Dejando
claro que no estamos ante una gran película y que hay demasiados agujeros como
para contentar a cualquiera (desde la elección de la actriz protagonista hasta
la pretenciosidad del director), no me parece tampoco justo las despiadadas
críticas que se han vertido sobre ella como si se tratase del peor film de la
historia.

Una
chica es secuestrada y obligada a ejercer de mula de una nueva y potente droga.
Sin embargo, cuando un paquete se revienta en su estómago y la droga pasa a
formar parte de su organismo, su cerebro comienza a desarrollar un rápido
aumento de sus capacidades, apareciendo así extraños y asombrosos poderes en
espera a alcanzar el 100% de todo su potencial. Para sobrellevar la situación
(y de paso, vengarse de los tipos que la han metido en ese lio) contará con la
ayuda del profesor Norman (un Morgan Freeman que sigue desperdiciando su
talento en papeles de escaso esfuerzo interpretativo) y del policía Pierre Del
Rio (Amr Waked, actor egipcio pero que ejerce como la habitual referencia gala
del cine de Besson). Con esta premisa, la película podría haber sido una
tontería rollo superheróico con la “superwoman” interpretada por Scarlett
Johansson repartiendo mamporros imposibles al más puro estilo de Milla Jovovich
en Ultravioleta o Charlize Theron en Aeon Flux. Pero, para empezar, para ello
habría sido necesaria la participación de una actriz más solvente (como la
inicialmente deseada Angelina Jolie), ya que la Johansson parece haber olvidado
todo lo aprendido en su representación de la Viuda Negra marveliana y apenas
cambia de registro cuando está asustada, herida o enfadada.

Casi,
y a riesgo de parecer un lelo, podría asegurar que no la entendí. Sé lo que
pasa pero no sé lo que Besson me quiere decir, con una paranoia mental tal que
en algunas secuencias dudo sobre si estoy viendo Lucy o esa otra burbuja de sabiduría pajillera que fue Trascendence, hasta el punto en que me
pregunto si la idea de la peli no saldría de una noche de borrachera entre Luc
Besson, Wally Pfister y Christopher Nolan (al final la culpa será del pobre
Freeman, que es el elemento común en estos fregados).
En
definitiva, que si tomamos la película como lo que podría ser, una simple
película de acción con grandes persecuciones y momentos impactantes, la cosa
funciona bien, entretiene, divierte y
casi hasta emociona.
Pero
si la tomamos como lo que Besson pretende que la tomemos… ¡ay, amigos! Entonces
la cosa cambia. Y todo ese pretencioso mensaje de sabiduría sesuda y
conocimiento sagrado se resume en una majadería total.
Antes
de entrar a ver el film podéis decidir con que ojos deseáis verla. Sólo así se
podrá disfrutar o defenestrar. Está en vuestras manos…
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