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domingo, 11 de junio de 2017

BILLY LYNN, héroe de guerra.

Recupero otra película que pasó de manera fugaz por las pantallas españolas con lo que el fracaso en taquilla fue más que predecible. Y puedo entender que Billy Lynn no funcionara en los Estados Unidos por ese aroma de manifiesto antimilitar (que a la larga termina siendo antigubernamental, algo que si hace un americano como Oliver Stone o Clint Eastwood -hay quien ha visto en esta película un cierto aroma a Banderas de nuestros padres- no pasa nada pero que en manos de un taiwanés como Ang Lee está muy mal visto), pero no encuentro justificación a la casi nula promoción y distribución que el film tuvo en España, siendo, como suele suceder con el cine de Lee, una película estupenda y muy refrescante.
Coqueteando sutilmente entre el drama y la comedia, Billy Lynn cuenta la historia de un muchacho que realiza un acto de heroísmo combatiendo en Iraq, uno como otros tantos que deben producirse en esa interminable guerra de no ser por el hecho casual de que este queda accidentalmente inmortalizado por una cámara de video. Lynn y su batallón (apodado Bravo) regresan temporalmente a Estados Unidos para ser reconocidos como héroes y realizar una pequeña gira que exalte al ejército americano, y que tiene su punto culminante en el descanso de un partido de la Super Bowl. Allí, los muchachos de Bravo se darán cuenta de que los están convirtiendo en payasos de circo mientras Billy (cuyo acto heroico reviviremos a través de sus propios pensamientos) se plantea si quizá él tenga una percepción del mismo diferente a la del resto de los americanos.
Basándose en la exitosa novela de Jean-Christophe Castelli, Lee escarba en el cinismo de la sociedad americana, que convierte en producto de consumo cualquier cosa y decora con confeti de colores y bandas municipales hechos que ocurren a medio mundo de distancia, del que son felices ignorantes. Una bufonada que sirve para lavar sus conciencias y que carece de la épica (ridícula pero épica, al fin y al cabo) que esta misma exaltación del héroe patrio se hacía en la primera película de El Capitán América: el primer vengador.
Puede que en el paso de novela a película la burla haya perdido algo de fuelle y que Lee se haya distraído (después de los alardes visuales de su última película, La vida de Pi) con inventos técnicos que al fin han resultado estériles (eso de rodar a 120 fps -lo normal es 24 y Peter Jackson consiguió sin mucho reconocimiento hacerlo en 48 para su trilogía de El Hobbit- es algo que nadie había hecho hasta ahora y que no se ha podido disfrutar en casi ningún cine fuera de los USA), haciendo que por el contrario las escenas bélicas queden algo desinfladas en comparación con los excesos de la fiesta de la Super Bowl, pero no es motivo suficiente como para no apreciar los muchos valores de una película ácida y punzante, tratada siempre desde los ojos del joven Billy (buen debut de Joe Alwyn) y donde sólo rechina alguna decisión de casting (no es que estén mal, pero se hace un poco raro ver en estos papeles a Steve Martin o Chris Tucker, aunque para compensar tanto Vin Diesel como Kristen Stewart cumplen con sus roles secundarios). 
No estamos ante una obra maestra (y quizá el quid de la cuestión esté en que no se le quiera perdonar el que no sea una película definitiva como sí lo puede ser la novela que adopta), pero sí es un muy interesante trabajo de Ang Lee que sin duda habría merecido mucha más suerte en su carrera comercial.
En ocasiones, hay películas a las que el público da la espalda por motivos difíciles de comprender. En este caso, sin embargo, ni siquiera han tenido la oportunidad de hacerlo. Pero merece la pena, no me cabe la menor duda.

Valoración: Siete sobre diez. 

domingo, 27 de enero de 2013

EL LADO BUENO DE LAS COSAS (8d10)

Perdonadme que no sea nada original en esta crítica de hoy, pero escuché un comentario en un programa de radio que me pareció tan acertado que he decidido copiarlo. El lado bueno de las cosas es una peli romántica ideal para aquellos a los que no les gusten las pelis románticas.
Pat es un joven conflictivo a causa de su tendencia a la ira, problema a causa del cual ha tenido que estar un tiempo internado. Cuando trata de rehacer su vida conoce a Tiffany, extrovertida, divertida y… ninfómana. Con semejantes características, estos personajes estarán obligados a entenderse. Y, como todo el mundo sabe, una cosa lleva a la otra. En esta ocasión, el baile -Tiffany está empeñada en ganar un concurso de baile y para ello debe enseñar a Pat a bailar- será el punto de partida que los unirá, obligándoles a mantener una disciplina y aprender a confiar el uno en el otro, dejando atrás sus problemas pasados (ella es viuda, él divorciado incapaz de resignarse a que su ex ya no esté en su vida). Para redondear el círculo el padre de Pat, Pat senior, tiene un claro problema con el juego y el mejor amigo de Pat, Danny, no hace más que escaparse del internado psiquiátrico fingiendo que ha sido dado de alta.
Este es el punto de partida de una comedia divertida pero inteligente, alejada de los cánones escatológicos que tanto se llevan ahora en el humor americano pero sin caer tampoco en los edulcorados tópicos propios de una cinta romántica. El lado bueno de las cosas, pese a lo rocambolesco de su argumento (si lo analizamos bien, nadie está sano en esa familia), trata con respeto a sus personajes y les otorga unos buenos diálogos, algo que habitualmente se echa en falta en este tipo de producciones. Además, sabe medir muy bien sus tiempos, teniendo un concurso de baile como trama pero sin que sea una película de baile, con humor pero sin caer en lo absurdo y con sentimiento pero sin ñoñería.
Si bien el trabajo del director David O. Rusell es impecable (ya demostró sus cualidades en su anterior película, El luchador), quienes realmente merecen todo el reconocimiento sin la pareja protagonista. De Jennifer Lawrence ya nada debería sorprendernos, pues ya demostró su talento en Winter’s bone y su capacidad para papeles más comerciales en las exitosas X-men, primera generación y Los juegos del hambre (ambas preparando sus respectivas secuelas), y no sería de extrañar que acabase llevándose el Oscar por esta interpretación (a sus veintitrés años es ya su segunda nominación), aunque quien quizá sorprenda más es Bradley Cooper, el cual ya demostró su vis cómica en la saga de Resacón en Las Vegas pero que últimamente, pese a tratar de adentrarse en diferentes registros, parecía repetir el esquema de galán majete y simpático, demostrando en esta ocasión que hay algo más tras sus ojos azules y que merece ser muy tenido en cuenta.
Tampoco es que el resto del reparto ande cojo, con Robert De Niro recordándonos lo buen actor que era antes de perderse en el camino de las comedias bobas (en breve volverá a las andadas con La Gran Boda) y un irreconocible Chris Tucker.

Totalmente recomendable, El lado bueno de las cosas es mi gran esperanza de este año de cara a los Oscars, junto al Argo de Ben Affleck, ante truños sobrevalorados como Lincoln o La noche más oscura.