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lunes, 29 de diciembre de 2014

NOCHE EN EL MUSEO: EL SECRETO DEL FARAÓN (5d10)

Cuando en el 2006 Shawn Levy dirigió Noche en el museo, para mayor gloria de Ben Stiller, poco se debía imaginar que estaba iniciando una desquiciante saga que combinaría con acierto unos efectivos efectos especiales con un sentido del humor ágil y fresco.
Podría decirse que la serie de películas basadas en piezas de museo que cobran vida (al más puro estilo Toy Story, de la que se inspira claramente) es una tontería sin demasiadas pretensiones, pero lo cierto es que esa primera película (y su secuela tres años después, aunque en menor medida), era francamente divertida, con un estilo algo infantil pero sin llegar a insultar la inteligencia del público adulto y al amparo de un interesante elenco de actores con Robin Williams y Owen Wilson como principales escuderos pero con alguna vieja gloria como Dick Van Dyke o Mickey Rooney poniendo un toque de simpatía.
Esta nueva secuela, Noche en el museo: El secreto del Faraón, repite sin demasiadas complicaciones los esquemas de sus antecesoras, sustituyendo el American Museum of Natural History de Nueva York y el Smithsonian Institution National Museum of Natural History de Washington por el British Museum de Londres, siguiendo un tour cultural lógico. No hay mucho nuevo bajo el sol, con la ausencia obligada de Rooney pero repitiendo personajes los principales inquilinos del museo neoyorquino, con Ricky Gervais a la cabeza y dejándose ver también Steven Coogan y Rami Malek (mucho más conocidos que cuando comenzó la aventura) a los que se les han sumado el ascendente Dan Stevens, el omnipresente Ben  Kingsley y la oronda Rebel Wilson. Un reparto de altura para una comedia que ya muestra síntomas de cansancio.
Efectivamente, poco o nada sorprende ya en esta saga que se limita a repetir los aciertos de las anteriores sin apenas arriesgar y que se reduce simplemente a cumplir con la papeleta de comedia navideña, desaprovechando el juego dialéctico que podría dar enfrentar al presidente Roosevelt  con otros líderes históricos de diferentes épocas (siendo justos, algún momento de ingenio también contiene, como la escena dentro del cuadro de M.C.Scher Relatividad), aunque al menos consigue o aburrir en ningún momento, lo cual compensa alguna absurdez de su guion, mientras que la falta de magia en pantalla (Levy está perdiendo fuelle, ya lo temía con la reciente ¡Ahí os quedáis!) se perdona por la honestidad aparente de sus realizadores que, conscientes de que la fuente se está secando, otorgan a la película una sensación de fin de fiesta que es de elogiar, pese a los posos de tristeza que pueda dejar la escena final, con un Ben Stiller mirando con nostalgia al museo desde la calle.
Nada falta en la despedida, que ni Van Dyke quiso perderse, que se limita a justificar con torpeza el origen de la tabla mágica egipcia que permite a las figuras cobrar vida, cerrando así de manera correcta el círculo que empezó hace ocho años, aunque tal justificación quizá nunca fuese necesaria en una película de estas características.
Hasta tal punto llega la despedida, que el propio presidente Roosevelt, encarnado por Robin Williams, pide con tristeza al personaje de Stiller que “le deje partir”, algo poco significativo si no fuese esta la última gran aportación del genial intérprete antes de su prematuro fallecimiento. A él y a Rooney (que solo participó en la primera) van dedicados esta película, que tiene en esa escena concreta el momento más duro y emotivo, sin que su director fuese en aquel momento consciente de ello.
Disfrutable si problemas, siempre que no nos pongamos muy exigentes, es una buena oportunidad para recuperar la sonrisa en el cine y despedirnos con simpatía del año.

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA MIRADA DEL AMOR (7d10)

A veces la vida puede ser muy cruel. Nikki lo tenía todo en la vida: un matrimonio feliz, una hija estupenda y una condición económica encomiable. Hasta que un fatídico día, durante unas vacaciones en México
, su marido fallece ahogado en el mar.
Cinco años más tarde Nikki no ha podido superar su pérdida. Vive sola en la casa que su difunto esposo construyó para ellos, sin ser capaz de utilizar la magnífica piscina que tiene en la parte trasera ni volver a visitar el museo al que tantas veces habían ido juntos, sin más compañía que las visitas esporádicas de su hija o las agradables cenas en el jardín con su vecino Roger, también viudo. Pero todo cambia cuando se atreve a volver a visitar el museo y coincide con Tom, un profesor de arte que es la viva imagen de su gran amor. Aun sabiendo que es un error decide acercarse al desconocido y pronto iniciarán una relación sentimental. Parece que el amor le va a dar una segunda oportunidad, pero ¿es realmente amor o solo una mentira basada en el recuerdo de su desaparecido marido?
Esta es la historia de La mirada del amor (un título que es en sí un spoiler, pues la razón del nombre se descubre en la última escena), una romántica película que, si bien contiene alguna sonrisa en su interior, no es para nada una comedia. Dura y estremecedora como la vida misma, La mirada del amor es una tierna reflexión sobre las segundas oportunidades, demostrando que nunca es tarde para el amor, narrada con sensibilidad por Arie Posin y las brillantes interpretaciones de Annette Bening, Ed Harris y un cada vez más caro de ver Robin Williams, en un pequeño papel que recuerda al de El indomable Will Hunting.
La mirada del amor no es, sin embargo, una película sobre el amor, sino sobre la pérdida del amor. Es por ello que la sensación final que queda es desangelada y amarga y no será para avergonzarse si se escapa alguna lagrimilla contemplando esta historia de amor tan intensa como artificial.

Pese al punto fantástico de su origen (dos personas exactamente idénticas), los personajes y sus situaciones son terriblemente reales y eso hace que sea más duro todavía enfrentarse a la destrucción mental a la que se enfrenta Nikki cuando trata de borrar la muerte de su marido e incluir a Tom en su pasado juntos.

lunes, 14 de octubre de 2013

EL MAYORDOMO (7d10)

Estamos de enhorabuena. Por fin ha pasado el verano. Se olvida uno del calor, los escaparates de pueblan de calabazas y murciélagos y las rebajas dejan paso a los primeros arrebatos de las compras navideñas. Y en cine, tonterías estivales como El hombre de Acero, Pacific Rin o El llanero Solitario dejan paso a aquellas películas con serias aspiraciones a llenar sus vitrinas con los premios más prestigiosos del séptimo arte. Si la semana pasada la visualmente impresionante Gravity hacía el disparo de salida, es ahora turno de El mayordomo, una de las sorpresas de la temporada en los USA a la vez que una sencilla y entrañable historia río sobre un hombre negro que pasó más de veinte años trabajando para la Casa Blanca.
Cecil Gaines nació en una hacienda del sur donde estaba destinado a trabajar en los campos de algodón. Allí vio morir a su padre a manos de su patrón y enloquecer a su maltratada y violada madre, así que tan pronto tuvo edad de valerse por sí mismo salió por piernas de ese lugar y emigró al norte, donde aprendió a ser un “negro doméstico” con tanta eficacia que llegó a ser el mayordomo del mismísimo presidente de los Estados Unidos.
Bajo esta premisa, que se inspira en la verdadera historia de Gaines, Lee Daniels se embarca en una aventura que, lejos de pretender ser un biopic al uso, es un fiel retrato de la sociedad americana de final de siglo. Mientras se nos explica el conflicto familiar de Gaines, tan centrado en su papel de mayordomo que a menudo olvida que tiene una esposa y dos hijos, el verdadero trasfondo del film es el racismo que imperó (y se mantiene aún en demasiadas poblaciones americanas) en un país que era la tierra de las oportunidades dependiendo del color de piel de cada uno. Mientras los presidentes vienen y van por la vida de Gaines (con breves pinceladas de cada uno de ellos), el verdadero conflicto lo mantiene con su hijo mayor, pacífico revolucionario fiel a Luther King al principio y activista de los Panteras Negras de Malcolm X más adelante, en una reflexión sobre la oscuridad que hay en el alma humana que facilita que víctimas y verdugos intercambien roles a la menor ocasión.
Es aventurado a estas alturas pronosticar el Oscar para Forest Whitaker, aunque no me cabe duda de que se hallará entre los nominados, pues encabeza con firmeza un espectacular reparto donde todos rayan a buen nivel (incluso el habitualmente inexpresivo James Marsden), aunque tengan un tiempo demasiado limitado para destacar. Solo Oprah Winfrey dispone del protagonismo necesario para lucirse a la altura de su marido en la ficción, aunque personalmente encuentro que la presentadora es de lo peor del film, con una plasticidad en su rostro que resulta incluso incómoda de contemplar y que sólo convence en el (esperado) arrebato de furia cerca del final de la película. Así, por el Despacho Oval de la Casa Blanca (que por una vez consigue terminar una película intacta), desfilan Robin Williams como Eisenhower, Liev Schreiber como Johnson, James Marsden como Kennedy, John Cusack como Nixon y Alan Rickman y Jane Fonda como Ronald y Nancy Reagan, además de contar también con las interpretaciones de David Banner y David Oyelowo como los hijos de Gaines y las apariciones de Mariah Carey, Vanessa Redgrave, Terrence Howard, Cuba Gooding Jr., Lenny Kravitz y un largo etcétera.
Una vez más, el punto débil de la película es lo mucho que quiere abarcar en tan reducido tiempo, lo que dificulta que los menos conocedores de la historia contemporánea americana puedan perderse entre los recovecos de todo lo que sucede, en ocasiones apenas insinuado. Los problemas de Nixon con el watergate, el asesinato de Kennedy, la postura de Regan ante el apartheid , las diferencias de actitud entre Martin Luther King y Malcolm X… Todo está ahí, pero no siempre es fácil verlo y, mucho menos, reconocerlo.
Con todo, Daniels consigue que en ningún momento decaiga el interés tanto por lo que está sucediendo por todo el país (aterra pensar que actuaciones tan terribles contra la raza negra se dieran hace tan poco tiempo) como por la crisis en el matrimonio entre Cecil y Gloria, a la par que vamos aprendiendo cómo funciona el interior de la Casa Blanca, empleando con sabiduría el montaje paralelo en no pocas ocasiones y aderezándolo todo con una muy acertada banda sonora.

Quizá no sea tan redonda como para definirla como una lección de cine (o ni siquiera una lección de historia), pero se le acerca. Y Whitaker está, una vez más, de Oscar.

lunes, 6 de mayo de 2013

LA GRAN BODA (6d10)

Nos encontramos ante una de esas películas francamente fáciles de comentar, ya que de antemano se puede intuir lo que va a ofrecer y en ese sentido no engaña lo más mínimo. Enmarcada dentro de un estilo específico de comedia romántica siguiendo la estela de , por ejemplo, Los padres de ella, se compone de una historia de enredos y malentendidos sin traumas demasiado fuertes (la comedia siempre prevalece, a diferencia de las comedias románticas de los noventa representadas por Meg Ryan o Sandra Bullock donde en ocasiones la melancolía terminaba por empapar las películas de tristeza, aunque solo sea porque ese tipo de films siempre ha tenido una segunda vida en la venta de sus bandas sonoras y las canciones tristes venden más que las alegres;  otra cosa es diferenciar si es comedia buena o no), con un ambiente generalmente ostentoso (enormes casas familiares con hermosos paisajes alrededor,  si es con posibilidad de lago, mejor) y un buen reparto (en este caso, extraordinario), capaz de aunar nombres con talento,  jóvenes guapos y algún punto intermedio que esté próximo al público objetivo, es decir,  mujeres de mediana edad en adelante. Una última posibilidad es la incursión de un personaje ligeramente externo a la trama como punto cómico (al estilo del cura que interpreta Rowan Atkinson en Cuatro bodas y un funeral).
La historia es enredosamente simple: Don es un hombre divorciado con dos hijos naturales y uno adoptado que vive actualmente con su pareja actual, la exmejor amiga de su exmujer. Todos se reúnen para la boda del hijo adoptado, a la que también asistirá la madre biológica del mismo y su hija. El problema es que estas son profundamente católicas y contrarias al divorcio, por lo que el joven, temiendo decepcionarlas, pide a sus padres adoptivos que finjan que siguen casados, con los equívocos, complicaciones y alborotos que ello conlleva (dato curioso: la madre biológica es colombiana y no sabe ni papa de inglés;  en la versión española,  para mantener los chistes derivados de los problemas de idioma, la han convertido en brasileña y todos tan contentos).

Como ya he dicho, el punto fuerte de la película es el reparto, siguiendo el esquema antes mencionado. Así,  tenemos a tres actores de sobrada calidad como son Robert DeNiro como el patriarca de la familia, Diane Keaton como se exmujer y Susan Sarandon como su pareja actual. Para la pareja enamorada tenemos a Ben Barnes (El retrato de Dorian Grey, Las Crónicas de Narnia: El príncipe Caspian)) y Amanda Seyfild (Mamma mia, Los Miserables) y los dos hermanos restantes son Tobey Grape (Spiderman 3) y Katherine Heigh (Anatomia de Grey y varias comedietas insulsas a cual peor). Y el secundario cómico lo compone el últimamente olvidado Robin Williams. Un reparto de lujo que conforman la mejor (y casi única) excusa para acercarse a una película de buenas intenciones y sonrisa fácil, pero que no llega a conseguir una carcajada abierta en ningún momento y a la que se le echa de menos un poco más de mala baba y diálogos más brillantes. Todo lo que sucede termina siendo completamente previsible,  con un final obligatoriamente feliz, perdonándose todos a todos y más contentos que unas monas. Pero teniendo en cuenta que eso es justamente lo que se espera de una película así, pues sería tonto sentirnos engañados o decepcionados.

Aceptemos esta lujosa invitación de boda, pasémoslo distraídamente bien un par de horas y olvidémosla al volver al mundo real. No hay que pedirle más.