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viernes, 14 de diciembre de 2018

ROBIN HOOD: FORAJIDO, HÉROE, LEYENDA

Da la sensación que, en los últimos tiempos, el miedo a los fracasos ha llevado a Hollywood a buscar apuestas seguras, lo cual tampoco es cosa fácil. Aparentemente, hay tres claves para definir el éxito en los últimos años: las adaptaciones de libros distópicos para adolescentes, las grandes franquicias y los superhéroes, siendo estos últimos los que se están llevando el gato al agua, principalmente en el caso de Marvel. Esto ha llevado a que muchos estudios busquen la manera de crear nuevas franquicias imitando descaradamente este estilo superhéroico de Marvel, convirtiendo a personajes icónicos de la literatura en meras fotocopias de cualquier Vengador y regando la trama con un sutil sentido del humor.
Pero, como vamos a ver, copiar una buena idea no es significativo de saber hacerlo bien.
Durante el visionado de Robin Hood me vinieron a la mete dos fracasos recientes de películas cortadas más o menos por el mismo patrón: Drácula: la leyenda jamás contada, de Gary Shore, y Rey Arturo: la leyenda de Excalibur, de Guy Ritchie, que junto a esta Robin Hood: forajido, héroe, leyenda, de Otto Bathurst, conforman una trilogía de despropósitos cortados con el mismo patrón. En los tres casos se buscaba reinventar leyendas (nótese como esa palabra se repite en los tres títulos) convirtiendo a tres personajes históricos (de ficción, eso sí) en héroes para su pueblo con un estilo visual muy moderno y una narrativa visual igual de rompedora estéticamente con lo que uno espera ver en una película ambientada en el medievo. Y en los tres casos, han resultado ser películas aceptablemente divertidas, con suficiente dosis de entretenimiento como para aceptar su visionado, pero a la postre, ridículas y absurdas. Y, lo que es peor, en los tres casos la taquilla les ha dado la espalda, frustrando la posibilidad de abrir una franquicia (que de eso iba la cosa, o nos engañemos) pero no consiguiendo que sus autores aprendan del pasado.
Además, hablamos de personajes que han tenido múltiples adaptaciones en el cine, con lo que es difícil pensar en qué pueden de tener de interesantes una nueva reinvención. En el caso que nos ocupa, Robin Hood, es inevitable pensar en los grandes clásicos, con Douglas Fairbanks y Errol Flynn como máximos exponentes cuando el cine de capa y espada era lo que más triunfaba. Luego vinieron la versión animada de Disney y la encarnación protagonizada por Sean Connery en la magnífica Robin y Marian, amén de ese doble duelo de 1991 entre las versiones encarnadas por Kevin Costner y Patrick Bergin, demás de la parodia del 93 de Mel Brooks. Son solo algunos ejemplos de las decenas de versiones del personaje que, por ser tan icónico, está atado a una serie de convencionalismos (es un ladrón que roba a los ricos para dárselo a los pobres, tiene una historia de amor con Marian, es el adversario del sheriff y cuenta entre sus aliados con el fraile Tuck y John, su mano derecha), por lo que es difícil hacer una reinvención que aporte nada demasiado original a la trama.
El Robin Hood de Bathurst llega en una época en la que esas películas de espadachines y proscritos están ya en el olvido, y ni siquiera la versión de hace ocho años de Ridley Scott fue un gran éxito. Por eso, el cambio radical en el estilo y la concepción, huyendo del héroe tradicional y apostando por este estilo tan moderno (flechas que se disparan como ametralladoras, personajes que visten con chaquetas y trajes, fiestas más propias de El Gran Gastby que de un pueblo medieval…) podría tener una cierta lógica, aunque lo verdaderamente lógico habría sido no insistir en desempolvar las aventuras de un héroe de sobras conocido.
En el fondo, este Robin Hood correctamente interpretado por un carismático Taron Egerton, es la historia de siempre camuflada bajo un velo de actualidad que resulta bastante chocante. Ejemplos: la acción arranca en las Cruzadas, reconvertidas para la ocasión en una suerte de Afganistan, John está interpretado por un actor negro, siguiendo los cañones de la corrección política, Marian parece una ferviente seguidora del movimiento #metoo, el personaje de Jamie Dornan es una especie de cabecilla sindical con aspiraciones políticas  y Robin Hood encabeza una revuelta que bien lo podría convertir en el líder de los chalecos amarillos que están arrasando París o el partidario de una vía Eslovaca tan en boga últimamente por nuestro país. Y eso en una película donde el discurso político, más allá de tener unos malos muy claramente malos (Ben Mendelsohn interpreta al Sheriff de Nottingham sin variar un ápice su registro en Ready Player One), es claramente confuso y la ambigüedad del mencionado personaje de Dornan no es más que una confusa excusa para anticipar (me río) una hipotética secuela.
Con todo, Robin Hood no deja de ser un entretenimiento apreciabe. Egleton tiene una innegable carisma y Jamie Foxx parece tomarse su papel más en serio que en ese espanto de interpretación que hizo para The amazing Spider-man 2, por ejemplo. Otto Bathurst, en su primera película como director después de una buena trayectoria en televisión, sabe imponer ritmo y movimiento a la acción, pese a ser demasiado deudor de ese estilo tan supuestamente “molón” que son los disparos a cámara lenta y las piruetas del héroe en el aire, pero consigue que el film no aburra en ningún momento y sea un buen entretenimiento, aunque no tiene suficiente maestría como para disimular un guion absurdo, de diálogos ridículos, giros tontorrones y, demasiado a menudo, ridícula, siendo esa escena final que no parece verdaderamente un final y anticipa una continuación el mejor chiste de la película (¿de verdad tenían tan claro que el público iba a demandar la secuela?).
En fin, película mala pero entretenida, que puede convertirse en el placer culpable de muchos, pero a la que no hay que exigirle lo más mínimo, porque no lo va a dar. Una tarde de palomitas y unas buenas risas, si es que no hay nada mejor que hacer. Esto es lo que hay…

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 8 de mayo de 2017

NOCHE DE VENGANZA, bochornosa y ridícula

Noche de Venganza, del director suizo Baran bo Odar, es un remake de la película francesa del mismo título escrita y dirigida por Frédéric Jardin en el 2011. No es nada novedoso que Hollywood se fije en éxitos de otras cinematografías para dar su propia versión, y también suele ser habitual que el producto resultante esté muy por debajo del original, pero en el caso que nos ocupa el resultado roza el ridículo.
Noche de venganza parece querer estar a medio camino entre las películas de justicieros al estilo Charles Bronson (con John Wick como mejor representante moderno) o las intrigas policíacas con corrupción de por medio que tan bien se le dan a Michael Mann. Sin embargo, lo finalmente conseguido por Baran do Odar roza más el vodevil más esperpéntico que podría haber sido una estupenda comedia de enredos pero que, por querer tomarse completamente en serio a sí misma, resulta insultantemente estúpida e irrisoria.
Vincent es un policía corrupto que, junto a su compañero Sean roban veinticinco kilos de droga al tipo equivocado. Cuando este se entera secuestra al hijo de Vincent, exigiendo que este le devuelva la mercancía robada en el hotel de Las Vegas que regenta, cosa que se complicará cuando Bryant, la agente de Asuntos Internos que le va tras la pista, se cruce por su camino. Un argumento muy manido pero que, con un buen trabajo, podría haber cosechado interesantes frutos. Pero por alguna razón que se escapa a mi comprensión el guionista se empeña en que toda la acción quede concentrada en el interior del susodicho hotel, teniendo así a un montón de actores que aparecen por escena sin ton ni son, deambulando por diversas estancias del local sin decidirse nunca a huir de él y actuando siempre de la manera más absurda y disparatada posible. La película pretende ir sobre policías corruptos y mafiosos muy malvados, pero a la hora de la verdad lo único que nos muestran es a policías a cuál más incompetente y a unos villanos torpes y patosos que invitan todo el rato a echarse unas buenas carcajadas en este thriller que termina derivando en una alocada comedia involuntaria.
Lo curioso del caso es que para ello se ha recurrido a un buen elenco de actores, la mayoría de los cuales debería tener una conversación muy seria con sus respectivos agentes. Jamie Foxx, Michelle Monaghan, Scoot McNairy, Dermot Mulroney, David Harbour o T.I. emborronan sus currículos con esta patochada que tiene un desarrollo tan plano como la anterior El Círculo pero que ofende todavía más al espectador por las decisiones que toma en cada momento director y guionista, a cuál peor, hasta llegar a un momento de no retorno donde ya nada tiene sentido y todo el sentimiento dramático que se quisiera transmitir es definitivamente aniquilado.
Noche de venganza es un subproducto de esos que si no llega a ser por la inminente Fiesta del Cine seguramente habría acabado yendo a parar directamente al DVD y que no tiene más sentido que por burlarse ante la constante suspensión de la credulidad a la que obligan en todo momento. Pasar por taquilla para verla es tirar el dinero.

Valoración: tres sobre diez.

domingo, 1 de febrero de 2015

ANNIE (6d10)

No lo negaré. Podría ser que estos días me encuentre sumido en un estado de conformismo que me tenga adormecido el cerebro. O podría ser que la gente haya olvidado que el propósito del cine es básicamente divertir y, en esta época tan marcada en el calendario por premios y nominaciones la llegada de un producto que debería ser de carácter vacacional (Navidad es la época adecuada para su estreno), se pretenda encontrar los cines repletos de obras maestras despreciando a todo lo demás.
El caso es que pese a los muchos palos que ha recibido esta revisión del musical de John Huston de 1982 yo voy a intentar defenderla. Y digo intentar porque hay cosas realmente indefendibles en ella, como esa excesiva edulcoración de la historia, ese toque descaradamente Disney que puede alejar a los padres y, sobre todo (y soy consciente de que ello no es culpa directa de la película y me reservo el tema para un “comentario del mes” futuro), el doblaje al castellano de las canciones, lo que provoca que alguna sea ligeramente insoportable y nos perdamos lo que puede ser lo mejor y más interesante del film, el arte musical de tipos como Jamie Foxx o Cameron Diaz.
Poco se puede contar del guion, clásica historia de niña huérfana que vive en una casa de acogida con una malvada madre postiza que solo le interesa de ella el dinero que el ayuntamiento le da por cuidarla, la búsqueda de los padres que la abandonaron y el capricho del destino que la llevará a conocer a un millonario que, mire usted por donde, no siente una especial empatía por los niños y con quien terminará teniendo una relación de enseñanza mutua similar a la vista hace escasas semanas en St. Vicent, por poner un ejemplo reciente.
Sin que me importe para nada la polémica por el cambio de raza de la protagonista, la joven Quvenzhané Wallis, su tierna interpretación es la que consigue meterse a los espectadores en el bolsillo y, logrando evitar ser cargante y empalagosa, demuestra que ser la actriz más joven de la historia por ser nominada al Oscar (por Bestias del sur salvaje) no han reducido para nada su talento natural.
A su alrededor, Jamie Foxx, Rose Byrne y Bobby Cannavale cumplen sin muchos esfuerzos mientras que Cameron Diaz demuestra una vez más lo buena actriz que podría ser si de dejara de esas comedias mamarrachas e insulsas en las que tanto le gusta ridiculizarse.
Vale, Annie es una película simplona y cansina, repleta de canciones cargantes y que avanza sin sorpresas hacia su previsible final, pero lo hace con una simpatía y una alegría de la que acontecen muchas películas infantiles, logrando que sonrías cuando debes sonreír y que llores cuando debes llorar, sin atreverse a tomar riesgos como en el otro musical en cartel Into the Woods pero consiguiendo a cambio una narración más lineal, sin altibajos que desestabilicen la trama.
Desprende puro Disney edulcorado, lo sé, pero si se es capaz de aceptar eso, Annie puede llevarte de viaje por un mundo infantil de sueños y personajes positivos hasta la saciedad.
Por una vez, dejemos los malos rollos en casa, ¿os parece?

sábado, 3 de enero de 2015

COMO ACABAR SIN TU JEFE 2 (6d10)

Hace ya cuatro años Seth Gordon, directos básicamente dedicado a las comedias de televisión, consiguió un razonable taquillazo con la gamberra comedia Como acabar con tu jefe, en la que tres empleados machacados continuamente por sus respectivos jefes tramaban un descabellado plan para liquidarlos.
Pese a lo divertida que pudiera ser, la clave del éxito habría que buscarla, sobre todo, en su atractivo reparto y claro, en Hollywood el refrán popular que reza: cuando una cosa funciona, ¿para qué cambiarla? suele llevarse a rajatabla. Así, con el director como único cambio de cromos, se estrena la secuela de aquel simpático éxito que repite casting y esquema con eficacia.
De esta manera, nos volvemos a encontrar con Jason Bateman, Jason Sudeikis y Charlie Day repitiendo como el patoso trío de amigos que se ven abocados a la vía delictiva para solucionar sus problemas laborales. Y eso que esta vez parecían haber dado con la solución perfecta: ser sus propios jefes. Pero la cosa, por descontado, no podía salir bien, y cuando son estafados y quedan en la ruina sólo se les ocurre secuestrar al hijo del empresario que los ha hundido en la miseria para resarcirse. Las cosas, claro está, no saldrán según lo previsto y los disparates se van a suceder uno detrás de otro.
Pese a la premisa argumental que parte del pretexto completamente antagónico de la primera entrega (de ahí que en el título en español se sustituya la palabra “con” por “sin”), la fórmula se copia de forma tan milimétrica que repiten los mismos secundarios: Jennifer Alliston, Kevin Spacey y Jamie Foxx, sustituyendo a los difuntos (en la ficción) Donald Sutherland y Colin Farrell por Christoph Waltz y Chris Pine, que para que nadie note mucha diferencia también interpretan a un padre y un hijo.
La silla de dirección, en esta ocasión, la ocupa  Sean Anders, prolífico guionista de comedias en los últimos años pero de escasa repercusión hasta ahora como director. Da lo mismo. Igual podían haber dejado el puesto vacante. La película es de esas que se filman con el piloto automático puesto, en el que los actores se han hecho ya a los personajes y los desarrollan con una sana sensación de colegueo, contando con la simpatía de un público que tiene que ser fan de la primera película para que esta les funcione y dejando la necesidad de arriesgar para otra ocasión.
Si uno es poco exigente y acepta la premisa la película funciona bien, siendo en algunos momentos incluso más divertida que la primera. Y de eso se trata, de pasárselo bien sin buscar segundas lecturas, moralejas complejas ni diálogos excesivamente brillantes. Es, ni más ni menos, un culto a la estupidez. Y como tal, provoca las suficientes risas como para merecer su aprobado.
No es una genialidad. Ni lo pretende ni la mayoría de sus participantes aspiraría nunca a nada semejante, pero consigue una complicidad que hace que nos sintamos como uno más del grupo, dejándonos incluso con ganas de ver qué tontería se les ocurre para la tercera entrega.
A veces es sano ir al cine a reírse un rato sin más. Y esa es una de esas veces.

martes, 22 de abril de 2014

THE AMAZING SPIDERMAN 2: EL PODER DE ELECTRO (6d10)

Antes de comenzar esta reseña quiero advertir a los que no me conocéis que soy un gran aficionado de Spiderman. He seguido sus aventuras en comic desde los diez años y he leído prácticamente todo lo que se ha publicado sobre el personaje. Esto puede que me reste algo de imparcialidad a la hora de valorar la película, aunque siempre he pretendido no tener una postura radical al enfrentarme a una adaptación (da igual que sea de un comic, libro, obra de teatro o videojuego), aceptando que cada medio tiene su lenguaje y no se puede trasladar literalmente una historia escrita al cine, conformándome con que sepan mantener la esencia del personaje. La propia Marvel como productora, la autora de las mejores películas de superhéroes (con permiso de Watchmen) hasta la fecha, ha jugado a alternar dos líneas editoriales diferentes (su Universo tradicional y el Ultimate) en su saga de Los Vengadores.
Aun así, hay que reconocer que cuesta distanciarse del producto original y evitar las comparaciones, en las que el cine suele terminar perdiendo.
He querido empezar así mi crítica a la secuela de la innecesaria The amazing Spiderman porque he encontrado posturas muy encontradas en los foros de opinión, que la tildan desde obra maestra hasta despropósito total, una diversidad de opiniones tan contrapuesta que sin duda viene de analizar la película desde la pasión más que desde la objetividad.
Y es que, objetivamente hablando, The amazing Spiderman: el poder de Electro es una película entretenida, trepidante por momentos, emocionante y muy emotiva. Esto es lo que se van a encontrar los que acudan a ella en busca de un blockbuster más, apta para que los niños disfruten con las piruetas en el aire de su superhéroe favorito y con el punto dramático necesario para recordarnos aquello de que el bien debe prevalecer sobre el mal por más sacrificios que se nos exijan para ellos. Ahora bien, quien busque algo más, quien pretenda exigir una calidad superior –tanto en fidelidad comiquera como en simples términos cinematográficos- quizá quede algo desencantado.
The amazing Spiderman: el poder de Electro no es una mala película, pero tiene demasiados momentos irregulares como para considerarla tampoco una gran obra. Cuando hace un par de años Marc Webb fue nombrado para dirigir el precipitado reboot del héroe arácnido (una maniobra forzada por los intereses de Sony de mantener los derechos cinematográficos del personaje), a todos les sorprendió la elección de un realizados cuya única carta de presentación era la interesante comedia romántica (500) días juntos. Viendo The amazing Spiderman: el poder de Electro uno puede llegar a entender parte de esa decisión así como el error que la misma supuso. Y es que The amazing Spiderman: el poder de Electro parece nacer más con el propósito de contarnos un drama con tintes románticos entre un adolescente atormentado y su novia de trágico final (todo conocedor de Spiderman sabe que Gwen debe morir, no avanzaré aquí si lo hace en esta película o en la ya anunciada tercera parte), rodeado de una trama conspiranoia que parece afectar a los padres del protagonista y a la poderosa multinacional Oscorp. Y aquí es donde Webb se mueve como pez en el agua, consiguiendo una innegable química entre Andrew Garfield y Emma Stone que ya hubiesen querido para sí Tobey Maguire y Kirsten Dunst (pese a la inolvidable escena del beso invertido de Spider-man) y momentos dramáticos y de intriga ciertamente bien logrados. El problema deriva cuando Webb recuerda que esto en realidad va de tipos disfrazados dándose de leches y se mete en harina con las escenas de acción, mostrándonos un elenco de villanos sin carisma ni gracia, peleas mal filmadas y una artificiosidad visual exagerada.
La historia arranca como quedó en el anterior episodio, con Peter Parker enamorado de Gwen pese al fantasma del Capitán Stacy apareciéndose por doquier para recordarle que la cosa va a terminar como el rosario de la aurora mientras combate el mal como Spiderman. Así, en una refriega contra un terrorista ruso, es como se cruza con Max Dillon, uno de los personajes más patéticos que se han visto en una pantalla de cine que termina deslumbrado por la figura del héroe hasta el punto de obsesionarse con él de una manera demencial. Como aquí parece que eso de las casualidades son el pan nuestro de cada día, Dillon trabaja en Oscorp, igual que Gwen, que los padres de Peter y de un tal Harry, el mejor amigo de Peter aunque no sabíamos nada de él hasta ahora y no se ven desde hace años. Un accidente convierte a Dillon en un canalizador de la electricidad, dotándolo de un gran poder que hace que se le vaya la pinza y, no tengo muy claro porqué, odiar a Spiderman a muerte. Tras las peleas de turno Harry (hijo de Norman Osborn, creador de Oscorp y uno de los personajes más desaprovechados de la película) se inmiscuye al descubrir que tiene una enfermedad mortal que bien podría curarse con el veneno de araña que dio a Peter sus poderes lo mismo que podría matarlo o hacerle mutar como sucediera en la primera parte con El Lagarto. Y como decía Mayra Gómez Kemp: “hasta aquí puedo leer”.
Aparte de que la casualidad (sí, en el mundo real también existen) hace que parte de la historia recuerde levemente a la reciente (y muy superior) El Capitán américa: El Soldado de Invierno, por aquello de las manipulaciones corporativas, las juntas directivas en contra del presidente de turno e incluso el descubrimiento de laboratorios del pasado ocultos en instalaciones abandonadas, Alex Kurtzman y Roberto Orci (guionistas que nacieron bajo el amparo de J.J.Abrams y que no me han logrado convencer cuando vuelan solos) no consiguen imponer el ritmo correcto a la historia para combinar con acierto la parte intimista con la espectacular, a lo que hay que añadir el desastre total que es Webb en las escenas de acción, abusando indiscriminadamente de la cámara lenta que, en lugar de impactar visualmente como sucedía en Matrix, a la que pretende emular constantemente (incluso Paul W.S.Anderson lo hace mejor) lo que consigue es ralentizar las escenas impidiendo que nos dejemos atrapar por la emoción del momento. Y tampoco es que la elección de los villanos ayude mucho, con un Electro que parece una copia traslucida del Doctor Manhattan de Watchmen (¿alguien me puede explicar de dónde saca los pantalones primero y el uniforme completo después?) y un ¿Duende Verde? que parce a medio maquillar y cuyas motivaciones y odio descarnado hacia Spiderman no logro comprender. Además, si analizamos los combates como tal, ninguno de ellos resulta ser una gran amenaza, por lo que la propia Sony (copiando descaradamente a la Marvel cinematográfica) ha metido con calzador un villano en las sombras que es quien verdaderamente debe suponer la gran amenaza y a quienes no sean seguidores de los comics ya les digo que su identidad resultará ser una decepción.
En el lado positivo debo destacar que Spiderman es más Spiderman que nunca. Su uniforme es el más fiel (y bonito) a los comics de las cinco películas modernas, su personalidad es acorde con el personaje, con esos puntos de humor descarado mientras pelea que tanto echaba de menos en la trilogía de Raimi y sus movimientos son elegantes y acrobáticos, en ocasiones tan espectaculares que ni la torpeza de Webb con la colocación y manejo de la cámara pueden estropear. Este es verdaderamente el Spiderman que todos queríamos ver, Peter convence y Gwen enamora. Y Dane DeHaan está soberbio como Harry. Hay además diversos guiños al fan que podían (o no) ser una pista hacia el futuro de la franquicia, como el rápido vistazo a los tentáculos de Octopus, la presencia off the record de J.J.Jameson, una secretaria interpretada por Felicity Jones llamada Felicia, el personaje que interpreta B.J.Novak o la existencia de lugares como La Bóveda o el Instituto Ravencroft (espantosa, por cierto, la aparición de un caricaturesco y ridículo Ashley Kafka).
¿Conclusión? Bien, pero mal. Mucho mejor que la primera pero muy por debajo del Spider-man y Spider-man 2 de Raimi y con errores que recuerdan al fiasco de Spider-man 3. Gran caracterización de Spiderman, excelente trio protagonista pero malvados de pega. Y un director que no está preparado para una superproducción como debería ser esta.

Una buena película aunque con demasiados peros…

sábado, 21 de septiembre de 2013

ASALTO AL PODER (8d10)

Hace escasos meses se estrenó la película Objetivo: La Casa Blanca que explicaba con todo lujo de detalles el asalto terrorista al edificio más protegido del mundo poniendo en peligro la vida del presidente y con una única persona como esperanza para salvar la situación, mientras desde el exterior el presidente de la Cámara debía ejercer las funciones del Presidente y tomar difíciles decisiones.
Ya comenté entonces la proximidad del estreno que hoy me ocupa, cuyo argumento no podía llegar a imaginar que iba a ser tan milimétrico. Dirigida por Roland Emmerich, el tipo que mejor destroza edificios icónicos de los USA, ese argumento tan similar es una de los principales lastres de esta película, junto al aspecto de panfleto patriótico, Presidentes de estado heroicos, un actor principal muy limitadito y una serie de situaciones absolutamente increíbles. Y toda esta colección de despropósitos iniciales son los que promueven que puntúe la película con tan solo un ocho pese a rozar el nueve.
Porque sí, la película es una vuelta de tuerca a lo ya visto mil veces, propagandística y con muchas similitudes a otras obras de Emmerich como Independence Day, no lo voy a negar, pero es también una sucesión de imágenes impactantes, brillantemente filmadas, épicas, emotivas y emocionantes. Durante más de dos horas el espectador se queda pegado al asiento contemplando tiroteos, explosiones, persecuciones, lanzamientos de misiles, aviones explotando… Todo tiene cabida en esta locura de película que, sin embargo, mantiene en todo momento una coherencia argumental gracias, en parte, a que el guion viene firmado por un profesional como James Vanderbilt (Zodiac, Amazing Spiderman) y el sosainas de Channing Tatum (uno de los incomprensiblemente actores de moda que aquí no está mal del todo) está muy bien secundado por actores de la talla de Maggie Gyllenhaal (El Caballero Oscuro), Jason Clarke (La noche más oscura), Richard Jenkins (The Visitor), James Woods (al que últimamente lo teníamos más visto en televisión que en cine), Joey King (lo mejor de Expediente Warren: the Conjuring) y, compartiendo protagonismo, Jamie Foxx, que ha pasado en pocos meses de ser un esclavo caza recompensas en Django Desencadenado a emular al mismísimo Barack Obama como líder del mundo libre (aunque pronto volverá al mal camino interpretando al villano de Amazing Spiderman 2).
Emmerich, que cuando tiene un buen guion entre manos demuestra que sabe medir con precisión los goteos de comedia y drama que aderecen la acción adrenalítica, a la vez de convertirse en un  gurú de las maquetas explosivas que tan bien lucen en Independence Day o Godzilla, compone una película brillante, en la que puedes encontrar varios personajes diferentes con los que empatizar, no limitándose a regalarnos un reguero de bonitas pero vacuas destrucciones, como le sucediera en las fallidas El día de Mañana y, sobre todo, 2012, consiguiendo la que posiblemente sea la mejor pieza de su filmografía hasta la fecha. Y aunque no engaña fingiendo en ningún momento que lo que importa aquí son los fuegos de artificio tiene tiempo aún para dar cuatro pinceladas sobre los problemas de un padre divorciado para conectar con su hija adolescente, hablar sobre el duelo por la pérdida de un hijo, reflejar la visión de la sociedad vista a través de los medios de comunicación o atreverse incluso a lanzar un mensaje pacifista (en medio de tanta muerte y destrucción, ironías de la vida) en forma del acuerdo que el Presidente quiere conseguir para lograr la paz en Oriente Medio.
La historia es sencilla: Cale, policía de la Casa Blanca por enchufe (en realidad es más bien el chofer del Presidente de la Cámara) recurre a un favor para conseguir una entrevista de trabajo para ingresar en el cuerpo de seguridad del Presidente, consiguiendo un pase para su hija adolescente, una verdadera friki de la política norteamericana. Estando con un grupo de visitantes turísticos se verá embarcado en medio de un atentado terrorista con fines poco claros que lo llevarán a un correcalles laberíntico por los recovecos de tan ilustre edificio tratando primero de proteger a su hija y acabando tratando de sobrevivir mano a mano con el propio Presidente.
Chaning y Foxx son, qué duda cabe, los protagonistas absolutos de una película que sigue fielmente los cánones impuestos hace ya veinticinco años por la magnífica Jungla de Cristal de John McTiernan (de hecho, toda la película desprende un aroma ochentero, incluso en su forma de preparar la historia, con un inicio calmado en el que Emmerich se toma su tiempo para que podamos conocer perfectamente a los personajes mientras el drama se va mascando poco a poco), aunque como es habitual en la filmografía del director germano hay un punto de coralidad, permitiendo que todos y cada uno de los secundarios dispongan de su propio minuto de gloria, desde Emily, la hija de Cale, hasta el guía turístico Donnie interpretado por Nicolas Wright.
Otro de los méritos de Emmerich es lo bien que sabe filmar las escenas de acción, permitiéndonos ver con claridad lo que sucede y huyendo de los planos confusos y precipitados de , por ejemplo, Michael Bay, como demuestra con la persecución de coches por los jardines de la Casa Blanca o las impresionantes escenas de los helicópteros volando a ras de suelo por entre las calles de Washington. Tatum (que no por casualidad termina la película en camiseta de tirantes y ensangrentado) y Foxx tienen química juntos y consiguen que aceptemos a unos personajes totalmente increíbles, un Supersoldado clon del Gerard Butler de Objetivo: La Casa Blanca y un heroico y sacrificado Presidente, algo más terrenal por eso que el que interpretara Bill Pullman en Independence Day (con la alargada sombra del Presidente Bartlet en el recuerdo). De los malos mejor ni hablo por no desvelar sorpresas, aunque sí apuntaré que la trama urdida es inteligente, conformada por una especie de puzle de piezas totalmente diferentes que terminan encajando son sencillez llegados al final.

No estamos ante la mejor película del año, ni entrará en ninguna quiniela por los Oscars, pero qué duda cabe que se trata de una de las peripecias más divertidas, entretenidas y apasionantes del año, algo por debajo de esa obra maestra de Abrams llamada Star Trek: en la OscuridadAsalto al poder es una montaña rusa de adrenalina, dos horas en las que el cine se hace espectáculo. Y tras un verano en el que hemos tenido que lidiar con tonterías como Pacific Rin, El llanero Solitario  o El hombre de Acero ha sido un soplo de aire fresco.

viernes, 25 de enero de 2013

DJANGO DESENCADENADO (8d10)

Django desencadenado (Jango, la D es muda) es la nueva película de Quentin Tarantino. Eso, por sí solo, debería bastar para saber de qué estamos hablando pues pocos autores son capaces de tener un universo personal tan definido como para considerar su simple firma como un ejemplo de género propio (Burton o Allen podrían ser otros ejemplos, cada uno en su estilo único), sin importar que en apariencia sea un thriller,  una película bélica o, como en este caso, un western.

Tarantino, un artista tan grande que ha conseguido hacer de la copia un arte, se inspira/homenajea en el spaghetti-western de Sergio Leone sin renunciar a ello a su sello personal, con diálogos brillantes y violencia extrema. Sin embargo, Django no es solo eso, sino que supone un paso adelante de su director,  un punto de madurez en una filmografía corta pero magnífica. Si estábamos acostumbrados al humor sagaz y corrosivo del director (y en Django hay mucho humor) esta película sobre la venganza, tema que ya utilizó en Kill Bill, oculta mucho más de lo que a simple vista podría parecer. Tras una primera parte a medio camino entre la roadmovie y la buddymovie donde se detallan las aventuras del esclavo liberado Django y el cazarrecompensas el doctor Schuzt recaudando dinero durante el invierno, la segunda parte se centra en sus esfuerzos para liberar a la mujer del primero, Brunilda (para el tercer acto queda la mencionada venganza). Y es en esta segunda parte cuando Tarantino, bajo ese disfraz de chistes y violencia aparentemente gratuita, se pone serio y nos regala algunas de las secuencias más duras de su carrera, en un alegato casi imperceptible pero que se grava a fuego en las retinas de los espectadores contra la esclavitud (escalofriante la escena de Brunilda encerrada en un pozo a pleno sol o Django apresado una vez descubiertas sus intenciones) con momentos de gran crudeza y sin un ápice de humor que casi llegan a herir a la vista, en contraposición al interminable tiroteo donde los chorros de sangre y las amputaciones marca de la casa provocan más carcajadas que otra cosa.
Tarantino no solo no es tonto, sino que ha mamado mucho cine. El suficiente, al menos, para saber cuáles son los cuatro pilares fundamentales en los que se sustenta una buena película. De tres de ellos se responsabiliza en persona: guion, dirección y música (con una selección que va desde el obligado Freedom de Anthony Hamilton hasta temas de hip-hop de RZA pasando por el Django de Rocky Roberts o por diversos temas clásicos de Ennio Mornicone), pero dejando el aspecto interpretativo (salvo por un breve cameo) en manos seguras. Jimmy Foxx compone un creíble y sufrido Django (en una interpretación de esas que para ser convenientemente valorada deberíamos escuchar en su versión original) y un Christopher Waltz brillante, que con un personaje sobre el papel muy parecido al de Malditos Bastardos consigue darle un cariz totalmente diferente, haciendo entrañable a alguien que mata por dinero. Pero especial atención merecen los villanos, con un superlativo Leonardo DiCaprio (¿para cuando un Oscar, por Dios?) que consigue seducirnos con su personaje en una escena y nos provoca odio en la siguiente, componiendo a un malvado cruel y sádico (como ejemplo está el divertimento que le supone la pelea de mandingos) pero con un punto de ternura e inocencia que se encarga de ocultar su Pepito Grillo particular, el verdadero monstruo de la historia, interesado, egoísta y traidor hacia su propia raza, un asombroso y genial Samuel L. Jackson que bien podría haber logrado el dudoso mérito de interpretar a unos de los personajes más asquerosamente despreciables de la historia del cine.
Y como a Tarantino siempre le ha gustado contar con amiguetes, mucha atención a la secuencia que comparten Don Johnson y Jonah Hill.

Sería difícil decretar si es su mejor trabajo (aunque desde luego a la altura, como mínimo, de Pulp Fiction o Malditos Bastardos), ya que un exceso de metraje debido a un final algo alargado (la historia decae cuando los personajes de Waltz y DiCaprio salen de escena) y un uso algo abusivo de hemoglobina afean el resultado, que pese a ello continua siendo brillante. Tal y como Tarantino nos tiene malacostumbrados.