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lunes, 10 de julio de 2017

COLOSSAL, tan intimista como destructiva.

Confieso que tengo una extraña relación de amor-odio con el guionista y director Nacho Vigalondo.
Lo descubrí por primera vez cuando entré a una sala de cine a ver Los Cronocrímenes sin tener ni idea de lo que me podía encontrar y salí sumamente apasionado. 
Eso provocó quizá un desmedido hype que se truncó en decepción con la insuficiente Extraterrestre, y aunque la apuesta visual de Open Windows me pareció interesante no logró despertar suficiente interés en mi como para recuperar mi fe por el director cántabro.
Tras un considerable retraso en su estreno español (y siendo una de las que se me escapó en el pasado festival de Sitges), tenía cierto temor ante su nuevo estreno, el más internacional hasta la fecha. Con unas críticas dispares allá por donde ha sido vista, Colossal atufaba a ser una nueva vuelta de tuerca al truco de Extraterrestre, es decir, una peli de personajes hablando donde la invasión de turno no fuese más que una excusa, un pobre mcguffin para arrancar la acción y atraer al público.
Pero no, esta vez Vigalongo ha cumplido y ha mostrado lo que prometía, una película de monstruos donde se pueden ver perfectamente a un kiaju y un mecha dándose de tortas y destruyendo parte de Seúl. Y lo hace, además, maravillosamente bien.
No quiere decir esto que estemos ante una revisión de Pacific Rin, Dios nos libre. El cine de Villalongo se nutre del fantástico como el gran amante el frikismo comiquero y literario que es, pero estos coqueteos con la ciencia ficción son simples movimientos para hablar de cosas más profundas y reales, no estando él interesado en películas vacías de simples efectos digitales y absurdas destrucciones gratuitas.
Por eso, y dejando claro que Colossal contiene seres colosales que molan y que tanto se echaban en falta en Extraterrestre, su película va en realidad de los problemas que tiene una chica americana para poner en orden su caótica vida, condenada en una espiral autodestructiva de noches de alcohol y auto condescendencia.
Gloria podría tenerlo todo en la vida. Es joven y guapa, buena escritora y con un novio bien apuesto que cuida de ella. Pero algo la obliga a repetir una y otra vez los mismos errores hasta terminar atrapada en un bucle del que no parece haber escapatoria. Por ello, en busca de un nuevo comienzo, decide regresar a su pueblo natal, un punto perdido en el mapa en la América profunda donde se reencontrará con Oscar, un amigo del colegio tan atrapado en sus propias miserias como ella misma.
Colossal, aparte de tener elementos fantásticos, funciona muy bien a ritmo de comedia. No en vano el protagonista masculino es Jason Sudeikis, especializado en el género con títulos como Somos los Miller o De-mentes criminales, y tampoco les es ajeno el género a Anne Hathaway y Dan Stevens. 
Sin embargo, tras una aventura divertida y emocionante se oculta el drama de unos personajes rotos, de seres perseguidos por sus propios errores incapaces de ponerles fin incluso sabiendo perfectamente cuál es el problema (y el alcohol es tan solo uno de ellos).
Con un genial reflejo de la sociedad americana del interior, Vigalondo se siente como pez en el agua en su aventura yanqui consiguiendo aunar la cotidianidad de cuatro amigos charlando en un bar tras el cierre de este con la destrucción que se está sufriendo al otro lado del mundo. Una destrucción con la que los protagonistas tendrán mucho que ver.
Puede decirse en su contra que la excusa para unir al personaje de Hathaway con lo que está sucediendo en Seúl es algo gratuito y apenas justificado, pero es el peaje que hay que pagar en una fantasía donde el trato a los personajes y a sus sentimientos es excelente. Por eso, aunque uno pueda no llegar a identificarse nunca con ninguno de ellos, sí puede comprenderlos o compadecerlos sin problema, y eso significa, a la postre, simpatizar con sus acciones.
Colossal es una apuesta arriesgada, algo menos estrambótica de lo que podía imaginar, muy bien dirigida y con magnifica factura, que tiene en Austin Stowell y Tim Blake Nelson a dos secundarios de lujo (aunque quien posiblemente esté ante una de las mejores interpretaciones de su carrera es Hathaway) y que consigue maquillar como comedia de monstruitos japos un doloroso drama que llega a desgarrar por momentos.
Colossal es, a mi humilde parecer, la mejor película hasta la fecha de Vigalondo, y un retorno al buen camino que consigue reconciliarme con él y esperar con ganas su próximo trabajo.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 11 de junio de 2017

NORMAN, entretenida pero insuficiente.

Norman, el personaje que da título a la película, es un asesor de poca monta que parece haber dado la campanada cuando establece una relativa amistad con un político israelí que al cabo de los años termina siendo primer ministro de la nación.
Brillantemente interpretado por Richard Gere (su trabajo es lo mejor del film), Norman es el típico perdedor ignorante de sus propias limitaciones, un vendehúmos con buenas intenciones pero escaso talento para los negocios e incapaz de saber cuándo debe detenerse.
La película dirigida por Joseph Cedar es un extraño pastiche que nunca sabe si quiere apostar por el drama o la comedia y cuyo subtítulo en español es quizá su peor enemigo. Eso de “el hombre que lo conseguía todo” me remite a films como Conserje a su medida o similares. Pero nada más lejos de la realidad y del todo desenfadado de esos títulos a los que me refiero. Claro que con el subtítulo americano: the moderate rise and tragic fallen or a New York fixer (la moderada subida y trágica caída de un procurador de Nueva York) uno ya casi puede ahorrarse ir a verla. Norman, el hombre que lo conseguía todo, es una película amarga y triste sobre un tipo que deambula sin rumbo y al que nadie (ni el propio espectador) llega a conocer nunca, impidiendo así cualquier tipo de conexión emocional.
Bajo esa capa de falsa integridad del tres al cuarto (nunca termina de quedar claro sin la supuesta amistad entre Norman y el político es real o aparentada) se encuentra un análisis de la sociedad judía y un retrato con algo de acidez del aislamiento político, aunque por una vez nos quieran pintar al político de turno como un tipo bonachón y achuchable (en un papel que habría ido que ni pintado a Steve Carrell). Quizá uno de los lastres de la película sea que está coproducida con dinero israelí, lo que puede haber limitado la ironía y el sentido del humor que Norman necesitaría para haber sido un producto más interesante. Pese a los buenos artistas que hay en su casting (Steve Buscemi, Michael Sheen, Charlotte Gainsbourg y Dan Stevens como cabezas más reconocibles), ninguno de ellos aporta lo suficiente como para dar lustro a una trama por momentos aburrida y que no termina de levantar nunca el vuelo. Al final, Cedar parece tener en Gere a su única baza para seducir a los espectadores, y aunque su trabajo es impecable nada puede hacer el actor con un personaje demasiado aislado del mundo como para conseguir ser el alma que la película necesita.
No voy a decir que Norman, el hombre que lo conseguía todo, sea una mala película pero si me pareció, cuanto menos, un film insuficiente y con muchas carencias.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 20 de marzo de 2017

LA BELLA Y LA BESTIA, cumplidora fotocopia del clásico

Me resulta especialmente complicado valorar objetivamente esta película, así que voy a tratar de hacer un esfuerzo por ser lo más objetivo y justo con la última producción de Disney que sigue empeñada en versionar sus grandes clásicos animados en acción real.
La bella y la bestia es posiblemente, de todas las revisiones hechas hasta la fecha, la más fiel al material original, resultando prácticamente un calco argumental de la versión de Gary Trousdale y Kirk Wise, recuperando incluso las canciones originales de Alan Menkel. Apenas unos detalles sobre la madre de Bella sirven como mínima diferencia entre ambas películas.
El principal problema de La bella y la bestia cabe encontrarlo en la falta de magia que desprende. Siéndole imposible sorprender en su argumento, es en la aportación de los actores donde debían poner toda la carne en el asador. Es por ello que se reúne un brillante reparto, mucho de ellos simples cameos en su versión doblada, resultando estimulante ver de nuevo a Kevin Kline en un papel tan relevante y con un Luke Evans bastante solvente. 
En el apartado protagonista, sin embargo, Dan Stevens se encuentra demasiado oculto bajo la algo artificial digitalización de la bestia como para desplegar todo el carisma del que es capaz (recuerden su trabajo en The guest), aunque algo de brillo tiene, mientras que su partenaire Emma Watson cumple lo justo, no por falta de belleza ni talento sino porque no consigue superar la comparativa con la Bella original, resultando algo menos maravillosa que su contrapartida animada.
Sin embargo, a quien más se puede responsabilizar de esa falta de magia que embarga al film es a su director, un Bill Condon solvente en historias intimistas, pero a la que el blockbuster todavía le viene algo grande (Dreamgirls no era realmente una superproducción y de sus dos contribuciones a la saga Crepúsculo mejor ni hablar). Sé que no es cuestión de comparar con alguien ajeno al proyecto, pero con la maravillosa versión de La Cenicienta de Keneth Branagh uno no puede evitar imaginar al director de Mucho ruido y pocas nueces con semejante libreto.
No me malinterpreten, que la película no tenga la magia suficiente para enamorar no significa que sea una mala película, Simplemente que desperdicia muchas de sus posibilidades. Con todo, esta nueva versión del cuento clásico es una delicia musical con suficiente lujo y emociones como para resultar sumamente entretenida y en ningún momento aburrida y con unos efectos especiales que cojean un poco en la caracterización de la bestia pero que son magníficos en el resto de secundarios sobradamente conocidos (el candelabro Lumiere, la tetera Sra. Potts, el reloj Din Don...).
No puedo, sin embargo, dejar de comentar la gran lacra de esta película: su versión en español. Los que me conocen saben que soy un gran defensor del cine doblado, pero (llámenlo bipolaridad si quieren), con los musicales ya es otra cosa. Vale que esto sea una película infantil, pero no estamos ya ante un producto de animación, sino uno de imagen real donde vemos a actores reales cantando y bailando, pero sin llegar a oírlos nunca. 
¿Se imaginan a La la land sin la voz rota de la oscarizada Emma Stone? Pues van a quedarse con las ganas de escuchar a otras Emmas como la Watson o la Thompson. Y si el doblaje en España es de muy buena calidad no puedo decir lo mismo de la mayoría de cantantes de por aquí. Siendo La bella y la bestia un musical puro con gran cantidad de canciones casi me sangran los oídos con los gorgojos insoportables de la versión española. Y eso me hace odiar un poquito a la película. 
Vayan a verla. Está realmente bien pese a las limitaciones comentadas. Y lleven a sus niños para que las disfruten. Pero, por favor, que sea en versión original. Sus oídos lo agradecerán. Y, al fin y al cabo, en la mayoría de las canciones dobladas tampoco se entiende lo que dicen…

Valoración: Seis sobre diez. 

lunes, 4 de mayo de 2015

THE GUEST (7d10)

Ya hable ligeramente de esta película a raíz de su paso por Sitges 2014, aunque tras el éxito cosechado en el Festival de Cinema Fantàstic de Catalunya quise esperar a su anunciado estreno comercial para poderla analizar más en profundidad, no esperando que este fuese tan limitado y fugaz.
Dirigida por Adam Wingard, quien destacó como realizador por Tú eres el siguiente y cuyos trabajos hemos podido ver también en diversos segmentos de V/H/S y The ABC’s of Death, la película supone un claro homenaje a las películas de videoclub de los años ochenta, a ese tipo de cine de serie B que pasaba de puntillas (o simplemente no pasaba) por las carteleras pero que luego el boca a oreja las convertían en las grandes estrellas en el formato doméstico.
Ya su argumento no puede ser más simple y tópico: un joven aparece en la vida de una familia americana para seducirlos con su labia y sus aptitudes de manera que cuando se descubra su lado turbio ya sea demasiado tarde. No hay ningún spoiler en esta frase, pues el propio director, con un hábil uso de la música y merced al rostro camaleónico de Dan Stevens, se asegura de que nos quede bien claro desde el primer momento.
Podría decirse sin temor a equivocarnos que todo en The Guest es una absoluta tontería, un sinsentido que se sostiene por los pelos y con un gran esfuerzo de credulidad por nuestra parte, pero lo cierto es que da lo mismo. Wingard y Stevens se las apañan para que rizar el rizo que proponen sea sumamente divertido, burlándose incluso de los estereotipos y dándonos simplemente lo que queremos, una buena dosis de humor y mala leche con un final adrenalítico en un improbable escenario de Halloween de instituto.
Perfecta es la labor de Wingard para “colarnos” su aventura, pero de nada le valdría un buen trabajo tras las cámaras si no hubiese contado con el talento de Dan Stevens, un actor poco conocido hasta la fecha pero con un prometedor futuro. Stevens es el invitado a quien se refiere el título pero, por encima de eso, es el alma de la fiesta que es en realidad la película. Stevens es tan guapo como macarra, tan seductor como inquietante, representando tanto la figura del mejor amigo o el vecino perfecto como el mayor y más aterrador hijioputa del barrio. Una sonrisa, una mirada, que se transforma en menos de un segundo.
Rematando la jugada con una inteligente banda sonora, The Guest contiene todo aquello de lo que Obsesión carecía, esa peliculilla de hace unas semanas protagonizada (es un decir) por Jenifer Lopez que venía a mostrar un planteamiento más o menos parecido, como si ambas películas fuesen las dos caras de una misma moneda, pero que pese a haberse estrenado con mucho más rebomborio resultaba a la fin una pésima caricatura de esta.
The Guest posee toda la cutrez de cine más vacilón de los ochenta pero con un bonito envoltorio y como tal hará las delicias de todos aquellos que no pidáis a la peli más de lo que promete, una hora y media de violencia y diversión. Una película, en fin, para pasárselo bomba escudados ante un buen tanque de palomitas.

lunes, 29 de diciembre de 2014

NOCHE EN EL MUSEO: EL SECRETO DEL FARAÓN (5d10)

Cuando en el 2006 Shawn Levy dirigió Noche en el museo, para mayor gloria de Ben Stiller, poco se debía imaginar que estaba iniciando una desquiciante saga que combinaría con acierto unos efectivos efectos especiales con un sentido del humor ágil y fresco.
Podría decirse que la serie de películas basadas en piezas de museo que cobran vida (al más puro estilo Toy Story, de la que se inspira claramente) es una tontería sin demasiadas pretensiones, pero lo cierto es que esa primera película (y su secuela tres años después, aunque en menor medida), era francamente divertida, con un estilo algo infantil pero sin llegar a insultar la inteligencia del público adulto y al amparo de un interesante elenco de actores con Robin Williams y Owen Wilson como principales escuderos pero con alguna vieja gloria como Dick Van Dyke o Mickey Rooney poniendo un toque de simpatía.
Esta nueva secuela, Noche en el museo: El secreto del Faraón, repite sin demasiadas complicaciones los esquemas de sus antecesoras, sustituyendo el American Museum of Natural History de Nueva York y el Smithsonian Institution National Museum of Natural History de Washington por el British Museum de Londres, siguiendo un tour cultural lógico. No hay mucho nuevo bajo el sol, con la ausencia obligada de Rooney pero repitiendo personajes los principales inquilinos del museo neoyorquino, con Ricky Gervais a la cabeza y dejándose ver también Steven Coogan y Rami Malek (mucho más conocidos que cuando comenzó la aventura) a los que se les han sumado el ascendente Dan Stevens, el omnipresente Ben  Kingsley y la oronda Rebel Wilson. Un reparto de altura para una comedia que ya muestra síntomas de cansancio.
Efectivamente, poco o nada sorprende ya en esta saga que se limita a repetir los aciertos de las anteriores sin apenas arriesgar y que se reduce simplemente a cumplir con la papeleta de comedia navideña, desaprovechando el juego dialéctico que podría dar enfrentar al presidente Roosevelt  con otros líderes históricos de diferentes épocas (siendo justos, algún momento de ingenio también contiene, como la escena dentro del cuadro de M.C.Scher Relatividad), aunque al menos consigue o aburrir en ningún momento, lo cual compensa alguna absurdez de su guion, mientras que la falta de magia en pantalla (Levy está perdiendo fuelle, ya lo temía con la reciente ¡Ahí os quedáis!) se perdona por la honestidad aparente de sus realizadores que, conscientes de que la fuente se está secando, otorgan a la película una sensación de fin de fiesta que es de elogiar, pese a los posos de tristeza que pueda dejar la escena final, con un Ben Stiller mirando con nostalgia al museo desde la calle.
Nada falta en la despedida, que ni Van Dyke quiso perderse, que se limita a justificar con torpeza el origen de la tabla mágica egipcia que permite a las figuras cobrar vida, cerrando así de manera correcta el círculo que empezó hace ocho años, aunque tal justificación quizá nunca fuese necesaria en una película de estas características.
Hasta tal punto llega la despedida, que el propio presidente Roosevelt, encarnado por Robin Williams, pide con tristeza al personaje de Stiller que “le deje partir”, algo poco significativo si no fuese esta la última gran aportación del genial intérprete antes de su prematuro fallecimiento. A él y a Rooney (que solo participó en la primera) van dedicados esta película, que tiene en esa escena concreta el momento más duro y emotivo, sin que su director fuese en aquel momento consciente de ello.
Disfrutable si problemas, siempre que no nos pongamos muy exigentes, es una buena oportunidad para recuperar la sonrisa en el cine y despedirnos con simpatía del año.

sábado, 1 de noviembre de 2014

CAMINANDO ENTRE LAS TUMBAS (5d10)

Dos son las cosas que fallan de antemano en esta entretenida pero poco más película de acción con mayor dosis de intriga que otra cosa: el título y el protagonista.
Y es que un título como Caminando entre las tumbas (muy acorde con la carátula) y Liam Neeson en el papel protagonista invita a pensar que estamos ante un film trepidante, al estilo de las de la saga Venganza, donde –como se dice coloquialmente- Neeson reparta hostias como panes.
Pero no, tras un principio prometedor pero que revela a un personaje exageradamente arquetípico (el héroe atormentado por un error de su pasado que se refugia en el alcohol) y presentarnos que el tema va de unos tipos que se dedican a secuestrar mujeres con oscuros fines, la trama deriva más hacia el género detectivesco que hacia la acción pura y dura, resultando interesante pero pelín aburrida hasta llegar a un final donde el ritmo crece pero demasiado tarde para arreglar el desaguisado.
Se podría decir que Scott Frank, guionista de larga trayectoria pero que debuta aquí como director de largometrajes, sueña a ser como un niño que de mayor quiere ser David Fincher, pero claro, ni él dirige con la maestría del realizador de La red social ni su trabajo tiene nada que ver con excelentes títulos como Zodiac, la versión americana de Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres o la reciente (y de fácil y odiosa comparación) Perdida.
Frank se basa para su libreto en una novela de Lawrence Block, pero algo falla en la traslación, pues la historia se me antoja demasiado lineal, demasiado falta de giros de guion que desorienten al espectador (hay que insistir en este punto que el eje central del film es una investigación) y con muchos personajes, como el de los villanos, sin ir más lejos, bastante mal dibujados, hasta el punto que algunas de sus motivaciones o incluso decisiones, no llegan a comprenderse bien.
En ciertos momentos, casi se diría que el director parece más interesado en la relación del protagonista, Matt Scudder, con el alcohol que en el rescate de la persona secuestrada (de hecho, el secuestro que mueve el film definitivamente se produce ya superado el ecuador y concluye de manera bastante anticlimática). Pero tampoco se queda uno con la sensación de que la redención sea el tema clave que propone el film.
Como caminando entre dos aguas, y naufragando en ambas, Caminando entre las tumbas no se decide sobre lo que pretende ser, y eso termina por descolocar e incluso aburrir al espectador, que debe conformarse con aceptar a Neeson poniendo los gestos de siempre y esperar a que en algún momento explote la acción.
Sinceramente, muy flojita y decepcionante, casi incluso me atrevería a asegurar que fácilmente olvidable. Liam Neeson sigue empeñado en ser, a su edad, un héroe de acción. Pero aquí se ha equivocado.