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viernes, 31 de enero de 2020

LAS AVENTURAS DEL DOCTOR DOLITTLE

Stephen Gagham es un irregular guionista firmante de títulos como la interesante Traffic, la denostada El Álamo, la leyenda o la encomiable Syriana, aunque en su faceta de director apenas tenía dos películas en su haber, la propia Syriana y Gold, la gran estafa, vehículo para el lucimiento de Matthew McConaughey demasiado heredera de El lobo de Wall Street de Scorsese.
Con semejante bagaje, marcado por cierto aire de seriedad, cuesta pensar cómo se ha metido en el embolado que ha resultado ser Las aventuras del doctor Dolittle, una demencial propuesta a medio camino entre la estupidez, el cuento infantil y la fantasía heroica. Vamos, un popurrí bastante absurdo.
En una de las pocas ocasiones de ver a Robert Downey Jr. alejado de su armadura de Iron Man, la película se centra completamente en su personaje, el peculiar doctor con el poder de hablar con los animales que en poco o nada se parece a la encarnación que realizara, en el 1998, Eddie Murphy.
El problema de la película es que tiene momentos tan infantiles que rozan el ridículo, mientras en otros se parece optar por un tono más adulto que desconcierta al respetable. Además, siendo una producción menor de lo que debería, el CGI de los animales está muy alejado de los ejemplos recientes de El libro de la Selva o El rey León, ambas de Jon Favreau, mientras que el protagonista nunca parece tomarse muy en serio su papel (y eso que está acreditado como productor). Quizá los múltiples problemas durante el rodaje y el retraso de su estreno hayan incidido en ello.
Solo algún secundario destaca ligeramente, como los paródicos Michael Sheen o Jim Broadbent, aunque quien realmente salva la función es Antonio Banderas, de lejos lo mejor del film. Una película que, por cierto, debe ganar enteros en su versión original, pues con el reparto de voces sí que han sabido poner toda la carne en el asador.
En fin, una película torpemente dirigida y muy ridícula (no está a la altura de Catspero no se queda tampoco muy lejos) que solo puede llegar a hacer disfrutar a los más pequeños y menos exigentes. Debo confesar que, en mi sala de cine, abarrotada de niños, hubo bastantes aplausos al final de la sesión, lo cual podría invitarme a pensar que soy yo quien está equivocado. Pero la realidad es que estamos ante el primer fracaso estrepitoso del año, así que parece que tampoco los niños han decidido salvarla.

Valoración: Cuatro sobre diez.

sábado, 6 de abril de 2019

DOLOR Y GLORIA

Aunque se recuerde con agrado las grandes comedias de Almodóvar de sus comienzos, en los últimos años el director manchego se ha movido con más comodidad en el drama. De hecho, entre sus últimos trabajos, es precisamente la comedia Los amantes pasajeros, la que considero su peor trabajo, mientras que títulos como La piel que habito o Julieta me llegaron a entusiasmar.
Como sea, Almodóvar es un artista de una personalidad tal que es difícil que deje indiferente a nadie, y su cine es tan personal que te obliga a conectar con él o resulta difícil dejarse atrapar por sus historias. Esto, síntoma referencial en su filmografía, se acentúa aun más si cabe en Dolor y Gloria al tratarse de su trabajo más personal, un cuento con claros tintes autobiográficos en que se adentra por su propia psique y se desnuda ante su público, tanto física como espiritualmente.
Antonio Banderas, el espejo en el que se refleja, interpreta a un director de cine en horas bajas, atormentado por unos problemas de salud que le impiden hacer aquello que más le gusta y que prácticamente le da la vida, como es dirigir, en analogía a las dificultades que el propio Almodóvar ha tenido en sus últimos rodajes (parece ser que el de Julieta fue especialmente duro por sus problemas de espalda), a la vez que se adentra en el pasado del artista para recrear una niñez marcada por la autoridad materna (esta vez en rol recae en Penélope Cruz), siendo precisamente la figura de la madre un elemento clave para su cine.
Dolor y Gloria es, por tanto, un viaje al interior del espíritu de Almodóvar, pero es también un ensayo sobre el artista, que puede llegar a extrapolarse a cualquier autor que sepa identificarse con el protagonista. Más allá de si sabemos reconocer el toque autobiográfico del personaje, Dolor y Gloria habla sobre el bloqueo del artista, la lucha desesperada por enfrentarse a sus miedos más profundos y las barreras que se crean (en ocasiones por uno mismo) para limitar ciertas libertades
Dolor y Gloria es, pues, una película dura y amarga, pero no carente de toques sutiles de comedia que ayudan a establecer esa conexión a la que me refería al principio, que termina siendo, a la postre, uno de los mejores trabajos del manchego, una especie de punto y aparte que sirve como colofón a una trayectoria llena de claroscuros, discutida y admirada por igual, que tiene en sus protagonistas una de sus mejores armas, siendo Banderas la gran estrella de la función. El malagueño está sencillamente espléndido y hace del dolor interno su mejor arma para culminar una composición magistral que nos reconcilia con ese gran actor que es y al que teníamos algo perdido en producciones de medio pelo de ese Hollywood ingrato con sus estrellas y de escasa memoria artística.
Dolor y Gloria seguirá sin gustar a los “odiadores gratuitos” de Almodóvar, pero enamorará a sus seguidores y a todo aquel espectador intermedio que simplemente se deje embriagar por una historia tan personal como universal que sepa enamorarse de esa España de postguerra en la que la ropa se lavaba a mano y la gente pobre convertía las cuevas en hogares.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 10 de abril de 2016

ALTAMIRA: extraño publireportaje de las pinturas.

Extraña coproducción entre España, Estados Unidos y Francia con un reparto tan internacional como rechinante, Altamira iba a ser originalmente un documental y prueba de ello es su ritmo irregular y la dirección plana de un veterano como Hugh Hudson que más allá de Carros de fuego no ha hecho apenas nada destacable.
Con Antonio Banderas (tan solvente como siempre) como gran valedor, el film narra el descubrimiento de las pinturas rupestres en la cueva de Altamira y como la autentificación de las mismas supuso un cisma entre ciencia y religión (la fecha en la que se calculaba que fueron realizadas ponía en entredicho la teoría de Adán y Eva) e incluso entre los propios científicos (tampoco las fechas cuadraban demasiado bien con lo que se sabía entonces sobre la evolución, siendo los propios seguidores de Darwin quienes dudaron del hallazgo.
Marcelino Sanz de Sautuola y, sobre todo, su hija de ocho años, María, fueron los descubridores de las pinturas en una época convulsa donde la pugna entre ciencia y fe estaba en su máximo apogeo, representada incluso en el propio matrimonio Sanz.
Sin entrar en spoilers sobre el argumento, la historia nos cuenta que Marcelino Sanz fue ridiculizado por la comunidad científica y no fue hasta catorce años después de su muerte que recibió el reconocimiento merecido. Curiosamente, su hija María (la otra gran protagonista de la película, interpretada por Allegra Allen a los ocho años e Irene Escolar en su edad adulta) es la bisabuela del fallecido empresario Emilio Botín y precisamente su hija Lucrecia es la principal productora de la película.
Una historia interesante y una Santander que luce de maravilla, con esa belleza natural tan propia de la costa cantábrica, el reparto es lo más desconcertante de todo, con el británico Rupert Everett (irreconocible) interpretando a un monseñor, la iraní Golshifteh Farahani haciendo de Conchita, la mujer de Marcelino y presencias tan extrañas como la de Javivi o Maryam d’Abo, la que fuera Chica Bond allá por el 87.
Extraño popurrí que no ayuda en nada a una historia que no termina nunca de arrancar y que termina siendo un mero spot sobre las cuevas (actualmente cerradas al público) con momentos oníricos (esas pesadillas de la pequeña María) que entorpecen y donde, aparte del paisaje y la reivindicación histórica del personaje, el noble esfuerzo de Banderas por sacar adelante su personaje resulta algo estéril por culpa de un guion flojo y un director inexistente.
Aun así, aunque solo sea por conocer la historia de uno de los tesoros nacionales, podría valer ya la pena.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 9 de febrero de 2015

BOB ESPONJA: UN HÉROE FUERA DEL AGUA (6d10)

Vamos a ver, ¿qué puede salir de juntar al popular personaje televisivo creado por Nickelodeon con el reciente galardonado con el Goya honorífico? Simplemente, una genialidad.
Vale, no nos volvamos locos. La última aparición por la pantalla grande de Bob Esponja no es una obra maestra digna de compararse con maravillas animadas como Big Hero 6 o los Boxtrolls y Antonio Banderas simplemente es una caricatura que pasea por ahí imagino que como regalo de cumpleaños a su hija Stella del Carmen o algo así, pero lo cierto es que la película es una delirante y divertida locura que entusiasmará a los fans de la serie y desesperará a los que no lo admiren con devoción.
Bob Esponja, un héroe fuera del agua no pretende llegar a lo más profundo de nuestros corazones con una elaborada y sentida historia, ni contiene una moralina descarada con la que machacar los cerebros de los niños. De hecho, los méritos de la película se hallan en el sentido homenaje al absurdo más absoluto, al cúmulo de la estupidez y el surrealismo proponiendo una apuesta que, si uno es capaz de aceptarla, resulta entusiasmante. Esforzándose lo justo para dar coherencia a los tres formatos que aúna (animación clásica, animación 3D por ordenador e imagen real), la película contiene todos los elementos que uno puede buscar en una película de este personaje, desde un Fondo de Biquini como nunca antes se había visto hasta el espíritu colaboracionista (y traicionero a la vez, así es la lógica de esta película) de los secundarios habituales.
Bob Esponja, un héroe fuera del agua es demencial, fresca, divertida y caótica, capaz de consensar en una historia en principio tan clásica como el robo de la fórmula secreta de la Burguer Cangreburguer, viajes en el tiempo, escenas postapocalipticas, colisiones galácticas, equipos de superhéroes y seres milenarios de poder cósmico. Y a un pirata, por supuesto.
Evitando ser, como sucede en otras adaptaciones de series animadas, un simple episodio alargado, la película puede no pasar de ser un simple producto de entretenimiento pasajero que no dejará un profundo poso ni será recordado en el futuro, pero aun así consigue ser una gamberrada muy divertida que hará las delicias a los incondicionales de la serie. 

domingo, 1 de febrero de 2015

AUTÓMATA (6d10)

Que el cine español es mucho más que películas sobre la Guerra Civil y comedias con tetas y travestis creo que es algo que ya hemos superado todos hace mucho tiempo. 
Sin embargo a ciencia ficción, debido sobre todo a la falta de recursos, sigue siendo un género escaso en nuestro país, con Acción mutante casi como único referente digno. Desde entonces, solo se pueden encontrar casos desquiciante como aquella Supernova que protagonizó (es un decir) Marta Sánchez, las dos incursiones en el género de Nacho Villalongo (Los Cronocrímenes y Extraterrestre) cuya falta de presupuesto la alejan del imaginario popular en el mundo de la CiFi y con la flojita EVA como más reciente muestra de que en casa también podemos hacer efectos especiales que luzcan como los mejores, aunque en esta ocasión concreta la trama era lo que más flojeaba.
Ha sido el propio Antonio Banderas quien, al recibir el guion de Gabe Ibánez, decidió apostar por esta historia, produciéndola e interpretándola y consiguiendo para ella, además, algún que otro actor de renombre para subir el listón de la apuesta.
Con claras referencias a Philip K. Dick, H.G. Wells y, sobre todo, Isaac Asimov, Autómata nos presenta un futuro distópico donde las tormentas solares han diezmado a la gran mayoría de la humanidad y una rudimentaria especie cibernética se emplea de los trabajos más duros. Con una estética muy cercana a Blade Runner, Banderas interpreta a un agente de seguros de la compañía ROC robotics, responsable de los autómatas, llamado Jacq Vaucan decididamente parejo al Rick Deckard de Harrinson Ford, que deberá abrir su mente para llegar a conocer y comprender a los androides, seres inteligentes capaces de evolucionar y tener deseos de libertad inicialmente impensables para una máquina.
Entretenida y visualmente muy atractiva, la mezcla de tantos referentes tanto cinematográficos como literarios termina por perjudicar a la película, a la que se le echa en falta algo de personalidad y cuya tensión narrativa decae al alejarse los protagonistas de la ciudad e iniciar su travesía por el desierto (una referencia bíblica en este caso), perdiendo así su magnetismo y contagiando al espectador del tedio que parece embargar a los propios personajes.
Desconozco en que pensaba Ibáñez, en su segunda aventura como director, al concebir esta historia, pero casi puede uno imaginarse un brainstorming formado por frikis rescatados de una convención de Ciencia Ficción empeñados en meter cada uno su referente preferido, no faltando ni los toques de Spielberg de I.A., de Cameron y su Terminator o ese final tan abiertamente desconcertante robado sin tapujos a Cormac McCarthy.
Poco más se puede sacar de un film que pretende ser reflexivo e intimista pero cuyos mayores aciertos están en la atmósfera sucia y mortal de la ciudad que nunca debería haber abandonado, con un Dylan McDermott que cumple en su papel de villano y unas Melanie Griffith y Birgitte Hjort Sørensen como damas del film que cumplen sin molestar.
Quizá el pero principal que se le pueda poner a la película es que se queda corta en su apuesta cuando contaba con los medios de haber sido una gran película que impulsara, de una vez, el género futurista en España, aunque cuanto menos debe aplaudirse la valentía de quienes lo han intentado. Sólo así llegaremos a lograrlo.

viernes, 22 de agosto de 2014

LOS MERCENARIOS 3 (5d10)

Floja, muy floja la segunda secuela de aquella gamberrada cargada de testosterona y hormonas que parió en 2010 Sylvester Stallone con la excusa de reunir a todas las viejas glorias (y amigos de juergas y Planet Hollywood varios) del cine de acción de los 80, por más que en aquella ocasión las aportaciones de nombres como Schwarzenegger o Willis fuese puramente anecdótica.
En 2012, ya con Stallone fuera de la silla de director, se trató de repetir la jugada, sumando más carnaza a la ecuación y con un sentido del humor que compensaba las carencias de guion.
Aun sin ser verdaderas rompetaquillas el invento parece funcionar y el grupo de “abueletes” se ha vuelto a reunir de nuevo para seguir sumando nombres hasta completar un casting de verdadero infarto (lástima que el propio Bruce Willis y Chuck Norris se hayan bajado del carro). Así, tenemos de nuevo a la pareja protagonista formada por Stallone y Jason Statham bien rodeada por Dolph Lungren, Randy Couture, Terry Crews, Arnold Schwarzenegger y, en menor medida, Jet Li, a los que se le suman Wesley Snipes, Kelsey Grammer, Harrinson Ford y Antonio Banderas en una aventura que quiere plantear un recambio generacional totalmente fallido y en la que las apuestas jóvenes resultan lo más insulso del film, ya que la excusa argumental obliga a prescindir también de la figura emergente de Liam Hemsworth y en su lugar apostar por los desconocidos Victor Ortiz, Glen Power, Ronda Rousey y como supuesta “estrellita”, el “crepuscular” Kellan Lutz, el que protagonizó aquella espantosa versión de Hércules.
Con  todo, y como ya sucediera en Machete Kills, quien se lleva el gato al agua y se come –literalmente- a todos sus compañeros de reparto, es Mel Gibson como el villano de la función. Gibson, una causa perdida para Hollywood, es junto a Statham el único con el carisma suficiente como para mantener el tipo y a él le pertenecen los mejores diálogos y escenas, siendo una lástima que el inevitable (y estúpidamente previsible) duelo final no sea entre estos dos grandes actores, ya que –por muy coral que quiera ser la apuesta-, el único y definitivo gallo del corral debe ser un Stallone cada vez más mermado y caricaturesco.
Como no puede ser de otra manera, la película es una sucesión de escenas de acción a cual más inverosímil, una montaña rusa que desborda adrenalina por doquier y que, por lo tanto, entretiene sin muchas complicaciones, siempre y cuando uno esté dispuesto a dejarse el cerebro en la puerta del cine. Y por ello su mayor problema (aparte de la cobardía de la productora de apostar por una calificación PG-13, que implica que haya mucha menos sangre y violencia de la que el film se merece) es la pretensión de su director, Patrick Hughes, de querer tomarse demasiado en serio el tema, con algunos momentos supuestamente reflexivos sobre el paso del tiempo y las oportunidades perdidas que rechinan por su carencia de emotividad y provocan que se eche demasiado en falta el humor absurdo y delirante de su predecesora, ese cachondeo total que confería a la película más la sensación de fiesta entre amigos de gimnasio que de historia seria y con trasfondo. 
En esta ocasión, Hughes (siempre bajo la batuta de un Stallone empeñado en querer ser guionista) parece querer decir algo profundo, sin conseguirlo en ningún momento y sólo el personaje de Banderas y momentos a cuentagotas de Schwarzenegger, aportan el humor deseado para el tono de la franquicia. 
Además, la nueva oleada de actores que pretenden representar a la jovial futura generación de Mercenarios no aporta nada especial al film, estando todos ellos vacuos de carisma ni personalidad, y demostrando que pese a la supuesta coralidad del film los únicos que de verdad suman son la pareja formada por el omnipresente Stallone y el siempre solvente Statham (hace gracia que se encuentre en el bando de los “acabados” cuando es de lejos el actor que más trabaja actualmente de todo el reparto). 
Una trama sin pies ni cabeza, unos diálogos deficientes y unas interpretaciones demasiado poco esforzadas (cuanto tiempo hace que Harrinson Ford perdió su estrella…) hacen que Los Mercenarios 3 sea la más floja de la saga y que evidencie unos síntomas de cansancio que ponen en serias dudas la posibilidad de que haya una cuarta entrega. Y si la hubiera, mi humilde consejo sería que se olviden de pipiolos insulsos que no conectan ni con el público ochentero (que no nos engañemos, es al único que le puede interesar estas películas) ni al juvenil de hoy en día y apuesten por el despiporre y por seguir metiendo carnaza en pantalla: ¿qué tal unos nuevos Mercenarios con Dwayne Johnson, Vin Diesel, Steven Segal y Jackie Chan? Y si se inventan como resucitar a Van Damme, mejor.
Esto es, a la postre, lo que todos queremos: basura casposa y geriátrica pero con cachondeo.








martes, 12 de agosto de 2014

MACHETE KILLS * (4d10)

En 2007 Robert Rodriguez y Quentin Tarantino dieron rienda suelta a sus fantasías más frikis con ese homenaje al cine de serie B de los años 70 llamado Grindhouse (que aquí en España, ¿cómo no?, tuvimos que ver mutilado y alargado en forma de dos películas independientes). 
El invento consistía en una especie de “sesión doble” de cine casposo con Planet Zombie y Death Proof como platos fuertes y una colección de falsos tráilers dirigidos por ellos mismos y sus amiguetes más íntimos entre título y título. Uno de ellos fue Machete, una marcianada protagonizada por el primo de Rodriguez, Danny Trejo que gustó lo suficiente como para convertirse, en 2010, en película real.
Ese Machete era una frikada de órdago que homenajeaba a todos los elementos casposos de aquella época de cines de barrio en sesión continua, totalmente pasada de vueltas, generosa en sangre, sexo y violencia y que tenía su gracia por lo novedoso del invento y lo excesivo que era todo en pantalla (aún recuerdo mis carcajadas viendo a Trejo saltar por la ventana de un hospital agarrado, cual liana de Tarzán, a los intestinos de uno de sus enemigos). Además, Rodriguez, como su mentor Tarantino, sabe rodearse de buena compañía y la cosa no funcionó del todo mal. Por eso, y viendo el espectacular reparto de su secuela, me sorprendió (aunque tampoco demasiado, ya sabéis lo que opino de las distribuidoras españolas) que no se estrenara comercialmente en cines y hayamos tenido que recurrir al DVD para… ¿disfrutarla?
Entrando ya de lleno a valorar la película, la primera conclusión es que Robert Rodriguez comienza a desgastarse peligrosamente. Demasiado acostumbrado a malvivir de sus éxitos del pasado (El Mariachi tuvo dos secuelas, Spy Kids dos más y una especia de spin off y, aunque él no participara como director, Abierto hasta el amanecer cuenta con dos continuaciones y una serie de televisión), Machete Kills es una fotocopia de aquella gamberrada, algo más suavizada (no hay desnudos en esta secuela y las escenas de gore son bastante burdas) y donde el único aliciente es disfrutar de la colección de grandes figuras del cine que pasean por ahí como quien va a una fiesta de celebritys que lucen palmito pero poco más ninguno de ellos parece esforzarse especialmente en sus personajes (la mayoría apenas garabateados) a excepción de ese gran actor injustamente apaleado y olvidado por la industria como es Mel Gibson, capaz de hacer con su mera presencia que la película suba enteros cada vez que aparece en plano. 
En el lado opuesto, ese armario viejo y feo que es Danny Trejo parece en esta ocasión peor actor aún que de costumbre, que no quiere (o puede) aprovechar una de las escasas oportunidades de ser centro de atención y que ni siquiera tiene la oportunidad de provocar las carcajadas como el Machete original al convertirse en una especie de sex simbol irresistible para las damas más explosivas.
Rodriguez es un cachondo, y ello implica que algún momento de cachondeo destacable hay en su película, como los pechos ametralladora de Sofía Vergara o el presidente de los Estados Unidos crápula y fascista al que pone rostro Charlie Sheen (otro gag ingenioso es presentar al actor como un debutante al utilizar su nombre real: Carlos Estevez), pero no es suficiente como para salvar esta absurda historia en la que Machete parece ser inmortal y la única esperanza para evitar el fin del mundo.
Con la colaboración de nombres como Lady Gaga, Antonio Banderas, Amber Heard, Michelle Rodriguez, Cuba Gooding Jr., Vanessa Hudgens, el inevitable Tom Savini o la breve aparición de Jessica Alba, Robert Rodriguez no hace más que copiarse a sí mismo en un film que, perdida la capacidad de sorprender de su antecesora, resulta flojo e insuficientemente divertido y que, desde luego, no invita a ver esa anunciada continuación que se llamará Machete mata… en el espacio. Incluso sirve para sembrar las dudas sobre otra secuela inminente, la de Sin City, que posiblemente se limite de nuevo a repetir los tics de la primera otra vez con un impagable reparto.







domingo, 22 de septiembre de 2013

JUSTIN Y LA ESPADA DEL VALOR (6d10)

Nacida con pretensiones de iniciar una saga cinematográfica en manos de Manuel Sicilia (El lince perdido), Justin y la espada del valor es la nueva apuesta de Antonio Banderas como productor, comprometido con el proyecto hasta el punto de doblar a uno de los personajes protagonistas en la versión original.
Acostumbrados a las luchas titánicas entre Disney/Pixar con Dreamworks, Sony y compañía, con unos deslumbrantes alardes técnicos y unos argumentos en ocasiones más adultos de lo aconsejable (aunque parece que últimamente esta tendencia va a la baja), Justin y la espada del valor podría parecer algo insignificante, una obra menor donde no nos vamos a deslumbrar por la calidad de las escenas con agua o el perfeccionismo del cabello de los personajes. Nada de eso. Lejos de falsas apariencias en forma de cantos de sirenas, Sicilia ha preferido limitarse a hacer una película de animación como las de antes, con una historia sencilla y claramente dirigida a un público infantil, por más que la animación convencional sea suplida por el ordenador.
Y eso es lo que encontraremos en Justin y la espada del valor, una historia de superación, de un chico anónimo que se acaba convirtiendo en héroe, de malos muy malos, sin dobles caras, y de princesas y dragones (o no, porque en este último aspecto las cosas no son lo que parecen).
Justin y la espada del valor explica la historia de un reino donde la reina, aconsejada por un abogado (el padre del protagonista), decide prohibir los Caballeros, sin darse cuenta de que con ello no solo está asfixiando con absurdas normas y leyes a su pueblo sino que lo deja también indefenso ante una posible amenaza externa. Con la leyenda sobre su heroico abuelo en la cabeza, Justin rechazará su destino de estudiar derecho y se marchará del pueblo para tratar de convertirse en caballero y salvar el destino de la reina y, por extensión, de todas sus tierras.
Con un sorprendente sentido del humor, Justin y la espada del valor alterna aventura, diversión y, como no, gotas de romance, componiendo una obra ágil y entretenida quizá algo por debajo de otras aventuras animadas patrias como Planet 51 o Las aventuras de Tadeo Jones pero ciertamente recomendable para los más pequeños de la casa, sin que por ello resulte para nada aburrida para los sufridos padres que los acompañen, gracias sobre todo a la correcta confección de los personajes y a los muchos gags que complementan la aventura, algunos de ellos desternillantes.

Sin el trasfondo metafórico y profundo que antaño pretendía tener Pixar, Justin y la espada del valor es una aventura que invita, simplemente, a soñar, lo que no es poco.

domingo, 10 de marzo de 2013

LOS AMANTES PASAJEROS (3d10)

Me gustaría comenzar esta crítica avisando de que no soy un gran seguidor de Almodóvar. No tengo nada contra él, pero el director manchego es tan especial y arrastra tantos seguidores como detractores que opinan sobre sus películas con tal pasión que creo interesante advertiros que yo no estoy en ninguno de esos dos grupos. Ni lo amo ni lo odio. En realidad conozco poco de su cine, supongo que básicamente por falta de interés, hasta tal punto que solo he visto tres de sus obras en las salas, curiosamente un melodrama (La flor de su secreto, que me interesó bastante, un declarado homenaje a Douglas Sirk que no fue de sus mayores éxitos), un thriller (La piel que habito, intensa y apasionante, no perfecta pero sí muy buena) y una comedia, esta que nos ocupa hoy, con la que dicen que vuelve a sus orígenes.
Y hago esta larga introducción para que sepáis que no conozco de primera mano esos orígenes (no busquéis aquí comparaciones con Mujeres al borde de un ataque de nervios  o Átame), pero si Los amantes pasajeros debe servirme como referencia del estilo Almodóvar sin duda debería entrar de cabeza en el grupo de los que lo odian y creer que cosas como La piel que habito son un accidente en su carrera. No obstante, prefiero ser generoso y creer que éste es el accidente y esperar a su siguiente proyecto, porque no encuentro en esta epopeya en un avión ni calidad ni humor ni nada que poder destacar. La película es, sencillamente, horrible, espantosa y desagradable, quizá de lo peor que he visto últimamente en un cine (forzosamente; esta película la veo en televisión y no llego al primer intermedio).
Cuando hablo de cine intento ser más racional que pasional (aunque sé que no siempre lo consigo), y eso me ha impedido hacer lo que me pedía el cuerpo y valorarla directamente con un cero patatero, ya que pienso que incluso la película más inmunda suele tener algo que salvar (y si no repasad mi crítica de The Master) y esta no va a ser la excepción. Almodóvar es un gran director y hay momentos en los que eso se nota, algunos encuadres son interesantes y la utilización del color puede considerarse brillante. Además un espectacular reparto (tanto los protagonistas como los amiguetes que simplemente pasaban por ahí) hace que la intensidad interpretativa sea alta. Pero aquí termina todo, y la balanza cae pesadamente sobre el lado negativo, empezando por un guion que si bien tiene una premisa curiosa termina mutando en un despropósito total que invita a pensar que Almodóvar debería empezar a plantearse, a estas alturas de su carrera, en dedicarse sólo a dirigir dejando la escritura en manos de otro profesional, ya que su desgaste –al igual que le está sucediendo a Woody Allen- es más que evidente.
Pasemos al argumento: después de que una distracción de  unos operarios del aeropuerto (ese gag/prólogo con Antonio Banderas y Penélope Cruz es una de las dos escenas salvables de la película, de la otra hablaré en breve) un avión en pleno vuelo se encuentra con que no pueden abrir el tren de aterrizaje. En espera de una solución, el comandante decide drogar a todo el pasaje para evitar una crisis, no teniendo suficiente tranquilizantes para los pasajeros de primera, que serán, junto con tres asistentes de vuelo y los dos pilotos (Hugo Silva y Antonio de la Torre), los protagonistas de esta ¿comedia? coral. Este es el punto de partida interesante y que podría desembocar en diversos estilos que Almodóvar se empeña en mezclar  (en lugar de elegir) de forma torpe y confusa. Según conocemos las historias internas de cada pasajero (en una especie de Gran Hermano aéreo) podríamos encontrarnos ante una película de intriga (tenemos a un asesino a sueldo –José María Yazpik-  que comparte espacio con su próxima víctima –Cecilia Roth- y una vidente que viaja a México es busca de unos desaparecidos –Lola Dueñas-), una crónica política (hay un político prófugo acusado de corrupción –José Luis Torrijo- y el aeropuerto donde finalmente tratarán de aterrizar lleva años construido y nunca se ha utilizado), una comedia loca (los tres asistentes –por no decir azafatos- son gays –Carlos Areces, Javier Cámara y Raúl Arévalo-  y tratan de rebajar la tensión con una actuación musical), un drama (por la historia del político que lleva años sin saber de su hija desaparecida que resulta que ahora trabaja de score –por no decir puta- o los momentos previos al aterrizaje forzoso que invitan a pensar que todo puede acabar en tragedia) o apostar por el tono romántico (un galán de cine –Guillermo Toledo-  huye de una relación destructiva –con Paz Vega- mientras comprende que abandonó e hirió a la chica que realmente merecía la pena –Blanca Suarez-). Pero el manchego quiere jugar todas las cartas a la vez, meterlas todas en una batidora y ofrecernos el batiburrillo resultante, sin importarle que sea inconexo o carezca de ritmo.
Pero quien considere mi crítica como un simple punto de vista –opinable, como todos-, resulta que comete aquí el señor Pedro un error de novato que me ayuda a cerrar toda posibilidad de debate. Si repasamos la gran totalidad de las críticas profesionales (tanto las que son a favor como las que son en contra, o incluso las más indiferentes) todo el mundo coincide en que lo mejor de la película es la secuencia protagonizada por Blanca Suarez, compartida con Carmen Machi, una secuencia que transcurre en tierra firme. De hecho, el único momento –quitando el arranque y el desenlace- que transcurre en tierra firme. Si una película cuya gracia reside en que todo sucede dentro de un avión resulta que su mayor logro está fuera… ¿no es muestra suficiente de que algo no funciona?
Pero no todos los defectos se centran en la decepción que provoca la falta de aprovechamiento de un buen punto de partida, sino la degradación total a la que se llega cuando, con la excusa de mezclar mescalina en agua de Valencia (gracias a los últimos pasajeros que faltaban por nombrar, unos recién casados interpretados –por decir algo, pues son los más flojos o peor aprovechados del casting- por Miguel Ángel Silvestre y Laya Martí), todo deriva en una bacanal sexual, filmadas con verdadero mal gusto y abusando de los chistes de cacapedoculopis que harían sonrojar a los propios hermanos Farrelly.  Si lo mejor que puede hacer Almodóvar con una buena idea y unos grandes actores (pese a todo Cámara sigue siendo inmenso, por más que sus esfuerzos para salvar esta mamarrachada sean estériles) sea un surtido de felaciones, “enculadas” y coitos despreciando cualquier atisbo de la más mínima moral y aplaudiendo el alcoholismo, las drogas y el vicio, pues casi mejor que se podría haber quedado en su casa manchega.
Quiero comentar también que Almodóvar siempre ha sido un icono gay. No me considero homófogo aunque tampoco conozco demasiado ese ambiente, pero si lo que se ve en el film pretende servir de referencia al mundo gay creo que les está haciendo un flaco favor.
Por supuesto, estoy hablando todo el rato de comedia porque así es como se ha definido la película, pero aún estoy esperando no sólo una carcajada sino una mínima sonrisa durante toda la proyección. Y o bien me quedé sordo ese día o puedo hablar también por el resto de la sala. Independientemente de que a alguien le puedan hacer más o menos gracia las guarradas (de eso se nutre la comedia americana durante los últimos años), esta película no tiene nada divertido y ni siquiera recuerdo un solo diálogo que pueda merecer la pena.
No quiero hacer leña, pero creedme. Es mala, muy mala. Y sentí incluso vergüenza de que próximamente vaya a ser representante del cine español. Solo el prólogo de Antonio y Pe y los momentos de Blanca Suarez se aguantan. Y eso es demasiado poco.

No diré si al final el avión se estrella o no, pero Pedrito, desde luego, sí lo ha hecho. Yo no odio a Almodóvar, pero otra película como esta y empezaré a hacerlo.