Mostrando entradas con la etiqueta vince vaughn. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vince vaughn. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de octubre de 2017

Sitges 2017: BRAWL IN CELL BLOCK 99

Hace un par de años Bone Tomahawk, aquel extraño western con caníbales que protagonizó Kurt Russell, supuso el impactante debut como realizador de S. Craig Zahler. Era aquella una cinta violenta y con toques de gore muy apropiada para un festival como el de Sitges, y su segundo trabajo tras las cámaras, ocupándose también del guion no iba a ser menos.
Brawl in cell block 99 recuerda a una de aquellas películas de tipos duros de los ochenta, cuando el musculoso de turno acababa, generalmente sin merecerlo demasiado, en una cárcel y se las tenía que ver para poder sobrevivir. Con un Vince Vaughn enorme y un look que recuerda en algo al Bruce Willis más socarrón, la película arranca como un drama carcelario más, pudiendo venirle a alguien a la mente títulos como Brubaker o Cadena perpetua, pero Zahler pronto se encarga de poner las cartas sobre la mesa. No es el drama lo que aquí quiere hacer primar, y al fin estamos más cerca de los excesos artificiosos de Encerrado o Libertad para morir que de una crónica realista sobre los penales.
Se reúnen aquí todos los componentes del género: alcaides retorcidos, celdas asquerosamente sucias, capos mafiosos controlando todo el cotarro... Zahler, es evidente, no busca la originalidad en su historia, sino más bien el homenaje cariñoso a una generación, la de finales de los setenta y principios de los ochenta, que crecieron con un cine de serie B, carne de videoclub, de sangre, sudor y testosterona. Con semejante excusa, Zahler puede dar rienda suelta a sus excesos, haciendo que las peleas que se prometen en el título sean dolorosas y sangrientas. Es esta una película de huesos rotos, sangre a mansalva y caras destrozadas, en la mayoría de las ocasiones casi hasta el ridículo. Nada importa. Hasta el metra je es excesivo. De eso va Brawl in cell block 99, del exceso por el exceso, del cuanto más, mejor. Aunque ese exceso se traduzca en ocasiones en un maquillaje o unos efectos especiales demasiado cutres para esta época o una imagen algo plana e insuficiente.
Vaughn, pura fuerza bruta muy alejado de los papeles de comedia a los que nos tiene acostumbrados, es el alma de la fiesta, aunque se agradece la presencia de algún rostro conocido como Jennifer Carpenter y, sobretodo, el siempre glorioso Don Johnson. Es cierto que interpretativamente Vaughn tiene muchas limitaciones, y su imponente cuerpo rivaliza con sus escasas aptitudes para el combate, pero poco importa todo eso si de lo que se trata es de verle totalmente desatado.
Estamos ante una película violenta, muy violenta, tanto, que la carcajada se sucede constantemente y nada puede ser tomado demasiado en serio. Ese es el secreto de Zahler, que por un lado mejora lo presentado en su primera película pero por otro amenaza peligrosamente con quedarse encasillado en la casposidad de una serie B que ya pertenece al pasado. Hasta ahora, le podemos reír las gracias. En el futuro, ya veremos...

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 11 de diciembre de 2016

HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE. Brutal a la par que magistral.

Posiblemente, si se le pide a alguien hacer la lista de sus directores favoritos o de aquellos en activo a los que considere mejores, Mel Gibson no entraría en ninguna de esas listas. 
Ello se debe, sin embargo, no a su falta de validez, sino a que ya sea por lo poco que se prodiga tras las cámaras (y ya puestos, incluso delante) o a que en los últimos años ha sido más noticia por temas ajenos a la cinematografía. Como sea, Gibson es uno de los mejores realizadores de nuestro tiempo, y la prueba es que pese a lo reducida filmografía todos sus títulos son de una calidad ejemplar. Dejando de lado la interesante pero algo menor El hombre sin rostro (quizá un banco de pruebas para lo que habría de venir), películas tan dispares, cada una arriesgada a su manera, como Braveheart, La Pasión de Cristo y Apocalypto son suficientes para rendirnos ante el australiano y olvidarnos de sus problemas con la justicia o su lengua afilada (y en demasiadas ocasiones equivocada).
Hasta el último hombre supone su regreso a la dirección tras diez años, y es una nueva demostración de lo grandioso que puede llegar a ser. No es la primera vez que se utiliza la guerra como excusa para reivindicar la paz (de eso iba ya La Chaqueta Metálica de Kubrich), pero resulta difícil hacerlo con la contundencia y brillantez con la que lo hace él.
Hasta el último hombre cuenta la historia real de Desmond Doss, un chico de pueblo que tras la entrada de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial decide alistarse voluntario con el deseo de ejercer como médico, ya que sus creencias como Adventista del Séptimo día le hizo declararse objetor de conciencia y se negó a coger un arma ya desde la instrucción.
Con la sombra de loa nazis en Europa y el enfrentamiento contra Japón por el Pacífico, huelga decir que la actitud pacifista del muchacho no fue muy bien recibida por sus compañeros de compañía, lo que pondrá su voluntad a prueba en no pocas ocasiones.
Con esta base, Gibson nos ofrece un relato intenso y apasionante sirviéndose de una estructura impecablemente clásica. La película, con tres partes bien diferenciadas, muestra la vida de Desmond en su pueblo natal, su adiestramiento e inevitable enfrentamiento con el estamento militar y, finalmente, el combate contra los japoneses. Durante todos esos episodios Desmond simboliza, más allá de sus creencias y su fuerza de voluntad, la lucha pacífica, un mensaje de entendimiento y diálogo entre civilizaciones donde el uso de la fuerza tendría que ser desterrado y, en pos de la incomprensión, la lucha contra sus propios allegados.
Con un reparto ecléctico que cumple a la perfección, Gibson muestra a la guerra con una crudeza que podría compararse con el magnífico arranque de Salvar al soldado Ryan de Spielberg, consiguiendo un realismo tal que en ocasionas dan ganas de apartar la mirada de la pantalla ante el muestrario de amputaciones y heridas de todo tipo que sufren los protagonistas, un festival gore de sangre y vísceras que, no lo olvidemos, son de un realismo descarnado. Esto es una guerra, sin edulcorantes ni adornos impíos. Sangre, lágrimas y muerte. Y en mitad de este amalgama de locura y crueldad, un héroe improbable emerge como esperanza de luz y salvación.
Resulta difícil ponerle un solo pero a la película. Es larga pero en ningún momento lo parece, resultando igual de interesante cualquiera de sus tres fases argumentales. Rupert Gregson-Williams, músico que quizá no es demasiado conocido y parecía condenado a partituras de comedias de medio pelo, hace una composición soberbia. El guion de Robert Schenkkan y Andrew Knight es efectivo y emocionante. Y los actores están sobresalientes, desde el siempre intenso Hugo Weaving hasta el protagonista Andrew Garfield, acostumbrado a hacer de héroe después de sus dos interpretaciones del Spiderman de Marc Webb. Pero eso sin olvidar a un Vince Vaughn cada vez más metido en papeles serios (recuerden por ejemplo, su aportación a la segunda temporada de True Detective), un Sam Worthington al que (Avatares aparte) ya se daba por perdido o a la eficiente Teresa Palmer. Y junto a ellos un repertorio de rostros jóvenes, carnaza para el campo de batalla, que aportan el toque humorístico-dramático que toda película bélica que se precie necesita, incluyendo a uno de los hijos del propio Gibson.
El bueno de Mel sabe que no necesita de florituras para dar forma a esta dura pero emotiva historia, cediendo el protagonismo a las propias imágenes (que maravilla de coreografías para las escenas bélicas) y permitiéndose lucirse en momentos breves pero potentes, como el maravilloso plano final. Gibson es, decididamente, uno de los grandes de la historia, y si la polémica que rodea a su figura no lo impide, su película será una de las imprescindibles de cara a los próximos Oscars. Y si no, al tiempo…

Valoración: Nueve sobre diez.

lunes, 4 de mayo de 2015

DOBLE O NADA * (4d10)

Del antiguamente prestigioso Stephen Frears, que el año pasado pareció reconciliar a publico u crítica con Philomena (nominación al Oscar incluida) nos llega ahora su trabajo anterior, una película tan interesante en su reparto como decepcionante en su resultado final.
Demostrando que a Bruce Willis hace ya tiempo que se le apagó la estrella, Doble o nada está encabezada por una caricaturesca Rebecca Hall a quien la responsabilidad de sostener todo el peso narrativo parece venirle demasiado grande. Basada en una historia real, novelada además por la propia protagonista, Beth Raymer, la película sigue los esquemas clásicos de la chica perdida que sueña con triunfar en Las Vegas, aunque en esta ocasión el destino la salva de ser la típica camarera o bailarina de striptease para introducirla en el mundillo de las apuestas. Un argumento que invita al glamour y la intriga pero que se desarrolla con cierta apatía, resultando anodina y poco interesante. De poco valen las apariciones de rostros familiares como Joshua Jackson (recién salido de Fringe), Vince Vaughn, Frank Grillo o Catherine Zeta-Jones (la cual precisa de un agente nuevo de manera urgente), pues es el propio director (antaño grande entre los grandes merced de Las amistades peligrosas, Héroe por accidente o La reina) quien no consigue encontrar el ritmo adecuado a una película que oscila demasiado entre la comedia ligera y el drama, rescatando ligeras, ligerísimas pinceladas que podrían recordarnos a Ocean’s Eleven, El lobo de Wall Street o Showgirl pero que componen un batiburrillo que deambula sin rumbo fijo sin decidirse por ningún estilo propio.
Ninguno de los personajes tienen el carisma suficiente como para llegar a enamorarnos de él (por momentos no consiguen que los entendamos siquiera) y la total falta de empatía deriva en el bostezo continuo en una película que sin ser demasiado larga lo parece.
Me preguntaba qué había motivado a un film con semejantes actores y tan conocido director a ser estrenada con dos años de retraso y en cuatro salas de cine mal contadas. Ahora lo he descubierto. Una lástima, la verdad.

lunes, 2 de diciembre de 2013

¡MENUDO FENÓMENO! (5d10)

Hace un par de años el director canadiense Ken Scott presentaba una curiosa película sobre David, un inmaduro cuarentón que descubre, casi a la par de que su novia quede embarazada, que fruto de las excesivas donaciones de esperma que realizó siendo adolescente tiene ahora 533 hijos, 142 de los cuales, empeñados en conocerle (sólo conocen su pseudónimo: Starbucks), se han unido para reclamar judicialmente que la clínica de fertilidad revele la identidad del prolífico donante.
Levemente inspirada en un caso real, Hollywood no podía dejar pasar la oportunidad de versionar la historia, contratando (alarde de originalidad) al mismo Scott como director y guionista que repite casi textualmente sus pasos en esta supuesta comedia para mayor gloria de Vince Vaughn, por una vez alejado de su “hermano” cinematográfico Owen Wilson.
¡Menudo fenómeno! no es una mala película, pero sí una mala comedia. Con tan surrealista planteamiento se podría haber optado por una comedia de gags que le vendría que ni pintada a Ben Stiller o Jim Carrey, o por una reflexión con ingenio en la línea de Woody Allen. O quizá incluso por un drama con tintes judiciales, reusando acudir a la comedia.
Scott, sin embargo, se decanta por un camino intermedio, disfrazando a la película de comedia pero con demasiadas pretensiones dramáticas que dificultan la identificación con el protagonista y hace pensar que, en el momento de escribir el guion el canadiense, simplemente, se olvidó de poner los chistes.
Dejando esto de lado, la historia en sí es sencilla y cargada de ternura, casi recordando a una de esas propuestas navideñas con buenas intenciones y mensaje feliz, pero totalmente falta de chispa. El personaje de Vaughn, pese a funcionar, es completamente previsible, el cuarentón inmaduro que tantas veces le hemos visto interpretar ya, incapaz de organizar su vida o comprometerse sentimentalmente con su novia embarazada (correcta Cobie Smulders), pero que sin embargo saca tiempo para investigar a sus supuestos hijos, conocerlos desde el anonimato y sentir una conexión paterno-filial que le hará plantearse si revelar su secreto o no.
Adornando la función tenemos a la clásica familia inmigrante (en este caso son polacos en lugar de los clásicos italianos), haciendo pensar que la única unión familiar concebible en una película americana debe tener raíces europeas, y las esperanzas de su abogado y amigo Brett (Chris Pratt), donde se pierde otra buena oportunidad de denunciar los intereses económicos y publicitarios por encima de la lógica sentimental más a fondo.

Comedia simple y sosa, en fin, simpática e interesante pero con poca alma.