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lunes, 25 de febrero de 2019

UNA CUESTIÓN DE GÉNERO

El la era del #meetoo, una película como Una cuestión de género parecía inevitable. Dirigida por Mimi Leder, que destacó a finales de los noventa con títulos como Deep Impact o El Pacificador y que lleva años recluida (salvo efímeras excepciones) en la televisión, es casi un vehículo de lucimiento para Felicity jones, dando vida a la abogada Ruth Bader Ginsburg, bien secundada (aunque sin que se atrevan a hacerle sombra, por nombres como Armie Hammer (de quien se rumorea será el nuevo Batman), Justin Theroux, Sam Waterston. Kathy Bates, Cailee Spaeny y una buena colección de caras reconocibles aunque no necesariamente famosas.
Una cuestión de género se engloba en el prototipo de biopic de manual, en el que se detalla cierta parte de la vida y milagros de un personaje real con una puesta en escena poco arriesgada y de corte casi telefilmesco. Esto es, posiblemente, lo peor de la película que, como sucediera en títulos como La buena esposa (esta sin un fondo real detrás), se presenta demasiado plana y falta de riesgo como para ser juzgada con la grandeza que, posiblemente, mereciera la protagonista real.
Más allá de la fidelidad con respecto a la autentica Kiki (como la llamaba su marido y amigos), lo importante de la película (tal y como sucede en muchos alegatos en contra de la discriminación acial) es recordar como hace apenas cuatro días (o en la actualidad, incluso), la mujer era tratada como inferior al hombre, y así lo recogía la propia constitución de los Estados Unidos. Ella misma, una mujer en un mundo de hombres, pese a sus evidentes méritos, no pudo ejercer como abogada hasta muchos años después de sacarse la carrera con honores, teniendo que conformarse con un puesto de profesora hasta que su propio marido, también abogado, le propone un caso de discriminación por sexo que ella decide llevar como bandera en su lucha por la igualdad (curiosamente, representando a un hombre). Esa es la historia que centra la trama de la película y lo que la hace tan importante en este periodo concreto de la historia en la que parece (falsamente) que las diferencias de género sean algo de una era muy lejana y que conviene recordar.
Es por eso que esta película, incluso con los esfuerzos de una muy correcta Jones, tiene más valores sociales que cinematográficos, aunque nada de lo que aparece en pantalla llegue nunca a molestar (si acaso a resultar demasiado conocido ya), funcionando bastante bien como drama judicial y sirviendo para dar a conocer una figura cuyo nombre posiblemente no sea muy identificable fuera de los Estados Unidos pero que ha sido fundamental para cambiar las leyes de su país.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 17 de diciembre de 2016

ROGUE ONE, brillante episodio bélico.

Después de la compra de la franquicia Star Wars por parte de Disney era evidente que la compañía de las orejas iba a hacer todo lo posible para rentabilizar la operación al máximo, y tras estrenarse el año pasado el episodio siete de la saga, El despertar de la Fuerza, llega ahora la segunda parte de su ambicioso plan, una serie de spin off o historias paralelas que arrancan con este Rogue One y al que seguirán Han Solo y, posiblemente, Boba Fett.
Sin embargo, Rogue One no es una historia tan alejada de la saga original como podría parecer, por más que los protagonistas sean personajes nuevos y no se paseen por aquí Luke Skywalker, Han Solo, Chewbacca, etc. pues las referencias son tantas que quien se acerque a esta película son ser conocedor del universo creado por George Lucas hace ya la friolera de treinta y nueve años, hasta el punto de servir perfectamente de puente entre la trilogía moderna y la clásica y poderse considerar casi como el episodio 3,5.
No le tenía yo mucha fe a esta película, principalmente por la poca estima que le tengo a su director, Gareth Edwars, tras la sobrevalorada Monsters (de cuya insoportable secuela solo era productor) y la cansina Godzilla. Sin embargo, parece que en Disney lo han atado en corto, sacando solo sus mejores cualidades y añadiendo escenas filmadas posteriormente por Tony Gilroy. 
El resultado, una película entretenidísima, mucho más seria de lo que a primera vista podría parecer (aunque luego seguirán acusando a Disney de infantilizar sus franquicias, como si Capitán américa: El Soldado de Invierno o Civil War fuesen comedietas) y que está cerca de las mejores películas de la saga (aunque no es momento ahora de discutir cuales son estas).
Casi se podría hablar de que hay dos películas dentro de Rogue One, y es que casi todos sus análisis permiten un desdoblamiento de conceptos.
Por un lado, como ya he comentado, se alterna una historia ya conocida, el robo de los planos de la Estrella de la Muerte por parte de la Resistencia, para lo que se recurre a algunos personajes ya conocidos y que no voy a nombrar para mantener la sorpresa (al menos yo, que traté de evitar todos los trailers que me fueron posibles, me sorprendí en no pocas ocasiones), con una trama nueva alrededor del ingeniero que diseñó el arma definitiva y su hija (aquí todo va de padres e hijos, eso ya lo sabemos).
Luego, tenemos dos partes muy diferenciadas en cuanto a su estructura, una primera muy pegada a la ideología Star Wars, con sus pequeñas batallitas, sus planetas exóticos, sus bichejos y sus conspiraciones políticas, y una segunda que es cine bélico sin contemplaciones. Evidentemente, no se trata de una guerra cruda y descarnada como la de Hasta el último hombre, pero sí que va más allá de los simples combates aéreos para ofrecer un despliegue militar intenso y dramático que, puestos a hablar de ciencia ficción, podría evocar más al Starship Troopers de Verhoeven que a la dicotomía propia de Lucas.
Incluso si extrapolamos este desdoblamiento a la nueva generación ofrecida por Disney, parece como si en Rogue One hubiesen querido hacer todo lo contrario que en El despertar de la Fuerza. Si en una se repetían esquemas y situaciones y localizaciones ya conocidas, en esta hay un montón de lugares y razas alienígenas nuevos, mientras que por el contrario si en el film de Abrams los personajes creados recordaban a los clásicos pero en busca de su propio destino aquí esos personajes son muy diferentes a lo esperado pero en un marco de sobras conocido. Allí habían nuevos Jedis y luchas con espadas laser, mientras que la fuerza era una mitología  casi olvidada, y por el contrario aquí los Jedis están extintos y no hay duelos de espadas pero se recupera ese misticismo casi religioso que se le supone a la Fuerza. En lo que sí coinciden ambas películas es en que el protagonismo recaiga sobre una chica, una figura fuerte, valerosa e independiente de lo que sí podríamos culpar a Disney y a su nuevo enfoque del descafeinado concepto que tenía de sus “princesas” (sirva Vaiana como ejemplo más reciente), claro que incluso en este punto se podría argumental que ya la Amidala que interpretara Natalie Portman iba por esos derroteros.
Al frente de la función tenemos a la actriz de moda, una Felicity Jones que posiblemente vaya a ser la actriz más taquillera del año gracias al bombazo que será esta nueva entrega de Star Wars y a lo que ya está amasando la española Un monstruo viene a verme, siendo Infernosu único desliz en este 2016. A su lado se reúne un variopinto (quizá si se hayan pasado un poco con la variedad racial) grupo encarnado por Diego Luna, Wen Jiang, Riz Ahmed, Alan Tudyk (aunque este solo prestando su voz al robot K-2SO) y Donnie Yen, dando vida al que puede ser el personaje más interesante y atractivo de la película.
Con estos elementos, los guionistas Chris Weitz y Tony Gilroy se las han apañado para concebir una historia muy entretenida e intensa pese a que, de una forma u otra, ya sepamos cual va a ser el desenlace final. Sin embargo, no todo van a ser virtudes en Rogue One y hay que reconocer que quizá les haya faltado algo de tiempo para poder desarrollar un poco más las personalidades de sus protagonistas, en especial ese Cassian al que da vida Diego Luna cuyos cambios de actitud no resultan demasiado creíbles. 
En un segundo visionado para recrearse en los detalles se pueden descubrir, además demasiados deux ex machina, demasiadas situaciones absurdas concebidas solo para permitir el avance de la acción, como interruptores o controles de antenas situados en lugares ridículos, pero a cambio no hay por aquí personajes estorbo que saquen de las casillas al espectador, como los dichosos Ewoks o el odiado Jar Jar Binks. Incluso el nuevo robot creado para la ocasión (y es que hay que vender juguetes, que nadie lo olvide), pese a ofrecer algunos de los momentos más simpáticos, no es un simple recurso cómico y participa bastante de la acción. Quizá el exceso de personajes (o de grandes actores) les haya lastrado un poco haciendo que tipos como Forest Whitaker o Mads Mikkelsen parezcan algo desaprovechados, pero tampoco se puede tener todo.
No estamos ante un drama bélico desgarrador, tampoco se trataba de eso, pero sí es bastante más adulta (siempre dentro de lo que pueda considerarse adulta una historia dentro del Universo Star Wars) y oscura de lo que me esperaba, y hay momentos de gran belleza visual, sobre todo los planos generales y las explosiones, en las que sí han permitido a Edwars buscar esa especie de poesía plástica que es una de sus cualidades. Las batallas aéreas no están a la altura de las de Abrams y hay momentos en los que se intuye un exceso de lo digital (dudo que hayan aquí tantas maquetas artesanales como en El despertar de la fuerza), pero se puede perdonar a cambio de disfrutar de una primera hora entretenida, una segunda hora magnífica y un epílogo final que emociona de verdad, sobre todo gracias al buen hacer de Michael Giacchino que consigue una efectiva banda sonora muy apegada a las referencias de Williams.
Y no he comentado nada sobre los villanos, a uno de los cuales no quiero nombrar por no chafar la sorpresa, pero la verdad… sabiendo que aparece Darth Vader, poco importa el resto.
En fin que, aunque no sea perfecta y puede que algunos la acusen de carecer de la épica que arrastra de por sí la saga familiar Skywalker, yo la pondría en el top tres de la franquicia. Y eso, tratándose de lo que podríamos considerar una película “menor” ya es decir mucho. Eso sí, resulta un divertimento añadido contemplar a los menos frikis del cine sin entender nada sobre el salto cronológico respecto a la anterior película.

Valoración: Ocho sobre diez. 

lunes, 24 de octubre de 2016

INFERNO: Más símbolos para descifrar.

Inferno es la película que cruza por tercera vez los caminos de Tom Hanks, Ron Howard y Dan Brown tras el éxito de El Código DaVinci y Ángeles y demonios.
Una vez más nos encontramos ante las andanzas del profesor Robert Langdon que de nuevo es perseguido por un misterio indescifrable que lo llevará a recorrer los más recónditos lugares de Europa (ahora toca Florencia y Estambul). Quizá eso sea lo mejor de la película, el recorrido turístico que las obras de Brown siempre hacen por los templos y palacios europeos y que permiten al espectador disfrutar con la belleza de tan maravillosos lugares.
Por lo demás, estamos ante un simple entretenimiento que no pasará a la historia, con una trama donde se riza el rizo hasta el exceso consiguiendo ser más inverosímil aún que las anteriores entregas de la saga. Si en la primera película Langdon luchaba por salvar su propia vida y la de su compañera (lo de resolver la clave que podría poner en jaque a todo el estamento eclesiástico iba de propina) y en la segunda salvaba la vida al mismísimo Papa, en esta es la humanidad entera (o un gran porcentaje de la misma) la que dependerá de que el profesor y su nueva acompañante resuelvan los acertijos que vayan encontrando por el camino. Un más difícil todavía con giros bastante poco creíbles aunque no por ello menos previsibles y con demasiadas cosas cogidas por los pelos.
El problema de esta saga es que depende demasiado de las novelas de Dan Brown, una obra mucho más modesta de lo que su fama parece indicar, y que el guion de David Koep logra mejorar.  
De los tres títulos protagonizados por Robert Langdon (en cine, pues queda aún otra novela sin adaptar, El Símbolo perdido) este es el más enrevesado y tramposo, y quizá también el más flojo, aunque el buen hacer de sus actores protagonistas y la efectividad con la que trabaja siempre Howard consiguen sacarla adelante. Con el Infierno de Dante como telón de fondo la base de la historia recurre a algo demasiado mascado ya, el multimillonario que con la pretensión de salvar a la humanidad de sí misma encuentra la manera de eliminar a gran parte de la población de la Tierra. Vamos, algo parecido a lo que pretendía Valentine (Samuel L. Jackson) en Kingsman: Servicio Secreto o el Hugo Drax de Moonraker.
Al menos se puede asegurar que Tom Hanks se siente cómodo en la piel de Langdon y que hace una convincente interpretación, probablemente la más trabajada de la saga, mientras que, como viene siendo marca de la casa, está rodeado por un competente reparto donde destaca la chica de moda Felicity Jones (rompiendo taquillas con Un monstruo viene a verme y protagonista absoluta estas Navidades en Roge One, a Star Wars history), Ben Foster, Irrfan Khan y Omar Sy.
En fin, película a la que no se le puede exigir más que pasar un buen rato con ella, emocionante y bastante superior a la novela que adapta. Y es que, alejado de polémicas eclesiásticas, Dan Brown tampoco da para mucho más.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 8 de octubre de 2016

UN MONSTRUO VIENE A VERME: un gigante con alma.

Con tan solo dos películas en su filmografía, J.A. Bayona se había convertido en uno de los directores más importantes del cine español. Lo imposible era una película emotiva y espectacular que aunaba el dolor con unos increíbles efectos especiales que ya les gustaría conseguir (y más a ese precio) a muchas productoras norteamericanas.
Por eso, la incertidumbre sobre su próxima película era enorme. Para Bayona, podía significar la consagración definitiva. Y a tenor por las reacciones provocadas, lo ha conseguido. Incluso se comenta que la fecha de estreno en tierras yanquis se debe a promocionarla adecuadamente de cara a su hipotética carrera por los Oscars.
Un primer hándicap con que se podría topar Un monstruo viene a verme es con la comparativa con Mi amigo el gigante de Steven Spielberg. Al fin de cuentas, ambas van sobre un niño solitario y su relación/rescate con un ser gigantesco. Afortunadamente, toda comparación cae siempre en favor de Bayona. Huyendo del humor safio y del infantilismo de Spielberg, Un monstruo viene a verme es una película dramática, dura y amarga, que amenaza con erizar la piel y provoca más de una llantera entre el público. No busca descaradamente la pornografía sentimental, pero la acaricia por momentos.
Un niño acosado por sus compañeros de clase, una madre moribunda y una abuela dictatorial es todo lo que necesita este gigante (del que en España nos perdemos el trabajo de Liam Neeson) para acudir en su rescate. Basada en la novela de Patrick Ness, la base argumental no es un desborde de originalidad, recordando mucho, por ejemplo, a El Laberinto del Fauno, pero Bayona dirige con una eficacia tal que pronto se dejan de lado los posibles prejuicios para adentrarse en esta historia triste y emotiva. Volviendo a Spielberg, al que muchos se empeñan en comparar a Bayona (no es casualidad que el barcelonés vaya a encargarse de la secuela de Jurassic World), en Un monstruo viene a verme logra aunar los dos estilos propios del director de E.T., el drama más intimista y la espectacularidad más fantástica, consiguiendo una mezcla brillante y que nunca chirría.
Además, Bayona va camino a convertirse en un descubridor de jóvenes talentos. Si fue con Lo Imposible que se dio a conocer Tom Holland, el nuevo Spiderman visto ya en Civil War, aquí quien sobresale es Lewis MacDougall, que tras haber trabajado solo en un rol secundario en la prescindible Pan acepta el reto de cargar con el peso de toda la película y sale airoso de ello. Está también magistral, aunque eso ya es habitual en ella, Sigourney Weaver en el papel de abuela, mientras que Felicity Jones y Toby Kebbell cumplen con corrección.
¿Significa todo esto que Un monstruo viene a verme es una película perfecta? Pues no exactamente. La calidad está ahí, y eso es evidente, pero otra cosa es la sensibilidad. Ahí no hay crítico que pueda (o deba) medirla, ya que es una cosa tan subjetiva que cada uno puede y debe tener su propia opinión. Yo, personalmente, soy una persona fácil de conmover en una sala de cine, y Un monstruo viene a verme no consiguió hacerlo. Disfruté de la película, aluciné con el monstruo y sentí pena por los personajes, pero nunca alcancé el grado de dolor que logró traspasarme Bayona con Lo imposible, por más que algunos la acusaran de manipuladora. Lloré con la Watts y Holland más que con MacDougall y Jones, e incluso el final de El laberinto del Fauno me dejó más tocado. No sé si esto se debe a que esperaba demasiado de Un monstruo viene a verme, que yo no estaba en mi mejor momento como espectador o que Bayona no está a la altura de su anterior trabajo, pero me quedó una sensación de vacío al terminar el film, como si necesitara algo más, como si notara que han estado jugando con mi corazón pero no me lo han llegado a retorcer lo suficiente.
Algo que, para nada, debe empañar lo que es una magnífica película. Si su objetivo es hacer llorar o no solo Bayona lo puede valorar, y doy fe que había gente en la sala en la que yo estaba que lloró. Pero a mí me faltó ese punto de emoción final que me obliga a valorar la película un poquito por debajo de lo que me habría gustado.
Solo un poquito.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 18 de enero de 2015

LA TEORÍA DEL TODO (7d10)

Dicen los que entienden que La teoría del todo es un biopic sobre el físico y cosmólogo Stephen Hawking, y como tal podemos suponer que vamos a conocer gracias a la película la vida y milagros del famoso científico condenado a una silla de ruedas y a una inmovilidad casi absoluta, obligado a comunicarse a través de un ordenador.
Pese a que la apuesta podría parecer de antemano sesuda y dura de digerir (y más cuando se estrena precedida de diversas nominaciones a los Oscars, incluyendo los de película, actor y actriz), lo cierto es que no es para tanto ya que no solo la enfermedad degenerativa de Hawking sale muy edulcorada sino que no supone el centro de atención de la historia, pese a que –como no podría ser de otra manera- está presente en todo momento.
Y es que La teoría del todo es, básicamente, una comedia romántica.
Sí, han leído bien. Una comedia romántica. Basada en la biografía que escribió la propia Jane Hawking, La teoría del todo trata de cómo Stephen y Jane se conocieron (cuando los únicos síntomas que padecía él era un ligero temblor en la mano y una evidente torpeza) y se enamoraron, y como la llama de ese amor logró mantenerse firme durante treinta años, finalizando la película precisamente con el final del matrimonio.
Ya desde el primer momento el director James March sienta las bases de su premisa en la escena del baile universitario en el que Stephen y Jane tienen su primera cita, un baile que si bien visualmente es espectacular no tiene ni un mínimo ápice de realidad, con estereotipos románticos poco imaginativos (ellos riendo a bordo de un tiovivo, por ejemplo) e imágenes tan hermosas como artificiales como los fuegos artificiales que contemplan sin nadie alrededor o el romántico y solitario puente sobre el que se besan por primera vez, digno de un bonito cuento de hadas.
A partir de ahí la historia transcurre con harmonía, sin demasiadas sorpresas, dejando que el descubrimiento y el enfrentamiento de la enfermedad transcurra en paralelo a la ascensión en el mundo científico de Hawking pero sin olvidar nunca que de lo que realmente se trata es de explicar cómo Jane se enfrentó a un matrimonio que (según las opiniones médicas) no debería haber durado más de dos años, con la llegada de tres hijos y el rechazo a la posibilidad de un verdadero amor en la persona de Jonathan Jones, músico y amigo de la familia.
Así, la enfermedad del científico es tratada muy por encima, sin recrearse en la dureza de sus cuidados y pareciendo que todo es hasta divertido (ese Hawking recorriendo la casa con su silla de ruedas eléctrica jugando con sus hijos) ni pretende tampoco que entendamos las teorías científicas que lo han hecho famoso. Y gracias a eso, posiblemente, se puede distanciar la película del típico telefilm de sobremesa que muchas veces terminan siendo estos biopics carentes de alma ni sentimiento.
Quizá la película no sirva para conocer al verdadero Stephen Hawking, pero sirve como mínimo para acercarse con amabilidad y simpatía a su historia, y aunque no nos invite a amarlo u odiarlo como persona (me parece demasiado jovial la caracterización que se hace del mismo) si podemos al menos admirar tanto su espíritu de superación como  el de su entregada esposa.
Para redondear, los niveles interpretativos son de primera, con un Eddie Redmayne al que esto de las biografías no le viene de nuevo pues ya protagonizó Mi semana con Marilyn, que hace una asombrosa transformación física para mimetizarse en el físico teórico y una Felicity Jones magnifica, rodeados por un puñado de excelentes actores, alguno de ellos extrañamente poco aprovechados, como el caso de una casi anecdótica Emily Watson.
Demasiado blanda y edulcorada para llegar a ser una de las películas del año (lo del Oscar creo que le viene grande, sinceramente), es una buena oportunidad para disfrutar de un film agradable que provoca más sonrisas que lágrimas y que, al fin, no es más que una historia de amor con fecha de caducidad.

martes, 22 de abril de 2014

THE AMAZING SPIDERMAN 2: EL PODER DE ELECTRO (6d10)

Antes de comenzar esta reseña quiero advertir a los que no me conocéis que soy un gran aficionado de Spiderman. He seguido sus aventuras en comic desde los diez años y he leído prácticamente todo lo que se ha publicado sobre el personaje. Esto puede que me reste algo de imparcialidad a la hora de valorar la película, aunque siempre he pretendido no tener una postura radical al enfrentarme a una adaptación (da igual que sea de un comic, libro, obra de teatro o videojuego), aceptando que cada medio tiene su lenguaje y no se puede trasladar literalmente una historia escrita al cine, conformándome con que sepan mantener la esencia del personaje. La propia Marvel como productora, la autora de las mejores películas de superhéroes (con permiso de Watchmen) hasta la fecha, ha jugado a alternar dos líneas editoriales diferentes (su Universo tradicional y el Ultimate) en su saga de Los Vengadores.
Aun así, hay que reconocer que cuesta distanciarse del producto original y evitar las comparaciones, en las que el cine suele terminar perdiendo.
He querido empezar así mi crítica a la secuela de la innecesaria The amazing Spiderman porque he encontrado posturas muy encontradas en los foros de opinión, que la tildan desde obra maestra hasta despropósito total, una diversidad de opiniones tan contrapuesta que sin duda viene de analizar la película desde la pasión más que desde la objetividad.
Y es que, objetivamente hablando, The amazing Spiderman: el poder de Electro es una película entretenida, trepidante por momentos, emocionante y muy emotiva. Esto es lo que se van a encontrar los que acudan a ella en busca de un blockbuster más, apta para que los niños disfruten con las piruetas en el aire de su superhéroe favorito y con el punto dramático necesario para recordarnos aquello de que el bien debe prevalecer sobre el mal por más sacrificios que se nos exijan para ellos. Ahora bien, quien busque algo más, quien pretenda exigir una calidad superior –tanto en fidelidad comiquera como en simples términos cinematográficos- quizá quede algo desencantado.
The amazing Spiderman: el poder de Electro no es una mala película, pero tiene demasiados momentos irregulares como para considerarla tampoco una gran obra. Cuando hace un par de años Marc Webb fue nombrado para dirigir el precipitado reboot del héroe arácnido (una maniobra forzada por los intereses de Sony de mantener los derechos cinematográficos del personaje), a todos les sorprendió la elección de un realizados cuya única carta de presentación era la interesante comedia romántica (500) días juntos. Viendo The amazing Spiderman: el poder de Electro uno puede llegar a entender parte de esa decisión así como el error que la misma supuso. Y es que The amazing Spiderman: el poder de Electro parece nacer más con el propósito de contarnos un drama con tintes románticos entre un adolescente atormentado y su novia de trágico final (todo conocedor de Spiderman sabe que Gwen debe morir, no avanzaré aquí si lo hace en esta película o en la ya anunciada tercera parte), rodeado de una trama conspiranoia que parece afectar a los padres del protagonista y a la poderosa multinacional Oscorp. Y aquí es donde Webb se mueve como pez en el agua, consiguiendo una innegable química entre Andrew Garfield y Emma Stone que ya hubiesen querido para sí Tobey Maguire y Kirsten Dunst (pese a la inolvidable escena del beso invertido de Spider-man) y momentos dramáticos y de intriga ciertamente bien logrados. El problema deriva cuando Webb recuerda que esto en realidad va de tipos disfrazados dándose de leches y se mete en harina con las escenas de acción, mostrándonos un elenco de villanos sin carisma ni gracia, peleas mal filmadas y una artificiosidad visual exagerada.
La historia arranca como quedó en el anterior episodio, con Peter Parker enamorado de Gwen pese al fantasma del Capitán Stacy apareciéndose por doquier para recordarle que la cosa va a terminar como el rosario de la aurora mientras combate el mal como Spiderman. Así, en una refriega contra un terrorista ruso, es como se cruza con Max Dillon, uno de los personajes más patéticos que se han visto en una pantalla de cine que termina deslumbrado por la figura del héroe hasta el punto de obsesionarse con él de una manera demencial. Como aquí parece que eso de las casualidades son el pan nuestro de cada día, Dillon trabaja en Oscorp, igual que Gwen, que los padres de Peter y de un tal Harry, el mejor amigo de Peter aunque no sabíamos nada de él hasta ahora y no se ven desde hace años. Un accidente convierte a Dillon en un canalizador de la electricidad, dotándolo de un gran poder que hace que se le vaya la pinza y, no tengo muy claro porqué, odiar a Spiderman a muerte. Tras las peleas de turno Harry (hijo de Norman Osborn, creador de Oscorp y uno de los personajes más desaprovechados de la película) se inmiscuye al descubrir que tiene una enfermedad mortal que bien podría curarse con el veneno de araña que dio a Peter sus poderes lo mismo que podría matarlo o hacerle mutar como sucediera en la primera parte con El Lagarto. Y como decía Mayra Gómez Kemp: “hasta aquí puedo leer”.
Aparte de que la casualidad (sí, en el mundo real también existen) hace que parte de la historia recuerde levemente a la reciente (y muy superior) El Capitán américa: El Soldado de Invierno, por aquello de las manipulaciones corporativas, las juntas directivas en contra del presidente de turno e incluso el descubrimiento de laboratorios del pasado ocultos en instalaciones abandonadas, Alex Kurtzman y Roberto Orci (guionistas que nacieron bajo el amparo de J.J.Abrams y que no me han logrado convencer cuando vuelan solos) no consiguen imponer el ritmo correcto a la historia para combinar con acierto la parte intimista con la espectacular, a lo que hay que añadir el desastre total que es Webb en las escenas de acción, abusando indiscriminadamente de la cámara lenta que, en lugar de impactar visualmente como sucedía en Matrix, a la que pretende emular constantemente (incluso Paul W.S.Anderson lo hace mejor) lo que consigue es ralentizar las escenas impidiendo que nos dejemos atrapar por la emoción del momento. Y tampoco es que la elección de los villanos ayude mucho, con un Electro que parece una copia traslucida del Doctor Manhattan de Watchmen (¿alguien me puede explicar de dónde saca los pantalones primero y el uniforme completo después?) y un ¿Duende Verde? que parce a medio maquillar y cuyas motivaciones y odio descarnado hacia Spiderman no logro comprender. Además, si analizamos los combates como tal, ninguno de ellos resulta ser una gran amenaza, por lo que la propia Sony (copiando descaradamente a la Marvel cinematográfica) ha metido con calzador un villano en las sombras que es quien verdaderamente debe suponer la gran amenaza y a quienes no sean seguidores de los comics ya les digo que su identidad resultará ser una decepción.
En el lado positivo debo destacar que Spiderman es más Spiderman que nunca. Su uniforme es el más fiel (y bonito) a los comics de las cinco películas modernas, su personalidad es acorde con el personaje, con esos puntos de humor descarado mientras pelea que tanto echaba de menos en la trilogía de Raimi y sus movimientos son elegantes y acrobáticos, en ocasiones tan espectaculares que ni la torpeza de Webb con la colocación y manejo de la cámara pueden estropear. Este es verdaderamente el Spiderman que todos queríamos ver, Peter convence y Gwen enamora. Y Dane DeHaan está soberbio como Harry. Hay además diversos guiños al fan que podían (o no) ser una pista hacia el futuro de la franquicia, como el rápido vistazo a los tentáculos de Octopus, la presencia off the record de J.J.Jameson, una secretaria interpretada por Felicity Jones llamada Felicia, el personaje que interpreta B.J.Novak o la existencia de lugares como La Bóveda o el Instituto Ravencroft (espantosa, por cierto, la aparición de un caricaturesco y ridículo Ashley Kafka).
¿Conclusión? Bien, pero mal. Mucho mejor que la primera pero muy por debajo del Spider-man y Spider-man 2 de Raimi y con errores que recuerdan al fiasco de Spider-man 3. Gran caracterización de Spiderman, excelente trio protagonista pero malvados de pega. Y un director que no está preparado para una superproducción como debería ser esta.

Una buena película aunque con demasiados peros…