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viernes, 31 de enero de 2020

LAS AVENTURAS DEL DOCTOR DOLITTLE

Stephen Gagham es un irregular guionista firmante de títulos como la interesante Traffic, la denostada El Álamo, la leyenda o la encomiable Syriana, aunque en su faceta de director apenas tenía dos películas en su haber, la propia Syriana y Gold, la gran estafa, vehículo para el lucimiento de Matthew McConaughey demasiado heredera de El lobo de Wall Street de Scorsese.
Con semejante bagaje, marcado por cierto aire de seriedad, cuesta pensar cómo se ha metido en el embolado que ha resultado ser Las aventuras del doctor Dolittle, una demencial propuesta a medio camino entre la estupidez, el cuento infantil y la fantasía heroica. Vamos, un popurrí bastante absurdo.
En una de las pocas ocasiones de ver a Robert Downey Jr. alejado de su armadura de Iron Man, la película se centra completamente en su personaje, el peculiar doctor con el poder de hablar con los animales que en poco o nada se parece a la encarnación que realizara, en el 1998, Eddie Murphy.
El problema de la película es que tiene momentos tan infantiles que rozan el ridículo, mientras en otros se parece optar por un tono más adulto que desconcierta al respetable. Además, siendo una producción menor de lo que debería, el CGI de los animales está muy alejado de los ejemplos recientes de El libro de la Selva o El rey León, ambas de Jon Favreau, mientras que el protagonista nunca parece tomarse muy en serio su papel (y eso que está acreditado como productor). Quizá los múltiples problemas durante el rodaje y el retraso de su estreno hayan incidido en ello.
Solo algún secundario destaca ligeramente, como los paródicos Michael Sheen o Jim Broadbent, aunque quien realmente salva la función es Antonio Banderas, de lejos lo mejor del film. Una película que, por cierto, debe ganar enteros en su versión original, pues con el reparto de voces sí que han sabido poner toda la carne en el asador.
En fin, una película torpemente dirigida y muy ridícula (no está a la altura de Catspero no se queda tampoco muy lejos) que solo puede llegar a hacer disfrutar a los más pequeños y menos exigentes. Debo confesar que, en mi sala de cine, abarrotada de niños, hubo bastantes aplausos al final de la sesión, lo cual podría invitarme a pensar que soy yo quien está equivocado. Pero la realidad es que estamos ante el primer fracaso estrepitoso del año, así que parece que tampoco los niños han decidido salvarla.

Valoración: Cuatro sobre diez.

lunes, 4 de junio de 2018

QUÉ FUE DE BRAD

Desde hace ya un tiempo la carrera cinematográfica de Ben Stiller parece haber tomado un tono más serie de lo habitual. Ya en su faceta cono director, este actor acostumbrado a las payasadas enmascaraba tras sus historias locas y desquiciadas un poso de cinismo y trasfondo oculto bastante palpable, siendo La vida secreta de Walter Mitty el ejemplo más claro.
En su faceta como actor la cosa va en la misma línea, y pese a seguir con comedias más o menos familiares como Noche en el museo 3 o Zoolander nº2, Stiller ha protagonizado en los últimos tiempos títulos algo más serios como la producción para Netflix The Meyerowitz stories, al lado de Adam Sandler y Duston Hoffman, y, sobretodo, Mientras seamos jóvenes, en cierto modo hermanada con Qué fue de Brad.
Ambas películas tienen en común una cierta reflexión sobre la madurez y el paso del tiempo, centrada en una hipotética crisis de los cincuenta, edad que Stiller ha superado recientemente. Mientras que en Mientras seamos jóvenes su personaje y el de Naomi Watts se enfrentaban al conflicto generacional personificado en la figura de un “hypster” como Adam Driver, en Qué fue de Brad el planteamiento versa en la comparativa con otros compañeros de generación, en cómo medir el éxito o el fracaso en la vida en función del prestigio social y el poder económico de cada uno y, sobretodo, en la herencia en forma de conocimientos y sabiduría para legar a los hijos.
Por eso, un vistazo apresurado y superficial podría calificar a Brad, el personaje de Stiller como el de un envidioso frustrado por lo poco que ha logrado en su vida, siendo el punto culminante de esa decepción la conversación desangelada y totalmente derrotista que tiene con una joven en la que ve representados sus propios ideales de cuando él mismo era un crío soñador y con principios. Sin embargo, mirada en profundidad, Qué fue de Brad es una interesante reflexión sobre la dificultad de reconocerse a uno mismo, de asumir los actos propios y saber vivir con las consecuencias de ellos y, sobre todo, de valorar las cosas verdaderamente importantes en la vida, que van mucho más allá de una simple posición social o financiera.
Narrada mediante un viaje que el protagonista hace con su hijo en busca de una Universidad idónea para él, Qué fue de Brad navega entre la comedia y el drama, presentando a un padre por momentos ridículo y cuya principal lección de vida le viene dada por el hijo, en una previsible aunque hábil versión de “el mundo al revés” gracias al cual Brad puede dejar de verse reflejado en el espejo de sus exitosos (aunque también imbéciles) amigos para poder reconocerse a sí mismo y a su familia y conseguir, de una vez, valorar lo valioso de lo que tiene.
Para ello, el director Mike White compone una película fresca y amable, sin huir de los necesarios toques de humor que humanicen a Brad y evitando caer en los tópicos de un cine indie tan propenso a estos temas. También Stiller se mueve como pez en el agua en esta faceta más seria e incluso amargada de su trayectoria cinematográfica, bien acompañado por nombres como Michael Sheen, Jenna Fischer o Luke Wilson.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 11 de junio de 2017

NORMAN, entretenida pero insuficiente.

Norman, el personaje que da título a la película, es un asesor de poca monta que parece haber dado la campanada cuando establece una relativa amistad con un político israelí que al cabo de los años termina siendo primer ministro de la nación.
Brillantemente interpretado por Richard Gere (su trabajo es lo mejor del film), Norman es el típico perdedor ignorante de sus propias limitaciones, un vendehúmos con buenas intenciones pero escaso talento para los negocios e incapaz de saber cuándo debe detenerse.
La película dirigida por Joseph Cedar es un extraño pastiche que nunca sabe si quiere apostar por el drama o la comedia y cuyo subtítulo en español es quizá su peor enemigo. Eso de “el hombre que lo conseguía todo” me remite a films como Conserje a su medida o similares. Pero nada más lejos de la realidad y del todo desenfadado de esos títulos a los que me refiero. Claro que con el subtítulo americano: the moderate rise and tragic fallen or a New York fixer (la moderada subida y trágica caída de un procurador de Nueva York) uno ya casi puede ahorrarse ir a verla. Norman, el hombre que lo conseguía todo, es una película amarga y triste sobre un tipo que deambula sin rumbo y al que nadie (ni el propio espectador) llega a conocer nunca, impidiendo así cualquier tipo de conexión emocional.
Bajo esa capa de falsa integridad del tres al cuarto (nunca termina de quedar claro sin la supuesta amistad entre Norman y el político es real o aparentada) se encuentra un análisis de la sociedad judía y un retrato con algo de acidez del aislamiento político, aunque por una vez nos quieran pintar al político de turno como un tipo bonachón y achuchable (en un papel que habría ido que ni pintado a Steve Carrell). Quizá uno de los lastres de la película sea que está coproducida con dinero israelí, lo que puede haber limitado la ironía y el sentido del humor que Norman necesitaría para haber sido un producto más interesante. Pese a los buenos artistas que hay en su casting (Steve Buscemi, Michael Sheen, Charlotte Gainsbourg y Dan Stevens como cabezas más reconocibles), ninguno de ellos aporta lo suficiente como para dar lustro a una trama por momentos aburrida y que no termina de levantar nunca el vuelo. Al final, Cedar parece tener en Gere a su única baza para seducir a los espectadores, y aunque su trabajo es impecable nada puede hacer el actor con un personaje demasiado aislado del mundo como para conseguir ser el alma que la película necesita.
No voy a decir que Norman, el hombre que lo conseguía todo, sea una mala película pero si me pareció, cuanto menos, un film insuficiente y con muchas carencias.

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 31 de diciembre de 2016

PASSENGERS, romance en gravedad cero.

Ahora sí, ha llegado la hora de comentar la última película de este año, con la que es el estreno más importante de este fin de semana.
Dirigida por Morten Tyldum, quien hace apenas un año triunfaba con Descifrando Enigma, se esperaba de Passengers que fuese uno de los taquillazos de las navidades, aunque solo fuese por contar en su reparto a las dos estrellas más importantes del momento. Sin embargo, parece que ni público ni crítica se están dejando seducir de momento por las miradas limpias y cristalinas que Chris Pratt y Jennifer Lawrence nos ofrecen desde el poster de la película.
Sin embargo, Passengers no es en absoluto una mala película. Las dos horas de duración pasan volando y en todo momento hay un gran trabajo interpretativo que se redondea con la presencia de Michael Sheen en un rol secundario pero fundamental.
Una nave espacial viaja hacia un planeta lejano donde se establecerá una nueva colonia. El viaje está previsto eu dure ciento veinte años, pero un accidente provoca un fallo que hace salir de su estado de hibernación a uno de los pasajeros nada menos que noventa años antes de llegar a su destino.
Con títulos como Gravity o Marte en la memoria, Passengers pretende ser una película de corte intimista (pese a su lujosa planificación y sus espectaculares diseños de producción) que debate sobre la soledad, las relaciones y el egoísmo en situaciones extremas, y en ese sentido es donde mejor funciona. Estamos acostumbrados a criticar una película por sus historias de amor que entorpecen y distraen de la acción principal, pero precisamente en Passengers es esa historia de amor, ese conflicto tan intenso y dramático entre Jim y Aurora (los personajes a los que dan vida Pratt y Lawrence) lo que mejor funciona, haciendo que cuando la cosa gira a la acción y empiezan los fuegos de artificios se desinfle todo un poco, aparte de que alguna frase engañosa del tráiler invita a pensar que la cosa va por un camino diferente y eso termina por despistar.
Así, Tyldum consigue crear una atmosfera sobrecogedora (en algo recuerda el arranque a la simpática serie de Will Forte El último hombre en la Tierra) bien apoyada en las interpretaciones de sus protagonistas, que demuestran una potente química entre ellos. Además, la música de Thomas Newman ayuda a subrayar los sentimientos cambiantes a medida que avanza la trama. Con coqueteos bien llevados entre el humor de sonrisa ligera y el drama más reflexivo, es una de esas películas que en su arranque invitan al debate y a la discusión, por más que ese discurso termine perdiéndose a medida que va avanzando y su final pueda resultar incluso ridiculo.
Además, Passenger se duele de uno de los males que sufren las grandes producciones actuales, los cambios de última hora. Parece ser que, tal y como sucediera en El despertar de la Fuerza, La era de Ultron, Batman V Superman, Suicide squad o Rogue One, por mencionar solo algunos casos documentados, mucho de lo rodado ha quedado olvidado en la mesa de montaje, y el personaje de Andy García (qué cabreo debe llevar el pobre) es buena muestra de ello.
Por lo que a mí respecta, sin ser un peliculón de esos que uno revisiona mil veces, Passengers me ha dejado con un buen sabor de boca y me ha resultado una experiencia agradable de ver, no sé si influenciado por el antihype que se estaba empezando a crear y que me preparaba para lo peor.

Valoración Siete sobre diez.

miércoles, 16 de julio de 2014

EL SECRETO DEL COFRE DE MIDAS (5d10)

Plagada de figuras consagradas como mandan los cánones, El secreto del cofre de Midas es una película de aventuras juvenil que pese a su aparentemente aparatoso diseño de producción aspira a poco más que a entretener con una trama heredera de las aventuras de Indiana Jones y el desahogo cómico de Los Goonies, con algún toque de misterio  rocambolesco a lo Harry Potter (o, puestos a comparar, y ya que hay dinero español metido en la producción, a lo Zipi y Zape).
El tesoro del cofre de Midas no es una mala película, y al analizarla hay que tener en cuenta que va dirigida a un público objetivo casi infantil, pero ello no implica que debamos tragar con todo y transigir con las niñerías que en algunos momentos nos quieren colar con semejante excusa.
Quitando a las tres estrellas mediáticas que tampoco es que deban tener muchos grandes papeles entre los que elegir (a saber: Sam Neill, Michael Sheen y Lena Headey) y al protagonista, un Aneurin Barnard que aprueba justito, algunas interpretaciones son lamentables, como es el caso de los esbirros del villano de turno o el hermano del protagonista. La dirección es bastante plana y no sabe en ningún momento imprimir el ritmo necesario que necesita la historia y los giros argumentales son tan previsibles que renuncian al instante a toda opción de sorprender. Y para colmo está la pretensión de querer ser el inicio de una nueva saga, una más de las muchas que ansían llenar el hueco dejado por el mago de J.K. Rowling, aunque es evidente que ya de partida las novelas de dicha señora eran mucho más populares que las del tal Graham P. Taylor (esto, al parecer sería el inicio de la trilogía de Mariah Mundi).
Pero superada la pataleta inicial debo confesar que la historia del joven que, desesperado por la desaparición de sus padres y su hermano pequeño, debe resolver el misterio alrededor de un cofre que se supone contiene un gran poder distrae durante gran parte de su metraje, donde se agradece los esfuerzos de los actores de "verdad" por resultar creíbles, aunque Sheen roza demasiado la caricatura. Así, El secreto del cofre de Midas es suficientemente correcta como para agradar y entretener, al menos hasta llegar a su clímax final, donde todas las buenas intenciones que hay por el camino se van al traste con un desenlace totalmente ridículo que estropea todo lo visto hasta ahora.
Ctreo que el principal problema del cine juvenil actual es prescindir de las ideas originales y abusar de novelitas en busca desesperada de nuevas sagas con un peso excesivo en el protagonista tal y como sucediera con Percy Jackson y compañía. ¿Dónde han quedado esos grandes creadores de historias de los 80 que conseguían grandes películas juveniles con una gran originalidad (Regreso al futuro, Gremlins, Los Goonies…)?
Pese a todo, cumple lo poco que se le puede exigir, y no se le debe pedir mucho más. Habrá que conformarse…