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jueves, 14 de febrero de 2019

JEFA POR ACCIDENTE

La mejor palabra que podría definir una película como Jefa por accidente es efectiva.
Dudo que nadie que se acerque a un film de estas características espera grandes sorpresas ni vaya a tener un nivel de exigencia demasiado fino. Estamos ante uno de esos casos de comedia previsible, cuyo esquema argumental se puede adivinar paso a paso y cuya gran baza es la simpatía que pueda provocar (o no) la protagonista Jennifer Lopez en el espectador.
Sabiendo esto, conviene reseñar que, pese a ser un producto de lucimiento para la actriz (faceta que últimamente tenía algo abandonada en favor de su trabajo como cantante y musa de Instagram), cuenta con algunos valores añadidos, como es el caso de su director, Peter Segal. Bien es cierto que Segal, como la Lopez, llevaba un tiempo alejado de las cámaras de cine, refugiado sin demasiada pompa en la televisión, pero a él se le deben títulos tan recordados como el cierre de la saga Agárralo como puedas, Ejecutivo agresivo, 50 primeras citas, Superagente 86 o La gran revancha, con lo que está claro que se encuentra cómodo en la comedia ligera, de tono blanco y gotitas de lágrima fácil.
Eso es lo que es esta historia sobre una mujer inteligente y decidida que no tiene opción a demostrar su valía por carecer de unos estudios y un currículo que le abra las puertas necesarias. Una mirada al mundo de las oportunidades laborales que no se entretiene mucho en querer ser una denuncia social para profundizar más en los vaivenes cómicos de la protagonista y en una subrama familiar que, buscando emocionar con simpleza, termina por funcionar mejor de lo que cabría esperar.
Con una Vanessa Hudgens que, físicamente, está en las antípodas de su reciente participación en Polar, y la presencia de tipos como Treat Williams, Milo Ventimiglia o Alan Aisenberg, la película termina dejando un regusto agradable, consiguiendo que poco importe lo inverosímil de su trama o los giros de guion pillados por los pelos, logrando el mérito de ser, por lo menos, más potable que la mayoría de comedias simples y carentes de pretensiones de estas características y que, sin ser tampoco nada del otro mundo, se deja ver con agrado, rememorando aquellas comedias de una época anterior a la de los Farrelly, Apatow y compañía, la de las comedias románticas de Julia Roberts y Meg Ryan, todas cortadas por un mismo patrón pero cuya fórmula funcionaba sin altibajos.
Poco más se puede esperar de ella, pero, a la vez, tampoco ofrece menos de lo que se podría esperar.

Valoración: seis sobre diez.

sábado, 18 de enero de 2014

LA GRAN REVANCHA (6d10)

Siguiendo la estela de títulos como El exótico hotel Marigold o Tipos duros, La gran revancha trata sobre el ocaso de sus dos protagonistas y, por extensión, trata también del ocaso de sus dos protagonistas, Sylvester Stallone y Robert de Niro, grandes nombres de Hollywood (cada uno en su estilo) años atrás y que ahora deben lidiar lo indecible para conseguir los guiones correctos que les brinden el calor de crítica y público. Por eso, lo mejor de este film de Peter Segal es la capacidad de sus dos intérpretes principales de reírse de sí mismos, sin importarles caer en la parodia de los personajes que los elevaron a los altares de la fama: Rocky Balboa de Rocky y sus secuelas y el Jake La Motta de Toro Salvaje. Tampoco es que la cosa sea nueva para ellos. Llevan ya unos años viviendo de la auto parodia, y como ejemplos más claro tenemos Los Mercenarios y Mala Vita.
Cargada de guiños al pasado, el arranque de la película es prometedor, con escenas muy divertidas entre estas dos viejas glorias del boxeo deciden aceptar la propuesta de un joven pero ambicioso promotor (Kevin Hart es de lejos lo peor de la película, cayendo en todos los tópicos posibles de negros bocazas y graciosillos que han machacado en cine desde los buenos años de Eddie Murphy) para enfrentarse de nuevo en el ring, ya que sus dos anteriores combates terminaron con una victoria para cada uno (en realidad la película debería llamarse mejor El gran desempate).
Henry “Razor” Sharp (Stallone) y Billy “The Kid” McDonnen (de Niro) han vivido su retiro de formas totalmente diferentes. Mientras uno lidia con sus deudas trabajando en una fundición el otro revive sus días de fama en su restaurante donde cargado de excesos (tanto de mujeres como de alcohol, aunque de forma muy inocente, nada que ver con los verdaderos excesos que se pueden ver en El lobo de Wall Street) ejerce de monologuista con chistes autobiográficos. No están para nada en la mejor edad para volver al cuadrilátero, y de ahí el jugo que el guion puede sacar a estos dos perdedores de la vida, uno por rendirse antes de tiempo y el otro por estar demasiado pagado de sí mismo.
El problema radica en que en un momento determinado la película comienza a tomarse demasiado en serio a sí misma. El humor inicial comienza a dejar paso a una sensiblería bastante tontorrona y la historia personal entre ellos dos se vuelve más importante que sus payasadas para volver a revivir sus viejos éxitos y conseguir llenar el aforo donde se celebrará el esperado combate. Así, la aparición de un viejo amor perdido y la incursión de un hijo (con nieto incluido) en la historia como excusa para acentuar el odio mutuo que ambos púgiles se tienen desde hace años hace el interés del film baje en picado, mientras que el combate final, definitivamente sin ningún toque del humor que hacía de esta una película interesante, estropee el resultado final, ya que tampoco se logra (no creo ni tan siquiera que Segal aspirase a ello en ningún momento) alcanzar la grandeza de una emotiva historia crepuscular al estilo de Sin Perdón (o Cowboys del espacio, o Gran Torino, o cualquiera de las historias crepusculares –que pesado que es con este tema el tío- de Clint Eastwood).
Afortunadamente, cualquier película que se precie debe tener un as oculto en la manga, y el de La gran Revancha se llama Alan Arkin. Viejo amigo e improvisado entrenador de Henry, Arkin está sencillamente genial, robando a sus colegas todas las escenas en las que aparece y manteniendo el punto de humor necesario a lo largo de todo el film, por más que la historia en momentos vaya por otros derroteros. Sólo por él ya vale la pena entrar a ver el film.
En constante cuesta abajo, el error de la película es creer que el resultado del combate es más interesante que los preparativos del mismo, por lo que el clímax final es largo, aburrido y predecible (y nuevamente demasiado sensiblero).

Eso sí, cuando vean la película no tengan prisa por irse. El gag que se entremezcla con los títulos de crédito finales a modo de epílogo les devolverá la sonrisa.