Mostrando entradas con la etiqueta bruce willis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bruce willis. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de enero de 2019

GLASS

Después de tocar techo con su película más redonda, El Protegido, y volver a saborear las mieles del éxito tras una etapa sombría con Múltiple, el director M. Night Shyamalan se decidió para su próximo proyecto por la apuesta segura que era unir ambas historias (como ya apuntaba en el epílogo de Múltiple), conformando así una trilogía que, aunque en la desasosegante intriga psicológica de James McAvoy no se llegaba a adivinar todavía, supone en realidad una carta de amor hacia el noveno arte.
Efectivamente, hablar de Glass es hablar de comic, y Shyamalan demuestra ser un gran aficionado con esta radiografía exhaustiva sobre el mundo de las viñetas en papel que, en muchos momentos, se sitúa por encima de las adaptaciones más o menos simplistas de los dos referentes esenciales, Marvel y DC.
Puede que no esté dispuesto a rendir pleitesía a Glass de manera infinita como algunas críticas que estoy leyendo por ahí, pero reconozco los méritos de su autor para saber transmitir esa pasión y completar una historia con coherencia, sin traicionar a sus dos precedentes y logrando que la conjugación entre tipos tan dispares como David Dunn y Kevin Wendell Crumb (o cualquiera de las diversas personalidades que lo poseen) sea efectiva y muy razonable. En este sentido, la puesta en escena es impecable, dividiendo la historia en tres actos: uno para situar a los personajes en la trama, todo un capítulo centrado en el internamiento en un psiquiátrico y la confrontación final. Es toda la parte central la verdadera declaración de intenciones de la película y donde Shyamalan hace su apuesta más arriesgada: desmitificar a los héroes, especular con que todo sea una farsa, un producto de sus propias psiques y que en realidad ni David, ni Kevin ni, por supuesto, Elijah (más conocido como el Señor Cristal al que hace referencia el título) tienen poder especial alguno.
Aunque quizá flaquea en las escenas de más acción, recordando que a Shyamalan lo que de verdad se le da bien es la intriga, Glass cuenta con tres protagonistas de lujo que se toman muy en serio sus personajes, lo cual ya de por sí es una estupenda noticia, sobre todo en el caso de un Bruce Willis que (quizá a excepción de El justiciero) lleva años trabajando con el piloto automático puesto. Además, recupera a secundarios imprescindibles, como el hijo de David o Casey, la única a la que La bestia ha dejado vivir en el pasado, para terminar de elaborar una telaraña en el centro de la cual se encuentra el personaje de Sarah Paulson, la única cara nueva de la película. Con sus giros de guion y las maniobras para despistar al público, pero sin alejarse de los arquetipos del lenguaje del comic, Glass es casi más un ensayo sobre el noveno arte que una película de acción, y ahí es donde radica su mayor mérito que es, a la vez, su principal debilidad. Glass es, sin duda, una delicia para los amantes del mundo del comic en general y de los superhéroes en particular (muchos aplaudirán al reconocer la mano de Alex Ross en la portada que ojea en cierto momento Joseph Dunn), pero que puede terminar por decepcionar a los que busquen una película de acción más, esos que sin duda no comprenderán dónde demonios está ese gran clímax final que se viene anunciando desde mitad del metraje y que nunca termina de llegar.
Puede que no esté a la altura de El protegido, y que la historia ni siquiera sorprenda tanto como El sexto sentido, pero sin duda confirma definitivamente la recuperación de un Shyamalan que se encuentra cómodo entre los presupuestos más bajos de la industria y cuyo talento parece tener cuerda para rato, aunque su saga sobre superhéroes parece definitivamente culminada.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 9 de abril de 2018

EL JUSTICIERO

Cuando comenzó su carrera cinematográfica, de la mano de su amigo Quentin Tarantino, Eli Roth se convirtió en abanderado de un nuevo estilo de cine de terror, directo y brutal, lejos de la elegancia de su compañero de generación (saga Saw aparte) James Wan. Era la época de Cabin Fever y, sobretodo, Hostel y su secuela.
Hace ya más de doce años de eso, y el estilo de Roth se ha ido aburguesando tanto que sus últimos trabajos no solo han pasado bastante desapercibidos en taquilla, sino que incluso han tenido dificultades para tener incluso una distribución aceptable, pese a que Toc Toc, por ejemplo, contara con un Keanu Reeves resucitado para el cine gracias a su John Wick. Y que su siguiente trabajo sea una película de corte familiar como La casa del reloj en la pared no augura nada bueno para el antaño enfant terrible de Massachusetts.
Entre ambas películas se sitúa El justiciero, un remake de El justiciero de la noche, de Michael Winner, que en 1974 protagonizó Charles Bronson y que estaba inspirada, a su vez, en la novela de Brian Garfield.
Con El justiciero, Roth recupera ese cine setentero tan despojado de adornos y políticamente incorrecto que podría recordar a cualquiera de las películas que hoy en día protagoniza Liam Neeson, con Venganza y sus secuelas a la cabeza, pero con una contundencia que la hacen ligeramente más incómoda que esos espectáculos pirotécnicos de acción sin mucho sentido.
Con un recuperado Bruce Willis (que parecía condenado a apariciones secundarias en mediocres subproductos sin interés alguno) que recupera ese magnetismo que lo hizo tan grande en la década de los noventa, la gran diferencia entre El justiciero y cualquier otra película de violencia y venganza que tanto se prodigan en el cine está en la fácil identificación con el protagonista. El Paul Kersey que interpreta Willis no es un héroe de acción, sino un simple cirujano (en la película protagonizada por Bronson era arquitecto), un hombre acostumbrado a salvar vidas en lugar de arrebatarlas, que tras la brutal agresión a su familia y la aparente ineficacia de la policía para detener a los responsables, decide tomarse la justicia por su mano. Resulta curioso ver por ello a Willis esforzándose por aparentar no saber cómo enfrentarse a ese camino de violencia en el que se enrola casi sin querer, teniendo de que descubrir algo tan (aparentemente) sencillo como disparar un arma y mostrándose como un hombre de la calle, un hombre que se apoya más en su férrea voluntad que en sus aptitudes propias para salir adelante en sus respectivos enfrentamientos.
Con este ligero hilo de realidad (tampoco piense nadie que estamos ante un drama existencial, que al fin y al cabo lo que termina haciendo Kersey es algo que probablemente no sería capaz de hacer ninguno de nosotros), Roth compone una entretenida película, con ligeros toques de violencia extrema que recuerdan a su estilo desagradable de antaño (algo de gore y terror hay por aquí) y que aun manteniéndose fiel al espíritu de la película original (que tuvo cuatro secuelas) sabe modernizarlo justo para reflejar una parte de la sociedad de hoy en día, siendo los medios de comunicación y las redes sociales una parte fundamental de la trama. De hecho, el personaje de Willis, que bien podría ser una cara B del David Dunn que el propio actor interpretó en El Protegido (personaje que retomará en Glass, secuela de Múltiple), no en vano luce un look muy similar, como si Roth quisiera ofrecer una versión sucia y oscura del cine de superhéroes que triunfa en las carteleras, en una versión mucho más mundana del “héroe real” que otros títulos de semejantes intenciones como Súper o Kick-Ass.
No es El Justiciero una película deslumbrante, pero ofrece lo que promete, una historia entretenida, bien filmada, con interesantes actores de reparto, la dosis justa de violencia, y un cierto regusto a crítica social acerca del eterno debate en Estados Unidos sobre el derecho de tener armas de fuego. Todo lo relacionado con la manera en la que Kersey accede a su armamento es tan ácido como real, lo cual puede llegar a asustar más que los propios villanos de la función.
En fin, historia de violencia al uso pero que con Roth a los mandos y Willis haciendo lo que mejor sabe (aunque lo suyo le cuesta), se convierte en un recomendable producto de consumo, mucho más estimable de lo que podría parecer a simple vista.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 4 de mayo de 2015

DOBLE O NADA * (4d10)

Del antiguamente prestigioso Stephen Frears, que el año pasado pareció reconciliar a publico u crítica con Philomena (nominación al Oscar incluida) nos llega ahora su trabajo anterior, una película tan interesante en su reparto como decepcionante en su resultado final.
Demostrando que a Bruce Willis hace ya tiempo que se le apagó la estrella, Doble o nada está encabezada por una caricaturesca Rebecca Hall a quien la responsabilidad de sostener todo el peso narrativo parece venirle demasiado grande. Basada en una historia real, novelada además por la propia protagonista, Beth Raymer, la película sigue los esquemas clásicos de la chica perdida que sueña con triunfar en Las Vegas, aunque en esta ocasión el destino la salva de ser la típica camarera o bailarina de striptease para introducirla en el mundillo de las apuestas. Un argumento que invita al glamour y la intriga pero que se desarrolla con cierta apatía, resultando anodina y poco interesante. De poco valen las apariciones de rostros familiares como Joshua Jackson (recién salido de Fringe), Vince Vaughn, Frank Grillo o Catherine Zeta-Jones (la cual precisa de un agente nuevo de manera urgente), pues es el propio director (antaño grande entre los grandes merced de Las amistades peligrosas, Héroe por accidente o La reina) quien no consigue encontrar el ritmo adecuado a una película que oscila demasiado entre la comedia ligera y el drama, rescatando ligeras, ligerísimas pinceladas que podrían recordarnos a Ocean’s Eleven, El lobo de Wall Street o Showgirl pero que componen un batiburrillo que deambula sin rumbo fijo sin decidirse por ningún estilo propio.
Ninguno de los personajes tienen el carisma suficiente como para llegar a enamorarnos de él (por momentos no consiguen que los entendamos siquiera) y la total falta de empatía deriva en el bostezo continuo en una película que sin ser demasiado larga lo parece.
Me preguntaba qué había motivado a un film con semejantes actores y tan conocido director a ser estrenada con dos años de retraso y en cuatro salas de cine mal contadas. Ahora lo he descubierto. Una lástima, la verdad.

domingo, 26 de octubre de 2014

THE PRINCE (4d10)

¿Recuerdan a Jason Patric, ese chico moreno de irada penetrante que en los noventa parecía que iba a comerse el mundo codeándose con estrellas como Brad Pitt, Dustin Hoffman, Robert De Niro o Kevin Bacon en Sleepers y sustituyendo a Keanu Reeves en la secuela de Speed? Pues bien, el chico se ha hecho mayor, ahora tiene la mirada cansada y se ha debido conformar con ir apareciendo en pantalla de forma vagamente regular en papeles secundarios y olvidables.
Empiezo así mi comentario porque quiero constatar que The Prince es una película protagonizada por Jason Patric y sólo por Jason Patric, por más que una tal Jessica Lowndes (una total desconocida para mí, aunque parece ser que apareció en ese absurdo remake de Sensación de Vivir) cope casi tantos planos como él.
The Prince es una historia previsible y tópica de padres con turbio pasado buscando a sus hijas desaparecidas dispuestos a llevarse por delante a todo aquel que le impida rescatar a su pequeña. Vamos, de esos papeles que hace unos años le venían que ni pintados a Mel Gibson y que ahora parecen reservados para Liam Neeson. El problema es que las películas a las que pueden evocar este argumento solían ser grandes divertimentos cargados de adrenalina, alguna dosis de humor y, en ocasiones, hasta con diálogos afortunados, mientras que esta cosa dirigida por un ineficaz Brian A. Miller, es un cúmulo exagerado de despropósitos, desde su inicio lento y cansino que nos hace pensar que estamos ante un telefilm de sobremesa hasta su final excesivo que, en su clímax, roza la estupidez con un enfrentamiento ridículo y hasta patético con el villano de turno.
La película podría definirse como una historia de perdedores. Tanto, que no es fácil empatizar con ninguno de los personajes, ni el padre atormentado con cara de pena que en ningún momento consigue ofrecer un atisbo de credibilidad a su personaje (desde aquí le recomendaría echar un ojo a The Equalizer a ver si aprende de su colega Washington cómo parecer perdido y duro a la vez), la chica que lo acompaña que duda entre ir de lolita salida o de vecinita guay y encantadora y, sobre todo, la hija dichosa, una heroinómana que no inspira en el público ninguna necesidad de proteccionismo paternal.
Pero ahí no acaba la cosa. Para culminar el grupito de losers nos encontramos con dos perdedores de altísimo nivel. Y no me estoy refiriendo a ningún personaje de la historia, sino a los actores que los interpretan, dos decadentes estrellas de Hollywood a los que llegué a admirar hasta el infinito y que en cada nueva película parecen empeñados en lanzar sus carreras por la taza del wáter. Y eso que sus aportaciones en este film son tan mínimas (y aun así espantosas) como destacables en el poster promocional (de ahí mi insistencia de resaltar que Patrick es el prota único y verdadero). Y es que estoy refiriéndome, ni más ni menos, que a Bruce Willis y John Cusack, que me revuelven el estómago además de partirme el alma cada vez que aparecen en escena.
Pese a todo, y una vez rebajadas al mínimo las exigencias, la película tiene un punto de acción que aspira a entretener mínimamente, lo cual no la convierte en una ruina total pese a lo desafortunado de su final. No consiguen ser una de esas pelis de justicieros memorables a los que antes me he referido pero sí habría servido para pasar el rato entremezclada con esas cutreces de serie B de finales de siglo cuando los videoclubs ofrecían una segunda oportunidad a esos títulos que no conseguían (ni merecían) su éxito en cines.





sábado, 8 de marzo de 2014

SETUP * (2d10)

Setup es una película mala, muy mala.
Es tan mala que si hubiese pagado por verla me habrían tenido que devolver el dinero más una indemnización por daños y perjuicios.
Es tan mala que su mejor diálogo cabe en un mensaje de twiter y sobran caracteres.
Es tan mala que si sustituyes a los protagonistas por maniquíes se ganaría en talento.
Es tan mala que no sé ni porqué me molesto en escribir esto.
Un buen resumen sería: “Bruce Willis, tú antes molabas, tío”.
Y no es culpa suya. Él apenas presta su jeta y su nombre para el cartel y se pasea por la peli lo justo para cobrar el cheque, pero es que lo poco que sale es tan forzado, tan poco trabajado, que si hubiese rodado desde el sillón de su casa no habría sido muy diferente.
Tres amigos planean un atraco, pero uno de ellos los traiciona, otro muere y el tercero decide cobrarse la justicia por su cuenta. Película tópica y previsible para única gloria de ese rapero con pretensiones de actor que es 50 cent y que debe tener amigos muy influyentes para conseguir papeles protagonistas, aunque sea en engendros como estos en los que, si tiene un mínimo de talento, no lo demuestra.
El ritmo infringido por el director es espantoso, así como las secuencias de acción y las persecuciones. Los diálogos son absurdos y las situaciones ridículas. Nada, absolutamente nada, se sostiene en este despropósito fílmico que se ha estrenado (poco y mal, afortunadamente) con varios años de retraso. A veces las productoras nos hacen pequeños favores, a Dios gracias.
Si quisiera buscar un análisis más profundo de esto me preguntaría porqué se supone que debemos identificarnos con un tipo que, en el fondo, es un atracador que roba unos diamantes a mano armada, pero realmente no me apetece hacerlo.

Sé que este comentario me ha quedado corto, pero bastante tiempo perdí ya viendo la película.

lunes, 12 de agosto de 2013

RED 2 (6d10)

Apenas tres años después de la adaptación del comic de Warren Ellis a cargo de Robert Schwentle llega ahora la continuación de RED, en la que repite todo el equipo original excepto el director (en este caso ocupa la silla Dean Parisot, cuya mayor gracia fue Dick y Jane, ladrones de risa, una de las comedias más flojas de Jim Carrey), incorporando además a nuevos invitados a la fiesta. 
Y es que eso es RED 2 (como ya lo era su antecesora): una fiesta. La excusa para reunir de nuevo a este pintoresco grupo de espías de la tercera edad (Bruce Willis, John Malkovich y Helen Mirren) es la información aparecida en Internet de una bomba atómica introducida en los ochenta en la antigua Unión Soviética. El rumor corre como la pólvora y todo el mundo quiere descubrir la verdad de la llamada operación Belladona. Todo contado, naturalmente, con el mismo desquiciante sentido del humor de la primera parte, consiguiendo así una estimulante y divertida película a la que se le puede perdonar perfectamente lo absurdo que pueda resultar en ciertos momentos su trama. Anthony Hopkins y Catherine Zeta-Jones son las nuevas caras de esta función, aunque podemos reconocer otros rostros secundarios como el del ninja de GI-Joe (Jong Kun Lee) o el Dum Dum Dugan del Capitán América, Neal McDonough, reconocible también por su paso por Mujeres Desesperadas. Diálogos ingeniosos, acción trepidante y, sobretodo, la química entre Willis y Malkovich son la mejor carta de presentación de RED 2, en la que ni siquiera desentona la habitualmente desquiciante Mary-Louise Parker, que interpreta de nuevo a la sobreprotegida novia de Willis. No vamos a buscar aquí una profundidad intelectual, ni una reflexión sobre la madurez ni nada parecido. Debemos tener claro que esto es un simple vehículo al cachondeo veraniego, una manera genial de pasar la tarde y echarse unas risas en buena compañía. Cuesta en ocasiones que actores de prestigio den la talla en comedias (que le pregunten a Nicholson o De Niro), pero cuando se junta tanto talento por narices debe surgir algo brillante, por más que en sus primeras secuencias Hopkins parezca un poco perdido.
Eso sí, como suele suceder con estas fiestas de amigos, estos encuentros de grandes estrellas que se juntan para discutir quien la tiene más larga, al estilo de la saga Ocean’s, Los Mercenarios o las próximas Fast & Furious 7 o Machete Kills, es mejor quedarnos con el recuerdo de lo bien que lo hemos pasado que tratar de reflexionar a posteriori sobre lo que acabamos de contemplar, si no queremos que las carencias que oculta su historia salgan a la luz.

Es para pasar el rato, y pasarlo muy bien, desde luego, pero poco más. Y es que a mí, personalmente, ni siquiera la parte más romántica (el desarrollo de la relación entre Willis y Parker) me molesta, hasta el punto que si me prometen una RED 3 me apunto de inmediato.  Y es que, con lo mal que empezó el año, Bruce Willis sigue siendo el más grande. 

sábado, 30 de marzo de 2013

G.I.JOE, LA VENGANZA (5d10)


¿No os ha pasado alguna vez que veis un tostón de película y cuando anuncian la secuela pensáis: “peor no puede ser"? Luego la estrenan y os dais cuenta no solo de que sí podía ser peor sino que la primera no era tan mala. Eso me pasó con Furia de Titanes y me ha vuelto a suceder ahora con los soldaditos de la juguetera Hasbro. Tras revisionar en video la película de Stephen Sommers he descubierto que era mucho más entretenida de lo que pensé tras verla en cines en 2009 y que las escenas de acción tenían un ritmo mucho más trepidante y divertido que las de su secuela. Y eso que una de las cosas que más se ha publicitado de esta continuación son sus guionistas, Rhett Reese y Paul Wernick, ese dúo dinámico elevado a los altares por el libreto de Bienvenidos a Zombieland pero que aquí no hacen gala de la chispa y el ingenio que contenía aquel divertido apocalipsis zombie.
Tampoco Jon M. Chu (un tipo especializado hasta ahora en mamarrachadas tipo Step Up, Street dance y cosas así) le llega a la suela de los zapatos a Sommers, director caído en desgracia pero con las dos primeras películas de La Momia y Van Helsing (que pese a todos sus excesos a mí me sigue pareciendo una buena película) en su haber.
Quizá en lo único que gana la película es en su apartado interpretativo. Pese a echarse en falta la ausencia del gran Dennis Quaid y que la tal Adrianne Palicki no esté a la altura, no posee ni su belleza ni su carisma, de Sienna Miller, la sustitución como protagonista del papanatas Channing Tatum en favor del limitado pero siempre efectivo Dwayne Johnson y, sobretodo, la siempre celebrada presencia de Bruce Willis, con un papel más importante de lo que se podía intuir, auguran una fiesta de acción y despiporre que, si bien no, nos entretenga un buen par de horas.

Sin embargo el guion es demasiado plano incluso para tratarse de un film palomitero de acción, la prematura muerte de Duke descoloca un poco, y las secuencias de acción son muy confusas y precipitadas. Quizá demasiado lastrados por un argumento heredado de la primera película (los G.I.Joe son eliminados y los pocos supervivientes deben actuar furtivamente para desenmascarar al farsante que ha usurpado la casa blanca), se echa en falta algunos de esos gadges molones de la primera peli, como los trajes potenciadores y las motos, los nanorobots capaces de "comerse" a la torre Eiffel o el homenaje a Star Wars en plan acuático del final. Incluso el elemento dramático estaba mejor retratado. En lugar de eso nos debemos conformar con la calidad interpretativa de Jonathan Pryce (viéndolo, uno se pregunta cómo lo han engañado para hacer esta peli) y las escenas de Willis, al cual le han dado manga ancha para hacer de las suyas y emular a un McClaine mucho más McClaine que el propio McClaine de La Jungla: un buen día para morir.

domingo, 17 de febrero de 2013

LA JUNGLA. UN BUEN DÍA PARA MORIR (4d10)

Permitidme empezar diciendo que esta va a ser una crítica breve. Y no porque haya poco para comentar sobre este despropósito de película (que si me caliento quizá no pueda parar) sino porque mi primer sentimiento hacia la misma es la pena. Pena por una saga que agoniza, pena por un gran actor que empieza a tener dificultades para sostener una película por si solo y pena por un director y unos guionistas que nunca deberían haberse dedicado a este oficio.
Veréis, yo soy un gran fan de Jungla de Cristal en general y de Bruce Willis en particular y opino que la primera y tercera partes,  realizadas por el gran John McTiernan son grandes películas,  la secuela de Renny Harlinl no estaba mal e incluso disfruté como un enano con La Jungla 4.0 de Len Wiseman. Pero esta bazofia que nos presentar ahora no hace más que lapidar la herencia recibida y mancillar el espíritu de John McClane.
Vayamos por partes, que nos va a ocupar poco tiempo. El argumento: John va a Moscú (como quien va a la tienda de la esquina) a por el macarra de su hijo (que resulta ser un agente de la CIA tratando de desmontar una trama terrorista) y como no tiene nada mejor que hacer se apunta a ayudarle y juntos salvan el mundo. Los actores: Jai Courtney como el joven McClane tiene el mismo carisma que una suela de zapato vieja, mientras que papá Bruce permanece toda la película fuera de lugar, como si se estuviera preguntando porqué se había metido en ese fregado y soltando chascarrillos forzados sin ninguna gracia. El director: John Moore, no tiene ni idea de lo que hace. Escenas que en el guion debían parecer trepidantes son trasladadas a la pantalla planas y sin emoción.  Hay múltiples destrozos y explosiones pero ni una sola secuencia vibrante. ¿Es que los productores no habían visto Max Payne, ¿por Dios? Los malos: ni están ni se les espera.  Ante la falta de mejores recursos narrativos los guionistas buscan sorprender, pensando quizá que estaban escribiendo un thriller en lugar de una peli de acción. Cuando piensas que el malo es uno, lo matan y ¡Oh, sorpresa! si resulta que el malo de verdad es quien menos te imaginas. Pero entonces muere también y resulta que hay otro malo malísimo que es aún peor y entonces... Entonces llegas al final de la peli y estás esperando aún cual es la gran amenaza. Ya se sabe, todo gran héroe precisa de un gran villano. Y aquí no lo hay.
Un par de detalles: no voy a pedir a una peli de estas características realismo, como no se lo pediría a una de Schwarzenegger, Vin Diesel o Jason Statham, pero si algo de coherencia y verosimilitud. Cosas como que padre e hijo salgan en coche de Moscú detrás de los malos que van por aire y lleguen a la vez a Chernobyl (que está a mil kilómetros!!!) o que los malos usen trajes antirradiacion y ellos paseen por la antigua central nuclear como si estuviesen en un camping de Blanes, o los esfuerzos de los terroristas por conseguir unos códigos que abran unas cámaras de seguridad cuando pueden reventarlo todo y ahí nadie se entera... Todo ello aderezado con bochornosas conversaciones sobre la familia en los momentos mas inoportunos.
En fin, ni acción de la buena, ni humor ni nada de nada.
Lo dicho, una verdadera pena.

jueves, 3 de enero de 2013

LOOPER (6d10)

Looper es una de esas películas difíciles de valorar con justicia, y es que es tanto el hype que la precedía que es casi imposible salir del cine sin sentir un ápice de decepción. Se había dicho de ella que iba a revolucionar el mundo de la ciencia ficción, que era de las mejores películas de la década y que estaba a la altura de otras epopeyas de viajes en el tiempo como Terminator o 12 monos. Y la verdad es que, aun siendo una buena peli, no es para tanto. Quizá el problema es que había cierta carencia de películas de género que tratasen al espectador de forma inteligente y se aventurasen en una historia compleja, ahora que por culpa (o gracias) a los comics todo parece reducirse a los representantes del bien liándose a tortas con los representantes del mal mediante un sinfín de efectos digitales en 3D. Y la obra de Rian Johnson, por contra, pretende ser reflexiva, contar una historia interesante  y dar más importancia a los actores que a los efectos (que también los tiene), y eso siempre es de agradecer. Pero de ahí a encumbrarla entre las más grandes… Quizá si hubiese llegado de manera más silenciosa, como en su momento Moon o Distrito 9, sería otra cosa.  Claro que para ser justos eso no es culpa de Johnson, desde luego. Él se ha limitado a hacer su película, una película cargada de referencias que bien podría interpretarse como un canto de amor a esos títulos de los 80, así como al propio mundo del comic, aunque quizá la emotividad que le da esos homenajes sean a la vez su mayor lacra, ya que hay una cierta sobrecarga que lastra al final lo que estaba siendo una interesante propuesta.
Rian Johnson, en su primer trabajo destacado, escribe y dirige la historia de un grupo de asesinos a sueldo denominados Loopers. En un futuro cercano las bandas organizadas, para evitar que sus ajustes de cuentas sean descubiertos por la ley, envían a sus víctimas al pasado (nuestro presente), donde los loopers se encargarán de ejecutarlos sin conocer sus identidades ni motivos. Así, en el futuro no hay ningún problema, ya que no hay cadáver, mientras que en el presente los ejecutados todavía no existen. El problema radica en que con el paso de los años los loopers (que habrán disfrutado de una vida cómoda y lucrativa) deberán también ser eliminados, quién sabe si por su propia versión joven.  Esa es la vicisitud en la que se encuentra Joe cuando se enfrenta cara a cara con su propio yo futuro.
Pese a lo sesudo que parece el argumento (que se intuye calculado a conciencia) los agujeros del guion existen, algo por lo visto inevitable cuando se habla de viajes temporales al no ser que te lo tomes a cachondeo y crees infinitas líneas temporales perfectamente explicadas en la pizarra de Doc en la magnífica saga de Regreso al Futuro. Esto no es necesariamente un escollo –nada más faltaría no poder perdonar algo así-, pero el problema deriva cuando se incluye el elemento sentimental y se produce un, a mi entender, absurdo giro de guion y lo que era una película de viajes en el tiempo se transforma en una historia de mutantes al más puro estilo X-men, haciendo que una historia de ficción en la que no nos importaba creer se vuelva totalmente irreal.
Afortunadamente, para compensar este desvarío final tenemos a dos magníficos actores, el cada vez más importante Joseph Gordon-Levitt (por quien no habría dado yo un duro cuando sólo era el niño de Cosas de marcianos y ahora está a punto de convertirse en una de las figuras más importantes de Hollywood) y mi admirado Bruce Willis, en un papel más similar a sus colaboraciones con M. Night Shyamalan que como John McClane. Prodigioso, por cierto, el maquillaje de Gordon-Levitt que consigue que su rostro tenga un cierto reflejo del de Willis, haciendo creíble que se traten de la misma persona con décadas de diferencia.
Al lado de ambos se encuentra correcta Emily Blunt (no acabo de tragar mucho con ella, lo confieso) y un recuperado Jeff Daniels.
En su conjunto, la película es agradable de ver, una apuesta curiosa y arriesgada que cumple con creces durante su primera mitad, pero que se pierde en su desenlace, por más que la escena final sea de nuevo magnífica.

Buena, pero mejorable.

MOONRISE KINGDOM (6d10)

Nos encontramos de nuevo ante una película gafapasta dirigida por un tipo de esos a los que los del CSI (críticos sesudos intelectuales, ¿ya os lo sabéis, no?) elevan a los altares. Wes Anderson es autor de películas extrañas,  comedias poco convencionales como Los Tenenbaums, Live Aquatic o El fantástico Mr. Fox. Sin embargo, en el caso de Anderson, y con todo el dolor de mi alma, debo confesar que estoy totalmente de acuerdo con ellos. Quizá sea porque su cine es intencionadamente minoritario, porque sus historias son complejas pero entrañables o porque, como otros locos maravillosos como Terry Gillian (que maravilla ese cuento poético que es El Imaginario del doctor Parnassus), son alabados por la crítica pero ignorados por la academia.

Moonrise Kingdom narra la hermosa historia de amor por correspondencia entre dos niños: él, un huérfano que vive con unos padres de acogida y ella, perteneciente a una familia feliz pero por la que no se termina de sentir comprendida. Cuando él va a un campamento de boys scouts a la misma isla donde vive ella, ambos planean huir juntos,  siendo buscados por el sheriff local y sus propios compañeros scouts. Una historia extraña,  peculiar como poco, sobre la adolescencia y el amor,  las primeras experiencias, la inadaptación y, por encima de todo, la comprensión,  explicado con un sentido del humor muy peculiar,  tan surrealista como tierno.
Acompañando a la historia, Anderson refuerza esa sensación de fábula con unos paisajes imposibles, demasiado maravillosos para ser reales y a los que saca todo su jugo con su maestría con la cámara. 
Y por si todo esto no fuera suficiente,  Anderson se rodea de un elenco de actores sencillamente alucinante, amigos -imagino- más interesados en participar en este cuento mágico que en aumentar sus cuentas corrientes. Y eso, en la industria del cine, tiene un valor añadido. Tomen nota: Bruce Willis, Bill Murray, Edward Norton, Frances McDormand, Harvey Keitel...
Pero, ojo, podría estar alabando las virtudes de esta delicia de comedia hasta la saciedad, pero debo recordar que hablamos de un film de Wes Anderson,  con todo lo que ello comporta. Y es que para poder disfrutar de la película es necesario aceptar su juego, entrar en ella sin miramientos y dejarse atrapar por la magia. No es apta para todos los gustos, y quien busque aquí una comedia al uso, de las que nos tienen acostumbrados los Farrelly o los Apatow de turno se han equivocado de película.

No todos pueden disfrutar del humor sutil, a veces apenas insinuado,  de Anderson, siempre con mucho más que decir de lo que parece a simple vista, pero quienes no encuentren un mínimo de magia en Moonrise Kingdom es que, simplemente,  han perdido la capacidad de soñar. Y eso sí sería una pena.