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miércoles, 17 de octubre de 2018

Sitges 2018: UNDER THE SILVER LAKE

Cuando parecía que la cosa ya no podía ponerse más extraña llega David Robert Mitchell y su Under the Silver Lake. A primera vista, esta película podría ser una comedia de intriga convencional ambientada en el lujo de alquiler del Los Angeles más exclusivo, con los eternos don nadies aspirantes a actores entremezclándose con la elitista realeza en sus fiestas privadas de excesos y secretos.
Todo parece estar interconectado a los ojos de Sam (genial Andrew Garfield que incluso se permite el lujo de autopariodarse a sí mismo y a su fallida encarnación de Spiderman), que tras obsesionarse con la repentina desaparición de su preciosa vecina, a la que acababa de conocer, se convence de que toda la ciudad está plagada de mensajes ocultos, pistas conspiranoides que lo embargan de una paranoia propia del personaje de Mel Gibson en la película de Richard Donner llamada, precisamente, Conspiración.
Pese a que nos encontramos en terreno conocido y nos sentimos casi como en casa acompañando a Sam en sus andanzas por los caserones de Hollywood y coqueteando con supermodelos de saldo, con un aroma que recuerda en algo al de Dos buenos tipos, de Shane Black, aunque también hay algo del Mulholland Drive de David Lynch o del Puro Vicio de Paul Thomas Anderson. De hecho, si nos ponemos a buscar, la película está cargada de referencias hasta límites infinitos, algunas muy evidentes (Hitchcoock el primero, of course), otras más sutiles, y algunas, incluso, propias, como la que hace Michell a su primera película, El mito de la adolescencia.
La película dibuja a Los Angeles como una especie de telaraña en la que todo está enlazado, así como los misterios que se van planteando. De hecho, durante buena parte del film, uno no puede dejar de pensar en el “efecto Lost”. ¿Recordáis que una de las quejas hacia la mítica serie era que con cada temporada se iban añadiendo nuevos misterios y parecía evidente que iba a ser imposible resolverlos todos en la última? Pues algo parecido pasa con Under the Silver Lake. Un asesino de perros, una aparición espectral, el secuestro de un millonario... A cada nuevo paso que da el protagonista se encuentra con una nueva pregunta en su camino y va a resultar imposible que todas tengan respuestas. En este sentido, quizá el director abusa un poco del recurso de “que cada espectador saque sus propias conclusiones”, y aunque es bueno que no te lo den todo mascado y alguno de los misterios se pueden adivinar más que verlos resueltos en pantalla, hay algunas preguntas sin contestar que pueden llegar a enojar un poco. O quizá todo es cuestión de volver a ver la película otra vez y estar más atento a las pistas ocultas.
De regalo, el director de It follows vuelve a sacarse de la mano un personaje espectral, un tal “beso de buho” que aunque tiene un tono muy loco en medio de esta comedia negra no quedaría nada mal si se diera un paseo por el Warrenverso. Yo compraba.
En fin, un estupendo y estimulante rompecabezas, divertido y loco, referencial de la cultura pop y la confirmación de que habrá que tener muy en cuenta los siguientes pasos de David Robert Mitchell.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 10 de enero de 2017

SILENCIO, tan genial como excesiva.

Aunque estemos acostumbrados a relacionar a Martin Scorsese en películas de gansters o derivados, la religión siempre ha estado presente en su filmografía, siendo esta el motor principal de dos de ellas, La última tentación de Cristo y Kundun. Ahora, en su última película, se entrega de lleno en la Fe del cristianismo para explicar la historia de los misioneros jesuitas que fueron a evangelizar a Japón y las duras persecuciones a las que fueron sometidos.
Con un guion escrito por él mismo y Jay Cocks a partir de una novela del japonés católico Shüsaku Endö, Silencio narra cómo dos jóvenes jesuitas solicitan voluntariamente viajar al país oriental en una época en la que la Iglesia estaba a punto de abandonar sus misiones allí en busca de su mentor, un padre que les inspiró y aleccionó en el pasado y de quien se dice que para salvar su vida había apostatado y renunciado a su religión. Ayudados por japoneses conversos, los dos jóvenes no solo se adentrarán en Japón para averiguar la verdad, sino que tendrán la ocasión de reforzar la Fe de esos católicos obligados a ocultarse de su propio gobierno y reforzar los valores de la iglesia.
Acostumbrados a ver a los japoneses como una cultura donde prevalece el honor y el respeto y a que el concepto de la guerra santa se asocie siempre a las barbaridades perpetradas por la Inquisición española, Silencio nos descubre otra terrible realidad conde la fuerza del espíritu es lo único que puede mantener con vida a los protagonistas. Así, Andrew Garfield en el papel del padre Rodrigues es quien personifica ese viaje físico y espiritual por una tierra inhóspita y cruel en un personaje que, pese a las similitudes místicas previas, resulta diametralmente opuesto al de Hasta el último hombre.
Garfield es quien peor lo pasa en una película donde también aparecen Adam Driver y Liam Neeson y a la que Scorsese impone una fuerza visual brutal, un espectáculo que parece mentira que tenga un presupuesto tan reducido (apenas cincuenta millones) y donde el buen hacer de Rodrigo Prieto la convierten en todo un espectáculo sensorial.
Sin embargo, algo falla en este alegato no ya a la propia Fe cristiana, sino a la libertad de pensamiento y de espíritu en general, que impiden que Silencio sea una obra maestra completa. Quizá es que Scorsese no termina de dar la tecla a la hora de dirigir a sus protagonistas, más centrado en crear una atmósfera que unos personajes, o puede que sea culpa de la excesiva duración de la propia película. Visualmente, Silencio es impecable y desgarradora, pero argumentalmente se me antoja demasiado dura de digerir debido a un exceso de lentitud que si bien es claramente intencionada termina haciendo de lastre y condena el resultado final.
Silencio es una película que emociona e indigna a partes iguales, pero cuyo desarrollo no es apto para todos los públicos y pueda llegar a ser acusada de aburrida por alguno. No tiene para nada el ritmo endiablado de El lobo de Wall Street, por compararla con el último trabajo de su director, pero sigue siendo una película imprescindible, como todo lo que firma Scorsese.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 11 de diciembre de 2016

HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE. Brutal a la par que magistral.

Posiblemente, si se le pide a alguien hacer la lista de sus directores favoritos o de aquellos en activo a los que considere mejores, Mel Gibson no entraría en ninguna de esas listas. 
Ello se debe, sin embargo, no a su falta de validez, sino a que ya sea por lo poco que se prodiga tras las cámaras (y ya puestos, incluso delante) o a que en los últimos años ha sido más noticia por temas ajenos a la cinematografía. Como sea, Gibson es uno de los mejores realizadores de nuestro tiempo, y la prueba es que pese a lo reducida filmografía todos sus títulos son de una calidad ejemplar. Dejando de lado la interesante pero algo menor El hombre sin rostro (quizá un banco de pruebas para lo que habría de venir), películas tan dispares, cada una arriesgada a su manera, como Braveheart, La Pasión de Cristo y Apocalypto son suficientes para rendirnos ante el australiano y olvidarnos de sus problemas con la justicia o su lengua afilada (y en demasiadas ocasiones equivocada).
Hasta el último hombre supone su regreso a la dirección tras diez años, y es una nueva demostración de lo grandioso que puede llegar a ser. No es la primera vez que se utiliza la guerra como excusa para reivindicar la paz (de eso iba ya La Chaqueta Metálica de Kubrich), pero resulta difícil hacerlo con la contundencia y brillantez con la que lo hace él.
Hasta el último hombre cuenta la historia real de Desmond Doss, un chico de pueblo que tras la entrada de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial decide alistarse voluntario con el deseo de ejercer como médico, ya que sus creencias como Adventista del Séptimo día le hizo declararse objetor de conciencia y se negó a coger un arma ya desde la instrucción.
Con la sombra de loa nazis en Europa y el enfrentamiento contra Japón por el Pacífico, huelga decir que la actitud pacifista del muchacho no fue muy bien recibida por sus compañeros de compañía, lo que pondrá su voluntad a prueba en no pocas ocasiones.
Con esta base, Gibson nos ofrece un relato intenso y apasionante sirviéndose de una estructura impecablemente clásica. La película, con tres partes bien diferenciadas, muestra la vida de Desmond en su pueblo natal, su adiestramiento e inevitable enfrentamiento con el estamento militar y, finalmente, el combate contra los japoneses. Durante todos esos episodios Desmond simboliza, más allá de sus creencias y su fuerza de voluntad, la lucha pacífica, un mensaje de entendimiento y diálogo entre civilizaciones donde el uso de la fuerza tendría que ser desterrado y, en pos de la incomprensión, la lucha contra sus propios allegados.
Con un reparto ecléctico que cumple a la perfección, Gibson muestra a la guerra con una crudeza que podría compararse con el magnífico arranque de Salvar al soldado Ryan de Spielberg, consiguiendo un realismo tal que en ocasionas dan ganas de apartar la mirada de la pantalla ante el muestrario de amputaciones y heridas de todo tipo que sufren los protagonistas, un festival gore de sangre y vísceras que, no lo olvidemos, son de un realismo descarnado. Esto es una guerra, sin edulcorantes ni adornos impíos. Sangre, lágrimas y muerte. Y en mitad de este amalgama de locura y crueldad, un héroe improbable emerge como esperanza de luz y salvación.
Resulta difícil ponerle un solo pero a la película. Es larga pero en ningún momento lo parece, resultando igual de interesante cualquiera de sus tres fases argumentales. Rupert Gregson-Williams, músico que quizá no es demasiado conocido y parecía condenado a partituras de comedias de medio pelo, hace una composición soberbia. El guion de Robert Schenkkan y Andrew Knight es efectivo y emocionante. Y los actores están sobresalientes, desde el siempre intenso Hugo Weaving hasta el protagonista Andrew Garfield, acostumbrado a hacer de héroe después de sus dos interpretaciones del Spiderman de Marc Webb. Pero eso sin olvidar a un Vince Vaughn cada vez más metido en papeles serios (recuerden por ejemplo, su aportación a la segunda temporada de True Detective), un Sam Worthington al que (Avatares aparte) ya se daba por perdido o a la eficiente Teresa Palmer. Y junto a ellos un repertorio de rostros jóvenes, carnaza para el campo de batalla, que aportan el toque humorístico-dramático que toda película bélica que se precie necesita, incluyendo a uno de los hijos del propio Gibson.
El bueno de Mel sabe que no necesita de florituras para dar forma a esta dura pero emotiva historia, cediendo el protagonismo a las propias imágenes (que maravilla de coreografías para las escenas bélicas) y permitiéndose lucirse en momentos breves pero potentes, como el maravilloso plano final. Gibson es, decididamente, uno de los grandes de la historia, y si la polémica que rodea a su figura no lo impide, su película será una de las imprescindibles de cara a los próximos Oscars. Y si no, al tiempo…

Valoración: Nueve sobre diez.

martes, 22 de abril de 2014

THE AMAZING SPIDERMAN 2: EL PODER DE ELECTRO (6d10)

Antes de comenzar esta reseña quiero advertir a los que no me conocéis que soy un gran aficionado de Spiderman. He seguido sus aventuras en comic desde los diez años y he leído prácticamente todo lo que se ha publicado sobre el personaje. Esto puede que me reste algo de imparcialidad a la hora de valorar la película, aunque siempre he pretendido no tener una postura radical al enfrentarme a una adaptación (da igual que sea de un comic, libro, obra de teatro o videojuego), aceptando que cada medio tiene su lenguaje y no se puede trasladar literalmente una historia escrita al cine, conformándome con que sepan mantener la esencia del personaje. La propia Marvel como productora, la autora de las mejores películas de superhéroes (con permiso de Watchmen) hasta la fecha, ha jugado a alternar dos líneas editoriales diferentes (su Universo tradicional y el Ultimate) en su saga de Los Vengadores.
Aun así, hay que reconocer que cuesta distanciarse del producto original y evitar las comparaciones, en las que el cine suele terminar perdiendo.
He querido empezar así mi crítica a la secuela de la innecesaria The amazing Spiderman porque he encontrado posturas muy encontradas en los foros de opinión, que la tildan desde obra maestra hasta despropósito total, una diversidad de opiniones tan contrapuesta que sin duda viene de analizar la película desde la pasión más que desde la objetividad.
Y es que, objetivamente hablando, The amazing Spiderman: el poder de Electro es una película entretenida, trepidante por momentos, emocionante y muy emotiva. Esto es lo que se van a encontrar los que acudan a ella en busca de un blockbuster más, apta para que los niños disfruten con las piruetas en el aire de su superhéroe favorito y con el punto dramático necesario para recordarnos aquello de que el bien debe prevalecer sobre el mal por más sacrificios que se nos exijan para ellos. Ahora bien, quien busque algo más, quien pretenda exigir una calidad superior –tanto en fidelidad comiquera como en simples términos cinematográficos- quizá quede algo desencantado.
The amazing Spiderman: el poder de Electro no es una mala película, pero tiene demasiados momentos irregulares como para considerarla tampoco una gran obra. Cuando hace un par de años Marc Webb fue nombrado para dirigir el precipitado reboot del héroe arácnido (una maniobra forzada por los intereses de Sony de mantener los derechos cinematográficos del personaje), a todos les sorprendió la elección de un realizados cuya única carta de presentación era la interesante comedia romántica (500) días juntos. Viendo The amazing Spiderman: el poder de Electro uno puede llegar a entender parte de esa decisión así como el error que la misma supuso. Y es que The amazing Spiderman: el poder de Electro parece nacer más con el propósito de contarnos un drama con tintes románticos entre un adolescente atormentado y su novia de trágico final (todo conocedor de Spiderman sabe que Gwen debe morir, no avanzaré aquí si lo hace en esta película o en la ya anunciada tercera parte), rodeado de una trama conspiranoia que parece afectar a los padres del protagonista y a la poderosa multinacional Oscorp. Y aquí es donde Webb se mueve como pez en el agua, consiguiendo una innegable química entre Andrew Garfield y Emma Stone que ya hubiesen querido para sí Tobey Maguire y Kirsten Dunst (pese a la inolvidable escena del beso invertido de Spider-man) y momentos dramáticos y de intriga ciertamente bien logrados. El problema deriva cuando Webb recuerda que esto en realidad va de tipos disfrazados dándose de leches y se mete en harina con las escenas de acción, mostrándonos un elenco de villanos sin carisma ni gracia, peleas mal filmadas y una artificiosidad visual exagerada.
La historia arranca como quedó en el anterior episodio, con Peter Parker enamorado de Gwen pese al fantasma del Capitán Stacy apareciéndose por doquier para recordarle que la cosa va a terminar como el rosario de la aurora mientras combate el mal como Spiderman. Así, en una refriega contra un terrorista ruso, es como se cruza con Max Dillon, uno de los personajes más patéticos que se han visto en una pantalla de cine que termina deslumbrado por la figura del héroe hasta el punto de obsesionarse con él de una manera demencial. Como aquí parece que eso de las casualidades son el pan nuestro de cada día, Dillon trabaja en Oscorp, igual que Gwen, que los padres de Peter y de un tal Harry, el mejor amigo de Peter aunque no sabíamos nada de él hasta ahora y no se ven desde hace años. Un accidente convierte a Dillon en un canalizador de la electricidad, dotándolo de un gran poder que hace que se le vaya la pinza y, no tengo muy claro porqué, odiar a Spiderman a muerte. Tras las peleas de turno Harry (hijo de Norman Osborn, creador de Oscorp y uno de los personajes más desaprovechados de la película) se inmiscuye al descubrir que tiene una enfermedad mortal que bien podría curarse con el veneno de araña que dio a Peter sus poderes lo mismo que podría matarlo o hacerle mutar como sucediera en la primera parte con El Lagarto. Y como decía Mayra Gómez Kemp: “hasta aquí puedo leer”.
Aparte de que la casualidad (sí, en el mundo real también existen) hace que parte de la historia recuerde levemente a la reciente (y muy superior) El Capitán américa: El Soldado de Invierno, por aquello de las manipulaciones corporativas, las juntas directivas en contra del presidente de turno e incluso el descubrimiento de laboratorios del pasado ocultos en instalaciones abandonadas, Alex Kurtzman y Roberto Orci (guionistas que nacieron bajo el amparo de J.J.Abrams y que no me han logrado convencer cuando vuelan solos) no consiguen imponer el ritmo correcto a la historia para combinar con acierto la parte intimista con la espectacular, a lo que hay que añadir el desastre total que es Webb en las escenas de acción, abusando indiscriminadamente de la cámara lenta que, en lugar de impactar visualmente como sucedía en Matrix, a la que pretende emular constantemente (incluso Paul W.S.Anderson lo hace mejor) lo que consigue es ralentizar las escenas impidiendo que nos dejemos atrapar por la emoción del momento. Y tampoco es que la elección de los villanos ayude mucho, con un Electro que parece una copia traslucida del Doctor Manhattan de Watchmen (¿alguien me puede explicar de dónde saca los pantalones primero y el uniforme completo después?) y un ¿Duende Verde? que parce a medio maquillar y cuyas motivaciones y odio descarnado hacia Spiderman no logro comprender. Además, si analizamos los combates como tal, ninguno de ellos resulta ser una gran amenaza, por lo que la propia Sony (copiando descaradamente a la Marvel cinematográfica) ha metido con calzador un villano en las sombras que es quien verdaderamente debe suponer la gran amenaza y a quienes no sean seguidores de los comics ya les digo que su identidad resultará ser una decepción.
En el lado positivo debo destacar que Spiderman es más Spiderman que nunca. Su uniforme es el más fiel (y bonito) a los comics de las cinco películas modernas, su personalidad es acorde con el personaje, con esos puntos de humor descarado mientras pelea que tanto echaba de menos en la trilogía de Raimi y sus movimientos son elegantes y acrobáticos, en ocasiones tan espectaculares que ni la torpeza de Webb con la colocación y manejo de la cámara pueden estropear. Este es verdaderamente el Spiderman que todos queríamos ver, Peter convence y Gwen enamora. Y Dane DeHaan está soberbio como Harry. Hay además diversos guiños al fan que podían (o no) ser una pista hacia el futuro de la franquicia, como el rápido vistazo a los tentáculos de Octopus, la presencia off the record de J.J.Jameson, una secretaria interpretada por Felicity Jones llamada Felicia, el personaje que interpreta B.J.Novak o la existencia de lugares como La Bóveda o el Instituto Ravencroft (espantosa, por cierto, la aparición de un caricaturesco y ridículo Ashley Kafka).
¿Conclusión? Bien, pero mal. Mucho mejor que la primera pero muy por debajo del Spider-man y Spider-man 2 de Raimi y con errores que recuerdan al fiasco de Spider-man 3. Gran caracterización de Spiderman, excelente trio protagonista pero malvados de pega. Y un director que no está preparado para una superproducción como debería ser esta.

Una buena película aunque con demasiados peros…