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lunes, 30 de diciembre de 2019

EL IRLANDÉS

Casi se me agota el año sin haber visto una de las dos películas que más están dando que hablar (la otra espero verla esta misma tarde) y que se sitúan entre lo mejor del año cinematográfico. Sin querer entrar en comparaciones con la que parece que va a ser su gran rival de cara a los Oscar (con permiso del señor Tarantino), que no es otra que su compañera de Netflix Historia de un matrimonio, no cabe la menor duda de que El irlandés es una gran película. No sé si calificarla como obra maestra, pero sí gran película.
Ciertamente, tengo un problema para valorar por igualo una película vista en cine que en televisión. Estoy convencido de que mi opinión sobre Roma sería muy diferente de haberla disfrutado en la oscuridad de una sala de cine y algo similar me pasa con lo último de Scorsese, quizá el último de los grandes directores de su generación (solo Spielberg le aguanta el ritmo) que, con el beneplácito de Netflix, filma una de sus obras más personales con unas tres horas y medias algo excesivas para lograr mantener el interés en todo momento.
No soy de los que tienen grandes problemas con los acabados digitales de los actores (me parece que el rejuvenecimiento es bastante correcto), debo reconocer el mérito de que pese a su excesiva duración esta no llega a aburrir en ningún momento. El problema quizá está en la excesiva seriedad de la misma. El irlandés no tiene un argumento como tal, no cuenta una historia concreta, sino que pasea a lo largo de la vida de Frank Sheeran, el irlándes del título, que pasa de camionero a hombre indispensable de la mafia, amigo de Jimmy Hoffa o Russell Bufalino, entre otros.
Coqueteando entre realidad y ficción. Scorsese aprovecha para hacer un retrato de la época y realizar una deconstrucción de personajes impecable, un relato de mafiosos de esos que tanto gusta al neoyorquino que quizá no esté a la altura de sus grandes títulos como Uno de los nuestros pero que sin duda se le queda cerca. Scorsese prescinde aquí del humor del que se sirvió para El lobo de Wall Street y recupuera a su gran actor fetiche anterior a DiCaprio, un recuperado Robert de Niro, al que acompañan grandes figuras (y símbolos del cine de gánsteres) como Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel y muchos más. No tiene tampoco la fuerza y el vigor de aquellas películas de antaño, como si estuviésemos ante una historia crepuscular. Algunos la han comparado a un testamento fílmico de Scorsese y, aunque es precipitado pensar que el director no vaya a volver a tocar el género, podría ser una definición acertada. No en vano, pese a la violencia que posee, parece querer hacer más hincapié en la pugna entre el deber y la familia y el dolor causado por la traición.
Al final, El irlandés es la historia de un hombre con principios que termina sumido nen su propia soledad. Y una impagable y enigmática escena final resume toda la película. Un resumen, sin embargo, abierto a varias interpretaciones.
Quizá El irlandés no sea la mejor película de Scorsese, pero ¿qué importa eso si está claro que es una gran película? Un retrato maravilloso y amargo sobre la familia, la lealtad y la soledad en una época donde no había cabida para esas cosas si se quería progresar.


Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 7 de octubre de 2019

JOKER

Como no podría tratarse de otra manera siendo una película del universo DC (que no integrada en el DCEU, si es que eso todavía existe), Joker es una película extraña, de las que cuesta valorar hasta qué punto puede llegar a gustar y que, desde luego, resulta mucho más difícil a la hora de recomendar o no, pues su aceptación dependerá más del espectador que de la propia película. Aislada de ese universo compartido por sus compañeros de viñetas, donde ya existe un Joker encarnado por Jared Leto, esta nueva versión con el rostro y los tics de Joaquin Phoenix tampoco aspira a alzar el vuelo en solitario, ya que, pese a parecer renegar de sus orígenes en papel está, a la vez, muy atado a la iconografía clásica de Batman. En exceso, incluso.
Dirigida por Todd Phillips, ese tipo cuya mejor película, a día de hoy, continúa siendo Resacón en Las Vegas, Joker pretende ser una versión gafapastas de un personaje de comic, impregnando la locura del payaso asesino en un aire realista y buscando justificaciones e intromisiones mentales que den un empaque más profundo a su retorcida psique. Y, visto lo visto en Venecia, han logrado vender la moto a esos tipejos a los que yo siempre he definido como el CSI (críticos sesudos intelectualoides) que no tienen ningún problema en renegar de todo lo que huela a superhéroes (posiblemente sin haberse molestado en ver demasiadas películas el género) pero que babean ahora ante este Joker solo por presumir de hacer algo diferente.
Joker no es, en el fondo, más que la historia de siempre, solo que quitándole la capa de adornos que son las capas y las mallas. Con un arranque intenso, la película pronto se torna en un drama en el que la empatía con el actor es obligatoria para no caer en la desidia (poco me logra transmitir a mi el culebrón familiar) para tratar de remontar el vuelo en un tramo final más estimulante pero que no aporta nada novedoso al género. Con un Joaquin Phoenix en su salsa (aunque Jack Nicholson sigue siendo, a mi parecer, el mejor Joker hasta la fecha), pese a que lo que más me gustó es poder ver de nuevo a Robert De Niro haciendo un papel menos alimenticio de lo que últimamente nos tenía acostumbrados, Joker es un intento por parte de Phillips de imitar a Martin Scorsese (pobrecito mío), quedándose lejos de conseguirlo.
Puede que lo que menos me entusiasme de la película, lo que me hace distanciarme de esas críticas tan elogiosas y que se me antoja como una campaña nacida desde las entrañas de la propia Warner de cara a los próximos Oscar) sea su guion. Después de unas semanas donde el uso injustificado de la violencia entraba en debate (un debate absurdo solo alimentado por los que no saben distinguir realidad y ficción), lo cierto es que la película se alimenta de esa violencia para componer el retrato de un psicópata para nada novedoso. Traumas infantiles, falta de una figura paterna y una genética no demasiado saludable es el pan nuestro de cada día de los chalados del cine, ya sean Freddy Krueger, Hannibal Lecter o cualquier otro villano de opereta, lo cual hacen que sea una justificación pobre (e innecesaria para los amantes del comic) para definir a este Joker, que siempre se ha caracterizado por la locura pura y dura (ahí sí que acertó Christopher Nolan en la versión con Hugh Ledger). Empieza la película, además, poniendo a este Joker en el lado de las víctimas, haciendo Phillips un uso de la violencia gratuita e in justificada personalizada por unos adolescentes que dan una paliza al protagonista sin motivo alguno. Aquí presenta ya la película sus credenciales de que esto no va de lo que presume ser y que el guion, coherente o no, se mueve a merced de la película, y no al revés. Hay señales de un discurso político y social, pero algo añejo y confuso, rememorando la lectura también ambigua que escondía El caballero oscuro: la leyenda renace, sin saber nunca a ciencia cierta lo que Phillips nos pretende decir. 
Quizá la única reflexión interesante verse en su tramo final, cuando la pregunta es si es la sociedad la que hace al hombre o el hombre el que hace a la sociedad, pero para llegar a esto se podrían haber ahorrado una hora de análisis psicológicos y trastornos mentales varios cuando, visto lo visto, es toda la sociedad la que está enferma. Al menos en Gotham. Otra excusa de ese guion supuestamente realista que entremezcla la ideología de V de Vendetta con la demencia colectiva de The Purge (la noche de las Bestias), aunque el cambio que las acciones de Joker provocan en la sociedad es demasiado repentino como para estar bien justificado. Todd Phillips, que también es coautor del guion, copia tantas referencias que al final se olvida de mostrar su propia personalidad (si es que la tiene) y todo queda a merced, simplemente, de los buenos trabajos interpretativos y el deseo que tenga el espectador (o crítico de turno) en dejarse seducir por la película, cuyo desmedido hype está provocando una predisposición para abrazarla con los ojos cerrados que ya veremos si termina por pasarle factura.
Lo pero de todo, y quien tenga fobia a los spoiler que se salte este párrafo, es que no consigue ni tan siquiera desligarse del mundo deceíta del que reniega, siendo el momento más insufrible cuando se nos muestra (¿en serio, Todd Phillips?) por enésima vez la muerte de los padres de Bruce Wayne en pantalla (collar de perlas incluido), haciendo que lo que era una película independiente se transforme, por sorpresa, en el inicio de algo que probablemente no está contemplado que vaya a legar nunca.
Y, pese a lo que pueda parecer después de haber leído esto, lo cierto es que Joker no me parece una mala película, ni micho menos. Siempre es de agradecer intentar dar un enfoque diferente a un género que podría empezar a estar ya un poco trillado. Pero la realidad es que ni es una gran película para los amantes de los superhéroes ni es un gran drama para los amantes del cine más serio y realista. Es una cosa extraña, a medio camino entre dos aguas, que puede llegar a gustarme, pero no me ha enamorado ni me ha hecho pensar, ni mucho menos, en esa gran obra maestra del siglo XXI que nos pretenden vender.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 10 de enero de 2016

JOY: la Lawrence más choni.

De vez en cuando aparecen directores que, de la noche a la mañana, son encumbrados y parece que todo lo que toquen se convierta en oro. Sin embargo, tarde o temprano se les termina por ver el plumero.
Algo así es lo que sucede con David O. Russell, un tipo con películas interesantes pero no excesivamente llamativas como Extrañas coincidencias o Tres Reyes al que se le abrió las puertas dela fama y los premios con El luchador y que no ha parado de repetir la fórmula de su éxito desde entonces.
Apoyado básicamente en el equipo formado por Jennifer Lawrence, Bradley Cooper y Robert de Niro, quienes protagonizan (más o menos) sus tres últimas películas, Rusell ha demostrado ser un gran director de actores, sabiendo sacar el máximo rendimiento de sus estrellas y permitiéndoles hacer unas interpretaciones intensas y emotivas. El caso más evidente es el de la Lawrence, actriz que compagina blockbusters como las sagas de X-men o Los juegos del hambre con las nominaciones a los Oscars que le reportan las películas de Russell. De su trabajo como director o guionista ya es otro cantar.
El lado bueno de las cosas resultó un soplo de aire fresco al trillado género de la comedia romántica, desde luego, pero desde entonces la cosa ha ido perdiendo fuelle. La gran estafa americana hacía honor a su título, siendo su setentero estilo visual lo único destacable del film, y esta Joy no pasa de ser un melodrama televisivo muy bien maquillado.
Casi se podría entender la película como un regalo a la propia Jennifer Lawrence. Fue lo mejor de La gran estafa americana pese a tener un rol muy secundario y ahora Russell le ha dado el máximo protagonismo, en una película hecha para su exclusivo lucimiento en el que, en un manido ejercicio pseudofeminista, su Joy debería dar voz a todas las mujeres luchadoras e independientes a este lado del universo.
Pero analizada a fondo, escarbando entre la basura de vida que tiene esta muchacha ahogada en un caos familiar demasiado rebuscado para resultar creíble (vive en la misma casa con sus padres separados, sus dos hijos, su abuela y su ex marido), Joy no deja de ser una versión choni de la propia Katniss Everdeen, una chica anónima que se rebela contra la sociedad y, apoyada por los focos y el maquillaje que reflejan su determinación y personalidad, termina convertida en un símbolo.
No es Joy una mala película, pero ni mucho menos se acerca siquiera a la excelencia que se supone debería tener una nominada al Globo de Oro. Seguro que en los próximos Oscars Lawrence volverá a tener acto de presencia, y puede incluso que la película asome su cabeza en alguna nominación más. Pero si La gran estafa americana ya fue la gran derrotada de hace dos años esta no va por mejor camino.
Russell se ha acomodado y cuenta unas historias demasiado planas, con un convencionalismo mal disimulado donde al final solo cuenta el buen trabajo actoral y la cuidada ambientación. Demasiado poco para una película de pretensiones sociales como esta que coquetea en demasiados momentos con el tedio.
Al final, todo se reduce a Jennifer Lawrence y poco más…

Puntuación: 5 sobre 10.

sábado, 18 de enero de 2014

LA GRAN REVANCHA (6d10)

Siguiendo la estela de títulos como El exótico hotel Marigold o Tipos duros, La gran revancha trata sobre el ocaso de sus dos protagonistas y, por extensión, trata también del ocaso de sus dos protagonistas, Sylvester Stallone y Robert de Niro, grandes nombres de Hollywood (cada uno en su estilo) años atrás y que ahora deben lidiar lo indecible para conseguir los guiones correctos que les brinden el calor de crítica y público. Por eso, lo mejor de este film de Peter Segal es la capacidad de sus dos intérpretes principales de reírse de sí mismos, sin importarles caer en la parodia de los personajes que los elevaron a los altares de la fama: Rocky Balboa de Rocky y sus secuelas y el Jake La Motta de Toro Salvaje. Tampoco es que la cosa sea nueva para ellos. Llevan ya unos años viviendo de la auto parodia, y como ejemplos más claro tenemos Los Mercenarios y Mala Vita.
Cargada de guiños al pasado, el arranque de la película es prometedor, con escenas muy divertidas entre estas dos viejas glorias del boxeo deciden aceptar la propuesta de un joven pero ambicioso promotor (Kevin Hart es de lejos lo peor de la película, cayendo en todos los tópicos posibles de negros bocazas y graciosillos que han machacado en cine desde los buenos años de Eddie Murphy) para enfrentarse de nuevo en el ring, ya que sus dos anteriores combates terminaron con una victoria para cada uno (en realidad la película debería llamarse mejor El gran desempate).
Henry “Razor” Sharp (Stallone) y Billy “The Kid” McDonnen (de Niro) han vivido su retiro de formas totalmente diferentes. Mientras uno lidia con sus deudas trabajando en una fundición el otro revive sus días de fama en su restaurante donde cargado de excesos (tanto de mujeres como de alcohol, aunque de forma muy inocente, nada que ver con los verdaderos excesos que se pueden ver en El lobo de Wall Street) ejerce de monologuista con chistes autobiográficos. No están para nada en la mejor edad para volver al cuadrilátero, y de ahí el jugo que el guion puede sacar a estos dos perdedores de la vida, uno por rendirse antes de tiempo y el otro por estar demasiado pagado de sí mismo.
El problema radica en que en un momento determinado la película comienza a tomarse demasiado en serio a sí misma. El humor inicial comienza a dejar paso a una sensiblería bastante tontorrona y la historia personal entre ellos dos se vuelve más importante que sus payasadas para volver a revivir sus viejos éxitos y conseguir llenar el aforo donde se celebrará el esperado combate. Así, la aparición de un viejo amor perdido y la incursión de un hijo (con nieto incluido) en la historia como excusa para acentuar el odio mutuo que ambos púgiles se tienen desde hace años hace el interés del film baje en picado, mientras que el combate final, definitivamente sin ningún toque del humor que hacía de esta una película interesante, estropee el resultado final, ya que tampoco se logra (no creo ni tan siquiera que Segal aspirase a ello en ningún momento) alcanzar la grandeza de una emotiva historia crepuscular al estilo de Sin Perdón (o Cowboys del espacio, o Gran Torino, o cualquiera de las historias crepusculares –que pesado que es con este tema el tío- de Clint Eastwood).
Afortunadamente, cualquier película que se precie debe tener un as oculto en la manga, y el de La gran Revancha se llama Alan Arkin. Viejo amigo e improvisado entrenador de Henry, Arkin está sencillamente genial, robando a sus colegas todas las escenas en las que aparece y manteniendo el punto de humor necesario a lo largo de todo el film, por más que la historia en momentos vaya por otros derroteros. Sólo por él ya vale la pena entrar a ver el film.
En constante cuesta abajo, el error de la película es creer que el resultado del combate es más interesante que los preparativos del mismo, por lo que el clímax final es largo, aburrido y predecible (y nuevamente demasiado sensiblero).

Eso sí, cuando vean la película no tengan prisa por irse. El gag que se entremezcla con los títulos de crédito finales a modo de epílogo les devolverá la sonrisa.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

PLAN EN LAS VEGAS (7d10)

Después de visionar el tráiler de esta película quedaba claro que nos la querían vender bajo el estigma de Resacón en las Vegas versión jubilados (incluso se incluye la palabra “resacón” en dicho tráiler), pero afortunadamente, tras su visionado, puedo aseguraros que no hay demasiado de aquella saga en la nueva película del irregular director Jon Turteltaub, por más que se trate de una comedia ambientada en Las Vegas con la amistad como telón de fondo.
De hecho, tras un principio transportándonos a la infancia de los protagonistas, lo primero que viene a la mente es el aroma nostálgico de la magnífica Cuenta Conmigo, con la presentación de unos personajes en la edad en la que se labran las amistades verdaderas y en las que se viven acontecimientos que marcarán nuestras vidas de adultos, aquí representadas en forma de botella de whisky.
Naturalmente, la excusa de una despedida de soltero en Las Vegas provoca una serie de secuencias obligadas, como las impresionantes panorámicas de los casinos, las chicas espectaculares, las actuaciones musicales, borracheras, las chicas espectaculares, algún cameo famosete  y… ¿he nombrado ya las chicas espectaculares?
Sin embargo, la historia de cuatro amigos que se reencuentras para la boda de uno de ellos y las cicatrices que las decisiones que tomaron algunos de ellos en el pasado les ha provocado, no solo da para casi dos horas de chistes y situaciones absurdas sino que se permite también reflexionar sobre temas tan importantes como la vejez, la amistad como contraposición del amor, la pérdida y la soledad. Los protagonistas no son unos jóvenes alocados con toda la vida por delante, aunque en ocasiones se quieran comportar como tal (sirva de ejemplo cuando ejercen de jurado de un concurso de biquinis), sino que deben cargar con un pasado que invita, entre risa y risa, a reflexionar sobre la vida misma.
Repasemos un momento a los protagonistas: Archie (Morgan Freeman) ha tenido algún amago de infarto y vive temeroso por su delicada salud y la sobreprotección de su preocupado hijo, Sam (Kevin Kline) colecciona operaciones y prótesis aparte de un matrimonio feliz al que los años han hecho mella hasta hacerle perder toda pasión, Paddy (Robert De Niro) ha perdido al amor de su vida, Sophie ( la niña que fue nexo de unión entre los cuatro amigos en sus años mozos y que con su muerte provocó “diferencias irreconciliables” entre Paddy y Billy) y es huraño y amargado, y finalmente Billy (Michael Douglas), el triunfador que lo tiene todo: salud, dinero y el amor de una chica treinta años más joven que él pero que, cuando escarbamos solo un poco la superficie, quizá acabe siendo el más pobre de todos.
Y para cuadrar el círculo nos falta la “chica” de la película, Diana, una Mary Steenburgen que a sus sesenta años parece mucho más joven y esterilizada que en la ya lejana Regreso al Futuro III y que deberá reencarnar el espíritu de Sophia para curar heridas que seguían reacias a cerrarse.
Pero no se confundan, por encima de todo esto es una comedia, aunque con mensaje, y como tal los equívocos se sucederán uno tras otros, con mayor o menor brillantez, haciéndonos pasar un rato estupendo gracias, en gran medida, a cuatro actores monstruosos que están completamente desatados y dan lo mejor de sí mismos, destacando la buena química existente entre ellos (no en vano entre los cuatro suman seis Oscars y otras nueve nominaciones) y regalándonos algún gag de corte personal (el malentendido sexual de Kevin Kline puede referenciarnos a In&Out, Michael Douglas parece sacado de Wall Street y las referencias mafiosas siempre irán de la mano de De Niro).
El punto débil habría que buscarlo en la recta final, cuando puede encontrarse un cierto bajón y se echa en falta algo más de gamberrismo, pretendiendo Turteltaub ser demasiado amable y azucarado (no en vano uno de sus primeros éxitos fue Mientras dormías) pero que no es suficiente para enturbiar una buena película que sin carcajadas demasiado estridentes (además de que los mejores gags se destripan en el tráiler) sí mantiene la sonrisa perpetua durante todo el metraje.

Si además, invita a la reflexión, ¿qué más se puede pedir?

miércoles, 20 de noviembre de 2013

MALAVITA (6d10)

Que Luc Besson es un enamorado del cine americano no es ningún secreto y ya se vio claro en una de sus primeras películas: Nikita, dura de matar. Por eso no es de extrañar que después de un tiempo centrado más en tareas de productor que de realizador y con la trilogía infantil sobre Arthur y los Minimoys como últimos títulos destacados su regreso al cine de acción sea con un homenaje a un género tan americano como el de la mafia.
Sin embargo, Malavita no es realmente un film de gansters, aunque los tenga, sino más bien una comedia muy negra aunque con dos representantes genuinos de ese género como son Robert De Niro (actor) y Martin Scorsese (productor).
Malavita explica la historia de una familia, antes los Manzoni, ahora los Blake, que se instalan en un pueblecito de Normandía como testigos protegidos después de que el cabeza de familia, Fred, delatara ante el FBI a todos sus camaradas. Así, veremos cómo su mujer y dos hijos deben adaptarse a sus nuevas vidas mientras él debe permanecer oculto en casa (cosa que por supuesto no hará) para evitar que los descubran, ya que lógicamente han puesto precio a sus cabezas. Pero hay costumbres que cuestan abandonar.
Dejando de lado detalles como el hecho de que todo el mundo en Normandía se entienda perfectamente en inglés con ellos, Malavita es una curiosa mezcla entre el cine costumbrista rural francés,  con ecos de Bienvenidos al norte, con la comedia de acción americana, aquella que en los ochenta tan buen se les daba a Ivan Reitman o a John Landis.
Con momentos brillantes como la escena del supermercado, Malavita es divertida y ácida, aunque intenta ponerse seria en algunos momentos con subtramas que nunca llegan a resolverse (la relación de la madre con el cura, el primer amor de la hija,...) para culminar (tras la declaración de amor definitiva al cine de Scorsese) en un clímax de violencia con aroma a cartoon aunque algo trágico para mi gusto.
Hay unas cuantas escenas que perdurarán en el recuerdo por su ingenio y sentido del humor, pero no las suficientes, insinuando que quizá Besson se está empezando a oxidar.
Sólo entonces se agradece la presencia de los tres grandes actores que la protagonizan: un De Niro que parece que empieza a levantar cabeza después de unos años bastante grises, Michelle Pfeiffer, que a sus  cincuenta y cinco años está más guapa que nunca, y Tommy Lee Jones, que con apenas unas pocas secuencias tiene suficiente para llenar las pantallas con su presencia. Junto a ellos los jóvenes John D'Leo y Dianna Agron cumplen con creces y sólo se echa en falta que no se les ocurriera (o quizá sí se les ocurrió pero no pudieron) ofrecer el papel de asesino que finalmente interpreta Jimmy Palumbo a Joe Pesci. La fiesta habría sido completa.

Entretenida de principio a fin no reluce tanto como el oro que promete, pero al menos es plata de ley. 

lunes, 6 de mayo de 2013

LA GRAN BODA (6d10)

Nos encontramos ante una de esas películas francamente fáciles de comentar, ya que de antemano se puede intuir lo que va a ofrecer y en ese sentido no engaña lo más mínimo. Enmarcada dentro de un estilo específico de comedia romántica siguiendo la estela de , por ejemplo, Los padres de ella, se compone de una historia de enredos y malentendidos sin traumas demasiado fuertes (la comedia siempre prevalece, a diferencia de las comedias románticas de los noventa representadas por Meg Ryan o Sandra Bullock donde en ocasiones la melancolía terminaba por empapar las películas de tristeza, aunque solo sea porque ese tipo de films siempre ha tenido una segunda vida en la venta de sus bandas sonoras y las canciones tristes venden más que las alegres;  otra cosa es diferenciar si es comedia buena o no), con un ambiente generalmente ostentoso (enormes casas familiares con hermosos paisajes alrededor,  si es con posibilidad de lago, mejor) y un buen reparto (en este caso, extraordinario), capaz de aunar nombres con talento,  jóvenes guapos y algún punto intermedio que esté próximo al público objetivo, es decir,  mujeres de mediana edad en adelante. Una última posibilidad es la incursión de un personaje ligeramente externo a la trama como punto cómico (al estilo del cura que interpreta Rowan Atkinson en Cuatro bodas y un funeral).
La historia es enredosamente simple: Don es un hombre divorciado con dos hijos naturales y uno adoptado que vive actualmente con su pareja actual, la exmejor amiga de su exmujer. Todos se reúnen para la boda del hijo adoptado, a la que también asistirá la madre biológica del mismo y su hija. El problema es que estas son profundamente católicas y contrarias al divorcio, por lo que el joven, temiendo decepcionarlas, pide a sus padres adoptivos que finjan que siguen casados, con los equívocos, complicaciones y alborotos que ello conlleva (dato curioso: la madre biológica es colombiana y no sabe ni papa de inglés;  en la versión española,  para mantener los chistes derivados de los problemas de idioma, la han convertido en brasileña y todos tan contentos).

Como ya he dicho, el punto fuerte de la película es el reparto, siguiendo el esquema antes mencionado. Así,  tenemos a tres actores de sobrada calidad como son Robert DeNiro como el patriarca de la familia, Diane Keaton como se exmujer y Susan Sarandon como su pareja actual. Para la pareja enamorada tenemos a Ben Barnes (El retrato de Dorian Grey, Las Crónicas de Narnia: El príncipe Caspian)) y Amanda Seyfild (Mamma mia, Los Miserables) y los dos hermanos restantes son Tobey Grape (Spiderman 3) y Katherine Heigh (Anatomia de Grey y varias comedietas insulsas a cual peor). Y el secundario cómico lo compone el últimamente olvidado Robin Williams. Un reparto de lujo que conforman la mejor (y casi única) excusa para acercarse a una película de buenas intenciones y sonrisa fácil, pero que no llega a conseguir una carcajada abierta en ningún momento y a la que se le echa de menos un poco más de mala baba y diálogos más brillantes. Todo lo que sucede termina siendo completamente previsible,  con un final obligatoriamente feliz, perdonándose todos a todos y más contentos que unas monas. Pero teniendo en cuenta que eso es justamente lo que se espera de una película así, pues sería tonto sentirnos engañados o decepcionados.

Aceptemos esta lujosa invitación de boda, pasémoslo distraídamente bien un par de horas y olvidémosla al volver al mundo real. No hay que pedirle más. 

domingo, 27 de enero de 2013

EL LADO BUENO DE LAS COSAS (8d10)

Perdonadme que no sea nada original en esta crítica de hoy, pero escuché un comentario en un programa de radio que me pareció tan acertado que he decidido copiarlo. El lado bueno de las cosas es una peli romántica ideal para aquellos a los que no les gusten las pelis románticas.
Pat es un joven conflictivo a causa de su tendencia a la ira, problema a causa del cual ha tenido que estar un tiempo internado. Cuando trata de rehacer su vida conoce a Tiffany, extrovertida, divertida y… ninfómana. Con semejantes características, estos personajes estarán obligados a entenderse. Y, como todo el mundo sabe, una cosa lleva a la otra. En esta ocasión, el baile -Tiffany está empeñada en ganar un concurso de baile y para ello debe enseñar a Pat a bailar- será el punto de partida que los unirá, obligándoles a mantener una disciplina y aprender a confiar el uno en el otro, dejando atrás sus problemas pasados (ella es viuda, él divorciado incapaz de resignarse a que su ex ya no esté en su vida). Para redondear el círculo el padre de Pat, Pat senior, tiene un claro problema con el juego y el mejor amigo de Pat, Danny, no hace más que escaparse del internado psiquiátrico fingiendo que ha sido dado de alta.
Este es el punto de partida de una comedia divertida pero inteligente, alejada de los cánones escatológicos que tanto se llevan ahora en el humor americano pero sin caer tampoco en los edulcorados tópicos propios de una cinta romántica. El lado bueno de las cosas, pese a lo rocambolesco de su argumento (si lo analizamos bien, nadie está sano en esa familia), trata con respeto a sus personajes y les otorga unos buenos diálogos, algo que habitualmente se echa en falta en este tipo de producciones. Además, sabe medir muy bien sus tiempos, teniendo un concurso de baile como trama pero sin que sea una película de baile, con humor pero sin caer en lo absurdo y con sentimiento pero sin ñoñería.
Si bien el trabajo del director David O. Rusell es impecable (ya demostró sus cualidades en su anterior película, El luchador), quienes realmente merecen todo el reconocimiento sin la pareja protagonista. De Jennifer Lawrence ya nada debería sorprendernos, pues ya demostró su talento en Winter’s bone y su capacidad para papeles más comerciales en las exitosas X-men, primera generación y Los juegos del hambre (ambas preparando sus respectivas secuelas), y no sería de extrañar que acabase llevándose el Oscar por esta interpretación (a sus veintitrés años es ya su segunda nominación), aunque quien quizá sorprenda más es Bradley Cooper, el cual ya demostró su vis cómica en la saga de Resacón en Las Vegas pero que últimamente, pese a tratar de adentrarse en diferentes registros, parecía repetir el esquema de galán majete y simpático, demostrando en esta ocasión que hay algo más tras sus ojos azules y que merece ser muy tenido en cuenta.
Tampoco es que el resto del reparto ande cojo, con Robert De Niro recordándonos lo buen actor que era antes de perderse en el camino de las comedias bobas (en breve volverá a las andadas con La Gran Boda) y un irreconocible Chris Tucker.

Totalmente recomendable, El lado bueno de las cosas es mi gran esperanza de este año de cara a los Oscars, junto al Argo de Ben Affleck, ante truños sobrevalorados como Lincoln o La noche más oscura.