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lunes, 30 de diciembre de 2019

EL IRLANDÉS

Casi se me agota el año sin haber visto una de las dos películas que más están dando que hablar (la otra espero verla esta misma tarde) y que se sitúan entre lo mejor del año cinematográfico. Sin querer entrar en comparaciones con la que parece que va a ser su gran rival de cara a los Oscar (con permiso del señor Tarantino), que no es otra que su compañera de Netflix Historia de un matrimonio, no cabe la menor duda de que El irlandés es una gran película. No sé si calificarla como obra maestra, pero sí gran película.
Ciertamente, tengo un problema para valorar por igualo una película vista en cine que en televisión. Estoy convencido de que mi opinión sobre Roma sería muy diferente de haberla disfrutado en la oscuridad de una sala de cine y algo similar me pasa con lo último de Scorsese, quizá el último de los grandes directores de su generación (solo Spielberg le aguanta el ritmo) que, con el beneplácito de Netflix, filma una de sus obras más personales con unas tres horas y medias algo excesivas para lograr mantener el interés en todo momento.
No soy de los que tienen grandes problemas con los acabados digitales de los actores (me parece que el rejuvenecimiento es bastante correcto), debo reconocer el mérito de que pese a su excesiva duración esta no llega a aburrir en ningún momento. El problema quizá está en la excesiva seriedad de la misma. El irlandés no tiene un argumento como tal, no cuenta una historia concreta, sino que pasea a lo largo de la vida de Frank Sheeran, el irlándes del título, que pasa de camionero a hombre indispensable de la mafia, amigo de Jimmy Hoffa o Russell Bufalino, entre otros.
Coqueteando entre realidad y ficción. Scorsese aprovecha para hacer un retrato de la época y realizar una deconstrucción de personajes impecable, un relato de mafiosos de esos que tanto gusta al neoyorquino que quizá no esté a la altura de sus grandes títulos como Uno de los nuestros pero que sin duda se le queda cerca. Scorsese prescinde aquí del humor del que se sirvió para El lobo de Wall Street y recupuera a su gran actor fetiche anterior a DiCaprio, un recuperado Robert de Niro, al que acompañan grandes figuras (y símbolos del cine de gánsteres) como Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel y muchos más. No tiene tampoco la fuerza y el vigor de aquellas películas de antaño, como si estuviésemos ante una historia crepuscular. Algunos la han comparado a un testamento fílmico de Scorsese y, aunque es precipitado pensar que el director no vaya a volver a tocar el género, podría ser una definición acertada. No en vano, pese a la violencia que posee, parece querer hacer más hincapié en la pugna entre el deber y la familia y el dolor causado por la traición.
Al final, El irlandés es la historia de un hombre con principios que termina sumido nen su propia soledad. Y una impagable y enigmática escena final resume toda la película. Un resumen, sin embargo, abierto a varias interpretaciones.
Quizá El irlandés no sea la mejor película de Scorsese, pero ¿qué importa eso si está claro que es una gran película? Un retrato maravilloso y amargo sobre la familia, la lealtad y la soledad en una época donde no había cabida para esas cosas si se quería progresar.


Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 26 de abril de 2016

NUNCA ES TARDE (DANNY COLLINS): En busca de la redención.

Steve Tilston es un cantante de folk británico que pese a no haber conseguido un gran éxito internacional goza de cierta popularidad y prestigio dentro de su círculo. Con más de cuarenta años de carrera a sus espaldas en 2005 descubrió que apenas grabar su primer disco, tras una entrevista en la que confesaba su temor porque una hipotética vida de fama y dinero perjudicara a su música, el mismísimo John Lennon le había escrito una carta ofreciéndole consejo y ayuda; una carta que él nunca recibió hasta muchos años después y que podría haberle cambiado la vida.
Siguiendo esta curiosa anécdota real, el guionista Dan Fogelman, especialista en títulos de dibujos animados pero también autor de la estupenda Crazy, stupid, love y de la divertida Plan en Las Vegas, debuta en la dirección con Nunca es tarde (Danny Collins), donde cuenta la historia de un veterano rockero que, tras una vida de fama y excesos,  recibe la carta que Lennon le escribió hace décadas y decide replantearse toda su vida.
Condenado a giras en las que no hace más que repetir éxitos del pasado y a vivir de discos recopilatorios, Collins es el arquetípico artista conservado en alcohol y drogas, con varios divorcios en su haber y un hijo al que nunca ha conocido. Nunca es tarde es, pues, una comedia dramática de sabor agridulce pero siempre amable sobre las oportunidades perdidas y el duro camino hacia la redención, un camino en el que es difícil no tropezar con las mismas piedras de siempre.
Fogelman apuestas para su estreno como director por una película sencilla y humilde, no demasiado arriesgada, pero muy efectiva. Escrita por él mismo, tiene sus mejores cualidades literarias en los diálogos entre Collins y su manager (a la vez que mejor amigo) o en la relación del artista con la directora del hotel en el que se aloja durante su desesperado intento de renacimiento. Claro que para ello el director tiene varios ases bajo la manga. Tres, en concreto, en forma de grandes actores. Al Pacino, en ocasiones muy acomodado y en otras algo excesivo, está aquí perfecto en la piel de la estrella que se encuentra ya de vueltas de todo y solo quiere recuperar el tiempo perdido, Christopher Plummer interpreta a su amigo, esa versión sabia de Pepito Grillo que tan bien funciona en este tipo de películas, y Annette Bening es el objeto romántico del film, una mujer de carácter totalmente opuesta a las groupies a las que Collins está acostumbrado. Tres grandes veteranos que desbordan talento en un reparto que completan, con eficacia, Bobby Cannavale y Jennifer Garner como el hijo y la nuera por los que nunca había interesado el rockero hasta ahora.
Fogelman no persigue grandes alardes en su salto a la dirección, solo contar una historia sencilla de la manera más efectiva posible. Y lo consigue de sobras, logrando una empatía con todos los protagonistas más allá de lo excesivamente amable que en ocasiones pueda parecer con ellos.

Valoración: Siete sobre diez. 

sábado, 20 de junio de 2015

LA SOMBRA DEL ACTOR (6d10)

Aunque creo que ya lo he comentado alguna vez, me continúa resultando muy curioso como en ocasiones pueden coincidir en el calendario dos películas de argumentos relativamente similares. La coincidencia de películas sobre Blancanieves puede deberse sólo a la moda de adaptar cuentos infantiles a la gran pantalla, pero casos recientes como los Hércules, los ataques terroristas a la Casa Blanca o biopics paralelos sobre un mismo actor o director pertenecen más a la casualidad que a otra cosa, por más teoría conspiranoica que pueda hacerse. La cosa es más llamativa todavía si se trata de películas de corte más independiente, alejadas del concepto de blockbuster más convencional.
Y es que no cabe duda que La sombra del actor es una especie de cara B de la gran triunfadora del año pasado, Birdman, ya que aborda desde un punto de vista algo más intimista y con menos esfuerzos visuales una historia relativamente similar (y aunque se haya estrenado bastante después debo insistir en que sus rodajes y estreno en festivales fueron prácticamente parejos): la de un consagrado actor de Hollywood caído en desgracia y refugiado en el teatro que confunde la realidad con sus propias ilusiones y cuya tendencia suicida es más que preocupante (y no piensen que estoy spoileando nada, con un intento de suicidio arranca la película). Por encontrar similitudes ridículas (y permítanme colar aquí el comentario friki del día) incluso se imitan en la alusión al mundo de los superhéroes, aunque en conceptos muy diferentes.
La principal diferencia entre ambas es que mientras Birdman, pese a las inmensas interpretaciones de Michael Keaton y Edward Norton, giraba alrededor de la dirección de Alejandro González Iñárritu y su imposible plano secuencia, en La sombra del actor el verdadero y casi único) foco de atención hay que buscarlo en un arriesgado Al Pacino, uno de los grandes de Hollywood, cuya vida real no es tan pareja a la de su personaje como sucedía con los interpretes de Birdman pero que tampoco es que le ande muy a la zaga, refugiado de sus papeles casi testimoniales y poco merecedores de su talento en comedias fáciles o thrillers rutinarios en Broadway, preferentemente al amparo de Shakespeare (imposible no mencionar ahora a la fusión entre ambos mundos en la valiente Looking for Richard).
Sin ánimos de desmerecer el trabajo de Barry Levinson, realizador que ha vivido tiempos mejores con las ya lejanas Good morning, Vietman, Rain Man o La cortina de humo, es Pacino y sólo Pacino quien sostiene toda la película, ya sea para bien o para mal. Su presencia, pese a que ni siquiera para él pasen los años en balde, sigue siendo sobrecogedora, y de la empatía que pueda sentir (o no) el espectador con él dependerá la satisfacción con la que cada uno pueda recibir el film.
Una vez más, Hollywood se mira el ombligo. Y lo hace con una mirada cínica, hiriente y descarnada, apostando más por la destrucción de la mente que por la construcción de la leyenda, recordándonos que los actores son seres de carne y hueso y, en ocasiones, con los pies de barro como cualquiera. O quizá incluso más.

lunes, 29 de abril de 2013

TIPOS LEGALES * (6d10)

Tipos legales es una de esas obras que merece más ser valorada por lo que transmite que por lo que es. Y es que estamos ante una de esas ocasiones en que un grupo de amigos se juntan para rodar algo juntos y pasárselo bien, consiguiendo traspasar su buen rollo al otro lado de la pantalla y contagiando al propio espectador.
Dirigida con acierto pero sin grandes alardes por Fisher Stevens, actor secundario que acomete aquí su trabajo más importante como realizador hasta la fecha, Tipos Legales cuenta como Val (Al Pacino), tras pasar los últimos años en prisión,  sale en libertad y es acogido por Doc (Christopher Walken), su mejor amigo, con quien compartirá piso pese a intuir que tiene el encargo de asesinarlo. Juntos resultarán a Hirsch (Alan Arkin) del asilo, con lo que la pandilla vuelve a estar completa y se lanzarán de cabeza a lo que podría ser su última noche juntos.
Con una calculada mezcla entre drama y comedia,  las aventuras de este pintoresco trio de jubilados por burdeles, restaurantes nocturnos, o incluso rescatando a damas en apuros, es en realidad lo de menos, pues cualquier excusa es buena con tal de ver juntos a estos tres monstruos de la interpretación,  tres grandes a los que se les puede perdonar las carencias de una película con aroma tarantinesco que compensan con su mera presencia, llenando constantemente la pantalla y ofreciendo unos personajes creíbles y entrañables a los que vamos a olvidar desde el principio su pasado delictivo. 
Una reflexión sobre la vida, la amistad, la lealtad y la familia en una reunión de amigos. No hay que pedir más.