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viernes, 14 de diciembre de 2018

ROBIN HOOD: FORAJIDO, HÉROE, LEYENDA

Da la sensación que, en los últimos tiempos, el miedo a los fracasos ha llevado a Hollywood a buscar apuestas seguras, lo cual tampoco es cosa fácil. Aparentemente, hay tres claves para definir el éxito en los últimos años: las adaptaciones de libros distópicos para adolescentes, las grandes franquicias y los superhéroes, siendo estos últimos los que se están llevando el gato al agua, principalmente en el caso de Marvel. Esto ha llevado a que muchos estudios busquen la manera de crear nuevas franquicias imitando descaradamente este estilo superhéroico de Marvel, convirtiendo a personajes icónicos de la literatura en meras fotocopias de cualquier Vengador y regando la trama con un sutil sentido del humor.
Pero, como vamos a ver, copiar una buena idea no es significativo de saber hacerlo bien.
Durante el visionado de Robin Hood me vinieron a la mete dos fracasos recientes de películas cortadas más o menos por el mismo patrón: Drácula: la leyenda jamás contada, de Gary Shore, y Rey Arturo: la leyenda de Excalibur, de Guy Ritchie, que junto a esta Robin Hood: forajido, héroe, leyenda, de Otto Bathurst, conforman una trilogía de despropósitos cortados con el mismo patrón. En los tres casos se buscaba reinventar leyendas (nótese como esa palabra se repite en los tres títulos) convirtiendo a tres personajes históricos (de ficción, eso sí) en héroes para su pueblo con un estilo visual muy moderno y una narrativa visual igual de rompedora estéticamente con lo que uno espera ver en una película ambientada en el medievo. Y en los tres casos, han resultado ser películas aceptablemente divertidas, con suficiente dosis de entretenimiento como para aceptar su visionado, pero a la postre, ridículas y absurdas. Y, lo que es peor, en los tres casos la taquilla les ha dado la espalda, frustrando la posibilidad de abrir una franquicia (que de eso iba la cosa, o nos engañemos) pero no consiguiendo que sus autores aprendan del pasado.
Además, hablamos de personajes que han tenido múltiples adaptaciones en el cine, con lo que es difícil pensar en qué pueden de tener de interesantes una nueva reinvención. En el caso que nos ocupa, Robin Hood, es inevitable pensar en los grandes clásicos, con Douglas Fairbanks y Errol Flynn como máximos exponentes cuando el cine de capa y espada era lo que más triunfaba. Luego vinieron la versión animada de Disney y la encarnación protagonizada por Sean Connery en la magnífica Robin y Marian, amén de ese doble duelo de 1991 entre las versiones encarnadas por Kevin Costner y Patrick Bergin, demás de la parodia del 93 de Mel Brooks. Son solo algunos ejemplos de las decenas de versiones del personaje que, por ser tan icónico, está atado a una serie de convencionalismos (es un ladrón que roba a los ricos para dárselo a los pobres, tiene una historia de amor con Marian, es el adversario del sheriff y cuenta entre sus aliados con el fraile Tuck y John, su mano derecha), por lo que es difícil hacer una reinvención que aporte nada demasiado original a la trama.
El Robin Hood de Bathurst llega en una época en la que esas películas de espadachines y proscritos están ya en el olvido, y ni siquiera la versión de hace ocho años de Ridley Scott fue un gran éxito. Por eso, el cambio radical en el estilo y la concepción, huyendo del héroe tradicional y apostando por este estilo tan moderno (flechas que se disparan como ametralladoras, personajes que visten con chaquetas y trajes, fiestas más propias de El Gran Gastby que de un pueblo medieval…) podría tener una cierta lógica, aunque lo verdaderamente lógico habría sido no insistir en desempolvar las aventuras de un héroe de sobras conocido.
En el fondo, este Robin Hood correctamente interpretado por un carismático Taron Egerton, es la historia de siempre camuflada bajo un velo de actualidad que resulta bastante chocante. Ejemplos: la acción arranca en las Cruzadas, reconvertidas para la ocasión en una suerte de Afganistan, John está interpretado por un actor negro, siguiendo los cañones de la corrección política, Marian parece una ferviente seguidora del movimiento #metoo, el personaje de Jamie Dornan es una especie de cabecilla sindical con aspiraciones políticas  y Robin Hood encabeza una revuelta que bien lo podría convertir en el líder de los chalecos amarillos que están arrasando París o el partidario de una vía Eslovaca tan en boga últimamente por nuestro país. Y eso en una película donde el discurso político, más allá de tener unos malos muy claramente malos (Ben Mendelsohn interpreta al Sheriff de Nottingham sin variar un ápice su registro en Ready Player One), es claramente confuso y la ambigüedad del mencionado personaje de Dornan no es más que una confusa excusa para anticipar (me río) una hipotética secuela.
Con todo, Robin Hood no deja de ser un entretenimiento apreciabe. Egleton tiene una innegable carisma y Jamie Foxx parece tomarse su papel más en serio que en ese espanto de interpretación que hizo para The amazing Spider-man 2, por ejemplo. Otto Bathurst, en su primera película como director después de una buena trayectoria en televisión, sabe imponer ritmo y movimiento a la acción, pese a ser demasiado deudor de ese estilo tan supuestamente “molón” que son los disparos a cámara lenta y las piruetas del héroe en el aire, pero consigue que el film no aburra en ningún momento y sea un buen entretenimiento, aunque no tiene suficiente maestría como para disimular un guion absurdo, de diálogos ridículos, giros tontorrones y, demasiado a menudo, ridícula, siendo esa escena final que no parece verdaderamente un final y anticipa una continuación el mejor chiste de la película (¿de verdad tenían tan claro que el público iba a demandar la secuela?).
En fin, película mala pero entretenida, que puede convertirse en el placer culpable de muchos, pero a la que no hay que exigirle lo más mínimo, porque no lo va a dar. Una tarde de palomitas y unas buenas risas, si es que no hay nada mejor que hacer. Esto es lo que hay…

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 31 de marzo de 2014

EL GRAN HOTEL BUDAPEST (7d10)

Siendo esta una película de Wes Anderson es fácil predecir lo que nos vamos a encontrar en ella: un humor algo absurdo y muy visual, una cuidada estética y una derroche de colores, un reparto lleno de estrellas y unos niños que actúan como adultos y unos adultos que actúan como niños.
Como en Moonrise Kingdom, Anderson recurre a una historia relativamente coral para deleitarnos con imágenes oníricas y planos imposibles con un sentido del humor tierno e inocente, experimentando con distintos formatos de película (hay desde escenas panorámicas a momentos de pantalla cuadrada) Y recurriendo a flashbacks dentro de flashbacks dentro de flashbacks dentro de flashbacks que pueden desorientar en un primer momento pero que no tardan en sumergirnos en una historia hilarante y sorprendente.
El gran hotel Budapest era un complejo vacacional de lujo en las altas montañas de un lejano país europeo que comenzó a caer en desgracia tras la Guerra (no pregunten qué guerra es, sólo intúyanlo). Allí, un joven escritor entabla amistad con el dueño del mismo y, durante una amena cena, este le explica cómo se convirtió en dueño del edificio gracias a su relación –a medio camino entre amistosa y fraternal-, cuando era un simple botones, con el jefe de personal. 
Empieza así una alucinante aventura de seducción, intriga, herencias, robo de un cuadro, fugas de prisión y, por supuesto, amor adolescente.
El reparto puede ser sin duda el primer motivo para acudir al cine y elegir este film, ya que está protagonizado por Ralph Fiennes, F. Murray Abraham, Jude Law, Adrien Brody, Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Harvey Keitel, Saorise Ronan y Léa Seydoux, aunque es el desconocido Tony Revolori quien se carga el peso de la acción. También pasean por ahí (aunque en algunos son simples cameos, por más que salga su nombre en grande en la carátula) Bill Murray, Edward Norton, Jason Schwartzman, Tom Wikinson, Tilda Swinton, Owen Wilson y Bob Balaban. Así que, si la película no les interesa, pueden entretenerse al menos reconociendo rostros populares.
Pero no se dejen llevar a engaño. No es esto lo que les debe atraer de El gran hotel Budapest. Se trata, por encima de todo y de todos, de una película de Wes Anderson, el mismo de Life Aquatic, Los Tenenbaums o Fantástico Sr. Fox. Y él es, al final, la gran estrella de la obra, con su particular estilo visual y su forma de narrar tan personal. Aún algo por debajo de la (a mi entender) más profunda Moonrise Kingdom, El gran hotel Budapest es una gran película, pero debe entenderse que quizá no para todo tipo de público. Aquellos no que estén familiarizados con el estilo de Anderson deben ir con la mente abierta y no esperar una película convencional, enfrentándose a la pantalla dispuestos a dejarse seducir ante una película hipnótica y embriagadora, sensible, simpática, divertida y tierna.
Tiene algo de magia, la historia, y Wes Anderson consigue que esta traspase la pantalla.