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miércoles, 20 de noviembre de 2019

MALÉFICA, MAESTRA DEL MAL

No voy a decir que Maléfica fuese la culpable de esta cansina moda de adaptar a imagen real los clásicos animados de Disney, pues cuando se estrenó, allá por 2014, lo que se estilaba era, simplemente, reimaginar los cuentos de hadas clásicos. Si es cierto, al menos, que por aquel entonces en Disney se molestaban en contar historias que iban más allá de la simple repetición en acción real de las versiones animadas, como es el caso de las recientes La Bella y la Bestia o El rey León. Pese a todo, la película firmada por Robert Stromberg no pasaba del mero pasatiempo dejándolo todo en manos de una Angelina Jolie, eso sí, superlativa.
Maléfica, maestra del mal, inevitable secuela, está dirigida por Joachim Rønning, quien, viendo lo sucedido en la primera entrega, decide doblar la apuesta y jugar sobre seguro: si en aquella todo se confiaba a la Jolie, en esta tenemos además a Michelle Pfeifer como la gran villana, logrando un duelo interpretativo de altura.
A nivel argumental, se pretende subir la apuesta planteando un conflicto entre los habitantes del bosque y los humanos que solo puede terminar de la peor manera, consiguiendo así una película mucho más espectacular y dinámica que la anterior, si bien hay momentos, sobre todo en su tramo inicial, en los que la sobrecarga de efectos visuales y de personajes coloridos y chillones llega a agotar, aunque Rønning se recompone fácilmente y termina por apostar por una épica en su tramo final que, pese a resultar algo tramposa, convence bastante. Bien es cierto que en el tramo central la película decae un poco cuando el personaje de Maléfica prácticamente desaparece de escena, causando un “efecto valle” algo alargado, pero aún así es un peaje que se paga con agrado en pos del espectáculo final.
Sin que el resto de los actores brillen en exceso (Elle Fanning, recién salida de Día de lluvia en Nueva York, se limita a poner caritas y poco más), la película termina derivando en el duelo entre dos monstruos interpretativos del cine que, sin que tampoco tengan demasiadas escenas juntas, son suficientes como para mantener la película por sí mismas y darle el empaque necesario.
Maléfica, maestra el mal, puede que sea una secuela algo innecesaria y que no termine de ser todo lo redonda que pretendía serlo, pero cumple como entretenimiento y logra superar, por momentos, a su antecesora.


Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 8 de julio de 2018

ANT-MAN Y LA AVISPA

Resultaba difícil regresar al universo Cinematográfico Marvel después de los duros hechos narrados en Vengadores: Infinity War, por eso ya comenté en su momento que me parecía muy inteligente la propuesta de Marvel de rebajar expectativas y tensiones haciendo que el siguiente capítulo de la saga fuese protagonizado por Ant-Man, uno de los héroes más irrelevantes de la franquicia y donde el humor prima siempre por encima de la épica.
Con Ant-Man y la Avispa no hay lugar para la sorpresa. Esto es puro entretenimiento y nada más, y así lo ha entendido el director Peyton Reed, que mejora la puesta en escena de su anterior película pero en función de una historia bastante irrelevante y sin un villano de altura.
Además, Ant-Man y la Avispa arrastra un problema muy común en las series de comics y que los lectores más habituales reconocerán enseguida. Me refiero a cuando hay un gran evento que aúna a varios personajes, lastrando la colección individual de uno en concreto. Traducido al cine, esta secuela de Ant-Man está demasiado maniatada por los acontecimientos de Capitán América: Civil War y Vengadores: Infinity War, lo que le impide tener una trama propia completamente independiente, si es que lo pretendiese.
Así pues, no esperéis aquí en siguiente eslabón de una trama compleja con el destino de la humanidad en juego. Esto es un carrusel de chistes y diálogos ingeniosos y como tal debe considerarse. De esa manera, Ant-Man y la Avispa es un buen entretenimiento, un espectáculo veraniego ligero que sabe aprovechar la química entre sus protagonistas y donde Paul Rudd brilla especialmente, aunque en algunos momentos pueda parecer un remiendo del espíritu socarrón de Deadpool.
Por ello, Ant-Man y la Avispa, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, estaría entre lo más flojo de Marvel, sin que ello sea especialmente malo, pero eso no indica para nada que sea decepcionante o fallida, como podría ser para muchos Thor: el Mundo Oscuro. Insisto, simplemente ni apunta más alto por decisión propia.
Así que estamos ante una aventurilla de rescates cuánticos, divertidos juegos relativos al tamaño, chascarrillos y simplezas que, sin embargo, consigue golpear de nuevo a los espectadores merced a sus escenas postcréditos, la primera mucho más trascendente que la segunda, a todas luces imprescindibles y que dan el punto de originalidad de conferir a Ant-Man y la Avispa el honor de ser la primera película Marvel de final totalmente abierto e inconcluso (teniendo en cuenta que desde mi punto de vista Infinity War no tiene un final abierto, simplemente termina con el malo ganando a los buenos: que luego vaya a haber continuación es otra cosa).
Risas, evasión y la siempre agradable presencia de Evangeline Lilly. Esto es lo que hay. ¿Para qué más?

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 26 de noviembre de 2017

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS, el regreso del mejor detective del mundo.

Por motivos que no llego a comprender, Kenneth Branagh nunca ha sido considerado como uno de los grandes directores actuales, por más que lleve acumuladas cinco nominaciones al Oscar. Quizá su problema fuese empezar muy fuerte, con algunas de las mejores adaptaciones de Shakespeare que se han visto en cine (Enrique V, Mucho ruido y pocas nueces, Hamlet...) aparte de alguna película maravillosa de cosecha propia (Los amigos de Peter). 
Seguramente Frankenstein de Mary Shelley era su apuesta por el cine más taquillero y, pese a que la considero una grandísima película, no llegó a cuajar, dando pie a una etapa de ligera decadencia (aunque todavía no he visto una película suya que se pueda definir como mala) tras la que ha tenido que buscar en el cine más comercial para poder salir a flote. Los millones amasados por Thor (para mí, y con permiso del señor Waitiki, la mejor de la saga con diferencia) y Cenicienta lo han reconciliado con las productoras (olvidados quedan sus experimentos con Como gustéis o La flauta mágica) permitiéndole acceder a una película como esta, que le permite regresar a su estilo mças personal sin alejarse de la comercialidad.
Por eso, es posible que con Asesinato en el Orient Express haya dado por fin con la tecla correcta, aunando su elegante puesta en escena, su pasión por adaptar y modernizar clásicos literarios y la necesidad de triunfar en taquilla. Tanto es así que ya está en marcha la secuela de esta película (aunque sería más correcto decir la nueva aventura de Poirot), con lo que podríamos estar ante el inicio de una nueva saga cinematográfica.
Agatha Christie ha sido numerosas veces adaptada en la gran pantalla, aunque pocas veces con éxito. Sin embargo, una de esas raras ocasiones fue, de la mano de sidney Lumet, la obra que ahora nos ocupa, con lo que el riesgo acometido por Branagh es doble.
Por eso, y porque, aunque el fondo sea el mismo las formas son totalmente opuestas, convendría olvidarse de esa gran película y no querer jugar a las comparaciones. Este Asesinato en el Orient Express no es un remake de aquel, sino otra adaptación independiente de la novela, y así debe ser considerado.
Es por ello que Branagh se ha esforzado por modernizar el relato, no cambiando la época imaginada por la escritora (ya jugó a eso con Hamlet), pero sí dotando a la historia de un toque humorístico, casi de vodevil, y convirtiendo al protagonista en un héroe de inteligencia inaudita más cercano al Sherlock de Benedict Cumberbatch que al Poirot de David Suchet. Es decir, se amolda a las convicciones de los blockbusters modernos, pero consiguiendo que ni el humor caiga en el ridículo ni el histrionismo de algunos personajes se hagan pesados.
Como poderoso reclamo, la película cuenta con un excelente reparto, aunque quien se lleva la mayor gloria es el propio Branagh interpretando a un Poirot de ridículo bigote y suprema astucia, un personaje que podría resultar pedante y cansino pero que logra manejar con habilidad para que sea en realidad el héroe al que recurrir en caso de necesidad. En este sentido, el irlandés cumple con creces como interprete tal y como ya lo hacia como director. Junto a él, un surtido de estrellas resplandecientes con un aura tan magnético que brillan con intensidad sin necesidad (ni tiempo) para esforzarse demasiado: Daisy Rydley, Michelle Pfeiffer, Johnny Deep, Josh Gad, Derek Jacobi, Penelope Cruz, Judi Dench, Willem Dafoe, etc.
Pocos autores hay como Branagh (contribuye también en el guion) que se muevan como pez en el agua en una adaptación literaria, y aquí consigue superar la frontera que separa ambos medios para conseguir una película dinámica, intrigante y divertida, con el espectáculo visual que los paisajes nevados le ofrecen y moviendo a su antojo la cámara por entre los vagones del famoso tren de manera anda caprichosa.
Se podría pensar que los relatos de Agatha Christie han quedado un poco desfasados en pleno siglo XXI, pero esta película demuestra que no.  Tanto, que es disfrutable incluso conociendo de antemano su final (que se supone que es donde está la gracia de los escritos de la Christie), ya que una historia tantes veces llevada al cine o al teatro es difícil que mantenga su misterio. Y ya se me ponen los dientes largos esperando la llegada de esa teórica Muerte en el Nilo.
Por una vez, este Hercules Poirot (Hercule, perdón) mola tanto o más que el Sherlock Holmes televisivo o GuyRichiano. ¿O no es verdad?

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 2 de octubre de 2017

MADRE!: Demencial e hipnótica pesadilla metafórica.

Resulta sumamente complicado enfrentarse a una película como Madre! Por un lado, debido a la complejidad de la obra en sí, pero por otro por lo importante que es que el espectador vaya lo más virgen posible a ella para disfrutar (o no) la experiencia de una manera más completa.
Madre! es, posiblemente, la película más personal y extrema de Darren Aronofsky, muy por encima de Cisne negro, y aunque guarda algunas similitudes con respecto a su retorcido desconcierto, aquella se quedaba corta en comparación a la propuesta inicial.
Todo arranca de una manera algo convencional, con un matrimonio que vive tranquilamente en una casa aislada del mundo, él tratando de escribir una nueva obra de poesía y ella dedicada a la reformar el hogar tras un atroz incendio. Pero la tranquilidad se trunca con la llegada de unos desconocidos que se convertirán en invitados no demasiado bien recibidos por parte de ella.
Con toques de terror algo descafeinados, todo parece indicar que estamos ante otro ejemplo de cine de “home invasión” más, con un toque surrealista aunque tampoco nada del otro mundo. Pero poco a poco las cosas se van saliendo de cauce y, hacia mitad del metraje, un brusco giro de los acontecimientos sumerge al espectador en una vorágine de secuencias que le golpean sin tiempo para que recupere el aliento y dando claras pistas hacia dónde se deriva la trama pero no concediéndole el tiempo necesario para asimilarlas.
Ayuda, para ello, el abuso de primeros planos centrados en el personaje de Jennifer Lawrence para reforzar la sensación de soledad e incomodar al espectador, restándole espacio a su alrededor para poder ver más allá de lo que Aronofsky está dispuesto a mostrar. Javier Bardem, correcto sin más, aporta la ambigüedad necesaria para terminar de descolocar al espectador y la aparición de Ed Harris y Michelle Pfeiffer consigue incomodar sin necesidad de que lleguen a hacer tampoco nada suficientemente evidente para ello.
Madre! es una película tan angustiante como hipnótica, que deriva en una montaña rusa de sensaciones y logra sumergirse en el absurdo sin que en ningún momento llegue a molestar. En su tramo final nada parece tener sentido, todo es una absoluta locura, una pesadilla demencial. El espectador no entiende nada, pero tampoco le importa. Y, al final, la luz. La chispa que revela lo que Aronofsky nos está contando. Aunque tampoco entonces está del todo claro, pues la interpretación del espectador juega también su propio papel.
Estamos, pues, ante una película que conviene ver con la mente bien abierta, dejándose llevar como si estuviésemos atrapado en un sueño de esos en el que recorremos lugares conocidos pero distorsionados, con un toque de irrealidad. Luego, tras el visionado, el director obliga al espectador a sumergirse en sus recuerdos, a analizar todo lo que ha visto y, mejor todavía, a compartirlo con otros espectadores e intercambiar puntos de vista para llegar a resolver la metáfora que acabamos de presenciar.
Y una vez hecho esto, si alguien se atreve con un segundo visionado, las respuestas estarán mucho más claras.
Madre! puede resultar una película difícil para muchos espectadores, que no estén dispuestos a realizar ese ejercicio de reflexión y análisis posterior y que se sientan incluso estafados por lo que acaban de ver, con imágenes crueles y desagradables, en una época demasiado acostumbrados al cine de consumo inmediato y olvido fácil o al estilo “nolaniano” donde te explican las cosas varias veces para asegurarse de que lo entiendas todo a la primera. Es por ello que ha tenido algunas críticas atroces, ya que esta sí es una película para amar u odiar. Yo, personalmente, me he quedado atrapado por su envoltura y que querido excavar para llegar a su interior, para indagar en lo que me están contando y dejarme embrujar por ella.
Es difícil aceptar Madre! a la primera, ya que quien espere ver en ella una simple película de terror (solo hay algún ligero toque de ello) quedará decepcionado, pero quien lo consiga, lo va a disfrutar de lleno. Como me sucedió a mí.

Valoración: Ocho sobre diez.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

MALAVITA (6d10)

Que Luc Besson es un enamorado del cine americano no es ningún secreto y ya se vio claro en una de sus primeras películas: Nikita, dura de matar. Por eso no es de extrañar que después de un tiempo centrado más en tareas de productor que de realizador y con la trilogía infantil sobre Arthur y los Minimoys como últimos títulos destacados su regreso al cine de acción sea con un homenaje a un género tan americano como el de la mafia.
Sin embargo, Malavita no es realmente un film de gansters, aunque los tenga, sino más bien una comedia muy negra aunque con dos representantes genuinos de ese género como son Robert De Niro (actor) y Martin Scorsese (productor).
Malavita explica la historia de una familia, antes los Manzoni, ahora los Blake, que se instalan en un pueblecito de Normandía como testigos protegidos después de que el cabeza de familia, Fred, delatara ante el FBI a todos sus camaradas. Así, veremos cómo su mujer y dos hijos deben adaptarse a sus nuevas vidas mientras él debe permanecer oculto en casa (cosa que por supuesto no hará) para evitar que los descubran, ya que lógicamente han puesto precio a sus cabezas. Pero hay costumbres que cuestan abandonar.
Dejando de lado detalles como el hecho de que todo el mundo en Normandía se entienda perfectamente en inglés con ellos, Malavita es una curiosa mezcla entre el cine costumbrista rural francés,  con ecos de Bienvenidos al norte, con la comedia de acción americana, aquella que en los ochenta tan buen se les daba a Ivan Reitman o a John Landis.
Con momentos brillantes como la escena del supermercado, Malavita es divertida y ácida, aunque intenta ponerse seria en algunos momentos con subtramas que nunca llegan a resolverse (la relación de la madre con el cura, el primer amor de la hija,...) para culminar (tras la declaración de amor definitiva al cine de Scorsese) en un clímax de violencia con aroma a cartoon aunque algo trágico para mi gusto.
Hay unas cuantas escenas que perdurarán en el recuerdo por su ingenio y sentido del humor, pero no las suficientes, insinuando que quizá Besson se está empezando a oxidar.
Sólo entonces se agradece la presencia de los tres grandes actores que la protagonizan: un De Niro que parece que empieza a levantar cabeza después de unos años bastante grises, Michelle Pfeiffer, que a sus  cincuenta y cinco años está más guapa que nunca, y Tommy Lee Jones, que con apenas unas pocas secuencias tiene suficiente para llenar las pantallas con su presencia. Junto a ellos los jóvenes John D'Leo y Dianna Agron cumplen con creces y sólo se echa en falta que no se les ocurriera (o quizá sí se les ocurrió pero no pudieron) ofrecer el papel de asesino que finalmente interpreta Jimmy Palumbo a Joe Pesci. La fiesta habría sido completa.

Entretenida de principio a fin no reluce tanto como el oro que promete, pero al menos es plata de ley.