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martes, 3 de septiembre de 2019

ANNA

Se podría decir que Luc Besson está en horas bajas, muy bajas. Con la excepción de Lucy, lleva tiempo sin lograr un buen éxito de taquilla y su película anterior, Valerian y la ciudad de los mil planetas, acarreó unas pérdidas que estuvieron a punto de hundir a su productora. Y no parece que con Annalas cosas le vayan a ir mejor, en vista de la escasa repercusión que está teniendo (ni siquiera ha tenido una campaña publicitaria decente).
Quizá el quid de la cuestión se deba a que el director francés es uno de los muchos que en Hollywood miran con lupa por las supuestas demandas por acoso sexual, que ya se sabe que es muy difícil saber diferenciar entre el autor y su obra y más si encima es un extranjero en tierra de dioses. Sin embargo, este declive en taquilla no está en armonía con sus resultados a nivel de calidad, ya que Valerian era un entretenimiento más que digno merecedora de ser el inicio de una saga que nunca veremos y esta Anna no se le queda atrás, resultando ser un espectáculo emocionante y muy divertido que, a nivel de puro entretenimiento, podría estar entre lo mejorcito del verano.
Besson sabe como tratar a las mujeres (al menos en pantalla) y con Anna se cierra una especie de trilogía sobre mujeres duras que comenzó con Nikita, dura de matar y continuó con Lucy, aunque como representante del empoderamiento femenino n(mucho antes de que el empoderamiento femenino estuviese de moda) hay que recordar que fue el descubridor de Natalie Portman en Leon, el profesional y de Milla Jovovich en El quinto elemento, proponiendo después a su propio Indiana Jones femenino en Adele y el misterio de la momia y otorgando a Clara Delevigne un rol tan destacado como al propio protagonista en la mencionada Valerian.
Puede que el problema de Anna sea que parte de un argumento demasiado trillado últimamente. Una espía femenina que enfrenta a soviéticos y americanos jugando a un doble juego recuerda demasiado a la excelente Atómica o a la más flojita Gorrión Rojo, ambas del año pasado, sirviendo demás como aperitivo de la inminente Viuda Negra. Por eso, el mayor acierto de Besson en Anna es la forma de jugar con los tiempos, jugando además con el espectador, saltado adelante y atrás en la cronología de la historia para componer un puzle muy divertido que, en lugar de confundir al espectador como en las mayoría de películas de espías dobles, que suelen abusar de ser demasiado complicadas, convirtiendo así la película en un pasatiempo disfrutable alrededor de la figura de una modelo rusa (fantástica la debutante como protagonista Sasha Luss, que ya tuvo un papelito irreconocible bajo el CGI en Valerian), a ratos manipulada por todos, en otros momentos manipuladora ella. Víctima, ejecutora, amante, asesina… Un juego de roles y lealtades alternadas para un film de pleno lucimiento de la muchacha, ya sea por su belleza como por sus cualidades físicas, con espectaculares coreografías de peleas que rememoran a la propia John Wick y donde las figuras florero son, por una vez, hombres, con los rostros de Cillian Murphy y Luke Evans, todos ellos marionetas bajo la pérfida vigilancia de la todopoderosa Helen Mirren.
A resumidas cuentas, una película muy divertida, totalmente autoconsciente de lo que es (cruel burla del mundo de la moda, más cuando la propia Luss proviene precisamente de allí) y a lo que aspira, con buenas dosis de acción y la siempre eficiente mano de Besson dirigiendo y con una protagonista que, ya sea por un motivo u otro, te termina por enamorar.


Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 19 de agosto de 2017

VALERIAN Y LA CIUDAD DE LOS MIL PLANETAS, divertida locura visual.

Aunque parece que este verano se va a caracterizar por la proliferación de blockbusters desastrosos y ridículos (a mi entender Transformers se lleva, otra vez, la palma), me veo tentado de nuevo a defender lo indefendible, tal y como hice, mínimamente, con La Torre Oscura y, con algo más de ganas, Rey Arturo (y eso por no remontarme unos meses atrás y recordar La Momia)
El caso es que se estrena otra película precedida de críticas nefastas y batacazo en taquilla con la que yo, personalmente, me lo pasé pipa. Excesiva, desmedida, loca y muy personal (algo parecido a lo que sucedía con la película de Guy Ritchie, aunque en otra dirección), Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas es puro Luc Besson, una prima hermana de aquella El Quinto Elemento algo más coherente (que algo ha mejorado Besson como director, no ya como guionista) y menos estrafalaria.
El mayor problema de Valerian es que ha llegado muy tarde. Demasiado desconocido popularmente fuera de Francia, el comic que la inspira, obra de Jean-Claude Mézières, fue clara referencia para películas como Star Wars y la gran cantidad de Spaces Operas que la siguieron, pero vista ahora su adaptación da la sensación de que es una copia de todo lo que ya existía anteriormente.
El principal ejemplo es en su prólogo, justo después de la escena (muy inteligente) de los títulos de créditos. 
En él vemos una raza pacífica que convive en un lugar de ensueño con playas de arenas blancas y aguas cristalinas que rinden culto a la naturaleza hasta que el cielo se abre y se convierten en daños colaterales de una guerra que no es la de ellos. 
Vamos, como si cruzáramos a los Na’vi de Avatar con las Amazonas de Wonder Woman. Con esto ya sabemos que nada será tremendamente original en Valerian, pero sí muy espectacular y hermoso.
Y esto es lo que mejor define esta aventura galáctica de trama sencilla pero coherente (a esos críticos que escriben por ahí que nada tiene sentido les recomiendo que si se duermen en el cine se abstengan de hacer luego las críticas): su belleza. El diseño de producción es realmente exquisito, demostrando porqué es la película europea más cara de la historia (lo cual hace más comprensible el batacazo que se está dando), con unos escenarios majestuosos y la creación de infinidad de razas alienígenas, algunas algo ridículas, todo hay que decirlo.
Besson dota a la película de sus notas de humor habituales, aunque sin llegar a ser nunca tan cargantes como sucedía en El Quinto Elemento con el personaje de Chris Tucker. Además, la química entre Valerian y Laureline funciona muy bien, demostrando que aún extraño, el casting es acertado. Dane DeHaan es un héroe extraño pero cumplidor y Cara Delevingne consigue aunar dulzura, dureza y sensualidad de una manera que se me antojaba increíble después de verla deambular por Escuadrón Suicida.
Valerian es una película larga, quizá en exceso, pero al menos se justifica en la libertad total que ha tenido Besson en el rodaje. Así, la escena de presentación de Valerian y Laureline, a semejanza de los clásicos prólogos de James Bond, es mucho más larga de lo que cabría esperar y la aparición de Rihanna con una espectacular actuación supone una rotura del ritmo en pleno desenlace final. Y, sin embargo, en ambas ocasiones la cosa funciona, demostrando que los recortes impuestos en la mesa de montaje suelen ser contraproducentes.
Es cierto que el guion podría estar más desarrollado, como demuestra lo poco que le importa a Besson desvelarnos que el personaje de Clive Owen es el villano desde el primer momento, pero eso solo significa que el espectáculo es siempre lo que debe primar por encima de todo. Puede buscarse aquí un mensaje naturalista, o incluso antimilitar, pero Besson no quiere dar lecciones, tan solo entretener. Al fin y al cabo, esto no es La guerra del Planeta de los Simios. Aquí se juega a otra cosa.
Valerian es una apuesta arriesgada, quizá no demasiado novedosa (tiene el aroma pop de Los Guardianes de la Galaxia y el propio Valerian recuerda mucho a un joven Han Solo, aunque algo del capitán Kirk de Chris Pine también tiene), pero muy bien resuelta, con persecuciones de naves emocionantes, cuentas atrás que se detienen en el último segundo y monstruos aterradores. Es todo un espectáculo visual, una orgía de colores muy entretenida, un no parar frenético y que deja con ganas de más.
Y sí, de acuerdo, es todo demencial, pero quizá es que yo mismo esté también un poco loco. Porque a mí me ha funcionado.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 27 de agosto de 2014

LUCY (5d10)

Dejando claro que no estamos ante una gran película y que hay demasiados agujeros como para contentar a cualquiera (desde la elección de la actriz protagonista hasta la pretenciosidad del director), no me parece tampoco justo las despiadadas críticas que se han vertido sobre ella como si se tratase del peor film de la historia.
Es de sobras conocido el gusto de Luc Besson por la acción artificiosa y efectiva, ya sea como director (donde sus mejores trabajos, posiblemente El quinto elemento, Nikita, difícil de matar y El profesional (Leon), quedan ya muy lejos en el tiempo)o productor (desde la saga Transporter a la de Venganza), por lo que no debería extrañar la tramposa argucia argumental que se oculta tras Lucy, en la que la acción y espectacularidad están a la altura de lo previsible en manos del director galo y es en su mensaje idealista donde la película se pierde como lluvia en el mar. Y es que la idea, por bizarra que pueda parecer, tiene su gracia.
Una chica es secuestrada y obligada a ejercer de mula de una nueva y potente droga. Sin embargo, cuando un paquete se revienta en su estómago y la droga pasa a formar parte de su organismo, su cerebro comienza a desarrollar un rápido aumento de sus capacidades, apareciendo así extraños y asombrosos poderes en espera a alcanzar el 100% de todo su potencial. Para sobrellevar la situación (y de paso, vengarse de los tipos que la han metido en ese lio) contará con la ayuda del profesor Norman (un Morgan Freeman que sigue desperdiciando su talento en papeles de escaso esfuerzo interpretativo) y del policía Pierre Del Rio (Amr Waked, actor egipcio pero que ejerce como la habitual referencia gala del cine de Besson). Con esta premisa, la película podría haber sido una tontería rollo superheróico con la “superwoman” interpretada por Scarlett Johansson repartiendo mamporros imposibles al más puro estilo de Milla Jovovich en Ultravioleta o Charlize Theron en Aeon Flux. Pero, para empezar, para ello habría sido necesaria la participación de una actriz más solvente (como la inicialmente deseada Angelina Jolie), ya que la Johansson parece haber olvidado todo lo aprendido en su representación de la Viuda Negra marveliana y apenas cambia de registro cuando está asustada, herida o enfadada.
Pero el gran problema es que Luc Besson se olvida por un momento de quién es y qué sabe hacer y disfraza Lucy de una pomposa pretenciosidad, como si estuviera escrutando los secretos del Universo y hubiese dado con la clave de la vida humana, fusionando su narración con flashes ecologistas y paisajes que descolocan más que si fuese una obra de Terrence Malick y cuya conclusión final se le va de las manos.
Casi, y a riesgo de parecer un lelo, podría asegurar que no la entendí. Sé lo que pasa pero no sé lo que Besson me quiere decir, con una paranoia mental tal que en algunas secuencias dudo sobre si estoy viendo Lucy o esa otra burbuja de sabiduría pajillera que fue Trascendence, hasta el punto en que me pregunto si la idea de la peli no saldría de una noche de borrachera entre Luc Besson, Wally Pfister y Christopher Nolan (al final la culpa será del pobre Freeman, que es el elemento común en estos fregados).
En definitiva, que si tomamos la película como lo que podría ser, una simple película de acción con grandes persecuciones y momentos impactantes, la cosa funciona bien, entretiene, divierte y  casi hasta emociona.
Pero si la tomamos como lo que Besson pretende que la tomemos… ¡ay, amigos! Entonces la cosa cambia. Y todo ese pretencioso mensaje de sabiduría sesuda y conocimiento sagrado se resume en una majadería total.
Antes de entrar a ver el film podéis decidir con que ojos deseáis verla. Sólo así se podrá disfrutar o defenestrar. Está en vuestras manos…

miércoles, 20 de noviembre de 2013

MALAVITA (6d10)

Que Luc Besson es un enamorado del cine americano no es ningún secreto y ya se vio claro en una de sus primeras películas: Nikita, dura de matar. Por eso no es de extrañar que después de un tiempo centrado más en tareas de productor que de realizador y con la trilogía infantil sobre Arthur y los Minimoys como últimos títulos destacados su regreso al cine de acción sea con un homenaje a un género tan americano como el de la mafia.
Sin embargo, Malavita no es realmente un film de gansters, aunque los tenga, sino más bien una comedia muy negra aunque con dos representantes genuinos de ese género como son Robert De Niro (actor) y Martin Scorsese (productor).
Malavita explica la historia de una familia, antes los Manzoni, ahora los Blake, que se instalan en un pueblecito de Normandía como testigos protegidos después de que el cabeza de familia, Fred, delatara ante el FBI a todos sus camaradas. Así, veremos cómo su mujer y dos hijos deben adaptarse a sus nuevas vidas mientras él debe permanecer oculto en casa (cosa que por supuesto no hará) para evitar que los descubran, ya que lógicamente han puesto precio a sus cabezas. Pero hay costumbres que cuestan abandonar.
Dejando de lado detalles como el hecho de que todo el mundo en Normandía se entienda perfectamente en inglés con ellos, Malavita es una curiosa mezcla entre el cine costumbrista rural francés,  con ecos de Bienvenidos al norte, con la comedia de acción americana, aquella que en los ochenta tan buen se les daba a Ivan Reitman o a John Landis.
Con momentos brillantes como la escena del supermercado, Malavita es divertida y ácida, aunque intenta ponerse seria en algunos momentos con subtramas que nunca llegan a resolverse (la relación de la madre con el cura, el primer amor de la hija,...) para culminar (tras la declaración de amor definitiva al cine de Scorsese) en un clímax de violencia con aroma a cartoon aunque algo trágico para mi gusto.
Hay unas cuantas escenas que perdurarán en el recuerdo por su ingenio y sentido del humor, pero no las suficientes, insinuando que quizá Besson se está empezando a oxidar.
Sólo entonces se agradece la presencia de los tres grandes actores que la protagonizan: un De Niro que parece que empieza a levantar cabeza después de unos años bastante grises, Michelle Pfeiffer, que a sus  cincuenta y cinco años está más guapa que nunca, y Tommy Lee Jones, que con apenas unas pocas secuencias tiene suficiente para llenar las pantallas con su presencia. Junto a ellos los jóvenes John D'Leo y Dianna Agron cumplen con creces y sólo se echa en falta que no se les ocurriera (o quizá sí se les ocurrió pero no pudieron) ofrecer el papel de asesino que finalmente interpreta Jimmy Palumbo a Joe Pesci. La fiesta habría sido completa.

Entretenida de principio a fin no reluce tanto como el oro que promete, pero al menos es plata de ley.