es una de las nuevas caras de la saga.
Supongo que hay que concederle un punto de fortuna a una franquicia que en su momento apostó por rostros bastante desconocidos como fueron Hugh Jackman o Halle Berry que luego se convirtieron en grandes estrellas y volvieron a acertar en el reboot con Fassbender, McCavoy y Lawrence, consiguiendo así que al juntarlos todos y sumar a los veteranos Patrick Stewart y Ian McKellen a la ecuación nos encontremos con uno de los repartos más impresionantes de todos los tiempos (sumemos las apariciones más o menos relevantes de Nicholas Hoult, Anna Paquin o Ellen Page más alguna sorpresita que no voy a revelar).
Con todos estos componentes resultaba casi imposible que Singer hiciera una película mala, en la que solo debe preocuparse por acertar en el ritmo narrativo y establecer con claridad las preferencias entre las dos líneas temporales, consiguiendo acertar en ello y poner el broche de oro a una franquicia que le pertenece por méritos propios (aunque no hay que restarle méritos ni obviar la influencia que ha ejercido Vaughn en la misma).
X-men: Días del futuro pasado es, en resumen, un gran fin de fiesta, una película donde confluyen todos los afluentes que parecían perderse a lo largo de las seis películas anteriores y que establece un punto y aparte en el mundo mutante marvelita. No es la última película que veremos del grupo (ya están anunciadas una tercera de Lobezno y X-men: Apocalipsis), pero la creación de diferentes líneas temporales que se producen a lo largo del film (los que en su día no se aclararon con la trilogía de Regreso al futuro aquí lo van a flipar) permite que los fans más acérrimos disfruten de una despedida/homenaje de toda una generación a la par que deja claro quién dirigirá el cotarro a partir de ahora, con Jennifer Lawrence como gran estrella, James McCavoy con un papel que le permite lucirse y un Fassbender que quizá sea de lo más flojito del film, como si no terminara de estar demasiado interesado en la historia.
Centinelas, una buena recreación de los 70’ y muchos mutantes para una peripecia narrativa a la que tuvieron que eliminar una subtrama entera para no liar más la cosa y que hará que su aparición en DVD en una hipotética versión extendida sea muy apetecible.
Los mutantes han vuelto. Y es para quedarse.

martes, 18 de junio de 2013

TRANCE (7d10)

Si sois lectores de este bloc desde sus principios quizá recordeis mi crítica a La vida de Pi en la que comparaba a Ang Lee con Danny Boyle por el hecho de saber navegar por diferentes géneros y estilos sin comprometerse con nada ni con nadie. En el caso del británico, que saltó a la fama con la transgresora Trainspotting, ha hecho comedias románticas como Una historia diferente, aventuras con suspense en La Playa, terror con 28 días después..., ciencia ficción con Sunshine, drama con 127 horas e incluso triunfo en los Oscars con Slumdog Millionaire (por no mencionar las ceremonias de apertura y clausura delos Juegos Olímpicos de Londres). Ahora, buscando un nuevo giro en su carrera se adentra en un thriller psicológico donde nada es lo que parece y los giros de guion y las sorpresas son constantes.

La acción arranca con una base que recuerda a la saga de Oceans: el calculado robo de un valioso cuadro en una casa de subastas. El golpe se ejecuta a la perfección excepto por un detalle: cuando el jefe de la banda (curiosamente Vicent Cassel, en un papel que recuerda también al que interpretó en Ocean's twelve) va a contemplar el botín se encuentra con una pequeña sorpresa: sólo han robado un marco vacío. El lienzo debe estar sin duda en poder del contacto que los ayudaba desde el interior de la casa, Simon (James McAvoy, el Xarles Xavier de X-men, primera generación), pero por desgracia ha recibido un fuerte golpe en la cabeza que le ha producido amnesia. Es entonces cuando entra en juego Elizabeth, psicóloga interpretada por Rosario Dawson que tratará de esclarecer donde está el cuadro mediante la hipnosis. Comienza un peligroso juego donde la verdad y la mentira, la realidad y la ficción, los recuerdos y los engaños se mezclarán, llevándonos por los recovecos de la mente del protagonista que, como si de un relato de Philip K. Dick se tratase, termina dudando de si mismo.
Como es habitual en Boyle su fotografía es impecable , jugando con maestría con las luces y los colores y colocando siempre la cámara con acierto,  manteniendo el ritmo y la tensión necesaria para que la historia funcione y, apoyado en unas muy buenas interpretaciones, contagiando al espectador de la angustia y el desconvierto de Simon. Algo hay, sin embargo, que impide que la película sea redonda. Y es que es tal su afán de despistar y engañar espectador que abusa en demasía de los giros de guion, provocando que en cierto momento se desconecte un poco de la película. El "nada es lo que parece" en esta historia de robos, traición y sexo (romance incluido) funciona durante buena parte del metraje, pero termina aburriendo. Eso es lo único que el señor Boyle no ha sabido calcular bien, aunque ello no sea motivo suficiente como para no recomendar su visionado.

Incluso podría agradecerse un segundo vistazo en el que terminar de cuadrar las migas de pan que Boyle va dejando a lo largo de la historia, completando mejor así el puzle final.