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jueves, 23 de mayo de 2019

JULIET, DESNUDA

Nick Hornby es un escritor británico cuyas oras suelen tener una dulzura peculiar, habiéndose especializado en historias sobre hombres y mujeres atrapados en sus sueños de la infancia o en busca de su propia identidad. Hollywood tiene una eficaz historia de amor con Horby, habiendo adaptado varias de sus obras, como en Niño grandeMejor otro día o Amor en juego, o incluso permitiéndole escribir sus propios guiones, caso de An education o Brooklyn, aunque seguramente la película más representativa de su obra sea, precisamente, la que más puntos en común tiene con Juliet, desnuda. Me refiero, claro está a Alta fidelidad, de Stephen Frears.
Como en aquella, también Juliet, desnuda versa en torno al mundillo de la música, con un melómano empedernido como protagonista. La diferencia radica en que no es sobre este sobre quien recae el peso de la acción, sino que el personaje al que da vida con solvencia Chris O’Down es más bien el percutor de la misma.
Duncan y Annie son pareja en un tranquilo pueblo británico donde prácticamente no tienen nada mejor que hacer que ser pareja. Es decir, que están juntos casi por conformismo. Son felices a su manera, él alimentando su pasión por un cantante maldito desaparecido del mapa apena empezar su carrera, llamado Tucker Crowe y que, por vicisitudes de la vida, termina convirtiéndose en amigo de ella. Y ahora es cuando sabemos más sobre el artista, sobre sus problemas para asumir la paternidad y su huida del mundo musical.
Juliet es el nombre de su mayor éxito, y Juliet, desnuda, una maqueta sin pulir del mismo, precisamente la canción que originará que Annie y Tucker se lleguen a conocer, coincidiendo con las horas más bajas de la pareja. Y esto es, en el fondo, Juliet, desnuda, una canción a medio pulir, una maqueta de lo que podría ser una gran película (los actores son de lo mejor del film) pero que se queda a medio camino. Resultona y de estribillo agradable, capaz de hacer sonreír y conmover (es una de esas comedias románticas más lacrimógenas que divertida, nada que ver, por ejemplo, con Casi imposible, aunque se agradece, al menos, que no se edulcore en exceso su final), que con el paso del tiempo se puede llegar a recordar con agrado, como cuando se tararea una melodía pegadiza, pero de la que seremos incapaz de recordar su letra.
Efectiva y simpática, funciona con la suficiente corrección como para hacer pasar un buen rato, pero deja la sensación de que se desaprovecha a sus actores y que la cosa habría dado para mucho más. Quizá habrían tenido que pulir más la maqueta antes de lanzarla al mercado.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 19 de agosto de 2017

VALERIAN Y LA CIUDAD DE LOS MIL PLANETAS, divertida locura visual.

Aunque parece que este verano se va a caracterizar por la proliferación de blockbusters desastrosos y ridículos (a mi entender Transformers se lleva, otra vez, la palma), me veo tentado de nuevo a defender lo indefendible, tal y como hice, mínimamente, con La Torre Oscura y, con algo más de ganas, Rey Arturo (y eso por no remontarme unos meses atrás y recordar La Momia)
El caso es que se estrena otra película precedida de críticas nefastas y batacazo en taquilla con la que yo, personalmente, me lo pasé pipa. Excesiva, desmedida, loca y muy personal (algo parecido a lo que sucedía con la película de Guy Ritchie, aunque en otra dirección), Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas es puro Luc Besson, una prima hermana de aquella El Quinto Elemento algo más coherente (que algo ha mejorado Besson como director, no ya como guionista) y menos estrafalaria.
El mayor problema de Valerian es que ha llegado muy tarde. Demasiado desconocido popularmente fuera de Francia, el comic que la inspira, obra de Jean-Claude Mézières, fue clara referencia para películas como Star Wars y la gran cantidad de Spaces Operas que la siguieron, pero vista ahora su adaptación da la sensación de que es una copia de todo lo que ya existía anteriormente.
El principal ejemplo es en su prólogo, justo después de la escena (muy inteligente) de los títulos de créditos. 
En él vemos una raza pacífica que convive en un lugar de ensueño con playas de arenas blancas y aguas cristalinas que rinden culto a la naturaleza hasta que el cielo se abre y se convierten en daños colaterales de una guerra que no es la de ellos. 
Vamos, como si cruzáramos a los Na’vi de Avatar con las Amazonas de Wonder Woman. Con esto ya sabemos que nada será tremendamente original en Valerian, pero sí muy espectacular y hermoso.
Y esto es lo que mejor define esta aventura galáctica de trama sencilla pero coherente (a esos críticos que escriben por ahí que nada tiene sentido les recomiendo que si se duermen en el cine se abstengan de hacer luego las críticas): su belleza. El diseño de producción es realmente exquisito, demostrando porqué es la película europea más cara de la historia (lo cual hace más comprensible el batacazo que se está dando), con unos escenarios majestuosos y la creación de infinidad de razas alienígenas, algunas algo ridículas, todo hay que decirlo.
Besson dota a la película de sus notas de humor habituales, aunque sin llegar a ser nunca tan cargantes como sucedía en El Quinto Elemento con el personaje de Chris Tucker. Además, la química entre Valerian y Laureline funciona muy bien, demostrando que aún extraño, el casting es acertado. Dane DeHaan es un héroe extraño pero cumplidor y Cara Delevingne consigue aunar dulzura, dureza y sensualidad de una manera que se me antojaba increíble después de verla deambular por Escuadrón Suicida.
Valerian es una película larga, quizá en exceso, pero al menos se justifica en la libertad total que ha tenido Besson en el rodaje. Así, la escena de presentación de Valerian y Laureline, a semejanza de los clásicos prólogos de James Bond, es mucho más larga de lo que cabría esperar y la aparición de Rihanna con una espectacular actuación supone una rotura del ritmo en pleno desenlace final. Y, sin embargo, en ambas ocasiones la cosa funciona, demostrando que los recortes impuestos en la mesa de montaje suelen ser contraproducentes.
Es cierto que el guion podría estar más desarrollado, como demuestra lo poco que le importa a Besson desvelarnos que el personaje de Clive Owen es el villano desde el primer momento, pero eso solo significa que el espectáculo es siempre lo que debe primar por encima de todo. Puede buscarse aquí un mensaje naturalista, o incluso antimilitar, pero Besson no quiere dar lecciones, tan solo entretener. Al fin y al cabo, esto no es La guerra del Planeta de los Simios. Aquí se juega a otra cosa.
Valerian es una apuesta arriesgada, quizá no demasiado novedosa (tiene el aroma pop de Los Guardianes de la Galaxia y el propio Valerian recuerda mucho a un joven Han Solo, aunque algo del capitán Kirk de Chris Pine también tiene), pero muy bien resuelta, con persecuciones de naves emocionantes, cuentas atrás que se detienen en el último segundo y monstruos aterradores. Es todo un espectáculo visual, una orgía de colores muy entretenida, un no parar frenético y que deja con ganas de más.
Y sí, de acuerdo, es todo demencial, pero quizá es que yo mismo esté también un poco loco. Porque a mí me ha funcionado.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 11 de julio de 2017

MAUDIE, dando color a la triste realidad

Maud Lewis fue una pintora canadiense que, pese a padecer artrosis reumatoide desde niña logró desarrollar una brillante carrera artística y convertirse en una artista de renombre, pese a no abandonar nunca su pequeño pueblecito pesquero ni codearse con la alta sociedad. La casa que Maudie compartía con su huraño marido se convirtió en una especie de tienda-museo y la gente hacía verdaderas peregrinaciones para ir a comprar sus cuadros, que llegaron a entusiasmar al mismísimo Nixon.
Esta es la historia de Maudie, el biopic que ha firmado Aisling Walsh con Sally Hawkins y Ethan Hawke como estrellas absolutas. En Maudie, Walsh explica como la joven enferma comenzó a pintar y logró ser conocida desde el más absoluto anonimato, pero no es esa la cualidad que más identifica a la artista, y así lo refleja la película. Maudie era, ante todo, una mujer alegre y, pese a sus limitaciones, tremendamente feliz. Maltratada por la vida (y en ocasiones incluso por su propio marido), Maudie nunca perdía su sonrisa, y esa mirada optimista de la vida se refleja en sus pinturas, paisajes coloridos y hermosos extraídos de su propia imaginación donde no existían siquiera las sombras.
La historia de Maudie es lo opuesto a un cuento de hadas, pero sus cuadros eran un reflejo de su espíritu, un espíritu que, pese a todo, terminó por contagiar a los que la rodeaban. Walsh consigue mostrar todo esto en la película, dotándola de una hermosa textura con planos que, en ocasiones, parecen lienzos mismos, consiguiendo componer arte que habla sobre arte.
Más allá de la simple biografía reveladora, Maudie es una historia de sobre dos personas rotas, dos pájaros heridos que, contra todo pronóstico, consiguen complementarse el uno con él otro y fruto de su compañía y comprensión logran que surja de ellos algo hermoso. Tan hermoso como esos cuadros con los que Maudie conseguía dar color a un mundo marrón y sucio.
Maudie es una gran historia de amor y comprensión, pero es, ante todo, una historia sobre la vida, sobre el sentido de la misma y sobre el color que pueda llegar a tener. Un color que no siempre se debe buscar a nuestro alrededor, sino que puede brotar del propio interior.
Un color como el que nacía en el interior de esta artista que fue Maud Lewis y que tan hermosamente ha logrado ilustrar Aisling Walsh.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 27 de septiembre de 2016

LOS SIETE MAGNÍFICOS: Reviviendo el clásico.

La nueva película de Antoine Fuqua es un nuevo remake del clásico de Akira Kurosawa Los Siete Samurais, de 1954, pero por razones obvias la fuente de inspiración más directa es Los Siete Magníficos de John Sturges, de 1960. Fue el western protagonizado por Yul brinner, Steve McQueen y compañía tan mítico que ha quedado por siempre grabado en nuestras memorias, por más que su popularidad se deba probablemente más al inmortal tema musical de Elmer Bernstein que a la propia calidad de la película.
Lo cierto es que realizar un remake de esta historia es terriblemente sencillo, ya que se pueden contar por cientos las películas derivadas de esta trama: un pueblo se ve amenazado por un especulador y recurren a la contratación de unos desconocidos bienintencionados para que les protejan. Las misma serie del Equipo A se nutría de esta base.
Así pues, lo único que ha necesitado Fuqua es modernizar la película, adaptarla a los tiempos actuales y darle un poco más de empaque. Fuqua ha demostrado sobradamente lo bien que se mueve en el terreno de la acción, bastando con recordar sus dos últimas películas: The Equalizer y Objetivo: La Casa Blanca y ha sabido, además, rodearse de un puñado de actores de primer nivel no solo por su calidad interpretativa sino también por poseer la misma carisma, o más, que los presentes en el film de 1954. Aquí es donde un remake de un clásico se diferencia de otro como, por ejemplo, Ben Hur, la cual con otro director y otros actores le habría ido mucho mejor.
Con Denzel Washington a la cabeza bien escudado por Chris Pratt y  Ethan Hawke, el elenco de secundarios lidiados por un irreconocible Vicent D’Onofrio está a la altura, consiguiendo unificar un equipo compacto y bien definido en una película que, aun siendo un western puro y duro, tiene algo del estilo de cine de superhéroes actual, con sus chascarrillos y bromas internas. Los Siete Magníficos no son más que, en el fondo, la versión de Los Vengadores en el far west, aunque en este sentido Faqua falla ligeramente en el tramo final, reduciendo al mínimo las características vitales de cada uno de los protagonistas y simplificándolo todo en un tiroteo bastante insulso. Aquí es donde queda definitivamente claro que esta no es, ni mucho menos, una película de personajes, sino un mero divertimento, un film para disfrutar y olvidar sin preocuparse demasiado por la carga emocional que soporten los protagonistas (que apenas la hay, excepto por parte del personaje de Washington), lo que por otro lado permite sobresalir ligeramente la presencia de Haley Bennett como la viuda que se encarga de contratar a los mercenarios, una joven actriz que al menos sí tiene la oportunidad de mostrar varios registros y con unos ojos cargados de odio y dolor que permiten avanzar a la película.
Faqua no es todavía uno de los grandes del cine, pero sí un estupendo artesano que consigue aquí dos horas de entretenimiento y diversión donde lo que vemos importa más que lo que cuenta (al fin y al cabo ya nos conocemos de sobra la historia), con un villano que sin ser memorable funciona bastante bien, una buena banda sonora (la última filmada por James Horner antes de su prematura muerte) y el inevitable detalle de recurrir a las notas de Bernstein en los créditos finales.
Quizá el desenlace del film sea lo peor de todo, pero no alcanza para enturbiar el buen rato ofrecido por Faqua y sus siete vaqueros.

Valoración: siete sobre diez.

viernes, 9 de octubre de 2015

REGRESIÓN (7d10)

Decía Alejandro Amenábar que, cuando se estaba inspirando para escribir el guion de esta película, algún de sus referentes era La semilla del diablo. Y precisamente con esa película de Polanski (con su traducción al español, al menos), junto con el hecho de que esté inspirada en hechos reales (cosa que se advierte al principio del film), comparte uno de los principales problemas: el título es ya de por sí un gran spoiler, una pista demasiado evidente para que, quien sepa un poco del tema, se pueda adivinar el desenlace de la historia.
Puede que la clave esté en que, tal y como comentaba sobre El desconocido, Amenábar no busque una trama de giros sorprendentes ni desconcertar demasiado al espectador, sino explicar una historia que bien podría haber sucedido realmente (está inspirada, no textualmente basada, en la realidad) apoyándose más en el drama y en la psicología de los personajes que en la simple sorpresa. Aunque tampoco esto es exacto, ya que el protagonista (un siempre excelente Ethan Hawke) apenas nos es definido a pinceladas, no permitiéndonos conocer nada de su vida que pueda ayudarnos a definirlo mejor. Así, Regresión parece más un falso film documentalista que narrativo.
¿Significa esto que Regresión sea una mala película? Ni mucho menos. La historia es interesante, el suspense está bien construido y la dirección es magnífica. También los actores están de nota, con una sufrida Emma Watson que si bien precisa de pocos registros para su personaje los representa con solvencia.
¿Dónde está, pues, el problema de la película? ¿Por qué la han criticado despiadadamente por donde quiera que haya pasado? La clave hay que buscarla en el nombre del director, ni más ni menos. Si analizamos la película simplemente por sus valores cinematográficos no sería justo tacharla de floja (me parecen alucinantes las comparaciones que han hecho con telefilmes de sobremesa de medio pelo), pues como película funciona perfectamente, incomoda y acongoja cuando lo pretende y deja una incómoda sensación de mal rollo en el cuerpo tras su visionado. Y todo esto está muy bien si la comparamos a películas como Libranos del mal o the Babadock, películas interesantes pero pequeñas en su concepción. Pero es que estamos hablando de Alejandro Amenábar. Se supone que es ya uno de los grandes, un maestro del suspense, que ha triunfado cuando ha cambiado de género (y su Oscar así lo demuestra) y que se ha atrevido a tantear las películas de gran presupuesto (y yo soy la que defiendo la arriesgada y poco convencional Ágora). Y eso le obliga a jugar en ligas mayores, teniendo que compararse con El Exorcista, La profecía o su propia Los otros. Y ahí es cuando se le pueden poner pegas al film.
Las sectas satánicas no son tema recurrente en el cine de misterios (que no de terror, como alguno podría pensar), así que es de agradecer que Amenábar nos muestre esta historia como ejemplo de algo terriblemente habitual a principios de los noventa en los Estados Unidos y que no es demasiado conocido por estos lares. Con tintes casi policíacos, la película nos describe como la joven Angela Gray denuncia ante el cura del pueblo los abusos sexuales a los que la somete su padre, el cual –para sorpresa de todos- se confiesa culpable, y la posterior investigación del detective Bruce Kenner, convencido de que hay mucho oculto tras estos abusos y descubriendo un culto satánico que llegará a poner en peligro su propia vida.
Efectiva y efectista, puede que fuerce un poco la situación, obligando al espectador a dejarse llevar y creer sin muchas preguntas lo que le están contando. Pero ello no impide que la atmosfera envolvente sea magnífica y que, si somos ajenos a los hechos reales, nos dejemos llevar por la trama hasta que las pequeñas mistas en forma de migajas que Amenábar nos ofrece nos desvelen la auténtica verdad.
Regresión es una buena película, que nadie lo dude. Simplemente, no es la mejor de Amenábar. Y tras seis años sin dirigir y con el aliciente de regresar al género en el que mejor se desenvuelve se esperaba más de él. Esto, y no otra cosa, es el gran pecado de la película. Y es injusto condenarla por las expectativas más que por su calidad.
Otro tema, del que ni Amenábar ni nadie perteneciente a la creación artística del film tienen responsabilidad alguna, es la vergonzosa campaña que algunos cines están haciendo de cobrar un euro extra “por todo el morro” para ver esta película. Es algo que se va a extender durante los primeros diez días de exhibición y que sí me invitan, no ya a recomendar no verla en cines, sino a esperar a que pasen esos días (es decir, los dos fines de semana inminentes a su estreno) para hacerlo. No sé si es una decisión tomada por los exhibidores o por la distribuidora (que curioso, es de Warner), pero esta práctica abusiva no va a hacerle ningún bien al film y no hace más que confirmar alguna de mis pataletas en forma de comentario del mes. Con decisiones como esta van a dar la razón a los que siguen diciendo que el cine es caro…

jueves, 18 de septiembre de 2014

BOYHOOD (8d10)

Resulta complicado diferenciar la calidad propia de esta película con la faraónica producción que la ha hecho posible. La mayoría de los medios no han sido capaces de hacerlo y voy a tratar de no caer en ese error. Así que, para quien no sepa de qué va la cosa, lo explico brevemente y me lo quito de encima.
Boyhood comenzó a rodarse hace doce años. Richard Linklater, guionista y director, quería contar la historia de un chico desde que era un niño pequeño hasta su marcha a la universidad, y convertir sus aventuras en un reflejo de la vida. Y para ello, en lugar de recurrir a diversos actores o a poco efectivos maquillajes, decidió rodar la película en tiempo real, reuniéndose con los intérpretes unas pocos días cada año hasta llegar a la culminación en 2014.
Y dicho esto, y sin dejar de maravillarme por tan peligrosa y valiente idea, voy a tratar de olvidarlo pues me parece injusto que se hable más de como se hizo la película que de sus valores propios.
Y es que Boyhood es una película deliciosa. Quizá no me he dejado cegar tanto por ella como otros colegas que la califican como una absoluta obra maestra (algunos momentos resultan algo tediosos y el peligro de querer identificar a todos los adolescentes en los rasgos del protagonistas puede llegar a molestarme) pero no voy a poner en duda lo magistral que es, cómo Linklater ha conseguido hacernos partícipes de los pensamientos y los deseos y frustraciones de un niño y cómo una parte de nosotros ha aprendido a crecer a su ritmo.
Uno de los peligros a los que se enfrentó Linklater en su epopeya fue la de trabajar con niños que, quizá, no tuviesen las mieles del éxito y la fama como aspiraciones futuras (eso precisamente le sucedió con Lorelei Linklater, la hermana del protagonista, que no ha seguido su carrera como actriz y que de no ser hija del director quizá los hubiese dejado en la estacada) o, simplemente, al crecer, no diesen la talla como actores. Por eso, la interpretación de Ellar Coltrane en el papel de Mason, el protagonista, es correcta pero no especialmente destacable, y muestra de ello es lo poco activo que ha estado en los últimos años.
Por fortuna, para compensar estas debilidades, Linklater recurrió a dos apuestas seguras para interpretar a los padres separados de Mason, Patricia Arquette y Ethan Hawke, viejo conocido del director con quien ya ha participado en otro experimento menos arriesgado como fue describir la vida de una pareja a lo largo de tres películas (Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer).
Pero en realidad, los actores son casi lo de menos. La vida es, permítanme la cursilería, la gran protagonista de la película. Los sueños, las aspiraciones, las dudas y temores… Todo aquello a lo que se debe enfrentar un adolescente al llegar a esa maravillosa/terrible edad en la quede alzar el vuelo y alejarse del nido y cuyos resultados de sus aciertos/errores pueden verse reflejados en las vidas de sus propios padres.
Esa búsqueda de la identidad, ese primer amor, ese sueño artístico… Todas las facetas por las que pasa Mason están perfectamente definidas alrededor de casi tres horas de películas durante las cuales el chico creará un universo propio que, por mucho que pretenda mantener cerrado en una burbuja, se verá constantemente afectado por elementos externos (la relación casi a distancia padre-hijo, las diversas parejas de su madre, las mudanzas continuas…).
Pero Boyhood no solo es una obra de guion, sino que Linklater se luce tras las cámaras, con una fotografía maravillosa en las que consigue que el paisaje forme parte de la historia, contribuyendo a la soledad, alegría, emoción… que pueda sentir el protagonista.
Utilizando de manera sutil la tecnología para demostrarnos el paso de los años y no desorientar demasiado con tanta elipsis (la mejor manera de situarse en el tiempo es viendo con que consola juegan los niños si hablan sobre Facebook o utilizan washapp), lo que más se echa de menos en pos a esta unión con la realidad de la que nunca quiere desprenderse la película es el destino de algunos personajes secundarios que, como en la vida, desaparecen de la historia dejándonos con un extraño sabor de boca. Eso y algunos diálogos algo pedantes del Mason más adulto, son los pocos detalles negativos de un film para disfrutar que invita a salir de la sala con una sonrisa en el rostro y e incluso invita a la reflexión a todos aquellos que, a lo largo de la vida, hemos actuado como padres o como hijos.

lunes, 15 de julio de 2013

THE PURGE (LA NOCHE DE LAS BESTIAS) (6d10)

Cuando los productores Jason Blum (Insidius, Paranormal Activity) y Michael Bay (Transformers, Armageddon) se unen para un proyecto de terror de bajo presupuesto la cosa promete ser interesante. Tras las cámaras, James DeMonaco, con una sola película en su haber (Staten Island) pero una interesante trayectoria como guionista (Negociador, Asalto al distrito 13, El poder de la sangre…) y frente a ellas uno de los mejores actores de su generación, Ethan Hawke (doblemente de estreno por el final de la trilogía que supone Antes del anochecer) y Lena Headey (300, Dredd y, sobre todo, Juego de Tronos). Y lo más importante: un argumento directo, brutal e impactante. Estamos en el año 2022 y la sociedad ha alcanzado un nivel cercano a la perfección, sin apenas delitos, gracias a una curiosa iniciativa de los llamados “nuevos padres fundadores”. Una vez al año, durante doce horas, se realiza una Purga (¿y por qué demonios no han traducido el título de la película, si la palabra Purga se repite unas doscientas mil veces a lo largo del film?), durante la cual cada uno puede dar rienda suelta a sus instintos más primarios, pues durante ese tiempo no hay policía, ni servicios de emergencia ni hospitales y los delitos de vandalismo, robo o asesinato no están penados. Una premisa absorbente y aterradora por la simple idea de lo que podría hacer el ser humano si se le eliminan las barreras legales o morales.
En este mundo se encuentra la familia Sandin. Y se encuentra estupendamente bien, por cierto, ya que el cabeza de familia, James, es el mejor comercial de una empresa de sistemas de seguridad, gracias a lo cual puede permitirse una magnífica mansión en una buena zona residencial y, por supuesto, convenientemente fortificada en la que pasarán a salvo la noche de la Purga junto a sus dos hijos.
DeMonaco crea una atmósfera angustiante, centrando el noventa por ciento de la acción en el interior de la casa, como corresponde a su paupérrimo presupuesto, recordando títulos como Funny Games o La habitación del Pánico (ya que no creo que sea muy arriesgado presumir que alguien va a acabar entrando, claro está). Con unas pinceladas de crítica social (la gracia de la Purga es que bajo la apariencia de igualdad, en realidad son los ricos los que tienen la posibilidad de hacer lo que quieran contra los más pobres, que no tienen recursos para pagar sistemas de defensas), un poco de moraleja ética (los Sandin están entusiasmados con la Purga; a medida que avanza la noche cambiarán sus valores morales y tendrán que tomar decisiones dramáticas), la película acaba derivando en una cinta de intriga, abusando demasiado de algunos tópicos del género del terror y con una media interpretativa (a excepción de Hawke) algo floja: el desconocido Rhys Wakefield aporta una inquietante presencia, pero poco más, mientras que Headey se limita a regalarnos primeros planos en los que destacar el azul de sus ojos y solo se le permite una escena de lucimiento hacia el final del metraje (¡que era la Sarah Connor de la serie televisiva, por Dios!).
La noche más salvaje y despiadada del año debería ser una velada tranquila para los Sandin a salvo tras su fortaleza hasta que un mendigo perseguido por un grupo de sádicos niños pijos logra colarse en su interior y ellos deberán decidir entre entregar al desdichado a una muerte segura o convertirse en objetivo de los psicópatas (que pasadas las doce horas, recordemos, volverás a actuar como gente normal, con sus trabajos, su familia y su exquisita educación). El problema de la película es que tras semejante sinopsis uno esperaría encontrar un torbellino de violencia y mala leche, pero por muchos disparos, hachazos y apuñalamientos veamos, todo es demasiado previsible, demasiado vacuo. No estamos, desde luego, ante un film de Tarantino (ni siquiera de su amigo Robert Rodriguez) y aunque no se trata de hacer comparaciones no puedo evitar pensar que habría sido de esta historia en sus manos. Así, superado el impacto inicial y pese a un par de giros de guion, todo resulta demasiado previsible, demasiado manido como para que el resultado final esté a la altura de lo planteado.

Pero no seamos demasiado duros. Al fin y al cabo la premisa en si ya resultaba un soplo de aire fresco en este Hollywood actual, así que, ya que está anunciada la secuela, quizá la Pulga merezca una segunda oportunidad. Al fin y al cabo, se trata de sacar lo peor del hombre, ¿qué puede eso tener de malo?