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lunes, 10 de diciembre de 2018

LA BALADA DE BUSTER SCRUGGS

La balada de Buster Scruggs parte de una serie de relatos que los hermanos Coen habían ido escribiendo a lo largo de su carrera con el Oeste como telón de fondo. A alguien se le ocurrió que la idea podía dar para una serie de televisión, pero tras tantearlo de la mano de Netflix el proyecto terminó derivando en una antología en forma de película.

Con La balada de Buster Scruggs Netflix confirma su apuesta por los largometrajes, siendo cada vez más los grandes autores que recaen en su plataforma (es inminente el estreno de Roma, de Alfonso Cuaron), agradecidos por la libertad que les ofrece y que posiblemente sería complicada conseguir de cara a un estreno comercial en cines.
Podría verse en La balada de Buster Scruggs la propia evolución en la vida de los Coen, de manera que las historias tienen un tono completamente diferente de unas a otras, comenzando por el humor más absurdo hasta concluir en un formalismo ejemplar, más centrados en los diálogos que en las situaciones, pasando, eso sí, por el drama más duro e intimista. Naturalmente, como en todas las películas de antologías, hay altibajos y cada uno podrá apreciar mejor una u otra historia dependiendo de lo que ande buscando, resultando incluso algo extraña esa mezcla de géneros que tienen en el western el único denominador común. Lo que no se le puede negar a los Coen es su pericia como directores, cuidando al máximo la fotografía y consiguiendo un empaque visual excelente.
Es difícil definir la calidad de la película, a habidas cuentas de lo irregular que es, pero hay que calificarla, como mínimo, de interesante. Un arranque musical con un personaje que rompe la cuarta pared para dirigirse directamente al espectador, sirviendo de presentación de la colección de relatos, un vaquero condenado a la horca con el rostro de James Franco (¿una metáfora, quizá, del escarnio público al que fue sometido por ciertas acusaciones tras el estreno de The disaster artist?), la triste y dura historia de un feriante al que da vida Liam Neeson y su mutilado hijo, la aventura de un buscador de oro solitario, la angustiante soledad de una mujer en una caravana acechada por los indios y la conversación entre unos desconocidos a bordo de una diligencia, quizá un guiño a Los Odiosos ocho de Tarantino, conforman este surtido de relatos que tocan casi todos los tópicos de las viejas películas del Oeste a la que rinden un sentido homenaje y que dejan un extraño regusto de insatisfacción tras el visionado, pero que quedan grabadas en el recuerdo y, allí almacenadas, van mejorando con el paso del tiempo. Al final, la sensibilidad termina por vencer al humor, pese a que no sea lo esperado.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 10 de julio de 2017

COLOSSAL, tan intimista como destructiva.

Confieso que tengo una extraña relación de amor-odio con el guionista y director Nacho Vigalondo.
Lo descubrí por primera vez cuando entré a una sala de cine a ver Los Cronocrímenes sin tener ni idea de lo que me podía encontrar y salí sumamente apasionado. 
Eso provocó quizá un desmedido hype que se truncó en decepción con la insuficiente Extraterrestre, y aunque la apuesta visual de Open Windows me pareció interesante no logró despertar suficiente interés en mi como para recuperar mi fe por el director cántabro.
Tras un considerable retraso en su estreno español (y siendo una de las que se me escapó en el pasado festival de Sitges), tenía cierto temor ante su nuevo estreno, el más internacional hasta la fecha. Con unas críticas dispares allá por donde ha sido vista, Colossal atufaba a ser una nueva vuelta de tuerca al truco de Extraterrestre, es decir, una peli de personajes hablando donde la invasión de turno no fuese más que una excusa, un pobre mcguffin para arrancar la acción y atraer al público.
Pero no, esta vez Vigalongo ha cumplido y ha mostrado lo que prometía, una película de monstruos donde se pueden ver perfectamente a un kiaju y un mecha dándose de tortas y destruyendo parte de Seúl. Y lo hace, además, maravillosamente bien.
No quiere decir esto que estemos ante una revisión de Pacific Rin, Dios nos libre. El cine de Villalongo se nutre del fantástico como el gran amante el frikismo comiquero y literario que es, pero estos coqueteos con la ciencia ficción son simples movimientos para hablar de cosas más profundas y reales, no estando él interesado en películas vacías de simples efectos digitales y absurdas destrucciones gratuitas.
Por eso, y dejando claro que Colossal contiene seres colosales que molan y que tanto se echaban en falta en Extraterrestre, su película va en realidad de los problemas que tiene una chica americana para poner en orden su caótica vida, condenada en una espiral autodestructiva de noches de alcohol y auto condescendencia.
Gloria podría tenerlo todo en la vida. Es joven y guapa, buena escritora y con un novio bien apuesto que cuida de ella. Pero algo la obliga a repetir una y otra vez los mismos errores hasta terminar atrapada en un bucle del que no parece haber escapatoria. Por ello, en busca de un nuevo comienzo, decide regresar a su pueblo natal, un punto perdido en el mapa en la América profunda donde se reencontrará con Oscar, un amigo del colegio tan atrapado en sus propias miserias como ella misma.
Colossal, aparte de tener elementos fantásticos, funciona muy bien a ritmo de comedia. No en vano el protagonista masculino es Jason Sudeikis, especializado en el género con títulos como Somos los Miller o De-mentes criminales, y tampoco les es ajeno el género a Anne Hathaway y Dan Stevens. 
Sin embargo, tras una aventura divertida y emocionante se oculta el drama de unos personajes rotos, de seres perseguidos por sus propios errores incapaces de ponerles fin incluso sabiendo perfectamente cuál es el problema (y el alcohol es tan solo uno de ellos).
Con un genial reflejo de la sociedad americana del interior, Vigalondo se siente como pez en el agua en su aventura yanqui consiguiendo aunar la cotidianidad de cuatro amigos charlando en un bar tras el cierre de este con la destrucción que se está sufriendo al otro lado del mundo. Una destrucción con la que los protagonistas tendrán mucho que ver.
Puede decirse en su contra que la excusa para unir al personaje de Hathaway con lo que está sucediendo en Seúl es algo gratuito y apenas justificado, pero es el peaje que hay que pagar en una fantasía donde el trato a los personajes y a sus sentimientos es excelente. Por eso, aunque uno pueda no llegar a identificarse nunca con ninguno de ellos, sí puede comprenderlos o compadecerlos sin problema, y eso significa, a la postre, simpatizar con sus acciones.
Colossal es una apuesta arriesgada, algo menos estrambótica de lo que podía imaginar, muy bien dirigida y con magnifica factura, que tiene en Austin Stowell y Tim Blake Nelson a dos secundarios de lujo (aunque quien posiblemente esté ante una de las mejores interpretaciones de su carrera es Hathaway) y que consigue maquillar como comedia de monstruitos japos un doloroso drama que llega a desgarrar por momentos.
Colossal es, a mi humilde parecer, la mejor película hasta la fecha de Vigalondo, y un retorno al buen camino que consigue reconciliarme con él y esperar con ganas su próximo trabajo.

Valoración: Ocho sobre diez.