Por
motivos que no llego a comprender, Kenneth Branagh nunca ha sido considerado
como uno de los grandes directores actuales, por más que lleve acumuladas cinco
nominaciones al Oscar. Quizá su problema fuese empezar muy fuerte, con algunas
de las mejores adaptaciones de Shakespeare que se han visto en cine (Enrique V, Mucho ruido y pocas nueces, Hamlet...)
aparte de alguna película maravillosa de cosecha propia (Los amigos de Peter).
Seguramente Frankenstein de Mary Shelley era su apuesta por el cine más
taquillero y, pese a que la considero una grandísima película, no llegó a
cuajar, dando pie a una etapa de ligera decadencia (aunque todavía no he visto
una película suya que se pueda definir como mala) tras la que ha tenido que
buscar en el cine más comercial para poder salir a flote. Los millones amasados
por Thor (para mí, y con permiso del
señor Waitiki, la mejor de la saga con diferencia) y Cenicientalo han reconciliado con las productoras (olvidados
quedan sus experimentos con Como gustéis
o La flauta mágica) permitiéndole acceder
a una película como esta, que le permite regresar a su estilo mças personal sin
alejarse de la comercialidad.
Por
eso, es posible que con Asesinato en el Orient Express haya dado por fin con la tecla correcta, aunando su elegante
puesta en escena, su pasión por adaptar y modernizar clásicos literarios y la
necesidad de triunfar en taquilla. Tanto es así que ya está en marcha la
secuela de esta película (aunque sería más correcto decir la nueva aventura de
Poirot), con lo que podríamos estar ante el inicio de una nueva saga
cinematográfica.
Agatha
Christie ha sido numerosas veces adaptada en la gran pantalla, aunque pocas
veces con éxito. Sin embargo, una de esas raras ocasiones fue, de la mano de
sidney Lumet, la obra que ahora nos ocupa, con lo que el riesgo acometido por
Branagh es doble.
Por
eso, y porque, aunque el fondo sea el mismo las formas son totalmente opuestas,
convendría olvidarse de esa gran película y no querer jugar a las
comparaciones. Este Asesinato en el
Orient Express no es un remake de aquel, sino otra adaptación independiente
de la novela, y así debe ser considerado.
Es
por ello que Branagh se ha esforzado por modernizar el relato, no cambiando la
época imaginada por la escritora (ya jugó a eso con Hamlet), pero sí dotando a la historia de un toque humorístico,
casi de vodevil, y convirtiendo al protagonista en un héroe de inteligencia
inaudita más cercano al Sherlock de
Benedict Cumberbatch que al Poirot de
David Suchet. Es decir, se amolda a las convicciones de los blockbusters modernos,
pero consiguiendo que ni el humor caiga en el ridículo ni el histrionismo de
algunos personajes se hagan pesados.
Como
poderoso reclamo, la película cuenta con un excelente reparto, aunque quien se
lleva la mayor gloria es el propio Branagh interpretando a un Poirot de
ridículo bigote y suprema astucia, un personaje que podría resultar pedante y
cansino pero que logra manejar con habilidad para que sea en realidad el héroe
al que recurrir en caso de necesidad. En este sentido, el irlandés cumple con
creces como interprete tal y como ya lo hacia como director. Junto a él, un
surtido de estrellas resplandecientes con un aura tan magnético que brillan con
intensidad sin necesidad (ni tiempo) para esforzarse demasiado: Daisy Rydley,
Michelle Pfeiffer, Johnny Deep, Josh Gad, Derek Jacobi, Penelope Cruz, Judi
Dench, Willem Dafoe, etc.
Pocos
autores hay como Branagh (contribuye también en el guion) que se muevan como
pez en el agua en una adaptación literaria, y aquí consigue superar la frontera
que separa ambos medios para conseguir una película dinámica, intrigante y
divertida, con el espectáculo visual que los paisajes nevados le ofrecen y
moviendo a su antojo la cámara por entre los vagones del famoso tren de manera
anda caprichosa.
Se
podría pensar que los relatos de Agatha Christie han quedado un poco desfasados
en pleno siglo XXI, pero esta película demuestra que no. Tanto, que es disfrutable incluso conociendo
de antemano su final (que se supone que es donde está la gracia de los escritos
de la Christie), ya que una historia tantes veces llevada al cine o al teatro
es difícil que mantenga su misterio. Y ya se me ponen los dientes largos
esperando la llegada de esa teórica Muerte
en el Nilo.
Por
una vez, este Hercules Poirot (Hercule, perdón) mola tanto o más que el
Sherlock Holmes televisivo o GuyRichiano. ¿O no es verdad?
Siempre
que me he enfrentado al hecho de escribir una opinión sobre una película he
tratado de ser elegante y objetivo, más allá de que luego mis valoraciones
puedan gustar más o menos al lector habitual. Sin embargo, en el caso de Dunkerquesalí del cine tan ofendido e
indignado por semejante tomadura de pelo que se me va a hacer muy cuesta arriba
semejante propósito. Así que he decidido dividir este comentario en dos partes,
la primera en la que me contendré lo mejor posible y una segunda, ya con
spoilers, donde daré rienda suelta a todo lo que la película me provocó.
Aunque
nunca he sido un gran admirador del señor Nolan, al que siempre he considerado
mejor creador de imágenes que director (de guionista ya ni hablamos), pensaba
sinceramente que esta iba a ser la película que me reconciliaría con él. No en vano
narrar un episodio crucial de la historia (y más si corresponde, además, a la
II guerra Mundial) siempre luce mucho, como demostró Spielberg en la irregular Salvar al soldado Ryan o Gibson en la
magnífica Hasta el último hombre.
Pero no. Me bastaron quince minutos de película para descubrir que esto no era
para mí y ha sido esta una de las pocas veces que he estado a punto de
abandonar una sala de cine a la media hora de película.
Nolan
no filma, experimenta. No digo eso como algo negativo: el loable que en estos
tiempos de convencionalismo alguien trate de innovar en algo, pero el
experimentar no es sinónimo de triunfar. Su experimento es, para mí, a todas
luces fallido, consiguiendo sin duda su peor película y, posiblemente, una de
las peores del año. Y es que para inventos ya teníamos a David Lynch o a
Terrence Malick. Zapatero a tus zapatos, como se suele decir…
La
película pretende narrar la historia de Dunkerque, la mayor derrota militar de
los aliados y que propició la participación de los Estados Unidos en la guerra,
alentados por el famoso (y ventajista) discurso de Churchill. Y digo pretende
porque no estamos, en realidad, ante la historia de Dunkerque. Esto es más bien
una trivialización de la misma, una insultante edulcoración que ni explica lo
que sucedió ni se corresponde con la realidad.
Nolan
no está interesado en hacer una clase de historia, lo cual es decisión suya, y
en dos pinceladas (la idea de los panfletos es buena) nos pone en situación,
pero luego se corta a la hora de plasmar en imágenes el escenario real, no
dando sensación, en ningún momento, del sufrimiento que debieron sufrir los soldados
acorralados como ratones en esta playa rodeada de nazis y a apenas unos
quilómetros de su Inglaterra natal (en el caso de la película, poco pintan aquí
los franceses, polacos, belgas, etc.). Entiendo la decisión de no querer mostrar
al ejército alemán para centrar toda la atención en el protagonismo de los
británicos, pero ya jugó a lo mismo Spielberg en la miniserie Hermanos de Sangre y allí sí se sentía
la amenaza alemana como algo tangible.
En
un ejercicio de arrogancia donde la estrella es siempre el director, no la
historia, Nolan juega a dividir la trama en tres líneas temporales diferentes,
que muestra en paralelo hasta unirlas al final de la película. Este recurso
podría resultar interesante bien ejecutado, pero en sus manos resulta confuso,
un simple truco de ilusionismo para mostrarnos, las pocas escenas de interés,
repetidas por tres, como si él mismo fuese consciente de que narrada en orden
convencional la historia es extremadamente mínima. Y es que no todos los hechos
históricos, por importantes que sean para el desarrollo de la humanidad, pueden
ser bien llevados a la pantalla. Pero de eso hablaré más adelante.
Finalmente,
me queda hablar de los actores, entre los que solo puedo destacar a un
magnífico Kenneth Branagh, que con apenas unos minutos transmite en sus miradas
más que la película entera, y algo (muy poco) de Cillian Murphy, cuya historia,
bien desarrollada, podría haber sido interesante. Del resto nada se puede
destacar, sobre todo en el caso de Mark Rylance, un gran actor (aunque su
carrera comercial parece haber empezado y acabado con El puente de los espías, más después de esa ridiculez que fue Mi amigo el gigante) y que aquí está
horrible, sobre todo en la primera parte de la película.
En
fin, una película mala no por un cúmulo de situaciones sino por decisión del
propio señor Nolan, que aquí actúa como autor completo y es el único
responsable de todo lo bueno o malo que haya en el film. Y para mí es todo, o
casi todo, malo.
Dicho
esto, permitidme dejar algo de libertad a mi parte más emocional (es en esta
parte donde puede haber algún spoiler). Dicen los más críticos con la película (y es que a muchos
les ha encantado, considerándola una obra maestra, que no quiero yo ser profeta
de nada y reconozco que puede que en este caso esté solo contra el mundo) que
es fría y deja indiferente. La historia, desde luego, sí. Es imposible
simpatizar con ninguno de los soldados a los que no llegas a conocer para nada.
Pero a nivel general, la frialdad no fue conmigo. A mí sí me produjo
sensaciones, todas negativas.
Hay
una metáfora que ilustra la película. Al principio del todo está el chico
protagonista (un cantante de esos de moda que de cine poco sabe) intentando
hacer de vientre en varias ocasiones. Así creo que apareció el germen del film.
Estaba Nolan tan a gusto en el lujoso retrete de su mansión de California,
soltó todo lo que tenía que soltar y pensó: “he aquí mi próxima película”.
Porque eso es lo único que se me vino a la cabeza viendo Dunkerque: ¡menuda mierda!
Visualmente
es espantosa. Las escenas de combate aéreo no lucen nada, son precipitadas y
hasta incomodas de ver. Y el chiste ese de que lo que hace es buscar un
realismo total, sumergiendo al espectador en el contexto, se van al garete al
ver ese Dunkerque con edificaciones de los años setenta, ventanas de cristales
impolutos y antenas de televisión. Por su parte, el señor Tom Hardy debe ser el
actor más caradura de todos los tiempos. Ya en ese despropósito que sirvió para
cerrar la trilogía del murciélago de Nolan hizo un personaje al que nunca se le
veía la cara, como en media película de Mad Max, pero al menos ahí tenía acción corporal. Recibió alabanzas por pasarse
una hora y media hablando por el móvil desde su coche en Lockey dicen hace un cameo perfecto en Star Wars: Los últimos Jedi, oculto bajo la armadura de Stormtrooper.
Aquí, sin embargo, riza el rizo. Oculto bajo el casco y las gafas de aviador
(solo se le ve la cara en la bochornosa escena final, cuando planeando con un
avión sin gasolina derriba a un enemigo alemán, cual Cid Campeador cabalgando después
de muerto) se limita a sacudir la cabeza a un lado y otro de su cabina, como
los muñecotes esos que uno pone en el salpicadero del coche para echarse unas
risas.
Decía
antes que no todas las historias pueden ser bien adaptadas. Esta, visto lo
visto, no lo es. La cosa va de unos navegantes civiles que atravesaron el canal
de la Mancha para efectuar la evacuación de los militares atrapados. Así que lo
que vemos en la película es a los navegantes civiles cruzando el canal de la
Mancha y evacuando a unos militares atrapados. Punto. Eso lo cuento yo en diez
minutos, ya que no hay en ningún momento sensación de verdadero peligro. Tal y
como está narrado, parece como si el único obstáculo fuesen cuatro aviones
alemanes mal contados y un submarino fantasma que no está claro que existiese
realmente.
Y
decorando el pastel, como para rellenar trama, la historia del George este, al
que pintan de héroe pero que en realidad es el tonto del pueblo que solo quiere
salir de excursión con sus amigos (o los únicos que lo soportan, parece ser) y
que demuestra que normalmente los héroes se sustentan en mentiras.
Para
enmarcarlo todo, el ruido la música de Hanz Zimmer, absolutamente horrible,
pero al menos efectiva, de lo poco que transmite algo de emoción en la película
(porque si la escena más emocionante debe ser esa situación absurda dentro de
un barco varado, apaga y vámonos).
Quizá
el mayor chiste de todos sea escuchar a Christopher Nolan, después de criticar
a Netflix, defender que el cine debe verse en espacios que permitan disfrutarlo
tal y como fue concebido. Dunkerque
ha sido rodada en una combinación de cinta 15/70mm IMAX y Super Panavision 65
mm, lo que significa que no se puede apreciar en la calidad adecuada en el 99%
de los cines de todo el mundo. Así que quizá deberíamos hacerle caso y no ir a
ver su película a ningún cine que no sea una sala IMAX o un Phenomena. Y de
paso, gritarle: ¡Qué tonto eres, Christopher Nolan!
En
resumen, que más allá de mis filias y fobias por este sobrevalorado y
prepotente director, la película es una sarta de falsificaciones sobre lo que ocurrió,
narrada sin fuerza (os dejo a continuación un clip con un magnífico plano secuencia
de Expiación: Más allá de la pasión,
de Joe Wright que nos recordaban los amigos de Espinof, donde se puede adivinar
como fue realmente estar en Dunkerque, ya que Nolan ha obviado las muertes, el
dolor y el sufrimiento. Mala historia, malas interpretaciones, horrible
dirección y, sobre todo, muy, muy, muy aburrida.
Aunque,
como casi siempre, seguramente seré yo quien esté equivocado… Valoración: Tres sobre diez.
Como
no es mi intención mentir ni tratar de engañar a nadie, no voy a ocultar mi
total devoción hacia el cine de Kenneth Branagh, siendo Los amigos de Peter una de mis películas preferidas y considerando
su Frankenstein o su Mucho ruido y pocas nueces como
verdaderas obras maestras.
Cierto
es que de un tiempo a esta parte el señor Branagh ha perdido parte de su magia,
con algún patinazo como La huella,
películas carentes de su sello personal como en Jack Ryan: Operación Sombra o embarcándose en blockbusters
aparentemente alejados de su narrativa intimista y británica como el Thor que filmó para Marvel (una muy
buena película con excelentes momentos en Asgard y por la que apenas se le ha
reconocido a Branagh el mérito de ser el “descubridor” de Tom Hiddleston). Y
por eso, cuando supe que iba a ser el encargado de dirigir una nueva adaptación
en imagen real de un cuento de Disney me llevé las manos a la cabeza. Otro más
que se vende al dinero fácil, pensé, tal y como sucedió con mi otrora admirado
Tim Burton y su alucinógena Alicia en el
país de las Maravillas.
Nada
más alejado de la realidad. Argumentalmente hablando, Branagh no inventa nada,
limitándose a transcribir en imágenes la historia clásica, paso por paso,
añadiendo si cabe alguna pincelada con la que rellenar los huecos elípticos que
la historia original poseía. Sin embargo, desde el punto de vista visual, Cenicienta es sencillamente sublime.
Innegablemente
hermanada a Mucho ruido y pocas nueces
(como en aquella, el compositor Patrick Doyle está especialmente inspirado), Cenicienta posee la fuerza visual que
tanto me apasiona de Branagh y que, excepto en momentos fugaces de Thor, no veía desde Frankenstein. Movimientos de cámara impecables, travelings
maravillosos, grandes panorámicas… Momentos como los de la transformación (el
reencuentro de Branagh con Helena Bonham Carter tras su flirteo en Frankenstein nos permite recordar que
bajo el excesivo maquillaje gótico con la que la inundaba Burton se oculta una
hermosa mujer) de Cenicienta, el baile (nadie sabe filmar escenas de baile como
el norirlandés), la sutil pero asfixiante madrasta que compone Cate Blanchet,
la dulce fragilidad de la Cenicienta Lily James (poco conocida actriz rescatada
de Downton Abbey y a la que pronto
veremos en Orgullo y Prejuicio y zombies),
todo brilla con luz propia en una película que consigue la magnificencia sin
necesidad de (como sucedió con Maléfica,
Mirrow, Mirrow o Blancanieves y la leyenda del cazador) inventarse caminos
alternativos. Para ello, Branagh ha sabido rodearse, además, de buenos amigos y
actores de la casa para papeles secundarios, como su eternamente idolatrado
Dereck Jacobi, Nonso Anozie (a quien dirigió en Jack Ryan: Operación Sombra), Stellan Skarsgärd (Thor), Hayley Atwell (la Agente
Carter del Universo Marvel), y un plantel de secundarios básicamente
británico.
Clásica
hasta la extenuación, Branagh sabe cómo conjugar los momentos más delirantes
del film de animación (incluyendo el protagonismo de los ratoncillos o las
insufribles hermanastras) para que no desentonen en un cuento de hadas
destinado a seducir a una nueva generación sin tener porqué dejar de interesar
a los que crecieron con la versión animada del zapato de cristal.
No
voy a negar que en los últimos tiempos hemos sufrido un abuso de revisiones de los
cuentos clásicos, ya sea como nuevas adaptaciones o como invenciones del estilo
de Into the Woods, pero la aparición
de títulos como este valen por sí solos para justificar la basurilla que nos
están haciendo tragar con calzador.
Nadie
podría imaginar que una versión de la Cenicienta
sería el film más taquillero de Kenneth Branagh en toda su carrera, y el mejor
de las dos últimas décadas, pero así ha sido, y espero que suponga un punto de
inflexión para el genial realizador y que sirva esto para revitalizar una
carrera que estaba tomando un extraño rumbo.
Nueva
adaptación al cine del célebre personaje de Tom Clancy, aunque con una
importante salvedad: se trata de un guion escrito directamente para la gran
pantalla por David Koepp y Adam Cozad, sin partir de ninguna novela concreta.
Así, no hay que encuadrar esta película dentro de una hipotética saga de Jack
Ryan, como pueda suceder con James Bond o Ethan Hunt, y la prueba más clara es
que la película arranca con un Ryan universitario contemplando con estupor los
atentados del 11 de septiembre, lo cual impide cualquier alineación cronológica
con las otras versiones del personajes (todas ellas, esa vez sí, basadas
directamente en novelas de Clancy), las interpretadas por Alec Baldwin en La caza del Octubre Rojo (John
McTiernan, 1990), Harrinson Ford (Juego
de Patriotas, 1992, y Peligro Inminente, 1994, ambas de
Phillip Noyce) y Ben Affleck (primer intento de renovar la supuesta saga con Pánico Nuclear, de Phil Alden Robinson,
en 2002).
En
esta ocasión es Chris Pine (quien ya consiguiera hacer olvidar a William
Shatner reinventando al Kirk de Star Trek)
quien pone rostro y carisma al popular analista de la CIA que empleando más el
ingenio y la lógica que la fuerza y las armas (eso tampoco significa que la
película carezca de escenas trepidantes y de gran acción), diferenciándolo de
otros agentes secretos más al uso. Aun así, los guionistas no evitan hacer un
guiño a los seguidores más exigentes del personaje respetando elementos
icónicos como su relación con Cathy (descubrimos ahora como se conocieron y sus
primeros años de convivencia antes de decidirse a pasar por el altar),
interpretada en esta ocasión por Keira Knightley , así como las razones que lo
llevaron a convertirse en analista (agradézcanselo a su mentor Thomas Harper,
un Kevin Costner recuperado para el cine después de que su Jonathan Kent fuese
de lo mejorcito de El hombre de acero,
muerte estúpida aparte) y por qué un simple burócrata está tan preparado para
la acción (el Ryan original fue veterano de la II Guerra Mundial, este estuvo
en Afganistan, ¿ve lo que les decía de la cronología?).
Una
característica de la obra de Clancy es ser muy respetuosa con el tiempo que le
ha tocado vivir, y las películas no son una excepción. Si las intrigas de la
Guerra Fría o el temor al terrorismo fueron temas importantes en los títulos
anteriores, es este caso la amenaza que puede acabar con el estilo de vida
americano se puede traducir en una demoledora crisis económica (no podía ser de
otra manera).
El
tercer eslabón de la cadena que garantiza el éxito de este film (tras los
nombres de Pine y Clancy) es el de Kenneth Branagh, otrora brillante director
reconvertido ahora en artesano eficaz que lejos de sus análisis de personajes
reflexivos como corresponde a un fiel shakesperiano (aunque algo se mantuvo en
su anterior película, Thor, al menos
en la parte centrada en Asgard) se centra más en desarrollar correctamente una
historia que en manos de un director menos diestro podría resultar confusa,
demostrando que aun estando lejos de la maestría de sus mejores obras (como
añoro al autor de Los amigos de Peter,
Mucho ruido y pocas nueces y –sí, voy
a atreverme a definirla como obra maestra- Frankenstein
de Mary Shelley) sigue filmando extraordinariamente bien, midiendo bien el
ritmo, dando el tiempo correcto a los diálogos (y es de agradecer encontrar
buenos diálogos en un film de acción) y teniendo tiempo incluso para regalarnos
la pasividad inquietante de su rostro en la confección del villano de la historia.
Pese
a estar estrenada en este mes tan repleto de festivales y premios, Jack Ryan: Operación Sombra no es, ni
pretende serlo, una película de Oscars, sino un simple entretenimiento,
elegantemente filmado, con aroma clásico y buenas interpretaciones que no
aburre en ningún momento aunque tampoco se atreve a arriesgar en su apuesta,
por lo que pocas sorpresas se pueden hallar en ella.
Intriga,
persecuciones, americanos heroicos y rusos malos. Y la sonrisa de chico
travieso de Chris Pine. No pidan más y no serán decepcionados.